La historia que transcurre no es mía, sino de la autora Sophie Kinsella. La adaptación, sin embargo, es de mi autoría.

Los personajes mencionados pertenecen a Masashi Kishimoto.

Capítulo 13

Ya es de mañana y al recordar lo ocurrido en la inauguración solo tengo una prioridad: Mi matrimonio.

Ésa es mi gran meta. De ahora en adelante voy a centrarme en mi relación amorosa.

Todavía me siento un poco alterada cuando entro en la cocina y saco de la nevera la jarra de zumo verde. Anoche debía de estar loca. Tengo un marido de ensueño servido en bandeja. ¿Por qué habría de arriesgarlo todo? ¿Por qué besar a un tipo que no conozco de nada, por muchas historias que me haya contado?

Me sirvo zumo en una copa y lo agito, como cada mañana, hasta que toma un aspecto de posos removidos. Me cuesta tragarme estas hierbas, pero no puedo decepcionar a Toneri, que los encuentra tan maravillosos como el estilo de vida loft.

También me sirvo un huevo y una taza de té, que Chiyo me ha dejado preparados. Empiezo a acostumbrarme a estos desayunos bajos en carbohidratos. Cada día me tomo sin falta un huevo hervido con beicon o una tortilla de clara de huevo.

A veces me como también un meronpan de camino al trabajo. Pero sólo si estoy muerta de hambre.

La cocina se halla sumida en la serenidad, pero yo todavía estoy un poco de los nervios. ¿Y si hubiera ido más lejos con Naruto? ¿Y si Toneri lo hubiera descubierto? Podría haberlo echado todo a perder. Sólo he disfrutado de este matrimonio unas semanas y ya lo estoy poniendo en peligro. Tengo que cuidarlo y mimarlo, como una planta de yuca.

—¡Buenos días! —Toneri aparece tan campante. Lleva una camisa azul, su cabello blanco pulcro y parece pletórico. No me sorprende. La inauguración de ayer ha sido, por lo visto, la mejor de toda su historia—. ¿Has dormido bien?

—Muy bien, gracias.

Aún no compartimos dormitorio ni hemos vuelto a intentarlo con el sexo. Pero si voy a cuidar de mi matrimonio, quizá deberíamos tener más contacto. Me levanto para coger la pimienta y me rozo deliberadamente con él.

—Tienes un aspecto estupendo esta mañana —le digo con una sonrisa.

—¡Tú también!

Le acaricio la mandíbula. Toneri me mira a los ojos, como preguntando, y me toma la mano. Yo echo un vistazo rápido al reloj.

No tenemos tiempo, menos mal.

No. Eso no lo he pensado.

He de ser positiva. El sexo con Toneri va a ser de fábula, estoy segura…Quizá tendríamos que hacerlo a oscuras. Y sin hablar.

—¿Cómo te sientes? —pregunta con una sonrisita críptica.

—Perfectamente. Aunque tengo un poco de prisa. —Le lanzo una sonrisa, me separo de él y me bebo el té antes de que se le ocurra proponerme unas caricias de urgencia contra la puerta de la nevera. Parece captar el mensaje. Se sirve una taza de té y saca su Iphone, que está sonando.

—¡Ah! —dice complacido—. Acabo de llevarme en una subasta una caja de Lafite Rothschild del ochenta y ocho.

—Ya veo…—exclamo—.Eh… ¡Bien hecho, cariño!

—14 millones. Una ganga.

¿14 millones de yenes?

—¿Por… cuántas botellas?

—Una caja. —Frunce el entrecejo como si fuera obvio—. Doce.

Enmudezco. ¿Por doce botellas de vino? No, lo siento, pero esto no está bien. ¿Tendrá idea de lo que son 14 millones? Con ese dinero podría comprarme cien botellas, también de lujo, y todavía me sobraría dinero.

—Hinata, ¿te pasa algo?

—No, nada. Estaba pensando… ¡Q-qué gran jugada! —Apuro el té, me pongo la chaqueta y recojo el maletín—. Adiós, cariño.

—Adiós, cielo.

Se acerca y nos damos un beso. Ahora empieza a resultar casi normal. Mientras me ajusto la chaqueta y me dirijo a la puerta, recuerdo algo.

—Oye, Toneri —le digo con naturalidad—. ¿Qué es Mont Blanc?

—¿Mont Blanc? —Me mira incrédulo—. Me tomas el pelo. ¿Te acuerdas de Mont Blanc?

He caído en la trampa. No puedo responder: «Me lo dijo Naruto, mi supuesto amante.»

—N-no es que lo recuerde exactamente —improviso—. Pero me ha venido «Mont Blanc» a la cabeza y, no sé por qué, me ha parecido importante. ¿Significa algo especial?

—Tú misma lo descubrirás, cariño. —Entreveo en su rostro un placer contenido—. Lo acabarás recordando todo. Prefiero no decírtelo por ahora. ¡Esto es buena señal!

—Tal vez —digo, procurando compartir su excitación—. Bueno, ¡nos vemos luego!

Salgo de la cocina devanándome los sesos. «Mont Blanc.»

¿Una estación de esquí? ¿Esas estilográficas? ¿Un espacio nevado?

Ni idea.

Bajo del metro antes, compro un meronpan y voy mordisqueándolo de camino al trabajo. Pero a medida que me acerco a la oficina, el hambre me abandona de repente y siento el estómago revuelto. Esa sensación de ansiedad, de no-quiero-ir-al-colegio.

Ten-Ten quizá vuelve a ser mi amiga, pero es la única. Metí la pata delante de Ryotenbin Onoki. Y todavía no tengo la impresión de dominar nada de lo que hago… Cuando el edificio aparece ante mi vista, me detengo, muerta de miedo.

Vamos, me digo con firmeza; será divertido.

No, qué va.

Esta bien. No será divertido. Pero no tengo alternativa.

Reuniendo todas mis energías, tiro el resto del meronpan en una papelera y empujo la puerta de cristal. Subo a mi despacho sin tropezarme con nadie, me siento al escritorio y me acerco el montón de documentos. Veo la nota que dejé ayer escrita: «Comentar ventas con Kabuto.» Podría hacerlo ahora mismo. Levanto el auricular para marcar su extensión, pero vuelvo a dejarlo en su sitio al oír que llaman a la puerta.

—¿Sí?

—Hola, Hinata… —Sakura entra tímidamente en el despacho. Lleva una chaqueta de punto turquesa y una falda tejana, y un sobre en la mano.

—Ah —suspiro atemorizada—. Ho-hola.

—¿Cómo estás? —dice con cierta incomodidad.

—Bien… bien. —La puerta se abre más y aparecen Ten-Ten e Ino, también medio avergonzadas—. Hola —exclamo sorprendida—. ¿V-va todo bien?

—Les he contado lo que me dijiste —explica Ten-Ten—. Anoche salimos a tomar una copa y se lo conté.

—Lo sentimos…Por lo de ayer, notamos muy tarde que…no nos habíamos dado cuenta—dice Sakura, afligida—. No te dimos una oportunidad. Pensábamos que seguías siendo… —Busca la expresión adecuada.

—Una ambiciosa sin escrúpulos —apunta Ino, muy seria.

—Nos sentimos fatal. —Sakura se muerde el labio y mira a las demás—. ¿Verdad?

—No se preocupen. —Procuro sonreír. Mientras las observo, sin embargo, me siento de repente más sola que nunca.

Éstas eran mis amigas. Éramos inseparables. Pero ellas han pasado cuatro años de juergas, risas y conversaciones que yo me he perdido.

Han acabado convertidas en un trío. Y yo soy una extraña.

—Bueno, sólo quería darte esto. —Sakura se acerca, toda colorada, y me entrega el sobre. Lo rasgo y saco un tarjetón grabado: una invitación de boda.

—Espero que puedan asistir —dice, con las manos en los bolsillos—. Tú y Otsutsuki-san.

Siento una oleada de humillación. Su lenguaje corporal habla a las claras: lo último que desea es vernos en su boda.

—Escucha, Sakura, no hace falta q-que lo hagas. Es muy amable de tu parte… — Trato de meter el tarjetón en el sobre, a mi vez ruborizada—. P-pero sé que en realidad tú n-no…que tú

—Sí, sí. —Me toca la mano para interrumpirme. Sus ojos no han cambiado: siguen siendo de un verde intenso, con esas pestañas larguísimas tiesas de rímel—. Tú eras una de mis mejores amigas, Hinata-chan. Ya sé que las cosas han cambiado. Pero has de venir.

—Bueno… gr-gracias —murmuro—. M-me encantaría. —Le doy la vuelta a la invitación y recorro el grabado con un dedo—. ¿Cómo has conseguido que tu madre accediera a incluir otro invitado tan tarde? ¿O bien la madre de Uchiha-san?

—Mikoto-san no tuvo problemas, pensaban en un numero redondeado después de todo…En cuanto a mi mamá, por poco me mata —responde.

Yo no puedo evitar una carcajada.

—¿Te ha amenazado con quitarte la mesada?

—¡Exacto! —exclama, y las tres reímos tontamente. La madre de Sakura viene amenazando con quitarle la mesada desde que la conocemos, aunque en realidad dejó de pasársela hace más de diez años.

—Hemos comprado unas magdalenas —tercia Ten-Ten—. Para pedirte perdón por lo de ayer… —Unos golpecitos en la puerta la interrumpen.

Ryotenbin Onoki está en el umbral.

—Onoki-san—digo sobresaltada—.N-no lo había visto.

—Hinata-san ¿Tienes un minuto?

—Nos vamos —concluye Ten-Ten y arrastra a las demás fuera del despacho. Le dan una reverencia a mi y a Onoki—. Gracias… por la información, Hyuga-san. Nos será muy útil.

—Hasta luego—Le lanzo una sonrisa agradecida.

—No te robaré mucho tiempo —dice Onoki, cerrando la puerta—. Sólo quería informarte con vistas a la reunión del lunes. Por supuesto, mantén la máxima discreción. En este departamento, sólo tú y Kabuto están al corriente.

Se acerca a mi escritorio con una carpeta.

—Desde luego —asiento con aire ejecutivo.

Al coger la carpeta, reparo en un rótulo mecanografiado arriba: «Junio 07», y tengo un mal presentimiento. Aún no sé qué significa. Ayer estuve toda la tarde buscando en mis archivos y no encontré nada. Ni documentos informáticos ni expedientes.

Sé que debería habérselo preguntado a Kabuto, pero a quien voy a mentir, no me lo permitió el orgullo.

Quería averiguarlo sola.

—Estoy ansiosa —Doy unas palmaditas a la carpeta con la esperanza de resultar convincente.

—Magnífico. El lunes, a las doce en punto, en la sala de juntas. Hay un par de consejeros que tienen que salir disparados y no queremos hacer perder el tiempo de A-san, pues es nuestro accionista mayoritario después de todo.

—Nos vemos allí. —Le sonrío con aplomo, dando una reverencia con la cabeza—. Gracias, Onoki-san.

En cuanto sale, me siento y abro de un manotazo la carpeta. «Sumario», reza el encabezamiento de la primera página; recorro el texto rápidamente: «Junio 07… reestructuración completa… reubicación en el mercado… replanteamiento global…»

Tras unos segundos, me hundo en mi asiento, abrumada. No es de extrañar tanto secretismo. Van a transformar la empresa de arriba abajo. Vamos a comprar una compañía de tecnología doméstica… vamos a fusionar distintos departamentos… Salto hasta las últimas líneas: «… el contexto de su facturación actual… planes para disolver…»

Alto ahí.

Vuelvo a leerlo otra vez. Y otra.

Un escalofrío me recorre la espalda. Me he quedado paralizada, leyendo y releyendo las mismas líneas. No puede ser… no puede significar lo que creo…

Con una descarga de adrenalina, me pongo de pie de un salto, salgo disparada y cruzo el pasillo. Ahí está Onoki, hablando con Kabuto junto a los ascensores.

—¡O-onoki-san! —Jadeo de pánico—. ¿Podemos hablar un minuto?

—Hinata ¿Qué pasa?—Dice Kabuto, detecto en su frente un tic de irritación.

—Hola. —Miro alrededor para asegurarme de que no hay moros en la costa—. Sólo quería… aclarar un par de cosas. Estos planes para disolver el departamento de Suelos y Alfombras —digo dando unos golpecitos a la carpeta—. No pueden significar… no puede pensar en serio…

—Por fin se ha enterado. —Kabuto se cruza de brazos y menea la cabeza con tanta guasa que me entran ganas de darle un puñetazo. ¿Él lo sabía?

Onoki suspira.

—Hinata-san, ya lo hemos discutido muchas veces. El mercado está muy duro. Tú has hecho auténticas maravillas con tu equipo de ventas. Eso lo valoramos todos y, desde luego, serás recompensada debidamente. Pero hoy en día, el departamento es insostenible.

—P-pero no puede suprimir Suelos y Alfombras. Es la especialidad de Alfombras Ryotenbin. ¡Así e-empezó esta empresa!

—No levante la voz —me advierte, mirando alrededor. Todo su barniz amable se ha evaporado—. Hinata-san, ya sabes que no me gustan los arrebatos. Es muy poco profesional…

—P-pero…

—No tienes de qué preocuparte. Tú y Kabuto tendrán un puesto en la dirección de la empresa. Lo hemos estudiado todo minuciosamente. Ahora no puedo perder más tiempo. —Llega el ascensor, sube y pulsa un botón.

—Pero, Onoki-san—me desespero—, n-no puede poner e-en la calle al departamento entero…

Demasiado tarde. Las puertas se han cerrado.

—No es «poner en la calle» —susurra Kabuto a mi espalda con voz sardónica—, sino hacer una reducción de plantilla. A ver si te expresas correctamente.

—¿Cómo t-tienes la cara de seguir aquí? —Giro sobre mis tacones, furiosa—. ¿Y cómo se explica que yo n-no supiera nada de esto?

—Ah, ¿no te lo dije? —Chasquea la lengua y simula reprochárselo con sorna—. Lo lamento, Hinata. No es fácil saber por dónde empezar cuando tú has olvidado… bueno, todo.

—¿Dónde están los expedientes?

—No lo sé

—¿Por qué no había visto antes este informe?

—A lo mejor yo los había tomado prestados —dice con un encogimiento de hombros, y entra en su despacho—. Adios.

—¡N-no! ¡Espera! —Entro tras él a trompicones y cierro la puerta—. No lo entiendo. ¿Por qué quieren eliminar el departamento?

—¿Has repasado las ventas últimamente? —Pone los ojos en blanco.

—Pues han subido... —replico, sabiendo de antemano que ésta no es la táctica correcta.

—¿Un tres por ciento? —contesta en tono de mofa—. Hinata, las alfombras son agua pasada. Y no hemos conseguido penetrar en los demás mercados del sector. Sólo tenemos un par de contratos para ir tirando. Afróntalo. Esto se ha terminado.

—Pero n-no podemos desprendernos sin más del departamento. Esos diseños originales s-son auténticos clásicos ¿Qué me dices de… de las alfombrillas?

Me mira incrédulo un instante y estalla en carcajadas.

—Eres muy graciosa, ¿lo sabías?

—¿C-cómo?

—Es que te repites. Dijiste exactamente lo mismo en el primer gabinete de crisis. «¡Podríamos reconvertir las alfombras en alfombrillas!» —imposta una vocecita chillona—. Ríndete de una vez.

—Pero perderan sus trabajos ¡To-Todo el equipo a la calle!

—Ya. Lástima. —Se sienta frente a su escritorio y me indica la puerta con un gesto—. Tengo trabajo.

—Eres…e-eres..un hijo de puta —le digo con voz temblorosa.

Salgo y doy un portazo, aferrando la carpeta y jadeando de tal manera que temo sufrir una hiperventilación. He de leerme todo esto, tengo que pensar…

—¡Hinata!

Levanto la cabeza y me aprieto la carpeta contra el pecho instintivamente. Ten-Ten está en la puerta de la oficina principal, haciéndome señas.

—Ven a tomarte una magdalena.

La miro sin pronunciar palabra.

—¡Vamos! —Se echa a reír—. Ryotenbin-san ya se ha ido, ¿no?

—Eh… sí —digo con voz ronca—. Ya se ha ido.

—Bueno, entonces ven. ¡Te estamos esperando!

No puedo negarme. He de aparentar normalidad, parecer simpática, por mucho que esté a punto de sufrir un patatús.

Ten-Ten me tira del brazo y, en cuanto entro en la oficina, me quedo atónita. Entre dos ventanas han colgado un cartel: «¡Bienvenida, Hinata!» Encima del archivador hay una bandeja de magdalenas y una preciosa cesta de regalo.

—No te habíamos dado la bienvenida como es debido —me dice—. Sólo queríamos decirte que nos alegramos de que estés bien después del accidente. —Se dirige a todo el departamento—. A los que no conocieron a Hinata hace años, he de decirles que creo que este accidente ha cambiado las cosas. Estoy convencida de que va a ser una jefa fantástica y todos hemos de apoyarla. ¡A tu salud, Hinata!

Levanta su taza de café y la oficina en pleno estalla en un sonoro aplauso.

—Gracias a todos —acierto a decir, roja como un tomate—. S-son… fenomenales.

Se van a quedar todos sin trabajo. No tienen ni idea. Y me han comprado magdalenas y una cesta de regalo.

—Tómate un café. —Sakura me trae una taza—. Deja que te aguante esa carpeta.

—¡N-no! —Ahogo un grito y me la pego con más fuerza al pecho—. E-es un poco… c-confidencial.

—Son nuestras bonificaciones, ¿verdad? —dice Sakura, dándome un codazo—. Procura que sean generosas, ¿eh, Hinata? ¡Necesito un bolso nuevo!

Esbozo una sonrisa mortificada. Estoy en una pesadilla.

Cuando por fin salgo del trabajo, a las seis y media, la pesadilla no se ha desvanecido. Tengo el fin de semana para preparar una defensa razonable de Suelos y Alfombras. Y lo cierto es que apenas sé cuál es el problema, no digamos la solución. Justo cuando estoy en el ascensor pulsando el botón de la planta baja, aparece Kabuto y se desliza a mi lado, ya con el abrigo puesto.

—¿Trabajo para casa? —dice, arqueando las cejas al ver mi maletín hasta los topes.

—He de salvar el departamento —respondo secamente—. Voy a trabajar todo el fin de semana para encontrar una solución.

—¿Bromeas? —Menea la cabeza con incredulidad—. ¿No has leído la propuesta? Esto nos favorecerá a ti y a mí. Están creando un nuevo equipo estratégico; tendremos más poder, mayor radio de acción…

—Ésa no es la cuestión ¿Qué hay de los compañeros a los que les vamos a dar la patada?

—Qué penita. Me duele el corazón —repone, en plan teatral—. Encontrarán otro trabajo. —Se detiene y me observa—. Antes no te preocupaba, ¿sabes?

—¿Qué quieres decir?

—Antes del accidente estabas totalmente a favor de suprimir el departamento. Sobre todo cuando viste el dineral que sacarías. Más poder, más dinero… ¿No es maravilloso?

Un frío glacial se apodera de mí.

—N-no...yo no t-te creo —digo con voz entrecortada, agachando la mirada. No quiero mirarlo—. No te creo. Yo n-nunca habría vendido a mis amigas.

Byron me mira con lástima.

—Ya lo creo que sí. Tú no eres ninguna santa, Hinata. ¿Por qué habrías de serlo, además?

En ese momento se abren las puertas del ascensor y él se aleja a paso rápido.

Llego a los grandes almacenes Langridge y subo como una exhalación al departamento de modas. Tengo una cita con Kimiko, mi asistente de compras. Según el manual, nos vemos una vez cada trimestre; ella me elige algunas «piezas» y luego analizamos juntas las tendencias de la temporada.

—¡Hinata-san! ¿Cómo estás? —Kimiko es una chica menuda, de pelo oscuro y cortito, pantalones pitillo negros y un perfume inconfundible que me revuelve el estómago—. ¡Me quedé destrozada al enterarme de tu accidente!

—Ya estoy bien, gracias. Del todo recuperada. —Hago lo posible por sonreír. Tendría que haber anulado esta cita. No sé qué hago aquí.

—¡Fantástico! Bueno, hay algunas piezas absolutamente fabulosas que quiero que veas. —Me acompaña a un probador y me muestra un perchero portátil con gesto teatral—. Verás algunos diseños y estilos nuevos, pero creo que pueden servirte…

¿Diseños y estilos nuevos? Pero si todo son trajes en colores neutros… Ya tengo un armario lleno de «piezas» de éstas.

Kimiko me enseña una chaqueta tras otra sin parar de hablar de largos, sisas y bolsillos, pero yo no la escucho. Noto un zumbido en la cabeza, como si tuviese un insecto atrapado dentro, y cada vez suena con más fuerza…

—¿No tienes algo distinto? —la corto en seco—. ¿Algo un poco más… vivo?

—¿Vivo? —repite. Vacila y echa mano de otra chaqueta beige—. Ésta es superelegante…

Salgo del probador para tomar aire y noto el zumbido de la sangre en los oídos. Estoy casi desquiciada, la verdad.

—Éste —digo, tomando un vestidito morado con escote en la espalda y manchas de color más intenso—. Es lindo. Como para salir con amigas

Kimiko parece al borde del desmayo.

—Hinata-san —murmura—. Yo no diría… que sea de tu estilo.

—Pues yo sí. —Desafiante, cojo una minifalda plateada—. Y ésta también.

Exactamente las mismas cosas que habría elegido en New Look. Sólo que un millón de veces más caras, claro.

—Hinata-san. —Se pone los dedos en el puente de la nariz y respira hondo un par de veces—. Soy tu estilista y sé lo que te cae bien. Tú tienes un look práctico, atractivo y profesional que llevamos tiempo puliendo…

—Es aburridísimo. Sofocante. —Le arrebato de las manos un vestido beige sin mangas y lo sostengo en alto—. Yo no soy esta persona… Ya no lo soy, sencillamente.

—Claro que sí.

—No lo soy. Siempre fui muy timida y no podía expresarme. Me costó mucho eso. Por lo m-mismo, yo necesito diversión. Y color.

—Pues has vivido bien durante años con el beige y el negro. — Endurece las facciones—. Hinata-san. tú me dijiste expresamente la primera vez que nos vimos que necesitabas un guardarropa de trabajo en colores neutros…

—E-eso era entonces… —Trato de dominarme, pero es como si todos los acontecimientos del día hubiesen entrado en ebullición—. Tal vez las cosas hayan cambiado. Tal vez yo… haya cambiado.

—Éste, por ejemplo —continúa Kimiko, enseñándome un traje plisado beige—. Así eres tú. Ya lo creo.

—Que no ¡N-no soy esta persona! ¡No p-pienso serlo! —Estoy al borde de las lágrimas y empiezo a quitarme las horquillas del moño, de repente desesperada por librarme de él—. No soy la clase de persona que lleva trajes beige. Ni la que lleva moño cada día. Ni la que se gasta mi-millones en vino. Ni la que… traiciona a sus amigas…

Ya estoy sollozando. El moño no se me deshace del todo y los mechones salen disparados, como un espantapájaros. Tengo la cara anegada en lágrimas y empiezo a enjugarme los ojos con el dorso de la mano. Kimiko, horrorizada, trata de arrebatarme el vestido beige.

—¡No vayas a mojar el Armani! —me advierte.

—Toma —digo, tirándoselo con brusquedad—. P-puedes quedártelo. —Y me marcho sin más.

Voy a la cafetería de la planta baja, pido un chocolate caliente y me lo tomo mientras termino de quitarme las horquillas del pelo. Luego pido otro, acompañado de una galleta calida. Al rato, los carbohidratos se han asentado en mi estómago formando un cálido colchón, y me siento mucho mejor. Tiene que haber un modo de arreglarlo, seguro.

Trabajaré todo el fin de semana, encontraré la solución, salvaré el departamento…

Un pitido en el bolsillo interrumpe mis pensamientos. Saco el móvil y veo un mensaje de Toneri:

¿Qué tal? ¿Trabajando hasta tarde?

Me conmuevo repentinamente, de un modo abrumador. A Toneri le importo. Piensa en mí.

«Voy para casa —le respondo—. Te he echado de menos»

No es del todo cierto, pero suena bien.

«¡Yo también te he echado de menos!», contesta enseguida.

Sabía que el matrimonio tenía sus ventajas. Aquí están. Alguien que se preocupa por ti cuando todo está mal. Alguien que te da ánimos. Un par de mensajes como éstos me transmiten más calor que un millón de tazas de chocolate. Estoy pensándome una respuesta, cuando el móvil da otro pitido.

¿Y que tal? ¿Te apetece el Mont Blanc?

Mont Blanc ¿Qué será? ¿Un cóctel? Evidentemente, es algo muy especial. Y sólo hay un modo de averiguarlo.

«¡Fantástico! —contesto—. Me muero de ganas»

Recojo el bolso, salgo de Langridge y paro un taxi.

Durante el transcurso a casa, aprovecho para releer tres expedientes, cada uno más deprimente que el anterior. Las ventas de alfombras nunca han sido tan malas, mientras que los resultados de los otros departamentos no cesan de crecer.

Cierro los expedientes y miro por la ventanilla, aunque todavía con la mente acelerada. Si pudiera montar una operación de rescate… Estoy segura de que la marca Alfombras Ryotenbin aún tiene valor...

Debe haber una forma...

—¿Señorita? —Es el taxista, que interrumpe mis divagaciones—. Ya hemos llegado.

—Ah, si. Gracias. —Mientras busco el monedero en el bolso, el móvil vuelve a sonar.

¡Ya estoy listo!

¿Listo? Esto se pone cada vez más misterioso. Quizas efectivamente es un viaje de nieve. Puede que me ayude con el trabajo, estar en el exterior, un espacio tranquilo, todo blanco…

«Acabo de llegar. Nos vemos en un minuto», le respondo rápidamente, y pago al taxista. Tendré que llevar abrigos si vamos a salir.

Cuando entro en el apartamento, las luces están muy tenues. En modo seducción, juraría. Suena una música de fondo, aunque tan baja que apenas se oye; por lo demás, silencio absoluto.

—¿Ho-hola? —digo con cautela, colgando el abrigo.

—¡Hola!

Es la voz de Toneri. Parece venir del dormitorio. Del mío.

Bueno, supongo que es el nuestro, oficialmente.

Me echo un vistazo en el espejo y me arreglo el pelo, que tengo muy desaliñado.

Luego cruzo el salón hasta el dormitorio. La puerta está levemente entornada y no veo el interior. Me detengo un momento, preguntándome de qué va todo esto, hasta que al fin me decido a empujar la puerta.

El panorama casi me arranca un grito.

¿Esto es un Mont Blanc? ¿Esto?

Toneri está en la cama. Completamente desnudo, salvo por un enorme cono de crema montada sobre su región… Ahí.

—¡Hola, cariño! —Alza las cejas con un brillo de complicidad en los ojos y luego mira hacia abajo—. ¡Toda tuya! ¡Zambúllete de cabeza!

¿De cabeza? ¿Que me zambulla?

Observo la montaña de nata, paralizada de horror. Todas y cada una de mis células gritan que no quiero zambullirme ahí. ¿Cómo puede ser que comience mi primer, por asi decirlo, acto sexual con esto? ¿De verdad a la Hinata de 26 años le gustaría? Pero no puedo dar media vuelta y salir corriendo, ¿verdad? No puedo rechazarlo. Es mi marido. Al parecer esto es… uno de los jueguecitos que solemos practicar.

Con cautela, temblando toda, me aproximo al montón de nata. Sin saber muy bien lo que hago, alargo un dedo, tomo una pizca de la cima y me la meto en la boca.

—Está… e-endulzada. —Me sale la voz ronca, de los nervios.

—Baja en calorías —dice Eric con una amplia sonrisa.

No, no… No es posible que me esté pasando esto. Ni hablar. He de inventarme una excusa.

—Ah..ehm..y-yo…—Siento mi cara roja, la vergüenza es demasiada para mi. Aparto la mirada al otro extremo de la habitación. No puedo mirarlo. —Y-yo..eh..¡E-estoy mareada! —No sé de dónde me salen las palabras. Consigo taparme los ojos y apartarme de la cama—. Va-vaya ¡C-creo que me viene un flashback!

—¿Un flashback? —dice Toneri, incorporándose de golpe.

—Sí, me ha venido una imagen de… de la boda —improviso—. S-sólo una imagen fugaz de los dos, pero m-muy vivida. Me ha t-tomado por sorpresa…

—¡Siéntate, cariño! —Frunce el entrecejo, preocupado—. Tómatelo con calma. Quizá te lleguen otros recuerdos.

Parece esperanzado y yo me siento fatal por mentirle. Pero es mejor eso que decirle la verdad, ¿no?

—Me voy a tumbar un rato fuera, si no te importa. —Retrocedo hasta la puerta,

todavía tapándome los ojos para evitarme la pesadilla de la crema—. P-perdona, Toneri, después de todas las molestias… que te has tomado…

—¡No pasa nada, cariño! Yo te ayudo… —Hace el gesto de incorporarse.

—¡N-no! —Lo corto de un modo un poco estridente—. Tú… tú arréglate por tu lado. Yo enseguida m-me repondré.

Antes de que pueda alegar nada, salgo corriendo y me desplomo en el sofá de color crema. La cabeza me da vueltas, no sé si por el horror del Mont Blanc o por todo el día en general… ¿Por qué Naruto tuvo que mencionarlo en primer lugar? ¿Acaso sabía como reaccionaría?

No, Hinata, no empieces a divagar sobre él. Estoy demasiado cansada para eso.

Lo único que sé es que me apetece acurrucarme bajo un edredón y convencerme de que el mundo no existe. No puedo con esta vida que me ha tocado. Con ninguno de sus apartados.

Bien, este fue el capitulo 13, para resolver la duda de que se refiere Naruto con Mont Blanc en el capitulo anterior. Logre subirlo antes del domingo :D pero el 14 demorara ;C hare lo posible por tenerlo pronto.

En si este fue un episodio ligero en terminos de relacion amorosa con Naruto, pero lo encontre muy crucial para la trama del espacio laboral y amistoso de Hinata. No se preocupen, Naruto volvera, aunque ya saben, el enfoque aca es otro ;3

Agradezco por sus reviews a:

LuzAngie: si, el pez es la victima en esta historia XD a pesar de que se puede ver como un acto malicioso, pronto notaran, si no lo han hecho antes, que Shion no es alguien malo o antagonico, pero si crea algo de caos en la mente de Hinata. Mas que mal, si te presentan a alguien como tu mejor amiga, estando asi de perdida, te aferras de alguna forma a la información que ella te da. Y hasta ahora no se ha equivocado, sobre el gimnasio o sobre caminar en zapatos, asi que es logico que confie en ella.

monica735: siii, pobre narutin, solo quiere tener a hinatiña en sus brazos y no dura nada de ese modo xd que siga sufriendo, asi le da mas sabor a la historia (muahaha la maldaad)

Agradezco tambien, como siempre, a quienes siguen la historia.

Hasta la proxima ;3