Capítulo 16
"¡Odio! El reencuentro con la Oscuridad"
El Fuego de la Casa de Libra está empezando
extinguirse
Quedan 5:45 horas para la muerte de Atenea
Monte Etna, Isla de Sicilia
Nadie podría siquiera imaginar, que en las profundidades del volcán inactivo de Sicilia se escondía el paraje más hermoso de la Tierra, pues conforme el Sol dejaba de bendecir las sombras del subterráneo, luces de diversos colores brillaban con gran intensidad, sin duda se trataba de piedras preciosas que habían estado ahí desde hacía siglos.
El Fénix carraspeó, durante algún tiempo no había cesado de caminar aquel extraño pasadizo y no había visto nada, siempre bajando una pendiente descendiente, se preguntó si estaba en una especie de laberinto aunque nunca había visto ninguna bifurcación.
Otra idea vino a su mente cual relámpago, podría tratarse de una ilusión, inmediatamente dejó de seguir el pasaje y se concentró cerrando los ojos, por inercia adoptó la posición de Shaka alcanzando pronto el Arayashiki, de pronto empezó a sentir en todo su ser imágenes del lugar, dándole pistas para poder seguir, sin embargo, un fuerte dolor lo lanzó contra el piso y provocó que se desdoblara de dolor, sin duda algo no quería que descubriera todos los secretos de aquellos pasajes.
Ikki: ¡Maldición! ¡Agh! - bramó adolorido, más firme en su decisión de seguir adelante - Me da igual cuantas pruebas me pongan dioses del Olimpo... ¡No me importa! ¡Alcanzaré mi objetivo y arrancaré el Oro Impío de las entrañas de la Tierra si es necesario! ¿Eh?
En su delirio, Ikki se percató de la risa alegre de una joven, inmediatamente abrió los ojos, y se quedó congelado al ver como un cabello rubio se perdía en las tinieblas, desesperado corrió a por él a una velocidad inhumana, que incluso superaba la de la misma luz, iba tan rápido que no se percataba de que tomaba caminos intrincados y que se estaba adentrando en un enorme laberinto.
Ikki no tenía tiempo de pensar, cada segundo sentía que estaba más cerca de aquella chica, aún siendo incapaz de verla, una espesa niebla empezaba a ahogar el entorno, y al mismo tiempo su propio cosmos, sintió escalofríos al escuchar monstruosos bramidos y resintió la furia de pequeñas tempestades de aire impuro de la cueva, mas nada podía detener al valiente Fénix.
Tras un tiempo indefinido de correr sin descanso, empezó a vislumbrar un destello de hermosas luces, como si la misma aurora boreal se estuviera formando delante de él, una sonrisa se formó en su rostro, sin embargo, una bestia surgió de la niebla con gigantescos colmillos y filosas garras, con destreza sin igual esquivó el primer embiste sin dejar de correr, la fiera paró en seco y volteó para atacar al Fénix pero éste saltó varios metros teniendo al monstruo justo debajo de él, sin duda la bestia era un león, aunque realmente gigantesco y único, viendo que aquel monstruo se había quedado atascado, hizo estallar su cosmos para fulminarlo de un golpe.
Ikki: ¡Por las llamas del Fénix volador!
El ataque explotó en la piel del león e Ikki cayó de pie sobre el suelo enfrente de él, el santo de bronce no se sorprendió al sentir el bramido de la bestia, su desolador y repugnante aliento hizo que su cosmo-energía mermara, pero no se amedrentó a la hora de lanzar una patada voladora que apenas hizo mella en los colmillos del león.
Aquella criatura tan gigantesca como tenebrosa, no tardó en contraatacar lanzando sus garras, el dolor que sintió en su pecho superó toda herida sufrida hasta entonces, la sangre escurrió violentamente desesperando al Fénix, seguía escuchando aquella risa cada vez más cerca, realmente le resultaba familiar, nuevamente desató las llamas del ave de fuego contra el león sin hacer mella, pero esta vez pudo esquivar sus garras y ponerse detrás, con destreza felina dio rodeos alrededor del león, golpeándolo por todas partes pero vio que nada podía hacerle daño, Ikki no tardó demasiado tiempo en concluir que su piel era impenetrable, era imposible matar a aquella fiera, debía noquearla.
El monstruo volteó violentamente golpeando con su cola el suelo cavernoso, fragmentándolo, pero el santo de Fénix pudo esquivarlos todos, pronto ideó una estrategia saltando sobre el león lo montó por su cuello y agarró los majestuosos cabellos, sin embargo no podía dominarlo, la bestia era demasiado salvaje, con brutalidad dio vueltas por la zona golpeándose contra las paredes, Ikki resistió sin caer del lomo, sabedor de que el techo empezaba a derrumbarse, un último choque que lanzó al Fénix contra el suelo hizo que una avalancha de rocas cayera sobre el león, el santo no tenía tiempo para ver si lo había noqueado o no, inmediatamente salió del lugar en dirección a la jovial risa de la chica de pelo rubio.
Palacio del Patriarca, Asgard Meridional
Cuentan las leyendas que un día, el gran sabio y guerrero Odín enfrentó junto a sus hermanos a los legendarios Gigantes de Hielo, que descendían del abominable Ymir, de los cuerpos inertes de aquella extinguida raza surgieron tierras heladas, que se fueron juntando con el continente europeo por la zona norte, aquella tierra fue bautizada como Asgard, al igual que la tierra donde moraba la corte de Odín.
Tras siglos de caos y desorden, en las que predominaba la ley del más fuerte, se cuenta que un hombre, de edad avanzada, reunió a todas las tribus de las estepas bajo su batuta, aquel sacerdote era el mensajero de los designios de Odín y fue llamado Patriarca, contó a aquellos bárbaros sedientos entonces de sangre la grandeza de su misión, mantener el equilibrio en la Tierra que era asediada por la ira del Emperador Poseidón, fue así como aquellos habitantes tomaron como ideal el ideal de Odín y rezaron a su dios para mantener el hielo que tanto dolor les causaba, para así proteger a la Tierra de la rabia de los océanos, aún cuando Poseidón fue sellado, su misión no terminaba pues sería eterna y no cesaría hasta el fin de los tiempos.
Entre aquel grupo de valientes, cuyo valor no residía en las armas sino en su mentalidad de sacrificio y voluntad, siempre había alguien, cuyas plegarias confortaban de tal manera a los dioses, que se decía que cesaban de alimentarse, pelear o dormir por escuchar aquella dulce voz, esta era siempre una niña, protegida por la estrella de Polaris, quien hace mucho tiempo recibió los legendarios siete zafiros de Odín, que en tiempos de guerra eran portados por los dioses guerreros, un grupo de jóvenes destinados a convertirse en los guardianes de Asgard, como último recurso, los zafiros podían invocar la armadura divina de Odín, Sleipnir y la legendaria espada Balmung, cuya hoja podía cortar cualquier metal, llegando incluso a volver mantequilla al Orichalcum.
El Patriarca tenía la honorable misión de proteger a aquellos que oraban por la gracia de Odín y que se encontraban en el norte de aquellas tierras, Asgard Septentrional, donde se erguía el palacio Valhala. Para tal misión, se dice que en tiempos mitológicos el hombre que ostentó por primera vez el cargo pidió a los enanos la forja de una incontable cantidad de armaduras a partir de la piel de las bestias que habitaban las estepas, pidió a los elfos que bendijeran aquellos mantos divinos con su gracia, y por último buscó a los más nobles y fieros guerreros del Norte para portarlas.
Aquellos hombres serían llamados guerreros divinos , una orden de caballeros bendecidos por la gracia de Odín, y que protegerían Asgard Septentrional y a la sacerdotisa de Polaris, en aras de que no fuera necesario invocar a los dioses guerreros.
En la era actual, o más bien algunos años antes, el patriarca era conocido como Dolbar, los guerreros divinos habían sido reducidos con el paso del tiempo, pero aún así y por extrañas razones aquel hombre anciano que ostentaba su cargo de protector de Polaris desde hacía casi 20 años decidió iniciar una guerra santa contra el Santuario de Atenea, en aquel momento en manos del patriarca Arles mas conocido como Saga, el caballero de Géminis. Nunca quedaron claras las razones de su traición a Asgard, mas sus acciones y derrota permitieron la entrada de Poseidón a Asgard Septentrional, pudiendo éste embrujar a la princesa Hilda de Polaris e iniciar una nueva guerra en la que intervendrían los legendarios dioses guerreros.
El dios rebelde Abel observaba sin parpadear el derruido palacio, en el que anteriormente había una estatua del dios Odín, ahora todo aquel lugar estaba cubierto por una especie de árbol, del que emanaba un aura mística y sagrada que daba escalofríos al orgulloso Febo, detrás de él, sus coronas: Atlas, Jao, Belenger, Clea y Electra, única superviviente de la masacre de Dioniso, permanecían con una rodilla hincada en espera de órdenes.
Pronto, de los alrededores de aquel árbol misterioso, surgieron tres personajes, uno de ellos anormalmente gigantesco que portaba armas filosas, impasiblemente el que parecía su líder observaba a Atlas con soberbia, lo que este ignoró completamente, pues mantenía un control absoluto de sus impulsos.
Pronto Clea mostró signos de vislumbrar un cuarto cosmo, se trataba de un guerrero de pelo rubio y corto, armado visiblemente con una espada que trataba de ocultar con su capa, a su lado estaba el hombre al que Abel había venido a buscar, otras de las almas que él había arrancado personalmente de las entrañas del Hades, Dolbar, Sumo Sacerdote al servicio del dios Odín.
Abel: Polaris tardará demasiado en aceptar, si no hacemos algo, Asgard será destruida y toda la Tierra estará en manos de mi hermano, espero que no hayas pensado en traicionarme, Dolbar.
Dolbar: No me subestiméis Febo, no sería tan estúpido como para darle la espalda a aquel que me ha devuelto la vida, literalmente, más sabiendo que podría quitármela en ese instante.
Abel: ¿Entonces?
Dolbar: Déjame que hable con ella, entenderá que es mejor actuar ahora que esperar a que la locura de los dioses del Olimpo alcance este lugar sagrado.
Abel: Podéis intentarlo si queréis, pero daos prisa, el tiempo no es algo de lo que precisamente podamos alardear tener, siento como ese arrogante dios vástago de Zeus moviliza sus tropas, pobre inútil, ni siquiera se ha percatado de...
Dolbar: Febo. - cortó, viendo como el dios empezaba a divagar en su profundo odio a su hermanastro -
Abel: ¿Qué queréis?
Dolbar: Siento que el Yggdrasil está... El espacio que nos rodea se distorsiona, es como si algo se estuviera moviendo entre dimensiones. ¿No lo nota?
En aquel momento el dios carraspeó, no se había percatado de aquello, era extraño que aquel sacerdote, quien no parecía temerle pese a sus palabras, sí lo hubiera sentido, eso sólo indicaba que su nivel de concentración era absoluto y que el tenerle cerca no le producía ningún pavor, pero ese no era el momento de pensar aquello, tenía que ver que clase de ser estaba moviéndose en las barreras del Espacio-Tiempo, hizo un gesto para que Dolbar y sus guerreros se marchasen, nuevamente el líder de éstos miró con soberbia a Atlas, quien seguía imperturbable.
Monte Etna, Sicilia
Ikki seguía rápidamente su trayectoria, perdido entre los gritos joviales de la joven y los bramidos de bestias grotescas, una serie de gruesas vainas empezaban a querer cerrarle el paso pero al Fénix le bastaba con su cosmos incandescente para destrozarlas, no había nada que pudiera detener a aquella bala humana, nada.
Empezó a ver su silueta, corriendo alegremente, aquel cabello amarillo, aquella risa, aumentó más su velocidad hasta que algo, un escalofrío, le hizo parar en seco, había llegado a una zona espaciosa, ciertamente circular, como si estuviera hecha para pelear, pero eso no era lo que Ikki veía, ante sus ojos, la joven de cabello rubio era atacada mortalmente por un haz de luz cegadora, la sangre escurría por el piso y el santo de bronce pudo ver con claridad a la chica, ahora fallecida.
Ikki: No... Puede ser... ¡Esmeralda! - grito desesperado -
- Ja, ja, ja. Hacía tiempo que te esperaba... Ikki, el caballero del Fénix, mi obra maestra.
Fuera de sí, el ave inmortal hizo estallar su cosmos con rabia, ante él se mantenía firme el asesino de la joven, el primer ser al que odió más que a nada en el mundo, un monstruo en la piel de un hombre, su antiguo maestro, Guilty.
Palacio del Valhala, Asgard Septentrional
Hilda de Polaris reflexionaba en la silla del trono la proposición del dios rebelde, tales eran las dudas que le abrumaban que le era imposible orar con todo su fervor, realmente no deseaba tomar parte en otra guerra, y menos en aquel momento en que su única hermana yacía enferma de gravedad, algo habitual en aquellas tierras, aunque no dejaba de ser doloroso.
En su ensimismamiento, sintió el grito de varios guardias en las afueras del palacio, levantándose de inmediato hizo un gesto para que Vladimir, que se encontraba cuidando de su seguridad, fuera a ver que pasaba, pero un cosmos gigantesco hizo que aquel gigante quedara paralizado.
Con soberbia desproporcionada, un hombre de aspecto maduro y orejas puntiagudas, enfundado con una ostentosa armadura y capa, pasó de lado al jefe de guardia, quien cayó rendido de rodillas perdiendo aire, para postrarse a los pies de Hilda en señal de sumisión, un grupo conformado por cuatro guerreros vigilaba todo desde la entrada.
Hilda: No puede ser... ¡El Sumo Pontífice! ¡Dolbar! - exclamó sorprendida -
Dolbar: Princesa de Polaris he escapado de las entrañas del Hades para pediros perdón por mis atroces actos, que pusieron en peligro vuestra hermosa y preciada vida. - dijo con tono reverente, sin siquiera mirarla a los ojos -
Hilda: ¡No puedo creeros! ¡El Hades se ha convertido en una prisión abierta de la que los dioses sacan almas descarriadas para servirse de ellas en esta guerra sin fin que el dios griego Apolo ha provocado! ¿Acaso sois otro de los mensajeros de Abel que viene a convencerme de que dirija a mi pueblo a la guerra? ¿O un esbirro de Apolo en busca de mi cabeza? En cualquier caso no dejáis de ser un traidor a nuestra amada tierra de Asgard, no sólo abusaste de tu poder como sacerdote para intentar invadir el Santuario, sino que además permitiste con tu locura que Poseidón pudiera alcanzarme. ¡No sólo provocasteis muertes en Asgard sino también casi propiciasteis el fin del mundo! ¿Por qué Dolbar? ¿Por qué ensuciáis la honra de los siervos de Odín?
Dolbar: Princesa... - murmuró sin palabras, abochornado ante las firmes acusaciones de aquella a la que había jurado proteger -
Hilda: Para mí, el hecho de que hayáis salido del infierno es prueba más que suficiente que demuestra la decisión de Odín, vos que fuisteis en otros tiempos su leal servidor no fuisteis recogido por las Valkirias ni llevado al Valhala, sois un traidor que no merece siquiera la muerte.
Dolbar: ¡No me importa que no me perdonéis princesa! - exclamó firmemente, alzándose rápidamente con su cosmos, que sin estar enfocado a la amenaza, ya era de por sí temible - Pero entendedlo, Apolo exterminará a todos los seres humanos, su procesión no ignorará las vidas de los habitantes de nuestra amada Asgard, sí es posible que aún no haya ningún peligro, pero al final... ¡Es mejor atacar primero!
Hilda: No habéis cambiado nada... El castigo que sufristeis en el Hades debió ser demasiado suave como para no haberos arrepentido de vuestra traición.
Dolbar: ¿Castigo? - repitió irónico - ¿Qué sabrán los dioses del castigo? ¿Qué pueden saber los inmortales del verdadero sufrimiento? Ni las más horrendas torturas del Tártaro serían capaces de compararse con la sensación de haber fracasado... Fracasado en mi sagrada misión de protegeros... Yo...
Hilda se quedó sorprendida, no era mera convicción lo que movía las palabras del sacerdote, sentía verdad en ellas, un cierto sentimiento protector, pronto aquel hombre recuperó la compostura.
Dolbar: Tarde o temprano Apolo atacará, hasta ese entonces, no me moveré de este palacio. ¡Guerreros divinos! Id, y proteged el palacio. ¡Por la gloria de Asgard!
La sacerdotisa no pudo hacer nada para impedir que aquellos cuatro guerreros salieran del lugar, mas Vladimir pronto se puso entre la joven y Dolbar, quien estaba sumamente tranquilo.
Vladimir: ¡Maldito seas bastardo! ¿¡Cómo osas entrometerte en nuestra amada patria después de la carnicería que provocaste!? ¡¡ASESINO!!
El gigante trató de golpear al sacerdote con sus gruesos puños, pero éste los esquivaba con absoluta facilidad, lo que acababa con los nervios del jefe de guardia, éste arremetió contra Dolbar de un hachazo, que el hombre sujetó con dos de sus dedos, por mucha fuerza que hacía, Vladimir no podía quebrantar la defensa de su enemigo.
Hilda: ¡Basta Vladimir! No es necesaria la violencia, si Dolbar dice la verdad, entonces puede quedarse, mas os advierto que jamás me aliaré con ningún dios demente como Abel.
Dolbar: Jum, está bien. - de un gesto, desarmó a Vladimir, quien tras un bufido se alejó, siempre atento a cualquier eventualidad - Sin embargo, Abel sigue aquí en Asgard, esperando respuesta por vuestra parte.
Hilda: ¿Seguiréis con eso? Perdéis el tiempo sacerdote.
Dolbar: A decir verdad, me conformo con que me permitáis protegeros, de lo demás, ya lo decidiréis vos personalmente.
La sacerdotisa se quedó pensando, aquella sumisión del que fuera en algún momento el sanguinario sacerdote que inició la guerra de Asgard, realmente era tan desconcertante como sospechosa, la joven servidora de Odín no podía siquiera imaginar los motivos que movían a aquel hombre, Dolbar se mantuvo ahí, firme, con una expresión de satisfacción en su rostro que hizo sospechar al jefe de guardia.
Monte Etna, Sicilia
No fue necesario mucho tiempo para que el Fénix desplegara sus alas contra aquel asesino, que no se movió del lugar manteniendo sus brazos cruzados, un fuego infernal empezó a azotar su musculoso cuerpo cicatrizado, pero aquel demonio enmascarado parecía haber olvidado el dolor, poseído por la ira Ikki atacó a su maestro con frenesí, sus puños golpeaban el ancho pecho del que fuera su maestro, hasta que éste decidió contraatacar, con un solo puñetazo pudo mandar al poderoso caballero de bronce lejos, dejando un surco no muy hondo en el suelo.
Guilty: Aún después de tantos años eres incapaz de desatar todo el odio del caballero del Fénix... ¡Qué decepción!
Con rabia descabellada Ikki contraatacó con una certera patada en el costado, pero Guilty pudo agarrar el pie a tiempo, golpeando varias veces el suelo con el cuerpo de su ex-discípulo, nuevamente lo alejó cientos de metros dejando otro surco.
Guilty: Es inútil Ikki... ¡Sólo sobrepasando todas las barreras con tu odio podrás alcanzar a vencerme! ¡Ódiame Ikki! ¡Ódialo todo!
Las exclamaciones del hombre de la máscara y el ver a Esmeralda tendida en el suelo propiciaron un nuevo ataque del Fénix, tan brutal que hizo que por debajo de la demoníaca máscara escurriera sangre, el santo de bronce preparó su puño dispuesto a acabarlo cuando empezó a oír palabras desconcertantes para él.
Esmeralda: ¡Ikki acaba con él! - exclamó, llamando la atención del Fénix - ¡Debes vengarme! ¡Ikki!
Ikki: ¡Esmeralda... Estás viva!
Guilty: ¡Imbécil!
El monstruoso guerrero de pecho cicatrizado agarró fuertemente a Ikki por la cintura, de tal forma que el valeroso santo de bronce empezó a resentir un fuerte dolor en las costillas, perdido entre la ira contra su maestro y la alegría que sentía al ver a su amada viva, el caballero del Fénix hizo estallar las llamas del infierno sobre aquel que un día fue su maestro, de un gran salto se puso delante de Esmeralda.
Ikki: ¡No estás muerta! ¡No puedo creerlo! Estás... Viva... - dijo sin caber en sí de gozo -
Esmeralda: Ikki... ¡Tienes que vengarme! ¡Mira lo que ese monstruo me ha hecho! ¡Casi me mata! ¡IKKI!
Ikki: ¿Ese.. Monstruo? Pero Esmeralda... Es tu padre... Como..
Guilty: ¡Basta de palabrería Ikki! ¡Muéstrame tu odio! ¡O te daré razones para sentirlo!
Ante la ira y el asombro del Fénix, aquel hombre soltó un golpe mortal en contra de la joven que era su hija, sin dudarlo un instante el santo colocó su antebrazo, siendo éste quebrado por el impacto, sintió el crujir de sus huesos, ignoró el dolor para contraatacar con el infierno del Fénix que hizo arder todo el cuerpo de Guilty, que se protegía con sus brazos en cruz.
Guilty: ¡Qué llamas más suaves Fénix! ¡No siento el odio necesario para destruir a un hijo del demonio como yo! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!
Esmeralda: ¡Ikki! ¿¡Qué haces!? ¡¡DESATA TU RABIA!! ¡¡¡ACABA CON ESE MONSTRUO!!!
Ikki: ¡Esmeralda ponte a salvo! ¡Por las llamas del Fénix!
Raíces de Yggdrasil, Asgard Meridional
El cosmos de Abel era inconmensurable, aún habiendo sido mermado con el paso de los siglos, seguía llegando a tales niveles que podría hacer desestabilizar la propia realidad, al sentir un aura errante en el medio del caos que era el vacío espacio-temporal hizo que un fulgente poder divino desgarrase el espacio, ninguno de los presentes mostró signos de sorpresa al ver a un hombre, rubio y de tez amarilla, cubierto por la milenaria armadura del Cisne.
Abel: De modo que tú, Cisne Hyoga, habías caído en el tormento del caos, ha sido una verdadera bendición del destino el que tu cosmos aún sea capaz de siquiera existir, gracias a esto, he podido llevarte aquí, a Asgard, que pronto se convertirá en el escenario de una guerra.
Hyoga: Estaba perdido en el espacio, en otra dimensión... ¿Dónde están los demás? ¡Responde!
Abel: De nada te servirá la ira Cisne, no siento el cosmos de los caballeros de bronce pero es lógico... El cosmos de Apolo y Artemisa produce el efecto de un eclipse cósmico, que hace imposible que se pueda sentir cualquier aura.
Hyoga: ¡Tengo qué regresar y...!
Abel: Bastantes guerreros hay en ese lugar ya, Hyoga, necesitamos de tu ayuda para enfrentar el ejército de Apolo.
Hyoga: ¿¡Ejército!? Pero... Si nos encontramos en Asgard... La Tierra Sagrada de Odín... Los dioses no se atreverían a...
Abel: Nimias alianzas milenarias... ¿De qué sirven ahora que el trono está en disputa?
Hyoga: El trono está en disputa... ¡No puede ser! ¿Acaso insinuáis que... Apolo aspira al poder?
Abel sólo asintió, un escalofrío recorrió el alma de Hyoga, el Monte Olimpo estaba en el infierno de una guerra civil, tal y como pasó durante en la Titanomaquia, el hijo aspiraba al trono de su padre.
Monte Etna, Sicilia
El Fénix miraba insólito como Guilty bloqueaba sus kens a manotazos, era realmente el mismísimo demonio surgido del infierno, un gigante envuelto en las llamas de sus mortíferos ataques. ¿Acaso era verdad que sus ataques carecían de odio? Pero eso era imposible... El ver a Esmeralda había despertado su rabia...
Ikki: ¡AH! ¡Maldito! ¡Muere! ¡Por las llamas del Fénix!
Guilty: ¡Es inútil! - nuevamente destrozó el ataque - ¡Necesitas odiarme para vencerme! ¡¡NECESITAS ODIAR PARA RECLAMR EL PODER!!
Sin ninguna dificultad, aquel demonio enmascarado golpeó con fuerza infernal el pecho de Ikki, alzándolo por los aires hasta el techo, donde quedó empalado por las estalactitas llenas de piedras preciosas y diamantes, la sangre escurrió en abundancia manchando el cuerpo del caballero del diablo, el santo de bronce lo vio prácticamente como un bautizo diabólico, era verdaderamente aterrador, no solo su poder era inconmensurable, sino que además parecía invencible.
Esmeralda: ¡Ikki! ¡Ataca! ¡Ataca con todas tus fuerzas! ¡Me va a matar! ¿¡Acaso no vas a protegerme!?
Ikki: ¡Esmeralda corre! ¡Trataré de retenerlo el mayor tiempo posible! ¡Corre con todas tus fuerzas y encontrarás la salida!
Con impotencia vio al demonio arrancando una especie de roca con forma puntiaguda, era fácil suponer que planeaba hacer, elevando su cosmos flamígero hizo desaparecer las estalactitas y cayó cual meteoro sobre Guilty, éste trató de bloquear el ataque con la rudimentaria arma que había creado previamente pero la potencia del ataque no tardó un segundo en perforarla, para luego impactar en el estómago del hombre enmascarado, lanzándolo contra las paredes de la caverna.
Ikki: ¡Ah, ah, ah! - exhalaba con cansancio, gracias a su cosmo-energía podría seguir luchando pero, lo cierto era que las heridas le habían debilitado sobremanera - Esmeralda... Tienes que huir de este lugar... Agh... Ese monstruo... Es demasiado... poderoso...
Esmeralda: ¡No Ikki! ¡De nada sirve huir! ¡Debes acabar con él! ¡¡MATALO!! ¡¡¡Mata a ese hombre!!!
Ikki: ¡Es tu padre Esmeralda! - reclamó, provocando que la joven callara, realmente la actitud de la que fuera una dulce chica incapaz de odiar a nadie había cambiado y él no podía creer... Ni siquiera podía creer que ella fuera en verdad Esmeralda -
Asgard Meridional, Norte de Europa
Cerca de unos acantilados, que desembocaban en las aguas más heladas de todo el ancho mundo, un contingente formados soldados asgardianos, un capitán y varias curanderas, buscaban por aquella zona una flor milenaria necesaria para la recuperación de heridas graves, era parte de una medicina muy utilizada en aquellas tierra, que sólo florecía gracias al incesante tiempo asgardiano, sin embargo con los pasados acontecimientos en los que la sacerdotisa Hilda de Polaris dejó de orar al dios Odín, aquella flor prácticamente desapareció.
- ¡Miren! ¡Miren! ¡La he encontrado!
Los soldados voltearon a ver a la curandera que había exclamado, estaban algo alejados ya que aquella joven había tardado en cerciorarse de si lo que había visto era la legendaria flor, inmediatamente el capitán dio órdenes a sus hombres de que fueran a aquel lugar, en el que una presencia empezaba a manifestarse.
- Al fin la hemos encontrado... - con extrema delicadeza recogió la flor, tomándola desde la base arraigada en nieve pura - Muchachas miren... Seguro nunca habrán visto algo tan hermoso...
- ¡Oh! Pero... ¿Cómo es posible que algo así florezca en Asgard? - pregunto una curandera de cabellos azulados -
- A estas plantas, les favorece el tiempo invernal de este lugar, el abono más útil para que crezca es abundante nieve. - respondió una tercera joven -
Las tres mujeres se sobresaltaron al oír unas pisadas al norte, estaban seguras de que los soldados vendrían desde el oeste ya que esa era la ruta normal. Sin embargo, la que había encontrado la flor permaneció inmóvil, ya que sin duda el mal tiempo podía estar jugándoles una mala pasada.
- Esa flor es mía.
Las curanderas miraron a todas partes, no supieron de quien era esa voz de niña hasta que contemplaron su silueta acercándose, a su lado estaba lo que parecía un caballero cubierto por túnicas de oscuro tejido, en cuanto ambos seres se mostraron frente a las mujeres, éstas observaron que la niña llevaba una ostentosa armadura cuyo color era la viva imagen del planeta mercurio.
- Yo la vi primero. - insistió la niña -
- Pequeña... - empezó a decir la curandera que había localizado la susodicha flor - La necesitamos para crear medicinas... Hay mucha gente enferma que...
- Van a matar a mi flor... - ante los rostros apenados de las curanderas, que no podían siquiera imaginar el monstruo con el que se habían topado, la niña de armadura mercurio mostró ojos acuosos - Son malas... ¡Muy malas! ¡No dejaré que maten a mi flor!
Un torrente de energía verde se formó alrededor del cuerpo de la niña, y cuando una de las curanderas quiso calmarla estalló de una explosión fulgente, las asustadas curanderas huyeron, no sin antes que la joven que había encontrado la preciada flor la guardase entre sus mantos, viendo como huían, los ojos acuosos pasaron a convertirse en ojos de demonio, a su lado apareció el sombrío hermano de Marte, envuelto además con túnicas negras.
- ¡Son gente mala! ¡Hermanito Deimos castígalas! - ordenó al caballero del fuego, quien inmediatamente sacó su brazo llameante, rodeado por la persistente rueda infernal -
Sin mediar palabras, el hombre de fuego lanzó sus llamas en forma de dos bolas de fuego, una de las cuales alcanzó a una de las jóvenes, que ardió enseguida convirtiéndose en ceniza, sin embargo aún quedaba la que llevaba la flor, cual felino Deimos corrió hacia ella, no podía permitirse dejar testigos o pronto alarmarían a toda Asgard, sin duda era la desesperación y el nato instinto de supervivencia lo que hacía que la chica pudiera escapar del caballero de Marte.
De pronto saltaron dos guerreros asgardianos, fornidos y armados con lanzas, firmemente impidieron el paso al caballero astral, sin temblar ante el infierno que se desataba a su alrededor debido a su cosmos, de algún modo lo único que sí producía escalofríos en los valerosos asgardianos era la carencia de sentimientos en el joven y moreno rostro de Deimos, cubierto en parte por su espesa cabellera negra y la capucha, dándole un toque siniestro.
- ¡Ahora tendrá que enfrentarse a alguien de su tamaño! - exclamó uno de los dos hombres apuntando con su arma el cuello del impasible guerrero astral -
- Espera hermano... Antes de mandar a este monstruo a las profundidades del infierno, debemos saber quien lo ha enviado. - advirtió el otro guerrero, de cabellera verde jade -
- Hermanito Deimos... ¿Por qué tardas tanto? - ante la presencia de la niña Mercurio, se produjeron varias reacciones, mientras los dos guerreros quedaron confusos por ver a una joven de esa edad enfundando tan pesada armadura, la joven de la flor quedó petrificada, manteniendo por pura inercia el preciado tesoro, Marte simplemente ignoró el comentario - ¡Denme mi flor es mía! - exigió -
- ¿Su flor? ¡Kira! ¿Acaso has encontrado el último ingrediente? - preguntó el hombre de cabellos verdes, al tiempo que su hermano seguía apuntando al hombre de fuego -
Kira no respondió, demasiado terror gobernaba su voluntad, al tiempo que varias docenas de guardias llegaban Narciso de Venus y el otro caballero de Marte arribaron al lugar, no pasó mucho tiempo para que el capitán preguntase quienes eran aquellos individuos, pregunta a la cual nadie pudo dar respuesta.
Narciso: ¿Habéis visto el Sol directamente? - preguntó, haciendo trastabillar a todo el pelotón de asgardianos - Sabes que te va a cegar, pero su luz es tan magnífica, tan maravillosa, que no puedes evitar hacerlo, yo represento esa luz, divino destello que los atrae a ustedes, pobres insectos, venid. ¡Venid a mí!
Ante la total sorpresa de los asgardianos, aquel caballero de armadura espejada creó una columna de luz desde la palma de la mano, que estaba abierta hacia arriba, una vez aquella maravilla hubo alcanzado el cielo, Narciso la agarró sorprendentemente, como si fuera un látigo, el cual se movía de forma serpentina.
- ¡Ataquen! ¡¡ATAQUEN A ESTOS ASESINOS!! - gritó el capitán, quien ya había podido ver los restos cremados de una de las jóvenes -
Inmediatamente, doce guerreros se abalanzaron con sus lanzas a por Narciso, éste simplemente sonrió con malicia, con movimientos llenos de gracia, como si estuviera bailando, empezó a atravesar a aquellos valientes con aquel látigo de luz, el cual los cortaba limpiamente, dejando rastros de ceniza pegados a los torrentes de sangre que no se hicieron esperar, no pasó ni un minuto, antes de que los soldados muriesen.
- Agh, maldito monstruo... ¡Te mataré yo mismo!
Furioso por la muerto de sus subordinados, el capitán desenfundó una hacha vikinga, y se lanzó con ira ciega a por Narciso, el cual manejaba su látigo como un experto en gimnasia rítmica, haciendo que girase alrededor del hombre en perfecta espiral.
El capitán estaba realmente abrumado por la perfección de movimientos, era imposible moverse sin perder el miembro que tratara de atravesar aquella barrera perfecta, pese al peligro, quería dar el todo por el todo, sin embargo no podía, a su pesar, era como sí todo su cuerpo se hubiera paralizado de repente, sí, todos sus órganos internos, y así, ante los anonados guerreros de Asgard, su valiente capitán sucumbía sin razón aparente, con una sádica sonrisa Narciso hizo que la espiral del látigo de luz presionase el cuerpo al caer, partiéndolo en mil pedazos.
Sin dudar todos los guerreros decidieron vengar a su capitán, nuevamente el caballero de Marte se deslizó con movimientos felinos con su brazo ardiente, realmente parecía estar constituido por pura energía flamígera, juntando todos sus dedos utilizó su extremidad llameante para acabar con dos asgardianos que le salieron al paso, le bastaba con tocarles para que, tanto sus cuerpos como sus armaduras ardieran hasta convertirse en ceniza, al ver como cinco más lo rodeaban, Deimos incendió sus piernas dando patadas giratorias igualmente fulgentes en el aire, uno de los guerreros casi le rasgó el rostro con su filosa lanza, pero sus reflejos divinos le hicieron esquivarlo, provocando el desarme de su enemigo, sin esperar un momento atravesó el corazón de éste, cremándolo, cuando calló sobre el frío y nevado suelo, los cuerpos caían inertes estallando en polvo, con manos y piernas en la superficie, y aquella mirada felina, Deimos mostraba la aterradora forma de un cazador sediento de sangre.
La guerrera de Mercurio observaba divertida como los desesperados asgardianos saltaban a por ella, sólo con una pequeña parte de sus poderes telequinéticos podía hacerlos estallar, pero su objetivo seguía siendo la flor, Kira deseaba escapar con todas sus fuerzas, pero realmente no podía, la misma fuerza que previamente había apresado al capitán del pelotón, ahora ahogaba su espíritu, no tardó mucho en darse cuenta de donde provenía esa fuerza oscura que quebrantaba la propia alma, el hombre cubierto por túnicas oscuras y de tez pálida sonreía ampliamente, señalándola con el dedo al corazón, aterrada vio a un guerrero intentando cortarle el pescuezo, pero aquel hombre atravesó el cuerpo de su agresor sin pestañear, sin daño físico alguno, tan solo había pasado toda barrera física para romper el alma valerosa del guardia, acabando con su vida en una fracción de segundos.
Apenas quedaban ya hombres, todos morían por el látigo de luz de Narciso o la rabia de Deimos, Mercurio caminaba sonriente, directa a la joven Kira, su infantil rostro estaba bañada por sangre y ceniza, pero aún así no formaba rictus de molestia o rabia, ni siquiera el sadismo que demostraba con sus actos, sólo aquella cara de niña, totalmente en calma.
El hombre que se había interpuesto entre Kira y Deimos hacía poco, ahora se disponía a atacar a Mercurio, sin embargo el fornido gigante fue empalado por el brazo demoníaco de Deimos, ahora apagado, la sangre escurrió por su boca en forma de cascada, el calor le destrozaba por dentro.
- Mal... Maldito... Seas... Demonio... Del fuego... Al menos... Moriré... Con el honor... que todo asgardiano merece... Los dioses me esperan en Valhala...
Deimos negó con la cabeza, el hermano del que estaba apunto de fallecer trató de protegerle, pero el caballero de Marte se lo impidió con una patada que le reventó las rodilleras, estampándole contra la superficie de rodillas ensangrentado y ahumado.
Deimos: Los que mueren tras mis llamas, no van al cielo... o al infierno... tan sólo... dejan de existir...
Rápidamente las llamas desaparecieron a aquel guerrero, mientras su hermano preparaba su venganza, alzó con bravura la lanza, listo para atravesar el ¿corazón? Tal vez ni siquiera tuviera uno, pero estaba dispuesto a todo por matar a aquel hombre, el caballero de Marte giró rápidamente y puso su mano con la palma abierta frente a la filosa hoja.
La lanza rasgó la piel, los huesos, atravesó la mano, pero hasta ahí, el arma desaparecía nada más pasar por la piel del guerrero astral, sólo cenizas quedaban, el hombre de pelo verde oscuro no pudo detener sus pasos, tampoco quería, golpeó el rostro de Deimos como si fuera una bestia salvaje, y sintió como el aura infernal cremaba todo su ser, mantuvo sus ojos abiertos y no decayó ni un segundo antes de desaparecer, con su muerte, el contingente había sido exterminado.
Kira dio pasos hacia atrás, ceniza, sangre, cuerpos mutilados por el látigo de luz, y guerreros totalmente sanos físicamente, pero vacíos por dentro, sus almas habían sido sorbidas o aplastadas por el misterioso encapuchado, y en medio de todo aquello, Mercurio sonreía, apuntando el pecho de la joven curandera, no, en realidad señalaba la flor.
- Mi flor... Damela... La quiero...
Kira apretó los dientes con rabias, una ira de proporciones incalculables hizo que lanzara la flor al suelo, escupiendo en la cara a la niña de inmutable sonrisa.
- Desaparece.
En la lejanía una de las deidades griegas más conocidas y poderosas, observaba lleno de satisfacción una explosión gigantesca, Apolo hizo señas para que el comandante en jefe de todo su ejército viera atentamente aquel espectáculo, que le deleitaba sobremanera.
Apolo: Contempla Odín... ¡EL PODER DEL SOL!
Un ejército de centenares de hombres, herederos del honor de la gloriosa raza de los centauros, preparaba sus armas, caminando en tropel, en perfectas filas, la Legión de Santos se preparaba para la inminente...
GUERRA SANTA
Notas de Autor:
Cuenta una leyenda que las ocho estrellas de la Osa Polar representan a las ocho patas del legendario caballo de Odín, Sleipnir, dado que los zafiros se basan en estas estrellas, la armadura de Odín bien podría llamarse así.
Guerreros divinos es como en la traducción española eran llamados los guerreros de Asgard, según ha sido explicado éstos eran parte del ejército asgardiano en la antigüedad, están al servicio del patriarca y su misión es proteger Asgard Septentrional y a la princesa de Polaris. Claro que los actos de Dolbar, provocaron que esta misión milenaria no se cumpliera, pudiendo llegar Poseidón y su anillo de los Nibelungos.
Este capítulo, aunque no lo parezca por las últimas páginas je, je, je, es sólo el comienzo de algo grande, no apto para personas sensibles, en esta gran guerra veremos que tan terribles son los caballeros astrales, prácticamente ya han tenido un vistazo de todos ellos, espero y alguno les esté agrando. Bueno, quizás la explicación que junta la ova de Dolbar y la saga de Asgard no les satisfaga, la división Septentrional-Meridional fue marcada en principio en el fic de Eduardo Castro, El Centinela. Espero poder ofrecerles más capítulos seguidamente este verano, cualquier duda, comentario o crítica ya saben: lordomegawanadoo.es
