Capítulo 3
"Caronte, el Señor de los Condenados"
18 de Septiembre del 1998
Fuera del Hospital, Tokio 15:15 PM
Lo que en algún momento fue una de las zonas más hermosas de la ciudad por estar tan cerca del mar, se había convertido en un campo de muerte y destrucción, los caballeros no podían levantarse pues habían recibido el ataque de lleno, pero al menos Atenea pudo proteger a las jóvenes mujeres que no podían defenderse.
En el medio de todo aquel diabólico escenario, Seiya había logrado golpear y atravesar la armadura de Eolo, habían caído sin prisa en el suelo, el dios del viento permanecía anonado, de la herida producida por el ataque de Seiya, surgía sangre a chorros, un hilo rojo escarlata bajaba de sus labios.
Pero el orgulloso dios no quiso admitir su derrota y le dio un puñetazo a Seiya en el estómago, empujándolo bastante lejos. Luego observó su herida, con un rostro aterrorizado, posó su mano sobre ella y vio como la sangre se adhería a su piel, su armadura había sido atravesaba por un simple humano.
Furioso se dirigía a Seiya, quien se levantó de inmediato, dispuesto a pelear, extendió su mano con la palma abierta hacia delante en la que concentraba los cuatro vientos, su cosmos se encendía con fuerza abrasadora, pero un aura mucho más terrible la bloqueó
- "Basta, Eolo. Has demostrado tu incompetencia, vuelve inmediatamente al Santuario" - dijo la misteriosa voz que parecía venir de todas partes -
Eolo: Pero... Febo, yo...
- "Haz lo que te digo" - ordenó cortando al dios del Viento - "Y vosotros, caballeros de Atenea, esto aún no ha acabado, yo demando el control de la Tierra y lo obtendré" -anunció, momento en que la presencia desapareció -
Eolo trastabilló, pero acabó bajando la cabeza en señal de abstención, la sangre comenzó a "introducirse" en la armadura, reparándola ante los ojos atónitos de Seiya. El dios dio media vuelta, pero el Pegaso no estaba dispuesto a dejarla marchar.
Seiya: ¡Alto! ¿Crees que te dejará marchar así como así después de lo que has hecho? - preguntó encendiendo su cosmos y haciendo los signos de su constelación -
Eolo: Je, con gusto te aplastaría como una rata Pegaso, pero no puedo desobedecer las órdenes del gran Febo Apolo, temo que tendremos que posponer nuestro combate para otra ocasión. - dijo sin voltearse -
Seiya: ¡Ni aún a un paso de la muerte dejaría que un asesino como tú saliera impune1 ¡Meteoros de pegaso!
Los cientos de golpes golpearon el suelo, pues en un parpadea, a una velocidad superior a la luz, Eolo despareció, Seiya cayó de rodillas exhausto.
Sala de Recepciones, Mansión Kido 16:15 PM
Seiya abrió los ojos con dificultad, lo primero que observó es a Shaina y Seika mirándolo con preocupación, nada más se despertó, Su hermana lo abrazó efusivamente, mientras que la amazona simplemente se alegraba tras su máscara de la recuperación del caballero.
El Pegaso se levantó inmediatamente, le preocupaban todos sus compañeros que habían recibido una gran paliza, por suerte todos estaban bien. Jabu y su cuadrilla eran los que peor estaban, con las armaduras prácticamente hechas polvo, Marin, June y Shaina estaban más o menos bien, aunque no del todo. Hyoga, Shiryu, Ikki y Shun estaban perfectamente, aunque algo cansados por el esfuerzo, pero sus armaduras estaban intactas, todos estaban al lado de Atenea, en sus típicas posturas, mirándola con preocupación.
La joven Saori Kido estaba también rodeada por Ellie, Mihó...y Tatsumi, el mayordomo de la familia Kido no paraba de maldecir, Seiya suspiró, acostumbrado a las tonterías de aquel tipo, le preocupaba más el estado de tristeza en que se encontraba Saori, se dirigía hacia ella con lentitud.
Seiya: Atenea... ¿Ocurre algo?
Tatsumi: ¡Pues claro que ocurre algo! ¿¡Qué demonios ha pasado patán!' ¡Qué habéis hecho a la Srta. Saori! ¿Eh? - gritaba rabioso -
Saori: ¡Calla Tatsumi! - ordenó con firmeza a lo que el mayordomo calló de inmediato - Caballeros, siento mostrar flaqueza ahora que parece avecinarse una batalla, pero algo me preocupa y tiene que ver con mi actitud con el dios Eolo...
Ikki: No veo que estuvo mal, aquel fanfarrón había acabado con la vida de decenas de inocentes sin remordimientos, tu actitud Atenea, al igual que la nuestra, fue correcta.
Shun: ¿Qué te preocupa Atenea? Dínoslo, por favor.
Saori: Veréis, desde la batalla contra el dios Hades, he tenido sueños extraños, con la Atenea de otra época. - los santos soltaron una exclamación de sorpresa al escuchar las palabras de la joven - Era una mujer muy diferente a mí, con el ímpetu de la guerra clavado en sus ojos, enfundada con mi armadura, el escudo de la justicia y una majestuosa lanza, a su lado estaba Niké en su forma antigua, y tras de sí los 88 caballeros del zodíaco preparándose para una guerra.
Hyoga: ¿Qué es lo que te preocupa de esos sueños? - todos estaban callados, pero con la misma pregunta en sus cabezas -
Saori: No me gusta la violencia, mucho menos la guerra, me gustaría que ni yo ni vosotros, mis caballeros, tuvierais que luchar, un mundo lleno de paz, y ese anhelo no es sólo mío, siento que viene de todas las reencarnaciones de Atenea que han luchado en la Tierra desde tiempos mitológicos.
Shiryu: A todos nos gustaría que eso pasara Saori, pero temo que siempre habrán dioses malignos, que no se conformen con lo que tienen y quieran conquistar este hermoso planeta que es tu responsabilidad defender y por lo tanto la nuestra. - Saori suspiró, sabiendo que las palabras del Dragón eran ciertas -
Touma, que al igual que Hyoga e Ikki estaba apoyado en una de las columnas del salón vio a Orestes enfundado con su resplandeciente armadura y su capa, su mirada era seria lo que en principio preocupó a Atenea.
Seiya. ¿Y bien? ¿A qué has venido? - preguntó con osadía poniéndose en posición de combate - Aunque nos hayas ayudado en dos ocasiones no podemos confiar en un guerrero de Abel.
Orestes: Je, tan osado como me dijo el Febo Abel, sin duda eres el más impetuoso... de todos los caballeros que ha tenido Atenea.
Seiya: No has respondido. ¿A qué has venido? - todos los caballeros, incluso Shaina y Marin que recién había entrado, lo observaban en ese momento, pese a no ser tan desconfiados como Seiya, tampoco eran ciegos y sabían bien a que atenerse cuando se trataba de un dios como Abel -
Orestes: Se aproxima una guerra Atenea. - empezó sin sorprender a nadie pues ya se imaginaban algo así - La más terrible, y sangrienta de todas las guerras, el despertar de los antiguos dioses del Olimpo se aproxima, y será en ese momento cuando la Tierra sea condenada, Apolo y Artemisa sólo son un aviso lo que ocurrirá, y es por ello que mi Señor, el Febo Abel ha decidido preparar un ejército de guerreros para atacar el Olimpo... - relataba, observando los rostros sorprendidos de los caballeros -
Jabu: ¿Atacar el Olimpo? ¡Es una locura! ¡Tu dios está loco! - gritaba sin asimilar lo que estaba oyendo -
Seiya: Concuerdo con Jabu, es un locura enfrentar a los dioses directamente, hasta ahora no nos han hecho nada.
Hyoga: A mi también me parece un acto temerario enfrentar a los dioses, sé que es nuestro deber enfrentar a aquellos que intenten usurpar la Tierra, pero luchar contra los dioses en el Olimpo es algo demasiado extremista.
Shiryu: Hasta ahora nos hemos enfrentado a dioses malvados y crueles, que ya habían intentado vencer a Atenea y sus caballeros en el pasado, Hades, Poseidón y Elisa, nunca fueron conformistas, siempre ansiaron más. Pero según la mitología, muchos de los dioses que viven en el Olimpo no son tan malignos. - reflexionaba mientras Orestes reía ante cada una de sus palabras -
Orestes: Caballero. Comparando a Hades y Poseidón con Zeus, me quedo con los dos primeros. - todos los allí presentes fruncieron el ceño ante tal afirmación, incluso Ikki - No conocéis todo lo que los dioses hacen detrás de la mitología. ¿Acaso creen que el hombre lo sabe todo de Zeus? No es más que un tirano, al igual que su padre Cronos y su abuelo, Urano.
Inmediatamente Saori se levantó, cambiando su expresión triste y preocupada, a una más seria y firme, su cosmos resplandecía y automáticamente apartaba a quien se ponía en su camino, para los caballeros, aquello era bastante extraño.
Saori: No te permitiré que hables así de mi padre, él es un dios buenos que se preocupa por la Tierra y sus habitantes tanto como yo, y fue por eso que me dejó al cargo de ella - sentenció sin vacilar -.
Orestes: Aún no sabes todo sobre Zeus, pero no es mi deber contártelo. Ese privilegio se lo dejo a mi Señor, el gran Febo Abel.
Ikki: Y dime una cosa... - empezó a decir, llamando la atención de todos pues era de los que menos había hablado en aquel momento - ¿Cómo piensas enfrentar a todo el panteón griego? Por muy poderoso que sea tu dios no creo que baste para enfrentarlos a todos.
Orestes: El gran Febo Abel busca alianzas con algunos dioses entre ellos estáis vos princesa. - contestó mirando a Saori -
Seiya: ¿Acaso tratáis de llevarnos a nosotros con vuestra locura? Con gusto enfrentaría a los dioses si fuera necesario, pero ellos no han venido aquí, por ahora nuestros únicos enemigos son Apolo y Artemisa, además Abel también odia a la humanidad.¿Por qué íbamos a unirnos a alguien que ha intentado matar a Atenea?
Orestes: Silencio Pegaso, estoy hablando con tu diosa, no contigo. - le dijo de mala manera, iniciando un pequeño duelo entre su cosmo-energía y la de Seiya -
A los caballeros les preocupaba la situación, a causa de los impulsos de Seiya, podían perder información valiosa sobre el enemigo e, incluso, ganarse más, si lo que decía el Corona era cierto, entonces, era mejor no buscar más rivales. Iban a intervenir pero Saori se les adelantó, su cosmos opaco de inmediato el de los contrincantes y encaró a Orestes.
Saori: No puedo aceptar unirme a mi hermano en tal cruzada, no deseo llevar a mis caballeros a otra guerra sin sentido, y haré todo lo que sea necesario para impedirlo.
El Corona no mostró signos de sorpresa antes las palabras de Saori, lo esperaba, de todos modos no era el momento para insistir en ello.
Orestes: Es su decisión, princesa Atenea, de todos modos, mi Señor me ha ordenado que me quede con usted para protegerla.
Seiya: ¿Qué estás diciendo? ¡No permitiré que te acerques a la princesa! - un nuevo duelo de cosmo-energías empezaba pero nadie movió un dedo para impedirlo -
Saori: Acepto la petición de mi hermano, puedes quedarte. - dijo Atenea, volteándose y saliendo del Salón - Pero ten en cuenta, que no cambiaré de opinión. - pese a que Seiya no estaba lo que se dice muy de acuerdo, no debía desobedecer las órdenes de la diosa -
Seiya: Como intentes algo malo, no dudaré en acabar contigo. - susurró -
Los caballeros de bronce siguieron a Saori de inmediato, Jabu y su cuadrilla se lamentaban de no haber aportado nada a la conversación, en aquellos momentos se sentían inservibles al ser los más débiles de entre los caballeros de la diosa. Shaina se había marchado para proteger la zona y Marin se acercó a Touma con la intención de preguntarle ciertas cosas.
Marin: Hermano. ¿Es cierto lo que ha dicho este caballero? ¿Los dioses planean atacar la Tierra?
Touma: Cuando Apolo me liberó me ordenaron simplemente acabar con los caballeros que habían levantado la mano contra los dioses, no hablaron de algo semejante. - contestó sin cambiar su posición reflexiva, apoyado a la columna -
Marin: Aún así creo que Orestes no miente, sentí que sus palabras eran ciertas y que no mentía. - aseguraba -
Touma: De todos modos, debemos estar alerta, nunca es bueno confiar en los dioses como Abel.
Marin asintió y ambos hermanos se dispusieron a ayudar en la protección de la mansión Kido junto a Jabu y su cuadrilla, la pelirroja se fijó en que June se había dirigido al jardín, donde estaban los demás caballeros de la diosa, Seika y Ellie habían sido acompañadas por Tatsumi a los dormitorio principales, cosa bastante extraña y sorprendente pero que ocurrió, Mihó, sin embargo, se fue con la mirada triste, Seiya había estado tan preocupado por Saori y sus compañeros que ni siquiera se dignó a hablarle y decidió ir pues en aquel lugar nada tenía que hacer, Shaina también sintió aquella falta de interés, pero su mejor forma de apaciguar el dolor era la lucha.
Gran Salón, Santuario del Sol y la Luna
El Santuario que durante más de 3000 años había resistido los embastes de toda clase de seres malignos y temidos dioses, había sucumbido ante el temible poder del Dios Sol, ahora las cosas habían cambiado radicalmente en el aspecto de aquel lugar sagrado.
El interior del Gran Salón estaba ahora dividido por una alfombra roja escarlata con bordes de oro macizo, el suelo plateado reflejaba la luz dorada que emitía el dios, sentado en su trono de oro pulido con respaldo en forma de lira, el lado izquierdo de la sala estaba ocupado por estatuas y demás objetos dedicados a Apolo, y la parte derecha estaba ocupada por los ornamentos ofrecidos a Artemisa, quien se encontraba a su lado en un trono más pequeño pero no menos impresionante.
Además de los gemelos, señores del Santuario y de la Tierra próximamente, habían otros dioses acompañándoles, dos de ellos eran ancianos: uno tenía la piel azulada, las orejas puntiagudas y era muy alto, armado con un báculo de coral que acababa en una gran aguamarina; el otro era más bajo, su barba estaba más poblada, además de su túnica tenía una capucha que cubría su calva, lo que más resaltaba de él era su nariz puntiaguda como la de la concepción de las brujas. Éste último estaba respaldado por un fornido dios de color enfundado en una armadura divina plateada bastante gruesa que lo cubría por completo, y por una mujer que también vestía una Kamei de plata pero más liviana, su pelo era rojo como la furia que era reflejada en sus ojos escarlata.
El último de los dioses que allí se encontraban era uno tan alto y poderoso como el mismo Apolo, vestía una túnica parecida a la del Dios Sol solo que el cuello era de un extraño "oro azul marino" con joyas incrustadas, su rostro no era ni muy anciano ni muy joven, su expresión era seria y misteriosa, sus cabellos eran de color azul pálido largo hasta el cuello y peinado hacia atrás.
Aparte de los dioses se podían notar sietes presencias de guerreros en las sombras que respaldaban al del pelo azul pálido.
El portón dorado de la entrada al Gran Salón se abrió con fuerza por un golpe de viento, un tornado formó de inmediato a un sudoroso Eolo, los dioses lo miraban desconcertados menos Apolo y el del pelo azul.
Eolo. Febo Apolo, he venido a traerle mi informe. - anunció hincando la rodilla en el suelo -
Artemisa: ¿Cómo osas venir en ese estado y hablarle así a mi hermano, Eolo? - preguntó con furia -
Eolo: Lo lamento, su alteza.
- No es propio del gran y recto Eolo comportarse así frente al Febo. - murmuró el anciano -
- Y mucho menos dejarse vencer por unos humanos. Je, je ,je. - reía el anciano de piel azulada -
Apolo: Palas, Proteo, callad. - ordenó al fin Apolo, haciendo que los ancianos dioses obedecieran de inmediato - No es necesario que nos expliques tu deshonrosa derrota.
Eolo: Pero, Señor...
Artemisa: ¡Calla! Escucha lo que te dice mi hermano. - ordenó -
Apolo: En todo caso, no puedo confiarte de nuevo la derrota de esos humanos. De ahora en adelante, esa misión será de mi más poderoso guerrero.
Los ojos de Eolo se abrieron como platos al contemplar la figura que salió tras Apolo, envuelto por un aura intensa de color anaranjado, estaba un caballero de armadura de oro escarlata con detalles más cristalinos, la armadura no era demasiado ostentosa, pero sería una kamei de no ser por la falta de alas, el tipo era alto, sus garras de color rojo escarlata eran lo suficientemente largas como para parecer cuchillas, su rostro era lo que menos concordaba con su aspecto, era un rostro tranquilo, con una sonrisa ligeramente soberbia con algo de ironía, su rostro era fino más no afeminado y parecía muy humano, incluso sus ojos llenos de ese brillo homicida que solían reflejar los asesinos, y su pelo plateado más o menos largo que le cubría el ojo derecho y que por detrás llegaba a la nuca.
Eolo: Se... Señor... Ese tipo es... - tartamudeaba temblando observando la tranquilidad de sus compañeros, demostrando que ya estaban enterados de que aquel ser estaba ahí -
Apolo: Un guerrero astral. - completó -
- ¿No me digas que mi sola presencia ha logrado aterrorizar a Eolo, dios del viento? - preguntó con ironía el guerrero astral, que ya no se encontraba junto a Apolo sino detrás de Eolo -
Al dios del viento no le agradaba la idea de que un guerrero astral estuviera ahí, pero lo que menos le gustaba era que todos parecían estar ,muy tranquilos, sabiendo que ningún dios menor puede compararse a uno de aquellos guerreros.
Eolo: Febo... Vuestro padre, el gran Zeus ordenó el encierro de los guerreros astrales. ¿Por qué está ahora entre nosotros?
Apolo: Pronto la profecía se cumplirá y los humanos se levantarán en nuestra contra, y si seguimos dejando que evolucionen podrían causarnos problemas. Por eso es que decidí liberar a los guerreros astrales para que se ocupen del problema.
Para Eolo, que era un dios realmente antiguo y sujeto a las normas más arcanas impuestas por Zeus, lo que le decía Apolo era realmente inquietante, ni siquiera en la situación más extrema Zeus habría permitido que se abriera una de las prisiones del Tártaro, y por eso no estaba tranquilo. Sin embargo, los otros dioses estaban fríos como el hielo, como si no les importara lo que pasaba.
- ¿Ocurre algo Eolo? - preguntó el guerrero - ¿No te ha convencido la explicación de Febo Apolo? - mientras hablaba, apretaba con sus garras la hombrera izquierda del dios, destrozándola cual papel -
Eolo: No es mi intención contradecir... Pero...
Apolo: Nada Eolo, Caronte se ocupará de los humanos. - le cortó - Caronte, haz lo posible para atraer a los santos de Atenea hasta este lugar, y ahí los destruiremos como moscas. - ordenó -
Caronte: Así lo haré Febo. - dijo soltando la hombrera de Eolo, quien cayó de rodillas exhausto, como si le hubiera destrozado el espíritu - Aunque es posible que los caballeros mueran antes de que pueda atraerles, je, je, je. - y luego, en un parpadeo, a una velocidad muy superior a la luz, el guerrero se volteó y salió corriendo en dirección a la mansión Kido-
Apolo sonrió, sabedor del temible poder de Caronte, y Artemisa no estaba menos confiada. Eolo prácticamente no podía levantarse y no pudo contemplar las miradas ligeramente preocupadas de Palas y Proteo, quienes se marcharon acompañados de sus guardianes, el dios de pelo azul pálido era el que no mostraba emoción alguna, él murmuró algo que hizo que tres de las sombras que los respaldaban siguieran a Caronte.
Mansión Kido, Tokio 17:15 PM
El hermoso cielo que hasta ahora había cubierto Tokio en aquella tarde de invierno se oscurecía, lenta pero inexorablemente por unas nubes no muy naturales, una lluvia torrencial respaldada por truenos como trompetas azotaba la capital de Japón. Desde el jardín Jabu y su cuadrilla lo observaran preocupados, ¿Sería aquello obra de Eolo?
La verdad es que los santos de bronce no estaban lo suficientemente preparados para otro enfrentamiento, y menos contra Eolo, pero Jabu estaba dispuesto a enfrentar a cualquier enemigo con tal de no perturbar la meditación de a princesa Saori, sabía que había reconstruido el planetario que fue quemado por el caballero de fuego tiempo atrás, y trataba de comunicarse con su sabio abuelo, mientras los demás caballeros de bronce la protegían desde dentro de la mansión, ellos tenían el deber de proteger la zona oeste del jardín.
De aquella oscura capa de tinieblas cayó un relámpago de color púrpura que arrasó con parte del jardín, quemándolo, los caballeros de bronce tuvieron que cubrirse para no ser arrastrados por el polvo levantado, poco a poco, el humo de la explosión se fue disipando, dando paso a un ser vestido con una capa oscura que lo cubría por completo, los santos estaban preocupados por su cosmos que, pese a ser terriblemente poderoso, no parecía maligno, pero no debían confiarse.
Jabu: ¿Quién eres tú? ¡Esto es una propiedad privada!- exclamó, a lo que el tipo reía en silencio -
- Necio, no creía que fuera así como la princesa Atenea respondía a los invitados de mi nivel, dejando a ratas de alcantarilla para darme la bienvenida. - dijo con sarcasmo, más extrañamente, sin desprecio en sus palabras -
Ban: ¿Pero qué se cree ese loco? - preguntaba sin esperar respuesta - Yo te enseñaré lo que puede hacer una rata. ¡Golpe de la bestia!
A gran velocidad, Ban arremetió contra la figura, iba tan confiado que algunos santos ya saboreaban la victoria, más no Jabu, quien había percatado de que algo extraño pasaba, y no se equivocaba, el puño del leoncillo fue atrapado sin esfuerzo por la mano del misterioso sujeto, el santo estaba pálido, había puesto toda su fuerza en aquel puño y sin embargo aquel tipo lo había soportado en una sola mano, rápidamente el encapuchado golpeó con la palma de su mano libre el estómago de Ban, empujándolo a varios cientos de metros.
Geki: In... creíble… - tartamudeó -
Ichi: No es para tanto. - miró a su compañero Naichi con complicidad -
Naichi: Entiendo. - ambos santos encendieron con fuerza sus cosmos preparados para arremeter -
Jabu: ¡Esperen! ¡No lo hagan...! - gritó, tratando de detenerles pero era demasiado tarde, los santos ya se habían lanzado al ataque -
Naichi: ¡Bomba mortal!
Ichi: ¡Garras venenosas!
Pese a que sus cosmos eran más ardientes que nunca, los ataques de los caballeros siquiera rozaron al sujeto, eran reprimidos por el cosmos ardiente que rodeaba al sujeto, un cosmos del color del sol. Las caras de ambos santos eran un poema, y más la de Jabu que se imaginaba las represalias que tomaría aquel sujeto.
- Ja, que tenga yo que presentarme ante semejantes gusanos. - dijo sin mostrar desprecio, cosa realmente extraña, pues sus sentimientos no parecían ser mostrados en sus palabras -
El cosmos ardiente que rodeaba al sujeto se encendió como una gigantesca llamarada que desintegró la capucha, un gemido de terror fue expulsado por los santos de bronce antes de ser arrasados por una explosión de energía que vino del encapuchado, esta vez Jabu y Geki no pudieron impedir ser arrastrados por el impacto que los empujó algo lejos pero no tanto como Ban, del que poco se sabía si estaba vivo o muerto.
Al levantarse, Jabu pudo contemplar el resultado de la explosión de cosmos que había provocado aquel sujeto, todos los alrededores ardían con un fuego tan intenso como el del mismo infierno, pero pese a todo el guerrero no trató de huir, con toda tranquilidad caminó hacia el frente, una vez fuera los santos de bronce pudieron contemplar al sujeto: un guerrero sin duda, enfundado en una armadura de colores oro y rojo escarlata mezclados en una divina combinación que hacía a su ostentosa protección aún más majestuosa, su rostro mostraba una leve sonrisa cuyo significado era inexplicable, pues no sabían si era de burla o por simple alegría.
Pero más que estar sorprendidos por el aspecto de aquel guerrero, estaban aterrorizados por su sangriento acto, con una simple explosión de cosmo-energía había desintegrado a Ichi y Naichi, de ellos sólo quedaba ceniza que era llevada por el viento hacia los cielos.
El santo del oso cayó de rodillas nada más levantarse al ver el panorama, sus compañeros de armas que siempre habían estado con él desde hacía ya casi dos años y que habían sido sus mejores amigos habían sido asesinados por aquel sujeto, y lo peor es que él no pudo hacer nada para evitarlo, jabu también sufría horriblemente por dentro, pero trataba de contenerse con mucha dificultad
Geki: No... Ichi, Naichi... No... ¿Por qué? - decía mientras lágrimas recorrían su rostro, la pérdida de sus compañeros le había afectado -
El sujeto se acercó al santo del oso como si nada pasara, Geki siquiera pudo moverse pues aún estaba en shock, ni todos sus músculos podían sellar sus buenos sentimientos, por mucho que entrenara siempre sería débil de mente, y eso era lo que le decía su maestro, aquellos pensamientos nublaban su mente, impidiendo que se enterara de los que sucedía.
- Basta de lloriqueos, me causas dolor de cabeza. - y tras decir aquellas palabras que sí mostraban un profundo desprecio, el guerrero pateó con fuerza el rostro de Geki, provocándole una contractura -
El fornido guerrero fue empujado cual papel varios metros, momento en que al fin despertó de su trance, pero antes de que pudiera hacer nada el guerrero le golpeó en la espalda antes de que tocara el suelo y, nuevamente, Geki se fue empujado esta vez a los cielos.
El guerrero afiló literalmente sus uñas de color rojo escarlata, a un tamaño inhumano, preparado para atravesar con ellas al santo de oso, pero Jabu surgió de la nada y trató de golpear al guerrero, gracias al efecto sorpresa lo consiguió, le dio un puñetazo certero al guerrero en el rostro, momento en que el caballero de unicornio sonrió confiado. Sin embargo, el guerrero no mostró signos de ninguna dolencia, ni siquiera movió su cabeza a causa del impacto, de un simple manotazo llevó a Jabu a la zona ardiente, donde el fuego lo cubrió de inmediato.
Aquella distracción que provocó Jabu, permitió a Geki caer en picado y escapar del destino que el guerrero le tenía preparado, se alejó a una distancia prudencial sin dejar su posición de ataque, sin embargo, el guerrero no parecía preocuparse de él sino que observaba como Jabu se levantaba de entre las llamas.
- Ja, parece que este fuego no es suficiente. A ver si podemos arreglarlo. - dijo mientras extendía su mano con la palma abierta hacia el frente -
Sorprendentemente, el fuego del incendio provocado por a anterior explosión se había intensificado hasta parecer el fuego del infierno, jabu gritaba al sentir las llamas que cada vez se volvían más letales, su armadura, sin embargo, se endurecía y era algo que el guerrero no parecía ver.
Geki: ¡Tú, asesino! ¡No le des la espalda a tus adversarios! - exclamó recibiendo un suspiro de desprecio de parte del guerrero, quien ni siquiera se dignó a voltearse - ¡Pagarás acara tu osadía bastardo! ¡Furia salvaje!
El caballero de bronce trató de embestir como si fuera una bestia salvaje al guerrero, pero éste lo repelió con su cosmos, dejándolo esta vez inconsciente y con la armadura destrozada, mientras el misterioso enemigo seguía encendiendo aquel incendio como si fuera un horno.
Pero llegó un momento en el que Jabu, aún con las quemaduras y el dolor, se dio cuenta de que su armadura se fortalecía cada vez más, en aquel momento se quedó sorprendido, pues sabiendo que todo su cuerpo debería estar destrozado prácticamente había dejado de sentir el dolor de las quemaduras, sin pensar en lo que había pasado, jabu se abalanzó sobre el guerrero pero una vez más éste último se anticipó a agarró con facilidad su puño.
Jabu: Gracias por la ayuda... Mi armadura estaba débil y destrozada... y tus llamas la han endurecido. - decía confiado mientras hacía presión para destrozar las defensas de su adversario, pero sin resultado -
- Ja. ¿De modo que crees que no sé que mis llamas, el fuego del Sol, fortalece las armaduras? - la expresión de jabu cambió a una de preocupación - Verás, da igual cuan resistente sea tu armadura, ni siquiera una de oro te serviría contra mí.
Jabu dejó una distancia prudencial, sabedor de que su fuerza no valía en contra de aquel sujeto, y lo que más le preocupaba es que no estaba usando todo su poder, su cosmo-energía apenas era percibida, lo que le dio a entender que sólo estaba jugando con él.
Jabu: ¿Qué has dicho? - preguntó de forma agresiva mientras adoptaba una posición de defensa -
- Simple, sé muy bien cual es la constitución de vuestras armaduras ,y cual fue el fuego que se utilizó para forjarlas, y que ahora sirve para endurecerlas, las llamas del volcán sagrado no son comunes pero no se compara con las del Sol. - jabu escuchaba todo atentamente, mientras trataba de encontrar una estrategia para vencerle - Mi protección se conoce como "alba", una de las nueve armaduras que Febo Apolo le entrega a sus mejores caballeros, los guerreros astrales. Nuestras armaduras, al estar bañadas por el mismo Sol, son completamente indestructibles, tanto como una kamei.
El santo de unicornio se quedó pálido al escuchar las palabras del misterioso guerrero, sabía bien que las kamei, eran armaduras bañadas por la sangre de un dios y sólo las portaban aquellos guerreros que hubieran alcanzado el Octavo Sentido, también sabía de su resistencia, si aquel sujeto tenía una protección parecida, entonces nada podía hacer contra él.
Sin embargo, aquellos pensamientos se disiparon al recordar quien era y cual era su deber, proteger a Atenea y a la Humanidad con su vida, el santo del unicornio elevó su cosmos a niveles que a él mismo le sorprendía, mientras sentía una cálida sensación recorriendo su cuerpo, sin más se lanzó en contra de su enemigo.
Jabu: ¡Galope del Unicornio!
A una velocidad tres veces superior al sonido el caballero se dispuso a atacar a su adversario, sin embargo el ataque fue esquivado por éste, pero el orgulloso guerrero no estaba dispuesto a admitir la que su adversario era mucho más veloz y siguió golpeando, cintos de golpes a velocidad supersónica golpeaban el vacío mientras el guerrero simplemente esquivaba todos los golpes con irritante facilidad.
Jabu empezaba a ponerse exhausto y dejó de nuevo distancia entre ellos, ¿por qué no venía nadie? Estaba seguro de que debía estar pasando algo raro, pues Seiya y los demás ya deberían darse cuenta de lo que estaba pasando, pero jabu trataba de quitar esos pensamientos de su cabeza, él también era caballero y no necesitaba la ayuda de nadie para cumplir su deber.
Una vez más, el santo de Unicornio trató de golpear al sujeto quien, aparentemente aburrido de jugar, le agarró por el cuello apretando con bastante fuerza, por muchos intentos que hiciera Jabu para golpearle, no podía, a través de su mano, el cosmos flamígero del guerrero quemaba al santo, quien poco a poco perdía los sentidos.
- Cómo te dije, da igual cuanto se endurezca tu armadura, ni cuanto eleves tu cosmos, de todos modos tus sentidos te han abandonado y las quemaduras se hacen cada vez más insoportables. Estás acabado aunque, en compensación por tu esmero, te daré una muerte rápida e indolora.
Un crujido de huesos fue la señal de que jabu había muerto, el sujeto le había partido el cuello en un parpadeo sin miramientos, luego se volteó, observando la suntuosa mansión Kido frente a la parte Este del jardín.
- "He perdido mucho tiempo con esta escoria, debe ser que hace tiempo que llevo encerrado en el Tártaro. Bueno, a menos eso santos de pacotilla me sirvieron de estiramiento" - pensó mientras sonreía para sí -
Sin embargo, pese a que el guerrero ya estaba seguro de su victoria, no había bajado la guardia y supo cuando un Ban magullado venía a gran velocidad listo para tratar de golpearle nuevamente. Sin perturbarse, el guerrero soltó su capa que cubrió a Ban y lo esquivó en un movimiento digno de un torero más que un luchador.
Mientras el leoncillo trataba de zafarse de aquella capa, el guerrero no esperó ni un segundo y le destrozó la espalda a ban de un fuerte codazo para luego machacar le con una paliza que destruyó en menos de un segundo su armadura, la sangre atravesaba el fino tejido de la capa mientras el guerrero preparaba su técnica, su garras comenzaron a irradiar una luz escarlata intensa.
- ¡Por los colmillos de cancerbero! - el ataque fue directo y atravesó a ban como si fuera papel, la capa fue destruida por la intensidad del cosmos del guerrero quien observaba al santo completamente desangrado - Tranquilo, te daré una muerte sin sufrimientos, es mi especialidad. - le dijo sarcástico al caballero de Atenea, quien soltaba horribles gemidos de dolor que no parecían afectar al despiadado asesino -
El guerrero astral sacó rápidamente su brazo del pecho de ban, la herida era muy profunda y no paraba de salir sangre, sin embargo ban estaba conmocionado por la rapidez y los continuos golpes tan brutales que había recibido y no era consciente de sus heridas. Con ambas manos, el guerrero no solo le partió el cuello, sino que le arrancó la cabeza de cuajo, provocando que saliera un chorro de sangre que pronto baño todo el cuerpo inerte de ban, que seguía en la posición de rodillas que había adoptado tras los primeros ataques.
El sanguinario asesino observó por momentos la cabeza que acababa de separar del cuerpo del santo y luego la tiró, como un niño que se aburría de un juguete viejo. Esta vez, sin interrupciones, corrió a la parte este del jardín, iba a tal velocidad, que dejaba un ligero incendio a sus pasos.
Mansión Kido, Antesala del Planetario
Ajenos a la masacre que se había formado en el jardín a las afueras de la mansión, los caballeros Shun, Hyoga, Shiryu y Seiya esperaban impacientes que Atenea saliera del Planetario, la joven diosa había podido reconstruirlo después de un año de los ataques del Santuario y ahora trataba de volver a contactar con su abuelo, que tantos buenos consejos le había dado aún después de su muerte.
Orestes también se encontraba ahí pero más apartado, y no sólo físicamente sino también en mente, trataba de pensar en las palabras que dijo su Señor y que lograron hacer llorar a un dios, no sabía quien era la madre del Febo Abel y la princesa Atenea, solamente sabía quien era su padre y hasta el momento eso bastaba, se preguntaba si alguno de los santos lo sabía pero no le gustaba tratarlos, la mayoría le parecían o impulsivos o demasiado cobardes.
Mientras Hyoga y Shiryu observaban a Orestes preocupados por si era o no sincero, Seiya ya lo juzgaba con mucho recelo, no le gustaba que Abel y sus caballeros estuvieran cerca de Saori, y esos sentimientos se acentuaban al recordar los sucesos del pasado, y teniendo en cuenta que Orestes era incluso más poderoso que Atlas. Shun estaba más preocupado por los habitantes de Tokio que por Orestes, no sabía porque pero confiaba en sus palabras, sin embargo los sucesos de la batalla contra Eolo y las miles de muertes le hicieron pensar en que si seguían en Tokio posiblemente acabarían por provocar una batalla más sangrienta que acabaría con la vida de muchos inocentes.
Al caballero de Andrómeda le preocupaba también el hecho de que su hermano se había ido de nuevo, diciendo que "tenía que ver a un viejo amigo", cosa extraña en medio de una batalla semejante pero Shun sabía que su hermano era así.
Para Orestes no pasaban inadvertidos los pensamientos de desconfianza de parte de los santos, que eran reflejados en su mirada, incluso en la de Shiryu que estaba ciego.
Las puertas que daban al planetario se abrieron dando paso a un decepcionada y a la vez preocupada Atenea, la joven diosa casi se desmaya pero Seiya pudo atraparla a tiempo, Saori kido parecía desvanecerse a causa de un dolor que le destrozaba el alma, los santos se acercaron a ella de forma automática mientras Orestes sólo la miraba con el rabillo del ojo algo interesado..
Seiya: ¿Ocurre algo Atenea? - preguntó con preocupación -
Saori: ¡Oh Seiya, siento como las cosmo-energías de Jabu y los demás se apagan! Se están muriendo... - dijo mientras caía en brazos de Seiya, desvanecida a causa del dolo que le producía las muertes de sus fieles caballeros -
Shiryu: Sí, yo también lo siento, sólo siento la cosmo-energía de Geki. - apuntó -
Hyoga. Eso quiere decir... - reflexionaba -
Shun: Que Jabu, Ban, Ichi y Naichi han muerto. - terminó mientras los rostros de los cuatro caballeros se volvían pálidos y sombríos -
Seiya: Shun, cuida de Atenea. - pidió a lo que el santo de Andrómeda asintió de inmediato -
Sin más Seiya se fue de la sala lo más deprisa, seguido por Shiryu, Hyoga y Orestes, todos habían sentido en aquel momento una fuerte elevación de cosmo-energía que extrañamente no habían captado anteriormente.
Oeste del jardín, Mansión Kido
El misterioso guerrero, manchado por la sangre de sus víctimas, caminaba sin prisas hacia la Mansión Kido, pero una lluvia de meteoros cortó su paso, al esquivarlo no pudo salvarse de que una misteriosa amazona lo golpease con sus garras, que sólo llegaron a rozarle su armadura, al final, un látigo lo golpeó de lleno sin hacerle ningún daño.
Dejando cierta distancia el guerrero no adoptó ninguna posición, permanecía firme en un estado que no tenía puntos flacos por donde atacar, ante sus ojos, dos amazonas de plata y otra de bronce lo encaraban.
- Vaya, primero los pequeños y ahora las señoritas. ¿Cuándo enfrentaré a los hombre de la casa? - preguntó con ironía -
Las amazonas, que no eran otras que Shaina, Marin y June, levantaron la guardia pues sentían que aquel sujeto les iba a atacar.
Shaina: ¿Quién eres tú que profanas la casa de la diosa Atenea? ¿Y que has hecho con los caballeros de bronce?
- Bueno, la verdad es que a diferencia de los demás, yo considero que es bueno saber el nombre de tu verdugo... Soy Caronte de Plutón, guerrero astral al servicio de Febo Apolo, y he venido a por la cabeza de vuestra diosa y la de sus caballeros.
Notas del Autor:
Y aquí les dejo un nuevo capítulo de mi fic, Juicio Divino. Espero que las escenas sangrientas protagonizadas por este nuevo enemigo no les haya disgustado en gran medida, les aseguro que no se harán muy frecuentes, al menos en esta primera saga .En cuanto a lo del planetario, no sé si Saori se comunicaba realmente con el espíritu de su abuelo pero en mi fanfic pongo que sí y tendrá mucha relevancia esta sal. A lo mejor se pregunta que hacen todos esos dioses junto a Apolo, pues son los que se me ocurrieron para que esta historia no sea tan típica, para dar matices, ya se explicará que hacen dioses marinos y demás al servicio del Dios Sol ¿Quién será el misterioso dios que acompaña a Apolo y a Artemisa? ¿Podrá alguien enfrentar al temible Caronte? ¿Quiénes serán los guerreros que siguieron a Caronte? Todas estas respuestas y muchas más (o menos) serán respondidas en el próximo episodio. "El secuestro de Seika". Dudas, críticas y comentarios a: lordomegawanadoo.es "
