Capítulo 14

"El Muro de los Benditos"

El Fuego de la Casa de Virgo está apunto de extinguirse Quedan 6:15 horas para la muerte de Atenea
Salón de los Dioses, Antiguo Templo de Atenea

Lentamente abrió los ojos, tristemente se sintió rodeado por los señores del Universo, ataviados con túnicas negras, sus rostros eran cubiertos por un velo de misterio pero él sabía quienes eran ellos, quien presidía el consejo no era Zeus, sino el juez de los muertos, la imperturbabilidad del dios del Inframundo juzgando era digna de mención, cualquier ruego era inútil y lo sabía, tenía tanta certeza de eso como de que todo era una ilusión.

Con indiferencia escuchaba los cargos, sólo había un juez y ese era el mismísimo, el jurado un grupo de deidades que lo aborrecían, curioso el concepto de imparcialidad.

El más terrible de todos sus pecados fue dicho, en un murmullo apenas audible, pero todos lo escucharon y le señalaron sin dudar, el odio era palpable. ¿Eran los dioses? Trató de saberlo, y los rugidos de cancerbero empezaron a ensordecer sus oídos, todos los rugidos adornados por las detestables voces de sus perseguidoras... Las erinias le hablaban, no callaban, que realista resultó la ilusión.

Gruñó, ira mostraba hacia el juez impasible, el jurado ya le llamaba culpable, sin presunción de inocencia, el resto de sus crímenes no eran tan terribles, sólo uno de ellos, uno bastaba, un pecado capaz de arrastrarle al mismo Tártaro.. Un crimen propiciado por el dios al que más detestaba... Maldito sería Apolo desde ese entonces, desde aquel momento en que le obligo a matar... a su propia madre.

- Y yo declaro a Orestes, hijo de Agamenón y Clitemnestra, culpable de matricidio. ¿Qué dice el jurado?

Orestes palideció al ver los rostros descubiertos, no vio a Atenea o a Ares, a Hermes o Hefestos, ningún dios le culpaba, su hermana, su padre... Su madre. Su ira bastó para deshacer tal monstruosa ilusión, con los huesos rotos se levantó a duras penas, mientras Capricornio permanecía en posición de loto, Leo disfrutaba del sufrimiento del guerrero, que al atacarle sólo atravesó el corazón de su madre, aquella mirada de tristeza, carente de odio, pronto se tornó a la sádica sonrisa de Tisífone, deseosa de arrastrarle al infierno, con rabia descontrolada quiso acabar con Baal, pero su patada fue detenida por su padre, vestido con la misma armadura que llevó a Troya, de un movimiento lo lanzó rodando en medio del aire cientos de metros lejos, su cara se topo con la arena, la dorada arena de la playa, miró de reojo a su bienamada hermana, cuya alma era rodeada por las Erinias, que sonreían con sadismo, trató de alcanzarla, pero los dedos de Tisífone se convirtieron en cuchillas, y la demoníaca sierva de Hades la cortó en nimios segundos.

Nuevamente en el interior del templo rodeado por las figuras de los dioses, que ya sólo eran estatuas, desconfiado miró a los ojos a sus adversarios, Ángel era un verdadero sádico, su satisfacción a su ansiada venganza superaba al fervor de Tisífone de forma aterradora, Baal era un misterio, su odia era similar al de su compañero de armas pero... Al usar su cosmos parecía ajeno a la realidad, como si todos los impulsos que le caracterizaban se convirtieran en serenidad, el poder mental de aquel caballero, era más peligroso que la ira del león dorado.

Vomitó sangre, pero el dolor físico no era nada, su cosmos estaba mermado, su espíritu destrozado, apenas podía pensar, sólo le quedaba el más primitivo impulso de sobrevivir, pero éste era superado por las irracionales ganas de matar a aquellos que habían usurpado su mente.

Realidad Alterna

Golpes y contragolpes, invisible al ojo humano, el duelo de los caballeros de oro se había tornado eterno, el santo de Pegaso sentía como su vista se nublaba, su mayor temor era sufrir la misma locura de Anteo, debía salir de ahí cuanto antes, el santo intentó acabar el combate con un certero ken que parase el corazón de su adversario, pero éste simplemente lo esquivó, pudiendo darle con saña por la espalda.

Seiya bloqueó el embiste con su antebrazo, el contraataque rompió la nariz del caballero de Sagitario, pero a éste no parecía importarle, estaba sumido en su propio mundo y era ausente al dolor, pero aquello no era una ventaja, no sentir podía provocar una vulnerabilidad importante a sufrir una lesión grave.

A la velocidad de la luz chocaron sus puños, chirriaron las gloriosas armaduras de oro, ningún daño, igualdad de poder, los cimientos de la batalla de los mil días, cualquier error podría ser fatal. Sabedor de esto, Pegaso se esforzaba por concentrarse y hallar el punto débil de su enemigo.

Seiya: "Sólo tengo que esquivar sus ataques, si logro atraparle..."

Sus pensamientos fueron cortados por un fuerte combo por parte de Anteo, era difícil, si no imposible predecir sus caóticos movimientos, pero el Pegaso debía hacer todo lo posible para lograrlo, sólo así podría... ¡Claro! Aquel día... Hace años...

Hacía unos 7 ó 8 años, él había sido separado injustamente de su hermana, el millonario Mitsumasa Kido había acogido a decenas de huérfanos, todos con rasgos japoneses, los acogió en su casa, para enviarlos a un destino tan fantástico e inimaginable, que les cambiaría sus vidas para siempre, fueron mandados a los confines del mundo, a parajes misteriosos donde serían entrenados, para convertirse en... SANTOS DE ATENEA.

Pero no era, para aquella batalla, su entrenamiento lo que trataba de recordar, era el momento previo a su separación, cuando vinieron aquellos señores extraños al orfanato, un magnate que adopta a diez huérfanos que sobrepasaban los cinco años, eran diez los que se llevó de aquel orfanato, pero aparte de ellos habían más. El mayor de todos, de diecinueve años, acompañó al empresario y su mayordomo, él no quería irse, no quería separarse de su hermana.

Recordaba su sufrimiento, alejado del resto en la esquina más alejada de todo el orfanato, sentado en una vieja escalera, lloraba desconsoladamente. De pronto oyó unos pasos, lentos, tranquilos, levantó la mirada y vio a un hombre sereno, carente de miedos o preocupaciones, de piel bronceada y cabellos plateados se sentó a su lado cual amigo, iba vestido elegantemente de charol, cosa que hizo que él pensara que se trataba del "huérfano mimado".

- ¿Por qué lloras? - la pregunta surgió en el momento, aquel hombre no dio ningún rodeo ni adornó aquella pregunta con cosas como: ¿Por qué un niño tan valiente...? pero eso no era lo que le dejó perplejo, sino la expresión de tranquilidad que mantenía, como si no le importara nada... ni nadie -

Seiya: Me quieren separar de mi hermana... - decía entre sollozos - Primero desaparecen mis padres... Luego me llevan aquí... Ahora me quieren sacar... No entiendo nada.. Todo es...

- Caótico, sí la vida es así. ¿Te hen contado algo de la teoría del caos? - él negó con la cabeza - Como te iban a contar, es complicado, es una teoría, llena de cosas extrañas aunque, es fácil entender la idea... "Incluso en el caos hay un patrón que se repite" - en aquel momento el pequeño Seiya miró extrañado a aquel singular chico - Parece que hoy no puede ayudarte esta frase, da igual, ya lo hará.

Recordó aquellas palabras enigmáticas, y las siguientes, aún más misteriosas, aquella situación le llenaría de interrogantes que provocarían noches de insomnio durante de mucho tiempo.

Seiya: ¿Eso... Es todo?

- No, destino. Por muchos sucesos que formen nuestra vida, por muy incoherentes que suenen, por mucha extrañeza que tengan... Todo es, a fin y al cabo, designio del destino. Sigue tu destino Seiya, déjate llevar, deja que se confíe, y cuando lo puedas mirar, cuando lo puedas sentir, véncelo y vive tu vida, a tu manera.

Y ahora se preguntaba si aquella enseñanza era para ese momento, debía encontrar el patrón de Anteo para poder vencerle. ¿Sabría aquel huérfano que algún día usaría sus enseñanzas? No era el momento de pensar en ello, miró a Anteo fijamente, los ataques parecían desordenados pero...¡sí! El patrón, esquivó cada golpe con una facilidad relativa que enfureció a Anteo, éste cada vez parecía más desequilibrado, locura y furia se entremezclaban dándole un poder inusitado, pero el Pegaso seguía evadiendo el asedio hasta que...

Seiya: ¡¡Meteoro de Pegaso!! - los ataques hicieron que Anteo adoptase una actitud defensiva que no impidió que los miles de kens le empujaran lentamente hasta el borde de la plataforma, en un impresionante acto de velocidad, se colocó en su espalda desatando una de sus más terribles técnicas - ¡Por el Puño Rodante de Pegaso!

Elevándose hacia arriba, hasta dejar la plataforma tan lejos que ni se veía, Anteo gritaba furioso, aún aprisionado se valía de su dominio de las dimensiones para meter sus puños en brechas, de tal modo que atacaba la espalda de su enemigo.

Anteo: ¡Maldito seas...! No seas estúpido... je, je, je... ¡Esto no detendrá a un caballero de ORO!

Elevó su cosmos hasta estallar el Séptimo Sentido, Seiya sentía como un universo despertaba en el cuerpo de su enemigo, quien empezó a formar en su brazo el mismo ken que antes le había lanzado...

Seiya: "Incluso después de tanto tiempo de lucha, aún conserva energías para volver a desatar su más poderosa técnica, he de elevar mi cosmos al máximo o moriré antes de rescatarte... ¡SAORI!"

Anteo: ¡Acepta tu destino Pegaso! ¡Estalla masa cósmica!

El ataque explotó fulminando a ambos guerreros, en la lejanía, Virgo y Dragón podían ver una hermosa explosión y una lluvia de polvo de estrellas, Shiryu sonreía sabedor de que nada detendría a su compañero y amigo, él debía esforzarse en acabar ese combate, detectó la rabia de Kraynak, humillado por el corte que previamente excalibur le provocó.

Shiryu: "Seiya sé que vencerás a tu enemigo, y es mi misión derrotar a este guerrero que no sólo ha renegado de nuestra diosa, sino también ha insultado la honestidad de mi maestro. Pronto podremos salvar a nuestra señora, eso es una promesa" - reflexionó mientras elevaba su cosmos color verde en forma de Dragón, preparado tanto para ataque como para defensa -

Kraynak: ¿Crees que esto cambia las cosas? Mi espíritu sigue siendo superior al tuyo.. ¡Agh!

Shiryu: Mi maestro me decía siempre, que cuando el enemigo pierde la calma pierde la mitad de sus posibilidades de victoria... ¡Sentirás el furor del dragón naciente!

El santo de Virgo trató de asegurar que no funcionaría un ataque visto, pero jamás pudo siquiera contemplar tal magnifico ken, no era el mismo Dragón Naciente que usaba Dohko, un ataque capaz de cambiar el curso de una cascada, era algo mucho más poderoso...

El dragón golpeó el peto dorado, el puño legendario lo destrozó ante la mirada desorbitada de Virgo, no era cosmos normal, era el aura de...

Kraynak: ¡¡UN DIOS!! ¡¡Tú no eres humano!! ¡No puede ser! ¡¡AGH!!

Dio torpes pasos hacia atrás, cayendo de rodillas, el orgulloso santo dorado había perdido el control de la situación, de la herida no paraba de brotar sangre, su muerte estaba cerca, la deshonra era superior al dolor físico, aquel hombre no podía permitirse perder, de algún modo, el santo del dragón empezó a sentir compasión.

Shiryu: Pese a tu sacrilegio has luchado con verdadero fervor a tus ideales, eso lo respeto, quizás no seas sólo un mero traidor sino un hombre equivocado. ¿Te arrepentirás de tus pecados y le pedirás perdón a la diosa Atenea?

Kraynak: Infeliz... Compadécete de ti mismo... No escaparás al juicio de los dioses.. ¡Agh! ¡Te mataré! ¡Tengo que hacerlo! ¡No puedo regresar al Hades SOLO!

En su mano se concentraron fuerzas espectrales de aire etéreo, preparaba aquel ataque capaz de hundir la propia alma, Shiryu concentró su cosmos, debía lograr lo imposible, atacar con el dragón sin desproteger su corazón, un nuevo ataque sería fatal.

Kraynak: ¡Destruiré tu alma caballero! ¡Sentirás todo el peso de tu sacrilegio y en el Tártaro rogarás clemencia!

El santo ateniense cargó su cosmos, no existía forma de que el dragón atacara sin dejar desprotegido su corazón, debía realizar un nuevo ataque, era el momento de hacer uso de todo su poder, superó el Séptimo Sentido, vislumbro Arayashiki, el máximo poder, la armadura de bronce pasó a ser dorada y luego... ¡Kamei!

Kraynak miró aterrorizado los movimientos del Dragón, pero no cesó en su ataque, tratando de dirigir toda su energía vital al ken definitivo, el tiempo parecía detenerse, el puño de Virgo, la furia del dragón, su brazo formaba a los cien dragones del Monte Rozan, pero no salían, aquellas bestias sagradas permanecían rodeando una gran columna de cosmos que se alzaba hacia las estrellas, con fuerza inusitada dieron forma a un dragón dorado de tamaño descomunal, el guerrero al servicio de Apolo palideció al instante, las fauces de aquella bestia sagrada amenazaban con triturarle, el guerrero de oro hizo acopio de todas las fuerzas que le quedaban para vencer a su enemigo.

Shiryu elevó su aura hasta el cielo, de su armadura de bronce despertaba en todo su esplendor la kamei que antes le había protegido de los dioses guardianes del Eliseo y del mismo Hades. Lo había conseguido, había logrado suprimir el defecto de la técnica de su maestro creando una nueva a partir del dragón naciente, sonrió de gozo elevando su mirada al cielo, de algún modo pudo ver a su maestro en su facha de anciano, asintiendo, pronto sintió como si el cosmos del gran caballero de libra se uniera al suyo logrando un poder celestial, que igualaba al de los dioses, lentamente bajó el brazo y el dragón dorado cayó con toda su fuerza sobre Kraynak de Virgo...

Un destello de luz impidió ver el resultado...

Mientras tanto, Seiya despertaba adolorido, con todos los huesos rotos, pero con la armadura de oro intacta, de nuevo agradeció el favor de Aioros, no tardó en incorporarse al ver que su rival seguía de pie, sumergido en su locura.

Anteo: Ja, ja, ja. - de nuevo el tic que le hizo voltearse para ver a Pegaso - Caballero... ¿Has visto el polvo de estrellas? Que interesante... ¿Con esto crean armaduras? - en su mano guardaba celosamente un poco de polvo de estrellas - ¿Qué ocurre? ¿No te estás divirtiendo? ¡Eh! Tú... - de pronto empezó a mirar al santo ateniense con los ojos desorbitados, como si se hubiera dado cuenta de algo terrible - Tú.. El padre de... No... Ja, ja, ja... No es posible.. Eres demasiado... Pero... No, no, no... ¡NO!

Seiya: "¿De qué estará hablando? No puedo permitirme estar más tiempo en este lugar... ¡Tengo que salvar a Atenea!"

Sin más preámbulos decidió cortar de raí el problema, ambos poseían armaduras de oro, sólo existía una solución, se armó con la más poderosa arma del caballero de sagitario... El arco y... ¡La flecha de la justicia!

Anteo: ¡Un arco! Ja, ja, ja, ja. Y es de oro... ORO... Yo también tengo uno.. ¿Quieres que te lo enseñe? - aquel caballero sacó también el arco de Sagitario, pero eso era lo que Seiya esperaba -

Seiya: No hay tiempo, he de salvar a Atenea. ¡Que sea la justicia de nuestra armadura la que decida quien es el caballero de Sagitario!

Anteo: ¿Sagitario? ¡Yo soy...! Yo, yo, yo.. Lo demostraré... Soy un santo de oro, de oro, DE ORO.

Ambos tensaron al unísono el arco, las flechas apuntaban al corazón del rival, rápidamente dispararon en el mismo instante, se oyó un grito.

Shiryu exhaló un suspiro al ver al caballero de oro tendido en el suelo, el ataque arrasó con su corrupta armadura y su cuerpo ensangrentado ya nada podía ofrecer al orgulloso caballero, los espíritus que surgían de su mano le rodeaban queriendo guiarle a un lugar mejor.

Kraynak: No he podido.. Vencer.. - su voz era entrecortada por una respiración enferma, se notaba su mal estado - Quizás sí es hereditario.. Excalibur, el dragón... Tal y como hace 200 años...

Shiryu: ¿De qué habláis? ¿Acaso enfrentasteis a mi maestro en el pasado?

Kraynak: No hice nada para proteger a la princesa en la guerra santa... Mi estúpida envidia me hizo enfrentar a uno de mis compañeros... Merecía el castigo del Hades... El frío de Cocitos..

Exhaló su último suspiro, había muerto arrepentido, el dragón guió su alma para que regresara al cosmos, donde encontraría la paz. Un minuto de silencio guardó antes de que una luz cegadora lo cubriera.

Anteo reía, reía endemoniadamente, la flecha le había atravesado el corazón y aún así no paraba de reír, de rodillas, sangrando por todas partes, Seiya lo observaba impasible, con la flecha de sagitario entre sus dedos, dios lentos pero seguros pasos hasta estar frente a frente con su enemigo.

Seiya: Es el fin, arrepiéntete de tus actos y ruega por el perdón de la princesa.

Anteo: Ja, ja, ja, ja, ja... ¿Para qué? El maestro nos matará a todos, a todos, los destruirá TODO. Ni dioses, ni hombres, nada podrá detenerlo, en cuanto el Oro Impío le pertenezca... Ja, ja, ja, ja. - su cuerpo empezó a doblarse, retorcerse de forma aterradora, pero Seiya seguía imperturbable - Se me recordará... Sí.. Se me recordará como el caballero de oro Anteo... Que sacrificó su cordura y su vida por el Gran Maestre... - y así acabó sus días, con un último destello de serenidad, del cuerpo de Anteo empezó a salir una luz que pronto tragó al Pegaso -

Salón de los Dioses, Antiguo Templo de Atenea

Descargó el "Resplandor de Luz" con tal ira que al caballero de Leo le costó esquivarlo, cual bestia salvaje Orestes se lanzó sobre su enemigo con una infinidad de golpes de luz difíciles de esquivar, la velocidad del guerrero de la Corona era muy superior a la luz, pero la ira de éste no superaba al ansia de venganza que dominaba a Ángel, que esquivaba los ataques con los movimientos felinos que antes le habían salvado.

Orestes: "Está esquivando mis ataques, pero.. ¿Cómo es eso posible?" - se preguntó -

Ángel: No sólo se trata de velocidad caballero, también cuentan los reflejos, has visto los legendarios "Movimientos del Jaguar" una técnica capaz de evadir los más certeros ataques.

Orestes: "No es posible... Los Movimientos del Jaguar..."

Ángel: Ahora sentirás toda mi furia, cuando acabe contigo desearás la muerte caballero... ¡Muere!

Sobre sí mismo Orestes vio caer a su enemigo, que le atacó con una destreza inigualable, era prácticamente imposible esquivar sus golpes, y el veneno empezaba a surtir efecto, en aquel momento dio por hecho que era de locos seguir combatiendo y que debía hacer algo por los santos de Atenea.

Orestes: Hay algo más allá de esta sala, debo... ¡Argh!

Con sadismo en su rostro Ángel agarró al guerrero, su venganza se vería resuelta, su cosmos tomó la forma de un jaguar, y empezó a emitir chispas amenazadoras.

Ángel: ¡Por la amazona de Escorpio! ¡Por mí... Hermana! ¡Muere caballero!

Coliseo Interior

Shiryu y Seiya se miraron con complicidad, habían ganado sus respectivos combates, era el momento de acabar con aquella situación, sus miradas fulminaron al caballero de altar que seguía produciendo un gran desconcierto ya que parecía aterrorizada.

Arles: Habéis ganado los juegos, sois los finalistas, ahora sólo queda que.. ¡Combatan entre sí!

Salón de los Dioses

Orestes se soltó de su enemigo, cuyo cosmos estalló en una explosión voltaica, rápidamente se giró para ver como preparaba su ataque más mortífero, Baal trató de confundirle, creando copias de su compañero de armas por todo el lugar, pero no era a Ángel a quien quería derribar.

Coliseo Interior

Seiya: ¿De qué hablas? ¿Por qué íbamos a pelear nosotros? Dos caballeros de la justicia al servicio de la princesa. ¡Responde!

Shiryu: ¿Acaso el ser que os controla os ha arrebatado la cordura? - preguntó con suspicacia, haciendo trastabillar al hermano de Shion -

Arles: ¡Idiotas! En la era del mito, Atenea tenía aquí su templo, o más bien, detrás de este lugar, éste coliseo es un punto por el que cruzan cientos de mundos alternos, de ese modo es fácil organizar duelos por la sagrada armadura.

Seiya: ¿De qué.. Hablas?

Arles: Así es, aquí luchaban los aspirantes a caballero ante la mirada del Sumo Pontífice, y sólo aquellos que despertaran el séptimo sentido, y estuvieran destinados a servir a la diosa como santos de oro, serían capaces de cruzar... ¡¡EL MURO DE LOS BENDITOS!!

Ante la total sorpresa de los caballeros de Atenea, detrás de Arles se formaron unos misteriosos símbolos, poco a poco, el lugar se fue distorsionando, Shiryu notó la influencia de Géminis, tragó saliva, aquel lugar era idéntico a la antesala del Muro de los Lamentos.

Salón de los Dioses

- ¿Qué intentas Corona? Nunca podrás dañarme, estás muy débil y eres incapaz de encontrar al verdadero. - decían todas las ilusiones que Capricornio había creado, tratando de confundir a Orestes, sin lograrlo -

Orestes: "Algo ha pasado, tengo que darme prisa, si lo que dijo el Febo es cierto, este lugar debe ser... "

Coliseo Interior

Las 88 constelaciones, lo que representaban, eso mostraba el Muro de los Benditos, en el centro Atenea, con Niké y su escudo, portando su armadura divina, los caballeros se quedaron boquiabiertos.

Arles: Sólo enfrentándoos podremos saber quien es el caballero más leal a la diosa, y así despertar el máximo poder, un poder capaz de hacer temblar a los mismos dioses.

Seiya: ¡Un poder capaz de hacer temblar a los mismos dioses! ¿Es eso posible?

Shiryu: Aunque así fuera Seiya, no demostraremos nuestra lealtad a Atenea pelando entre hermanos, es inútil y primitivo, no es el caballero más poderoso el que puede ser llamado el más fiel.

Arles: ¡Ja, ja, ja! Eso son tonterías, sólo el más fuerte puede ser llamado como tal, pues es él el más capacitado para proteger a la diosa Atenea.

Shiryu: ¡Para llevar ese título! Son necesarias muchas más cualidades, un caballero no sólo debe ser fuerte para proteger a la princesa, también debe ser justo, honrado, valeroso y humilde con sus semejantes.

Arles: Eso no vale nada a la hora del combate... ¡NADA!

Por un segundo Seiya creyó ver la figura espectral de una nueva amazona de oro, cuya fuerza los tumbó contra el suelo, el caballero de Altar que se había exaltado, volvió a sentarse.

Arles: ¿Y bien? ¿Acaso no desean caballeros derrotar a los dioses y salvar esta corrupta Tierra? Sólo enfrentándose entre sí podrá quedar aquel que traspase el Muro de los Benditos.

La única respuesta que recibió fueron los meteoros de Pegaso, pero éstos sorprendentemente habían fragmentado la realidad y estaban siendo tragados por un agujero negro, la fuerza gravitatoria empezó a arrastrarlos con fiereza pero en el momento en que iba a consumirlos, despareció.

- Los representantes del Maestro exigen respeto. - dijo el caballero de Géminis -

Arles: ¡No sean ilusos! ¡Jamás harán nada contra el Olimpo si no despiertan el poder sagrado que aguarda en el Gran Templo de Atenea!

De pronto algo sumamente impactante sucedió, una columna de energía solar atravesó la sala de forma fulminante, sin poder salir de la sorpresa, aquel ken desintegró por completo el cuerpo de Arles, dejando un perfecto agujero del que salía un espeso humo, lo más extraño era la expresión de felicidad que tenía, como si la muerte hubiera sido un regalo de calma y serenidad, para los caballeros no pasó inadvertida la sombra que quedó donde antes estaba el hermano de Shion y que enseguida desapareció, Géminis permanecía impasible.

Lentamente se acercaron al muro, Seiya miró desafiante al caballero de Géminis, pero éste siquiera le regresó la mirada, el Dragón palpaba con suavidad el Muro de los Benditos.

Seiya: ¿Quién habrá sido? ¿Lo sabes caballero de Géminis? - preguntó, mas nuevamente no recibió respuesta alguna -

Shiryu: ¡Seiya mira!

El Pegaso giró para ver como el muro, intacto tras el fulgente ataque que acabó con la vida de Arles, empezaba a brillar, el caballero dorado que aún quedaba pareció interesarse por aquello, sin embargo su mirada se enfocó en el caballero de Altar, que se había levantado.

Arles: Dragón.. Pegaso..

Seiya: ¡Usted! ¿¡Aún vive!? - preguntó adoptando una posición de pelea -

Shiryu: Tranquilízate Seiya, estoy seguro de que este hombre ya ha sido liberado del mal.

Arles: No podía dejar este mundo sin antes revelar el secreto que guardé durante tantos años, ni siquiera Saga o el mismísimo Patriarca supieron del Muro de los Benditos - de algún modo Arles hablaba con calma, sin dudas ni lentas respiraciones, sin duda era la voluntad de un caballero de Atenea la que sostenía a aquel noble siervo de la diosa - Sólo aquel que sea el caballero más leal a Atenea, que goce de su favor podrá atravesarlo, sólo tú Seiya, sólo tú...

Seiya: ¿Yo? Pero.. ¡No soy más leal que cualquiera de mis compañeros! Creo que Shiryu es mayor merecedor de ese título. - respondió con inseguridad -

Shiryu: Pero... ¡Seiya! En reiteradas ocasiones has dado tu vida por la diosa, has MUERTO por ella, sé que no eres una persona prepotente ni arrogante, pero éste es el momento de dejar de lado la modestia y seguir tu destino como el guardián protector de Atenea... ¡El caballero de Pegaso!

Seiya dudaba, sabedor de los verdaderos sentimientos que tenía hacia Saori Kido, avatar de la diosa a la que había jurado proteger, Arles asentía sin dudar, su cosmos antes corrupto por la oscuridad, ahora sólo desplegaba paz y armonía.

Arles: Tal como en la era del mito el caballero Pegaso es el santo más fiel a la diosa, el caballo alado la guiará a la victoria una vez más, así lo dictaron las estrellas hace 13 años.

El valeroso santo miraba el Muro de los Benditos dubitativo, inseguro por primera vez, pero entonces sintió un cosmos armonioso, recordó a Saori y su deber de rescatarla, a ella y a su hermana, las dos personas que más le importaban, tomó una decisión y posó su mano sobre el muro, que lentamente le fue absorbiendo, a él y a su compañero, el Dragón.

El santo de Géminis, antiguo portador de la armadura se había mantenido al margen de todo, pero la brecha aún permanecía abierta, y él estaba dispuesto a seguir a los caballeros de Atenea a aquel misterioso lugar que estaba más allá del muro. Antes de partir dio un último vistazo a Arles.

- El poder que has resguardado sólo le pertenece al Maestro, ese jovenzuelo ni siquiera imagina lo importante que es.

Arles: Cuan equivocado estás caballero de Géminis.. - respondió sin dudar - En verdad sólo Seiya está capacitado para portar semejante poder, sólo el legendario Pegaso, fiel protector de la diosa de la Sabiduría, podrá empuñar la espada legendaria... ¡¡EXCALIBUR!!

Cumbre del Delirio, Riscos de la Locura

Con su armadura brillando como el Sol, gracias a los rayos que éste dejaba caer sobre él, Kanon del Dragón Marino terminaba de escalar los legendarios Riscos de la Locura... Por segunda vez.

Aún recordaba como, por un estúpido reto, él y su hermano habían subido por aquella extraña montaña hacía ¿cuánto? ¿20 años? ¿21? ¿Más? ¿Menos? No importaba, tampoco el como alcanzaron la cima, sólo que después de ese día, ninguno de los dos volvió a ser el mismo.

El general marino empezó a darse cuenta de la distorsión espacio-temporal que existía en el entorno, como si las barreras que separan las diferentes dimensiones hubieran sido rasgadas por algún poder superior, el guerrero se dispuso a sellar aquella brecha, antes de que pudiera causar algún daño al equilibrio universal, cerró los ojos elevando su cosmos más allá del Séptimo Sentido, en su aura podía vislumbrarse el cosmos, millares de planetas, galaxias.

De repente abrió los ojos con fuerza, haciendo estallar todo su poder, había sentido la presencia divina que sólo podría emanar de...

Kanon: "Atenea" - pensó -

El dragón marino decidió que, antes de cerrar aquella grieta, debía entrar y salvar a Atenea, sólo él podría hacerlo, era vital sacarla del lugar en el que estaba que, seguro, estaba más allá del cosmos, tal vez en un limbo entre la vida y la muerte del que es imposible escapar por cuenta propia.

Kanon: ¡Debo sacar a la diosa de ese lugar! ¡Otra Dimensión!

El poderoso ken estalló súbitamente enfrente de Kanon, quien no pudo reaccionar ante la respuesta de la brecha a su ataque, millares de colores surgieron y se entremezclaron en una combinación más majestuosa incluso que la aurora boreal, de pronto una fuerza parecida a la de un agujero negro se tragó al general, que estaba dispuesto a luchar contra lo que sea para salvar a la diosa de la Sabiduría.

Salón de los Dioses, Antiguo Templo de Atenea

Ángel de Leo y Baal de Capricornio, habían logrado al fin su cometido, vencer a Orestes y vengar la muerte de la amazona de Escorpio, el santo de la décima casa sonreía de gozo, satisfecho del aspecto degradado que mostraba el caballero de la Corona.

Ángel: "Hermana, veme desde el lugar en donde estés, donde vayan las almas al descanso eterno, nuestra fidelidad será recompensada por el Maestro y ya nunca tendremos que sufrir el tormento de un infierno que no nos corresponde, sólo espero que algún día nos podamos encontrar" - pensó en silencio el caballero de Leo -

Baal: Al final, este asesino tuvo su merecido, bastardo miserable, mi maestra estaría orgullosa, he vengado su muerte acabando con un traidor al Olimpo.

- Ahora que habéis satisfecho vuestra venganza, es el momento de que recibáis el justo castigo que merece la insubordinación.

Ambos caballeros se sobresaltaron al oír esa gélida voz, un aire helado empezó a congelar todo el ambiente, una fina pero firme capa de hielo cubrió todo el recinto sin dificultad, incluidas las majestuosas estatuas, que habían resistido el pasar de los siglos. Tristemente ahora trozos de éstas caían al suelo, dando una imagen de decadencia, como una predicción del futuro del Olimpo, Leo mostró signos de flaqueza, aquella voz sólo podía provenir de...

Ángel: ¡No puede ser! ¡El caballero de...!

Leo lanzó un grito de dolor tan fuerte, que Baal se sobresaltó aterrorizado, perdiendo toda la calma y seguridad después de haber derrotado a Orestes, inmediatamente volteó estallando todo su cosmos, decidido a enfrentar a quien sea, pero lo que vio lo dejó sin palabras.

Era él, el más terrible asesino del siglo XVIII, de rostro impasible, frío y pálido, con su pulcra armadura dorada y mirada negra como la noche. De su brazo, totalmente cubierto por hielo, colgaba el santo de Leo, la extremidad que lo atravesaba tenía forma de una espada gruesa, completamente hecha de un hielo con el mismo aspecto que el diamante, y tan duro como ese material debía ser porque había atravesado completamente la armadura de oro.

Capricornio tragó saliva, paralizado de miedo, de la herida salía sangre a borbotones, era gigantesca, prácticamente cubría en línea diagonal todo el peto pero sin partir el cuerpo, que daba espasmos continuos, eso y el rostro pálido de Ángel hicieron que Baal retrocediera, posiblemente por inercia, en un gesto de desprecio pero sin mostrarlo en su rostro el caballero dorado lanzó a su víctima contra una pared, irónicamente justo debajo de la estatua de Atenea.

El espadón de hielo estaba en principio cubierto por la sangre del caballero de Leo, que goteaba, pero pronto se congeló y perdió completamente el color, aquel hecho hizo horrorizarse a Capricornio, que imaginó que el grosor del "arma" se debía a una enorme cantidad de víctimas y su sangre.

Completamente ido, Baal seguía dando torpes pasos hacia atrás, con nerviosismo reía, parecía que el caballero se alejaba a cada paso, y todo su alrededor se ennegrecía, pero pronto chocó con la realidad, a su espalda estaba el guerrero, y la espada de hielo rozando su garganta.

Baal: No moriré... No podrás vencerme, estamos en iguales condiciones. - murmuró con voz cortada, como tratando de convencerse a sí mismo -

- Insubordinación, desobediencia y desacato, el infierno no es suficiente para castigaros, yo soy quien hace respetar las órdenes del Maestro, tu destino inevitable es la muerte, la única opción es el dolor o la paz inmediata.

Rápidamente Baal escapó del asedio, adoptó una posición de pelea elevando su cosmos, el caballero del hielo no hizo ningún gesto y caminó hacia él, entonces Capricornio lanzó con su mano derecha una fuerza invisible pero mortífera, que provocó estragos en el suelo cristalizado, pero que el guerrero helado agarró sin problemas, Baal miró atónito como convertía aquella energía mental en nada.

Los nervios hicieron que el santo de Capricornio estallara en furia, sin pausa empezó a descargar fuerzas mentales, prácticamente invisibles sino fuera por la distorsión que provocaban al contacto con el aire, contra el caballero de oro, pero éste simplemente las rechazaba con su cosmos.

A la misma velocidad que antes le había parecido que el hombre de hielo se alejaba, ahora se acercaba, y a cada paso que daba le empezaba a resultar más alto, casi dos metros de estatura pero, para él, era el hombre más grande que había pisado la tierra, el sentir su cosmos gélido, le recordó a Cocitos, aquel aire invernal se adentraba en su piel y le comía el alma, su espíritu caía vencido ante tal terror, su cuerpo temblaba como el de un niño pequeño y eso le avergonzaba sobremanera.

Al tenerlo delante se intercambiaron miradas, una gota de sudor recorrió la frente de Baal, con toda su rabia lanzó un puñetazo en el pecho del santo dorado, y aterrorizado notó con todo su brazo se congelaba rápidamente, intentó alejarse pero sus piernas no respondían, el ambiente invernal le había paralizado el cuerpo sin congelarlo y el hielo ya le había cubierto el brazo derecho, pudo ver como aquel ataque había provocado un hilillo de sangre en la boca de aquel hombre, pero éste seguía imperturbable.

Baal: No... lo.. log... ra... - intentaba decir con gran dificultad, tenía una parálisis en toda la cara - "¡No necesito mi cuerpo para hacerte daño caballero de acuario!"

La voz gutural que usó Capricornio en aquel momento golpeó con fiereza la mente del caballero de Acuario, quien fue golpeado brutalmente por una especie de tormenta, no de viento, no de arena, sino de pura energía mental, inmediatamente el santo puso sus brazos en cruz para protegerse, pero cortes invisibles empezaron a desgarrar sus mejillas, provocando pequeñas heridas, el guerrero concentró su cosmos dorado para hacerlo estallar, eso desequilibró por momentos a Baal, y Acuario no esperó ni un segundo para correr hacia él, agachado como un felino, y destrozarle el mentón con su puño cristalizado, sus nudillos se habían vuelto diamante, el terrible caballero de Capricornio cayó pesadamente al suelo, emanando gran cantidad de sangre.

- Vuestro sacrilegio queda pagado.

Sin que pudiera notarlo, Ángel de Leo se abalanzó sobre él cual león rabioso, como un bólido de energía fulgente, atravesando el Salón de los Dioses hasta salir definitivamente del templo.

Cumbre del Delirio, Riscos de la Locura

Rápidamente Acuario se incorporó, pudiendo vislumbrar al desesperado santo de Leo, contra todo pronóstico su herida había cicatrizado gracias al formidable que, como caballero dorado, poseía, sin embargo la determinación del asesino era absoluta, nada le impediría acabar con aquel hombre.

Ángel: ¿¡Por qué!? ¿¡Por qué haces esto!? ¿Acaso no te das cuenta de que es una estupidez enfrentarnos entre nosotros? ¡¡Somos compañeros de armas!!

- Ya he respondido a esa inútil pregunta, de nada vale vuestro rango y armadura en comparación con el Sumo Pontífice, a él es a quien debemos lealtad y obediencia, algo que vos no habéis demostrado.

Ángel: ¡Sólo quería vengar la muerte de mi hermana! ¡El Patriarca lo podrá comprender! - gritó desesperado, tratando de impedir el inevitable combate -

- Pero yo no. - respondió con frialdad -

El cosmos dorado del caballero de Acuario cubrió por completo su cuerpo, congelando sus nudillos y sus cabellos, su pelo antes negro como la noche, ahora estaba erizado y cubierto de hielo, la capa helada llegaba a cubrir sus patillas, su rostro se había vuelto pálido mas no enfermizo y su brazo con forma de espada cortaba el aire ansioso de sangre.

Ángel se preparó para el ataque, tras su cosmos se vislumbró la imagen de un jaguar, usaría toda la fiereza de su estilo de lucha para vencer a Acuario, y luego le presentaría excusas al Maestro, no estaba dispuesto a morir ese día.

- Cuan inútil resulta tu valor, sufrirás antes de que tu alma sea purificada.. ¡Tempestad de Mercurio!

Elevando su cosmos, lanzó una poderosa tormenta de aire helado que no tardó en congelar todos los alrededores, pero gracias a sus movimientos felinos Ángel corrió velozmente, haciendo estallar su cosmos, procurando que la adrenalina le impidiera desfallecer, pronto se colocó frente a su ex-compañero, en quien descargo una serie de ataques que él bloqueó con su espada, contraatacando con un fuerte puñetazo que le hizo caer de rodillas, entonces Acuario lo agarró en vilo por el cuello, y lo lanzó al borde del acantilado.

Con el dolor ardiendo en su pecho, desnudo, sin la protección de su armadura, Ángel pudo ver el abismo, sabedor de la altura que existía entre la cima y las faldas de aquella maldita montaña, trató inútilmente de incorporarse, mas una aterradora visión lo dejó sin habla, el santo de Acuario le miraba impasible, cercándole el cuello con la punta de su espadón helado, en su alma ya sentía de nuevo el frío de cocitos, sin embargo su cosmos ardía con la rabia propia de un caballero de oro.

Ángel: No estoy perdido, de ninguna manera... ¡Cápsula de Fuego!

En sus manos se formó una explosión flamígera cuyo calor sobrepasaba los mil grados, pese a eso, Acuario contestó con su mortal técnica: "La Tempestad de Mercurio", que fue apagando la intensidad del ken de fuego, al tiempo que apagaba las esperanzas de Leo, pero éste en un último intentó de supervivencia elevó su cosmos más allá del Séptimo Sentido, provocando que, por primera vez, Acuario retrocediera, pero la explosión empujó a Leo al precipicio, sujetando el borde resbaladizo, era inevitable su caída.

- Ven con nosotros Ángel. - decían voces espectrales, los fantasmas de la locura -Te llevaremos con tu hermana... Te está esperando.. Déjate caer.. La paz es lo que encontrarás... El fin de tu tormento.. Ven...

Sin furia en su rostro por el ataque, sin odio ni rencor Acuario miró a Ángel, que ignoró al santo quien decidió dar el golpe de gracia, antes de que la locura acabara con el poco honor que le quedaba al caballero de Leo, extendió su mano libre, y descargo la "Tempestad de Mercurio" por tercera vez, mas no hubo tiempo para que aquel hombre fuera congelado, pues se dejó caer en ese momento, sus últimas palabras no fueron escuchadas por Acuario en ese momento, apenas eran un murmullo, pero el no escucharlo le impidió saber el porque de aquella sonrisa de felicidad.

Ángel: Atenea... - dijo mientras caía -

Entonces Acuario desapareció en la niebla, de una forma tan misteriosa como cuando apareció en el Salón de los Dioses, de su rastro sólo quedaron los restos de una cruenta batalla y dos... ¿cadáveres?

Salón de los Dioses

Con gran dificultad Baal se levantó, furioso, una ansiedad de venganza reinó de nuevo su calma, tan terrible como aquella que le aquejaba cuando sintió la muerte de su maestra, rápidamente buscó la presencia del caballero de Acuario, cruel justiciero y brazo izquierdo del Patriarca, pero no encontró nada más que.. ¡Un resplandor de luz!

Orestes miró altivamente a su adversario, con su resplandeciente armadura blanca y dorada, intacta, prácticamente resplandecido y con el brillo del sol bendiciendo su cosmos, sin duda un dios lo protegía, Abel le había brindado una segunda oportunidad que no desperdiciaría.

Orestes: Levanta bastardo cobarde, antes erais más valiente cuando atacabas a traición mis recuerdos. ¡Pagaréis caro toda la tortura a la que me sometisteis! ¡La muerte no será suficiente castigo! ¡Resplandor de Luz!

El ken de luz golpeó brutalmente al desconcertado Capricornio, cuya armadura tenía algunas magulladuras, el resplandor quemó su mano haciéndole gritar de dolor, y aumentar su rabia.

Baal: "¡Bastardo! Primero acabaré con tigo y con tus huesos ahorcaré a ese perro de Acuario, nadie se burla de Baal el Endemoniado... ¡NADIE!"

Gran Cascada del Río de Plata, Santuario del Sol y la Luna

En la zona suroeste del Santuario, al sur del Cinturón de Hipólita y al oste del Bosque Ilusión, pasaba el legendario Río de Plata, una corriente de agua cristalina llamada así porque, en las noches de luna llena, adoptaba el mismo color plata de la luna gracias a la luz de ésta, aquel río desembocaba en una pequeña y escondida playa donde se encontraba un pueblo costero, muy alejado del Santuario por extremas supersticiones, asimismo provenía de una gran cascada, muy cerca de las Doce Casas pero sin siquiera alcanzar la Casa de Aries, ésta estaba en una pequeña montaña, cuyo tamaño era ínfimo en comparación con el Star Hill o los Riscos de la Locura, la cima de ésta era una gran laguna, en cuyo centro se hallaba el legendario recinto donde los caballeros de plata se reunían.

Shun se despertó súbitamente, estaba muy cerca de la cascada, en el borde este del río, frente a él, estaba un hombre anciano, vestido con un kimono blanco, su pelo era blanco canoso, aunque espeso, le cubría hasta la nuca y tapaba su frente. Aquel anciano hombre irradiaba un cosmos terriblemente poderoso, tanto que al caballero de Andrómeda le hizo recordar sus combates contra Caronte y Titán, rápidamente se puso en guardia.

- Ni siquiera lo intentes caballero, mejor trata de concentrar todas tus energías porque las necesitarás. - aconsejó aquel hombre, de la misma forma que un maestro enseña a su alumno -

Shun: ¿Concentrar todas mis energías? - preguntó inseguro -

- Así es, antes de combatir, el guerrero debe meditar, unir en un solo punto alma, cuerpo y mente para, de ese modo, estar preparado para una batalla que puede durar horas, meses o incluso años.

Shun: ¡Imposible! ¡Ninguna batalla ha durado tanto tiempo! ¡Es una locura!

- ¡Jum! Zeus y su padre combatieron durante dieciséis meses sin descanso alguno, eso es algo propio de dioses, y tú muchacho que no eres un dios, no podrás resistir esta batalla.

Shun: ¡Espera! ¿Por qué deseas luchar? ¿De qué sirve?

- ¿No lo sabes? Es básico, tú eres un caballero de Atenea, una traidora al Olimpo, yo sin embargo soy Ío de Júpiter, caballero astral del relámpago, desde el principio de los tiempos siempre ha habido dos bandos que deben enfrentarse, y es el ganador el que decidirá que fue correcto y que fue sacrilegio.

Shun: ¡No es cierto! Si dejarán a un lado las diferencias, no existirían bandos, todos podríamos convivir en paz, sin guerras, sin dolor... Sin sufrimiento.

Shun estaba convencido de que con la paz se podía convivir, y trataba de hacer que el caballero de Júpiter lo entendiera, pero aquel hombre con porte de maestro no cambiaba su rostro serio e impasible, sin duda su terquedad le impediría ablandarse y renunciar a la batalla.

Ío: Sólo con la sangre se puede bautizar un ideal, y el ideal de los caballeros astrales es el fin de las personas como tú caballero Andrómeda, prepárate para tu último combate.

Apenado, Shun cerró los ojos, mas los abrió con determinación al recordar que hacía en aquel lugar. Debía derrotar a los cinco caballeros astrales para abrir el sello del palacio del dios Eolo, y poder usar la Mano de Dios del caballero de Venus para liberar a Atenea y, entonces, hacer que Apolo desista de su locura y rescatar a la hermana de Seiya, por todo eso, estaba dispuesto a enfrentar con todo al caballero de Júpiter.

Ío: Necio. ¿No has comprendido nada? ¡Debes meditar tus acciones y medir las consecuencias antes de hacer algo de lo que te puedas arrepentir!

Shun estaba desconcertado, por un lado aquel guerrero aseguraba que le mataría sin piedad, pero al mismo tiempo le daba consejos sobre como enfrentarle, calmó su ansiedad, sentándose de la misma forma que Ío, cerró los ojos y concentró su cosmo-energía, el caballero de Júpiter se mantuvo quieto, observando al santo de Andrómeda.

Frente al Palacio del Viento

El altiplano que formaba la "antesala" al palacete, tenía un enorme cráter, de un diámetro aterrador, la explosión desatada por el ángel Ícaro había devastado toda la zona y desintegrado a todo un batallón de centauros, los más fieros guerreros de la era del mito, cuyas almas habían sido introducidas en envases humanos.

La guerrera astral de Urano, conocida por su título de la mejor esgrimista del Olimpo, anteriormente había servido a los dioses como una Ángel, más específicamente, a la mismísima reina de los dioses, Hera. Sin embargo, fue en una confrontación de "Su Majestad" con la diosa Atenea por la derrota de su hijo Ares lo que hizo que se encontrara por primera vez con el hombre que le había hecho cambiar de parecer.

"El Carnicero de Grecia", así era conocido, sanguinario general de las huestes de Ares, en aquel tiempo se había convertido en un mercenario capaz de venderse por unas monedas. Recordó el primer día, nada más se vieron tuvieron una batalla que duró un día entero, una confrontación sin sentido sólo destinada a saber quien de los dos era el más fuerte, al final cayeron exhaustos.

Poco a poco, empezó a conocer a aquel siniestro personaje, en realidad se trataba de un hombre que había aprendido a matar, rápidamente congeniaron y formaron un lazo de compañerismo similar a la amistad, relación que acabó en una sincera hermandad, no de sangre, sino de alma, su padre lo apadrinaría y pasaría a ser su hermano. En esos momentos el mundo vivía una edad oscura, por la mano del Señor del Más Allá.

Siete años después, se formaría la Orden de los Caballeros Astrales, nueve guerreros que estuvieron al servicio de diferentes dioses: Titán, el gigante, sería envestido como el caballero de Saturno; Ío, su padre, el campeón de Zeus, su más fiel guerrero, se convertiría en el caballero de Júpiter; Tritos, el atlante, miembro del ejército de la Atlántida al servicio del Emperador Poseidón, sería el caballero de Neptuno; Ella, Ángel del Olimpo, amazona al servicio de Hera, sería consagrada como la guerrera astral de Urano; y su "hermano", el ahijado del caído Ares, su campeón, acabaría siendo, Caronte, el caballero astral de Plutón, el ser al que más apreciaba en todo el universo, incluso al punto de que en algún momento pensó amarlo más que a un hermano.

Caronte: ¿En que piensas hermana? - preguntó, sin desviar la vista del horizonte -

- En el día en que nuestra orden fue creada. - respondió -

Caronte: ¿Hmmm? Sí, lo recuerdo. Poco después la derrota de Ares y el Señor Oscuro. Ese día nuestras manos se bañaron con la sangre de cinco dioses. ¿Será por eso que el Zeus deseaba eliminarnos?

- Fue Apolo quien nos impuso el reto de derrotar a los Astra Planeta - respondió sin dudar -

Caronte: Sin esperar que ganásemos, éramos un peligro para los dioses, nosotros, sus campeones, nos habían enviado a la muerte. ¿Qué nos esperaba si ganábamos? La inmortalidad. ¿Quién se resiste a eso?

- Pero ganamos, nos convertimos en la elite del Olimpo, los comandantes del Ejército Olímpico, ángeles y semidioses nos respetaban, dirigimos la Guerra del Hijo .

Caronte: ¡He ahí nuestro pecado! ¡Dirigir el ejército! ¡Acabar con los herejes! ¡Derrotar a Abel! ¡Nuestro poder era demasiado para Zeus y nos mandó directo al Tártaro! Y ahora es mi misión hacerle pagar a su hijo nuestro castigo, haré que Apolo resienta cada tortura, provocaré que el orgulloso dios Sol llore de tal manera, que su padre bajará de los cielos en forma de rayo, y entonces.. Le mataré.

- No podrás enfrentar sólo a Apolo, hermano, es imposible que un mortal enfrente a un dios Olímpico, y viva para contarlo.

Caronte: ¿Y como explicas el que esos santos de bronce hallan acabado con Eris para siempre, encerrado a Poseidón, enfrentado a Abel y asesinado a Hades y que aún así estén en este lugar con ánimo de seguir peleando? Primero destruiré a esos caballeros de Atenea, luego iré a por el gran Febo... - dijo con fuerte resentimiento en la palabra Febo - ¡Yo sólo! Tú no tienes nada que ver, no quiero que pases por lo mismo que nuestra madre.

La calma de la amazona de Urano parecía desequilibrarse con las duras palabras de su "hermano", su alma estaba resentida desde la muerte de su "madre", la poderosa guerrera de Gaia, esposa del caballero de Júpiter, su sacrificio provocó en el sanguinario Caronte un sentimiento de culpabilidad e impotencia tan grande, que lo había convertido en un demonio, capaz de traicionar a los dioses que anteriormente veneraba con devoción, sin embargo ella sabía que por mucho que lo intentase, jamás podría detener a aquel impetuoso campeón de su destino.

Caronte: Hermana. - murmuró estando de espaldas a ella, su capa ondeaba al viento con aire macabro, y él miraba de reojo a uno de los únicos seres por los que daría su vida - Debo hablar con nuestro padre, no quiero que intervenga, sólo yo debo enfrentar a Apolo.

- ¿Cómo? - preguntó, aparentando seguridad en su pulcro rostro sereno, mas insegura de la seguridad de su compañero -

Caronte: Con un poder que nuestros queridos santos de bronce están a punto de liberar.

Un aire siniestro cubría al caballero de Plutón, que en su mente maquinaba la muerte del que antes había sido su venerado maestro y señor, su odio era capaz de ahogar toda la magnificencia del Santuario del Sol y la Luna, daba realmente una sensación de terror, mas en su hermana sólo producía una gran preocupación por su futuro.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------

Notas del Autor:

Otro capítulo "corto" je, je, je. En esta ocasión he tratado de actualizar más rápido, espero y este capítulo les haya gustado, era el momento de finalizar varias batallas para dar inicio a los verdaderos combates, los caballeros astrales han sido presentados, y Caronte parece tener unos planes muy distintos a los de Apolo. ¿Logrará ejecutar su venganza? ¿Podrá alejar a su familia del asunto? Seiya parece ser el santo más fiel de Atenea al haber atravesado el muro pero, sobre Ikki también parece recaer ese título, ¿quién ostentará finalmente el título de santo más leal? ¿Seiya? ¿Ikki? Cualquier duda, crítica o comentario a: lordomegawanadoo.es

En la mitología griega, los Astra Planeta ('estrellas errantes', es decir, planetas), eran los cinco hijos de Eos y Astreo, y hermanos de los Anemoi (dioses del viento). Ellos eran Fenonte (Júpiter), Faetonte (Saturno), Piroente (Marte), Eósforo (Venus) y Estilbo (Mercurio).

La Guerra del Hijo o Filiomaquia es una invención de mi autoría sobre la gran guerra santa entre Abel y Zeus, en la que terribles ejércitos se enfrentaron, los caballeros astrales, que en ese momento eran la elite del Olimpo, comandaron a cada legión, pronto recibirán más información referente a este gran cisma, olvidado por la mitología.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------