Hellsing no me pertenece.


Año 2245, Inglaterra. (República Inglesa)

:- "Si, te entiendo"- caminó ágilmente evitando, en el proceso, pisar cualquier superficie mojada. No podía ensuciarse los zapatos nuevos.- "Sabes cómo es esto. A menos que me den lo que acordamos, olvídense del trato. No lo sacaré".

Escuchó un ruido, un tanto apagado. Miró distraídamente a sus extremos: nada. Se encogió de hombros y siguió caminando. Por alguna razón tonta tenía el presentimiento de que debía apurarse.

Aunque era imposible que algo le pasara. No a él.

:- "Muy bien, sabes que lo tengo cubierto"- caminó hasta su auto y colocó la llave de diamante en la puerta.- "Adiós".

Oyó, de nuevo, aquel ruido extraño. Un crujido, seguido por una maraña de dientes castañeando. O por lo menos eso fue lo que le pareció. En realidad, era algo indescriptible.

No era un idiota, pero aun así no pudo frenar su primera reacción.- "¿Quién anda ahí?"

Un momento de silencio, y un suspiro de alivio. Había estado bajo mucha tensión últimamente. El general lo tenía bajo su manga, pero se negaba a pagarle lo suficiente.

¿Acaso pensaba que iba a liberar a los criminales sin recibir nada a cambio? Aquel hombre estaba soñando. Era juez y tenía una reputación que mantener. Si iba a correr riesgos más bien hacerlo por algo seguro, no una promesa sin valor.

Lo escuchó de nuevo, esta vez más cerca. Con furia e irritación demandó:

:- "¡Sal y muéstrate, cobarde!"

Unos pasos, punta fina sobre el suelo, luego una risa. Coqueta y burlona. Si no hubiese estado enfadado seguramente se hubiese sentido persuadido, hasta encandilado.

La figura se quedó en la oscuridad, donde era imposible verla. Aunque alcanzó a notar la punta de sus botas, y una especie de brillo que destilaban sus ojos.

Dirían que estaba loco, pero juraría que aquellos eran rojos.

:- "¿Y tú eres quién para llamarme cobarde a mí?"- hubo un momento en el que dejó de respirar. Aquella voz dulce no sonaba a nada que hubiese oído en toda su vida. Otra risita burlona le siguió.- "Señor Spinoza…"

El hombre volvió a tensarse. No había oído a nadie llamarle por aquel apellido hacia años.- "¿Qué quieres?"

La mujer sonrió, personificando a la mismísima dama del alba.- "¿Ahora mismo…? Pues, tengo mucha hambre"

Steven la miró sin comprender, hasta que aquella seductora se dignó a salirse de las sombras. El hombre retrocedió, no pudo evitarlo.

Sonrió de nuevo, esta vez él pudo ver la locura reflejada en sus ojos al momento de hacerlo. Su cabello rubio adornaba su cara de porcelana, y de sus manos enguantadas se destilaba el olor a putrefacción, el rojo de la sangre.

:- "No, no puede ser"- había comenzado a alterarse. Debía llamar a un número de emergencia, el general, a la policía. A alguien que pudiese ayudarlo.- "Ustedes… ¡ustedes no pueden…!"

:- "Cierra la boca, basura humana"- la mujer se acercó tan rápido que ni siquiera puedo llegar a gritar. Con su mano blanca le cubrió la boca, luego se acercó para susurrar en su oído.- "Has sido alguien malo… muy malo. Por eso eres el elegido hoy, Steven. Tienes el privilegio de satisfacerme, ¿no es eso gratificante?"

Abrió los ojos como platos, ella volvió a sonreír.- "¿Últimas palabras?"

Intentó patearla, para luego salir corriendo. Ya no importaba a donde, solo sabía que debía alejarse de allí lo antes posible. La rubia sonrió, su cuerpo pidiéndoselo a gritos.

:- "Muy bien entonces"- jamás había visto a uno tan cerca. Aquellos colmillos parecían irreales, toda esa situación lucia así. Como si solo se tratara de un sueño. Volvió a ver esa última sonrisa demoniaca, hasta que la mujer vampiro devorara todos los restos de su alma.

:- "Quieti, non"- murmuró por lo bajo, arrojando el cuerpo hacia el otro lado del estacionamiento. Se relamió los labios mientras intentaba calmarse. Había logrado dominar no salirse de control, pero aun así todo su ser se lo pedía cada vez que sentía aquel impulso.

Hace mucho tiempo, antes de convertirse en una vampiresa completa, creyó que al hacerlo dejaría de estar en control.

Que equivocada había estado.

Caminó, a paso lento, por aquella calle vacía. No era un lugar frecuentado, aunque estaba segura que el equipo especial no tardaría en llegar. Estarían fascinados de ver otra vez un ataque hecho por una criatura de la noche.

Miró al cielo, una vez subida a los tejados, y sonrió.

Había luna llena.

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Año 1999, Inglaterra.

Corrió.

Ya no estaba segura donde, y estaba demasiado cansada y sin energía para transformarse, así que solo debía conformarse con correr. Escapar.

No morir.

Los oyó a la distancia. Aquellos gritos y los perros y las armas. No pensó que al volver a casa todo saldría así de mal. Nunca pensó que fuesen capaz de ocupar el palacio de Integra, de Hellsing.

Todo había acabado, hacía ya mucho tiempo.

Aunque Seras Victoria no estaba convencida a creerlo.

:- "¡Vamos, tiene que estar por allí!"

Se metió dentro de un callejón y rezó para sus adentros que ellos tomaran otro camino. Se tocó las heridas causadas por aquellos que sabían cómo dañarla, y rechazó aquel deseo palpitante proveniente de su parte oscura.

Necesitaba sangre.

Habían pasado más de cuarenta años y en todo ese tiempo Victoria no había tocado una gota de sangre humana.

Recurrió débilmente a la de algunos animales, aunque se arrepintió al instante. Y eso era todo. Había estado escondida en las sombras todo ese tiempo.

Sin Pip, sin Integra, sin Walter, y sin su Maestro.

Sin su hogar, sin propósito.

Solo el pequeño deseo de aun no morir. De querer vengarse de aquellos que habían caído.

Pero aún seguía muy débil. Si quería deshacerse de Anderson, debía estar fuerte. O por lo menos, lo suficientemente fuerte para mantenerse de pie.

Al escucharlos retirarse siguió su camino. Llegó hacia aquel cuarto abandonado que había bautizado como casa y se desplomó en el colchón que yacía en el suelo.

Ya no podía seguir en Inglaterra, era demasiado peligroso.

Tenía que hacer algo, tenía que volverse fuerte. Sin su Maestro, ya no tenía a nadie de guía para ayudarla a salir adelante. Debía hacerlo sola.

:- "Yo… no puedo…"

Sintió aquel hambre infernal atormentarla nuevamente mientras su cuerpo quemaba. No sabía qué hacer, ni a donde ir.

Solo estaba segura de una sola cosa:

Iba a acabar con Anderson.

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Disfrutó de la conmoción de los llamados "defensores de la paz" al encontrar el cuerpo del Juez más importante de la región.

Sonrió al verlos descubrir que había sido, indiscutiblemente, un monstruo quien había drenado su vida. Quien lo había enviado hacia la muerte.

No era la primera vez que Seras Victoria se deshacía de alguien importante, ni tampoco sería la última.

Elegía a sus víctimas con precisión. No cualquiera llegaba a su lista. Luego de aprender a controlar su sed, había logrado volverse una persona exquisita.

Consumía lo mejor de lo mejor. O, en la mayoría de los casos, lo mejor de lo peor.

Una risa se escapó de sus labios al ver a uno de los más importantes soldados llegar a la escena. Mano derecha del General, uno de sus próximos objetivos.

Había hecho lo posible, pero no había sido suficiente para evitar que la mierda de Anderson se siga reproduciendo.

Aunque, luego de tres siglos, su sed de venganza ya no estaba viva. Al contrario, se podría decir que la ex chica policía solo lo hacía por diversión, y por apetito.

Unos minutos después, comenzó a aburrirse. Siempre era lo mismo. Prefería ver los discursos del General de la paz por la televisión. Viendo como seguía engañando a todos, como lo harían hasta el fin de los tiempos.

O hasta que ella dejara de existir.

Caminó por los techos observando la ciudad, recordando viejos tiempos. Lo destrozada que había estado después de las guerras. Como aquel vampiro había disfrutado ver la muerte y la sangre.

En su momento, a ella le había causado repulsión. Ahora, le daba lo mismo.

Se podría decir que había perdido su humanidad, pero nunca al mismo nivel que Alucard.

Al hirvió dentro de ella al recordar ese nombre. Recuerdos mezclados con fantasías se hicieron presente en su mente. Ya no podía distinguir que era lo que sentía hacia su "Maestro"

Lo que si sabía, era que era mucho más poderosa que él. Y que jamás le perdonaría su falta determinación.

Si ella se hubiese convertido antes…

Sacó esos pensamientos de su cabeza mientras se dirigía a su pequeño "hogar". Ya no tenía sentido pensar en eso, era en vano.

Sonrió, sin embargo, al ver por las noticias su pequeño asesinato. Luego escuchó una canción melosa, que la acompañó mientras planeaba que haría los próximos mil años.

El que lo encuentra se lo queda, el que pierde, llora…

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Nunca pensó que fuese a estar orgulloso de aquella imitación barata.

Pero verla desde lo alto, riéndose a carcajadas mientras bebía de su víctima logró algo dentro de él. Una sonrisa se hizo presente en los labios.

Desapareció, intentando no dejar rastro. Había pasado mucho tiempo desde que su última interacción con la chica policía, y ese momento todavía no debía llegar.

Había esperado tres siglos, no le costaba nada esperar un poco más.

Pronto, Seras Victoria. Pronto…


Bien, si les soy sincera no pensé que regresaría a esta historia. Pero tuve un pequeño periodo de inspiración y esto fue lo que sucedió. ¿Qué les parece?

Espero leernos pronto,

-Vigigraz