La historia que transcurre no es mía, sino de la autora Sophie Kinsella. La adaptación, sin embargo, es de mi autoría.
Los personajes mencionados pertenecen a Masashi Kishimoto.
Capítulo 16
Piensa como una bruja.
Como una jefa.
Como la Cobra.
Me repaso en el espejo y me pongo más pintalabios. Es un gris rosado pálido que muy bien podría llamarse «Bruja repulsiva y tiránica». Tengo el pelo recogido en un moño, solo dejando mi flequillo y llevo el conjunto más formal que he encontrado en el armario: una falda de tubo ceñida, aretes grises, zapatos de tacón de aguja y una blusa blanca a rayas grises. El mensaje de mi indumentaria no puede ser más claro: «Hablemos de negocios.»
Ayer me pasé dos horas con Tenshi Konan en su despacho. Luego de haberle relatado brevemente mi situación, me conto que antes de haber despegado en su carrera, ella trabajaba para ANBU. Al ver que inevitablemente quebrarían, salió de ahí e invirtió recursos en otras áreas.
Tuvimos una conversación intensa, pero muy fructífera. Cada vez que lo recuerdo, me recorre un escalofrío. Todo está arreglado. Las dos deseamos que salga bien el acuerdo. Ahora ya sólo depende de mí.
—No tienes un aspecto lo suficientemente agrio. —Ten-Ten, ya peinada con sus trenzas y vestida con un traje pantalón azul marino, me repasa con aire crítico—. Procura fruncir más el ceño.
Arrugo la nariz, pero parezco a punto de estornudar.
—Ni hablar. —Menea la cabeza—. No te sale del todo. Antes tenías una mirada realmente glacial. En plan: «Eres un insignificante, sal de mi vista.» — Entorna los ojos e imposta una voz dura y desdeñosa—: «Soy la jefa y las cosas se van a hacer como yo diga.»
—Perfecto… —le digo, admirada—. Tendrías que hacerlo tú. Intercambiemos los papeles.
—Sí, ya. —Me da un empujón—. Vuelve a hacerlo. ¡Ese ceño!
—Apártate de mi vista, mequetrefe —gruño con mi mejor voz de Bruja Malvada—. Soy la jefa y aquí se hace lo que yo diga.
—¡Bien! Así está mejor. Y desvía la mirada cuando te cruces con la gente, como si ni siquiera tuvieras tiempo para advertir su presencia.
Suspiro y me desplomo en la cama. Toda esta comedia me resulta agotadora.
—E-era una auténtica cerda, ¿no?
—Tampoco te comportabas así todo el tiempo —me consuela un poco—. Pero no podemos permitirnos que la gente lo adivine. Cuanto más malvada, mejor.
Ten-Ten ha estado asesorándome durante las últimas veinticuatro horas. Llamó ayer a la oficina diciendo que estaba enferma y luego vino cargada de víveres. Tan concentradas estábamos que acabó quedándose a dormir, aprovechando que además Toneri aun no vuelve de Kyoto.
Y la verdad, ha hecho un trabajo impresionante. Ahora lo sé todo. Sé lo que pasó en la fiesta de Navidad del año pasado. Sé que Kabuto salió furioso de una reunión hace unos meses, llamándome «arrogante advenediza». Sé que las ventas de vinilo subieron en marzo un dos por ciento, a causa del pedido de una escuela, que luego nos hizo una reclamación porque el color estaba mal e intentó demandarnos…
Tengo la cabeza tan atiborrada de datos que creo que me va a estallar. Y eso no es todavía lo más importante.
—Cuando entres en tu despacho, cierra siempre de un portazo —prosigue Ten-Ten—. Luego vuelve a salir y pide un café. Siempre en este orden.
Lo más importante es que dé la impresión de ser la antigua mala pécora de Hinata y que logre engañar a todo el mundo. Dejo la barra de labios y recojo mi maletín.
—¡Tráeme un café! —le grito al espejo—. ¡R-Rápido!
—Sin tartamudear. Entorna más los ojos… —Me observa y asiente—. Ahora sí.
—Gracias, Ten-Ten. —Me vuelvo y la abrazo—. Eres única.
—Tú sí que serás única si lo consigues. —Vacila un instante—. Bueno, también si no lo consigues. Al fin y al cabo, no tenías por qué hacer todo esto. Sé que te han ofrecido un puesto importante.
—Ya, bueno. —Me rasco la nariz, incómoda—. Ésa no es la cuestión. Vamos.
Mientras nos dirigimos en taxi a la oficina, noto un nudo en el estómago y ni siquiera logro charlar para pasar el rato. Debo de estar loca para atreverme a hacer esto. Sí, estoy loca, pero es la única solución que se me ha ocurrido.
—No puede ser. Me está entrando pánico escénico —murmura Ten-Ten cuando nos acercamos—. Y ni siquiera soy yo quien va a actuar. No sé cómo voy a arreglármelas para que Ino y Sakura no me lo noten en la cara.
A ellas no les hemos explicado nada. Pensamos que cuantas menos personas lo sepan, mejor.
—Bueno, pues tendrás que hacer un esfuerzo. —Le suelto con la voz de la nueva Hinata y casi me entra la risa floja al ver cómo se sobresalta.
—Uf, ¡Suenas espeluznante! Eres una artista.
Bajamos, pago al taxista y aprovecho para practicar mi mirada más borde cuando recojo el cambio.
—¿Hinata? —oigo a mi espalda. Me vuelvo, dispuesta a estrenar mi expresión intimidante con algún desprevenido, pero soy yo la que se queda boquiabierta.
—¿Hanabi-chan? ¿Qué haces aquí?
—Estaba esperándote. —Se echa atrás un mechón de pelo con aire desafiante—. Vengo a trabajar contigo, ¿recuerdas? Como interina.
—¿Q-qué?
La miro con ojos desorbitados. Va con tacones (en precario equilibrio), medias de malla, una diminuta minifalda a rayas y un chaleco a juego, y lleva su pelo castaño con mechas azules recogido en una cola similar a la mia, pero sin flequillo. En la solapa luce un pin que reza: «No hace falta estar loco para trabajar aquí, pero ayuda ser una lesbiana cachonda.»
—Hanabi-chan... —Me llevo una mano a la cabeza—. Hoy n-no es precisamente un día…
—¡Me lo prometiste! —Le tiembla la voz—. Me dijiste que lo arreglarías. He hecho un gran esfuerzo para llegar hasta aquí. He madrugado y todo. Neji y los tios estaban muy contentos. Han dicho que tú también te alegrarías.
—¡Estoy muy contenta! Pero es q-que precisamente hoy…
—Eso ya me lo dijiste la otra vez. En realidad no te intereso. —Se da media vuelta y se suelta la cola de un tirón—.No importa. De todos modos, no quiero tu trabajo de mierda.
—Podría servir para desviar la atención —me murmura Ten-Ten—. Quizá sea una buena idea. ¿Podemos fiarnos de ella?
—¿Fiarse? —pregunta Hanabi, súbitamente interesada—. ¿Para qué? —Se acerca con los ojos brillantes—. ¿Tienen un secreto?
—Está bien —me decido por fin—. Escucha, Hanabi-chan —bajo la voz—, puedes subir, pero atenta: voy a decir a todos que he recobrado la memoria y que soy otra vez la de antes, a ver si así consigo un acuerdo muy importante. Aunque no sea cierto. ¿Lo captas?
Ella no parpadea. Su mente trabaja a cien por hora, asimilando. Tener como hermana a una artista de la estafa también tiene sus ventajas.
—O sea que te harás pasar por la antigua Hinata —dice al cabo.
—Sí.
—Necesitarías una pinta más borde.
—Eso digo yo —asiente Ten-Ten.
—Dar a entender que para ti todo el mundo es… un gusano.
—Exacto.
Las veo tan convencidas que me deprimo.
—¿E-Era amable alguna vez? —pregunto con tono lastimero.
—Bueno… sí —responde Ten-Ten con escasa convicción—. A veces. Ven, vamos.
En cuanto empujo las puertas de cristal, adopto mi expresión más ceñuda. Flanqueada por Hanabi y Ten-Ten, avanzo con paso firme por el suelo de mármol hasta el mostrador de recepción.
Allá vamos. Comienza el show.
—Hola —le gruño al recepcionista—. Ésta es mi asistente interina, Hanabi. Dale un pase. Para tu información, estoy completamente recuperada. Y si tienes correspondencia para mí, me gustaría saber por qué no la han subido a mi despacho.
—¡Excelente! —susurra Ten-Ten a mi lado.
—No hay nada para usted, Hyuga-san —El pobre tipo parece desconcertado, mientras rellena el pase de Hanabi—. Entonces… ¿ya lo recuerda todo?
—Ajá. Vamos, Ten-Ten. Llegamos tarde. Tengo que hablar con el equipo. Se toman mucho tiempo libre últimamente.
Me dirijo hacia los ascensores y, a mis espaldas, oigo cuchichear al recepcionista: «¿Sabes qué? ¡Hyuga-san ha recuperado la memoria!» Me vuelvo disimuladamente y, en efecto, está al teléfono.
Llega el ascensor, subimos y, en cuanto se cierran las puertas, nos desternillamos de risa.
—¡Chócala! —dice Ten-Ten, alzando la mano—. ¡Ha sido genial!
Bajamos en la octava planta y me dirijo directamente al escritorio de Deidara, junto a la puerta de Ryotenbin Onoki, con la cabeza muy alta y aire imperioso.
—Hola —le digo secamente—. Supongo que habrás recibido mi mensaje y que ya sabes que he recobrado la memoria. Tengo que ver a Onoki-san cuanto antes.
—Sí, lo recibí —asiente el, expectante—. Pero me temo que Onoki-san tiene una mañana muy ocupada.
—Pues arréglalo. Cancela alguna cita. Necesito reunirme con él esta misma mañana.
—Muy bien —dice, fastidiado, tecleando a toda prisa—. Puedo hacerte un hueco a… ¿las diez y media?
—Fantást… —Ten-Ten me da un codazo—. De acuerdo —rectifico sobre la marcha con una mirada borde—. Vamos.
Tanto gruñir y soltar impertinencias me agota. Empiezo a deprimirme y no han pasado ni cinco minutos.
—A las diez y media —dice Hanabi cuando volvemos al ascensor—. Buen trabajo. ¿Adónde, ahora?
—Al departamento de Suelos y Alfombras. —Siento una punzada de angustia—. Voy a tener que seguir fingiendo hasta las diez y media.
—Buena suerte. —Ten-Ten me da un apretón en el hombro cuando se abren las puertas.
Mientras cruzamos el pasillo hasta la oficina principal, siento unas ligeras náuseas. «Puedo hacerlo —me repito—. Puedo ser una jefa repulsiva.» Llego al umbral y me detengo unos instantes, contemplando el panorama. Luego respiro hondo.
—¡Vaya, vaya! —suelto con tono duro y sarcástico—. Conque leyendo PINK! ¿Te parece que eso es trabajar?
Mistuki, que estaba hojeando la revista con el auricular en la oreja, da un respingo y se sonroja.
—Yo sólo… estaba esperando a que me pasaran con Contabilidad… — balbucea, cerrando la revista.
—Más tarde les hablaré a todos de su actitud. —Lanzo en derredor una mirada airada—. Y eso me recuerda otra cosa. ¿No les dije hace dos meses que me trajeran cada uno una hoja de gastos detallada? Las quiero en mi despacho. Ahora.
—Creíamos que lo habías olvidado —alega Ino.
—Pues lo he recordado —replico con una sonrisa mordaz—. Lo he recordado todo. Y ustedes quizás recuerden que dependen exclusivamente de mí para obtener referencias.
Salgo con aire arrogante y casi me tropiezo con Kabuto.
—¡Hinata! —Por poco se le cae la taza de café—. ¿Qué demonios…?
—Kabuto. Tengo que hablar contigo. —lo corto con tono tajante— ¿Cómo resolviste las discrepancias que había en tus cálculos con Contabilidad? Porque todos conocemos tu tendencia a hacer trampas. ¿Te acuerdas del problema que tuvimos en octubre?
Kabuto se ha quedado con la boca abierta como un idiota.
—Y quiero hablar contigo de la convención de ventas —añado—. La del año pasado fue un desastre. —Echo a andar hacia mi despacho pero me vuelvo de nuevo hacia él—. Por cierto, ¿dónde están las actas de la última reunión de productos? Tú eras el encargado, creo recordar.
—Eh… enseguida te las traigo. —Está pasmado.
Cada cosa que he dicho ha dado en el blanco. ¡Ten-Ten es genial!
—¿O sea que te has recuperado? —dice Kabuto mientras abro la puerta de mi despacho—. ¿Has vuelto?
—Ya lo creo que he vuelto. —Hago pasar a Hanabi y cierro de un portazo. Cuento hasta tres y me asomo de nuevo—. Rin, un café. Y otro para mi asistente Hanabi. Ten-Ten, ven. Ahora.
Mientras Ten-Ten entra y cierra la puerta, me desplomo en el sofá, sin aliento.
—¡Tendrías que dedicarte al teatro! —Exclama en un susurro—. ¡Has estado genial! ¡Exactamente como antes!
Yo todavía estoy muerta de vergüenza. ¡No puedo creer que me haya comportado como una bruja!
—Ahora tenemos que aguantar hasta las diez y media. —Ten-Ten consulta su reloj y se sienta en el borde de mi escritorio—. Sólo falta media hora.
—Te has portado como una auténtica cerda —me dice Hanabi con admiración. Ha sacado el rímel y se está poniendo una capa de refuerzo—. Así seré yo cuando me meta en negocios gordos.
—No harás muchos amigos.
—No quiero ganar amigos. —Sacude la cabeza—. Quiero ganar dinero. Ya sabes lo que decía padre, decía…
De repente, no tengo ganas de saber lo que dijo..
—Ya me lo contarás luego —la interrumpo.
Alguien llama a la puerta y nos quedamos paralizadas.
—¡Rápido! —susurra Ten-Ten—. Siéntate. Y procura parecer cabreada.
Tomo asiento ante el escritorio y ella ocupa una silla enfrente.
—Adelante —digo con impaciencia. Se abre la puerta y aparece Rin con una bandeja. Sacudo la cabeza con irritación—. Bueno, Ten-Ten, ¡estoy harta de tu actitud! — Improviso mientras Rin deja las tazas en el escritorio—. Esto es intolerable. ¿Tienes algo que decir?
—Perdona, Hinata-san—musita ella cabizbaja. Me doy cuenta de que le ha entrado un ataque de risa tonta.
—Eso está mejor. —Intento mantener una expresión seria—. La jefa soy yo y no voy a permitir… —Dios mío, me he quedado en blanco respecto a la falta de Ten-Ten— no voy a permitir… ¡que te sientes sobre el escritorio!
A Ten-Ten le sale una especie de resoplido.
—Perdón, por favor —jadea, y se lleva un pañuelo a los ojos.
Rin contempla la escena petrificada.
—Eh… Hyuga-san —dice, retrocediendo—. No quiero interrumpirla, pero Temari-san está aquí… con su bebé. Anunció que vendría hace unas semanas.
¿Temari-san está aquí? Pensé que se había ido con el departamento de atención al cliente.
Ten-Ten ve mi rostro de duda y se incorpora en su silla, ya sin rastro de risa.
—¿Quieres decir la Temari que trabajó con nosotras el año pasado?
Rin me señala la puerta con un gesto y veo a un grupito de gente alrededor de una rubia con un porta-bebés, que me saluda con la mano.
—¡Hinata-san! ¡Ven a ver al bebé!
Mierda. No puedo negarme a ver un bebé. Quedaría muy raro.
Aparte pareciera que ella, a diferencia de quienes están en el departamento, no parece molesta conmigo o mi actitud mientras trabajaba aquí. Me muero por saber cuál sería la razón de ello.
—Bien… —digo por fin—. Sólo un segundo.
Cuando Rin se va, me pongo de pie para ajustar mi ropa.
—Pensé que Temari-san ya no estaba en la empresa luego de cerrar atención al cliente.
—Bueno, si ocurrió eso. Pero a parte del personal los reasignaron, al menos los que tenían buen nivel de productividad. Como tú estabas al tanto del buen trabajo de ella, la propusiste para que trabajara con nosotras y mejorar el departamento—murmura Ten-Ten a toda prisa mientras salimos del despacho—. Se ocupaba sobre todo de las cuentas europeas. Se sentaba junto a la ventana, y comía castañas…
—Aquí está el regalo. —Dice Rin al acercarse y me entrega un enorme paquete de regalo rematado con un lazo de raso—. Es un gimnasio para bebés.
Cuando llego al grupo, los demás retroceden. No los culpo, la verdad.
—Qué tal, Hinata-san—dice Temari, ufana ante tanta atención.
—Qué tal. —Señalo con un gesto seco al bebé, con cabello negro y un pijama blanco—. Felicidades. Es… ¿niño o niña?
—Se llama Shikadai, ¿no lo recuerdas? —dice con ceño—. ¡Si ya lo habías visto!
Tengo que esforzarme para encoger los hombros con aire despectivo.
—Me temo que los bebés no son lo mío.
—¡Se los come! —susurra alguien.
—Bueno. De parte de todo el departamento, aquí tienes esto —digo, entregándole el paquete.
—¡Unas palabras! —pide Rin.
—No hace falta —replico con expresión glacial—. Bien, ya pueden volver a…
—¡Sí hace falta! —objeta Sakura, desafiante—. Es la despedida de Temari. No puede irse sin unas palabras.
—¡Que hable! —dice alguien al fondo.
—¡Que hable! —corean dos más, aporreando los escritorios.
No. No. No. No puede estar pasando esto.
No puedo negarme. Los jefes siempre sueltan un discursito en estos casos. Es lo acostumbrado.
—Naturalmente —digo por fin, aclarándome la garganta—, todas nos alegramos por Temari-san y estamos muy contentas por el nacimiento de Shikadai. Pero también tristes por tener que decirle adiós a un miembro tan valioso de nuestro equipo.
Kabuto se suma al corrillo de gente y me observa con atención.
—Temari-san siempre ha sido muy decidida, desde que estaba en el área de atención al cliente y en cuanto se nos unió… —Doy un sorbo a mi café, para ganar tiempo—. Ha sido siempre…. Ahí, junto a la ventana… con sus castañas como aperitivo, controlando las cuentas europeas…
Levanto la vista y veo a Ten-Ten al fondo, haciendo gestos frenéticos de algún tipo de ejercicio físico.
—Siempre recordaremos a Temari por lo mucho que le gustaba… montar en bicicleta —digo, indecisa.
—¿En bicicleta? —Temari me mira perpleja—. A caballo, querrás decir.
—Eso es, a caballo —me corrijo—. Y todos te agradecemos tus esfuerzos con esos… clientes franceses.
—Yo no me ocupaba de Francia. —Me mira indignada—. ¿Te has enterado alguna vez de lo que hacía? Pensaba que a pesar de tu actitud…Te importaba.
—¡Cuenta la historia de Temari y la mesa de billar! —grita alguien desde el fondo y se desata una carcajada general.
—No es momento —replico, nerviosa—. Bueno… a la salud de Temari—añado alzando mi taza.
—¿No te acuerdas de esa historia, Hinata? —Es la voz insulsa de Kabuto.
Le echo una mirada y siento un espasmo de angustia. Lo ha adivinado.
—Por supuesto que la recuerdo —replico con mi tono más cortante—. Pero no es momento para anécdotas triviales. Estamos en horario laboral. Vuelvan todos a sus puestos.
—¡Pero como, menuda bruja despiadada! —musita Ino, creyendo que no la oigo—. ¡Incluso peor que antes!
—¡Un momento! —La voz de Kabuto se eleva por encima de los murmullos—. ¡Se nos olvidaba el otro regalo! El vale del balneario para mamas y bebés. —Me alcanza el papel con exagerada deferencia—. Sólo has de poner el nombre de Temari. Mejor que lo hagas tú, como jefa del departamento.
—Si.
—Y el apellido también —añade mientras quito el capuchón del bolígrafo. Levanto la vista y veo cómo le brillan los ojos.
Mierda. Me atrapo.
—Desde luego —respondo con vivacidad—. Temari… recuérdame qué apellido usas ahora.
—El de hace unos meses—dice, meciendo a su bebé—. Mi apellido de casada.
—Ajá.
Muy despacio, escribo «Temari» en la línea de puntos.
—¿Y el apellido? —murmura Kabuto, como un torturador girando el potro. Miro desesperada a Ten-Ten, que trata de decirme algo con los labios. ¿Kata? ¿Nata?
Conteniendo el aliento, escribo cuidadosamente el símbolo de «Na». Hago una pausa y estiro el brazo, como para desentumecerlo.
—Me han quedado secuelas en la muñeca —digo a nadie en particular—. Tengo los músculos… un poco agarrotados a veces.
—Admítelo, Hinata —dice Kabuto, meneando la cabeza—. La pantomima ha terminado.
—No sé a qué te refieres —replico cortante—. Me llevo el volante a mi despacho un momento…
— ¿Te crees de verdad que vas a engañar…?
—¡Eh, miren todos! —El grito de Hanabi atrae la atención de todos—. ¡Es Ryan Gosling! ¡Sin camisa!
—¡Ryan Gosling!
—¿Dónde?
La voz de Kabuto queda ahogada por la estampida general hacia la ventana. Sakura aparta a Ino de un empujón y hasta Temari estira el cuello para ver.
Adoro a mi hermanita.
—Bien —digo con aire de hastío—. Tengo cosas que hacer. Rin, ¿quieres terminar de rellenarlo? —Le lanzo el volante.
—¡Es Ryaaan-kun! —insiste Hanabi—. Acabo de verlo besando a Eva Mendes. Tendríamos que llamar a PINK!
—¡No recuerda ni una puñetera cosa! —dice Kabuto furioso, tratando de hacerse oír—. ¡Todo es pura comedia!
—Tengo una reunión con Onoki-san. Vamos, vuelvan a sus puestos. El tiempo es oro.
Giro sobre los talones con mi estilo más intimidante y me apresuro a salir de la oficina.
La puerta de Ryotenbin Onoki está cerrada cuando llego arriba. Deidara me indica que tome asiento. Me hundo en el sofá, aún temblorosa por el enfrentamiento con Kabuto.
—¿Vienen ambas a hablar con Onoki-jisan? —me pregunta al ver a Ten-Ten.
—No te refieras así a tu superior. Y para tu incumbencia, Ten-Ten ha venido sólo… —No puedo decir «para darme apoyo moral».
—Hyuga-san tenía que hacerme una consulta sobre un contrato —interviene Ten-Ten con naturalidad, y le dirige una mirada alzando las cejas—. Te aseguro que vuelve a ser la que era.
—Ya veo —responde Deidara.
Un instante después suena el teléfono. Deidara descuelga y escucha un momento.
—Está bien. Ya se lo digo… —murmura antes de colgar y mirarnos—. Hyuga-san, Onoki-oji…Ryotenbin-san está reunido con Tezuka A-san y otros directivos.
—¿A-san? —pregunto, atemorizada.
A-san es quien comanda esa mesa directiva. Como accionista mayoritario, cuando viene aquí es por algo muy importante. Recuerdo la última vez que lo vi y la verdad no parecía muy impresionado de mi rendimiento.
—Exacto. Ryotenbin-san dice que tendrás que entrar y sumarte a la reunión. En cinco minutos. ¿De acuerdo?
Siento una oleada de pánico. Yo no contaba con los directivos.
—Claro. Perfecto. Eh… Ten-Ten, tengo que empolvarme la nariz. Sigue explicándome eso en el lavabo.
—Muy bien.
Corro al lavabo, donde por suerte no hay nadie, y me siento jadeando en un taburete.
—N-No soy capaz.
—¿Qué?
—No puedo. —Abrazo la carpeta, impotente—. Este plan es una estupidez. ¿Cómo voy a impresionar a esa mesa? Yo nunca he hecho una presentación ante gente tan importante y no se me da bien hablar en público, menos aún actuando como alguien más…
—¡Claro que sí! —Replica Ten-Ten—. Hinata-chan, tú has hablado más de una vez ante todo el personal de la empresa. Y has estado fantástica.
—¿De v-veras?
—Yo no te mentiría. En la última convención estuviste genial. Puedes hacerlo si confías en ti misma. Sólo tienes que creértelo.
Me quedo callada unos segundos, tratando de imaginármelo, deseando creerlo. Pero no me suena de nada. No lo tengo registrado. Como si quisiera recordar que soy una fabulosa trapecista, capaz de hacer un triple salto mortal.
—N-No sé. —Me froto la cara, cada vez más desanimada—. Quizá no esté hecha para esto. Tal vez d-debería dejarlo…
—¡Ni hablar! ¡Tú has nacido para jefa!
—¿Cómo puedes decir eso? —Me tiembla la voz—. Cuando me ascendieron y me nombraron directora, no estuve a la altura. Las perdí a todas ustedes, no supe controlar el departamento…Y no ni quería ser jefa, tu sabes que mi ideal era trabajar de pastelera. La fastidié. Y han acabado dándose cuenta. Por eso me han degradado. Ni siquiera sé por qué habría de molestarme. —Me cubro la cara con las manos.
—Hinata-chan, tú no la fastidiaste —dice Ten-Ten con ansiedad—. Eras una buena jefa.
—S-Si, seguro..
—De veras. —Se ruboriza—. Nosotras… no fuimos justas contigo. Estábamos molestas y te lo hicimos pasar lo peor posible. —Vacila un momento y retuerce un pañuelo desechable—. Sí, eras demasiado impaciente a veces. Pero hiciste algunas cosas muy importantes. Eres buena motivando al personal. Todo el mundo estaba animado. La gente quería impresionarte. Te admiraban.
A medida que asimilo sus palabras, la tensión empieza a remitir. Aunque no sé si puedo fiarme de lo que estoy oyendo.
—P-pero... ustedes m-me...me veían como una bruja espantosa. Todas ustedes —le recuerdo.
—A veces te comportabas como una bruja, sí, pero en algunos casos era necesario. Sabías que éramos capaces de más, entonces nos presionabas, a Temari y a mi. —Se queda pensativa, mientras entrelaza el pañuelo de papel entre sus dedos—. Sakura se llevaba cierto tiempo pidiendo muchos adelantos, pues no se medía con sus gastos. Merecía una buena bronca…E Ino entregaba los informes a tiempo siempre que tu mantenias el control en el calendario. Yo nunca te he dicho esto —añade con una sonrisa.
Se abre la puerta y asoma la mujer de la limpieza.
—¿Puede darnos dos minutos? —le digo con mi tono más tajante—. Gracias. — La puerta se cierra otra vez.
—La cuestión es, Hinata-chan… —prosigue Ten-Ten, tirando el pañuelo de papel— que estábamos celosas. —Me mira con franqueza.
—¿Celosas?
—Tú eras la Dientotes hasta hacía cuatro días y de pronto, de la noche a la mañana, tenías un pelo increíble, la dentadura perfecta y un despacho propio, y además te habías convertido en nuestra jefa.
—Lo s-sé. —Suspiro—. Una locura.
—No es ninguna locura. —Se agacha y me coge de los hombros—. Ascenderte fue una buena decisión. Tú puedes ser la directora, Hinata-chan. Puedes hacerlo. Mil veces mejor que el imbécil de Kabuto—añade, girando los ojos en plan burlón.
Su convicción me conmueve.
—Yo sólo quiero ser… una de ustedes, de nuevo —le digo.
—Y lo serás. Lo eres. Pero alguien tiene que estar ahí delante. —Se sienta sobre sus talones—. ¿Recuerdas cuando íbamos al colegio? ¿Te acuerdas de la carrera de sacos?
—Eso no m-me lo recuerdes —resoplo—. También entonces la fastidié. Me caí de bruces.
—¡Pero ésa no es la cuestión! —Sacude la cabeza—. La cuestión es que estabas ganando. Llevabas mucha ventaja; si hubieras seguido adelante, si no nos hubieras esperado, habrías ganado. —Me mira casi con ferocidad, con esos ojos castaños que conozco bien desde los seis años—. Siempre piensas en los demás. E incluso con tu comportamiento de bruja de estos últimos años, lo seguías haciendo. Al menos el plan que hiciste lo indica. Pero esta vez dependemos de que sigas adelante. Sigue adelante. No lo pienses, no mires atrás.
La puerta se abre otra vez y las dos nos sobresaltamos.
—¿Hyuga-san? —Es Deidara, que frunce el entrecejo al vernos—. No sabía dónde se habían metido. ¿Está lista?
Le echo una última mirada a Ten-Ten, me pongo en pie y alzo la barbilla.
—Sí. Estoy lista.
Puedo hacerlo. Puedo, puedo, puedo.
Al entrar en el despacho, tengo la espalda más tiesa que un palo y sólo me sale una sonrisa forzada.
—Hinata-san —Onoki me dirige una sonrisa radiante—. Me alegro de verte. Ven, toma asiento.
Todos parecen muy a sus anchas. Alrededor de una mesa pequeña hay cuatro directivos sentados en sillas de cuero. Todos con tazas de café. En el otro extremo, un hombre fornido, moreno y de pelo gris; es Tezuka A, lo reconozco enseguida. Le está hablando al directivo sentado a su lado acerca de sus terrenos.
—¡Así que has recobrado la memoria! —Onoki me alcanza una taza de café—. ¡Gran noticia, Hinata-san!
—Sí, está muy bien.
Me extiende una silla a su lado y tomo asiento.
—Estábamos analizando precisamente todas las consecuencias de junio de 2017. —Señala con un gesto los documentos esparcidos sobre la mesa—. Llegas en el momento justo, porque me consta que tenías algunas ideas bastante contundentes sobre la fusión de departamentos. Conoces a todo el mundo, ¿verdad? —Me ofrece una silla, pero no me muevo del sitio.
—En realidad… —Tengo las manos húmedas y las retuerzo en torno a la carpeta—. En realidad quería hablarles… de otra cosa.
Tezuka A levanta la vista, arrugando el entrecejo.
—¿De qué?
—De Suelos y Alfombras.
Onoki hace una mueca.
—Por todo lo sagrado… —murmura alguien.
—Hinata-san —Onoki me habla con voz tirante—. Ya hemos discutido ese punto. No hay nada más que hablar sobre Suelos y Alfombras.
—¡Pero es que acabo de cerrar un acuerdo! De eso quería hablar!—Respiro hondo—. Siempre he tenido la sensación de que el archivo de muestras era uno de sus grandes activos. Durante meses he tratado de encontrar un modo de aprovecharlos. Ahora tengo en puertas un acuerdo con una empresa que desearía usar uno de nuestros viejos diseños. Lo cual servirá para realzar la imagen de Ryotenbin y Asociados. Y revolucionará el departamento por completo. —Se me escapa un tono eufórico—. Estoy segura de que puedo motivar al personal y de que esto puede ser el principio de una etapa distinta y apasionante. Lo que necesitamos es otra oportunidad. ¡Sólo una más!
Me detengo sin aliento y observo todas las caras.
No he causado ningún impacto.
Tezuka A conserva el mismo aspecto impaciente de antes. Onoki parece al borde del asesinato, y un directivo aprovecha para revisar su IPhone.
—Creía que la decisión sobre ese departamento ya había sido tomada —le dice el hombre moreno a Onoki, irritado—. ¿Por qué hemos de volver a plantear la cuestión?
—La decisión está tomada, A-san. En cuanto a ti, Hinata-san, no entiendo qué pretendes…
—¡Pretendo hacer negocios! —replico, apretando los dientes.
—Jovencita —me dice el hombre fornido, apartando a Onoki—, los negocios consisten en mirar hacia delante. Ryotenbin y Asociados es una empresa de alta tecnología en este nuevo milenio. Hay que evolucionar, no encallarse en el pasado.
—¡Yo no me encallo! Los antiguos diseños de Ryotenbin son fabulosos. No aprovecharlos sería un crimen.
—¿Tiene todo esto algo que ver con tu marido? —dice Onoki, como si lo entendiese de repente—. Su marido es promotor inmobiliario —explica a los demás, y se vuelve hacia mí—. Hinata-san, dicho sea con todos los respetos, no vas a salvar a tu departamento alfombrando un par de apartamentos de muestra.
Uno de ellos suelta una risita y a mí me entra un acceso de furia.
¿Alfombrar un par de apartamentos? ¿Es que sólo me creen capaz de eso?
Cuando sepan en qué consiste el acuerdo, cuando lo sepan…
Me enderezo con orgullo, dispuesta a decirlo y dejarlos boquiabiertos. Noto el hormigueo del triunfo, mezclado con una pequeña dosis de veneno.
Quizá Naruto acierta, quizá sí es verdad que tengo algo de cobra.
—Si quieren saberlo… —empiezo, con una mirada llameante.
Y entonces, de sopetón, cambio de idea.
Me detengo a media frase mientras reflexiono furiosamente. Noto que me retraigo y vuelvo a esconder las garras. He de aguardar el momento oportuno.
—Entonces ¿la decisión está tomada? —digo con voz de resignación.
—La tomamos hace tiempo —dice Onoki—. Como bien sabes.
—De acuerdo. —Simulo una enorme decepción y me muerdo una uña. Luego, bruscamente, vuelvo a animarme, como si se me hubiera ocurrido una idea—. Bueno, si no les interesa, quizá podría comprar los derechos de esos diseños. Para comercializarlos por mi cuenta y riesgo.
—Por los mil demonios—musita Onoki—Hinata-san, por favor, no pierdas tu tiempo y tu dinero. Tienes un puesto aquí, con muchas posibilidades. No hay ninguna necesidad de hacer un gesto como ése.
—Es que quiero hacerlo —insisto tercamente—. Yo creo de verdad en Alfombras Ryotenbin. Pero necesito el copyright de inmediato para cerrar este acuerdo.
Los directivos se miran unos a otros.
—Se dio un golpe en la cabeza en un accidente de coche —le susurra Onoki a un tipo que no reconozco—. No ha estado bien desde entonces. Es una lástima, la verdad.
—Resolvamos esto de una vez —dice A, con un ademán de impaciencia.
—De acuerdo. —Onoki se dirige a su escritorio, levanta el auricular y marca un número—. ¿Kurotsuchi?. Irá a verte una de nuestras empleadas para hablarte del copyright de un antiguo diseño de alfombra. Vamos a cerrar el departamento, como sabes, pero ella tiene una idea para comercializarlo por su cuenta. —Escucha un momento—. Sí, ya lo sé. No, no es ninguna empresa. Es una sola persona. Calcula el precio y prepárame los documentos, ¿de acuerdo?
Cuelga y me anota un nombre y un número en un papel.
—Kurotsuchi es mi nieta, la nueva abogada de la empresa. Llámale para que te dé una cita.
—Gracias. —Asiento y me guardo el papel.
—Por cierto… —Onoki hace una pausa—. Sé que hablamos de unas vacaciones de tres meses, pero creo que tu contrato aquí debería darse por terminado.
—Muy bien —asiento—. Lo comprendo. Adiós. Y gracias.
Mientras abro la puerta, todavía lo oigo decir:
—Es una verdadera pena. Esta chica tenía un potencial…
Me las arreglo para no dar saltos de alegría.
Cuando salgo del ascensor en la tercera planta, Ten-Ten está esperándome expectante.
—¿Y bien?
—No ha funcionado —murmuro mientras nos dirigimos a la oficina del departamento—. Pero aún no está todo perdido.
—Ahí esta. —Kabuto sale de su despacho en ese momento—. La chica de la recuperación milagrosa.
—No molestes —le espeto por encima del hombro.
—Entonces, ¿se supone que hemos de creer que has recobrado la memoria? — dice, sarcástico—. ¿De veras vas a ponerte otra vez al frente?
Me vuelvo y lo observo con aire inexpresivo.
—Déjame en paz, Kabuto-san —lo corto—. Puedes quedarte mi trabajo, si quieres.
Llego a la puerta de la oficina principal y doy unas palmadas para captar la atención general.
—Hola —digo, cuando la gente levanta la vista—. Quiero explicarles que no estoy curada. No he recobrado la memoria, eso no era verdad. He intentado hacer esta actuación con el fin de salvar el departamento. Pero… no lo he conseguido. Lo siento mucho.
Mientras me miran emocionados, me adelanto unos pasos y contemplo los escritorios, los gráficos colgados de las paredes, los ordenadores.
Lo retirarán todo y acabarán vendiéndolo a peso o tirándolo en contenedores. Este pequeño mundo habrá llegado a su fin.
—He hecho todo lo que estaba en mi mano… —Doy un suspiro—. En fin. La otra noticia es que estoy despedida. O sea que Kabuto, ¡El deber es todo tuyo! —Advierto el sobresalto que se lleva y sonrío—. Y a todos los que me odiaban o me consideraban una bruja implacable… —prosigo, repasando los rostros silenciosos— Les pido perdón. Sé que me equivoqué muchas veces, pero no era mi intención. Adiós y buena suerte a todos. —Saludo con la mano.
—Gracias, Hinata-san—dice Rin—. Gracias por intentarlo.
—Sí, gracias —interviene Sakura, que ha seguido mi discurso con los ojos como platos.
Para mi sorpresa, alguien empieza a aplaudir. Y de pronto, la sala entera está aplaudiendo.
—Bueno, no es para tanto. —Me pican los ojos y tengo que parpadear una y otra vez—. No he conseguido nada. He fallado. —Miro a Ten-Ten, que está aplaudiendo a rabiar—. En fin. —Procuro mantener la compostura—. Como digo, he sido despedida, así que me voy al pub ahora mismo a divertirme. —Una carcajada general—. Ya sé que sólo son las once pero… ¿alguien se apunta?
Ha sido una de las mejores fiestas que recuerdo. Cuando enseñé mi American Express de platino, el personal del pub puso la música a tope y nos sirvieron cosas para picar.
Ten-Ten pronunció un discurso y Hanabi organizó un concurso de karaoke, bueno, hasta que la gente del pub se dio cuenta de que es menor de edad y tuvieron que echarla. De todas formas le dije que volviera a la oficina y que nos veríamos allí, pero creo que se ha ido a alguna tienda.
Luego dos chicas que apenas conozco hicieron un número divertidísimo imitando a Onoki y A en una cita a ciegas. Ya lo habían hecho en Navidades, por lo visto, aunque naturalmente yo no lo recordaba.
A las tres, mi cuenta en el pub asciende a quizás cuantos yenes. Casi todos los empleados de Suelos y Alfombras han regresado ya a la oficina.
Cuando veo a un Kabuto alejarse muy irritado, pues se ha presentado varias veces durante las últimas cuatro horas para exigir a todos que regresaran a sus puestos, lo alcanzo.
—Kabuto-san, espera un momento.
—¿Qué quieres? ¿Seguir mofándote ahora?
—N-No. Solo quiero que sepas que a pesar de todo, te deseo buena suerte en tu futuro puesto. —El me mira incrédulo. —Probablemente te esforzaste mucho para conseguirte eso. Así que… ¿Sin remordimientos?
Kabuto se queda pensativo, sin duda no se lo esperaba. Pero que puedo decir, no quería dejar más cabos sueltos en mi vida.
—Si que eres otra persona, Hinata.
—La verdad…es que esta siempre fui yo.
—Gracias a eso, tengo un trabajo ahora, mejor remunerado— Me sonríe con sorna. —Sin remordimientos, está bien. —Da media vuelta y se va.
En fin, no esperaba más.
Todos se lo pasaron bomba; de hecho, la única que no se emborrachó del todo fui yo.
No podía, porque tengo una reunión a las cuatro y media con Konan.
Por lo mismo aproveche de conversar mucho con mis amigas. Y pude preguntar a Temari sobre nuestra relación en el departamento.
Finalmente era ella con quién mejor me llevaba en el Departamento de Suelos y Alfombras. Ella admiraba mi ímpetu y tomaba como desafío mi forma de impulsar al equipo.
Además, resulto ser que su apellido ahora es Nara, pues se caso con Shikamaru, quien fue novio de Ino hace un tiempo. Ellos empezaron a salir antes de que Temari se enterase de su pasado con Ino, pero ella me comento que en realidad la tenía sin cuidado. Estaba feliz por quien en algún momento fue su amigo y lamentaba que Temari tuviera que lidiar con el banquero perezoso ahora. No pude evitar reír a carcajadas ante la situación, mientras que el pequeño Shikadai reía imitándome. Es una ternurita.
Resulto ser que efectivamente el padre del bebe de Ino era el hombre con quien coqueteaba esa noche que tropecé buscando un taxi. Tienen una relación compleja desde que ella se embarazo, pues el no quiere ataduras y es todo un tema que debe resolver. Pero note que ella estaba un poco más optimista ante eso, después de todo no es el fin del mundo ser una madre soltera.
También, no pude evitar llenarme de vergüenza escuchando el final de la historia de nuestra última salida, la última que yo recuerdo al menos.
Luego de perseguir el taxi y caer, me ayudo a levantarme Sasuke, el novio de Sakura. Estaba con un traje formal, pues se había acercado al local luego de un día en el trabajo. El me vio correr a lo lejos y detuvo el taxi para mi, siendo lo que me pareció era subirse al taxi, fue en realidad preguntarle si se dirigía a Okubo. Finalmente el llevo a Sakura a su casa y el taxi lo compartimos Ten-Ten y yo. Ella me regañaba por no estar segura si tenía alcohol en mi kit de emergencias, para ponerle en la raspada que me pegue en las manos y rodillas.
—Bueno. —Interrumpe Ten-Ten, mientras alza su copa—. Por nosotras —dice, brindando. Estamos las cinco alrededor de una mesa. Como en los viejos tiempos.
—Por la cesantía—añade Sakura, quitándose del pelo una serpentina—. No es que te culpe, Hinata-chan —
Doy un buen trago de mi coctél de fresa y me inclino hacia delante.
—Bueno, chicas, tengo algo que decirles. Pero no pueden contárselo a nadie.
—¿Qué? —dice Ino con los ojos brillantes—. ¿Estás embarazada?
—¡N-No! —Bajo la voz—. He hecho un negocio muy importante. Es lo que intentaba contarle a Ryotenbin Onoki. Hay una empresa que quiere usar uno de nuestros diseños de alfombra de estilo retro. Digamos, una edición limitada que va a contar con mucha publicidad. Utilizarán un nombre que yo proponga y montarán una campaña brutal… ¡Va a ser increíble! Ya están decididos todos los detalles; sólo me queda redactar el contrato.
—Suena muy bien —dice Sakura, vacilante—. Pero ¿cómo vas a hacerlo si estás despedida?
—La dirección me va a dejar comercializar esos viejos diseños por mi cuenta. E incluso, si impulso un buen equipo, podrán hacerse rediseños a partir de los viejos y empezar una línea nueva. Por un muy buen pago. Lo lamento por Onoki-san, no tenía la visión de ello—Cojo unos cuantos maníes, pero vuelvo a dejarlos; estoy demasiado excitada para comer—. O sea, esto podría ser sólo el principio. Hay mucho material en el archivo. Si la cosa fuera a más, podríamos expandirnos y dar trabajo a más gente del equipo… convertirnos en una empresa…
—No puedo creer que no les interesara —dice Ten-Ten
—Ellos han dejado las alfombras por imposibles. Lo único que les interesa es la temática de los sistemas de entretenimiento doméstico. ¡Mejor! Me van a conceder una licencia para usar esos diseños por un precio irrisorio. Es decir, que todos los beneficios serán para mí. Y para quienes trabajen conmigo…
Las miro, una por una, a las cuatro, esperando que capten el mensaje.
—¿Nosotras? —A Temari se le ilumina la cara—. ¿Quieres que trabajemos contigo?
—Si les interesa… Piénsenlo primero, es sólo una idea. Tenía la idea en que Ino se encargaría de la publicidad y los diseños, pensaba en Sakura para el control de calidad por tu minuciosidad.
—Yo te diría que sí de inmediato...pero no se si pueda a tiempo completo, tu sabes, por Shikadai.
—Yo me apunto —anuncia Ten-Ten, muy resuelta. Abre una bolsa de patatas y se mete un puñado en la boca—. Quería aprovechar de dedicarme 100% al dojo, pero necesitaras a quien interactúe con los clientes. Temari es mejor que yo, pero puedo darles un apoyo temporal.
—Pensaba lo mismo. Si no es problema, me encantaría tenerte en este proyecto. Quizás, no lo se, si sale todo bien podría reinvertir mis ganancias para dedicarme al fin a la pastelería. Algo pequeño nada más, no quisiera volverlo un trabajo, sino más bien una profesión.
—Aaah entonces quieres cargarnos la responsabilidad a nosotras. Muy astuta, Hinata-chan.—Dice Ten-Ten.
—Ya saben cómo es la Cobra—Respondo, sonriendo.
Las chicas sueltan unas liberadoras carcajadas a las que me uno.
—Pero, Hinata-chan—Interrumpe Ino— Aún no entiendo qué pasó allá arriba.
—Es verdad—Dice Ten-Ten— ¿No reaccionaron cuando les dijiste con quién vas a firmar ese contrato? ¿Se los dijiste?
—Ni siquiera me lo preguntaron. —Me encojo de hombros—. Ellos suponen que es algún proyecto de Toneri. «¡No vas a salvar tu departamento alfombrando un par de apartamentos!» —digo, imitando el tonillo paternalista de Onoki.
—Bueno, ¿y quién es? —pregunta Sakura—. ¿De qué empresa se trata?
Miro a Ten-Ten y sonrío mientras digo:
—Porsche.
Bien, este fue el capítulo 17, donde se resuelve toda la temática sobre el trabajo de Hinata, y se aclaran cosas relacionadas con sus amigas :3
La verdad es que me da algo de pena que esto este por acabar en un par de episodios mas, pero me ha encantado realizar esta adaptación! :D
Les agradezco enormemente por sus reviews
Nos vemos en la proxima parte ;3
