La historia que transcurre no es mía, sino de la autora Sophie Kinsella. La adaptación, sin embargo, es de mi autoría.
Los personajes mencionados pertenecen a Masashi Kishimoto.
Capítulo 12
Lo he intentado. Lo he intentado de verdad. He hecho todo lo que se me ha ocurrido para demostrar al departamento que no soy una bruja.
He colgado un cartel pidiendo ideas para organizar una excursión con todo el personal y nadie ha apuntado nada. He puesto flores en los alféizares de las ventanas y no ha habido el menor comentario. Hoy he traído una cesta enorme de magdalenas de chocolate, vainilla y arándanos, y la he dejado encima de la fotocopiadora con un cartel que decía: «De parte de Hinata. ¡Sírvete tú mismo!»
Me he dado una vuelta hace unos minutos por la oficina y no han tocado una sola magdalena. Pero no importa, aún es pronto. Dejaré pasar otros diez minutos.
A ver. Paso una página del expediente que estoy leyendo y abro un documento en pantalla. Estoy revisando expedientes y archivos informáticos al mismo tiempo, para tratar de entenderlo todo. De improviso, me sale un gigantesco bostezo y apoyo la cabeza en el escritorio.
Estoy cansada. Reventada. He venido cada día a las siete de la mañana para adelantar un poco con esta montaña de papeles, y tengo los ojos enrojecidos de tanto leer.
Poco me ha faltado hoy para no volver. Estaa mañana, a una semana de que Toneri y yo tuviéramos relaciones (por así decirlo), me desperté toda pálida y sin ningunas ganas de venir a la oficina. Me faltaba valor para afrontar el rechazo y supongo que la soledad agota. Fui a la cocina dando tumbos, me preparé una taza de té con tres cucharadas de azúcar, me senté y anoté en una hoja, haciendo muecas de dolor a cada movimiento:
OPCIONES
1. Ir a trabajar.
2. No ir a trabajar.
Me quedé una eternidad mirando el papel. Al final, taché la primera opción. Pero antes de encaminarme al trabajo, le deje un mensaje a Kiba para encontrarnos. Aún hay una parte de mi vida que no me calza, y vendría siendo lo que empujo a que cambiara tanto. Quizás él, que estuvo saliendo conmigo en esa época, sepa algo.
Teniendo la claridad de lo ocurrido en esa época... podría optar por no dejar el trabajo y entender toda la situación.
Además, el problema de dejarlo es que nunca sabría si hubiera sido capaz de hacer este trabajo. Y ya estoy harta de no saber cosas sobre mí. Por eso aquí estoy, en mi despacho, repasando un análisis de variación de costes de las moquetas de fibra durante el 2015. Por si fuera importante.
No. Venga ya, no puede ser importante. Cierro el expediente, me levanto y estiro las piernas; luego me acerco a la puerta de puntillas. Abro una pequeña rendija y echo una miradita a la oficina principal. Vislumbro la cesta a través del cristal: sigue intacta.
Me siento con demasiada pena. ¿Qué pasa? ¿Por qué nadie se anima a tomar una? A lo mejor debería dejar más claro que las magdalenas son para todos. Salgo del despacho a la oficina principal.
—¡Ho-hola a todos! —digo jovialmente—. Sólo quería decirles que esas magdalenas son para vosotros. Las he traído esta mañana de la panadería. E-están recién hechas. O sea que… ¡Adelante! ¡Sirvanse!
Nadie responde. Ni siquiera se dan por enterados de mi presencia. ¿Es que me he vuelto invisible?
—Bueno. —Me obligo a sonreír—. ¡Disfrutenlas!
Giro sobre los talones y me retiro.
Yo ya he cumplido. Si quieren magdalenas, bien; y si no, también. Punto. Me importa un bledo. Vuelvo a sentarme ante mi escritorio, abro un informe financiero y empiezo a recorrer con el dedo las columnas importantes. Al cabo de un momento me reclino y me froto los ojos. Estas cifras no hacen más que confirmar lo que ya sabía: los resultados del departamento son pésimos.
Las ventas subieron un poco el año pasado, pero todavía son demasiado bajas. Vamos a tener verdaderos problemas si no le damos la vuelta a la situación. Se lo dije a Kabuto el otro día y él no pareció inmutarse siquiera. ¿Cómo es que le trae todo sin cuidado? Anoto en un posit: «Comentar ventas con Kabuto», y dejo a un lado el bolígrafo.
Veo en mi celular que Kiba acepta encontrarse conmigo en la hora del almuerzo. Al menos alguien acepta estar cerca de mí.
¿Por qué no quieren mis magdalenas?
Me sentía muy animada cuando las compré esta mañana. Me imaginaba que se iluminarían todas las caras al verlas y que dirían: «¡Qué buena idea, Hinata! ¡Gracias!» Ahora, en cambio, me siento alicaída. Deben de odiarme a muerte. Vamos, tienes que aborrecer a alguien de verdad para rechazarle una magdalena. Y mira que éstas son de primera. Gruesas, recién hechas. Las de arándanos hasta tienen limón glaseado.
Una vocecita juiciosa me dice que lo deje correr, que me olvide del asunto. Sólo es una cesta de magdalenas.
Pero no puedo. No voy a quedarme aquí sentada. Me levanto de un salto y me dirijo otra vez a la oficina. Ahí está la cesta, todavía intacta. Todos están tecleando o hablando por teléfono, sin hacerme caso a mí ni a la madalenas.
—B-bueno—Procuro sonar relajada—. ¿Nadie quiere una magdalena? ¡Son d-de las buenas!
—¿Magdalenas? —pregunta una de las empleadas, arqueando una ceja—. No las veo por ningún lado. —Mira alrededor, como si estuviera perpleja—. ¿Alguien ha visto esas magdalenas?
Todos se encogen de hombros, como si también estuvieran desconcertados.
—¿Quieres decir magdalenas inglesas? —Ino arruga el entrecejo—. ¿O francesas?
—En Starbucks tienen. Puedo mandar a buscar unas cuantas si quieres —dice Sakura, conteniendo a duras penas la risa.
Ja, ja. Muy divertido.
—¡O-oigan! —digo, ocultando mi disgusto—. Si prefieren comportarse c-como críos, perfecto. Olvidenlo. Sólo pretendía ser amable.
Salgo airada y soltando bufidos. Oigo risitas a mis espaldas, pero me hago la sorda. He de mantener la dignidad, no perder la compostura. No debo reaccionar ni encabronarme…
Pero no. No puedo resistirlo. El berrinche y la furia ascienden en mi interior como un volcán. ¿Cómo pueden ser tan mezquinos?
Irrumpo otra vez en la oficina, toda sofocada.
—No tan perfecto, pensándolo bien —jadeo—. E-Escúchenme, por favor, m-me he tomado la molestia de traerles estas magdalenas porque me ha parecido simpático daros una sorpresa. Y ahora fingen que ni siquiera las ven… ¿P-por qué hacen esto?
—Perdona—Una chica en el fondo me dice, parece contrita y sorprendida—. No sé de qué estás hablando, la verdad.
Ino ahoga una carcajada y algo en mi interior se quiebra. Siento la cara caliente.
—¡Ha-hablo de esto! —Agarro una de chocolate y la agito ante sus narices, haciéndola retroceder—. ¡Es una m-magdalena! ¡Muy bien! ¡Si no se la van a comer, m-me la comeré yo! —Arranco un trozo enorme con los dientes, empiezo a masticar con furia y enseguida le doy otro mordisco. Caen migas enormes por el suelo, pero me da igual—. Es más, voy a c-comérmelas todas ¿Por qué no? — Tomo una de arándanos y me la zampo también en la boca—. ¡Mmm, ñam!
—¿Hinata-san?
Me doy la vuelta y se me encogen las entrañas.
Ryotenbin Onoki y Kabuto están en la puerta, con los ojos como platos.
Kabuto parece a punto de reventar de regocijo. Pero Onoki me mira como miraría a un gorila desquiciado que se dedicara a esparcir su comida por todo el zoo.
—¡Onoki-san! —farfullo horrorizada y escupiendo migas en todas direcciones—. Umm, ¿Qué tal? ¿C-cómo está?
—Quería hablar contigo un momento. Si no estás muy ocupada —añade arqueando las cejas.
—¡Claro! —Me aliso el pelo mientras trato desesperadamente de tragarme el pastoso bocado—. Vamos a m-mi despacho.
Al cruzar la puerta de cristal, me veo reflejada y casi me da un patatús. Tengo los ojos rojos del cansancio y todo el pelo alborotado. Debería habérmelo recogido.
En fin, ya no hay nada que hacer.
—Bueno, Hinata-san —dice Onoki mientras cierro la puerta y dejo en el escritorio las magdalenas medio mordidas—. Acabo de tener una larga conversación con Kabuto sobre junio de 2017. Estoy seguro de que él te habrá puesto al día.
—Desde luego. —Asiento como si supiera a qué se refiere, aunque a mí «junio de 2017» no me suena de nada. ¿Pasa algo en junio?
—Voy a convocar una reunión el lunes para tomar la decisión definitiva. Prefiero no añadir nada más por ahora. La discreción es crucial, obviamente… —Se interrumpe y arruga la frente—. Sé que tú tenías ciertas dudas. Todos las tenemos. Pero realmente no hay alternativa.
¿De qué estará hablando? ¿De qué?
—Bueno, Onoki-san. Estoy convencida de… que podremos resolverlo —digo con falso aplomo, rezando para que no me pida que me explique con más detalle.
—Así me gusta, Hinata-san. Sabía que acabarías dándonos la razón —replica, más animado—. Otra cosa. Luego me voy a reunir con Shimura Danzo, el tipo nuevo de ANBU ¿Qué opinas de él?
¡Vaya, que suerte! Por fin algo que me suena.
—Ah, sí —respondo con energía—. Por desgracia, Onoki-san, deduzco que ANBU no está dando la talla. Tendremos que buscarnos otro distribuidor.
—Lamento disentir, Hinata—me corta Kabuto—. ANBU acaba de ofrecernos una mejora en el porcentaje y los servicios logísticos. —Se vuelve hacia Onoki—. Ayer me pasé el día con ellos, en compañía de Nono-san, de Sofuto Furnishings. Shimura Danzo ha cambiado la empresa de arriba abajo. Me dejó impresionado.
¿Qué? ¿Por qué no me comento nada?
—¿Tú no estás de acuerdo, Hinata-san? —me pregunta Onoki, sorprendido—. ¿Te has reunido con Shimura-san?
—Umm… no, aún no. —Trago saliva—. Estoy… segura de que tienes razón, Kabuto-san.
Me ha arruinado del todo. A propósito.
Se hace una pausa espantosa. Noto que el dueño de la empresa me mira perplejo y decepcionado.
Y yo no podría estar más hundida en la vergüenza.
—Muy bien —dice por fin—. He de irme. Me alegro de verte, Hinata-san.
—Hasta luego, Onoki-san. —Lo acompaño hasta la puerta, tratando de aparentar la seguridad y desenvoltura de un alto cargo. Le hago una pequeña reverencia y agrego—. Espero ponerme completamente al día muy pronto. Quizá podamos programar ese almuerzo en algún momento…
—Oye, Hinata—dice Kabuto de repente, señalándome el trasero—. Tienes algo en la falda.
Busco a tientas por detrás y me encuentro un pósit pegado. Nada más mirarlo, tengo la sensación de que el suelo ha empezado a moverse bajo mis pies. Alguien ha escrito con rotulador rosa:
Ryotenbin Onoki me encanta.
No me atrevo a mirar a Onoki. La cabeza me va a estallar. Kabuto suelta una carcajada.
—Hay otro —añade, haciendo un gesto con la cabeza. Atolondradamente, me arranco un segundo pósit.
¡Onoki-kun, házmelo!
—E-Es una…Una travesura i-infantil —Estrujo las dos notas con saña—. Las chicas t-tienen ganas… de divertirse.
Pero mi superior no parece nada divertido.
—Ya —dice tras una pausa—. Bueno, nos vemos.
Se da media vuelta y se aleja por el pasillo con Kabuto. Oigo que éste le dice al cabo de un momento:
—¿Se da cuenta? Está totalmente…
Me quedo mirándolos, temblorosa y consternada. Ya está. Mi carrera arruinada antes de hacer siquiera el intento.
Entro en mi despacho, aturdida, y me desplomo en la silla. No puedo con este trabajo. Estoy hecha polvo. Kabuto me ha tendido una trampa. Nadie quiere mis magdalenas.
Este último pensamiento me provoca una tremenda punzada de angustia y, de repente, ya no puedo contenerme: una lágrima me resbala por la mejilla. Hundo la cara entre los brazos y estallo en sollozos. Creía que iba a ser todo fantástico. Pensaba que ser la jefa sería divertido y emocionante.
No me había dado cuenta… No había pensado…
Una voz interrumpe mis pensamientos:
—Hola.
Levanto la cabeza y veo a Ten-Ten en el umbral.
—Ah, hola. —Me enjugo los ojos torpemente—. Perdona. Yo s-sólo…
—¿Estás bien? —me pregunta, incómoda.
—Sí, p-perfectamente. —Hurgo en el cajón, saco un pañuelo de papel y me sueno la nariz—. ¿N-necesitas algo?
—Perdona por las notas. —Se muerde el labio—. No creíamos que fuese a aparecer Ryotenbin-san. Era sólo una broma.
—N-no pasa nada. —Me tiembla la voz—. No t-tenías como saberlo.
—¿Qué ha dicho?
—N-no pareció impresionado. —Doy un suspiro—. Aunque tampoco…T-tampoco parece estarlo conmigo, así que… qué más da… —Arranco un trocito de la madalena de chocolate, me lo meto en la boca y de inmediato me siento mejor. Una décima de segundo.
Ten-Ten me mira fijamente.
—Creía que ya no comías carbohidratos.
—Ya, seguro. C-como si yo pudiera vivir sin chocolate. —Le doy un buen mordisco a la madalena.
Se hace un silencio y, cuando levanto la vista, veo que Ten-Ten sigue mirándome desconcertada.
—Qué raro —dice—. Suenas como la antigua Hinata.
—Soy la antigua Hinata —Me da de repente una pereza terrible tener que explicarlo todo otra vez
Pero luego pienso...Esta debe ser la oportunidad, de poder reconectarme con ella. Reuno con fuerza aire, para luego soltarlo en un bufido y la miro.
—. Ten-Ten…Sólo…Imagínate que mañana t-te levantas y te encuentras de sopetón en el año 2025. Y que has de incorporarte a una nueva vida y convertirte en otra persona. Bueno, p-pues eso es lo que me pasa. —Arranco otro trozo de magdalena, lo examino un instante y lo dejo a un lado—. Y el caso e-es...es que no reconozco a esa nueva persona. Ni siquiera sé por qué es como es. Y resulta… muy duro.
Hay un largo silencio. Miro fijamente el escritorio, con la respiración agitada, mientras voy desmenuzando la magdalena en trocitos. No me atrevo a levantar la vista, no vaya a ser que Ten-Ten diga algo sarcástico o se ría de mí y yo acabe deshaciéndome en lágrimas otra vez.
—Perdona, Hinata—dice en voz baja, tan baja que apenas la oigo—. No me… no nos habíamos dado cuenta. Quiero decir, tienes el mismo aspecto.
—S-si —Sonrío con tristeza—. Parezco una Barbie m-morena. —Me levanto un mechón de pelo y lo dejo caer—. Cuando me vi en el hospital en un espejo, casi me da un ataque...N-No me reconocía.
—Escucha… —prosigue, mordiéndose el labio y retorciéndose las pulseras—. Perdoname. Por las magdalenas, por los pósit y… por todo lo demás. ¿Por qué no vienes con nosotras a almorzar? —Se acerca a mi escritorio con un entusiasmo repentino—. Empecemos de nuevo.
—Estaría bien. —Le dirijo una sonrisa agradecida—. Pero hoy n-no puedo. He quedado con Kiba-kun
—¿Con Kiba? —repite tan anonadada que se me escapa una sonrisa—. ¿Para qué? No estarás pensando…
—¡N-No! ¡C-Claro que no! Sólo... Quiero averiguar qué ha pasado con mi vida en estos últimos cuatro años. Recomponer todas las piezas. —Vacilo un instante, dándome cuenta de que ella seguramente conoce las respuestas a muchas preguntas—. ¿Tú sabes por qué rompimos Kiba-kun y yo?
—Ni idea. —Se encoge de hombros—. Nunca nos lo contaste...Y cuando fue tiempo de estar mejor por tu separación y poder descargarte bien…Bueno…Nos dejaste de lado. –La miro anonadada-…Sabes…Incluso a mí. Era como si lo único que te importara fuera tu carrera. Y al final, dejamos de intentarlo.
Creo detectar que aún se siente herida.
—P-Perdona...yo...Lo siento tanto, Ten-Ten —digo con torpeza—. No pretendía dejarte de lado. O por lo menos, n-no creo haberlo hecho.
¡Esto sí que es surrealista! ¡Disculparme por algo que no recuerdo! Como el hombre-lobo o algo así.
—No te preocupes. No fuiste tú. O sea, fuiste tú… pero no eras tú. —Se queda callada.
También ella parece confusa.
—Será mejor que m-me vaya —anuncio, mirando el reloj—. A lo mejor Kiba-kun tiene algunas respuestas.
—Hinata—dice Ten-Ten con aire contrito—, se te ha olvidado uno. —Me señala la falda.
Busco a tientas y me arranco otro pósit.
«Onoki-kun: lo haré contigo.»
—N-ni loca lo haría —digo, estrujándolo.
—¿No? —Ten-Ten sonríe, maliciosa—. Yo sí.
—¡No m-me digas! —Se me escapa una risita.
—Está bastante bueno.
—¡Es viejísimo! Seguramente ni siquiera es capaz…
Nos miramos a los ojos y estallamos de repente en carcajadas, como en los viejos tiempos. Dejo la chaqueta y me siento en el brazo del sofá, agarrándome la barriga y sin poder parar de reír. No me había reído así desde antes del accidente.
Es como si me desahogara ahora de toda la tensión acumulada.
La risa lo limpia todo.
—¡Te he echado de menos! —me dice, todavía con la respiración entrecortada.
—Yo también. —Inspiro hondo mientras intento dominarme. La miro directo a sus ojos cafés, que me sonríen como tanto añoraba—. Ten-Te…de verdad... Perdona. Por la actitud que haya adoptado… p-por las cosas que haya hecho…
—No seas tonta. —Me corta de una manera amable pero firme y me tiende la chaqueta—. Anda, ve a tu cita.
Pues mira, a Kiba las cosas le han ido bien. Pero muy bien. Ahora trabaja en el centro de la ciudad, donde maneja una clínica veterinaria y tiene un cargo directivo en el lugar. Lo veo salir del ascensor, muy elegante, con un traje de raya diplomática, el pelo castaño mucho más largo (antes lo llevaba largo, pero desordenado y hacia arriba) y gafas sin montura. Me levanto de un salto y exclamo:
—¡Kiba-kun! Pero mira qué buen aspecto tienes, perro mojado.
Él hace una mueca y recorre el vestíbulo con la vista.
—Ya nadie me llama así —dice en voz baja—. Ahora solo soy Kiba, ¿sí?
—Claro. Perdona, Kiba-kun.
Su barriga ha desaparecido también, advierto mientras se inclina sobre el mostrador para hablar con el recepcionista. Ahora sí debe de hacer ejercicio como es debido, no como antes, cuando toda su actividad consistía en levantar pesas cinco veces, abrir una lata de cerveza y poner el fútbol en la tele, si es que no debía seguir estudiando para la universidad.
Pensándolo bien, a pesar de que era un buen amigo, no me cabe en la cabeza cómo lo soportaba como novio: calzoncillos cutres tirados por todo el apartamento; nunca aparecía a tiempo para las citas o al menos con una razón buena para excusarse; era divertido, pero a veces no podía lidiar con su sentido del humor…
En definitiva, a veces no podía evitar pensar que debimos quedarnos como amigos nada más.
—Tienes buen aspecto, Hinata-chan—dice al volverse del mostrador, examinándome de arriba abajo—. Ha pasado mucho tiempo. Te vi por la tele, claro. En Ambición. En otra época me habría gustado participar en un programa de ese tipo. —Me mira con lástima—. Pero ese nivel ya lo he superado. ¿Vamos?
Lo lamento, pero no puedo tomarme en serio a Kiba "El perro mojado", como un ejecutivo. Salimos a la calle para dirigirnos hacia lo que describe como un «buen restaurante de la zona». Durante todo el camino no para de hablar por el móvil sobre «ofertas» y «materiales» mientras me recorre con la vista.
—Vaya…—digo, cuando se guarda por fin el teléfono—. Ahora sí eres un jefazo.
—Tengo un Ford Focus. —Se arremanga como quien no quiere la cosa para que vea sus gemelos—. American Express de la empresa. Una vida bien acomodada, por decir lo menos
Ya hemos llegado al restaurante, un pequeño local italiano. Nos sentamos. Me echo hacia delante, con la barbilla apoyada en las manos. Kiba parece nervioso; juguetea con el menú de plástico y no para de revisar su móvil.
—Kiba-kun—empiezo—, no sé si recibirías el mensaje en que te explicaba por qué quería verte.
—Mi secretaria me dijo que querías hablar de los viejos tiempos —dice con cautela.
—Sí. La cuestión es que tuve un accidente de coche. Y estoy intentando recomponer todas las piezas mi vida, averiguar qué ocurrió con nosotros, tal vez charlar de nuestra ruptura.
Suspira.
—Hinata-chan, ¿te parece buena idea desenterrar otra vez todo eso? Ya dijimos lo que teníamos que decir en su momento…
—¿Desenterrar qué?
—Ya sabes… —Mira en derredor y consigue llamar la atención de un camarero—. ¿Puede atendernos? ¿Un poco de vino? Una botella de tinto de la casa, por favor.
—Es que… no lo sé. No tengo ni idea de qué ocurrió. —Me inclino aún más hacia él—. Sufro amnesia. ¿No te lo explicó tu secretaria? No me acuerdo de nada.
Kiba se vuelve muy despacio y me mira fijamente, como temiéndose una tomadura de pelo.
—¿Tienes amnesia?
—Sí. He estado en el hospital...
—¡Demonios! —Menea la cabeza mientras llega el camarero y luego se entretiene con toda esa comedia de probar y hacer servir el vino—. ¿O sea que no recuerdas nada?
—Nada en absoluto de los cuatro últimos años. Y lo que quiero saber es por qué cortamos. ¿O-Ocurrió alguna cosa… nos alejamos poco a poco… o qué?
No responde enseguida. Me observa por encima de su copa.
—¿Hay algo de lo que sí te acuerdes? —pregunta al cabo.
—Mis últimos recuerdos son de la noche antes del funeral de mi padre. Estaba en una disco, estaba molesta porque tú no te habías presentado y, con la lluvia, me caí por unas escaleras… Ya no recuerdo más.
—Sí, sí —asiente, pensativo—. Recuerdo esa noche. Bueno, en realidad… por eso cortamos.
—¿Por qué? —digo perpleja.
—Porque no me presenté a la cita. Me diste la patada. Finito. —Bebe otro sorbo de vino.
—¿De veras? —Estoy patidifusa—. ¿Yo terminé contigo?
—A la mañana siguiente. Estabas harta, se acabó. Habíamos terminado.
Arrugo el entrecejo, procurando imaginarme la escena.
—Entonces, ¿tuvimos una gran pelea?
—No tanto —prosigue tras un instante de reflexión—. Más bien fue una conversación madura. Coincidimos los dos en que lo mejor era dejarlo. Tú me dijiste que quizá estabas cometiendo el error de tu vida, pero que no podías controlar tu carácter celoso y posesivo.
—¿Q-qué?¿De veras? —digo con suspicacia.
—Sí. Me ofrecí a acompañarte al funeral de tu padre, para darte mi apoyo, pero dijiste que no, que no querías verme ni un minuto más. —Da otro trago de vino—. Pero no te guardé rencor. Te dije: «Hinata-chan, a mí siempre me vas a importar. Y tus deseos son órdenes para mí.» Te di una rosa y un último beso. Y me alejé. Fue precioso.
Dejo mi copa y lo observo con atención. Me mira tan abiertamente y con tanta inocencia como cuando imitaba su cara con la que engañaba a los profesores para no reprobarlo por faltar a clases. La verdad es que siempre tuvo mucho talento para la medicina en animales, pero era muy irresponsable.
—¿O sea que…Eso fue lo que pasó exactamente? —le insisto.
—Punto por punto. —Coge la carta—. ¿Te apetece pan de ajo?
¿Son imaginaciones mías o está mucho más contento desde que se ha enterado de mi amnesia?
—Kiba-kun, ¿de verdad fue eso lo que pasó? —Le dirijo mi mirada más severa y penetrante.
—Claro —contesta ofendido—. No dudes tanto de mí.
—P-perdona. —Suspiro y empiezo a desenvolver un palito de pan. Quizá me ha dicho la verdad. O una versión de la verdad. Quizá sí le di la patada. Estaba muy molesta con él, eso es indudable.
—¿Y no pasó nada más en esa época? —Parto el palito y empiezo a mordisquearlo—. ¿No recuerdas nada? Por ejemplo, ¿por qué me obsesioné tanto con mi carrera? ¿Por qué dejé de lado a mis amigas? ¿Qué pasaba por mi cabeza?
—A mí que me registren —dice, repasando las ofertas de la carta—. ¿Te apetece que compartamos una lasaña?
—Es todo muy confuso. —Me froto la frente—. Me siento como si hubiera caído en mitad de un mapa con una de esas flechas enormes que dicen «Usted está aquí», cuando lo que yo quiero saber es cómo he llegado aquí.
Kiba levanta la vista de la carta.
—Lo que tú necesitas es un amigo que te guíe—dice, como si fuera el Dalai Lama haciendo una declaración en lo alto de una montaña.
—Exacto. Me siento perdida. Si pudiera rastrear el camino, guiarme hacia atrás…
Él asiente sabiamente.
—Puedo hacerte una oferta.
—¿C-cómo? —digo, sin comprender.
—Que puedo conseguirte una oferta. —Se da un golpecito en la nariz—. Estamos abriéndonos a recibir nuevos caninos que llegaron del refugio que financiamos para recibir subvención. Podrías ayudar a los más viejos en darles un espacio y adoptarlos. Podemos hacer los papeles al salir de aquí.
Por un momento creo que voy a explotar.
—P-pero no necesito esa clase de guía —le digo con tono molesto—.No es por rechazar un animal, es porque n-no es lo que necesito, eso es todo.
—Claro, por supuesto. —Kiba asiente, frunciendo el entrecejo, como si asimilara mis palabras—. No es como si a ellos no les afectara llegar a un espacio tan lleno como el nuestro, total es un simple negocio, ¿no?
No puedo creerlo. Entiendo su punto pero, no es necesario ese chantaje emocional…
¿De verdad yo salí con él?
—No es lo que quise decir. De verdad hablaba de algo delicado —le digo—.Vamos a pedir el pan de ajo.
Llego a casa decidida a preguntarle a Toneri qué sabe de mi ruptura con Kiba. Seguro que hemos hablado de nuestras relaciones anteriores. Pero cuando entro en el loft, percibo que no es el mejor momento. Toneri se mueve de un lado para otro mientras habla por teléfono con aire estresado.
—Corre, Hinata—me dice tapando el auricular—. O llegaremos tarde.
—¿Para qué?
—¿Para qué? ¡Para la inauguración!
Oh no. Esta noche es la fiesta de inauguración del Moon 42. Lo sabía, pero se me había ido de la cabeza.
—Claro. Enseguida estaré.
—¿No tendrías que llevar el pelo recogido? —me dice con una mirada crítica—. Tienes un aspecto poco profesional. Y dijiste que te pondrías el kimono de "Encuentros formales". Está en el manual.
—Eh… claro, sí.
Hecha un manojo de nervios, me pongo a toda prisa un kimono de seda con todos sus elementos, que estaba en el ropero. Bueno, la mayor prisa que alcanzo con todas las capas que conlleva ponérselo.
Es un kimono bien sobrio, de mujer casada, color violeta con pequeños detalles circulares de color blanco y plateado. El obi es plateado también. Me hago el moño de siempre, dejando mi flequillo bien peinado y me pongo unos aretes de plata y diamantes. Así, me vuelvo para mirarme.
No puedo evitar sentir que me veo muy sobria. ¿Es que ya no uso broches? ¿O flores de seda, o pañuelos, o agujas brillantes para el pelo? ¿Algo divertido? Después de todo la apertura del edificio es algo para celebrar. Hurgo en mis cajones pero no encuentro nada, salvo una cinta para el pelo beige.
Supongo que me deshice de ello al casarme, como las yukatas y kimonos con detalles más vistosos. Pero aún así…Porque deshacerme de ello, podría haberlos guardado para regalar, o usar en festivales…
—¿Lista? —pregunta Toneri, entrando deprisa—. Estás perfecta. Vamos.
Nunca lo había visto tan tenso e hiperactivo. Se pasa todo el camino pegado al teléfono y cuando lo deja por fin, empieza a tamborilear con los dedos sobre el aparato mientras mira por la ventanilla.
—Seguro que saldrá perfecto —le digo para animarlo.
—Debería —responde sin mirarme—. Ésta es nuestra campaña más importante.
Mucha gente de alto standing, un montón de prensa. Es ahora cuando vamos a convertir el Moon 42 en la comidilla de toda la ciudad.
Mientras cruzamos las puertas de entrada, no puedo evitar soltar un gritito. Hay antorchas flanqueando el camino hasta la puerta principal, y rayos láser barriendo el cielo nocturno. Hay una alfombra roja para los invitados e incluso un par de fotógrafos esperando. Parece el estreno de una película.
—Toneri…Esto es increíble. —Impulsivamente, le aprieto una mano—. Va a ser un exitazo.
—Eso espero. —Por primera vez, se vuelve hacia mí y me dirige una sonrisa tensa. El chófer abre la puerta y me sujeto el bolso—. Ah, Hinata. —Rebusca en un bolsillo—. Antes de que se me olvide. Quería darte esto —dice tendiéndome un papel.
—¿Qué es? —Sonrío mientras lo desdoblo. Pero la sonrisa se me evapora en el acto: es una factura. Arriba figuraba el nombre de Toneri; él lo ha tachado y ha escrito encima:
«Para Hyuga Hinata.» Leo sin dar crédito:
Chelsea Bridge, objetos de regalo.
Leopardo de vidrio soplado.
Cantidad: 1
A pagar: 468.000 yenes.
—Pedí que lo reemplazaran —explica Toneri—. Puedes pagarlo cuando quieras. Con un cheque o una transferencia a mi cuenta de la empresa…
¿Me está pasando una factura?
—¿Quieres que pague el leopardo? —Suelto una risita, para ver si me está tomando el pelo.
—Bueno, lo rompiste tú. —Parece sorprendido—. ¿Hay algún problema?
—¡No! Está… bien…Es solo que, pensé que había sido algo que compramos juntos, para decorar nuestra casa —Trago saliva— Por lo que eligiríamos algo nuevo, no sé, algo así.
—No digas tonterías, todas las decoraciones de ese tipo las paga la empresa. Básicamente le estás pagando a ella.
—Uhm..Entiendo. Te daré un cheque. En cuanto lleguemos a casa.
—No hay prisa —añade sonriendo, y señala al chófer, que aguarda con la puerta abierta—. Será mejor que subamos.
Está bien, me digo. A él le parece correcto pasarme una factura. Evidentemente, así funciona nuestro matrimonio.
Pero no debería funcionar así.
No. Déjalo. Está bien, es encantador.
Meto el papel en el bolso y le dedico al chófer una sonrisa lo más radiante posible.
Cuando llegamos, bajamos del coche y sigo a mi marido por la alfombra roja. Esto es una fiesta de verdad, una fiesta glamorosa y a todo plan. El edificio entero está lleno de luces e inundado con el rumor de una música de fondo. El loft del ático tiene una pinta más espectacular que la otra vez, con flores por todas partes, bolsas de regalos para los invitados y una legión de camareros de uniforme negro super elegante que circulan con bandejas de champán. Asuna, Naruto y otros que no conozco están en corrillo junto al ventanal, y Toneri se dirige rápidamente hacia ellos.
—A ver —dice—, ¿está hecho el repaso de los invitados? ¿Tienes la lista de prensa, Keiko? ¿Todo controlado?
—Ya están aquí —anuncia una chica que llega a toda prisa y por poco tropieza con sus tacones de aguja—. Los Hoshigaki han venido más pronto de lo previsto. Han traído a varios amigos. Y detrás hay otro nutrido grupo.
—¡Buena suerte, chicos! —Toneri choca palmas con toda la gente de su equipo—. ¡A vender el edificio!
En ese mismo instante entra una pareja, los dos con abrigos carísimos, y Toneri sale disparado a su encuentro, desplegando todo su encanto. Se los presenta a Asuna, les ofrece champán y se los lleva para que vean las vistas. Llega más gente y muy pronto hay una pequeña multitud, que charla, ojea el folleto y examina con curiosidad la cascada de agua.
Naruto está a unos diez metros, a mi izquierda, con un traje oscuro, y departe con los Hoshigaki con gesto concentrado. Aún no he hablado con él. No sé si me habrá visto. De vez en cuando, le echo una mirada de lejos y enseguida desvío la vista mientras el estómago me da un vuelco.
Como si tuviera trece años otra vez y estuviese muy enamorada de él. Es la única persona de la que estoy pendiente en este lugar abarrotado. Dónde está, qué hace, con quién habla. Le echo otro vistazo y esta vez me sorprende mirándolo. Con las mejillas ardiendo, me vuelvo y le doy un buen trago a mi copa de vino. Bravo, Hinata. No se ha notado ni nada.
Adrede, me giro de manera que quede fuera de mi campo visual. Casi sumida en un trance, contemplo a los invitados que llegan cuando Toneri aparece a mi lado.
—Hinata, cariño. —Lleva puesta una sonrisa de reproche—. Queda muy raro que estés aquí en medio sola. Ven conmigo.
Antes de que pueda impedírselo, me arrastra con firmeza hasta el corrillo que forma Naruto con otra pareja de aspecto ricachón. La mujer va con un traje chaqueta estampado de Dior, con todo el pelo teñido de rojo y una cantidad exagerada de pintalabios. Me muestra sus dientes de porcelana y su canoso marido suelta una especie de gruñido, mientras la mantiene posesivamente agarrada por el hombro.
—Permítanme que les presente a mi mujer, Hinata—les dice Toneri con una sonrisa radiante—. Una de las grandes fans de… —hace una pausa; yo me pongo en tensión, esperando que lo diga— ¡el estilo de vida loft.
Como oiga una vez más esa expresión, me pego un tiro. Ya, es que la usa demasiado.
—Qué tal, Hinata-san. —Naruto me mira un instante a los ojos mientras Toneri se aleja de nuevo—. ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias. —Procuro sonar tranquila, como si fuera un invitado cualquiera; como si no hubiera estado obsesionada con él desde que he llegado—. Bueno, ¿y qué les parece el loft? —pregunto volviéndome hacia la mujer de Dior.
Ellos se miran como dudando.
—Nos preocupa una cosa —dice el marido con un acento europeo que no identifico—. El espacio. Si será… lo bastante grande.
Me quedo de piedra. Aquí cabría un avión. ¿Cómo no va a ser lo bastante grande?
—Nosotros creemos que quinientos metros cuadrados es un tamaño bastante generoso —comenta Naruto—. De todos modos, si necesitan más espacio, se podrían juntar dos o tres unidades.
—El otro problema que vemos es el diseño —continúa el hombre.
—¿El diseño? —repite Naruto, con tono educado.
—En nuestra casa tenemos algunos toques de oro —apunta el millonario—. Cuadros de oro. Lámparas de oro. Umm…
Parece que ha perdido impulso.
—Alfombras —interviene la mujer—. Alfombras de oro.
El hombre le da un golpecito al folleto.
—Aquí lo que veo es mucha plata. Y cromo.
—Ya veo —asiente Naruto, con cara de póquer—. Bueno, evidentemente el loft siempre puede adaptarse a su gusto personal. Por ejemplo, podríamos chapar la chimenea en oro.
—¿La chimenea? —dice ella, dudosa—. ¿No sería excesivo?
—¿Puede haber excesos cuando se trata de oro? —repone Naruto con simpatía—. También podríamos añadir apliques de oro macizo. Y Hinata-san siempre puede echarles una mano para elegir la alfombra de oro. ¿Verdad?
—C-Claro —digo, muy seria, rezando para no estallar en carcajadas.
—Sí, bueno. Lo pensaremos. —El matrimonio se aleja y Naruto apura su copa.
—Que no es lo bastante grande. Vaya. Aquí cabrían diez de nuestras unidades de Ryo-ji.
—¿Qué es Ryo-ji?
—Nuestro proyecto de viviendas asequibles. —Por mi mirada advierte que no entiendo—. Sólo obtenemos licencia para un edificio como éste si construimos algunas viviendas asequibles.
—Ah, ya veo... Toneri nunca me ha hablado de ese proyecto.
Una chispa cruza su rostro.
—Supongo que su corazón no está del todo entregado a esa parte del trabajo.
En ese momento, mi marido sube a un pódium colocado frente a la chimenea.
Mientras se atenúan las luces ambientales y se enciende un foco que lo ilumina, el rumor de las conversaciones se va extinguiendo.
—¡Bienvenidos! —Su voz resuena por la estancia—. Bienvenidos a Moon cuarenta y dos, el último proyecto de la serie Moon, dedicado a…
Contengo la respiración. No lo digas, por favor; no lo digas…
—Al estilo de vida loft. —Mueve las manos como poniendo ladrillos y los miembros de su equipo aplauden a rabiar.
Naruto me echa una mirada y retrocede, apartándose de la multitud. Un momento después, yo también retrocedo unos pasos, sin dejar de mirar al frente.
Todo mi cuerpo parece rechinar de temor. Y de excitación.
—¿Te has acordado de algo? —me susurra.
—No.
Una pantalla enorme se ilumina detrás de Toneri con imágenes de los loft tomadas desde todos los ángulos. Suena una música vibrante mientras la estancia se sume aún más en la penumbra. Es una presentación impresionante, eso hay que reconocérselo.
.—¿Sabes?, nosotros nos conocimos en una inauguración como ésta. Tenías un kimono similar, pero celeste.—Naruto habla en voz tan baja que la música casi me impide oírlo—. En cuanto hablaste, lo supe.
—¿El qué?
—Que me gustabas.
Me quedo en silencio unos instantes; me pica la curiosidad.
—Y…¿Q-qué fue lo que dije? —murmuro.
—Dijiste: «Si oigo otra vez esa expresión, "estilo de vida loft", me pego un tiro.»-Ríe un poco y me mira a los ojos, destellante.
—No, n-no puede ser. —Lo miro fijamente y casi suelto una carcajada.
— Lo dijiste pensando que nadie te oía, pero agradezco mucho que pudiera escucharte aquella vez.
El tipo de delante se vuelve enfadado y, como si estuviéramos sincronizados, Naruto y yo retrocedemos unos pasos más hasta quedar sumidos en las sombras.
—No deberías esconderte —le digo—. Éste es tu gran momento. Tu loft.
—Ya, sí —responde secamente—. La gloria se la cedo a Toneri. Por mí, puede quedársela toda.
Miramos en la pantalla a Toneri, que aparece con un casco recorriendo una obra.
—Te contradices —le digo en voz baja—. Si crees q-que los loft son para imbéciles con dinero, ¿por qué te dedicas a apoyar su diseño?
—Buena pregunta. —Da un trago a su bebida y me sonríe—. La verdad es que debería dejarlo. Pero Toneri…No me desagrada del todo. Él creyó en mí, me dio mi primera oportunidad, dirige una gran empresa…
—¿Tanto así? —Meneo la cabeza, incrédula—. Ya lo creo. Por eso no paras de decirme que lo deje.
—De veras. Es un gran tipo, es honesto, es leal…Algo soberbio, claro. Su ego es gigante. Pero —Hace pausa, sus ojos relampagueantes en la oscuridad—. Yo no pretendo fastidiarle la vida —dice al fin—. Eso no… estaba previsto.
—¿Entonces p-por qué…?
—Él no te entiende. —Me mira a los ojos—. No tiene ni idea de quién eres.
—¿Y tú sí, supongo? —replico justo cuando las luces vuelven a encenderse y un gran aplauso resuena la estancia. Instintivamente, me aparto de él.
Los dos estiramos el cuello para ver. Toneri sube al pódium de nuevo envuelto en un aura de éxito y dinero. Está en lo más alto.
—¿Ya has visto el Mont Blanc? —me pregunta Naruto, aplaudiendo, ahora de mejor humor.
—¿Qué Mont Blanc? —replico, suspicaz.
—Ya lo descubrirás.
—P-pero…dímelo.
—No, no. —Aprieta los labios, como aguantándose la risa—. Te estropearía la sorpresa.
—Dímel-
—¡Naruto! ¡Por fin te encuentro! ¡Una emergencia!
Los dos nos sobresaltamos al ver aparecer a Asuna por detrás. Viste un traje pantalón negro, sujeta torpemente un saco de arpillera y se la ve muy nerviosa.
—Acaban de llegar de Italia las piedras decorativas para la pecera del dormitorio principal. Pero yo tengo que revisar los cubiertos en la cocina, porque algún idiota los ha desordenado todos. ¿Puedes encargarte tú de esto? —Le pone el saco en las manos—. Sólo has de colocar las piedras en la pecera. Deberías tener tiempo antes de que termine la presentación.
—No hay problema. —Naruto me lanza una mirada impenetrable—. Hinata-san, ¿quieres venir y echarme una mano?
Noto una tenaza en la garganta. Apenas puedo respirar. Es una invitación. Un desafío.
No. He de decir que no.
—Eh… sí. —Trago saliva—. C-claro.
Me siento casi mareada mientras lo sigo a través de la multitud y subimos por la escalera al nivel elevado. Nadie se fija en nosotros. Todo el mundo sigue atento a la presentación.
Entramos en el dormitorio principal y Naruto cierra la puerta.
—Bueno —dice.
—Escucha. —Con los nervios, me sale una voz aguda—. ¡No p-puedo seguir así! C-con tanto susurro y tanto deslizarse a hurtadillas para intentar… sabotear mi matrimonio. ¡Yo soy feliz con m-mi esposo!
—No. —Menea la cabeza, mirándome con tristeza—. Dentro de un año no estarás con él. —Lo dice tan seguro de sí mismo que me resulta irritante.
—Por supuesto q-que sí —replico, ya con los nervios alterados—. Seguiré con él dentro de ci-cincuenta años.
—Harás todo lo posible, procurarás amoldarte, de verdad lo intentaras con todas tus fuerzas… pero tu espíritu es demasiado libre para una persona como él. Se atraían entre sí en algún momento, pero no deben estar juntos. Al final no podrás seguir soportándolo. —Suspira—. Ya he visto…cómo sucedía una vez. No quiero volver a verlo.
Esto es demasiado atrevimiento por parte de él.
—Gracias por la advertencia —le espeto—. Cuando suceda te avisaré, ¿d-de acuerdo?
Le señalo el saco con la cabeza, pero él no me hace caso. Deja el saco en el suelo y se me acerca, con ojos inquisitivos.
—¿De verdad no recuerdas nada?
—No —le digo, cansada—. Por millonésima vez. Nada.
Está a unos centímetros nada más, estudiando mi expresión, buscando algo.
—Con todo el tiempo que hemos pasado juntos y todo lo que hemos llegado a decirnos… Tiene que haber algún modo de estimular tu memoria. —Se pasa la mano por la frente—. ¿Los girasoles te dicen algo?
A mi pesar, empiezo a devanarme los sesos. Girasoles. Girasoles. ¿No fui una vez…?
…Los vi acaso en…
No, se me ha ido.
—Nada —digo por fin—. O sea, m-me gustan los girasoles, pero…
—¿Y las flores prensadas en mis novelas ligeras? ¿O los dorayaki caseros?
—No sé de qué me hablas —respondo, impotente.
Lo tengo tan cerca que noto su suave aliento en la piel. Sus ojos no se separan de los míos.
—¿Y esto…significa algo para ti? —Me ha puesto las manos en la cara, sobre las mejillas, y me acaricia con los pulgares.
—N-no. —Trago saliva.
—¿Y esto? Dimelo, Hinata-chan —Susurra mientras se inclina y me roza el cuello con los labios.
—Pa…P-para —digo débilmente, pero apenas consigo articular palabra. Y además no siento lo que digo. Tengo la respiración cada vez más entrecortada. Se me ha olvidado todo lo demás.
Quiero besarlo. Besarlo de un modo que no deseaba cuando estaba con Toneri.
Y entonces sucede: su boca se encuentra con la mía y todo mi cuerpo clama que esto es justamente lo que tengo que hacer. Cierro los ojos para dejarme llevar otra vez. Huele bien. Sabe bien. Besa bien. Pasa sus manos por los dobleces del kimono y finalmente me estrecha entre sus brazos; siento la aspereza de sus mejillas. Me estoy abandonando, esto es perfec-
—¿Naruto? —La voz de Asuna llega a través de la puerta y, para mí, viene a ser como una descarga eléctrica. Me separo de él casi tropezando, debido a lo estrecho del kimono y porque me tiemblan las piernas.
—¡A-ah!
—¡Chist! —Él también parece desconcertado—. Mantén la calma. Hola, Asuna. ¿Qué pasa?
Las piedras. Era lo que se suponía que estábamos haciendo. Cojo el saco y empiezo a sacarlas y tirarlas a la pecera lo más aprisa posible, salpicando y provocando un violento chapoteo. Los pobres pececitos corren como locos de un lado para otro, pero no tengo alternativa.
—¿Va todo bien? —Asuna asoma la cabeza por la puerta—. Estoy a punto de traer a un grupo de invitados para hacer todo el tour…
—No hay problema. —La tranquiliza Naruto, sonriendo zorrunamente.—. Ya casi estamos.
En cuanto Asuna desaparece, él cierra la puerta de una patada y se me acerca de nuevo.
—Hinata-chan. —Me coge la cara como si quisiera devorarme, o abrazarme, o ambas cosas—. Si supieras… Esto ha sido una tortura…
—Basta —digo, apartándome. La cabeza me da vueltas—. Estoy casada. No podemos… ¡N-No puedes…! —Doy un grito y me tapo la boca con la mano—. Oh, no. ¡NO NO NO NO!
Ya no miro a Naruto. Estoy mirando la pecera.
—¿Qué? —Él no entiende lo que ocurre hasta que sigue mi mirada—. ¡Rayos!
La calma ha vuelto a la pecera. Todos los peces tropicales nadan tranquilamente entre las piedras de mármol. Salvo uno de rayas azules, que flota en la superficie.
—¡He matado un pez! —Se me escapa una voz horrorizada—. Le he roto la crisma con una piedra.
—Eso parece —dice Naruto, acercándose a examinar la pecera—. Buena puntería.
—¡Ha costado una montonera de dinero! ¿Qué voy a hacer? L-los invitados van a aparecer de un momento a otro.
—Un feng-shui bastante nefasto. —Sonríe—. Mira, yo entretendré a Asuna. Tú tíralo por el lavabo.
Me coge una mano y la sostiene un instante.
—No hemos terminado —dice, y me besa la punta de los dedos; luego sale, dejándome sola con la maldita pecera.
Haciendo muecas de asco, meto la mano en el agua templada y cojo el pez por la punta de la aleta.
—Lo siento de verdad—digo con una vocecita infantil.
Poniendo la otra mano debajo para no mojar el suelo, corro hacia el baño de alta tecnología. Tiro el pez en el váter reluciente y busco el botón de la cisterna. No hay. Debe de ser un váter inteligente.
—¡La cadena! —exclamo, agitando los brazos para disparar los sensores—. ¡Tira de la cadena!
Nada.
—¡El agua! —digo a la desesperada—. ¡Venga, dispárate ya!
Pero el váter permanece impasible. El pez sigue flotando, y aquí, con la loza blanca, su color azul resulta aún más chillón.
Esto tiene que ser una pesadilla. Si algo puede disuadir aun cliente de comprarse un apartamento supersofisticado es un pez muerto en el váter. Me saco el teléfono del bolsillo y busco en Contactos hasta que encuentro la N. Debe de ser él. Pulso «marcación rápida» y Naruto responde al cabo de un instante.
—¿Sí?
—¡El pez está en el váter! —cuchicheo enloquecida—. Pero no sé cómo va la cisterna.
—Los sensores han de activarse automáticamente.
—Lo sé, pero ahora no funcionan. ¿Qué hago?
—No pasa nada. Ve al panel que hay junto a la cama. Puedes anular los sensores y accionar desde allí la cisterna. ¡Eh, Toneri! ¿Cómo estás? —Se corta la comunicación.
Corro hacia la cama y localizo el panel abatible que hay en la pared. Una intimidante pantalla digital parpadea ante mis ojos y dejo escapar un gemido. ¿Cómo podrá vivir nadie en un sitio más complicado que la NASA?
Pulso torpemente menú y luego anular y opciones. Repaso la lista. «Temperatura», «luces»… ¿Dónde estará «baño»? Y ¿dónde «cisterna del váter»? ¿Estaré manejando el panel correcto?
De repente, descubro otro panel abatible en el lado opuesto de la cama. Quizá sea ése.
Me apresuro hasta el otro lado, lo abro de un tirón y empiezo a pulsar botones a voleo.
Me temo que voy a tener que sacar el dichoso pez con las manos…
Un sonido me detiene en seco. Un aullido. Una sirena lejana. ¿Qué diablos…?
Dejo de pulsar botones y examino con más atención el panel. En la pantalla parpadean estas palabras en rojo: «Alarma. Zona Segura.» Un movimiento en la ventana atrae mi atención. Levanto la vista y veo una reja metálica que desciende sobre el cristal.
—¿Qué pasa…?
Vuelvo a pulsar los botones frenéticamente, pero la pantalla me responde «No autorizado» y luego continúa parpadeando: «Alarma. Zona Segura.»
Ay, no. ¿Qué he hecho?
Salgo corriendo como puedo de la habitación, me asomo a la balaustrada y miro a mis pies.
No puedo creerlo. Es un caos total.
La sirena se oye aquí mucho más fuerte. Hay rejas metálicas descendiendo automáticamente por todas partes y cubriendo las ventanas, los cuadros, la decoración. Todos los ricachones invitados a la fiesta se apiñan en medio del loft como si fuesen un grupo de rehenes, salvo un tipo corpulento que se ha quedado atrapado tras una reja, junto a la cascada.
—¿Es un atraco? ¿Tienen armas? —grita histérica una mujer, vestida con un traje chaqueta blanco, mientras forcejea con sus propios dedos—. ¡Setsuo, trágate mis anillos!
—¡Un helicóptero! —exclama un tipo de pelo gris, aguzando el oído—. ¡Escuchen! ¡Están en el tejado! ¡Somos un blanco fácil!
Observo la escena paralizada de pánico.
—¡Viene del dormitorio principal! —le grita a Toneri uno de sus ayudantes, después de consultar un panel junto a la chimenea—. Alguien ha disparado la alarma. La policía ya está en camino.
He arruinado la fiesta. Toneri me va a matar.
Y entonces, sin previo aviso, la sirena enmudece. El silencio que se hace repentinamente viene a ser como si saliera el sol.
—Damas y caballeros. —La voz procede de la escalera. Giro en redondo: es Naruto. Tiene un mando en la mano y me lanza una mirada antes de dirigirse a la multitud— Esperamos que hayan disfrutado de esta demostración de seguridad. Permanezcan tranquilos, no somos víctimas de ningún atraco.
Hace una pausa, se oye alguna risita nerviosa. Las rejas de todo el apartamento
han empezado a replegarse.
—La seguridad —continúa— es una cuestión esencial hoy en día. Muchas zonas residenciales alardean de sus medidas de seguridad. Nosotros hemos preferido que las vieran con sus propios ojos. Este sistema es equivalente al de los centros de inteligencia y ha sido instalado para asegurar su protección.
Me entra flojera en las piernas, de puro alivio. Me ha salvado la vida.
Mientras sigue hablando, regreso tambaleante a la habitación y encuentro al pez azul flotando aún en el váter. Cuento hasta tres, sumerjo la mano, lo cojo con un escalofrío y me lo meto en el bolso. Luego me lavo las manos y salgo de nuevo. Ahora Toneri ha relevado a Naruto.
—… gracias a este pequeño sobresalto —está diciendo— verán aún más claro que en Promotora Moon nos hacemos cargo de sus inquietudes incluso mejor que ustedes mismos. No los consideramos simples clientes, sino socios nuestros en un estilo de vida ideal. —Levanta su copa—. Que disfruten del recorrido.
Mientras él se retira, un aliviado rumor de risas y conversaciones se desata entre la gente. Veo que la mujer del traje chaqueta blanco recupera tres anillos de diamantes de las manos de su marido y vuelve a ponérselos. Menos mal que no se los había tragado.
Espero unos minutos y bajo las escaleras discretamente. Me hago al vuelo con una copa de champán y bebo un buen sorbo. No pienso volver a tocar un panel en mi vida. Ni ningún pez. No digamos ya un váter.
—¡Encanto! —Doy un respingo del susto. Es Shion. Lleva un minúsculo vestidito turquesa de lentejuelas y unos zapatos de tacón con plumas—. Por Dios. ¿No ha sido genial? Esto va a dar mucho que hablar mañana en los periódicos. La gente no para de elogiar este sistema de alarma de tecnología punta. ¿Sabías que costó 42 y medio millones de yenes? ¡Sólo el sistema!
Cuarenta y dos millones… y ni siquiera funciona la cisterna.
—S-sí—digo—. Fenomenal.
—Hinata-chan —Shion me mira pensativa—. Cariño… ¿podemos hablar un momentito? Sobre Naruto. Te he visto antes hablando con él.
Me entra un miedo repentino. ¿Habrá visto algo?
—Ah, sí. —Ensayo un tono indiferente—. Bueno, es el ingeniero eléctrico de aquí y estábamos hablando del estilo del loft…
—Hinata-chan —Me toma del brazo y me arrastra lejos del jaleo—. Ya sé que te diste un golpe en la cabeza y todo eso —Se inclina hacia mí—. Pero ¿recuerdas algo sobre Naruto? ¿Algo del pasado?
—Eh… Pues n-no.
Se me acerca aún más.
—Tal vez voy a provocarte un pequeño shock —dice con una voz susurrante y entrecortada—. Hace un tiempo me contaste algo en secreto. De amiga a amiga. Yo no le dije una palabra a Toneri, desde luego…
Estoy patidifusa. Tengo los dedos agarrotados en torno a la copa de champán. ¿Shion lo sabe?
—Imagino que te resultará difícil creerlo —prosigue—, pero la cuestión es que algo pasaba entre tú y Naruto. A espaldas de Toneri.
—…B-bromeas —Me entra un sofocón brutal—. ¿Cómo qué… exactamente?
—Bueno, me temo que… —Mira alrededor y se acerca tanto que casi me empuja—. Bien, el hecho es que Naruto no paraba de molestarte. He pensado que tenía que prevenirte por si vuelve a intentarlo.
Estoy demasiado alelada para responder. ¿Molestarme?
—¿Qué q-quieres decir? —balbuceo.
—¿Tú qué crees? Lo ha intentado con todas nosotras —dice, arrugando la nariz desdeñosamente.
—¿Estás diciendo…? —No logro procesarlo—. ¿Me estás diciendo que lo ha intentado contigo?
—¡Uf, ya lo creo! —exclama con los ojos en blanco—. Me dijo que Taruho no me comprende. Lo cual es verdad —añade tras una pausa—. El es un tarado integral, pero eso no significa que vaya a echarme en sus brazos para que él sume a otra en su lista, ¿no te parece? Y también fue detrás de otras. —Saluda a una mujer vestida de verde en la otra punta del apartamento—. Menuda cara del tipo. Le dijo que él la conocía mejor que su marido y que ella se merecía mucho más, que notaba que era una mujer muy sensual… ¡toda clase de sandeces! —Chasquea la lengua, despectiva—. La teoría mía es que ataca siempre a mujeres casadas y les dice lo que ellas quieren oír. Supongo que le producirá un extraño placer…
Se interrumpe al ver mi expresión.
—¡Cariño! No vayas a preocuparte. Es como una mosca fastidiosa; sólo tienes que ahuyentarla. Pero contigo estuvo muy insistente. Tú significabas «la más difícil todavía». Ya me entiendes, siendo la mujer de Toneri, su superior. —Me mira entornando un poco los ojos—. ¿No recuerdas nada de todo esto?
Asuna pasa por nuestro lado con unos invitados y Shion les dedica una amplia sonrisa.
Yo no puedo ni moverme.
—No —contesto finalmente—. N-no recuerdo nada. Y… ¿qué hice yo?
—Seguiste diciéndole que te dejara en paz. Era muy delicado. Tú no querías arruinar su relación con Toneri ni complicar las cosas. Estuviste muy digna. Yo le hubiese vaciado una copa en la cabeza. —Veo de repente que tiene la vista fija en otro lado—. Hinata-chan, he de irme corriendo y hablar con Taruho de la cena de esta noche. Ha hecho mal las reservas, es una auténtica pesadilla… —Se detiene otra vez y me mira, preocupada—. ¿He hecho mal en decírtelo? Me ha parecido que debía avisarte…
—No, al contrario. Me alegro de que lo hayas hecho.
—Me consta que tú no te tragarías nunca sus tonterías —añade apretándome el brazo.
—¡Claro! —Me las arreglo para sonreír—. ¡Nunca en la vida!
Shion se pierde entre la multitud, y yo me siento como si tuviera los pies clavados al suelo.
Nunca me había sentido tan humillada, tan boba, tan ingenua.
Me lo he tragado todo. Me he dejado engatusar por su labia.
«Hemos tenido un aventura en secreto… Te conozco mucho mejor que Toneri…»
Todo mentira. Se ha aprovechado de mi amnesia. Me ha halagado, se me ha subido a la cabeza. Y lo único que quería era meterse en la cama conmigo… Un trofeo más, el más difícil. Las mejillas me arden de pura mortificación. ¡Lo sabía! ¡Sabía que yo nunca habría tenido una aventura! Yo no soy del género infiel. No lo soy y punto. Tengo un marido decente que me quiere. Y me he dejado encandilar estúpidamente. Poco me ha faltado para echarlo todo a perder.
Bueno, se acabó. Sé cuáles son mis prioridades. Me acabo la copa, echo a andar con la cabeza bien alta hasta que me encuentro a Toneri y me cuelgo de su brazo.
—Querido, la fiesta está yendo de maravilla. Eres genial.
—Creo que lo hemos conseguido. —Parece más relajado que antes—. Nos ha ido por los pelos con el asunto de la alarma. Naruto ha salvado la situación. Mira, ahí está. ¡Naruto!
Me aferró a su brazo aún con más fuerza mientras Naruto se acerca. No quiero ni mirarlo, no lo soporto. Toneri le da una palmada en la espalda y le ofrece una copa de champán de una bandeja.
—A tu salud —exclama.
—A su salud —repito mecánicamente y doy apenas un sorbito. Voy a hacer como si no existiera. Me lo voy a quitar de la cabeza.
Me distrae un pitido procedente de mi bolso. Saco el teléfono y veo que tengo un mensaje.
De Naruto.
No puedo creerlo. ¿Me envía mensajes delante de las narices de Toneri? Pulso y aparece el texto.
Kyu Unga #249, en Akihabara. Cualquier tarde a partir de las 6. Tenemos mucho de que hablar.
Te quiero.
N.
PD: borra este mensaje.
PD: ¿qué has hecho con el pez?
Estoy sofocada de furia. Las palabras de Shion resuenan en mi cabeza. «Sólo has de ahuyentarlo.»
—¡Es un mensaje de Hanabi-chan! —le digo a Toneri con voz estridente—. Voy a responderle ahora mismo…
Sin mirar a Naruto, empiezo a escribir con los dedos cargados de adrenalina.
Sí. Claro. Supongo que te ha parecido muy divertido aprovecharte de la chica amnésica. Bueno, ahora ya conozco tus artimañas. Soy una mujer casada. Déjame en paz.
Envío el mensaje y me guardo el teléfono. Un instante después, Naruto mira su reloj
frunciendo el entrecejo y dice despreocupadamente:
—No sé si voy bien. Me parece que este reloj adelanta.
Saca su móvil y mira la pantalla entornando los ojos, como si fuese a comprobarlo, aunque percibo cómo pulsa botones con el pulgar. Lee el mensaje y se
le queda cara de estupor.
Ja. Le he dado en el clavo.
Tras unos instantes, parece recobrarse.
—Voy adelantado seis minutos —dice, dándole unos golpecitos al móvil—. Tendré que cambiar el reloj…
No sé para qué se molesta en disimular. Toneri no le presta atención. Tres segundos más tarde mi móvil pita otra vez y vuelvo a sacarlo.
—Otro mensaje de Hanabi-chan —murmuro, displicente—. Debe ser solo para decir "Ok"—Le lanzo una mirada a Naruto y pongo el dedo en borrar. Él abre los ojos como platos, con aire consternado.
Ahora que sé la verdad, me resulta evidente que finge.
—¿Te parece buena idea? —se apresura a decirme—. ¿Borrar un mensaje sin leerlo?
—No era importante, de seguro —Me encojo de hombros.
—Pero si no lo has leído, no puedes saber…
—Como te he dicho —le dirijo una dulce sonrisa—, no era importante —Pulso borrar, apago el teléfono y lo meto en el bolso.
—¡Bueno! —Toneri se vuelve, radiante y lleno de entusiasmo—. Los Takara quieren volver a hacer una visita mañana. Creo que tenemos otra venta. Ya van seis unidades, sólo esta noche.
—Buen trabajo, cariño. Estoy tan orgullosa de ti —le digo rodeándolo con un brazo, en un gesto más bien extravagante—. Te quiero incluso más que el día de nuestra boda.
Toneri frunce el entrecejo, desconcertado.
—Pero si no te acuerdas de ese día, no puedes saber cuánto me querías entonces.
Por el amor de... ¿Por qué habrá de ser tan literal este hombre?
—Bueno, por mucho que te quisiera entonces… —me corrijo, conteniendo la irritación—. Ahora te quiero más, mucho más.
Dejo la copa de champán y, tratando de echarle una mirada desafiante a Naruto, atraigo a Toneri hacia mí para darle un beso. Un beso como los que da cada vez que vamos a dormir en piezas separadas.
No, saca ese pensamiento que estas arruinando el beso.
Fue un beso corto, considerando claro que estamos en un espacio formal, pero eso no evita que Toneri siga estrechando mi cintura. Lo miro a los ojos mientras habla de lo perfecta de esta noche, y al mirar hacia el frente solo veo a los invitados yéndose.
Naruto ha desaparecido.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH adapte este capitulo lo mejor y más rápido posible, porque probablemente recién el domingo podré continuar con las actualizaciones :c
monica735: si, la incertidumbre seguira, por eso me gusto esta historia, hay harto suspenso alrededor de la historia. Asi que espero que pueda mantenerte interesada ;3
Naruto elite covenant: gracias por tu comentario, me dio muchos animos :D La verdad es que tenia miedo de adaptarla y que al final no surgieran los personajes de kishimoto como quería o como visualice al leer el libro. Por lo tanto, claro, tuve que cambiar varias cosas, detalles mas que nada, pero espero realmente que pueda funcionar hasta el final :)
LuzAngle: me encanta la intrigaaaaaaa muahahahahhaa :D asi que continuara de esa manera por un tiempo. Pero todo mejorará, no te preocupes. Solo que no sabes como ;3
En fin, agradezco a quienes me dejaron review en el capitulo 10 y también a quienes siguen esta historia.
Nos vemos en la proxima!
