Capítulo 10
"El Oro Impío"
El Fuego de la Casa de Cáncer se está extinguiendo
Quedan 8:25 horas para la muerte de Atenea
Tierras Heladas de Asgard, Norte de Europa
Asgard, Tierra Sagrada regida por el cosmos del dios Odín, de n hermoso paraje que escondía el peor de los tormentos, sus habitantes debían sacrificarse, viviendo bajo las tempestades del clima nórdico, para proteger a los que gozaban de la calidez del Sol.
Una joven de apenas 15 años era la que debía guiarlos, sufriendo igualmente la tortura del frío eterno de su tierra, ella era Hilda de Polaris, representante de Odín en la Tierra.
Sus rezos hacían posible la ayuda de Odín, que con su cosmos, mantenía la temperatura necesaria para que los polos no se derritieran, y evitar una catástrofe.
Sin embargo la joven Hilda, sabía que algo extraño estaba sucediendo, el Sol emitía una luz intensa, mayor a la que ha irradiado desde el principio de los tiempos, el clima se hacía más cálido y las tierras heladas de Asgard empezaban a derretirse... ¿Serían acaso inútiles sus rezos ante el juicio final? ¿Odín los había abandonado a merced de los demás dioses?
La representante de Odín miró hacia atrás, lo primero que vio fue a su querida hermana Flare, quien tosía continuamente, pero sonreía cuando ella la miraba preocupada; luego observó a sus camaradas, realmente admiraba el valor de los asgardianos al quedarse ahí, con ella, rezando por la salvación de un mundo condenado por los mismos dioses.
De pronto varios soldados que estaban merodeando la zona por la seguridad de la princesa Hilda, levantaron sus lanzas y se colocaron en puntos estratégicos. El más fornido de ellos, que parecía ser el líder, mantenía entre sus enormes brazos un hacha de doble filo, y observaba con furia lo que ocultaba la niebla helada de aquella zona.
Hilda abrió completamente los ojos ante la majestuosidad del cosmos que surgió de la niebla, surgida de las continuas tormentas de nieve y granizo que solían azotar aquellas tierras, era tal su magnificencia, que se comparaba con el mismo Astro Rey, su cosmos de hecho, era tan cálido como la estrella que calentaba el duro clima del Norte, los ciudadanos, por primera vez en meses, sonrieron y acercaron sus manos y rostros a su "benefactor", Hilda no sabía de quien se trataba, no le recordaba a ningún dios nórdico ni Olímpico, sin embargo, tal grandeza sólo podía pertenecer a...
Hilda: ¿Quién eres? ¿Apolo? - preguntó, insegura de si había acertado -
De la calma y calidez que había irradiado su cosmos desde su llegada, surgió una furia incontenible que alejó a los asgardianos, temerosos del poder de aquel ser, sus cabellos azulados se elevaron y sus ojos se abrieron enormemente mostrando su furia, sin embargo, luego los cerró y sonrió, calmando su cosmos, algunos de los guardias se habían quedado petrificados y ya daban pasos hacia atrás, más no el jefe de ellos, que más bien deseaba dar un paso adelante y enfrentar a aquel ser.
- Me resulta divertido que me comparen con mi "querido" hermano... - dijo con tono cínico, marcando especialmente la palabra querido, con aires de sarcasmo -
Hilda. "¿Hermano? ¿Entonces él es...?" - se decía, nerviosa -
- ¡Maldito! ¿Quién eres tú que osas pisar esta Tierra Sagrada? - exclamó el grandullón que portaba el hacha de doble filo, al tiempo que cinco soldados alzaban sus armas esperando cualquier orden de ataque -
- ¿¡Cómo osas hablarle así al Gran Febo Abel!? - exclamó furioso un ente ataviado en una túnica tan blanca como la nieve que reinaba en el lugar, que le cubría todo el cuerpo y cuya capucha escondía su rostro -
- Parece ser que los asgardianos son tan irrespetuosos como esos santos de bronce... - mencionó otro ser vestido igual que su compañero, pero a diferencia de éste, él estaba a la izquierda del hombre de cabellos azules -
El gigante estaba furioso por la actitud de los visitantes, pero era conciente de que no debía hacer nada antes de que la princesa Hilda lo ordenase, sin embargo, se puso en alerta, e indicó a los guardias que lo imitaran.
Hilda: ¿Conocéis a los santos de bronce? - pregunto, extrañada -
Un tercer ser ataviado con las mismas túnicas blancas que los que decían conocer a los santos, se acercó a una asombrosa velocidad frente al gigante; sin más agarró su enorme arma y la giró, haciendo que el mastodonte cayese sin más en la fría nieve. Tras observar detenidamente el arma de su "adversario", la tiró como un despojo al suelo congelado, cerca del gigantesco jefe de guardia.
Muchos soldados estaban paralizados pero cinco valientes se lanzaron a por quien había humillado a su jefe, sin embargo con un simple ademán el guerrero ataviado con túnicas blancas venció a los guardias usando su cosmos, incluso los que no se habían movido recibieron parte del ataque pero al menos ellos sobrevivieron, los que trataron de atacar al ser dormitaban inertes por la blanca nieve.
El guerrero sonrió e hizo ademán de querer volver con su Señor, pero de pronto el gigantesco jefe de guardia se lanzó sobre él con su arma en alto, él volvió a sujetar el hacha pero esta vez, su enemigo estaba haciendo presión y sabía que no le resultaría tan fácil tirarlo, ambos contendientes sudaban sangre por ver quien sucumbiría a aquel pulso, pero una orden del líder de los guerreros de blanco paró la contienda.
- ¡Atlas basta! No deseo que manches este reencuentro con los dioses del Norte con la sangre de un simple soldado. - ordenó el dios cuyo cosmos era reflejo del Sol -
El misterioso guerrero paró la presión dejando que el arma del jefe de guardia destrozase su ropaje blanco, dejando ver a un caballero de armadura anaranjada, con cierto tono dorado, sus cabellos rubios y su rostro se mantenían calmados pese al hilo de sangre que corría por la frente del guerrero, producto del golpe recibido, sin más dio media vuelta, inclinándose frente a su dios ante la mirada furiosa de un ignorado guerrero.
Atlas: Mi Señor Abel... No podía consentir el trato que te han dado estos renegados, quienes sufren el ser ignorados por un dios débil que se inclina temeroso ante el poder de Zeus...
- ¡Maldito! ¿¡Te atreves a afrentar al dios Odín, regidor de Asgard!?'? ¡Con gusto volveré atacarte con mi poderosa hacha que fue fabricada por los mejores herreros de estas tierras, en las llamas del volcán!; y te aseguro que no sólo destruiría unos simples ropajes! - aseguró entre gritos el gigante a lo que Atlas sonrió -
Hilda: ¡Vladimir! - exclamó severa, haciendo que el jefe de guardia se calmara, pues parecía ansioso de querer aplastar a Atlas -
Abel: Así debe ser joven Hilda, calma la furia de tus bárbaros guerreros y escúchame, sólo yo puedo salvar al pueblo de Asgard de la locura de mi hermano Apolo.
Hilda: ¿De qué... hablas? ¿Quién eres? No conozco a ningún dios llamado Abel... - preguntaba confundida -
Vladimir: No se presione princesa, debe ser algún heraldo del dios Apolo que viene a engañarnos pero estoy seguro que la grandeza de nuestro Señor Odín nos protegerá de estos seres malvados.
Atlas: Blasfemos...- murmuró con una sonrisa, sin mostrar rabia ni voltear a ver a Hilda y su guardián Vladimir, los soldados sobrevivientes ya se habían marchado ante un ademán de su princesa - Se lo dije Febo Abel, estos bárbaros jamás entenderán la debilidad de su dios, Odín es incapaz de levantar su rostro frente al Padre... No es más que un cobarde.
- ¡Calla renegado! ¡Garra de la Sombra del Tigre Vikingo!
Un rabioso cosmos en forma de tigre negro atacó de pronto a Atlas, por un momento éste trastabilló ante su misterioso atacante pero luego se puso en posición de combate esperando recibir todo el poder del cosmos agresivo que se avecinaba, pero una cadena de brillo dorado se le adelantó y apresó al guerrero.
Las cadenas apresaron tan fuertemente al tigre negro que empezó a brotar sangre, su manto divino empezó a resquebrajarse frente a la atónita mirada de la princesa Hilda, quien veía como uno de sus antiguos guerreros divinos yacía frente al poder de los caballeros de Abel.
Hilda: ¡Bud! - exclamó preocupada, viendo como el dios guerrero de Alcor Zeta caía desfallecido tras el estrangulamiento de las cadenas doradas del Sol, sin dudarlo un instante corrió a sujetarlo, y reconfortar sus heridas con su cosmos - ¿Por qué lo has hecho?
Bud: No... podía permitir.. Que estos seres insulten a Odín... Yo siempre... soñé... con ser un dios guerrero... y proteger a.. Nuestro Señor... - decía agitado, la princesa usó su cosmos para dormirlo puesto que su heridas no eran graves pero necesitaba reposo, luego miró con furia a Abel -
Atlas: No necesitaba de tu ayuda... Clea... Caballero de la Corona de Abel... - murmuró molesto -
De entre los dos caballeros de la Corona, que aún no habían mostrado sus rostros, surgió la última de los coronis, Clea de la Corona Austral, una guerrero de pelo lila y corto, aunque algo extendido hacia delante, la parte izquierda de su cabello cubría su frente blanquecina, y rozaba sus fríos ojos azul turquesa, sus labios cerrados ensalzaban la seriedad del rostro de la más fiel guerrera del Febo Abel, su armadura resplandecía a la par de su compañero Atlas, y sobresalían las dos cadenas de la Corona Austral, que habían aprisionado a Bud de Alcor, y que casi habían extinguido su vida.
Clea no respondió ante las palabras de Atlas de Karina, en realidad, nunca había dicho una palabra desde que formaba parte de la Orden de la Corona, su sola mirada era la única respuesta que recibían aquellos que osaban dirigirse a ella, que tan solo respondía ante su Señor.
Abel: Espero, princesa de Asgard, que esta brutal violencia innecesaria haya calmado los bárbaros instintos de vuestros guerreros, no os preocupéis, el dios guerrero de Alcor no morirá, al menos si escucháis lo que debo deciros.
La princesa Hilda, se levantó, ya que estaba inclinada sobre sus rodillas asegurando un breve descanso al dios guerrero, una mirada suya bastó para que los asustados aldeanos se retirarán a sus casas, dejando aquel asunto entre dioses y caballeros, su hermana Flare hizo ademán de querer quedarse, pero Hilda le lanzó una mirada severa, era evidente que Flare no se sentía bien, y debía resguardarse del frío... y de los peligros que corrían los que se estaban cerca de los dioses, sin ser sus aliados, Abel miró por el rabillo del ojo a la hermana de la representante de Odín con interés, su enfermedad podía ser una gran carta a su favor.
Hilda: Os escucho, y espero que en cuanto acabéis, vos y vuestros caballeros os larguéis de estas sagradas tierras, y olviden la idea de volver. - respondió tajante -
Abel: Como deseéis. - dijo sin trastabillar ante la actitud valiente de Hilda - Supongo que ya os habréis enterado de la decisión de los dioses... - la princesa Hilda se interesó en lo que Abel decía, la decisión que los Olímpicos habían tomado con respecto al destino de la Tierra la había trastornado durante días - La Tierra está condenada, y eso sólo significa una cosa: Ha comenzado la Guerra Santa predestinada por el Padre del Porvenir y Progenitor de los Cielos, de quien procede la estirpe divina: Urano.
Hilda: ¿Guerra Santa? ¿Habláis de una guerra fomentada en una premonición de un dios anciano perdido en el paso del tiempo? Conozco la historia de los dioses, y sé que las profecías de Urano sólo provocan batallas innecesarias y sangrientas.
Abel: Sería mejor que pensaras antes de hablar así de nuestro antepasado, él hizo los Cielos donde mi padre reina, y profetizó que yo heredaría su legado, YO, el Dios Sol, descendiente de Zeus y Metis; sólo yo y mi hermana merecemos el trono del Universo, y no sus bastardos...
El cosmos de Abel volvía a volverse violento, ardiendo de tal forma que el suelo que pisaba empezaba a ser agua hirviente, sus tres caballeros lo observaban preocupados pero fue Clea la que posó su mano sobre el hombro de su Señor, calmándolo; la misma Hilda, que pese a tratar de guardar la compostura no podía dejar de temblar ante la inmensidad del cosmos del hijo de Zeus, se había sorprendido de lo persuasiva que había sido Clea como para calmar a Abel, en su cabeza batallaba toda la información que había recibido de Abel, y sus deseos de guerra... ¡No! Él no buscaba una guerra, buscaba la sangre de los dioses, la sangre de SU PADRE, de nuevo la profecías de Urano ennegrecerían otro capítulo en la historia del Olimpo.
Hilda; No entraré en discusiones sobre quien debe reinar en el Olimpo, esos asuntos no nos conciernen a los asgardianos, nuestro único deber es mantener vivos a los seres que pueblan este hermoso planeta, nuestro sacrificio lo hace posible y una guerra sólo lo hace inútil, lo que tu propones es una carnicería que sólo traerá sangre y muerte a ambos bandos, incluso si vencieras, la Tierra estaría completamente desolada, y el Olimpo destruido. ¿Es ese tu sueño Abel? ¿Reinar en un cementerio? ¿Crear un Hades eterno? - preguntaba inquisidora, a lo que Abel tardó en responder, siempre en aras de mantener la compostura -
Abel: Es un Hades lo que mi Padre planea crear, su orgullo le impide aceptar la grandeza que ha adquirido la Humanidad, yo en cambio, he descubierto que incluso los dioses debemos inclinarnos ante la evidencia, este planeta les pertenece a los humanos, Seiya y sus compañeros me lo demostraron al vencerme hace apenas un año.
Hilda: Sabias palabras de un dios que se ha dado cuenta de los errores de sus antepasados, o necia vocación de un hipócrita que sólo aspirar al poder. - sentenció con frialdad -
El dios Abel se acercó en apenas un segundo ante la princesa Hilda, su estatura opacaba a la adolescente representante de Odín, sin embargo, Polaris no trastabilló en sus palabras y miró directamente al hijo de Zeus, éste simplemente sonrió.
Abel; No me interesa lo que piense la representante de un dios renegado... - la princesa de Polaris abrió su boca aspirando todo el aire que pudo, ofendida por las extrañas palabras del dios - Déjalo... sólo eres una cría, jamás entenderías lo que en verdad es tu dios Odín. Mucho tiempo llevan ya estas absurdas conversaciones entre un dios y una mortal. ¿Escucharás mi propuesta?
Hilda dudó un momento, dio varias vueltas en círculo, rogó a los dioses pero parecían no escuchar sus plegarias, observó con tristeza las heladas estepas de Asgard, varias lágrimas brotaban de sus ojos, maquillando su rostro.
Hilda: Te escucho...
Monte Etna, Isla de Sicilia
Cuentan las leyendas que, en las profundidades del Monte Etna, en la Isla de Sicilia mora el alma del más temible de los monstruosos gigantes, descendientes de Gea y Urano: Tifón, y que las continuas erupciones que expulsa el volcán son fruto de los gritos de furia del gigante, deseoso de tomar venganza contra los dioses que destruyeron su cuerpo: Zeus y Atenea.
En las faldas del volcán, bajo las sombras del gigantesco Monte Etna, podía vislumbrarse a un misterioso caballero, enfundado en la armadura bronceada del fénix. El santo de Atenea más solitario, reflexionaba si había sido lo correcto abandonar momentáneamente a sus compañeros durante semejante batalla, sólo por un simple presentimiento.
Ikki "Shaka... ¿Dónde estás? ¿Cómo es posible que me hallas llamado si tu alma ha sido encerrada? Pero, si no fue él. ¿Quién pudo haberme contactado?" ¿Quizás el enemigo" - reflexionaba en solitario mientras se acariciaba la barbilla - ¡No puedo pasar toda mi vida pensando! He de entrar en ese volcán y recoger el "Oro Impío", tal como me dijo Shak.. Quien quiera que sea el que me lo haya llamado.
El santo se dispuso a escalar el volcán, pero el sonido de pisadas mezcladas con los golpes de un bastón sobre el suelo de ceniza llamó su atención, el caballero dio media vuelta y se puso en posición de combate.
- Je, je, je. Tranquilo joven, no voy a hacerte daño. - dijo la voz apacible del que podría ser un anciano desde las sombras -
El caballero de Atenea no cambió su postura hasta ver al extraño, se trataba de un anciano ataviado de varias túnicas viejas y llenas de polvo, de cabellos azul grisáceo y pronunciada barba blanca, sus ojos, pese a parecer cansados, mostraban una calma que aseguró al joven santo que aquel anciano no era su enemigo.
Ikki: ¿Quién eres? - preguntó algo tosco, como era normal en su personalidad -
- Oh, nada importan los nombres. ¿Acaso un valeroso santo de Atenea como tú recordará a este pobre viejo cuando pase el tiempo? - preguntó, satisfecho
del rostro sorprendido del santo - Te he estado observando y no creo que te convenga volver a intentar entrar al volcán por el cráter.
El santo observó las quemaduras en sus brazos y rodilleras, nunca había sido tan difícil para él entrar en un volcán, no después de su entrenamiento en la Isla de la Reina Muerte, pero no cabía duda de que las llamas de Etna lo habían rechazado en más de una ocasión.
- Supongo que sabrá que es aquí donde el herrero de los dioses, Hefestos, forja las armas y armaduras de aquellos que sirven al Olimpo, también es el hogar de los cíclopes, protegidos del dios. ¿Aún así desea entrar en ese volcán?
Ikki: He de reconocer que eso no lo sabía, lo único que me habían dicho de este lugar es que aquí dormita el alma de Tifón, el más temibles de los gigantes. - contestó fríamente -
- Así es... Pero no vale la pena temer a los muertos, es mejor temer a los vivos. - citó sonriente -
Ikki: Basta de charlas. ¿Sabe usted como entrar en el volcán o no? - preguntó con tosquedad -
- Mmm... Depende.. - murmuró con la mano en la barbilla -
Ikki: ¿¡De qué!? - exclamó, levantando sus brazos en posición amenazadora -
- De lo que sea que estés buscando. - contestó divertido, no parecía temer al santo del fénix -
Ikki: Estoy buscando algo llamado: Oro Impío. - contestó algo hastiado ante la tranquilidad del anciano - Y he de encontrarlo cuanto antes, mi hermano me necesita.
Mansión Kido, Tokio, Japón
Mientras se desataba la batalla por el destino de la Humanidad los caballeros que sucumbieron frente a Caronte de Plutón se restablecían de sus heridas, Marin fue la primera en levantarse pero su madurez le hizo obviar la idea de ir junto a sus compañeros, con sus heridas sólo sería una carga para ellos.
Nada más salir vio como Tatsumi enterraba el cadáver decapitado de Ban, pese al semblante serio característico del mayordomo, notó una profunda tristeza en la mano derecha de los kido, ni siquiera pudo encontrar los restos de Ichi y Naichi, aquello era sin duda una tragedia.
La amazona de plata suspiró, nunca había visto un ser tan despreciable después de su batalla con Jagi, sin embargo precisamente la brutalidad de ese gigante nefasto le impidió tener armadura, pero Caronte sí poseía una, y muy poderoso. ¿Qué méritos pudo hacer para que un dios, que supuestamente debería velar por el Orden Cósmico, le otorgase tal poder? ¿Acaso no habría sido siempre así el caballero astral? ¿El poder lo habría corrompido? Aquellos pensamientos hicieron pensar mucho a Marin, sobre si en verdad los dioses tenían la razón en querer destruir a la Humanidad y a los santos.
- Vaya Marin, veo que ya te habías recuperado. - dijo una voz adolorida a espaldas de la amazona -
Marin dio la vuelta, sobresaltada debido a su ensimismamiento, pero se tranquilizó al ver que se trataba de Jabu, a la santa de Águila se le formó una sonrisa al saber que su compañero de armas pronto se recuperaría, claro que ésta se escondía tras su máscara de plata.
Marin: ¿Jabu? ¿Te encuentras bien? No deberías haberte levantado... - aconsejó preocupada, sabedora del afán luchador que albergaba el santo de Unicornio -
Jabu: Tranquila. - dijo sonriente, mientras se acercaba a Marin a duras penas, sujetándose en un par de muletas - Sé bien que en este estado, jamás podría hacer nada contra... Los caballeros de Apolo pero, aún así, siento una gran impotencia por no poder tomarme la revancha con el infeliz de Caronte.
Marin: Te entiendo, pero estoy segura de que los caballeros de bronce podrán vencerle, siempre han salido adelante en las situaciones más comprometidas. Sólo recuerda la Batalla de las Doce Casas, donde los caballeros se enfrentaban a los más poderosos de la Orden, y aún así lo dieron todo para salar a su diosa y el mundo.
Jabu: Aún así - interrumpió - si todos los caballeros astrales son como Caronte, no creo que sea nada fácil, ni siquiera los ataques de aquel dios me afectaron tanto como sus golpes, siento algo... inhumano en ese ser. ¡NO! Más bien... Siento como si su cosmos estuviera... No sé... - decía dudoso, siendo interrumpido por Marin, que parecía saber a lo que se refería -
Marin: ¿Corrupto? Sí, algo he sentido, la maldad que emana su cosmos supera la que vi en sus ojos, sin embargo, no era simplemente maligno era algo...
- ¿Señor Jabu? ¿Ya se encuentra bien? - preguntó Tatsumi con voz fría y oscura, mostrando una profunda tristeza tras el enterramiento -
Jabu: Claro Tatsumi, pero temo que no podré ayudar a la princesa. - respondió, entre feliz y apesadumbrado -
Tatsumi: ¡No se preocupe! - exclamó forzando una sonrisa, y tratando de buscar esperanzas - Seguro que esa panda de holgazanes regresa con la princesa sana y salva, siempre lo hacen... más les vale que esta vez eso no cambie...
Jabu asintió, sonriendo por las cosas que decía el mayordomo, sin embargo Marin volvió a sus pensamiento, preocupada por el destino de su hermano.
Marin: "Hermano, te lo ruego cuídate" - rezó con tristeza -
Templo de Curación, Santuario del Sol y la Luna
Junto al Gran Salón y el sagrado palacio del Patriarca, lo poco que quedaba intacto de la parte interna del Santuario eran las Casas de Curación, famosas por otorgar una recuperación rápida a los caballeros que habían caído heridos en combate protegiendo a la diosa Atenea.
Ahora se había erguido como un templo, en representación a la diosa de la luna, Artemisa. Prácticamente se había convertido en un segundo lugar de adoración para la poderosa olimpiana de la cacería, aunque también era usada como centro de curación para los caballeros de su hermano Apolo.
Tal era el caso del dios de la Fuerza, Kratos, que llegó con un brazo amputado y sosteniendo en el hombro el cuerpo calcinado de Touma de Ícaro, cuya mente había sido profanada previamente por el último de los Guerreros Profundos: Dagón del Brujo del Mar.
La diosa Artemisa recorrió con la mirada todo el recinto, buscando al ángel olímpico, que descansaba junto al dios Kratos, la hermana de Apolo se sentía cada vez más extraña ante la enorme preocupación que sentía por el bienestar de aquel humano... ¿Acaso estaría enamorada? ¿Ella? ¿Artemisa, diosa de la pureza y enemiga del matrimonio?
Detrás de ellas surgieron algunas ninfas y musas, asustadas por el arranque de ira del dios Apolo, ellas se ocupaban de atender a los heridos, sin embargo, quien de verdad hacía todo el trabajo era una joven de que apenas debía pasar los diez años, no sabía exactamente por que pero, aquella chica estaba cuando Atenea le cedió el Trono de la Tierra, y no se negó a servirles, aunque tampoco parecía guardar fidelidad por nadie, era como sí ella simplemente estuviera ahí, estática, ayudando a quien lo necesitara sin preguntar por qué estaba herido o quien lo manda.
Se acercó lentamente a Touma, con una mirada llena de temor, no por el poder que había explotado hacía unos instantes sino por la posibilidad de que no sobreviviera, la diosa de la caza acarició con suavidad el rostro semi-quemado del ángel y lo beso en la frente.
- Se puede saber... ¿Qué estás haciendo hermana? - pregunto una voz omnipotente a espaldas de la diosa -
Artemisa volteó sorprendida, para toparse con la imponente figura de su hermano, más alto que ella, y a su mirada regida por el fuego más intenso jamás concebido.
Riscos de la Locura, Templo Misterioso
Cuando estaban a punto de iniciar el combate, tanto los caballeros de Oro como Shiryu y Seiya sintieron como el cosmos de aquella amazona de oro que protegía las puertas del templo misterioso. Los santos de bronce se dieron cuenta enseguida de que Leo y Capricornio eran los más afectados.
Anteo: ¿Escorpio ha... Muerto? - preguntó al aire con los ojos en blanco, no de tristeza sino de sorpresa -
Ángel: ¡Imposible! Esos engendros salidos del infierno no han podido vencer a mi hermana... ¡Ella les da mil vueltas! - exclamó furioso, al tiempo que sus cabellos se alzaban al son de su cosmos dorado -
Baal: Santos mal nacidos, no son más que simples asesinos. ¡Juro por los dioses que ese maldito que se atrevió a matar a mi maestra lo pagará con cada gota de su sangre! - juró dirigiéndose a la salida del coliseo -
Arles: ¡Baal!
El gritó del Patriarca paralizó a Baal un momento, sin embargo, el caballero no volteó a verle sino que esperó a que aquel hombre que portaba el traje del Sumo Pontífice le dijera lo que él ya sabía.
Arles: Como Oficial en Funciones del Nuevo Santuario, te exijo en el nombre del Sumo Pontífice que sigas los juegos tal y como el Maestro ha ordenado. - exigió con voz autoritaria, contrario a lo que mostraba su rostro sudoroso -
Seiya: "¿Oficial en Funciones? ¿Acaso Arles, el hermano del Sagrado Patriarca que fue suplantado por Saga hace quince años, era a la vez el caballero de plata de Altar, como Nicole? Pero no entiendo. ¿De qué nuevo Santuario habla? ¿Del de Apolo? ¿Para que necesita Apolo al Patriarca?" - se preguntaba confundido, al mismo tiempo que Shiryu ahondaba más en la conversación entre Baal y Shiryu -
Shiryu: "¿Los juegos? ¿Acaso este hombre piensa que, el hecho de que, la vida de la diosa a la que juró proteger estuviera en peligro, era un juego? Nunca supe que personalidad tenía Arles pero... Debe haber algo raro. Ese hombre, su actitud cínica no concuerda con el miedo que irradia su cosmos. ¡No! No miedo... Ese hombre está... ¡ATERRORIZADO!"
Baal: Yo sólo obedezco órdenes directas del Maestro, no del hermano de un maldito asesino. - respondió con rabia sin voltear, por lo que Kraynak decidió intervenir -
Kraynak: ¡Baal! El Sagrado Patriarca ha cedido poderes a este hombre, no puedes hablar en ese tono al Caballero de Altar. - apuntó con seriedad y en un tono imponente -
Seiya: "¡Lo sabía!" - pensó en silencio, golpeando la palma de su mano derecha con el puño izquierdo -
Ángel: Es el deber de un buen hermano vengar a su hermana, y esa fue una lección que el Maestro me inculcó con sangre, el pecado de ese infeliz debe ser purgado en mis manos. Sentenció de manera cortante mirando al patriarca de reojo, en realidad, su rostro no parecía querer deformarse en ira, tal como le pasaba a Baal -
Arles: No consentiré la desobediencia, si salís de aquí, el Gran Maestro lo sabrá, lo juro por Estigia. - sentenció el Patriarca, levantándose bruscamente de la silla, haciendo que Shiryu pudiese percatarse de la oscura sombra que lo vigilaba -
Baal: Le presentaré mis disculpas al Gran Maestro, junto a la cabeza de ese maldito. - aseguró -
Y así, los dos caballeros de oro salieron del misterioso templo ante la furia de Arles, que por supuesto se contraponía con el terror mostrado en su rostro, Kraynak simplemente negó con la cabeza.
Arles: Arg, la insubordinación es algo imperdonable en la Orden de la Caballería... - comentó hastiado mientras se volvía a sentar - Aún así, decreto que los juegos deben comenzar. ¿Cástor?
El caballero de Géminis asintió sin siquiera mirar al caballero de altar. Extendió sus brazos con las palmas abiertas frente a los cuatro guerreros, y empezó a encender su cosmos a un nivel que sorprendió tanto a los santos de bronce como a Anteo.
Anteo: Pero... ¿¡Qué demonios es ese cosmos!? - exclamó consternado -
Kraynak: ¿Así que esto es el Arayashiki que sólo cinco caballeros de oro llegaron a dominar durante la Antigua Guerra Santa? - soltó, sin esperar respuesta alguna -
Seiya: ¿Qué? ¿Acaso antes que nosotros, otros santos habían alcanzado el Octavo Sentido? ¡No tiene sentido! - exclamó sin entender como la octava conciencia, que era característica de los dioses, había sido obtenida por otros caballeros -
Kraynak: Es simple, solo hay una forma de derrotar al Rey del Infierno en su territorio, y es alcanzando la Octava Conciencia, el Arayashiki, de ese modo, los santos podemos atravesar el abismo y vencer a las fuerzas del mal. Hace más de doscientos años; Cáncer, Libra, Aries, Géminis y Piscis alcanzaron el Octavo Sentido y, junto a la diosa Atenea, encerraron a Hades otros 243 años hasta la llegada de la próxima Guerra Santa.
Seiya: Pero... ¿Por qué los dioses nos castigan? ¿Por enfrentar a dioses ambiciosos que sólo desean acabar con la paz de Atenea? ¿Son así de egoístas los dioses? ¡¡RESPONDE!! - exigió encendiendo su cosmos más allá de los siete sentidos, alcanzando el arayashiki -
Kraynak: ¿De modo que vos también poseéis el arayashiki? - comentó ante la elevación del cosmos de Seiya - Muchacho, habéis enfrentado a los dioses, y por vuestra osadía, la humanidad está condenada, aún así, seguís luchando y ofendiendo a quienes nos han creado, no comprendo como la sabia diosa a la que un día protegí puede estar de acuerdo con un actitud tan soberbia.
Seiya: Aunque nos hayan creado, aunque hayan construido el universo con sus propias manos... ¡¡NO MERECEN NUESTRA SUMISIÓN!!
El grito del Pegaso fue precedido por una explosión tan poderosa de cosmos, que iluminó el coliseo interior, dejando atónitos a los enemigos, la figura del legendario pegaso reinaba en aquel lugar, al tiempo que cientos de meteoros golpearon a Kraynak lanzándolo por los aires, Anteo trató de atacar al santo de Pegaso por la espalda pero Shiryu se valió de una poderosa patada para contrarrestarlo, los meteoros lanzados por el caballero de bronce aún seguían una trayectoria directa hacia Arles, sin embargo el que se hacía llamar Cástor de Géminis se interpuso, lanzando por fin la misteriosa técnica que había estado preparando.
Cástor: ¡Realidad Alterna! - gritó con voz de ultratumba, precediendo a la ruptura del espacio que provocó, abriendo una especie de brecha que se tragó a todos los allí presentes -
Antaño Bosque Ilusión
Los generales marinos decidieron tras un consenso no tratar de inmiscuirse en el combate entre su dios y sea quien sea su enemigo, por lo que estaban decidiendo a donde debían ir.
Isaac: Siento que en un lugar no muy lejos de aquí,, los caballeros de Ofiuco y Oso se están enfrentando a dos enemigos de gran poder.
Kanon: Así es, pero no son tan poderosos como los que ahora mismo enfrentan Seiya y Shiryu. - añadió con seriedad -
Sorrento: Mmm, quizás deberíamos dividirnos en dos grupos, propongo que yo, Krishna, Eo y Baian, vayamos a ayudar a Shaina y a Geki, y que el resto se dirijan a apoyar a los caballeros de bronce. ¿Están de acuerdo?
Kanon: No tengo ningún problema, pero yo iré sólo. - apuntó fríamente, elevando su cosmos y dirigiéndose hacia donde estaban Seiya y sus compañeros, sin decir adiós -
Kayssa: ¡Qué arrogante!
Isaac: Tranquilízate Kayssa. Me parece bien la distribución que has hecho Sorrento, así podré averiguar que es lo que ha pasado con Hyoga, hace tiempo que no siento su cosmos.
Krishna: Un momento, aún queda Tetis. - puntó -
Los generales marinos agacharon la cabeza cabizbajos , sobretodo Sorrento, por un momento todos habían olvidado a la sirena, que había demostrado tanto o más valor que ellos mismos.
Sorrento se fijó en que la joven guerrera de los mares ni siquiera se había percatado de la conversación entre los siete generales, seguía observando con melancolía la esfera de Neptuno, con lágrimas en sus tristes ojos; con una actitud fraternal, el general marino se acercó a Tetis.
Sorrento: No te preocupes, es un dios, da igual que su rival sea un caballero astral, Poseidón vencerá.
Tetis: Ya... Me estaba preguntando. ¿Quién saldrá de esa esfera, Julián Solo o Poseidón, nuestro Señor? - Sorrento quedó aturdido por la pregunta por lo que dejó de mirar a la sirena para observar la esfera energética -
Sorrento: ¿Sabes? Desde la primera guerra sagrada he luchado al lado de Poseidón, podría decirse que soy el más antiguo de los generales marinos, nunca en mi vida he dudado entre mi dios y el hombre a quien señaló como su encarnación, sin embargo, estos meses al lado de Julián, me han confundido tanto que...
Tetis: ¿Qué?
Sorrento: Espero de corazón, que el ser que salga de esa esfera, sea Julián Solo, y no Poseidón.
La sirena Tetis quedó asombrada por la afirmación de Sorrento, era como si todas sus dudas se despejaran, la hermosa joven sonrió feliz, acto que fue imitado por el general y que acabó en una sonora y agradable sonrisa.
Isaac: Vaya, en medio de la mayor de las Guerras Santas y estos dos muertos de risa... - comentó con una sonrisa los labios -
Eo: Será que están enamorados. - soltó de pronto, haciendo que algunos generales se sonrojaran -
Kayssa: Pues yo aseguraría que la sirena apunta un poquito más alto. - contradijo con una sonrisa maliciosa -
Baian: ¡Kayssa, ni te pase por la cabeza hacer una de las tuyas! - gritó de forma autoritaria -
Kayssa: ¿¡Qué!? Yo no traiciono a mis compañeros. - aseguró desafiantes -
- Vaya, vaya, vaya, que bonita sorpresa. - dijo una voz cínica que hizo que todos los generales se pusiesen en guardia, mas sólo Sorrento mostró sorpresa ante la visión de aquel ser -
Sorrento: No... No puede ser... T... Tú... - tartamudeó aterrorizado -
Cinturón de Hipólita
Alrededor de los antaño campos de entrenamiento de caballeros femeninos, o amazonas, las dos guerreras más poderosas del Viejo Santuario se debatían en un duelo a muerte, al tiempo que Geki esquivaba sin cesar las terribles llamas del caballero del fuego.
- Ja, ja, ja. Aunque sea sólo un caballero de bronce al igual que tú, gracias a la bendición de Apolo mis llamas arrasarían hasta la más resistente de las armaduras. - aseguró el caballero de Fórnax, eufórico, arrasando los alrededores con bolas de fuego -
Geki "Argh, maldita sea, ese bastardo tiene razón, sus bolas de fuego podrían fulminarme con sólo un roce. ¿Qué debo hacer? ¡Atenea guíame!" - pensaba mientras esquivaba los embistes de su adversario -
Era increíble la persistencia de Gyste, pese a que su armadura era de bronce y Shaina era una amazona de plata, la feroz guerrera no estaba dispuesta a ceder. De repente Shaina pudo atacar uno de los puntos vitales de su adversaria, pero ésta desapareció de forma instantánea.
Shaina: ¿Qué? ¡Maldición! Está usando la técnica de la ilusión. - murmuró, adoptando una posición más defensiva -
Por unos instantes, la amazona se mantuvo quieta, sin siquiera moverse, esperando que su adversaria atacase primero, de pronto vio el momento oportuno, Gyste se abalanzaba de frente a por ella, la santa de plata se dispuso a atraparla con sus "Garras Trueno", y fue en ese momento que se dio cuenta de su error, aquella mujer a la que había atacado era una mera ilusión, y la verdadera pudo atacarla por la espalda gracias a su distracción.
Gyste: ¡Garra del Diablo! - gritó, sin llegar a sorprender a Shaina que ya sabía en lo que había equivocado, el feroz ataque raspó su espalda provocando que la amazona plateada cayese rendida al suelo -
Shaina: A... Atenea.. No... Puedo.. Fallarte.. - tartamudeaba al tiempo que trataba de levantarse, pese a las terribles heridas que salían por todo su cuerpo -
Gyste: ¡Shaina! Por mucho que lo intentes jamás podrás vencerme en esas circunstancias. ¡Desiste! - rogó, con tono preocupado -
Shaina: ¡No está en el diccionario de los caballeros de Atenea la palabra"rendirse"! ¡Prepárate Gyste! ¡Voy a concentras mi cosmos más allá de los seis sentidos y alcanzaré la Séptima Conciencia aunque me cueste la vida!
Gyste dudó, la tenacidad de Shaina pese a las mil heridas que tenía era incluso mayor que la que ella había demostrado, se sentía empequeñecida ante el valor y el coraje de la que fue su única amiga en el Santuario.
Shaina: ¡Furia Relámpago!
Ante la sorprendida Gyste, el cosmos de Shaina se tornó dorado, Fórnax y Geki pararon su combate ante tal despliegue de cosmos, de las manos de la amazona plateada surgieron corrientes de electricidad de alto voltaje, la antaño líder de los caballeros de los abismos puso sus brazos en cruz y elevó su energía, aún sabiendo que el ken de su adversaria la destruiría.
Durante apenas una fracción de segundo, recordó toda su vida, no tan larga como esperaba, pero sí intensa. La muerte de sus padres tratando de salvar un arrecife infectado por el petróleo, su llegada al Santuario, el como la maltrataban sus compañera, la amistad de Shaina, el exilio a la Isla Espectro y, finalmente, su lucha contra aquel valeroso caballero... Seiya de Pegaso.
Cuando los primeros golpes desgarraron su armadura y rompieron su máscara, dejando ver su hermoso y joven rostro, se podía contemplar una sonrisa de satisfacción, el ken de Shaina fue letal y la expulsó cientos de metros lejos, la amazona de Ofiuco, agotada, cayó inconsciente al suelo.
Gyste: Shaina... - murmuró adolorida, agarrándose su abdomen que no cesaba de sangrar - Has sido muy valiente... Estoy... Segura... De que los caballeros de Atenea... Podrán... Proteger la... Tierra...
Y así, la guerrera cayó inerte al suelo, ahogándose en un pequeño charco de sangre, con un aspecto reprobable, mas una sonrisa en el rostro.
Notas del Autor:
Saludos a todos los que aún lean esto, jajaja, bueno, en este capítulo traté de hacer un poco hincapié en personajes que tenía olvidados (Jabu, Marin, Ikki...) y en el tema Abel, como ven, este dios jamás cambiará, siempre será así de "mal chico" y parece ser que los asgardianos se meterán en esta guerra sin cuartel. Espero que les haya gustado este capítulo, porque el próximo estará aún mejor: "¡Secretos del Pasado! La Tragedia de Lemuria". Dudas, comentarios, insultos a: lordomegawanadoo.es
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