Capítulo 7
Paladar, p. 49, ver también Menú Diario y Comer Fuera
Pasta e hilo dental, p. 50
Preliminares, p. 51
Llevo hojeando el manual conyugal desde que me levanté esta mañana. Es una auténtica experiencia extraña. Tengo la sensación de estar espiándome a mí misma. Y no digamos a Toneri. Lo sé todo: desde dónde se compra los botones hasta qué piensa del gobierno.
Es la hora del desayuno y estamos los dos en la cocina. Toneri lee el Japan Spotlight; yo consulto el índice para ver qué como normalmente. Comida me remite a Paladar —¡qué sofisticado!— y dos líneas más abajo descubro Preliminares, que aún me parece más interesante. Con disimulo, paso a la página 21.
Ha escrito tres párrafos sobre los preliminares, y bajo el título «Procedimiento habitual», leo: «… recorriendo, con un movimiento regular… por lo general en el sentido de las agujas del reloj… una suave estimulación del interior de los muslos…»
Casi escupo el café. Toneri levanta la vista.
—¿Todo bien, cariño? —Me sonríe—. ¿Te resulta útil el manual? ¿Encuentras lo que necesitas?
—¡Sí! —digo rapido, saltando apresuradamente a otro apartado, como un niño al que han pillado buscando palabrotas en un diccionario—. Quería saber qué suelo tomar de desayuno.
—Chiyo te ha dejado beicon y huevos revueltos en el horno. También sueles tomar zumo verde. —Me señala una jarra llena de una especie de agua turbia—. Es una bebida vitamínica y un supresor natural del apetito.
Yo suprimo un estremecimiento.
—Creo que me lo voy a saltar por hoy. —Me sirvo beicon y huevos revueltos y trato de sofocar las ganas de zamparme tres buenas rodajas de pan integral.
—El coche nuevo deberían entregártelo esta mañana—dice mientras bebe un sorbo de café—. El otro quedó inservible. Aunque supongo que no tienes mucha prisa por volver a conducir.
—N-no lo había pensado —respondo, sin saber qué decir.
—Ya lo iremos viendo. Tampoco puedes hacerlo, en realidad, hasta que vuelvas a pasar el examen de conducir. —Se limpia los labios con una servilleta de lino y se pone en pie—. Otra cosa, Hinata. Si te parece bien, me gustaría programar una cena para la semana que viene. Sólo unos pocos viejos amigos.
—¿U-una cena? —repito con aprensión. No soy muy dada a ofrecer cenitas en casa. Salvo que cuente en esa categoría un plato de pasta en el sofá mientras dan alguna película en la tele.
—No tienes por qué preocuparte. —Me pone las manos en los hombros con suavidad—. Chiyo se encargará de la comida. Tú lo único que has de hacer es ponerte guapa. Pero si no te apetece, lo olvidamos…
—C-claro que me apetece —me apresuro a responder—. Ya me cansa un poco de que todo el mundo me trate como a una inválida. Y-yo…Me encuentro estupendamente
—Bueno. Pues eso me lleva a otro asunto. El trabajo —dice mientras se pone la chaqueta—. Evidentemente, aún no estás preparada para reincorporarte del todo, pero Ryotenbin-san se preguntaba si no te gustaría ir de visita a la oficina. Ryotenbin Onoki — me aclara—. ¿Te acuerdas de él?
—¿Ryotenbin Onoki? ¿El director general?
—Ajá—asiente—. Llamó anoche. Tuvimos una buena charla. Es un gran tipo.
—Ni siquiera creo que haya oído hablar de mí.—Susurro más para mis adentros.
—Hinata, tú eres un miembro importante del equipo directivo —me explica con paciencia—. Por supuesto que ha oído hablar de ti.
—Ah, si. Claro.
Mastico mi beicon, simulando indiferencia, pero me dan ganas de dar unos gritos de alegría. Esta nueva vida cada vez se pone más interesante. ¡Un miembro importante del equipo directivo! ¡Ryotenbin Onoki sabe quién soy!
—Nos pareció que podría serte de ayuda pasarte un rato por el despacho. Quizá contribuya a refrescarte la memoria. Y de paso servirá para tranquilizar al departamento.
—Me parece una gran idea —digo entusiasmada—. Podré empezar a familiarizarme con mi nuevo trabajo, ver a las chicas, almorzar con ellas…
—Tu adjunto ha ocupado tu puesto —añade, consultando un bloc de notas de la cocina—. Yakushi…Kabuto. Sólo hasta que vuelvas, desde luego.
—¿Yakushi-san, mi adjunto? —No me lo puedo creer—. ¡S-si era mi jefe!
El mundo al revés. Todo irreconocible. Me muero de ganas de llegar a la oficina y ver qué narices pasa.
Toneri anota algo en su agenda del celular, la guarda y recoge su maletín.
—Que tengas un buen día, cariño.
—Tú t-también, eh… cariño.
Me pongo de pie y él lo hace al mismo tiempo. Una corriente repentina fluye entre ambos. Lo tengo apenas a unos centímetros. Llega hasta mí la fragancia de su loción e incluso veo el minúsculo rasguño que se ha hecho en el cuello al afeitarse.
—Aún no me he leído el manual entero. —Me siento muy torpe de repente—. ¿Lo normal es… es que ahora te dé un beso?
—Normalmente sí, en efecto. —Él también está agarrotado—. Pero, por favor, no te sientas…
—¡No! ¡Si yo quiero! O sea… tenemos que hacer lo que hacíamos siempre, ¿no? —Me estoy ruborizando—. Entonces… ¿yo te besaría en la mejilla?, ¿o en los labios?
—En los labios. —Se aclara la garganta—. Eso sería lo normal.
—Vale —digo—. Umm… —Le paso los brazos por la altura de los hombros, para parecer natural—. ¿A-así? Dime si no lo hago exactamente…
—Más bien con una sola mano —me corrige él tras un instante de reflexión—. Y un poco más arriba.
—De acuerdo. —Le deslizo una mano hasta el hombro y dejo caer la otra, con la sensación de estar practicando bailes de salón. Manteniendo la posición, alzo la cabeza.
Concéntrate en el beso. Él se inclina hacia mí y sus labios rozan los míos brevemente.
Sentir, sentir…
No siento nada.
Yo creía que nuestro primer beso desencadenaría una avalancha de recuerdos y sensaciones. Quizá una súbita imagen de la torre Eiffel o de nuestra boda. O de nuestro primer…nuestra primera vez en el lecho matrimonial… Pero mientras él se aparta, no siento más que un gran vacío en mi interior. Me mira con expectación y yo me apresuro a buscar algo estimulante que decir.
—¡Ha sido encantador! Muy…
La voz se me atraganta. Sólo se me ocurre la palabra «veloz», que no me parece demasiado indicada.
—¿Te ha traído algún recuerdo? —Me mira con atención.
—Bueno… no —digo, como disculpándome—. Pero eso no significa que no haya sido… O sea, sí… ¡E-estoy excitada! —Las palabras me salen de sopetón, sin que pueda detenerlas.
¿Por qué lo habré dicho? Yo no estoy excitada. Mi cara se pone roja.
—¿De veras? —Toneri parece iluminarse y deja el maletín.
Oh, no. ¡Nooooo!
Aún no puedo acostarme con él. Primero, porque ni siquiera lo conozco, o casi. Segundo, porque hasta donde recuerdo nunca lo he hecho, mas que besos y abrazos calidos. Y tercero, porque no he leído lo que ocurre tras la suave estimulación del interior de los muslos.
—Pero no excitada en ese sentido —corrijo a toda prisa—. O sea, lo justo para saber… para darme cuenta… Es decir, obviamente, tenemos una gran… en el terreno… de cama, digamos…
«Basta. Cierra el pico, Hinata.»
—B-bueno. —Le dirijo la sonrisa más radiante que puedo—. Que pases un gran día.
—Tú también. —Me toca la mejilla con suavidad y se da media vuelta. En cuanto oigo que la puerta se cierra, me dejo caer en una silla. Ha ido por los pelos. Cojo el manual. Además de los Preliminares, he de buscar varias palabras por la F.
Frecuencia (Sexual) es una. Y no digamos Felación.
Tengo para un buen rato.
Dos horas y tres tazas de café más tarde, cierro el manual conyugal y me reclino, con la cabeza rebosante de información. Lo he leído de cabo a rabo y ahora sí me hago una idea de conjunto.
He descubierto que Toneri y yo pasamos a menudo el fin de semana en «hoteles con encanto». Que nos gusta mirar documentales de negocios. Que tuvimos opiniones muy distintas sobre Fences, una película ganadora de algún Oscar este año.
Me entero de más cosas. Que los dos compartimos una verdadera pasión por el vino y por la región de Burdeos. Que soy una persona «motivada», «centrada» y dispuesta a trabajar «veinticuatro horas para que las cosas salgan adelante». Que «no soporto a los idiotas», que «detesto perder el tiempo» y que soy de la clase de personas que «aprecian las cosas buenas de la vida».
Toda una novedad para mí.
Me levanto y me acerco a la ventana, intentando digerir lo que acabo de leer. Cuanto más descubro sobre esta Hinata de 26 años, mayor es la sensación de que es una persona muy distinta de mí. No sólo parece diferente. Es diferente. Es una ejecutiva. Lleva ropa beige de diseño y lencería de Victoria Secret. Entiende de vinos y jamás come pan.
Es una adulta. Exactamente. Me miro en el cristal y mi rostro de 26 años me devuelve la mirada.
¿Cómo demonios me las arreglé para dejar de ser yo y convertirme… en ella?
Con un impulso repentino, me voy al dormitorio y entro en el vestidor. Tiene que haber alguna clave por ahí. Me siento ante un tocador minimalista y lo examino en silencio.
Esto mismo, para empezar. Mi antiguo tocador estaba pintado de rosa y era un desbarajuste total: un montón de pañuelos y collares colgados sobre el espejo y tarros de maquillaje desperdigados por todas partes. Este tocador, en cambio, está impoluto. Tarros plateados en hileras; un platillo con un par de pendientes y un espejo de mano art déco. Nada más.
Abro un cajón al azar y encuentro un montón de pañuelos doblados impecablemente. Encima, un DVD con la inscripción «Ambición: EP1» escrita con rotulador. Lo examino perpleja hasta que comprendo de qué se trata. Es ese programa del que me hablaba Hanabi. ¡Soy yo, en la tele!
Esto tengo que verlo.
Porque me muero por ver qué aspecto tenía cuando salí. Y es otra pieza importante del puzzle. En ese reality show fue donde me vio Toneri por primera vez. Supuso, además, un cambio importante en mi carrera. Seguramente yo no tenía ni idea entonces de lo decisivo que iba a ser.
Corro hacia el salón, encuentro (no sin dificultades) el reproductor de DVD tras un panel translúcido y lo meto en la ranura. Enseguida aparecen los títulos del programa en todas las pantallas del apartamento; adelanto la grabación hasta que surge mi rostro en pantalla. Me preparo para morirme de vergüenza y esconderme detrás del sofá, y pulso play.
Sin embargo, la verdad es que no tengo tan mala pinta. Los dientes ya los tengo chapados o barnizados o como se diga, aunque los labios se me ven mucho más finos.
(Ya no hay duda: tengo implantes de colágeno.)
Llevo el pelo negro recogido en una cola, traje chaqueta negro y una blusa verde mar. En conjunto, un aire de ejecutiva total.
«He de triunfar —le digo a un entrevistador que no aparece en pantalla—. Tengo que ganar el concurso.»
Qué seria se te ve. No lo entiendo. ¿Qué mosca me habrá picado para querer ganar de repente un concurso de negocios?
—Buenos días, señora Hinata.
Me vuelvo de un brinco y veo a una mujer setentona. Me ha dado un susto de muerte. Me apresuro a pulsar stop y me la quedo mirando. Lleva el pelo entrecano recogido en un moño, va con un guardapolvo floreado y sostiene un cubo lleno de utensilios de limpieza. En el bolsillo del guardapolvo lleva prendido un iPod, y desde los auriculares que tiene en los oídos me llegan los compases de una ópera.
—Veo que ya está levantada —me dice con voz penetrante—. ¿Cómo se encuentra? ¿Mejor? —Su acento es difícil de identificar, una mezcla de acento de otra area de Japon.
—¿Usted es Chiyo-san? —pregunto con cautela.
—Ay, no.— Mira al cielo y se besa los dedos—. Otsutsuki-san ya me lo advirtió. No tiene usted bien la cabeza, pobrecilla.
—Me encuentro bien, en realidad—digo apresuradamente—. Sólo he perdido un poquito la memoria. Voy a tener que aprenderlo todo sobre mi vida otra vez.
—Bueno, yo soy Chiyo —Se señala con un dedo, por si hubiera dudas.
—Genial. Y… gracias. —Me hago a un lado; ella se acerca a la mesita de café y empieza a repasar con un plumero la superficie de vidrio mientras tararea la música de su iPod.
—¿Conque la señora estaba mirando su programa de televisión? —me dice, echando un vistazo a la enorme pantalla.
—Pues… sí. A ver si lo recordaba. —La apago a toda prisa. Ella, entretanto, se pone a sacarles brillo a las fotos enmarcadas.
Empiezo a retorcerme los dedos, nerviosa. ¿Cómo puedo estar aquí plantada, mirando cómo me limpia la casa otra mujer? ¿No debería ofrecerme a ayudarla?
—¿Qué le gustaría que prepare para cenar esta noche? —pregunta mientras ahueca los almohadones del sofá.
—¡Oh! —exclamo, horrorizada—. Nada, gracias ¡D-de veras!
Ya sé que Toneri y yo somos ricos, pero no puedo pedirle a alguien que me prepare la cena…Me parece obsceno.
—¿Nada? —Hace una pausa—. ¿Es que van a salir?
—No. Sólo que… quizá me encargue yo misma de la cena.
—Ya veo —dice—. Como usted guste. —Con aire tenso, agarra el siguiente almohadón y lo zarandea con vigor—. Espero que le gustase la sopa de ayer —añade sin mirarme.
—Estaba deliciosa —me apresuro a decir—. ¡Muchas gracias! Un sabor exquisito.
—Me alegro —responde con voz agarrotada—. Lo hago lo mejor que puedo.
Demonios. ¿Se habrá ofendido?
—Ya me dirá qué quiere que le compre para que prepare usted —prosigue, todavía golpeando el almohadón—. Si lo que quiere es algo nuevo o diferente…
Mierda. Se ha ofendido.
—Eh… Bueno. —Me sale la voz rasposa de puros nervios—. ¿Sabe qué, Chiyo-san?, pensándolo bien… Quizá podría preparar alguna cosilla. Pero, vaya, sin complicarse demasiado. Con un sándwich bastará.
—¿Un sándwich? —Me mira alucinada—. ¿Para cenar?
—Bueno, lo que usted quiera. Lo que disfrute más cocinando.
Incluso mientras lo digo, me doy cuenta de lo rematadamente estúpido que suena. Me alejo titubeante, cojo una revista sobre propiedades inmobiliarias de una mesita rinconera y ojeo un artículo sobre columnas de la India.
¿Cómo voy a acostumbrarme a todo esto? ¿Cómo he podido convertirme en una señorona con ama de llaves?
—¡El sofá! —aúlla Chiyo.
Se arranca de los oídos los auriculares del iPod y me señala la tela rasgada con expresión horrorizada.
—¡Mire! ¡Toda desgarrada! Ayer no estaba así. —Me mira a la defensiva—. Se lo juro. Cuando yo me fui estaba en perfectas condiciones. No tenía una sola marca…
Me sonrojo hasta la raíz del cabello.
—Fui… y-yo —tartamudeo—. E-es culpa mía.
—¿Suya?
—Fue un accidente —digo a trompicones—. L-lo hice sin querer. Se me rompió ese leopardo de cristal… —Casi estoy jadeando—. Encargaré otro sofá, no se preocupe. Pero no se lo diga a Toneri. Él n-no lo sabe.
—¿Cómo que no lo sabe? —repite, desconcertada.
—Puse el almohadón encima. —Trago saliva—. P-para taparlo.
Chiyo me mira fijamente sin poder creerme. Yo le sostengo la mirada, suplicante, conteniendo el aliento. Su severo rostro se contrae por fin en una sonrisa. Deja el almohadón en el sofá y me da una palmadita en el brazo.
—Yo lo coseré. Con puntadas pequeñas. Su marido no se enterará.
—¿De veras? —Siento una oleada de alivio—.Sería maravilloso. Le estaría eternamente agradecida.
Ella me mira con los brazos cruzados.
—¿Está segura de que no le pasó algo raro cuando se dio en la cabeza? —dice finalmente—. Como… ¿un trasplante de personalidad?
—¿Qué? —Suelto una carcajada nerviosa—. No creo…
Suena el portero automático.
—Es para mí. Será mejor que responda. —Corro hacia la puerta y descuelgo el telefonillo—. ¿Diga?
—¿Hyuga-san? —dice una voz gutural—. Vengo a entregarle el coche.
Mi nuevo coche me espera frente al edificio, en una plaza de parking que, según el portero, es mía. Es de color plateado, un Mercedes (lo sé por la insignia que lleva en el morro), y además descapotable. No sabría dar más detalles: no entiendo nada de coches. Aunque es evidente que habrá costado una fortuna.
—Tiene que firmar aquí… y aquí —me dice el empleado, con una tablilla en la mano.
—Muy bien. —Hago un garabato.
—Aquí están las llaves… La chapa del impuesto de circulación… Y los papeles… Gracias. —El tipo me quita el bolígrafo de la mano y se aleja hacia la entrada, dejándome sola con el coche, un montón de papeles y un reluciente juego de llaves.
Las hago tintinear con un escalofrío de excitación.
Ya lo he dicho: nunca me han interesado los coches.
Pero, claro, tampoco había tenido nunca tan a mano un Mercedes nuevecito. Un Mercedes que, además, es mío.
Voy a echarle un vistazo por dentro. De manera instintiva, sostengo el mando y aprieto un botoncito. Casi doy un respingo cuando se oye un pitido y destellan todos los faros.
Bueno. Por lo visto, esto lo he hecho otras veces. Abro la puerta, me deslizo en el asiento del conductor y respiro hondo.
Noto el maravilloso y embriagador aroma del cuero nuevo. Los asientos son amplios y muy cómodos. El salpicadero de madera reluce de barniz. Pongo lentamente las manos en el volante. Parecen aferrarlo con toda naturalidad, como si hubieran pasado mucho tiempo en esa posición. De hecho no quiero moverlas de ahí.
Permanezco sentada un rato mientras observo cómo se abre la entrada para dejar salir un BMW.
La cuestión es que… sé conducir. En algún momento debí de aprobar el examen, aunque ahora no lo recuerde.
una pena no dar una vueltita.
Meto la llave (para ver qué pasa) en la ranura que hay junto al volante… y entra perfecta. La giro, como he visto hacer a la gente, y el motor suelta una especie de rugido de protesta. Mierda. ¿Qué he hecho ahora? La vuelvo a girar con más cuidado y esta vez no hay rugido: sólo unas cuantas lucecitas que se encienden en el salpicadero.
¿Y ahora qué? Reviso los mandos con la esperanza de encontrar alguna inspiración, pero no me llega ninguna. No tengo ni idea de cómo funcionan estos cacharros, la verdad. No tengo recuerdos de haber conducido en mi vida.
Pero la cuestión sigue siendo que lo he hecho. Es igual que caminar con tacones: una destreza que está en mi interior. Lo único que tengo que hacer es permitir que mi cuerpo tome el mando. Si logro distraerme, tal vez me encuentre de pronto conduciendo de forma automática.
Sujeto el volante con firmeza. Allá vamos. Piensa en otra cosa. La, la, la. No pienses en conducir. Deja que tu cuerpo haga lo que le surja espontáneamente. Relájate. Quizá debería cantar una canción. La otra vez funcionó.
—Recordando los días de primavera...—empiezo, medio desafinando—, , en esta noche solitariaaaaa……
¡Funciona! Mis manos y pies empiezan a moverse de modo sincronizado. No me atrevo a mirarlos. Lo único que sé es que he girado la llave y pisado un pedal, luego se ha oído un ruido sordo y… ¡bingo! ¡Lo he arrancado!
Siento la vibración del motor, como si quisiera salir zumbando. Vale, tranquila. Respiro hondo, aunque por dentro me está entrando pánico. Estoy frente a los mandos de un Mercedes en marcha y ni siquiera sé cómo ha ocurrido.
Bueno. Serenidad, Hinata.
Freno de mano. Sé lo que es: hasta ahí llego. Y el cambio de marchas. Muy bien. Libero los dos poco a poco y el coche empieza a moverse.
Instintivamente, piso un pedal a fondo; el coche da un brinco y suelta un chirrido espantoso. Eso no ha sonado nada bien. Retiro el pie y el coche se desliza hacia delante de nuevo. No estoy segura de querer que siga así. Procurando conservar la calma, vuelvo a pisar el pedal. Pero esta vez no se detiene, sigue adelante. Piso a fondo y el coche da un acelerón, como un prototipo de carreras.
—P-párate ya… ¡Quieto! —Tiro del volante, pero no sirve de nada: esto no es un caballo. Y no sé cómo controlarlo. Nos dirigimos poco a poco hacia un deportivo de lujo que está aparcado enfrente y a mí no se me ocurre cómo demonios frenar. A la desesperada, lanzo ambos pies a fondo y piso los dos pedales, lo que desencadena un chirrido de frenos tremendo.
No, no, no, no… Me arde la cara; las manos me sudan. Nunca tendría que haberme subido a este coche. Si acabo estrellándolo, Toneri se divorciará de mí y no podré culparlo.
—¡Q-quieto! —grito otra vez.
De repente, reparo en un tipo rubio con tejanos que cruza la entrada. En cuanto me ve avanzando hacia el deportivo, se pone a gritar con la cara descompuesta:
—¡Frena! —Su voz me llega amortiguada a través del cristal.
—¡N-no puedo!
—¡Gira! —Con ambos manos, hace el gesto de girar el volante.
El volante. Claro. Mira que soy una tonta. Doy un brusco volantazo a la derecha (casi me disloco los brazos) y consigo desviarme del deportivo. Sólo que ahora voy directa al muro de ladrillo.
—¡Frena! —El tipo corre a mi lado—. ¡Frena, Hinata!
—P-pero si no…
—¡Frena, debes frenar! —chilla.
El freno de mano, recuerdo de golpe. Rápido. Tiro de él con las dos manos y el coche para en seco, con una sacudida. El motor sigue en marcha, pero el coche ya no se mueve. Al menos no he chocado ni me he llevado nada por delante.
Estoy jadeando. Aún tengo las manos aferradas a la palanca del freno. No volveré a conducir. Nunca más.
—¿Estás bien? —El tipo se inclina junto a la ventanilla.
Tras unos instantes, acierto a levantar una mano del freno. Voy pulsando botones de la puerta hasta que se baja la ventanilla.
—¿Qué ha pasado?
—M-me ha entrado pánico. No sé conducir, e-en realidad. Creía que me acordaría, pero me he asustado… —Sin previo aviso, noto que me resbala una lágrima por la mejilla—. Lo siento —digo tragando saliva—. Estoy un poco desquiciada, s-supongo. Tengo amnesia.
El tipo me mira como si le hablara en cantonés. Tiene una cara bastante llamativa, ahora que me fijo. Bronceado, ojos azules, unas marcas en su rostro y cejas arqueadas en un entrecejo fruncido. El pelo rubio natural y desordenado. Lleva una camiseta gris sobre los tejanos y parece algo mayor que yo: treinta quizas, le calculo.
Ahora se ha quedado mudo. Completamente. No es para menos, imagínate: el hombre entra en un aparcamiento, pensando en sus asuntos, y se encuentra a una chica a punto de estrellar un Mercedes y que dice sufrir amnesia.
Quizá no me cree, se me ocurre de pronto. Quizá piensa que estoy borracha y que todo lo demás es una excusa rebuscada.
—Tuve u-un accidente de tráfico hace unos días —le explico a trompicones—. De verdad. Y m-me golpeé la cabeza. —Señalo los cortes que aún se me ven en la cara.
—Sé que tuviste un accidente —dice por fin. Tiene una voz peculiar: seca e intensa. Como si cada palabra tuviera importancia—. Ya me había enterado.
—Un momento —digo chasqueando la lengua—. A-antes me ha llamado por mi nombre… ¿Nos conocemos?
Una conmoción se apodera de su rostro. Sus ojos me examinan como si casi no pudiese creerme; como si estuviera buscando una interpretación alternativa.
—¿No te acuerdas de mí? —pregunta por fin.
—N-no —le respondo, encogiéndome de hombros—. Perdone, no es grosería, me pasa con todo el mundo. No recuerdo a ninguna de las personas que he conocido en los últimos cuatro años. A nadie. Ni siquiera a mi marido. Era un completo desconocido para mí ¡Mi propio marido! –Digo intentando animarlo, aunque el sentido del humor parece no llegarle. -¿Puede creerlo?
Esbozo una sonrisa, pero él no me la devuelve ni muestra ninguna simpatía. Su expresión me pone nerviosa.
—¿Quieres que te lo aparque? —dice con brusquedad.
—S-sí, por favor.
Me miro inquieta la mano izquierda, todavía aferrada al freno.
—¿Puedo soltarlo? ¿No empezará a rodar?
Una ligera sonrisa le ilumina el rostro.
—No. Puedes soltarlo.
Con precaución, abro la mano, que tengo casi agarrotada y la sacudo.
—Muchas gracias —le agradezco con una reverencia con mi cabeza, mientras me bajo—. Está nuevo, lo acaban de traer. Si lo hubiera escacharrado… no quiero ni pensarlo —digo con una mueca de espanto—. Me lo ha comprado mi marido. ¿Lo conoce? ¿Otsutsuki Toneri?
—Sí —contesta, tras una pausa—. Lo conozco.
Sube al coche, cierra la puerta y me indica que me quite de en medio. Con destreza, coloca el coche marcha atrás en su sitio.
—Gracias. Se lo agradezco de veras.
Espero que él conteste: «De nada» o «A tu disposición», pero parece sumido en sus pensamientos.
—¿Qué te han dicho de la amnesia? —pregunta de sopetón—. ¿Tus recuerdos se han evaporado para siempre?
—Puede que vuelvan en cualquier momento —le explico—. O puede que no. Nadie lo sabe. Estoy intentando aprenderlo todo sobre mi vida otra vez. Toneri me ayuda mucho; me ha explicado lo de nuestra boda y demás. E-es el marido perfecto al parecer —Sonrío, tratando de relajar el ambiente—. Y a usted… ¿de dónde lo conozco?
Él permanece en silencio. Se ha metido las manos en los bolsillos y mira al cielo. No entiendo qué le pasa.
Por fin baja la cabeza y vuelve a mirarme con sus intensos ojos azules. Tiene la cara contraída, como si lo estuviese pasando mal de verdad.
—Debo irme —dice.
—Bueno, gracias otra vez —le digo educadamente—. Ha sido un placer conocerlo. O sea, ya sé que nos conocimos en mi vida anterior, pero..eh..Ya me entiende.
Le tiendo la mano para estrechársela, pero él la mira como si no tuviese el menor sentido.
—Adiós, Hinata. —Y da media vuelta.
—Adiós… —murmuro.
Qué tipo más raro... Ni siquiera me ha dicho su nombre.
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Un capitulo corto en comparación del anterior, pero necesario. Este fue el capitulo 7 :D
Primero, había olvidado aclarar que era lo que canta Hinata para concentrarse; es la canción "Ue o muite aruko", cantada por Kyu Sakamoto. Trata de la melancolía de los días pasados.
Fue una canción muy popular en su epoca (1961), me gusta pensar que Hinata, por su personalidad, le gustaría una canción así, a pesar de su cambio de los 22 a los 26 años.
(Por si no lo saben, es el nombre original de la canción popularmente conocida como Sukiyaki)
Ahora, quiero agradecer a quienes han seguido este fic, especialmente a quienes me han dejado review, o sea tu CotyCandy :) muchas gracias por el apoyo
Nos vemos en la proxima entrega! :)
