La historia que transcurre no es mía, sino de la autora Sophie Kinsella. La adaptación, sin embargo, es de mi autoría.
Los personajes mencionados pertenecen a Masashi Kishimoto.
Capítulo 10
No puede ser.
La luz de la mañana se cuela por las persianas; llevo un buen rato despierta, pero soy incapaz de levantarme. Contemplo el techo, respirando despacio. La teoría, supongo, es que si estoy lo bastante quietecita quizá se calme la vorágine que tengo en la cabeza.
Por ahora ha demostrado ser una teoría muy tonta.
Cada vez que repaso lo ocurrido anoche siento mareos. Creía que me estaba adaptando a esta nueva vida, que todo empezaba a cobrar sentido. Y ahora es como si se hubiera abierto el suelo bajo mis pies. Ino dice que soy una bruja repulsiva. Y ese tipo va y me suelta que soy su amante secreta. ¿Qué más? ¿Va a resultar que soy agente del FBI?
No puede ser. Y punto.
¿Por qué narices habría de engañar a Toneri? Es atractivo, delicado, multimillonario. Y sabe conducir una lancha motora. Mientras que Naruto es como… no sé, desaliñado. Como erizado de púas.
En cuanto a esa frasecita: «No tienes ni idea de tu vida, Hinata-chan», ¡menuda cara del tipo para llamarme de esa forma!
Yo sé un montón de cosas de mi vida, muchas gracias.
Sé a qué peluquería voy, y qué pusieron de postre en mi boda, y con qué frecuencia nos acostamos Toneri y yo… Está todo en el manual.
Además, ¿no es de una grosería espantosa? Uno no se presenta y le espeta a una mujer casada «Somos amantes» mientras está dando una cena en su casa con su marido. En fin, al menos eliges otro momento. O le escribes una carta.
No, una carta no…
Bueno, lo que sea. Y deja ya de pensar.
Me siento en la cama, aprieto el botón para subir las persianas y me paso los dedos por el pelo enredado, dándome tirones. La pantalla que tengo delante permanece apagada y un misterioso silencio me rodea. Después de vivir en mi piso de Okubo, lleno de corrientes, se me hace raro este lugar tan hermético. Según el manual, no tenemos que abrir las ventanas porque eso distorsiona el sistema de aire acondicionado.
Ese Naruto debe de ser un tipo de psicópata. Seguro que se ceba en las personas con amnesia y les dice que es su amante. Pero no hay ninguna prueba de que nosotros tuviéramos una aventura. Ninguna. No he encontrado nada que tenga que ver con él: una nota, una foto, un recuerdo.
Claro que tampoco iba a dejarlo en medio para que Toneri lo encontrase, ¿no?, dice una vocecita en mi interior.
Permanezco unos momentos inmóvil, siguiendo el curso de mis pensamientos.
Luego, con un impulso repentino, me levanto y voy al vestidor. Me acerco al tocador y de un tirón abro el primer cajón. Está lleno de envases de Chanel perfectamente alineados. Lo cierro y abro el siguiente, atestado de pañuelos doblados. En el siguiente hay un estuche de joyas y un álbum de fotos de ante, vacío.
Cierro el cajón lentamente. Incluso aquí, en mi rincón más íntimo, todo parece ordenado, esterilizado y como anulado. ¿Y el desorden? ¿Y los trastos, las cartas, las fotos? ¿Dónde están mis cinturones con tachuelas? ¿Y mis pintalabios de muestra, obsequio de alguna revista de cuarta?
¿Dónde estoy… yo?
¿O realmente yo ya no existo en esta versión de 26 años?
¿Puede ocurrir algo así?
Me apoyo en los codos, sin dejar de mirar el techo. Tengo que controlar el impulso de, por la ansiedad, empezar a mordisquearme una uña. Y de repente tengo una inspiración: el cajón de la ropa interior. Si hubiera escondido algo, sería allí. Abro el armario, tiro del cajón y empiezo a hurgar entre un mar satinado de Victoria Secret… Pero no encuentro nada. Tampoco en el cajón de los sujetadores.
—¿Buscas algo? —Me vuelvo con un respingo y veo a Toneri en el umbral. Me pongo roja como un tomate.
Lo sabe.
No, no seas estúpida. ¡Si no hay nada que saber!
—Ho-hola —Saco las manos del cajón con toda la calma, o eso intento—. Estaba buscando… unos sujetadores.
Vamos, Hinata. Ahora si que no le debes dar más crédito a ese tipo. Ésta es la razón principal de que no puedas tener una aventura: Mientes muy mal.
¿Para qué iba a necesitar «unos sujetadores»? ¿Es que me han salido otro par de pechos?
—Me estaba preguntando —continúo, medio aturullada—. ¿Hay más chismes míos en otra parte?
—¿Chismes? —Toneri arquea una ceja.
—Sí, cartas, diarios, esas cosas.
—Bueno, también está el escritorio del estudio. Ahí tienes todos tus archivos de trabajo.
—Claro. —Se me había olvidado el estudio. O tal vez pensaba que era territorio suyo.
—Una cena maravillosa, anoche. —Se adentra un par de pasos en el vestidor—. Te felicito, querida. No te habrá sido fácil.
—Fue divertido. —Me pongo en cuclillas y jugueteo con la correa del reloj—. Había gente interesante.
—¿No te resultó abrumador?
—Un poquito —contesto sonriendo—. Todavía tengo mucho que aprender.
—Ya sabes que puedes preguntarme lo que quieras. Para eso estoy —dice, abriendo las manos—. ¿Algo en concreto?
Le devuelvo la mirada en silencio. «¿Sabes si me he acostado con tu ingeniero electricista estrella?» …
Un momento.
Me he acostado con ese hombre también, si se supone que somos amantes. Siento mi cara empezar a ebullir del calor que se acumula en mis mejillas.
No. No entres en pánico. No entres en pánico.
Muy tarde. Estoy hecha un manojo de nervios.
Toneri aún me observa, esperando paciente mi pregunta. ¿Cómo puedo serle infiel a alguien como él?
—Bu-bueno….Ehm… —Me aclaro la garganta—. Ya que lo preguntas… Estaba pensando… Nosotros s-somos felices juntos, ¿no? Formamos una pareja feliz… y fiel, ¿verdad? — Espero haber dejado caer «fiel» muy sutilmente, pero su oído aguzado la pesca al vuelo.
—¿Fiel? —Repite, con el entrecejo fruncido—. Yo nunca te he sido infiel, Hinata.
No me lo plantearía siquiera. Hicimos unos votos. Asumimos un compromiso.
—P-por supuesto. Sin duda.
—No entiendo cómo se te puede haber ocurrido. —La verdad es que parece estupefacto—. ¿Te ha dicho alguien otra cosa? ¿Alguno de los invitados? Porque quienquiera que sea…
—¡N-no! Nadie me dijo nada. Sólo que… todo es tan nuevo y tan extraño… — Hablo a trompicones, la cara me arde—. Bueno… se me ha ocurrido preguntarte. Simple interés.
Está bien, así que el nuestro NO es un matrimonio abierto y «moderno». Por si necesitaba saberlo.
Cierro el cajón de los sujetadores, abro otro al azar y observo tres filas de medias primorosamente dobladas mientras la cabeza me va a mil por hora. Debería cambiar de tema. Pero no puedo evitarlo, tengo que investigar.
—Eh… y ese tipo… —Arrugo la frente exageradamente, como si no pudiera recordar su nombre—. El electricista.
—¿Naruto?
—Eso es, Uzumaki-san. Parece buen tipo —digo encogiéndome de hombros.
—De lo mejor que hay. A él se debe nuestro éxito en gran parte. Es la persona con más imaginación que conozco.
—¿Imaginación? —Me aferró a ese detalle—. ¿Quieres decir que se pasa a veces de imaginativo? ¿Una especie de… fantasioso?
—No. —Me mira perplejo—. En absoluto. Es mi mano derecha. Pondría mi vida en sus manos sin dudarlo.
Antes de que pueda preguntarme a qué viene tanto interés, el teléfono da un timbrazo repentino para mi alivio.
Toneri sale del dormitorio para responder y me apresuro a cerrar el cajón de las medias.
Estoy a punto de darme por vencida y abandonar el registro de mi propio armario cuando descubro una cosa en la que no me había fijado hasta ahora. Hay un cajoncito disimulado en la base del armario, con un pequeño teclado numérico.
¿Un cajón secreto?
El corazón se me acelera. Me agacho y marco la clave que utilizo siempre: 4591. Se oye un chasquido y el cajón se abre. Mirando la puerta de reojo por si aparece Toneri, tanteo sigilosamente con la mano y tropiezo con algo duro, el mango de un…
Látigo.
Me quedo tan pasmada que no puedo ni moverme. Es un látigo pequeño con tiras de cuero negro; vamos, un artículo directamente salido del Palacio del Sadomasoquismo. Su visión me deja paralizada. ¿Será esto el látigo de mi adulterio? ¿Me he convertido en una persona totalmente distinta? ¿En una fetichista, una asidua de los locales sadomaso que somete a los hombres vestida con un corsé de tachuelas?
Siento unos ojos clavados en mí. Toneri está en el umbral, mirando el látigo y enarcando las cejas con aire socarrón. Me llevo un susto de muerte y suelto el objeto como si quemara.
—¡Ah! Eh… ¡He encontrado esto aquí! No sabía…
—Será mejor que no lo dejes a la vista —dice con aire divertido—. No vaya a ser que lo encuentre Chiyo.
Lo miro de hito en hito mientras mi cerebro alelado trabaja a marchas forzadas. Toneri está al corriente. Sonríe. Lo cual significa…
No. No puede ser.
¡Ni hablar!
—¡E-esto no estaba en el m-manual! —Quería decirlo en tono ligero y burlón, pero me sale un chillido histérico.
—No todo está en el manual. —Sus ojos destellan.
Eso es cambiarme las reglas. Yo creía que todo, absolutamente todo, figuraba allí.
Le echo una mirada nerviosa al látigo. Entonces… ¿cómo es la cosa? ¿Yo lo azoto? ¿O es él…?
No quiero ni pensarlo. Vuelvo la mirada al ropero y cierro el cajón de un golpe. Me sudan las manos.
—Eso es. —Toneri me guiña un ojo—. Bien guardado. Hasta luego.
Me deja sola y un momento después oigo la puerta principal.
Decido que una taza de café me vendría bien. Además, cojo un par de galletas que Chiyo me cede de su alijo personal. Dios mío, echo mucho de menos las galletas. Y el anpan. Los fideos, el ramen… También me muero por unos buenos rollos zenzai…No, un buen ramen de puerco, con todos sus acompañamientos y el caldo que queda al final…
En fin. Deja de fantasear sobre carbohidratos. Deja de pensar en el látigo. Un látigo en miniatura. Muy bien. ¿Y qué?
Neji viene a las once, pero no tengo nada que hacer hasta entonces. Me paseo por la sala, me siento en el brazo del inmaculado sofá y abro una revista, pero la cierro a los dos minutos. Estoy demasiado crispada. Es como si hubieran empezado a surgir grietas en esta vida tan perfecta. No sé qué pensar. No sé qué hacer.
Dejo la taza de café y me miro las uñas impecables. Yo era una chica normal con el pelo corriente, los dientes salidos y un novio que no se comportaba como tal. Con un trabajo mal pagado, un grupo de amigas con las que echar unas risas y un piso diminuto y acogedor.
Y ahora… Aún reacciono con retraso cuando veo mi reflejo en un espejo. Y no veo mi personalidad reflejada por ningún lado en este apartamento. El reality show de la tele… los tacones altos… mis amigas que no quieren ni verme… un tipo que me dice que es mi amante secreto… No sé en qué me he convertido. No comprendo qué demonios me ha pasado.
Siguiendo un impulso, dejo la revista y voy al estudio. Ahí está mi escritorio, pulcro y reluciente, con la silla perfectamente colocada en su sitio. Nunca he tenido un escritorio tan ordenado. No es de extrañar que no supiera que es mío. Me siento y abro el primer cajón. Está lleno de cartas ordenadas en carpetas de plástico. En el segundo están los extractos bancarios, atados con cordel azul.
¿Desde cuándo me he vuelto tan minuciosa?
Abro el último, el más grande, esperando encontrar una hilera de frascos de corrector perfectamente alineados, o algo por el estilo. Pero está vacío, aparte de un par de papeles.
Saco los extractos bancarios y los hojeo deprisa. Me quedo estupefacta al ver mi sueldo, que es al menos tres veces más de lo que ganaba antes. La mayor parte del dinero sale de mi cuenta personal y va a la cuenta conjunta que tengo con Toneri. Pero una cantidad considerable va cada mes a una cosa llamada «Cta. Unito». Tengo que averiguar qué es.
Dejo los extractos y saco los papeles del último cajón. Uno está escrito con mi letra, pero con tantas abreviaturas que no entiendo ni jota. Casi parece un código cifrado. En el otro, un trozo de hoja arrancado de un bloc, hay únicamente tres palabras garabateadas a lápiz con mi letra:
Yo sólo deseo
Las contemplo, absorta. ¿Qué? ¿Qué deseaba?
Mientras le doy vueltas al papel, intento imaginarme a mí misma escribiendo esas palabras. Incluso —aunque sé que no tiene sentido— trato de recordarme escribiéndolas. ¿Fue hace un año? ¿Seis meses? ¿Tres semanas? ¿En qué estaría pensando?
Suena el timbre. Doblo el papel con todo cuidado y me lo meto en el bolsillo. Luego cierro el cajón de golpe.
Neji ha llegado con Hanabi. Lamento un poco que tenga que usar su fin de semana libre para venir a verme, pero él insistió. Le preocupaba que me afectara mucho la velada de anoche.
No tiene ni idea
—Hola, Neji-niisan. —Mientras recojo su raída chaqueta acolchada voy y lo abrazo. Me consuela sentir un olor conocido.
-Hinata-imoto. Me alegra ver que estas bien.
Vaya por Dios. Ya sabía yo que el no quería venir, por alguna razón no se lleva de las maravillas con mi esposo. Toda esta visita es fruto de un malentendido. Sólo le dije por teléfono que me sentía rara rodeada de tantos desconocidos, y se puso a la defensiva, espetando que Toneri debió esperar más para una reunión así y que por supuesto pensaba hacerme una visita. Así que acabamos quedando para hoy.
Los invite a tomar asiento en el sofá, mientras que se acercaba con un bolso, que dejo en la mesa del café. Tuve cierto impulso de decirle que lo sacara de la mesita, por si Toneri llegaba y le pedía que lo dejara "en un lugar más adecuado", pero tenían cintas de video que usaríamos en el momento.
—Nii-san, ¿Qué tal han estado tus días?
—Bastante bien, Imoto-chan. Tu sabes, los altos y bajos de cualquier negocio.
—Aah…si claro. Ehm ¿Y los tíos como están?
—Como siempre, juntos y tranquilos. Te mandan saludos, quisieran que los visitaras ¿Sabes?
Hanabi aparece por mi lado, con aire enfurruñado y las manos en los bolsillos.
—No vayas a esa casa mohosa, no te pierdes de nada. ¿Tienes Coca-Cola light? —me suelta a modo de saludo.
—En la cocina, creo —contesto distraídamente. Ahora estoy demasiado ocupada pensando porque habla así de la casa de los tíos—. ¿Por qué hablas así, no deberías ser más respetuosa?
Me ignora y va a la cocina. Ni caso.
—Tendrás que perdonarla, imoto-chan. Esta en esa edad donde en realidad…es difícil de disciplinar.
—Aun así, entiendo eso, todos pasamos por la adolescencia. Pero su actitud no deja de llamarme la atención.
—Es que, considerando todo lo que ocurrió…
¿—A qué te ref-
—No hay Coca-Cola light. —Hanabi regresa de la cocina desenvolviendo una piruleta. Se le ven unas piernas larguísimas con esos vaqueros tan ceñidos y esas botas—. ¿No tendrás Sprite?
—Quizá. Oye… ¿tú no deberías estar en el colegio?
—No —repone encogiéndose de hombros.
—¿Cómo que no? No estás siquiera con uniforme—Noto una repentina tensión en el aire.
Ninguno responde de inmediato. Neji carraspea antes de mirarme y responder.
—Hanabi-chan tiene un problema —dice por fin—. ¿No?
—Estoy expulsada temporalmente. —Con aire arrogante, se sienta y pone las botas sobre la mesita.
—¿Expulsada? ¿Por qué?
Silencio.
—¿Nii-san? —insisto.
—Me temo que ha vuelto a hacer de las suyas —explica con una mueca.
—¿Y eso qué significa?
Hanabi nunca se ha distinguido por sus trastadas. Al contrario. Es muy ingenua y solitaria.
—¡Tampoco es para tanto! ¡Han exagerado un montón conmigo! —Protesta, quitándose la piruleta de la boca—. Lo único que hice fue llevar a esa vidente.
—¿A una vidente?
—Bueno. —Me mira con una sonrisita socarrona—. La conocí en una tienda. No sé si tiene poderes, pero todo el mundo se lo tragó. Les cobré mil yenes por cabeza y ella les dijo a todas que iban a conocer muy pronto a un chico. Se quedaron encantadas. Hasta que un profesor se enteró.
—¿Mil por cabeza? —repito, incrédula—. ¡No me extraña que estés metida en un lío!
—Es el último aviso —me dice, orgullosa.
—¿Por qué? ¿Qué más has hecho?
—No gran cosa. Bueno… durante las vacaciones hice una colecta para esa profesora de mates, Wakahisa-san, que había sido internada en un hospital. —Se encoge de hombros—. Dije que estaba en las últimas y todo el mundo puso un montón de dinero. Me saqué más de 54 mil yenes—Se ríe sorbiéndose la nariz—. ¡Fue genial!
—Hanabi-chan, eso no es más que obtener dinero de modo fraudulento. Como una delincuente —Los ojos de Neji confrontan los verdes de lentilla de mi hermana- Además, Wakahisa-san estaba muy contrariada. Incluso dejo de frecuentar a mi madre en el mercado.
—Le regalé una caja de frutillas blancas, ¿no? —Replica Hanabi sin ningún arrepentimiento—. Además, no era mentira. Te puedes morir de verdad por una liposucción.
Estoy patidifusa. ¿Cómo es posible que mi dulce e inocente hermanita se haya convertido en semejante criatura?
—Necesito crema para los labios —anuncia ella, quitando los pies de la mesa—. ¿Puedo usar la de tu tocador?
—Eh… claro. —En cuanto desaparece, me vuelvo hacia Neji—. ¿Pero qué ha pasado? ¿Cuánto lleva metiéndose en líos?
—Pues… los últimos dos años —contesta sin mirarme—. Es una buena chica, en el fondo. Muy astuta e inteligente. Sólo que se deja arrastrar por el mal camino. Unas chicas mayores la incitaron al robo, no fue culpa suya.
—¿Qué robo? —pregunto alucinada.
—Bueno. —Pone expresión afligida—. Fue un desafortunado incidente. Se quedó con la chaqueta de un compañero de clase y cosió detrás una cinta con su nombre. Luego estaba muy arrepentida.
—Pero… ¿porqué?
—Nadie lo sabe…Aunque yo creo.-Duda un momento en continuar o no.- Le sentó muy mal la muerte de su padre, y desde entonces ha sido prácticamente una tras otra.
No sé qué responder. Quizá sea normal que una adolescente se desmande un poco después de perder a su padre.
—Esto me recuerda otra cosa. Tengo algo para ti—me dice, hurgando en su bolsa de lona y sacando un DVD—. Es el último mensaje de tu padre. Hizo una grabación de despedida antes de la operación. Por si acaso. La pusieron en el funeral. Si no la recuerdas, deberías verla.
El último mensaje de mi padre. Todavía no puedo creer que lleve cuatro años muerto.
—Será como volver a verlo. Qué impresionante que se le ocurriera hacer una grabación.
—Sí, bueno, ya sabes cómo era. Bastante meticuloso.
El silencio se apodera del lugar. Empiezo a comentarle, sin muchos detalles, el trabajo que me llevo la fiesta de la noche anterior. Como me hubiera gustado que estuvieran ahí acompañándome, pero que entendía sus tiempos en la casa. El sigue mis palabras, pero se detiene a mirar el aire un momento, enseguida levanta la vista y me dice:
—Disculpa por interrumpirte, pero pensaba…que tal vez puedas echarle a Hanabi-chan una mano…Ahora que recuerdo, estabas pensando en buscarle un puesto de interina en tu oficina.
—¿De interina? —Arrugo el entrecejo—. No sé qué decirte… —Mi situación en la empresa ya es bastante complicada sin que Hanabi ande por allí quejándose y haciendo aspavientos. Pero tampoco quiero asustar a Neji con esa situación.
—Lo se, no tienes como saberlo. Por eso te comento, ya que dijiste que habías hablado en la oficina y que estaba todo arreglado…Si fue así, deberías revisar si acaso lo puedes cancelar o si efectivamente la esperan. Quizás le ayude para tener otro panorama de la vida del trabajo y deje de estar en espacios fraudulentos.
—Quizá. Pero ahora todo es distinto. Ni siquiera me he reincorporado y tengo que volver a aprenderlo todo…
—Sé que podrás hacerlo, imoto-san. Tú has hecho una carrera brillante por ti misma —continúa.
Sí, impresionante. De asistente a bruja repulsiva en un solo paso.
Se hace un silencio.
—Justamente estaba pensando en eso —le digo—. Quiero reunir otra vez todas las piezas… y no me acaban de encajar. ¿Por qué me presenté a ese programa de la tele? ¿Cómo me convertí en una mujer dura y ambiciosa de la noche a la mañana? No consigo comprenderlo.
—No sabría decirte... —Tampoco tiene mucho interés. Ahora parece muy ocupado buscando algo en su celular —. Puede que solo quisieras mejorar en tu trabajo, es natural.— Me lo dice sonriendo. Pero es esa sonrisa seria, como si no tuviera nada mas que preguntar.
—Eso no tuvo nada de natural. —Me inclino hacia delante, a ver si consigo captar su atención, que vea lo perdida que me siento.—. Nunca fui…una de esas profesionales enérgicas, tú lo sabes. ¿Por qué cambiaría tan de sopetón?
De pronto siento que Hanabi se acerca, chupando aún su piruleta.
—Estaba hablando con Hinata-imoto de que pases una temporada de interina en su oficina —le dice Neji—. ¿Qué te parece?
—Si… Pero cuando haya vuelto a incorporarme —aclaro.
—Psé. Supongo.
Ni siquiera parece agradecida.
—Con algunas normas básicas, desde luego —le advierto—. No puedes estafar a mis compañeros. Ni robarles.
—¡Yo no robo! —grita—. Sólo era una chaqueta de mierda. Y fue un malentendido. ¡Por favor!
—No fue sólo la chaqueta, lo sabes. —dice Neji.
—Todo el mundo piensa mal de mí. Cada vez que desaparece algo, me convierto en el chivo expiatorio. —Está pálida, le brillan los ojos. Se encoge de hombros y yo me siento culpable. Tiene razón, la he juzgado sin conocer los hechos.
—Perdona —le digo en tono conciliador—. Estoy segura de que no robaste nada.
—Como quieras —replica sin mirarme—. Échame la culpa de todo si quieres. Igual que los demás.
—No, no. —Me acerco a ella, junto a la ventana—. Hanabi-chan, perdona. Sé que todo ha sido muy duro desde que murió nuestro padre… Ven —le digo, abriendo los brazos.
—Déjame en paz —exclama con brusquedad.
—Pero…
—¡Lárgate! —Retrocede y alza los brazos para zafarse de mí.
—¡Venga, Hanabi-chan! —Insisto y la abrazo con fuerza. Pero me echo atrás enseguida, con dolor—. ¡Ah! ¡Cómo pinchas! ¿Qué tienes?
—¿Yo?
Miro extrañada su chaqueta llena de bultos.
—¿Qué llevas en los bolsillos?
—Latas —dice a bote pronto—. De atún y maíz.
—¿De maíz? —repito pasmada.
—¡Otra vez! —exclama Neji, cerrando los ojos. Se levanta bruscamente y se acerca a mi hermana con tono de reproche— Hanabi ¿qué has cogido ahora?
—¡Déjame en paz! ¡No he cogido nada!
Levanta la mano, airada, y le salen disparados de la manga dos pintalabios. Aterrizan en el suelo con estrépito y nos quedamos mirándolos. Son de Chanel.
—¿Son...m-míos? —pregunto al fin.
—¡No! —responde Hanabi, furiosa y completamente colorada.
—Claro que sí.
—Como si fueras a enterarte —replica enfurruñada—. Tienes miles.
—¡Hanabi! —grita Neji. Se crea un suspenso, mientras que se para frente a ella, desafiante—. Vacíate los bolsillos.
Ella le lanza una mirada asesina y empieza a sacarse cosas de los bolsillos y dejarlas en la mesita del café. Dos cremas hidratantes nuevas. Una vela de Jo Malone. Un cargamento de maquillaje. Un juego de perfumes Christian Dior.
La observo con ojos desorbitados.
—Ahora, quítate la camiseta. No lo repetire —le ordena, como si fuera un agente de inmigración.
—¡Esto es injusto! —murmura. Se quita la camiseta con cierto esfuerzo y me quedo boquiabierta. Debajo lleva un vestido de tirantes de Armani remetido de cualquier manera en los pantalones; cuatro o cinco sujetadores La Perla en torno a la cintura y, colgados de ellos, dos bolsitos de noche.
—¿Has cogido un vestido? ¿Y sujetadores?
—¿Quieres tu vestido? Muy bien. —Se quita todo, una capa tras otra, y lo tira sobre la mesa—. ¡¿Satisfecha?! —grita desafiante—. No es culpa mía. Ni Neji ni nadie en esa casa me da dinero para ropa.
—¡Menuda tontería! —bufa Neji en respuesta—. Tienes ropa a montones.
—¡Toda pasada de moda! —responde Hanabi a gritos. Es evidente que ya han tenido esta discusión otras veces—. ¡No todos vivimos en los setenta! ¿Cuándo vas a enterarte de que estamos en el siglo XXI? —Señala su camisa y chaqueta—. ¡Eres patético! ¡Comprando en tiendas de segunda!
—¡Basta, Hanabi! —le digo—. Ésa no es la cuestión.
—Claro que sí, todo lo que tome, el vestido y los sujetadores gigantes, se pueden vender en eBay —replica mordaz—. Lujosos sujetadores de fantasía. Y así tendría dinero para ropa de verdad.
Se pone la camiseta, se sienta en el suelo y empieza a enviar un sms con su móvil.
Entre una cosa y otra, me tienen enloquecida.
—Hanabi-chan, quizá deberíamos mantener una pequeña charla…Neji-niisan ¿por qué no vas a preparar café?
Puedo notar que también está de los nervios, me mira con duda, pero finalmente acoge la propuesta con alivio. En cuanto se ha ido, me siento en el suelo frente a mi hermana, que no levanta la vista.
He de ser comprensiva. Sé que hay una gran diferencia de edad entre las dos. Además, ni siquiera recuerdo una parte de su vida. Pero seguro que hay un vínculo entre nosotras.
—Escucha, Hanabi-chan —empiezo con mi mejor voz de hermana mayor enrollada—. No puedes andar por ahí robando, ¿entiendes? No puedes sacarle dinero a la gente.
—Si, si, que interesante.—murmura ella, sarcástica, sin levantar la cabeza.
—Te meterás en líos. Te echarán a patadas del colegio.
—A la mierda —me suelta—. Déjame en paz.
—¡Escucha! —le digo, haciendo acopio de paciencia—. Sé que las cosas pueden ser duras. Y es posible que te sientas sola viviendo con Neji-niisan y nuestros tíos. Pero si algún día quieres que hablemos, si tienes problemas, aquí estoy. Llámame o mándame un mensaje. A cualquier hora. Saldremos a tomar un café o nos iremos al cine…
Me detengo. Hanabi sigue enviando un mensaje con una mano.
Mocosa descarada. Si se cree que le voy a dar un puesto en la empresa, puede seguir soñando.
Nos quedamos ahí sentadas, sumidas en un espeso silencio. Luego me acuerdo del DVD de mi padre; sin levantarme del suelo, me acerco al reproductor y lo meto en la ranura. La pantalla gigante de la pared opuesta se enciende en el acto y enseguida aparece su rostro.
Lo contemplo absorta. Está en un sillón con una bata afelpada roja, aunque no reconozco la habitación. Quizás era del centro de tratamientos, antes de la operación. Tiene la cara demacrada, como la tenía cuando se puso enfermo. Era como si se estuviese desinflando lentamente. Pero sus ojos blancos centellean..
«Hola —dice con voz ronca—. Soy Hyuga Hiashi. Todos sabemos que esta operación sólo tiene un cincuenta por ciento de posibilidades. Culpa mía, por castigarme el cuerpo de esta manera. Pero de ello no me arrepiento. Todo lo que hice, lo hice por mi familia. De todas formas, dadas estas circunstancias, he pensado en dejarles un pequeño mensaje.»
Hace una pausa y se masajea la barbilla mientras suelta un ligero suspiro. La mano le tiembla cuando la pone otra vez en el sillon. ¿Sabía que se iba a morir? Tengo un nudo en la garganta. Miro de soslayo Hanabi. Ella ha dejado el teléfono; se ha quedado paralizada también.
«Disfruten de la vida —dice a la cámara—. Sean felices, como yo pude alcanzarlo por mucho tiempo junto a su madre. Sean buenas entre ustedes. Hana, nunca deje de amarte. Incluso con las circunstancias que nos envolvieron a nosotros y a nuestra familia. Siempre supe que estabas ahí para mí, a pesar de todo. Nunca permitas que te culpen de algo, se firme, principalmente contigo misma. Todos apreciamos la persona que eres, no la que describieron los médicos del centro.»
Me llevo la mano a la boca.
—Nuestra madre…¿Ella estaba ahí cuando pusieron el video?
—Ya lo creo —dice Hanabi—. Mamá se levantó llorando y se fue en cuanto lo oyó hablar sobre eso.
Mi padre mira a la cámara con los ojos brillantes, mientras habla del tío Hisashi, de los familiares cercanos y gente del circulo de empresas. De repente me acuerdo de cuando venía a buscarme al colegio con su coche ultimo modelo, cuando todo era lujo y bonanza. «¡Es mi papá!», le explicaba a todo el mundo. Los niños miraban el coche boquiabiertos y las madres no podían dejar de echarle miradas furtivas, tan atractivo estaba con su chaqueta de lino, su mirada seria y distante y su bronceado.
«Sé que me he equivocado más de una vez —continúa—. Sé que no he sido un buen padre de familia. Pero, con la mano en el corazón, lo he hecho lo mejor que he podido. Nos vemos.» Luego la pantalla se apaga.
El DVD sale con un chasquido, pero ni Hanabi ni yo nos movemos. Mientras sigo contemplando la pantalla vacía, me siento más desolada que nunca. Mi padre está muerto. Lleva muerto cuatro años. No podré volver a hablar con él nunca más. Ni hacerle un regalo de cumpleaños. Ni pedirle consejo. No es que se le pudiera pedir consejo sobre demasiadas cosas. Pero pude haber hablado más con él. Quizás quitarle o ayudarlo con esa obsesión por el trabajo.
Miro a Hanabi; ella me devuelve la mirada y se encoge de hombros.
—Un mensaje muy bonito —digo, decidida a no ponerme sentimental ni mucho menos a llorar—. Padre terminó bien.
—Sí. Es cierto.
El hielo entre nosotras parece haberse derretido. Hanabi hurga en su bolso y saca un estuche de maquillaje. Mirándose en el espejito, se pinta con destreza con un lápiz de labios. Nunca la había visto maquillarse, salvo cuando jugábamos a pintarnos.
Hanabi ya no es una niña, pienso mientras la observo.
Está a punto de convertirse en una mujer. Hoy las cosas no han ido demasiado bien entre nosotras, pero a lo mejor fuimos amigas en el pasado.
Quizá era mi confidente.
—Oye, Hanabi-chan —le digo bajando la voz—. ¿Hablábamos a menudo antes del accidente? Nosotras dos, quiero decir. De… nuestras cosas. —Echo un vistazo hacia la cocina para asegurarme de que Neji no nos oye.
—Un poco. —Se encoge de hombros—. ¿A qué te refieres?
—Estaba pensando… —Intento parecer natural—. Por pura curiosidad… ¿te hablé alguna vez de un tal Naruto-san?
—¿Naruto? —Hace una pausa, con el lápiz de labios en la mano—. ¿Quieres decir ése con el que te fuiste a la cama?
—¿¡C-cómo!? ¿E-estás segura? —¡Oh no! Es cierto.
—Claro. —Parece sorprendida de mi reacción—. Me lo contaste en Nochebuena. Estabas bastante borracha.
—¿Qué más te conté? —El corazón me late enloquecido—. Dime todo lo que recuerdes.
—¡Me lo contaste todo! —dice con los ojos brillantes—. Con detalles. Iba a ser tu primera vez, y él perdió el condón, y tú estabas muriéndote de frío en medio de las pistas del cole…
—¿En las pistas…? —Me la quedo mirando—. ¿No querrás decir… no estarás hablando de Kazuto? ¿Con el que fui a su cama pero nunca pude más por la vergüenza?
—¡Ah, sí! —Chasquea la lengua—. Ése. Kazuto. El que estaba en el grupo de rock. ¿Por qué? ¿Tú en quién estabas pensando? —Termina de arreglarse los labios y me mira con interés renovado—. ¿Quién es Naruto?
—Nadie —me apresuro a decir—. Un… tipo. Nadie importante.
¿Lo ves? No hay pruebas. Si de verdad tuviera una aventura, habría dejado algún rastro. Una nota, una foto, un diario. O lo sabría Hanabi, algo así…
Lo cierto es que estoy felizmente casada con Toneri. Ésa es la verdad.
Neji y Hanabi se han marchado hace un rato, no sin antes dejarme unas verduras que mando mi tía Natsu y concretar otro encuentro, quizás en su departamento. Hanabi, sin sorprenderme, odio la idea.
Ahora voy en el coche con Toneri, deslizándome por la carretera. Él tenía una reunión con Asuna, su interiorista, y me ha propuesto que le acompañase a ver el piso piloto de su último proyecto: el Moon 42.
Todos los edificios de Toneri se llaman así, Moon y un número. Es la "marca" de la empresa. Y resulta que tener una marca es indispensable para vender el estilo de vida loft. Como lo es tener puesta la música adecuada y exhibir en la mesa una cubertería de diseño. Al parecer, Asuna es genial eligiendo cuberterías.
Yo ya sabía de Asuna por el manual. Tiene cuarenta y ocho, está divorciada, trabajó durante veinte años en Kyoto, ha escrito una serie de libros de interiorismo y diseña todos los pisos piloto de la empresa de Toneri.
—Hoy he mirado mis extractos bancarios —le digo mientras avanzamos entre el tráfico—. Según parece, estoy enviando dinero regularmente a un sitio llamado Unito. Y en el banco me han dicho que es una cuenta de un paraíso fiscal.
—Vaya, vaya —asiente. No parece ni remotamente interesado. Aguardo por si comenta algo más, pero él enciende la radio.
—¿Tú sabías algo? —le pregunto, levantando la voz.
—No. —Se encoge de hombros—. Pero no es mala idea tener un poco de dinero en un paraíso fiscal.
—Ahm...Si, supongo.
No me satisface nada su respuesta. Casi me dan ganas de empezar una pelea. Aunque no sé bien por qué.
—He de poner gasolina —anuncia, desviándose y entrando en una estación de servicio—. No tardo nada…
—Oye —le digo cuando abre la puerta—, ¿me traes un taiyaki, por favor? Pero...Si no hay, ¿Podría ser un anpan? Y un te matcha helado.
—¿Taiyaki? —Me mira como si le hubiese pedido una dosis de heroína.
—Sí, porfavor.
—Cariño, tú no comes ese tipo de alimento. Está en el manual. Nuestro nutricionista nos recomendó una dieta proteínica baja en carbohidratos.
—Ya… ya lo sé. P-pero todo el mundo tiene derecho a darse un gusto de vez en cuando, ¿no? Y a mí ahora me apetecen un taiyaki.
Toneri no sabe qué decir durante un instante.
—Los médicos ya me advirtieron que podrías comportarte de un modo irracional y tomar decisiones extrañas —murmura como si hablara consigo mismo.
—Comerse un taiyaki no tiene nada de irracional…No son un veneno.
—Hinata, lo digo por ti. —Ahora adopta su tono cariñoso—. Sé muy bien lo que te costó bajar esas dos tallas. Gastamos un montón en un entrenador personal. Si ahora quieres echarlo por la borda por un miserable taiyaki … tú sabrás. Aun así, ¿insistes?
—S-sí —replico, más nerviosa de lo que desearía.
Una sombra de irritación le cruza el rostro, pero enseguida la convierte en una sonrisa.
—Como quieras. —Y cierra la puerta con estrépito.
Unos minutos más tarde, vuelve con un paquete en la mano.
—Aquí tienes. —Me la tira en el regazo y arranca.
—Gracias. —Le sonrío, aunque él no parece advertirlo.
Mientras se concentra en el volante intento sacar bien del paquete el taiyaki, luego de tomar un poco del té, pero tengo la mano izquierda algo torpe aún y no logro agarrarlo bien.
Al final, me pongo el té en el antebrazo para sacar el taiyaki con cuidado y que no ensucie. Empiezo a morderlo, pero Toneri da una vuelta, haciendo que aprete los dientes y…sale todo el relleno, mientras suelto la botella con te.
No la cerré bien.
Hay té por todo el asiento, por la palanca del cambio, por la ropa de Toneri. Y encima el taiyaki cayó y ensucio con anko el piso del auto.
—¡Pero qué! —exclama cabreado—. ¿Tengo en el pelo también?
—Perdona —digo mientras le sacudo la chaqueta—. Lo siento muchísimo…
El aroma a té matcha inunda el coche. Mmmm… delicioso.
—Tendré que hacer lavar el coche de arriba abajo —refunfuña arrugando la nariz—. Y el piso esta lleno de esa pasta roja.
—Lo siento mucho, Toneri—murmuro, quitándole los últimos trocitos—. Yo pagaré la tintorería. —Me arrellano en mi asiento, cojo el taiyaki del piso y me lo meto en la boca.
—¿Pero te lo vas a comer? —Parece fuera de sí.
—Solo salió un poco de él —protesto—. E-el resto estaba en el paquete.
Nos quedamos callados. Disimuladamente, me como unos bocados más, procurando que no crujan demasiado.
—No es culpa tuya —dice Toneri, con la mirada fija en la calzada—. Te diste un golpe en la cabeza. Aún no puedo esperar una normalidad total.
—Yo…yo m-me siento muy normal.
—Claro que sí. —Me da unas palmaditas, aunque sólo logra ponerme todavía más envarada. Sí, quizá no esté recuperada del todo, pero sé que un taiyaki no te convierte en una enferma. Voy a decírselo cuando él pone el intermitente, gira para cruzar unas puertas que se abren a nuestro paso y entramos en una explanada. Luego apaga el motor.
—Ya estamos. —Percibo una nota de orgullo en su voz mientras señala el edificio—. Ésta es nuestra última criatura.
Levanto la vista, abrumada. Ya se me ha olvidado el incidente del auto. Tengo ante mí un edificio blanco nuevecito, con balcones curvados, un toldo en la entrada y una escalinata de granito que termina en unas puertas imponentes de marco plateado.
—¿Tú has hecho esto? —le digo por fin.
—Bueno, no con mis propias manos —contesta riendo—. Vamos.
Abre la puerta, se sacude un par de patatitas de los pantalones y baja del coche. Yo lo sigo, maravillada, mientras un portero de uniforme viene a abrirnos. El vestíbulo es todo de mármol blanquísimo y está decorado con columnas. Esto es un verdadero palacio.
—Increíble. ¡Qué glamur! —No dejo de reparar en detalles de un gusto exquisito, como los zócalos con incrustaciones o el cielo pintado en el techo.
—El ático tiene su propio ascensor. —El portero asiente y Toneri me guía hasta el fondo del vestíbulo. El ascensor, con revestimientos de marquetería, es precioso—. En el sótano hay una piscina, un gimnasio y una sala de cine para los inquilinos. Aunque, por supuesto —añade—, la mayoría de los apartamentos tienen su gimnasio y su proyector de cine propios.
Lo miro para ver si me toma el pelo; parece que no.
—Ya hemos llegado. —Las puertas se abren con un leve chasquido y salimos a un vestíbulo circular lleno de espejos. Toneri presiona con suavidad uno de los espejos. Es una puerta; en cuanto se abre, me quedo embobada.
Ante mí se extiende una estancia kilométrica. Es un espacio, no una habitación. Tiene ventanales de cristal hasta el techo, una chimenea en la que puedes entrar andando y, en la pared opuesta, una enorme plancha de acero por la que cae en cascada una corriente de agua.
—¿Es agua de verdad? —pregunto estúpidamente.
Toneri se echa a reír.
—A nuestros clientes les gustan estos detalles únicos. ¿Divertido, no? —Coge un mando, apunta a la cascada y el agua se ve bañada de repente por una luz azul—. Hay diez luces distintas programadas… ¿Asuna? —llama.
Enseguida aparece por una puerta empotrada una mujer delgadísima con gafas sin montura, tejanos grises y una blusa blanca.
—¡Eh, Hinata-san! —me saluda —. ¡Ya estás repuesta! — Me estrecha una mano entre las suyas—. Me enteré de lo que te pasó. Pobrecilla.
—Estoy bien —sonrío—. Tratando de ponerme otra vez en marcha… ¡Este sitio es increíble! Y toda esa agua…
—El agua es el tema central del apartamento piloto —me explica Toneri—. Hemos seguido estrictamente los principios del feng-shui, ¿verdad, Asuna? Cosa que tiene suma importancia para nuestro target de gama extra alta…
—¿Extra qué?
—Los más ricos —aclara—. Nuestro mercado potencial.
—El feng-shui es fundamental para esa gama social —asiente Asuna—. Toneri-san, acabo de recibir los peces para la suite principal. ¡Son impresionantes! Cada uno cuesta trescientas libras —me explica—. Los hemos alquilado expresamente.
Gama extra no sé qué. Peces alquilados. Cascadas de colores. Esto es otro mundo. No tengo palabras; me limito a mirar en derredor: la barra de bar curvada, la sala situada en un nivel más bajo, la escultura de vidrio colgada del techo. No tengo ni idea de lo que debe de costar todo esto.
Prefiero no saberlo.
—Mira, echa un vistazo. —Asuna me pone en las manos un detalladísimo modelo a escala, hecho de papel y palillos—. Es del edificio entero. Verás que he reflejado la línea curvada de los balcones en el borde festoneado de los almohadones —añade—. Una fusión de Art Deco y Gaultier.
—Eh… magnífico. —Me devano los sesos, buscando alguna cosa que decir—. ¿Y cómo se te ocurrió todo esto? —pregunto señalando la cascada, ahora de color naranja.
—Ah, todo eso no fue idea mía. Mi especialidad es el mobiliario, los tejidos, los detalles sensuales. El concepto en sí fue de Naruto-san y su equipo.
Siento un pequeño sobresalto.
—¿Naru-..? —repito ladeando la cabeza, como si fuera una palabra de un oscuro idioma.
—Uzumaki Naruto —apunta Toneri—. El ingeniero eléctrico. Quien dio idea a todo este sistema de luces y agua, como el concepto de este edificio con sistema diferenciado, además de impulsar el modelo del edificio con su equipo de trabajo. Lo conociste en la cena… ¿No me has preguntado antes por él?
—¿Ah, sí? No me acuerdo.
Empiezo a darle vueltas a la maqueta del edificio, sin hacer caso del calorcillo que me sube a la cara.
Es absurdo. Me estoy comportando como una adúltera con sentimiento de culpa.
—¡Naruto-san! —exclama Asuna—. ¡Estábamos hablando de ti!
¿Es que está aquí? Aprieto la maqueta con fuerza. No quiero verle. No quiero. He de poner una excusa y marcharme…
Pero es demasiado tarde. Ahí está, acercándose a grandes zancadas con sus tejanos y un jersey azul marino de pico.
Bueno. Manten la calma. Todo va bien. Estás felizmente casada. No has encontrado pruebas de ninguna aventurilla, de ningún affaire o liaison con este hombre.
—Hola. Toneri. Hinata. —Nos hace un gesto educado. Luego me mira las manos… Tierra, trágame. La maqueta está medio aplastada; tiene el tejado roto y se ha desprendido un balcón.
—¡Hinata! —exclama mi marido—. ¿Qué ha pasado?
—¡Naruto-san! ¡Tu maqueta! —La cara de Asuna es todo un poema.
—L-lo siento m-muchísimo —digo aturdida—. No sé q-qué ha pasado. La tenía en la mano y no sé c-como…
—No te preocupes. —Naruto se encoge de hombros—. Sólo me costó un mes hacerla a partir del diseño de mis compañeros.
—¿Un mes? —repito horrorizada—. Escucha, si tienes un p-poco de celo, yo te la arreglo… —Le doy golpecitos al tejado aplastado, con la esperanza de ponerlo bien otra vez.
—Quizá no fuese un mes —dice Naruto, observándome, con aire divertido. Parece típico de él—. Quizá un par de horas.
—Ah, bueno. —Paro de dar golpecitos—. P-perdona de todos modos.
Me echa una mirada rápida.
—Podrías compensarme.
¿Compensarlo? ¿Qué quiere decir? Sin pensarlo, me cuelgo del brazo de Toneri. Necesito tranquilidad, un contrapeso para mantener los pies en el suelo. Un marido firme a mi lado.
—El apartamento es impresionante. —Ahora adopto un tono insulso de esposa de ejecutivo—. Felicidades.
—Gracias. Me siento muy satisfecho —dice cambiando a un modo igualmente insípido—. ¿Y cómo va esa memoria?
—Más o menos igual.
—¿Ningún recuerdo nuevo?
—No.
—Qué pena.
—Sí.
Intento actuar con naturalidad, pero entre nosotros hay una especie de corriente eléctrica cada vez más intensa. Se me está entrecortando el aliento. Le echo una mirada a Toneri, convencida de que habrá notado algo, pero él ni siquiera pestañea.
¿No se da cuenta? ¿No lo ve?
—Toneri-san, tenemos que hablar del proyecto Bayswater —dice Asuna después de hojear unos papeles que tenía en su bolso de piel—. Fui a verlo ayer y tomé algunas notas…
—¿Por qué no das una vuelta mientras hablamos? —me dice Toneri, soltándome el brazo—. Naruto puede enseñártelo todo.
Me quedo rígida.
—No te preocupes.
—A mí me encantaría —comenta Naruto sonriendo—. Si te apetece a ti.
—No, no hace falta…
—Cariño, él estuvo muy involucrado en el diseño este edificio. —Toneri me mira con expresión severa—. Ahora tienes una oportunidad única para conocer la visión de la empresa.
—Sígueme y te explicaré el concepto básico —insiste Naruto, señalando el otro extremo del apartamento.
No tengo escapatoria.
—Fantástico —accedo al fin.
Bueno. Si quiere hablar, hablaremos. Lo sigo en silencio; él se detiene junto a las corrientes de agua coloreada. ¿Cómo va a vivir nadie con una cascada atronando en la pared?
—Bueno —digo con educación—, ¿de dónde sacas todas estas ideas? Todos estos detalles tan exclusivos.
Naruto arruga la frente y se toca la barbilla, pensativo. Espero que no me suelte ahora un discursito pretencioso sobre su genio artístico. Parece que no se le da.
—Simplemente —responde— me pregunto qué podría gustarle a un completo imbécil. Y lo pongo en el proyecto.
No puedo evitar una carcajada. Tapo mi boca lo mas rápido que puedo, sonrojándome.
—Bueno, si yo fuera una completa imbecil, esto me encantaría.
—¿Lo ves? —Se me acerca y baja la voz. Casi cuesta oírle con la cascada al lado—. ¿O sea que no has recordado nada?
—Nada.
—Muy bien. —Da un suspiro—. Hemos de vernos; tenemos que hablar. Hay un sitio a donde solemos ir. Te habrás fijado en la altura de los techos —añade en voz más alta—. Son el sello distintivo de todos nuestros proyectos.
Me mira un momento y ve mi expresión
—¿Qué?
—¿Tú… estás loco? —le suelto con un silbido, cuidando que Toneri no pueda oírnos—No voy a quedar contigo. Y para tu información —susurro—, no he encontrado una sola prueba de que tengamos una aventura. Ni una… Qué sentido magistral del espacio.—digo casi a gritos.
—¿Pruebas? —repite—. ¿Cómo qué?
—Como… qué sé yo. Como una carta de amor.
—Nosotros no nos escribimos cartas de amor.
—O regalitos.
—¿Regalitos? —Ahora casi se echa a reír—. Tampoco estábamos para eso.
—¡P-pues vaya aventura! —le espeto—. He mirado en mi tocador, y nada. En mi diario, tampoco. Le he preguntado a mi hermana, y ni siquiera ha oído hablar de ti.
—Hinata-chan —Hace una pausa, mientras mira directo a mis ojos. —. Era un amor secreto. Lo cual significa que nadie estaba al corriente.
—O sea: no tienes pruebas.
Lo sabía.
Doy media vuelta y echo a andar hacia la chimenea. Él me sigue.
—¿Así que necesitas pruebas? —murmura incrédulo—. ¿Como, por ejemplo… una marca en la nalga izquierda?
—No tengo ninguna. —Me doy la vuelta, victoriosa, pero me detengo en seco. Toneri nos está mirando desde la otra punta—. ¡Es asombroso el uso que has hecho de la luz! —Le hago una seña a Toneri; él me la devuelve y prosigue su conversación.
—Sé muy bien que no tienes una marca en la nalga —me dice Naruto, poniendo los ojos en blanco—. No tienes ninguna marca de nacimiento. Sólo un lunar en el brazo.
Me quedo muda un instante. Es cierto. Pero, ¿y qué?
—Eso puedes haberlo adivinado—digo, y cruzo los brazos.
—Ya. Pero no es así. —Me sostiene la mirada—. No me lo he inventado, Hinata-chan. Tenemos una aventura. Nos queremos. De un modo profundo, apasionado.-Su cara brilla de una forma increíble. De verdad parece creerlo.
—Escucha. —Me paso la mano por el pelo—. E-esto es una locura. Yo no tendría una aventura. Ni contigo ni con nadie. Nunca he sido infiel…
—Hicimos el amor aquí, en el suelo, hace sólo cuatro semanas —me interrumpe—. Ahí mismo. —Señala con la cabeza una enorme piel de carnero, blanca y mullida.
Yo la observo sin pronunciar palabra.
—Tú encima —añade, regalándome una sonrisa plena.
—Basta —Me vuelvo desquiciada y me alejo hasta el otro extremo del apartamento, donde una escalera de metacrilato ultramoderna asciende a un nivel más elevado.
—Echemos un vistazo a la zona de baños —dice él en voz alta, a mis espaldas— . Creo que te gustará…
—No lo creo —replico por encima del hombro—. Déjame en paz.
Llegamos a lo alto de la escalera y nos asomamos por encima de la balaustrada de acero. Veo a Toneri en el nivel inferior y, más allá, tras los ventanales, todas las luces de Tokio. He de reconocerlo: es un apartamento espectacular.
Naruto se pone de pronto a olisquear el aire.
—Eh —dice—. ¿Has comido algo con anko?
—Quizá. —Le echo una mirada suspicaz.
Él abre los ojos como platos. Suelta una carcajada, riendo de forma zorruna.
—Estoy impresionado. ¿Has logrado pasar dorayaki sin que se entere ese fanático de las calorías?
—Fue un taiyaki. Y no es ningún fanático. Le preocupa la nutrición, simplemente.— Aunque debo darle un punto por adivinar que era algo con masa de ese tipo. Podria haber dicho mochi o alguna otra cosa .
Pero ¿Desde cuando le doy puntos por adivinar cosas?
—Es Hitler en persona.—Continua— Si pudiera encerrar el pan de melon en un campo de concentración, no dudaría en hacerlo.
—Ya está bien.
—Lo gasearía: los panecillos, primero; luego el ramen.
—Basta—Casi se me escapa una sonrisa; doy media vuelta para que no me vea.
Es más divertido de lo que parece. Y tiene su punto sexy, visto de cerca, con ese pelo desgreñado y brillante.
Pero bueno, hay muchas cosas graciosas y con su punto sexy y no por eso te las llevas a la cama ni tienes una aventura con ellas.
—¿Qué quieres de mí? —le digo por fin, volviéndome y encarándolo—. ¿Qué pretendes que haga?
—¿Qué quiero? —Hace una pausa y arruga el entrecejo—. Quiero que le digas a tu marido que no lo amas y que vengas conmigo para que empecemos una nueva vida.
Habla en serio. Casi me da risa.
—Quieres que me escape contigo —repito—. Ahora. Sin más ni más.
—Bueno, en cinco minutos. —Consulta su reloj, soltando una risita—. Tengo un par de cosas que hacer.
—Estás loco.
—De eso nada —dice con paciencia—. Te amo. Y tú a mí. De veras. Tienes que creerme.
—No tengo por qué creerte. —Me irrita su confianza—. Estoy casada, ¿si? Tengo un marido. Lo quiero y he prometido quererlo toda mi vida. ¡Aquí está la prueba! —le digo mostrándole mi alianza.
—¿Lo quieres? —repite sin mirar el anillo, solo mira a mi rostro, como buscando mis ojos. —. ¿Sientes amor por él? ¿Aquí dentro? —Se golpea el pecho.
Me gustaría replicarle: «Sí, estoy desesperadamente enamorada de él» y cerrarle la boca de una vez por todas. Pero por algún estúpido motivo no me decido a mentir.
—Quizá no lo sienta aún… pero llegaré a sentirlo —le espeto, desafiante—. Toneri es fantástico. Todo es maravilloso entre nosotros…
—Ajá. —Naruto asiente con aparente educación. Se acerca atrevidamente a mi oído y susurra—. Seguro que no han practicado el sexo desde el accidente…
Lo miro con desconfianza.
—¿Sí o no? —Sus ojos relampaguean.
—Yo… eh… —Me aturullo—. T-tal vez sí, tal vez no. Mi vida privada no es asunto tuyo.
—Ya lo creo que sí. —Ahora hay cierta ironía en su expresión—. Ya lo creo. Ésa es la cuestión precisamente.
Para mi sorpresa, me coge una mano y la sostiene un instante, mirándola. Luego, muy despacio, empieza a desrizarme el pulgar por la piel.
No consigo moverme. Siento una especie de hormigueo.
Su pulgar va dejando a su paso una deliciosa sensación.
Noto un estremecimiento en la nuca. Siento como se me sonrojan las mejillas, y no puedo evitar cerrar los ojos, dejandome llevar. Es agradable.
—Bueno, ¿qué te parece? —La voz de Toneri resuena desde abajo.
Casi doy un brinco y retiro la mano de un tirón. ¿En qué estaría yo pensando?
—¡Es genial! —gorjeo asomándome a la balaustrada—. Enseguida bajamos…
Retrocedo para que no me vean desde abajo, y le hago una seña a Naruto.
—Escucha, ya he tenido bastante —le susurro a toda prisa—. Déjame tranquila. No te conozco. No te quiero, digas lo que digas. Y las cosas ya son bastante difíciles ahora mismo. Lo único que quiero es seguir con mi vida y con mi marido — Me dirijo hacia la escalera.
—No. —Me agarra del brazo, y busca mi cara para que lo mire—. Hinata-chan, hay muchas cosas que no sabes. Tú no eres feliz con Toneri. Él no te quiere ni te comprende…
—¡Claro que me quiere! —Ya esta pareciéndome demasiado el atrevimiento de este hombre—. Estuvo a mi lado en el hospital día y noche. Me trajo esas increíbles rosas marrón…
—¿Y crees que yo no quería estar contigo día y noche? —Me lanza una mirada turbada—. Te aseguro que aquello por poco acaba conmigo.
—Suéltame. —Intento zafarme, pero él me sujeta con fuerza.
—No puedes tirar lo nuestro por la borda. —Me mira desesperado—. Lo tienes dentro. En alguna parte. Estoy seguro.
—¡Te equivocas! —Con un gran esfuerzo, acabo soltándome—. ¡No es cierto! — grito, y bajo las escaleras con un redoble de tacones y sin mirar atrás… directa a los brazos de Toneri.
—¡Eh! —exclama riendo—. Menuda prisa. ¿Pasa algo?
—No me encuentro muy bien. —Me toco la frente—. Tengo jaqueca. ¿Podemos irnos ya?
—Claro que sí, cielo. —Me masajéalos hombros y echa un vistazo a las escaleras—. ¿Te has despedido de Naruto?
—Sí. Vamos.
Mientras nos dirigimos hacia la puerta, me apoyo en su brazo. El suave tacto de su chaqueta Armani aplaca mis nervios. Éste es mi marido. Y es de él de quien estoy enamorada. Ésa es la única realidad.
De nuevo otro encuentro con Naruto, donde podemos ver que si bien es cierto puede ser paciente, ya esta aburrido de esperarla tanto xd pobre Hinata, super perdida :c
Me disculpo enormemente por no haber podido subir alguna actualización, la verdad es que estuve ocupada en varios aspectos de mi vida por lo que no pude cubrir este.
De todas formas, quiero hacer algunas aclaraciones, por si no las saben:
-Frutillas blancas: Son bastante cotizadas en japón, cerca de 50 dolares puede costar una caja de esas. Tengo entendido que no tienen un sabor del otro mundo, pero su precio hace que, al ser un regalo, sean de alta alcurnia al entregarlo. O sea, un gesto muy educado y agradecido.
-Dorayaki y Taiyaki: Ambos son preparaciones de masas (similar a un panqueque o waffle, en el caso del taiyaki), que estan rellenas de anko, o sea, pasta dulce de frijoles rojos (o pasta de judia azuki).
Se que el antojo de Hinata suele ser solo el rol de canela, pero quería variarlo un poco. O sea, mis favoritos son los bizcochos de chocolate pero no por eso es lo único que se me antoja, no se ustedes xd y la verdad es que habia probado un taiyaki hace unas semanas y quede colgada. Es bastante delicioso, si tienen la oportunidad deberían probarlo.
-Anpan y pan de melon: Ambos podrían haberlos vistos en algun anime. El pan de melon es simplemente lo que dice XD nah, es un pan blando, redondeado y cubierto con una capa crujiente y rallitas en su exterior que simulan un melon. Pero no necesariamente tienen ese sabor. El anpan es un bollo dulce relleno de anko tambien. O sea, que Hinata de querer comer algo, queria anko :3
-Rollos zenzai: Estos si estan en el databook de Naruto, como una de las comidas favoritas de Hinata. Tambien con judías azuki, que son hervidas y machacadas hasta hacer una gacha, se sirven con mochi.
Le agradezco a Lily, Lilipili y a monica735 por sus reviews. Como también a quienes siguen la historia :)
Stilent, no te preocupes, no fue una tristeza tan larga ;) Espero que sigas enganchado con la trama.
Y como siempre, muchas gracias a CotyCandy, que ha seguido este fic desde un principio, disculpa por hacerte esperar. De todas formas, quiero tenerte aun con la duda de porque le cambie la profesión al personaje de Naruto, hehehehhe.
Bueno, creo que eso es todo ;3
Nos vemos para la proxima!
