CAPÍTULO 7

Unos veinte minutos tardaron en llegar a la casa del tal Andrew, y al contrario de lo que esperaban la suya era una casa muy modesta, incluso algo pobre, algo que no encajaba para nada en todo aquello. ¿Cómo alguien con una casa tan pobre podía permitirse comprar una figura tan cara? Se bajaron del coche y tocaron a la puerta, pues no tenía ni tan siquiera un timbre. Pasados unos segundos sintieron unos pasos en el interior de la casa que se acercaban hacia la puerta y luego se pararon, seguramente para observar por la mirilla de quién se trataba esa visita. Seguidamente se abrió la puerta, al otro lado había un hombre de unos 60 años alto, con un ligero sobrepeso y con el brazo derecho en cabestrillo.

- ¿Qué desean? – preguntó el hombre.

- ¿Es usted el señor Andrew Johnson? – preguntó Booth.

- Sí, soy yo.

- Soy el agente Booth, del FBI – dijo Booth por enésima vez en el mismo día y mostrando su placa – y ella es mi compañera, la doctora Temperance Brennan, del Jeffersonian.

- ¿FBI? – preguntó el hombre extrañado – Bueno, pasen – dijo cediéndoles el paso hacia el interior de la casa.

Ninguno de los dos daba crédito a lo que vieron cuando pasaron a la casa: la decoración de la misma no tenía nada que ver con su aspecto externo. Si en la fachada lo que prevalecía era la pobreza, el interior emanaba lujo y riqueza a raudales. Sus caras de asombro no pasaron desapercibidas para el hombre.

- ¿Sorprendidos? – dijo riendo ligeramente -. Siempre he dicho que este es el mejor camuflaje para la riqueza, vivir en un barrio pobre. Ningún ladrón pondría su vista en esta casa al verla desde la calle, ¿no creen?

- Es cierto – dijo Temperance -. Es muy bueno.

- ¿Qué le ha pasado en el brazo, señor Johnson? – preguntó Booth señalándole su brazo en cabestrillo.

- Oh, me fracturé el húmero hace un mes, tras una caída tonta – le respondió.

- En condiciones normales ya esa fractura habría curado, – contaba Temperance – pero al tener osteoporosis tarda más tiempo.

- ¿Cómo sabe que tengo osteoporosis? – preguntó el hombre.

- Las manchas blancas en sus uñas de la mano indican que tiene un importante déficit de calcio, su muñeca izquierda no tiene completa movilidad por una antigua fractura, y su postura ligeramente encorvada es signo de un desgaste en las vértebras – soltó Brennan así de golpe dejando a los dos hombres boquiabiertos.

- Vaya, es usted muy buena – dijo Andrew.

- Sí, lo es, no sabe usted cuánto – dijo Booth y vio que Temperance le sonrió agradecida por el halago.

- Como usted ha dicho – dijo Andrew mirando a Brennan – tengo osteoporosis, me la diagnosticaron hace casi dos años. Mi mujer también la tiene desde que le comenzó la menopausia, así que menudo par de viejos… Bueno, díganme en qué puedo ayudarles.

- ¿Conoce usted a este hombre? – preguntó Booth enseñándole al hombre el retrato que había hecho Ángela del fallecido.

- Mm… no, no me suena en absoluto – dijo el señor Johnson negando con la cabeza. ¿Por qué?

- Lo han asesinado – dijo Booth.

- Oh vaya… lo siento. Pero, ¿qué tengo que ver yo en todo esto?

- Sabemos que el arma homicida fue una figura de porcelana, y no una cualquiera, es de un tipo de porcelana especial que sólo fabrican dos empresas en todo el país, y que trabajan por encargo, y sabemos que usted es cliente de una de ellas – le explicó Seely.

- Sí, les he hecho algunos pedidos, a mi esposa le gustan mucho las figuras de porcelana y eran regalos para ella.

- ¿Sería tan amable de enseñarnos esas figuras que encargó? – le pidió Temperance.

- Sí, por supuesto, no tengo nada que esconder. Pasen por aquí – dijo guiándolos hasta el salón.

Andrew Johnson les mostró las cinco figuras que había encargado, todas eran de animales: un gato, un perro, un elefante, una oveja y el ya famoso águila calva. Temperance la observó de cerca y comprobó que no era igual que la de Bernie Dickens, aunque las diferencias eran mínimas, pero para una observadora nata como Temperance no se le pasaron por alto. La cabeza del animal era ligeramente diferente y la pintura empleada era de mayor calidad en esta figura que ahora tenía delante de sus ojos. Además, ésta tenía grabado el nombre de la empresa en la base de la figura, y la de Bernie no lo tenía. Temperance echó un vistazo a las demás figuras y todas tenían grabado el nombre de la empresa fabricante.

- No, aquí no hay nada – dijo Temperance haciéndole un guiño a su compañero para que le siguiera la corriente.

- Sí, tienes razón, será mejor que nos vayamos – dijo haciéndole caso -. Sentimos mucho haberle molestado, señor Johnson.

- ¡No, por favor! No ha sido ninguna molestia, pueden volver cuando quieran – dijo el hombre muy simpático.

Una vez en el coche Booth le pidió explicaciones a su compañera, y ésta le comentó lo que había descubierto, y que sospechaba que la figura de Bernie era una falsificación.

- Bien, entonces lo que haremos será llamar a la empresa otra vez para que nos envíe fotos del águila calva que fabrican ellos y les preguntaremos si graban siempre su logotipo en todas sus creaciones. Si estás en lo cierto y el águila de Bernie es una falsificación mañana le haremos otra visita, hoy ya se ha hecho tarde – dijo al ver que su reloj de pulsera marcaba las 9 de la noche -. Esta noche me toca ser tu niñera – dijo riéndose.

- Booth, ya te he dicho que no es necesario, sé defenderme sola, y en el laboratorio estaré a salvo, de verdad.

- Ah no, no vas a lograr convencerme, esta noche me quedo contigo.

- Vale, pero esta vez la cena la pido yo, que siempre lo haces tú.

- ¿Siempre tienes que tener tú la última palabra, no es cierto? – dijo Booth – Está bien, tú la pides.

Al cabo de un rato ya estaban de vuelta en el Jeffersonian, pero ya todos los 'squints' se habían marchado y ahora tan sólo estaban ellos, los miembros de seguridad y puede que algún otro científico que, como Brennan, se quedase a trabajar hasta tarde. Ella y Booth entraron después de mostrar sus identificaciones a los vigilantes que había a la entrada, aunque ya los conocían de sobra. ¿Qué trabajador del Jeffersonian podía no conocer a Temperance, si pasaba más tiempo allí que en su propia casa?

Una vez dentro del edificio, se dirigieron al despacho de Brennan. Primero tenían que telefonear a una de las empresas de porcelana, en la que habían comprado Bernie y Andrew sus águilas, y eso fue lo que hicieron. Enseguida les mandaron por email fotos desde distintas perspectivas del águila que ellos fabricaban, y además les confirmaron que siempre grababan su logotipo en todas las figuras que hacían.

- Estaba en lo cierto, – dijo Brennan tras mirar las fotos – el águila de Bernie es falsa.

- Entonces mañana iremos a hacerle otra visita. ¡Vaya, qué hambre tengo! – dijo cambiando de tema – Ahora que lo pienso no hemos comido en todo el día, porque cuando íbamos a empezar a almorzar apareció aquel niño con el paquete.

- Sí, yo también tengo hambre, será mejor que llame ya para pedir la cena – dijo Temperance mientras cogía su teléfono y marcaba el número.

- Oye Huesos, ¿no tienes miedo de lo que pueda hacer ese tío? – dijo cuando ella colgó después de hacer el pedido.

- ¿Miedo? No, claro que no. Además lo único que ha hecho hasta ahora es regalarme cosas.

- No te creo Huesos, creo que en el fondo sí que tienes miedo, pero no lo dejas salir afuera porque temes que los demás te veamos como a una persona normal, frágil y sensible, y por eso te escudas bajo esa capa de frialdad y valentía – le dijo Booth mirándola a los ojos.

- ¿Estás psicoanalizándome?

- No Huesos, sólo digo lo evidente, no hace falta estudiar psicología para eso, simplemente te conozco bien. ¿Sabes? Siempre es bueno desahogarse con alguien, los sentimientos no deben guardarse bajo llave, eso te acaba destrozando tarde o temprano. Temperance, sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras y cuando quieras, si necesitas alguien que te escuche, un hombro para llorar… - le dijo tiernamente.

- ¿Por qué haces esto Booth? ¿Por qué eres así conmigo? – ya Temperance se había sentado en el sofá junto a él.

- Porque tú me importas Huesos, y quiero que estés bien – dijo sosteniéndole el mentón suavemente con un dedo y perdiéndose en su mirada.

Así permanecieron durante unos segundos, mirándose a los ojos, sin darse cuenta de que sus rostros se iban acercando lentamente.

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