La historia que transcurre no es mía, sino de la autora Sophie Kinsella. La adaptación, sin embargo, es de mi autoría.
Los personajes mencionados pertenecen a Masashi Kishimoto.
Capítulo 8
Ten-Ten es una de las personas más sinceras que conozco. Somos amigas desde los seis años, cuando yo era la «nueva» en el patio del colegio. Ya entonces ella era la más alta de las dos y tenía el pelo largo y una voz resonante y aplomada. Ten-Ten me dijo que mi cuerda para saltar era muy mala y me enumeró, uno a uno, todos sus defectos. Y entonces, cuando ya estaba a punto de llorar, me ofreció la suya.
Ella es así. Te puede herir con su franqueza, y lo sabe. Cuando ha dicho lo que no debía, pone los ojos en blanco y se da una palmada en la boca. Pero en el fondo es una persona cariñosa y amable. Y es fantástica en las reuniones de trabajo. Mientras el resto de la gente se limita a enrollarse como una persiana, ella va directa al grano, sin rodeos ni tonterías.
Fue ella quien me dio la idea de presentarme en Alfombras Ryotenbin. Ten-Ten llevaba dos años allí, le acomodaba tener un trabajo de oficina y asi tener ingresos fijos. Una vez fuera de él, tenía un espacio para entrenar en el dojo de su familia.
En fin, como en Ryotenbin había un hueco en la sección de Suelos y Alfombras, me sugirió que le llevase el currículo a Sarutobi-san, que era su jefe…
Y así fue. Conseguí el puesto.
Desde que trabajamos juntas, nos hemos vuelto más amigas de lo que ya éramos. Comemos juntas, vamos al cine los fines de semana y nos mandamos mensajes de texto mientras Sarutobi-san intenta echarnos una «bronca en equipo», como él las llama.
También soy amiga de Ino y Sakura, pero Ten-Ten siempre es la primera en enterarse cuando tengo noticias; la primera en la que pienso cuando pasa algo divertido.
Por eso es tan extraño que no haya dado señales de vida. Le he enviado varios mensajes de texto desde que salí del hospital. También le he dejado un par en el buzón de voz. Y le he mandado algunos correos en plan chistoso. Incluso le escribí una tarjeta dándole las gracias por las flores. Pero no ha habido respuesta. Quizá esté muy ocupada, me digo y me repito. O está en alguna convención de trabajo. O tiene la gripe. Puede haber un millón de motivos.
En todo caso, hoy iré a la oficina y la veré. A ella y las demás.
Me miro en el enorme espejo de mi guardarropa. La Hinata de antes solía presentarse en la oficina con unos tejanos negro, una blusa del cesto de ofertas yun par de zapatillas con las suelas hechas polvo.
Ya no. Ahora tengo puesta la blusa más almidonada que he llevado en mi vida —un modelo de Prada con puño francés—, un traje chaqueta negro con falda de tubo y cintura estrecha, y unas medias que me ciñen las piernas con su brillo inigualable. Los zapatos, de charol y con tacón de aguja, por supuesto. Y el pelo, recogido en mi moño habitual.
Toneri entra en el vestidor y yo me vuelvo.
—¿Q-qué tal estoy?
—¡Fantástica! —dice, aunque no parece muy sorprendido. Claro, para él este conjuntito debe de ser muy normal. Para mí, en cambio, es ir de punta en blanco—. ¿Todo listo?
—Creo que sí —Recojo el bolso, un Bottega Veneta negro que he encontrado en el armario.
Ayer le pregunté a Toneri por Ten-Ten, pero él apenas parecía recordarla, aunque sea mi amiga más antigua y haya estado en nuestra boda y demás. La única amiga mía que conoce, por lo visto, es Shion, y eso porque está casada con Fujita-san.
No importa. Voy a visitarla esta mañana; seguro que hay alguna explicación y que todo vuelve a ser como siempre. Confío en que salgamos todas a tomar una copa a la hora del almuerzo. Así nos pondremos al día.
—No te olvides esto —Toneri abre un armario del rincón, saca un delgado maletín negro y me lo alcanza—. Te lo regalé cuando nos casamos.
—Gracias, es precioso—Está hecho de una piel suave y finísima y tiene estampadas mis iniciales: H.H.
—Como usas tu nombre de soltera, y en el trabajo es muy sofisticado tener tus iniciales en tus objetos personales, quería que te llevases cada día a la oficina un trocito de mí.
¡Qué romántico! Es tan perfecto
—He de irme —añade—. Vendrán a recogerte en cinco minutos. Que lo pases bien. —
Me da un beso y me deja sola.
Mientras Toneri sale y cierra la puerta, examino el maletín y me pregunto qué voy a poner ahí dentro. Nunca he usado un trasto de éstos. Yo siempre lo metía todo en el bolso a presión. Después de reflexionar un poco, saco del bolso un paquete de pañuelos y otro de caramelos de menta y los meto en el maletín. Luego añado un bolígrafo. Tengo la sensación de estar preparando la cartera para el primer día de colegio. Mientras deslizo el bolígrafo en un sedoso bolsillo del maletín, noto con los dedos que hay algo dentro, quizá una tarjeta.
No. Es una foto. Una fotografía antigua de las cuatro: Ten-Ten, Ino, Sakura y yo. Antes de que me arreglase el pelo, cuando aún tenía los dientes torcidos. Aparecemos en un bar, muy acicaladas, con las mejillas rojas y la cabeza cubierta de serpentinas. Ten-Ten me rodea el cuello con el brazo y yo tengo entre los dientes una sombrilla de cóctel. Se nos ve a todas enloquecidas y no puedo reprimir una sonrisa nostálgica.
Recuerdo muy bien aquella noche. Ino acababa de dejar a Shikamaru, aquel novio que apenas veía ya pues trabajaba en un banco, y nos habíamos propuesto ayudarla a olvidar. En mitad de la juerga, Shikamaru la llamó al móvil y Sakura respondió en su lugar y fingió que era una profesional rusa de mil libras la noche, que creía estar hablando con un cliente. Sakura nunca había estudiado ruso, y aún así que el papel le salió bastante bien, y Shikamaru se puso muy nervioso, el muy lerdo, aunque luego lo negara. Todas lo escuchamos por el altavoz; yo creía que me moría de la risa.
Sonriendo, vuelvo a guardar la foto y cierro el maletín con un chasquido. Lo cojo y me echo una última mirada en el espejo.
—Hola —le digo a mi reflejo, adoptando tono de ejecutiva—. Qué tal. Hyuga Hinata, directora de Suelos y Alfombras. ¿Cómo te va? Soy la jefa.
No me siento como una jefa. En absoluto. Pero, bueno, quizá me lo crea cuando esté allí.
Alfombras Ryotenbin es esa empresa que todo el mundo recuerda por los anuncios de la tele en los años ochenta. El primero mostraba a una mujer tendida en medio de una tienda sobre una moqueta con un estampado azul en espiral, porque era tan mullida que había sentido la necesidad imperiosa de acostarse con un vendedor de aire timorato. Luego vino la continuación: el anuncio en que ella se casaba con el vendedor y ponía en el pasillo una moqueta floreada Ryotenbin. Y luego tenían gemelos que no podían dormirse si no los tapaban en la cuna con una colcha azul de Alfombras Ryotenbin.
Eran anuncios bastante absurdos, pero consiguieron que Alfombras Ryotenbin se convirtiera en una marca conocida. Lo cual es parte del problema. La empresa intentó hace pocos años cambiar de nombre para convertirse en Ryotenbin a secas. Hicieron un nuevo logo y un eslogan, pero nadie hizo caso. Si tú explicas que trabajas en Ryotenbin, la gente arruga la frente y dice: «¿Quieres decir Alfombras Ryotenbin?»
La cosa es especialmente irónica porque hoy en día las alfombras son sólo una pequeña parte del negocio. Hará unos diez años, el departamento de mantenimiento empezó a producir un limpiador de alfombras que se vendía por correo y se hizo tremendamente popular. Aquello dio lugar a toda una gama de aparatos y productos de limpieza, y ahora las ventas por correo son una pasada. Lo mismo ha ocurrido con cortinas y tejidos. En cambio, las pobres alfombras se han quedado muy rezagadas. El problema de las alfombras es que ya no son la sensación. Ahora lo que se llevan son los suelos de madera y de pizarra. Nosotros vendemos parqué, pero casi nadie lo sabe porque todos creen que seguimos siendo Alfombras Ryotenbin. En fin, un círculo vicioso.
Ya sé que las alfombras no son lo último de lo último. Y las estampadas, aún menos. Aunque yo, secretamente, las adoro. Sobre todo esos diseños retro de los setenta. Tengo en mi escritorio un viejo catálogo de estampados que hojeo siempre que mantengo una de esas aburridas e interminables conversaciones telefónicas. Y una vez encontré en el almacén una caja entera de muestras antiguas. Nadie las quería, así que me las llevé a la oficina y las clavé en la pared, junto a mi escritorio.
O mejor dicho, mi antiguo escritorio. Porque entiendo que ahora me han ascendido. Mientras me dirijo hacia el edificio de Tokyo Opera City Tower, en Shibuya, siento una especie de hormigueo en el estómago. Ahí está: un gran bloque gris con columnas de granito en la entrada. Empujo las puertas de vidrio de recepción y me detengo, sorprendida. El vestíbulo está distinto. ¡Tiene un aspecto muy lindo! Han desplazado el mostrador y colocado una mampara de cristal donde antes había una pared. Y el pavimento es de un vinilo especial de brillo metálico. Deben de haber sacado una nueva gama.
—¡Hinata!
Una mujer con lentes y blusa rosa, pellirroja y pantalones pitillo negro se me acerca. Lleva hebras del cabello en los costados de su cara y zapatos de salón. Y se llama… Sí la conozco… La jefa de recursos humanos…
—¡Karin-san! —Casi grito su nombre, lo que hace que me sonroje—. ¡Qué tal!
—Hinata —Me tiende la mano—. ¡Bienvenida de nuevo! ¡Pobrecilla! Nos quedamos todos tan preocupados cuando lo supimos…
—Estoy bien, gracias. Mucho mejor. —La sigo por el vestíbulo de vinilo, tomo la tarjeta que me entrega y la paso por la máquina de seguridad. Todo esto es nuevo. Antes no había barreras, sólo un guardia que se llamaba Takeo.
—¡Estupendo! Por aquí… —Karin me va indicando el camino—. He pensado que podríamos charlar un momento en mi despacho, asomar la nariz en la reunión de presupuestos y luego… Supongo que querrás echar una ojeada a tu departamento.
—¡Fantástico! Buena idea.
Mi departamento. Antes sólo tenía un escritorio y una grapadora.
Subimos en ascensor, bajamos en la segunda planta y Karin me hace pasar a su despacho.
—Siéntate. —Ella se instala en su escritorio, en una silla muy lujosa—. Bueno, como es obvio, tenemos que hablar de tu… situación —dice bajando la voz, como si yo tuviera una enfermedad vergonzosa—. Tienes amnesia.
—Exacto. Pero, aparte de eso, me encuentro bien.
—¡Estupendo! —Anota algo en su bloc—. ¿Y es permanente o temporal?
—Bueno… los médicos me han dicho que podría empezar a recordar en cualquier momento.
—¡Fenomenal! —Su rostro se ilumina—. Como es natural, desde nuestro punto de vista sería estupendo que pudieras recordarlo todo para el día veintiuno. Que es cuando se celebra nuestra convención de ventas —añade con una mirada expectante.
—Muy bien —digo tras una pausa—. Haré todo lo posible.
—Tú puedes hacerlo incluso mejor —me dice riendo con un gorjeo y se dispone a levantarse—. Vamos a saludar a Onoki-san y compañía. ¿Te acuerdas de Ryotenbin Onoki-san?
—Por supuesto.
¿Cómo no voy a acordarme del jefe de mis jefes? Lo recuerdo pronunciando su discursito durante la fiesta de Navidad. Y también cuando se presentó en nuestra oficina y fue preguntando nuestros nombres mientras que Yakushi-san —entonces jefe del departamento— lo seguía a todas partes como un perrillo faldero. ¡Pues ahora asisto a reuniones con él!
Procurando disimular mis nervios, sigo a Karin por el pasillo. Subimos en ascensor hasta la octava planta. Me guía con paso enérgico hasta la sala de reuniones, llama con los nudillos a la puerta de madera maciza y la abre.
—¡Perdón por la interrupción! ¡Hinata ha venido de visita!
—¡Hinata-san! ¡Nuestra superestrella! —El hombre mayor se levanta de la cabecera de la mesa. Es un hombre algo bajo y cuadrado, de complexión militar, nariz prominente y un pelo cano que peina hacia atrás. Se me acerca, y yo lo reverencio ligeramente. Entonces me estrecha la mano como si fuéramos viejos amigos. Me hace sentir un poco más segura
—¿Cómo te encuentras, Hinata-san?
No puedo creerlo. ¿El director y dueño de la empresa estrechando mi mano?
—Eh… muy bien, gracias. —Intento mantener la compostura—. Mucho mejor.
Echo un vistazo alrededor y observo a toda la tropa de ejecutivos trajeados. Yakushi Kabuto, en otros tiempos mi jefe más directo, está en la otra punta de la mesa. Un tipo pálido y larguirucho de pelo blanquecino, ojos negros detrás de gafas gruesas, con una de sus habituales corbatas retro. Me dirige una sonrisa cansada y yo se la devuelvo con cierto alivio. Por lo menos reconozco a alguien.
—Te diste un buen golpe en la cabeza, tengo entendido —me está diciendo el superior Ryotenbin, con su voz meliflua.
—Exacto.
—Pues date prisa en recuperarte —bromea, simulando una gran urgencia—. Porque Kabuto-san te ha reemplazado muy bien. —Lo señala con un gesto—. Aunque no sé si puedes confiar en que mantenga el presupuesto de tu departamento…
—No sé… —Arqueo las cejas—. ¿He de preocuparme, Ryotenbin-san?
Estalla una carcajada alrededor de la mesa; el aludido me lanza una mirada asesina.
Sólo estaba bromeando. De veras.
—Solo Onoki, querida. Hablando en serio, Hinata-san, tenemos que retomar nuestras últimas… conversaciones —me dice con un gesto de complicidad—. Iremos a almorzar en cuanto te reincorpores.
—Desde luego, Onoki-san—respondo, imitando su tono confidencial, aunque no tengo ni idea de qué me está hablando.
—Onoki-san, oiga —Karin se adelanta tímidamente—. Los médicos no saben si la amnesia de Hinata es permanente o temporal. O sea, que podría tener problemas de memoria…
—Seguramente una ventaja en este negocio —comenta un tipo calvo al otro lado de la mesa, provocando otra carcajada.
—Hinata-san, confío mucho en ti —me dice el dueño de la empresa, con firmeza, y se vuelve hacia un moreno que tiene al lado—. Obito-kun, ustedes dos no se conocen, ¿verdad? El es nuestro nuevo director financiero… A Hinata-san —dice, mirándolo de soslayo— quizá la habías visto ya en televisión, ¿no?
—¡Es verdad! —exclama él, reconociéndome mientras nos damos la mano—. Así que tú eres la chica prodigio de la que tanto he oído hablar.
¿La chica prodigio?
—Umm… N-no creo —digo. Más risas.
—¡No seas modesta! —Ryotenbin me sonríe y se vuelve hacia Obito—. Esta joven ha protagonizado el ascenso más meteórico que se recuerda en esta adjunta comercial a directora de su departamento en dieciocho meses. Como le he dicho a ella misma muchas veces, fue una apuesta arriesgada darle el cargo. Pero nunca me he arrepentido de haber asumido ese riesgo. Es una líder nata. Transmite entusiasmo. Se entrega en cuerpo y alma. Y tiene algunas visiones estratégicas de futuro muy sugerentes… En fin, es uno de los miembros de la empresa con más talento.
Al terminar, me dirige una sonrisa radiante; lo mismo hacen el tipo moreno y un par de ejecutivos más.
Estoy conmocionada. Estoy colorada. Las piernas me tiemblan. Nadie ha hablado así de mí en toda mi vida.
—Bueno… ¡gracias! —balbuceo.
—Hinata-san… —Me señala una silla vacía—. ¿Te apetecería quedarte para la reunión de presupuestos?
—Eh… —Le lanzo una mirada de socorro a Karin.
—Hoy no puede quedarse mucho, Onoki-san —dice ésta—. Y tenemos que pasarnos por Suelos y Alfombras aún.
—Claro —asiente él—. En fin, tú te lo pierdes. A todo el mundo le encantan las reuniones de presupuestos —agrega con una mueca cómica.
—¿No se ha dado cuenta de que me hice esto para saltármela? —Señalo el último rasguño que me queda en la cabeza. Otra carcajada colectiva.
—Hasta pronto, Hinata-san—me dice Ryotenbin—. Cuídate.
Mientras Karin y yo abandonamos la sala de conferencias, me siento flotar de pura euforia. Nunca lo habría creído. ¡Yo, bromeando con el jefe supremo! ¡La chica prodigio! ¡Con sus visiones estratégicas!
Espero haberlas dejado anotadas en alguna parte.
—¿Recuerdas dónde está el departamento de Suelos y Alfombras? —me pregunta Karin mientras bajamos en el ascensor—. Todo el mundo se muere de ganas de verte.
—Y yo. —le digo, más segura de mí misma que antes. Salimos del ascensor y su teléfono da un pitido.
—¡Uf! —Exclama mirando la pantalla—. Debo contestar. ¿Quieres acercarte tú misma a tu despacho? Yo te sigo enseguida.
—Por supuesto.
Echo a andar por el pasillo. Tiene el aspecto de siempre: la misma moqueta marrón, los mismos avisos contra incendios, las mismas plantas de plástico. El departamento de Suelos y Alfombras está al fondo a la izquierda. Y el despacho de Yakushi-san, a la derecha.
Mejor dicho, mi despacho.
Mi despacho privado.
Me detengo frente a la puerta un instante, para mentalizarme. No acabo de creer que sea mi despacho. Mi puesto.
Vamos. No hay nada que temer. Puedo hacerlo: lo ha dicho Ryotenbin Onoki. Mientras pongo la mano en el pomo, veo a una chica de unos veinte años que sale como una exhalación de la oficina principal y se lleva las manos a la boca.
—¡Hinata-san! ¡Has vuelto!
—Sí. —La miro indecisa—. Tendrás que perdonarme, pero con el accidente he perdido la memoria…
—Me lo han dicho. —Parece muy nerviosa—. Soy Rin. Tu ayudante.
—Ah, ¿qué tal? Me alegro de conocerte. Entonces… ¿yo estoy aquí? —digo señalando con un gesto el despacho de Kabuto.
—Exacto. ¿Te traigo una taza de café?
—Gracias. Me encantaría.
Intento ocultar mi entusiasmo. ¡Una ayudante que me trae el café! No hay duda: he triunfado. Entro y dejo que se cierre la puerta con un agradable chasquido.
Había olvidado lo grande que era este despacho. Tiene un amplio escritorio, una planta, un sofá… De todo. Dejo el maletín sobre la mesa y me acerco a la ventana. ¡Incluso tengo una vista! De otro edificio enorme, cierto. Pero aun así, ¡es mía! ¡Para mí sólita! ¡Soy la jefa! Se me escapa una risita, estoy como borracha. Giro sobre mí misma, me siento de un salto en el sofá y doy unos cuantos botes… Hasta que oigo que llaman a la puerta y me paro en seco.
¡Qué susto! Si hubiese entrado alguien y me hubiera visto… Contengo la respiración, corro a situarme ante el escritorio, cojo un documento al azar y empiezo a estudiarlo en plan ejecutiva eficiente.
—¡Adelante!
—¡Hinata!—Es Karin, siempre acelerada—. ¿Ya te estás poniendo a tus anchas? ¡Rin me ha dicho que no la reconocías! Esto te va a resultar un poquito complicado. No había advertido hasta qué punto… —Sacude la cabeza—. O sea… ¿no recuerdas nada?
—Bueno… no —reconozco—. Pero estoy convencida de que los recuerdos vendrán, tarde o temprano.
—Esperemos que así sea. Venga, vamos al departamento, para que veas a todo el mundo…
Salimos del despacho y entonces… ¿a quién veo saliendo de la oficina, con un pantalón negro, unas botas y un top verde sin mangas?
¡A Ten-Ten!
Se la ve algo distinta: ya no tiene sus típicos odangos sencillos en el cabello y unas mechas de cabello como chasquilla; ahora usa unas trenzas que forman el odango y se unen por detrás. Además tiene un flequillo corto y unos aretes rojos muy bonitos. Tiene también la cara más delgada.
Pero es ella.
—¡Ten-Ten! —exclamo emocionada. Casi se me cae el bolso—.Soy yo ¡Hinata! ¡Ya estoy de vuelta!
Ella se sobresalta. Se vuelve y me mira boquiabierta, como si yo fuera una loca peligrosa. Imagino que parezco algo más excitada de la cuenta. Pero es que me entusiasmo sólo de verla.
—Hola, Hinata —dice por fin, observándome—. ¿Cómo te encuentras?
—Muy bien. ¿Y tú? ¡Tienes un aspecto genial! ¡Me encanta lo que te has hecho en el pelo!
Todos los ojos están fijos en mí.
—E-en fin. —Trato de recuperar la compostura—. Quizá luego podamos vernos y ponernos al día, ¿no? Con las demás…
—Eh… sí. —Asiente sin mirarme a los ojos.
¿Por qué está tan distante? ¿Qué pasa? Siento un frío repentino. Esto es lo que llaman un jarro de agua fría. Quizá por eso no ha respondido a mis mensajes… Habremos tenido una buena trifulca y las otras se han puesto de su lado...
Pero yo no consigo acordarme.
—Tú primera, Hinata—dice Karin, y me hace pasar a la oficina principal, una sala grande sin tabiques. Quince cabezas levantan la vista de su escritorio mientras trato de dominarme.
«Esto es rarísimo», me digo.
Están Ino, Sakura, Matsuri y muchas otras. Todas conocidas, aunque con cuatro años más. Los peinados, el maquillaje y la ropa son diferentes.
Sakura tiene una melena ahora, los brazos más musculosos y está muy bronceada, como si acabase de volver de unas vacaciones exóticas; Ino lleva sus gafas de lectura pero son nuevas, sin montura y el pelo largo pero suelto…
Ahí está mi escritorio. Lo ocupa una chica rubia, que parece muy a sus anchas.
—Todos saben que Hinata ha estado de baja a causa de su accidente —dice Karin, alzando la voz—. Estamos encantados de que haya venido hoy de visita. Hinata sufre algunos efectos colaterales de sus heridas; sobre todo amnesia. Estoy segura de que la ayudaran a recordar cómo va todo y le daran una calurosa bienvenida. —Se vuelve hacia mí y murmura—: Hinata, ¿quieres dirigir unas palabras motivadoras al departamento?
—¿Motivadoras?
—Algo inspirador —añade sonriendo—. Para arengar a la tropa. —Su teléfono vuelve a pitar—. Perdona. Discúlpame. —Y sale al pasillo, dejándome sola ante el departamento en pleno.
Vamos, Hinata. Onoki-san dice que eres una líder nata.
—Umm… ¡Hola a t-todos! —Saludo con la mano pero nadie me corresponde—. Sólo quería decir que estaré pronto de vuelta y… Bueno, que sigáis así… —Me debato buscando algo «motivador»—. ¿C-cuál es el mejor departamento de Ryotenbin? ¡El nuestro! ¿Quién se lleva la palma? ¡Suelos y Alfombras! —Agito el puño como una animadora—. ¡Ese, u, e, o…!
—Falta la ele —me interrumpe una chica que no conozco y que me mira con los brazos cruzados, nada impresionada.
—¿C-cómo? —Me detengo, casi sin aliento.
—Que falta la ele. De «suelos» —explica poniendo los ojos en blanco. Las dos chicas que tiene al lado se están mondando de risa y se tapan la boca con la mano. Ino y Sakura me miran con la boca abierta y los ojos como platos.
—Cierto —asiento, nerviosa—. E-en fin, buen trabajo… habéis hecho entre todos una tarea increíble…
—¿O sea, que ya te reincorporas, Hinata-san? —pregunta una chica vestida de rojo.
—No exactamente…
—Es que necesito que me firmes mis gastos. Con urgencia.
—¡Yo también! —me dicen otras seis personas.
—¿Has hablado con Ryotenbin-san de nuestros objetivos? —Matsuri se me acerca, ceñuda—. Son del todo impracticables tal como están planteados…
—¿Y qué pasa con los nuevos ordenadores?
—¿Has leído mi e-mail?
—¿Ya está resuelto el pedido del Grupo Akimichi?
De repente, todo el mundo se arremolina a mi alrededor, disparando preguntas. Casi no consigo oírlas, ni mucho menos entiendo de qué van.
—¡N-no lo s-sé! —grito desesperada—. Lo s-siento, no me acuerdo… ¡Nos vemos luego!
Salgo jadeando al pasillo, me meto en mi despacho y cierro de un portazo.
¿Qué era todo eso?
Alguien llama a la puerta.
—¿S-sí? —contesto con voz ahogada.
—¡Hola! —dice Rin, desde debajo de una montaña de cartas y documentos—. Perdona que te moleste, Hinata-san, pero, ya que estás aquí, ¿podrías echar una ojeada a todo esto? Tienes pendiente una respuesta a Kagero-san, de Biltons, y hay que autorizar el pago a Sixpack Noru, y ya de paso habría que firmar estas exenciones, y ese tal Suigetsu-san ha llamado un montón de veces, dice que espera que podáis reanudar las conversaciones…
Me tiende un bolígrafo. Supongo que espera que yo pase a la acción a cámara rápida.
—No puedo autorizar nada—digo muerta de pánico—. Y-y tampoco firmar nada. Nunca he oído hablar de Kagero-san. O Biltons. No recuerdo una sola palabra de todo esto.
—Pero… —Se asoma entre el montón de papeles y me mira con los ojos como platos-Entonces ¿quién va a dirigir el departamento?
—N-no tengo ni… Es decir, yo. Es mi trabajo. Y lo haré. Sólo necesito un poco de tiempo… ¿Sabes qué? Déjalo todo aquí. Le echaré una ojeada. Quizá lo vaya recordando.
—Está bien —dice aliviada, y descarga la montaña de papeles en mi escritorio—. Te traigo ahora mismo el café.
La cabeza me da vueltas. Me siento frente al escritorio y cojo la primera carta. Es sobre una reclamación, por lo visto. «Como sin duda sabrá… esperamos una respuesta inmediata…»
Miro el siguiente documento. Es la previsión presupuestaria mensual que se hace en todos los departamentos. Hay seis gráficos y un pósit en el que alguien ha anotado:
«Esperamos tus comentarios, Hinata.»
Clare da unos golpecitos y entra otra vez.
—Tu café.
—Ah, sí. Gracias, Rin-sa...Rin —digo, sin levantar la vista y adoptando tono de jefa. Mientras deposita la taza a mi lado, señalo los gráficos con un gesto—. Interesante… Les daré una respuesta… más tarde.
En cuanto se marcha, dejo caer la cabeza sobre el escritorio, desesperada. ¿Qué voy a hacer? Esto es una pasada. Es un trabajo muy difícil.
¿Cómo demonios lo hago? ¿Cómo sé lo que tengo que decir y las decisiones que debo tomar?
Llaman de nuevo a la puerta. Me incorporo de golpe y cojo otro papel al azar.
—¿Todo bien, Hinata? —Es Yakushi Kabuto, con una botella de agua y un fajo de papeles. Apoya un brazo en el marco de la puerta. Por el puño de su camisa blanca asoma una muñeca huesuda, ceñida por un reloj enorme de última generación. Debe de costar mucho, pero resulta ridículo.
—¡Estupendo! ¡Genial! —exclamo—. C-creía que estabas en la reunión de presupuestos, Kabuto-san.
—Hemos hecho una paradita para comer.
Kabuto habla siempre con un tonillo sarcástico, como si una fuera idiota. A decir verdad, nunca me he llevado bien con él. Ahora está recorriendo con la vista el montón de documentos de mi escritorio.
—Otra vez en marcha, por lo que veo.
—No del todo. —Le dirijo una sonrisa que él no me devuelve.
—¿Has decidido qué hacer con Kagero? Los de Contabilidad vinieron ayer a darme la lata.
—Bueno. —Vacilo—. En realidad… y-yo no… —Trago saliva; noto que me suben los colores—. La cuestión es que he sufrido amnesia a causa del accidente y… —Me interrumpo mientras me retuerzo los dedos.
Su rostro se ilumina de repente.
—¡AHORA LO ENTIENDO! —exclama—. No sabes quién es Kagero del Biltons, ¿es eso?
Kagero, Kagero. Hurgo frenéticamente en mi cerebro, pero no hay manera.
—Eh… bueno… pues no. ¿Me refrescas la memoria?
Kabuto no me hace caso. Ahora entra del todo en el despacho, golpeando la botella de agua contra la palma de su mano.
—A ver si lo entiendo bien —dice despacio—. ¿No recuerdas absolutamente nada?
Se me disparan todas las alarmas. El gato y el ratón. Pretende averiguar lo débil que es su presa.
«El quiere mi puesto.»
En cuanto lo comprendo, me siento como una estúpida redomada por no haberlo deducido antes. Pues claro que lo quiere. Le pasé por delante. Debe de odiarme a muerte bajo ese barniz educado.
—¡N-no recuerdo nada! —declaro casi sin aliento, como si la idea misma fuese absurda—. Los últimos cuatro años los tengo en blanco.
—¿Los últimos cuatro años? —Kabuto echa la cabeza atrás y suelta una carcajada—. Cuánto lo siento, Hinata. Pero tú sabes tan bien como yo que en este negocio cuatro años son toda una vida.
—Pronto seré la de siempre. —Intento parecer convencida—. Los médicos me han dicho que puedo empezar a recordar en cualquier momento.
—O puede que no. —Ahora adopta un tono compasivo—. Lo cual debe de provocarte una gran preocupación. La posibilidad de que tu mente se quede en blanco para siempre.
Le sostengo la mirada con toda la frialdad que puedo.
«No vas a asustarme tan fácilmente.»
—Seguro que todo volverá pronto a la normalidad —le aseguro con un gesto enérgico—. De nuevo en mi puesto, al frente del departamento… He mantenido antes una charla con Ryotenbin Onoki-san—le suelto para rematar.
—Ajá. —Le da unos golpecitos a la botella, pensativo—. ¿Y qué querías saber exactamente de Kagero?
Rayos, me ha pillado. No tengo ni la menor idea de ese asunto y él lo sabe. Ordeno los papeles de mi escritorio para ganar tiempo.
—Quizá… puedas tomar tú una decisión —digo por fin.
—Por mí, encantado. —Me dirige una sonrisa condescendiente—. Yo me hago cargo de todo. Tú cuídate, Hinata, recupérate. Tómate todo el tiempo necesario. ¡No te preocupes por nada!
—Bueno. —Finjo un tono amable—. Te lo agradezco, Kabuto-san
—¿Qué tal? —Karin asoma por la puerta—. ¿Estabais de charla? ¿Poniéndoos al día, Hinata?
—Naturalmente. —Sonrío con los dientes apretados—. Kabuto-san me está ayudando mucho.
—Para cualquier cosa… —abre los brazos con falsa humildad— aquí me tienes. ¡Con la memoria intacta!
—Fenomenal. —Karin consulta su reloj—. Bueno, Hinata, he de salir corriendo a un almuerzo, pero todavía puedo acompañarte a la puerta si quieres…
—No te molestes. Me quedaré un rato más para repasar estos documentos.
No voy a salir de aquí hasta que haya hablado con Ten-Ten.
—Bueno, como quieras. Me ha encantado verte, Hinata. Ya hablaremos sobre cuándo quieres reincorporarte.
Hace el gesto de hablar por teléfono y yo la imito.
—Sí, nos llamamos.
Salen los dos y oigo que Kabuto le está diciendo:
—Karin, ¿tienes un momento? Tenemos que hablar. Con todos los respetos para Hinata…
La puerta se cierra con un chasquido. Me acerco de puntillas, abro una rendija y pego el oído.
—… evidente que no está en condiciones de dirigir el departamento… —le oigo decir mientras doblan por el pasillo hacia los ascensores.
Ni siquiera se ha molestado en esperar a que yo no pudiera oírles. Vuelvo al despacho, me desplomo en la silla y me cubro la cara con las manos. Toda mi euforia se ha volatilizado. Saco al azar un papel del montón. Un papiro egipcio no me resultaría más misterioso. Tiene que ver con primas de seguros, me parece… ¿Cómo llegué a aprender estas cosas? ¿Cuándo? Me siento como si hubiese despertado en la cima del Everest sin saber siquiera lo que es un crampón.
Con un profundo suspiro, dejo el documento en su sitio. Tengo que hablar con alguien. Con Ten-Ten. Levanto el auricular y marco el 352: su extensión, salvo que haya cambiado.
—Suelos y Alfombras, Lee Ten-Ten al habla.
—¡Soy yo! Hinata. ¿Podemos hablar?
—Claro —dice, muy formal—. ¿Quieres que vaya a tu despacho ahora? ¿O le pido cita a Rin?
Se me cae el alma a los pies. Suena tan… distante.
—¡Quiero decir si podemos charlar un rato! Si es que no estás ocupada…
—En realidad, iba a salir a almorzar.
—Vale, voy contigo —le digo entusiasmada—. Como en los viejos tiempos. Me muero por un chocolate caliente. ¿Siguen haciendo en Morelli's esos panini tan deliciosos?
—Hinata…
—Ten-Ten, tengo que hablar contigo, ¿s-si? —Me acerco más el auricular y bajo la voz—. Yo… no me acuerdo de nada. Y la situación me tiene algo asustada. —Intento reír—. Espérame un segundo, voy enseguida…
Cuelgo y cojo un trozo de papel. Tras un instante de duda, escribo: «Dale curso a todo esto, Kabuto-san. Muchas gracias. Hinata.»
Sé que estoy poniéndome en sus manos. Pero ahora mismo lo único que me importa es ver a mis amigas. Recojo el bolso y el maletín, salgo corriendo, paso junto al escritorio de Rin y entro en la oficina principal del departamento.
—Hola, Hinata —me dice una chica—. ¿Querías algo?
—No, gracias. He quedado con Ten-Ten para almorzar… —Miro alrededor. No la veo por ningún lado. Ni a Sakura. Ni a Ino.
—Me parece que ya han salido todas. —Parece sorprendida—. Se te han escapado por los pelos.
—Ah, bueno. —Procuro disimular mi desconcierto—. Gracias. Deben de esperarme en el vestíbulo.
Doy media vuelta y empiezo a cruzar el pasillo tan deprisa como me lo permiten mis tacones… Justo para ver cómo desaparece Ino en el ascensor.
—¡E-espera! —grito echando a correr—. ¡Ino!
Pero las puertas ya se están cerrando.
Me ha oído. Estoy segura de que me ha oído.
Los pensamientos se agolpan en mi mente mientras abro la puerta de la escalera y empiezo a bajar a toda prisa con un redoble de tacones. Sabían que iba con ellas. ¿Me están evitando? ¿Qué ha pasado en estos cuatro años? Somos amigas. Lo sé, sí, soy la jefa… Pero también puedes seguir siendo amiga de tu jefa, ¿no?
¿No?
Llego a la planta baja y poco falta para que me caiga de morros en medio del vestíbulo. ¡Ahí están! Sakura e Ino se dirigen hacia las puertas de cristal; Ten-Ten va delante.
—¡Eh! —chillo—. E-esperenme
Corro y las alcanzo por fin en los escalones del edificio.
—Ah. Hola, Hinata. —Ten-Ten suelta un bufido, lo que significa que está haciendo un esfuerzo para no reírse.
Debo de tener un aspecto estrafalario, corriendo como una posesa con mi traje chaqueta y mi moño de ejecutiva.
—Creía que í-íbamos a almorzar juntas —digo jadeando—. Te he dicho que iba con ustedes
Se hace el silencio. Ninguna de las tres me mira a los ojos. Sakura juguetea con su colgante de plata mientras el viento alborota su pelo rosa. Ino se quita las gafas para limpiarlas con su camisa blanca y guardarlas en su bolso.
—¿Qué pasa? —Trato de parecer tranquila, pero percibo un tono dolido en mi propia voz—. Ten-Ten, ¿p-por qué no has respondido a mis mensajes? ¿Hay… algún problema?
Ninguna responde. Casi veo las burbujas de sus pensamientos yendo de una a otra. Pero ya no sé leer esas burbujas.
—Chicas. —Hago un esfuerzo para sonreír—. Por favor. Ti-tienen que echarme una mano. He sufrido un ataque de amnesia y no recuerdo… ¿Tuvimos una pelea o algo así?
—No. —Ten-Ten se encoge de hombros.
—Entonces no lo entiendo. —Las miro a las tres, suplicante—. Lo último que recuerdo es que éramos íntimas y salíamos juntas un viernes. Nos tomamos unos cócteles de banana. E-el Perro Mojado me dio plantón. Hicimos karaoke… ¿Se acuerdan?
Ino suelta un resoplido y arquea una ceja mirando a Sakura.
—De eso hace mucho.
—¿Y qué ha pasado desde entonces?
—Mira —dice Ten-Ten, suspirando—, vamos a dejarlo así. Tú has tenido un accidente, estás enferma y nosotras no queremos darte un disgusto…
—Venga, vamos a tomarnos un sándwich juntas. —Sakura le lanza a Ten-Ten una mirada de síguele-la-corriente.
—No quiero que me perdonen la vida —Me sale un tono más cortante de lo que querría—. ¡Olvidense del accidente! No s-soy ninguna inválida, estoy bien… Pero necesito que me digáis la verdad. —Las miro una a una, desesperada—. Si no nos peleamos, ¿cuál es el problema? ¿Qué ha sucedido?
—No ha pasado nada, Hinata. —Ten-Ten parece incómoda—. Es sólo… que ya no salimos contigo. Ya no somos amigas.
—¿P-por qué no? —El corazón me va a cien mientras trato de conservar la calma. Siento mis ojos picar y como si estuviera cayendo en un hoyo hondo—. ¿Porque soy la jefa?
—No es eso. Eso no tendría importancia si tú fueses… —Se interrumpe y mete las manos en los bolsillos, rehuyendo mi mirada—. Si he de serte sincera, es porque eres…
—¿Qué? —Miro las caras de las tres, perpleja.
Ten-Ten se encoge de hombros.
—Una maldita engreída.
—Una bruja repulsiva y tiránica sería más exacto —musita Ino.
Me quedo helada.
¿Bruja tiránica?
¿Yo?
—No… n-no lo entiendo —tartamudeo—. ¿No s-soy buena jefa?
—Uy, sí, buenísima. —Sakura rezuma sarcasmo—. Nos penalizas si llegamos tarde. Nos cronometras el tiempo del almuerzo. Nos sometes a inspecciones sobre nuestros gastos… En fin, diversión de la buena en Suelos y Alfombras.
Me arden las mejillas, como si me hubiera abofeteado.
—Pero y-yo nunca… ¡Yo n-no soy así!
—Ahora sí —me corta Ino.
—Tú lo has preguntado, Hinata —dice Ten-Ten con los ojos en blanco, como siempre que se siente incómoda—. Por eso ya no salimos juntas. Tú vas a tu aire, y nosotras al nuestro.
—No soy un…u-una bruja —logro decir con voz temblorosa—. No puede s-ser. ¡Soy amiga suya! Nos divertimos juntas, salimos a bailar, vemos películas… —Me asoman las lágrimas. Miro desesperada esas tres caras que conozco tan bien (o que creía conocer) buscando algún signo de complicidad—. Soy yo…Hinata ¡La Dientotes!
¿Es que no se acuerdan de mí?
Ten-Ten y Sakura se miran.
—Hinata—me dice Ten-Ten casi con amabilidad—, tú eres nuestra jefa. Y nosotras hacemos lo que nos dices. Pero no almorzamos ni salimos contigo. —Se coloca el bolso en el hombro y suspira—. Escucha, ven hoy si quieres…
—No —le digo, herida—. N-no. Muchas gracias.
Con las piernas temblando, me doy media vuelta y me alejo.
Me siento a la deriva de un océano, como cuando me dijeron por primera vez que había perdido cuatro años de mi vida. Perdida.
Siento mis lagrimas caer. ¿Cómo es que mis amigas piensan así de mi?
La antigua sensación de camaradería que compartíamos se ha ido.
Aunque camino y entro de nuevo en el edificio, no me siento con los pies en la tierra.
Me siento hundida en aquel océano.
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Al fin Hinata ha vuelto a su trabajo y al fin ve como son las cosas. Personalmente no creo que es tan terrible tener que ser el jefe y ordenar a la gente, pero despertarte de un dia a otro con esa responsabilidad, debe ser suuper agobiante.
Como siempre, le doy gracias a quienes le ponen favorito y siguen mi adaptación, son muy amables :3
Por otro lado, agradezco a Crypt Atzel por su review. Me alegra que te guste, pero honestamente me entristece un poco que insistan tanto con que pareja esta compuesta la historia. Se que todos vienen a fanfiction para experimentar las historias de fans que al igual de ustedes adoran a una pareja o personaje, pero pense que bastaria simplemente con compartir esta historia y poner en la especificacion con el Rated o el idioma, los nombres Naruto, U. Hinata, H. (debajo del summary).
Supongo que no fue suficiente :c
Bueno, finalmente, le doy las gracias de siempre a CotyCandy por seguir la historia :)
Hasta la proxima!
