Capítulo 13
"¡¡Complot! Planes en las sombras"
El Fuego de la Casa de Virgo está
semi-extinguido
Quedan 6:30
horas para la muerte de Atenea
Se dice que hace millares de años, en el "Amanecer de los Tiempos" ocurrió la llamada "Gran Explosión" de la que provino la "Gran Voluntad" que dispersó el Caos Primigenio imperante en aquella era anterior al Cosmos, fue en ese momento en que las primeras estrellas empezaron a brillar, en que la vida comenzó a brotar, sí, el cosmos brillaba con la luz cegadora de su nacimiento, mientras toda la oscuridad quedaba aprisionada más allá del universo mismo, en un mundo oscuro donde sólo la Noche gobierna, ese lugar al que van aquellos que rehuyen su destino...
Más la joven que ahora pisaba aquel infierno no estaba, ni mucho, menos, en aquel lugar por propia voluntad, la joven Saori Kido, supuesta nieta del empresario Mitsumasa Kido, y reencarnación de la diosa griega de la Sabiduría en realidad, había sido enviada al Caos para que éste se comiera su alma, para que desintegrara su cosmos...
Su aura, siempre dorada y brillante, parecía ser presa de bestias invisibles e inexistentes, que la mataban poco a poco, sin embargo, la diosa no estaba dispuesta a rendirse, debía salir de aquel oscuro lugar cuanto antes y convencer a su hermano Apolo de que detuviera la locura que él, y sólo él, había empezado, la joven avatar se negaba a pensar que su padre estuviera de acuerdo en tamaña atrocidad.
Haciendo uso de su cosmos, trató de buscar el camino, sirviéndose de su fiel compañera Niké, era inútil oler, mil olores la abrazaban en cada instante, con los ojos sólo vería un incesante destello de colores, de tonalidades tan diversas que podían mostrar la mayor de las vistas, o el más macabro retrato, sus oídos sólo escuchaban gritos, unos de auxilio, otros de placer, otros de dolor, alegría... Sí, eso era el Caos, el desorden, la anarquía, un mundo sin leyes donde impera el libertinaje... ¿Eso le esperaba al universo si los dioses morían? Terribles e incesantes dudas empezaron a avasallar la mente de la diosa en el momento en que creyó distinguir lo más cercano al cosmos que había sentido en todo el tiempo que habías estado en aquel lugar.
Balanceando Niké y manteniendo los ojos cerrados, Atenea caminó, sin prisa pero sin pausa, siguiendo las débiles fluctuaciones del "cosmos" de aquel ser, poco a poco empezó a sentir un frío indescriptible, aun más bajo que el cero absoluto, no, no era ninguna brisa helada, era la oscuridad que se había adentrado en su espíritu, nuevamente Saori pudo darse cuenta de la locura del Caos al sentir como su cuerpo parecía ser abrasado por las llamas, mientras un frío aterrador le quebrantaba el alma, un fuego abrasador la destrozaba por fuera, pero la joven no abrió los ojos por ningún motivo, aquel dolor... Era real pero ineludible, en aquel mundo por muy dios que fueras, sólo el azar decidiría si sentirás dolor, placer, tristeza o alegría...
- Hola.
La diosa calmó el impulso de abrir sus ojos, de escuchar, de oler, incluso de tocar o saborear, en cualquier momento la nada podía tornarse el más mortal de los venenos, tras unos segundos, aunque bien podrían ser siglos que pasaban a abismal velocidad, al fin, siente la presencia que tanto buscaba.
- No abres los ojos...
-Saori: ¿Quién eres? - la diosa respondió al ente sin nombre ni aspecto, que no despedía olor ni sonidos, aquel ser que le hablaba directamente a la mente, único sentido libre del desorden y la frialdad de las sombras caóticas -
- ¿Importa un nombre en este lugar? - su voz parecía distorsionada, como si de mil seres se tratase - Sólo soy alguien a quien los hados nunca le fueron favorables, y he venido aquí al regazo de la Noche, para escapar de mi... Destino.
Saori: Destino.. - en su mente repitió aquella palabra, lo que siempre han buscado los dioses, Urano lo conocía a la perfección, Cronos regía el Tiempo, Zeus gobierna el universo pero... Ninguno de ellos fue capaz de ir en contra de su destino, pero... ¿Acaso Zeus no lo había logrado? Se profetizaba su muerte en manos del hijo que tendría con Metis, hermano de la diosa que lo igualaría en sabiduría, y sin embargo el Todopoderoso Rey del Olimpo derrotó a Abel y todos sus seguidores -
- Curioso... Una simple palabra... Que encierra tantas preguntas... Especialmente para nosotros... Los dioses...
Sin querer, la sorpresa hizo a la diosa abrir sus ojos enormemente, llegando a su mente las más abstractas imagines que jamás pudo concebir, de pronto, toda aquella realidad se fragmentó en mil pedazos, dejando paso a una eterna bruma y una densa oscuridad, que no ocultaba la misteriosa figura cósmica de su interlocutora.
Saori: ¿Quién eres?
- Ya te lo he dicho... Atenea... En este lugar, los nombres no importan, son irrelevantes, no son necesarios, esto es el Caos ¿sabes? - lentamente, el ente se fue acercando con paso tranquilo hacia Saori, quien no salía de su asombro al ver un reflejo exacto de sí misma - Pero si tanto deseas saber, soy Minerva, diosa romana de la Sabiduría y la Guerra Justa. - se presentó con sonrisa maquiavélica, espectral, la deidad -
Templo de la Corona, Delfos
Con cuatro guerreros a su espalda velando por su seguridad, el dios renegado sonreía complacido de que sus planes estuvieran saliendo tan bien, ya había dejado el veneno de la guerra entre las estepas de Asgard, el ejército de Odín, el mayor y más grande aliado del Todopoderoso Zeus, ahora ya casi era parte de la rebelión, el tiempo de destruir el Olimpo y recuperar lo que era suyo se acercaba, al fin, después de tanto tiempo.
Pero había algo que le sacaba de sus planes, el silencio, no salía ningún sonido del templo, no, en todo Delfos no había el menor atisbo de ruido, eso preocupó a Abel que hizo señas a su fiel guerrero Atlas para que investigara, el dios rebelde esperó pacientemente aunque preocupado.
Los segundos pasaban, los minutos se desvanecían rápidamente, aquella espera empezaba a tornarse eterna para el dios de modo que decidió seguir pero antes hizo señas a Jao y Belenger para que permanecieran cuidando la retaguardia, sabedor de que era inútil convencer a Clea, pese a que parecía que el paso del dios era tranquilo, en realidad tenía bastante prisa en llegar al templo.
En la zona de los viejos templos derruidos, en los que se produjo la antigua guerra entre él y Apolo, observó con asombro a un caballero enfundado en la armadura sagrada del León, se trataba de Midas, un joven griego al que había acogido en su templo hacía poco.
Al verle recordó que, cuando fue liberado, recibió la orden de castigar a los humanos por sus blasfemias, él sabía que en cuanto les dejara de ser útil, los dioses le devolverían al infierno, y entonces armó todo un plan, en el que formaría el mayor ejército jamás concebido desde la Era Mitológica.
Al liberarse de su prisión, trajo consigo las 88 armaduras de la Corona, creadas a semejanza de la Orden de Atenea, su hermana, minadas por el caos que habita Tártaro, eran inservibles y costaría mucho, tal vez siglos, darles vida, sólo una docena de valientes le habían seguido, el resto estaban demasiado desquiciados, sin embargo al salir, sólo siete pudieron mantener la cordura, entre los cuales estaban Atlas, Jao y Belenger, que se encargarían de su protección, mientras Orestes buscaría jóvenes que pudieran portar las armaduras del Sol, y Clea buscaría a alguien, un alquimista, que pudiera darles el esplendor de antaño a los Ropajes, todo eso pasó hace diez años...
Midas del León provocaba un sentimiento inevitable de compasión, sus huesos habían sido fracturados, incontables y minúsculos cortes decoraban su maltrecho cuerpo y un líquido espeso color escarlata no cesaba de salir de su boca, en la que apenas quedaban dientes.
Con un ademán Abel hizo que sus guardianes se colocaran en tres flancos distintos, para proteger la retaguardia, el dios sabía perfectamente que Midas estaba acabado, pero necesitaba saber a toda costa quien había osado mancillar el pulcro Templo de Delfos, antiguamente conocido como centro del mundo.
Abel: Has caído, tú un caballero de la Corona, dime quien fue el que provocó esto, dame una razón que no me haga arrepentirme de mi elección, que no me haga dejarte pudrir en Tártaro. - dijo inescrutable, sin mostrar signos de pena o compasión, realmente la forma de ser de un dios, la forma de ser de un Hijo de Zeus -
Midas: Estábamos... Preparados... Para cualquier cosa... - respondía con dificultan, sin dejar de toser sangre, poco o nada quedaba ya del valiente guerrero - Menos para... esto.. Ellos... No son mensajeros...
Con aquellas palabras Midas finalizó su existencia, Abel cerró sus ojos, observó al santo cual padre, realmente había actuado con la valentía propia de un guerrero de la Corona, extendiendo sus brazos con la palma abierta, incineró el cuerpo y guió con su cosmos el alma de caballero hacia el más glorioso de los mundos celestes a los que un guerrero podría llegar tras su muerte.
Tras un minuto de silencio y reflexión, Abel se dispuso a seguir el camino, sin hacer preguntas los tres guardianes siguieron a su Señor, hacia el Templo del Sol.
Palacio del Dios del Viento, Santuario del Sol y la Luna
Como la luz habían llegado las órdenes de Apolo al palacio de Eolo, a través de Dafne, guerrera astral, el séquito de Febo escuchaba con suma preocupación lo que estaba ocurriendo, información que ya sabían superfluamente, pero sin los detalles necesarios.
Eolo estaba sentado en su trono en el piso superior del palacete, mientras Dafne había preferido quedarse en el piso inferior, sin hacer preguntas referentes a la situación del palacete o del derruido suelo, Bía y su padre permanecían alejados a la izquierda del orgulloso Señor de los Viento, mientras Proteo se mantenía a la derecha de la poderosa deidad.
Dafne: Mi... Señor... Exige la presencia de los Caballeros Astrales del Exterior para contener esta terrible amenaza, es sabido que el Caballero de Neptuno no podrá contener la amenaza durante demasiado tiempo.
Palas: ¿Caballeros Astrales? Hablamos del despertar de uno de los dioses más peligrosos del Monte Olimpo, el mismo Apolo debería encargarse... - comentó con altivez -
Eolo: Nadie pidió tu opinión Titán. - respondió el dios con evidente resentimiento - Lamentablemente Milady, el caballero Caronte se halla ajusticiando a los rebeldes marinos, hace horas que no sabemos nada del caballero de Saturno, y como usted ha dicho, Neptuno permanece confrontando al Emperador Poseidón.
- Y mi padre está al pendiente de uno de los santos de bronce.
El séquito de Apolo observó como de entre las sombras de la entrada al palacete surgía una mujer de pelo corto celeste, su expresión serena irradiaba una concentración total posiblemente debido a que la mujer mantenía sus ojos cerrados, su armadura estaba oculta por su capa que le cubría todo el cuerpo por lo que era imposible saber que clase de armas guardaba, sólo Dafne parecía identificar la identidad de la mujer.
Dafne: Usted es... ¡La Guerrera Urano de las Mil Espadas Celestes! - exclamó con asombro, cosa que la supuesta guerrera astral ignoró por completo, en un movimiento tan veloz como la propia luz apareció justo a la par de la ninfa del laurel -
- Temo que no puedo abandonar mi puesto, pese a que los caballeros astrales del Exterior siempre nos hemos ocupado de esta clase de asuntos, me corresponde defender la Esfera Urano de los santos renegados, es evidente que sólo los dioses pueden enfrentar a un dios como Poseidón.
Eolo no salía de su asombro, nuevamente los caballeros astrales le dejaban perplejo con su cosmos celestial, sin duda eran dioses encerrados en carne mortal, aquella mujer no tenía nada que envidiar al otro guerrero, sin duda Caronte y ella tenían un nivel de combate muy igualado, lo que no entendía la razón de que no quisiera enfrentar a Poseidón.
Palas: ¿Asunto de dioses? Me extraña es actitud por parte de un caballero astral, ustedes siempre fueron caracterizados por su prepotencia y desproporcionada soberbia, a tal punto que eran conocidos como "Asesinos de Dioses". - comentó el titán ante un silencio abismal por parte de la guerrera -
Eolo: ¿Insinúas que alguno de nosotros debería enfrentar a uno de los más poderosos hijos del Titán Cronos? ¿Son esas las órdenes del Febo Apolo? - preguntó a Dafne -
Dafne: Apolo ha reunido gran parte de la Legión de Santos,, y se ha rodeado de los caballeros astrales encargados de su seguridad: Marte, Venus y Mercurio han sido llamados al Gran Templo. Sus órdenes fueron claras, tengo que traer a todos los heraldos para planear un ataque a gran escala, el mal debe ser erradicado antes de que ocurra una catástrofe.
Eolo reflexionó por un momento, sin duda las cosas se le habían salido de las manos, debió acabar con Poseidón en el momento en que liberaron su alma del sello, ahora que había despertado las cosas se tornaban difíciles, se necesitaría la ayuda de varios dioses para acabar con un poder tan terrible.
Eolo: Está bien, nos dirigiremos al Gran Templo, debemos solucionar este asunto cuanto antes. - el dios del viento miró de reojo a Palas, que se percató de inmediato - Ya que sientes tanto apego a mi trono... - comentó con evidente recelo - Dejaré a tu cuidado el palacio, mientras tanto ustedes caballeros astrales exteriores protegeréis la zona para que nadie lo atraviese.
- Sabia decisión, más han de darse prisa si desean enfrentar a Poseidón, temo que el caballero de Neptuno no resistirá mucho más.
Sin más, la guerrera salió del recinto como había entrado, de forma silenciosa, nuevamente Eolo usó su cosmos para generar el portal híperdimensional que unía la gran ventana de detrás del trono con la que había en el gran salón, no era momento para caminatas inútiles, Palas no puso objeciones a las órdenes del dios del viento pero sugirió que su hija también fuera, al tiempo que el portal se formaba, los ojos de Proteo empezaban a tornarse blancos, indicando que imágenes futuras empezaban a invadir su mente.
Proteo: "... Y el emperador nuevamente surgirá, sangre divina correrá en el santuario profanado como antesala del fin... "
Las palabras del profeta de los mares hicieron que un escalofrío recorriera la espalda del dios Eolo, quien no mostró signos de esto, no dejaría que Palas o su hija vieran complacidos cualquier acto de debilidad por su parte, extrañamente, Palas y Bía no habían reaccionado a las palabras de Proteo.
Proteo: Negro veo el futuro, como una hermosa playa del sur corrupta por la oscura influencia del petróleo... Si enfrentamos a Poseidón, posiblemente no salgamos vivos. - aseguró Proteo, no con temor, sino con una absoluta certeza y frialdad que estalló los nervios de Eolo, quien se giró furioso -
Eolo: ¡Entonces que así sea! ¡Las Moiras ya hilaron nuestro destino desde el día que nacimos! ¡Mas os aseguro que si morimos nos llevaremos a ese maldito hereje con nosotros! - exclamó aparentando seguridad donde sólo había un lógico temor a la propia muerte, incluso llegaba a sonar irónico que un dios empezara a pensar en su muerte, quizás no eran tan eternos como pensaban -
Y sin más palabras Eolo entró en el portal, seguido inmediatamente por Proteo que respondió con silencio sepulcral a los juramentos del dios, Dafne siguió a ambos no sin antes mirar de reojo al sonriente Palas, cuyo rostro se debatía entre una sospechosa satisfacción y una cierta preocupación aunque mucho menor que la del Señor del Viento, la última en entrar al portal fue Bía, cuya expresión impasible denotaba su indiferencia a la idea de enfrentar a Poseidón.
Y fuera del palacio, en la explanada que antes estaba decorada por decenas de centauros inertes, la misteriosa guerrera de Urano reflexionaba en total calma sobre sus órdenes, sólo que sus pensamientos salían de sus labios, entre murmullos, pero lo suficientemente altos como para ser escuchados por un personaje oculto tras ella.
- Y sacrificaran a Tritos cual cebo mientras discuten como actuar... Quizás siempre tuviste razón... Hermano. - la guerra miró de reojo como el caballero astral de Plutón, quien se puso a su derecha sonriente -
Caronte: Siempre tan suspicaz hermana, aunque tarde, te has dado cuenta de lo poco que significamos nosotros para los inmortales.
- ¿De qué sirve darse cuenta de algo para lo que no existe solución? - preguntó con cierto tono de preocupación -
Caronte: Para todo problema existe solución, y siempre incluye sangre, sudor y lágrimas... De momento nos toca hacer el papel de fieles estúpidos, mugrientas ratas que mendigan por sus vidas...
- Nunca fuiste hombre de traición hermano, siempre aborreciste la deslealtad y el deshonor. ¿Ahora tratas de inducirnos a la rebelión?
Caronte: ¡De ningún modo sacrificaré a mi familia! - exclamó exaltado, sorprendiendo a su hermana que hizo lo posible por no manifestar sus estado, el oscuro guerrero volvió su mirada al horizonte - Déjenme esas cosas a mí.
Templo de la Corona, Delfos
Abel pudo darse cuenta de lo que quería decir Midas, ante sus ojos se erguía un ser gigantesco y de piel escamosa, era evidente su raza al ver que sólo poseía un ojo, alrededor de su cuerpo relucía una armadura de vivos colores, el dios renegado identificó aquella coraza como una de las legendarias Adamas, armaduras forjadas en las entrañas de Gaia como protecciones para sus hijos, los cíclopes y los gigantes, se decía incluso que estaban formadas con diamantes en bruto y piedras preciosas. El color esmeralda resaltaba en sus protecciones, especialmente en los antebrazos y rodilleras.
Abel: ¿Un cíclope? ¡Imposible! ¡Fueron exterminados por Apolo cuando mi padre mató a su hijo Asclepio...! Pero... ¿dónde estará Atlas?
La pregunta fue rápidamente respondida al ver como el corona caía brutalmente al suelo árido, le sujetaban unas brillantes cadenas de oro puro, inmediatamente Abel vio al portador de aquellas armas, un hombre de aspecto maduro y moreno, de pelo rojo oscuro y mirada penetrante, sin duda la armadura que llevaba era una Kamei, propia sólo de los dioses del Olimpo.
Mediante un ademán Abel indicó a sus guerreros que se ocuparan de aquel dios al que no lograba recordar, el cíclope trató de detener a los coronas pero éstos esquivaron con destreza todos sus embistes, capaces de destrozar la superficie, la amazona de la Corona Austral paralizó su gigantesco brazo con las cadenas, haciendo uso de su cosmos solar las adhirió hasta ejercer tal presión en su extremidad, que le provocó una grave herida de la que no paraba de salir sangre. Aprovechando el dolor del cíclope Clea se impulsó con ayuda del brazo de su oponente como punto de apoyo para atacar directamente su ojo, pero aquel ser era más listo de lo que aparentaba, antes de que Clea pudiera cegarle giró su cabeza, de modo que el golpe acabó siendo bajo su ojo, y no aparentó sufrir daño alguno tras el golpe.
Los cabellos de Berenice, capaces de cortar cualquier material, no sirvieron de nada contra la armadura del dios de las cadenas, y los kens de Jao no hacían mella en él, aquel guerrero contraatacó de tal forma que dejó medio muertos a ambos, empujándolos cientos de metros.
Abel confrontó con la mirada al dios que giraba sus cadenas de forma amenazadora, el malherido Atlas intentó ponerse en medio pero el cíclope lo impidió, de un pisotón mantuvo al más poderoso de los corona pegado al suelo, en el brazo derecho mantenía agarrada a la guerrera Austral, quien hacía uso de toda su fuerza de voluntad para no dejar de ejercer presión en el brazo de su enemigo y permanecer consciente.
Jao no tardó en querer contraatacar pero increíblemente fue aprisionado por una serie de ramas con espinos sujetó sus brazos y piernas inyectándole un veneno que le durmió en el instante, una mujer cubierta por túnica y capucha blanca de la que sobresalían cabellos verde claro surgió de la tierra.
Abel: "¡Maldición! Esto se está complicando..." - pensó Abel al tiempo que formaba una esfera de energía verdosa - ¡Por muy dioses que seáis no podréis conmigo! ¡Desapareceréis por vuestras blasfemias! ¡Soy el hijo de Zeus!
- Y yo su hermana.
Junto al dios que había vencido a Atlas anteriormente una impresionante llama del tamaño de cualquier ser humano surgió, poco a poco el fuego fue tomando forma de una mujer de excepcional belleza, celestial, a diferencia de la doncella de la naturaleza que aún mantenía al caballero Jao inconsciente, la diosa de fuego astral poseía una kamei de color rojo fuego con tonos amarillos, en su mano sostenía un báculo similar a Niké, pero con un potente y eterno fuego iluminando el extremo superior. El dios renegado no podía olvidar aquellas amenazantes cuatro alas que surgían de su armadura divina, aquella piel amarillenta a aquel cabello rojo recogido en una pequeña coleta.
Abel: No puede ser... ¡Tú! - por unos momentos, el dios cesó su ataque pero al ver como se acercaba el de las cadenas, se dispuso a descargar toda su rabia contra él, pero entonces algo, o alguien, le golpeó por la espalda haciendo que cayera de rodillas escupiendo sangre, ante él se alzaban las cadenas que enseguida le apresaron, produciendo unas dolorosas quemaduras por cada zona de su cuerpo que rodeaban -
- Inútil es que te esfuerces hermano... No existe hombre, dios o titán que escape de mis cadenas. - aseguró con un orgullo y un rictus siniestro de satisfacción -
Abel: Hefesto... - gruñó con furia mientras pasaba la mano por la comisura de sus labios - Bastardo dios deforme...
Ofendido por los insultos de su hermanastro, el dios de la forja apretó fuertemente una de las cadenas para sujetarlo y poder propinarle un fuerte latigazo en el pecho, el embiste se llevó parte de la tela que le cubría esa parte y también le provocó una ligera herida, estaba claro que por muy hijo de Zeus que fuera, las cadenas del legendario orfebre acabarían por matarle.
- Es mejor que te rindas Abel, tus pecados han desatado la ira del Olimpo y no podrás con todos nosotros.
Abel parecía reconocer la voz del hombre que ahora le hablaba, y que hacía poco le había quebrado la espalda, de reojo pudo ver como posaba la mano con fiereza pero sin abusar, usando el mínimo de fuerza necesario para mantener quieto al dios renegado, eso y el brazalete con formas serpentinas dibujadas en relieve le indicaron que se trataba del más poderoso de los hijos que Zeus tuvo con una mortal, un semidiós que llegó a sentarse en la mesa del los mismísimos Olímpicos, Hércules.
Abel carraspeó, no sólo tenía enfrente al ser mejor preparado de todo el universo, cuyas armas gozan del privilegio de haber herido a los más poderosos dioses, sino que su espalda estaba en manos de un hombre cuya fuerza sólo se comparaba a la del mismo Zeus, el dios pudo identificar a la de los cabellos verdes, quien no sólo había inutilizado a Jao sino también a Belenger, que yacía mil metros sobre el suelo con el pecho sobre un tronco semi-puntiagudo, como la mismísima diosa de la agricultura, Deméter.
Con dificultad trató de buscar una salida, una distracción que le permitiera alejarse unos segundos para observar la situación detenidamente, si no fuera por el maldito cíclope que mantenía presa a Clea en su monstruosa mano, seguro ella podría detener a Hefesto el tiempo suficiente...
Abel: "¿Eh? ¡Qué demonios!"
Los pensamientos del hijo de Zeus fueron interrumpidos por las fluctuaciones de un nuevo cosmos divino, más allá del lugar, en la zona donde debería estar el derruido templo del Sol, y que ahora permanecía cubierta por una densa bruma, surgió un hombre, de estatura alta-media, de pelo rosado en un tono entre claro y oscuro, rostro fino y mirada enigmática; vestía un elegante traje de corte renacentista y bastante colorido, caracterizado por la gabardina color vino que le cubría la mitad superior de su cuerpo, y que se extendía hasta los talones por detrás como si fuera una capa, detrás de él surgieron dos encapuchados tremendamente altos, mínimo superaban los dos metros mas eso era lo único que se podía saber ya que unas túnicas de pulcro color blanco les cubrían todo su cuerpo.
La rabia de Abel se convirtió en furia desproporcionada al ver como el dios de vistoso traje sostenía en su mano izquierda la cabeza de uno de sus guerreros, su cosmos se encendió de tal manera que Hércules tuvo que alejarse para no arder, en un último esfuerzo la guerrera de la Corona Austral separó sus cadenas del brazo del cíclope, arrancándole la piel, la bestia de un solo ojo soltó un estridente grito que produjo estragos en todos los allí presentes, incluso el hermano de Atenea resintió los efectos pero su único interés era aplastar a aquellos asesinos, Hefesto trató de impedírselo pero eso hizo que se olvidara de la guerrera muda, quien le sujetó por el cuello con ambas cadenas mientras caía al suelo, al pisar éste, hizo que todo su cosmos estallara para mantener apresado al dios de la forja, pero estaba claro que aquella situación no sería muy duradera así que Abel se enfrentó enseguida al carnicero de ropajes vino.
El intercambio de miradas era realmente contradictorio para varias deidades, mientras que el hermano de Atenea desataba con sus ojos la ira más terrible, su ahora contrincante sonreía en una enigmática expresión. Esto provocó más rabia en el dios, rápidamente en su mano formó una especie de lanza de fuego color esmeraldino, que lanzó contra el asesino, pero éste puso el rostro de su víctima enfrente con desdén, como sin ganas, la explosión desintegró la cabeza, unas gotas de sangre acabaron manchando a ambas deidades.
Abel maldijo su suerte, en un rápido movimiento observó como Clea era aplastada por el furioso cíclope, que no se conformó con impedir que la guerrera siguiera asediando al dios de la forja, sino que siguió aplastándola hasta dejarla inconsciente y medio muerta, y aún así seguía golpeando toda la zona a su alrededor con sus puños, el dios Sol trató de salvarla pero se topó con el báculo de fuego y ramas espinosas alrededor de sus pies, que provocaron profundas heridas en éstos, dos de las legendarias hijas de Cronos ahora lo encaraban.
- No sigas humillándote.. Polifemo deja a los guerreros..
Por increíble que pareciera, aquel gigante obedeció sin reclamos la orden de la diosa, ningún gruñido o signo de disconformidad, simplemente cesó su asedios, mas tanto Atlas como Clea ya estaban prácticamente a las puertas del Hades, el dios renegado decidió parar su guerrilla por la seguridad de sus fieles guardianes.
Abel: Hablad de una vez... ¿Qué es lo que busca el Olimpo de mí? ¿Qué castigue a los humanos? ¿Qué me una a mi "querido" hermano Apolo? ¡¡Decidlo de una vez maldita sea!!
Los dioses miraban impasibles al confundido Abel, quien miraba constantemente a la que parecía dirigirlos, recordando el pasado, de pronto un golpe del dios de los metales le hizo caer de rodillas, el rebelde escupió sangre pero mantuvo fija la mirada.
Hefesto: Baja la mirada hereje, cuando te dirijas a la diosa guardiana del fuego sagrado del Olimpo.. ¡Baja la mirada!
Hefesto se dispuso a propinarle un latigazo con sus mortales cadenas a Abel, pero el fornido brazo de Hércules impidió que siquiera bajara un centímetro, el dios de la forja se amedrentó al ver la oscura mirada de su sólo ojo, el izquierdo estaba cerrado, atravesado por una gruesa herida, posiblemente producto de su más mortal batalla.
Hefesto: Yo... No quería...
Hércules: Hefesto, sé que en tu corazón no hay cabida para el odio y la venganza, que eres el dios más noble de todo el Olimpo, por eso te ruego que dejes a nuestro hermano saber el porque de tamaña masacre.
- Cuan nobles palabras del favorito de papá.. - comentó el dios carnicero de vivos colores, con un tono sarcástico que llamó la atención del resto de dioses -
- ¡Basta! Exijo el más absoluto silencio, cualquier murmullo será penado en el Tártaro, y no admitiré disculpa alguna... Espero y os haya quedado claro. - la diosa de cabellos de fuego miró a cada uno de los presentes para cerciorarse de que no habría interrupciones, según analizaba con la mirada a algún dios lo apuntaba con su bastón, haciendo que la llama astral del Olimpo ascendiera hasta producir un calor muy superior al del mismo Sol -Polifemo si ves que alguien mueve un solo dedo... Elimínalo.
El cíclope asintió, unas gotas de sudor recorrieron los rostros de Hefesto, el dios asesino y de dos misteriosos personajes que permanecían ajenos a la conversación, uno de ellos era un hombre alto, de pelo corto color azul oscuro, recogido en una pequeña coleta. Su kamei relucía como el oro más puro, tanto como que no se había visto en todo el planeta, su capa ondeaba con el viento y su expresión seria no era perturbada por la ira de los dioses. La otra era una diosa de gran belleza, con sus largos cabellos rubios y su vestido blanco y transparente, aquella deidad observaba con maldad al antiguo Febo, lista para intervenir en el momento preciso, aunque igualmente aterrorizada por la advertencia de la deidad del fuego.
Abel: Que lástima me da un dios cobarde, tanto poder y sólo son meras marionetas de seres más poderosos que ellos, al final los humanos y los inmortales no somos tan distintos.
- Ningún dios podrá jamás compararse a los crónidas, nosotros guardamos en nuestros cuerpos la sangre de Cronos, Rey de los Titanes y Soberano del Tiempo, en eso radica nuestra autoridad y omnipresencia... Malditos sean los vástagos que osan invadir el trono de mi hermano por unos cuantos siglos de ausencia, sí, malditos, pues en su rebeldía sólo hallarán el descenso a Tártaro.
Abel: Hermoso discurso, igual que hace 3000 años... ¿Qué esperáis diosa del fuego? ¿Que permita que me encerréis en mi prisión de nuevo? De nada servirá ahora que Hades ha muerto, en el infierno reina la anarquía y las férreas puertas del Tártaro ya no son capaces de retener a sus prisioneros, poco queda para que...
- ¿Titanes y gigantes sean liberados? - aquella respuesta sorprendió a Abel, sin duda aquella diosa sabía exactamente lo que iba a decir mucho antes de que lo dijera, igualmente todos los presentes tragaron saliva, aquella situación era digna de temerse - ¿Qué hay en el Tártaro? Dioses olvidados, grandes pecadores que blasfemaron contra el Olimpo, la olvidada raza de los monstruos hijos de Tifón y Equidna, eso sólo en las seis prisiones que preceden al...
Abel: "Palacio del Tormento Eterno" - completó con desdén -
- Donde fueron encerrados los titanes y los gigantes, nuestros más fieros enemigos, donde permanece sellada el alma de mi padre. ¿Crees que él se rebelaría ahora? No, es demasiado astuto... De momento no debes preocuparte... No es tan sencillo acabar para siempre con la vida de un dios, y menos con uno de nosotros...
El dios rebelde quedó atónito ante los comentarios de la diosa, no había duda, estaba insinuando que Hades... ¡¡Seguía vivo!!
Monte Etna, Isla de Sicilia
El caballero del Fénix suspiraba hastiado, aquel anciano le había hecho dar doce vueltas completas alrededor del volcán, si se lo contara a alguien ajeno a las guerras santas posiblemente le tomaría por loco, cansado de tanto misterio, el santo paró de inmediato, adoptando una posición firme que hizo voltearse al guardián del volcán.
- ¿Ocurre algo hijo? - preguntó como sin saber que pasaba, obviando el enfado de Ikki -
Ikki: Me he cansado de seguirle el juego, sé que debes de ser algún dios que intenta engañarme, da la cara.. ¡Hefesto!
La carcajada que descargó aquel hombre desestabilizó completamente al Fénix, pareciera que le había contado el más divertido de los chistes, sin parar de reír golpeó doce veces el suelo con el bastón provocando cada vez un temblor mayor, pronto lo que parecía un terremoto hizo retumbar toda la superficie, posiblemente en toda la isla, el caballero del Fénix no pudo más que ponerse en posición de combate y atacar a aquel hombre, que sin duda guardaba algún secreto. Elevando su cosmos más allá del Séptimo Sentido Ikki corrió a golpearle pero mientras iba a hacerlo, el suelo que pisó justo antes de tocar al guardián se iluminó como si fuera la constelación de...
Ikki: ¡El león dorado!
Antes de poder reaccionar el anciano golpeó al santo en el pecho con su bastón, haciendo que cayera al suelo como el más débil guerrero, por mucho que lo intentaba, no podía levantarse ya que el palo de madera se lo impedía, incluso le provocaba un dolor que le asfixiaba.
- ¡Hefesto! Que gran chiste, pero no tanto como la estupidez de blasfemar contra la diosa de este lugar con tu ira... - el caballero de bronce, que sostenía el bastón tratando de librarse del asedio, observó al hombre extrañado - Todo este lugar, está protegido por el cosmos de la diosa Atenea, mi Señora... Ella me concedió hace milenios la tarea de mantener preso los más terribles enemigos del Olimpo... Los gigantes... Caballero del Fénix esto es el Monte Etna, la prisión de Tifón, los fuegos de este volcán forjaron las legendarias... ¡¡ARMADURAS DE ORO!!
Ikki vio como el anciano dejaba de aplastarle con el bastón y se alejaba, acariciando las rocas incandescentes del volcán sagrado, increíblemente, su armadura bendecida por la sangre de su diosa tenía un agujero profundo que no llegaba a atravesar todo el grosor del peto pero aún así, era algo digno de temer. Con una gran dificultad, el santo se levantó y sin decir palabra, se limitó a observar...
El anciano guardián extendió su bastón hacia las rocas murmurando una oración en griego antiguo, el joven santo pudo ver como, mientras aquel hombre se alejaba unos pasos, las doce constelaciones del zodiaco se unían en su interior, un haz de cosmos dorado abrió un boquete del que emanaba un aura de misterio que atrajo al Fénix.
- He ahí tu destino Fénix, al fin mi cometido ha terminado. Sé que tú eres el elegido que portará el Oro Impío... Pero te advierto caballero, que lo que yo piense no es definitivo... En las profundidades de Etna te toparás con tus demonios interiores, sólo el más leal de los santos atenienses podría salir vivo de ese lugar... ¿Crees que lo lograrás?
El Fénix tardó unos minutos en responder, cerrando los ojos reflexionó sobre lo misterioso de aquella situación, no entendía lo que pretendía Shaka, si es que era su cosmos lo que le había traído hasta ahí, sin embargo, Ikki predecía que sólo con el Oro Impío podría enfrentar a los dioses y proteger la Tierra.
Ikki: De ninguna manera aseguraría ser el más leal de los caballeros de Atenea, pero si puedo jurar que pasará cualquier prueba que halla en ese lugar, conseguiré el Oro Impío y lo alzaré en contra de los dioses.
- Mmm Interesante respuesta, parece que ya da por cierto que el Oro Impío es un arma... De cualquier modo has convencido a este viejo, entra en la gruta Fénix, si regresas aquí con el sagrado tesoro de Atenea, te propicio un futuro grandioso.
Ikki: ¡Basta de misterios! ¿¡Quién eres!?
- El que todo lo ve.
Y sin más, la grieta consumió a Ikki en un remolino, ahora el Fénix enfrentaría a todos sus miedos para conseguir el Oro Impío, en silencio el anciano reflexionaba sobre el destino del santo, sabedor de lo que encontraría en la cavernosa prisión de Tifón, un poder tan grande que se comparaba al de los mismos dioses, un poder que amenazaba al mismo Olimpo, un poder que ennegrecía el futuro, capaz de hacer estremecer los cimientos de la creación.
Esfera Neptuno, Santuario del Sol y la Luna
El choque de poderes barrió la zona provocando una gran explosión, en cuyo centro la furia del tridente de Poseidón perseguía al escurridizo Tritos de Neptuno, cuyas habilidades le permitían esquivar a duras penas el asedio de uno de los dioses más poderosos del monte Olimpo.
De pronto, el dios de los mares guardó su arma, concentrando todo su cosmos electrificado en sus manos, una esfera energética se fue formando y relámpagos hicieron que las nubes se ennegrecieran, sin dudar el dios lanzó aquella fuerza olímpica contra el cielo, desatando una furiosa tempestad acompañada por terribles rayos, un viento brutal y una lluvia torrencial tan helada como el cero absoluto, trozos de granizo se hacían ver entre aquella tormenta, el caballero astral enmudeció, aquello sólo podía ser obra de un dios.
Tritos: ¿¡Crees que vas a detenerme con eso dios de los mares!? ¡¡He soportado temperaturas mil veces más bajas y relámpagos más mortales que los que me muestras!?
Poseidón: Tan sólo trato de crear un escenario digno de tal confrontación, tú caballero serás el primero en 3000 años que pruebe todo mi poder.. Antes que ese arrogante vástago de Zeus..
Tritos empezaba a sentir frío, y no por el hielo sino de puro terror, antes de poder darse cuenta el dios ya lo tenía agarrado por el cuello, la fuerza con la que le apretaba era mínima en comparación con la que en verdad poseía, el dios sólo le estaba probando y eso enfureció al guerrero.
En lugar de gastar inútilmente sus fuerzas en arder su cosmos, descendió la temperatura de éste, provocando que una fina capa de hielo cubriese la mano del dios, que no supo de los planes de su enemigo hasta que encendió un aura de fuego que derritió el hielo, ahora que la mano que lo apresaba se había vuelto resbaladiza, el caballero de Neptuno pudo escapar y dar una fuerte patada en el pecho a su omnipotente enemigo, que no sintió nada pero casi se cayó, nuevamente Tritos descargó su ira en contra del dios, pero los golpes le fueron regresados, cayendo cientos de metros en la lejanía.
Poseidón observó como el hielo empezaba a cubrir al astral, haciendo uso de su cosmos celestial, provocó que el más terrible de los relámpagos destrozara su cuerpo, por primera vez en milenios, el alba de Neptuno sentía una fuerza comparable a su dureza, el dolor fue tal, que Tritos gritó como ningún hombre lo había hecho nunca, mas sin embargo, hizo uso de todo su ser para levantarse, de su boca salía sangre a borbotones, su rostro morado denotaba cansancio, apenas podía mantener el equilibrio y aún así seguía apuntando al dios de los mares con su arma.
Tritos: ¡¡Ve esto Señor...!! - gritó lleno de rabia el caballero astral, tambaleándose de un lado al otro mientras se acercaba a la impasible deidad -"¡Etowashi!" ¡El arma sagrada...! - el guerrero expulsó un vómito de sangre antes de continuar, el crónidas mostró signos de impaciencia - ¡Un arma sagrada del Sol! Sí... Se las arrancamos a un grupo de guerreros en Oriente, siervos de Okami Amateratsu... ¡Aunque muera, con este arma te destruiré maldito monstruo! Vengaré a los míos...
Un rayó de luz cegadora heló todo a su paso, mas el dios pudo contenerla en su mano y destruirla, lo que no esperaba era que Tritos se atreviese a atacarle de frente, sin poder evitarlo, Poseidón recibió una certera patada en su mejilla izquierda, el siervo de Apolo cayó con fuerza en el suelo, manteniendo una posición ofensiva que enfureció al dios, que inmediatamente hizo que cientos de relámpagos cayeran sobre él, al ver que los esquivaba pese a su estado, provocó el aumento de fuerza en el temporal que había desatado previamente, el viento empezó a formar huracanes de fuerza sobrenatural, más allá de toda escala, el aire despedazaba su piel produciendo cortes en la totalidad de su rostro, sus protectores empezaban a sufrir ligeros daños, pero aún así, pese a todo el dolor que sentía, el odio de aquel guerrero era mucho mayor, poniendo sus brazos en cruz se mantenía firme, la rabia en sus ojos hizo dudar por segundos a Poseidón, quien provocó que toda la lluvia torrencial cayera sobre su enemigo, congelándolo lentamente, al tiempo que se acercaba solemnemente para rematarlo.
Poseidón: Has peleado dignamente caballero, pero aún no ha nacido mortal capaz de compararse a un dios como yo, hoy por fin hallarás la paz que sólo la muerte puede otorgar a un nimio ser como tú.
Cara a cara se encontraron, dios y guerrero, la frialdad de Poseidón frente ala ira de Tritos, un solo gesto bastó para parar la lluvia, tormenta y relámpagos, toda aquella fuerza regresó a su mano, en una brillante esfera de cosmos, el caballero astral no cerró los ojos, vería a la muerte a los ojos, se enfrentaría a ella tras toda una eternidad en el infierno, era realmente irónico.
Poseidón: Quizá puedas decir tus últimas palabras, sólo puedo prometerte que éstas serán recordadas por toda la eternidad a través de mi alma inmortal, nada más puedo hacer por ti, tu alma ya fue condenada desde el momento en que osaste enfrentar a un dios.
El dios de los mares esperó un cierto tiempo y, al ver que Tritos no respondía, cerró los ojos y preparó el mortal ataque, todo el cuerpo del caballero ya no era más que una estatua de hielo más frío que la estepas siberianas, sólo su rostro cicatrizado e hinchado permanecía libre de cualquier parálisis, eso le permitía mantener los ojos bien abiertos, observando su fatal destino de la mano del ser al que más había odiado, maldijo su suerte al no poder hacer nada contra Poseidón, pero no estaba dispuesto a desaparecer sin antes dejar una marca de que los atlántides HABÍAN EXISTIDO.
Poseidón: ¡ARGH!
Un río de sangre bajó de la mejilla del dios de los océanos, después de siglos de inmunidad, el mayor de los crónidas sentía de nuevo el dolor, el tridente de Tritos había atravesado el grosor de su kamei, inconcebible pero cierto, de los tres agujeros no cesaba de salir ese espeso líquido escarlata, para Tritos resultaba divertido ver como no existía diferencia entre la sangre humana y la inmortal, el dios desató su ira a través de su mortífero ken cósmico, pero el guerrero de Neptuno se permitió el lujo de reír, a carcajadas, mientras todo el espacio de la esfera se comprimía en aquel punto, como si el mismo Big Crunch se estuviera desatando. Poseidón maldijo su suerte en silencio.
Afueras del Gran Salón, Santuario del Sol y la Luna
El omnipotente dios Sol observaba impasible como en la lejanía, la Esfera Neptuno se comprimía rápidamente hasta quedar de ella un minúsculo punto, que enseguida estalló de tal manera que borró de la faz de la tierra todo el Bosque Ilusión y alrededores, las esferas, templos unidos a la vida de un caballero astral, desaparecían en minúsculas supernovas una vez muerto su guardián, una hábil trampa para los ingenuos que lograban vencer a uno de ellos, sí, para los ingenuos...
Su hermana Artemisa, al igual que Apolo, desconfiaba de que aquel fuera el fin de un dios como Poseidón, su tío era conocido por ser poseedor de infinitos recursos, para preservar su propia existencia, ante los gemelos regentes del Santuario permanecían firmes centenares de centauros, entre los cuales se contaban doscientos arqueros, trescientos lanceros y el último cardenal, de cuatro tres habían muerto, dos por mano de los rebeldes, uno por la mala suerte de toparse con...
- Me complace que al fin me haya convocado mi Señor... - los gemelos reconocieron aquella fría voz, repleta de cinismo, el tormento de miles de almas en pena desestabilizó el ambiente y los centauros dejaron paso al más poderoso de todos los mortales, un dios con sangre humana - Yo Narciso de Venus, me presento ante su llamado con toda la voluntad de serviros a vos y a vuestra hermana.
Falsas reverencias, cínicas promesas, el más detestable de los asesinos cuyo hermano es el mismísimo carnicero de Grecia, Caronte, sin embargo no eran en absoluto, gemelos, sólo se igualaban en su rostro frío y mirada homicida, el cabello de Narciso era castaño claro, y su alba era completamente blanca, celestial, como un espejo que sólo reflejaba la más luz.
En sus flancos, dos misteriosos guerreros permanecían impasibles, sin ningún temor a aquel hombre, sus cuerpos eran cubiertos por túnicas negras y un cosmos oscuro, casi asfixiante. Justo detrás de aquel grupo tenebroso, apareció algo que simplemente desentonaba con el ambiente.
Una niña, apenas diez años aparentaba, su pelo azul verde esmeraldino se recogía en dos moños a cada lado de su cabeza, como si fueran cascos para oír música, sus enormes ojos y rostro dulce, daba la impresión de que aquella muchacha no era la guerrera astral de Mercurio, mensajera del Fin del Mundo.
- ¡Hola! - saludó efusivamente con amplia sonrisa, a lo que uno de los centauros, inexperto y fanfarrón, se acercó con brusquedad -
- El Gran Febo exige respeto niña.. ¡Ni siquiera deberías atreverte a oler el mismo aire que tu Señor respira!
Una amplia sonrisa de formó en el rostro de Narciso, una estridente explosión de cosmos azul verdoso simplemente desintegró al guerrero, sus compañeros se quedaron aterrorizados ante la frialdad de la niña, su cálida sonrisa no era de satisfacción, tenía un aire infantil aterrador, como el de una niña. Sí, una niña con los poderes de un demonio.
- Que maleducado... A mi hermanito no le gustan los maleducados.
Apolo sonrió ampliamente, su orgullo eran aquellos guerreros, campeones impasibles que aplastarían ejércitos enteros por su mandato, maldito fuera su padre por encerrarlos en Tártaro y estar a punto de provocar una tragedia. ¿Le serían aún leales? ¿Guardarían rencor por el infierno que vivieron? Si era así, tampoco importaba, cualquier ser se osara enfrentarle desaparecería mucho antes de intentarlo, sin importar quien fuera.
Enseguida Apolo observó como una gran columna horizontal de viento venía desde el palacio de Eolo para acabar introduciéndose en el Gran Salón, Apolo sonrió complacido, sus heraldos habían llegado, con un gesto indicó a los caballeros astrales y al cardenal del ejército que le acompañasen a él y a su hermana.
Templo de la Corona, Delfos
El dios renegado tragó saliva, Hades vivo, eso disminuía sus esperanzas, después de todo aquellos santos no pudieron matar a un dios pero.. ¡Aún Eris y el mismo... ¡ De algún modo empezó a sentir vergüenza de ser vencido, pero luego recordó una cosa, el cuerpo de Hades fue destruido, sólo quedaba su alma, que nada podría hacer más que reencarnar de forma constante, tal como le ocurrió a Poseidón hacía diez mil años.
- Fácil es leer tus pensamientos, tu rebelión de nada servirá, los dioses perseguiremos a cada uno de los herejes que blasfemen contra el Olimpo, y no hallarán descanso en la muertes pues Hades se ocupará de hacerles pagar su sacrilegio. Mas podemos llegar a perdonar tus faltas... A cambio de algo. Acaba con los herejes... ¡Purifica este mundo! ¡¡MATA A... APOLO!!
Prácticamente los ojos de Abel salieron de sus órbitas, el dios misterioso de cabellos azules, así como Hefesto y Hércules, cerraron los ojos y bajaron la cabeza, apesadumbrados ante tal decreto, Deméter y Hestia, sin embargo, permanecían impasibles y el hombre de ropajes vino simplemente sonrió, como si la idea le agradase.
- ¿Y bien dios caído? ¿Acaso no obedecerás la orden que te está dando... Tu amada?
Abel tragó saliva ante las descaradas palabras de la diosa de cabellos dorados, avergonzado levantó la vista pero la diosa del fuego no parecía querer reaccionar, el resto de deidades permaneció callado, hasta que Deméter intervino.
Deméter: La Tierra sufre nuestra indecisión, si no reaccionamos la Gran Madre destruirá el Olimpo antes de dejarse morir, dios caído Abel, vástago de Zeus... ¿Aceptas la proposición que te hacemos? El perdón a tus pecados, a cambio de la muerte del más terrible de tus hermanos.
Abel miró contrariado a Deméter, él también sentía el dolor de la madre de todos los dioses, todos ellos dependían de ella, todos provenían de su vientre, ella era el principio, y sin duda podía ser el fin... Cerró los ojos, recordó la era de los mitos, la época en la que él vivía en el Olimpo, feliz en su ignorancia, no podía olvidar, era demasiado, no podía perdonar a su padre, a los dioses, pero aceptaría, sí, aceptaría para acabar con Apolo... Y luego iría el resto... No era el fin de la guerra, sólo el principio.
Abel: Acepto vuestra proposición pero exijo algo a cambio...- mirando fijamente a la diosa del fuego, Hefesto ya no tenía valor para detener a un dios tan lleno de soberbia, la arrogancia del hijo de Zeus se palpaba en el ambiente pero la hija de Cronos no se amedrentaba, y asintió en espera de su petición - Vuestra mano, y un asiento en el Olimpo...
Palacio del Dios del Viento, Santuario del Sol y la Luna
El titán Palas, antiguo señor de sabios, consejero de Cronos, permanecía sentado con gran aburrimiento, empezaba a cansarse de estar ahí, esperando mientras el resto de sus "compañeros" se preparaban para la más grande batalla desde la era del mito, sin embargo él sabía que debía ser así.
En un gesto bajó al piso inferior, observando lo derruido del suelo, con una gran pesadumbre en la mirada, dio lentamente la vuelta, una mujer extrañamente formada por agua pura le observaba con tristeza, mientras que él le correspondía con una cálida sonrisa.
Palas: Al fin después de tantos siglos, vienes a mi, mi amada.. - el titán trato de abrazar a la ninfa pero al rozar su piel, se dio cuenta que no podía, observó sus manos viejas y mojadas, para luego mirarla a ella - ¿Por qué rechazas el abrazo del único ser que te ha amado?
- En mi nombre juraste servir y proteger al Olimpo, un juramento sagrado que incumples con tus traiciones. ¿Por qué? Gozaste siempre de los más altos honores, del respeto y admiración del consejo.
Palas: Pero tú ya te habías alejado antes, antes de que bajara a este inmundo mundo para derrocar a esa niña malcriada a la que ahora enfrentamos, antes de eso, tú ya me evitabas, no volví a saber de ti... ¿Por qué?
- Lamento tanto esta distancia, pero nada puedo hacer, tu ya has escogido el camino, un camino equivocado que te llevará a ti y a todos los que te sigan a la perdición, mientras mi lealtad siempre estará con Zeus.
Palas: ¿Zeus? ¿Acaso sabes donde está? ¿Por qué no viene aquí a arreglar los problemas que su hija predilecta ha causado? ¿No se da cuenta de que si no hacemos algo, todos los dioses serán destruidos?
- Ni siquiera eres capaz de imaginar la tragedia que provocaste, eso es lo peor, no conoces el pecado que desde hace miles de años debiste enmendar.
Palas: Aún no has respondido... ¿Dónde se encuentra el Señor del Olimpo? - preguntó con tono oscuro, repleto de odio y celos, unos celos irracionales hacia el ser que tenía la lealtad del ser al que más amaba, aquella mujer que le importaba más que todos sus ideales, que sus mismos sueños, la diosa por la que lo dejaría todo -
- Junto a mí, escuchando cada sacrilegio que dices y cometes, no sólo con tu voz sino con tus pensamientos.
Furioso, el titán descargó su cosmos contra la efigie acuática que desapareció en vapor, su ira incontrolada empezó a provocar fuertes temblores, al tiempo que su bastón empezó a tornarse negro, negro como la noche, con una infinidad de piedras preciosas coronando la parte superior de su báculo, espesas lágrimas inundaban su rostro pero el fuego de su rencor las secaba en el acto, de la tierra que se abría dejando un gran vapor, salía una figura imponente, cuya piel no era carne, sino lava, pura lava con incrustaciones rocosas que dibujaban formas semejantes a un rostro, el cuerpo de aquel inhumano ser, era cubierto por una gran coraza de colores vistosos: cobre, en las rodilleras; bronce, en los antebrazos; plata, en el peto; y oro, en el casco.
- Hermano. - dijo con voz cavernosa aquel ser -
Palas: Todo sucede como lo habíamos previsto, los dioses ya deben haber escogido a su peón para acabar con el Febo y Poseidón ya debe sentir encima la espada de Damocles... Una vez muerto y con el cuerpo de Hades despedazado, el sello se romperá.
- ¿Y tu corazón no alberga dudas a nuestra rebelión? - preguntó suspicaz -
Palas: Ninguna... Nada, es más importante que la liberación de nuestro auténtico señor... Cuando él sea liberado, este caos se verá resuelto... ¡Y una nueva Edad Dorada... Empezará!
En las sombras la esposa de Palas negaba con tristeza, mientras un cosmos misterioso y tranquilizador la abrazaba con cariño paternal, el mismo Zeus estaba siendo testigo de la más terrible de las traiciones que escapaba al Señor del Santuario, pues ningún cosmos parece sentirse en el palacio aparte del de Palas.
Notas del Autor:
¿Qué cortito este capítulo verdad? Bastantes cosas creo haber revelado, sin embargo cien misterios se añaden a la cuenta, se habrán percatado que algunos nombres no han sido mencionados, es para mantener cierto misterio pero un conocedor de la mitología ya estará enterado de quienes son la mayoría. ¿Aceptarán los dioses las condiciones de Abel? ¿Dónde estará Poseidón? ¿Saldrá la diosa Atenea de ésta? Sólo podemos esperar que un nuevo episodio responda todas las dudas, hasta entonces, pueden hacer sus preguntas, críticas o lo que sea por esta dirección: lordomegawanadoo.es
Damocles es el protagonista de un mito en el que un hombre va al castillo del rey Dionisio II (no el dios) y no hace más que alagar la suerte de éste al tenerlo todo, el monarca decide, cansado de tantas adulaciones, cambiar un tiempo de lugar, siendo Damocles el monarca. Durante ese tiempo y al sentarse en el trono, el personaje ve que encima hay una espada gigantesca colgando sobre su cabeza, inmediatamente le ruega al rey que vuelvan a sus respectivos lugares. El mensaje de este mito es que por muchas cosas que tengan los poderosos, el poder es algo que puede perderse con suma facilidad, y siempre deberán convivir con ello.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------
