Capítulo 19

"¡Guerra en Asgard! El Terror Astral "

El Fuego de la Casa de Libra está a punto extinguirse Quedan 5:15 horas para la muerte de Atenea
Asgard Meridional, Norte de Europa

Si alguien pudiera tener la certeza de obtener una respuesta sincera de los labios de Apolo a la pregunta: ¿Buscabas la guerra? Sin duda recibiría un rotundo... "sí"... Pues sus arrogantes ojos veían con deleite como todas las tribus de la periferia asgardiana acudían a la llamada de auxilio de un campamento de guerreros, que previamente había mandado un pelotón en busca de una legendaria flor.

Un enorme ejército formado por soldados asgardianos y guerreros divinos bloquea el paso a los caballeros astrales y la legión de santos, Narciso de Venus relamía sus labios con sadismo al tiempo que desata su látigo de luz.

Muchos de ellos no eran soldados experimentados, pero la verdad indiscutible era que el vivir en aquellas duras tierras los había endurecido, no sólo en cuerpo sino en espíritu, entre ellos habían varios de porte guerrero, que pronto se pusieron enfrente sin que nadie se opusiera, en ellos moraba el alma del guerrero, y la firmeza y voluntad que deben tener los dirigentes de un ejército.

Los cinco caballeros astrales parecían estar por encima de toda la legión de santos, pero un arrojado y valiente, o quizás loco, comandante se puso al lado de aquellos legendarios guerreros, e incluso se atrevió a dar pasos más allá, pues su mera intención era la de llegar a Abel cuanto antes sin causar una guerra, cosa que en realidad, era lo que su señor quería.

Al ver la aparente buena voluntad el cardenal, los auto-nombrados líderes del improvisado ejército se miraron, pronto uno de ellos, sin duda una guerrero divino por su brillante coraza, fue el que tomó la iniciativa, se acercó a aquel centauro con cierta desconfianza, pero con buena intención de escucharle pues, no era un bárbaro sediento de guerra, sino un asgardiano buscador de paz.

Al estar frente a frente y sin querer, ambos guerreros se analizaron de pies a cabeza, pronto notaron que estaban muy igualados, el asgardiano era unos diez centímetros más alto y en su espalda permanecía un enorme martillo, el ver como aquella pesada arma no impedía que el guerrero divino manteniese una postura firme, hizo que una gota de sudor recorriera la frente del centauro, quien pese a todo no se acobardó y habló con firmeza.

- Asgardiano, yo soy Efialtes, IV cardenal de la Legión de Santos que en la antigüedad lucho en mil batallas, jamás conociendo la derrota, hemos venido hasta estas tierras en busca de un traidor al Olimpo, que conspira en contra Apolo, actual soberano del Santuario y por tanto, Rey de la Tierra. Entregad al hereje y nos iremos.

Con ciertos rasgos de burla es agachó ligeramente, no era excesiva la diferencia de altura pero sin duda lo estaba haciendo como forma de humillar al cardenal Efialtes, pues aquel guerrero divino mostró una mueca que precedió a una enorme carcajada.

- Ja, ja, ja. ¡Han osado pisar tierras asgardianas! ¡Han asesinado a soldados y mujeres! ¡Y ahora nos obligan... Perdón... nos piden que les dejemos pasar!

Efialtes: No era nuestra intención... - empezó a excusarse mirando de reojo a los diabólicos astrales -

- No necesita excusarse... ¡Somos asgardianos! ¡Por Odín! ¡Estamos acostumbrados a limpiar la basura extranjera!

Pese a que los insultos y la arrogancia de aquel guerrero divino molestaron a Efialtes, tenía muy claro que su deber no era empezar una guerra, sino llegar hasta el hereje Abel, en verdad él no deseaba la guerra, pues no era un bárbaro perverso como muchos de su raza, él era parte de la Legión de Santos, y haría lo imposible por evitar una confrontación bélica.

Pero algo sucedió, unos pasos se oyeron y Efialtes giró sobresaltado, aquella niña, de dulce mirada y sonrisa tierna, pero que en verdad parecía no tener nada dentro, aquella infante que había demostrado poderes incalculables ahora se acercaba con aquel rostro feliz, gotas de sudor recorrieron el rostro de aquel centauro, que tensó la mandíbula y miró al inconsciente asgardiano del martillo, sintió una gran compasión pues ni se imaginaba su destino.

- Ja, ja, ja. ¿Ahora mandan niñas? ¡Qué bastardos son los griegos! - una sonora risa se oyó por toda la barrera de soldados y guerreros divinos - Hola pequeña... ¿Quieres un helado? - preguntó con burla agachándose, la pequeña acercó su mano al rostro, un sonido por parte de Efialtes indicó su terror de lo que aquella niña podría hacer, lo que no le preparó para la sorpresa de ver que nada pasaba -

- Estás frío... - dijo con aquel tono infantil que ya inquietaba al centauro, conocedor de lo que significaba - Mira... ¡Ya no!

Pasó, lo inevitable ocurrió, un humo tóxico surgió del rostro cremado del orgulloso cardenal que en su delirio no tardó un segundo en golpear la inocente cara de la guerrera Mercurio con aquel martillo, aterradora fue la imagen que dejó pálido al asgardiano pues ni siquiera pudo mover un centímetro la cabeza de aquella niña, que simplemente torció el cuello e hizo que la rudimentaria arma bárbara volara cientos de metros.

Ambos ejércitos, tras un ligero periodo de incertidumbre desenfundaron sus armas, los centauros sacaron a relucir lanzas de doble filo y relucientes arcos cuyas flechas ya habían empezado a ser disparadas, los asgardianos poseían un largo surtido de instrumentos de guerra, desde mazos llenos de pinchos a martillos y hachas vikingas, los alaridos indicaban el inicio de una guerra.

Un surtido de soldados de distintos tamaños se amontonaron a por la pequeña niña infernal, pero pronto tuvieron que sentir como algo los volvía cenizas enseguida, Deimos de Marte había atacado velozmente a unos seis soldados cual bala de fuego infernal al tiempo que su oscuro hermano llegaba emitiendo una energía psíquica desquiciante que produjo terror y locura entre los asgardianos, varios de ellos empezaron a atacar a sus compañeros que se vieron obligados a someter a sus camaradas y esquivar la lluvia de flechas al mismo tiempo.

Ante los guerreros divinos de Asgard los hermanos caballeros de Marte hacen desaparecer sus túnicas, el más alto poseía la armadura de un demonio con enormes alas de demonio, la maldad puede vislumbrarse en sus ojos violeta ante la impasibilidad de los héroes de Odín.

Apenas eran cinco, pues el del martillo la se retorcía en las nieves, la niña miraba con una sonrisa inocente aquel espectáculo como si fuera la escena más graciosa de una comedia, sin más empezó a aplaudir, a lo que el guerrero divino de considerable estatura intentó aplastarla dando la sensación de encarnar a un gigante de fuego del mismísimo Muspelheim pues sus llamas arrasaban todo a su paso.

- Ahora sentirás el verdadero fuego... ¡MALDITA MOCOSA! ¡Llevaré tu cabeza ante el trono de Odín en Valhala! ¡Tormenta de Fuego de Muspelheim!

La llamarada cubrió a los cuatro caballeros astrales y al cardenal, más estos poderosos guerreros pudieron soportar, con más o menos dificultades en cada caso, el poderoso ken, sin embargo, varios soldados de la primera fila de la legión de santos pronto desaparecieron sin más, pero ellos eran los que tenían, sin embargo, la mayor suerte, pues muchos otros cayeron al suelo de nieve ennegrecida de ceniza, unos sin piernas, sin brazos, aunque vivos, condenados a una muerte lenta y dolorosa, pues pese al pesar de muchos centauros, la legión sabía bien que no debían detenerse aunque alguien muriese.

Los caballeros astrales se miraron cómplices, luego sintieron una fuerza en su interior, la guerra no era de ellos, para eso estaban los centauros, su deber era el de acabar con todos los guardianes de Abel: Los coronis.

El cardenal carraspeó, sintiendo lo que aquellos carniceros pensaban hacer, con pesar se armó con una doble lanza bicolor que simbolizaba fuego y hielo, aunque en realidad no tuviera tales poderes, se decía que un corte de la parte superior quemaba dolorosamente haciendo que la herida ardiera por días o hasta meses, normalmente causando la muerte si era muy profunda, la inferior producía una horripilante sensación de frío, un ligero corte en el muslo podía inutilizar la pierna entera.

Efialtes adivinó la estrategia, era fácil hacerlo, se abrirían paso cual Moisés en el Mar Rojo, y pronto quedó clarificado quien sería el responsable de separar aquel muro infranqueables, un ardiente cosmos rodeó al caballero astral cuya armadura era completamente rojo escarlata, un dragón de fuego salió de su cuerpo a gran velocidad, los guerreros divinos sabiamente se separaron de un salto, aunque el que antes había desatado una llamarada sólo pudo agacharse siendo quemada toda su columna, aquello le hizo descubrir lo que eran las llamas del infierno, bastante más ardientes que su ken.

Al levantarse sintió un dolor tan intenso, que no pudo detener a los caballeros astrales, sin embargo dos guerreros divinos intentaron contraatacar, uno de ellos, con unas orejas puntiagudas y armado con un arco, desató una llovizna de flechas que no se confundió con el anterior ataque de los centauros que ya había cesado, con una siniestra sonrisa, Fobos de Marte se acercó a ellos cual demonio.

Fobos: Valentía u osadía... ¿Qué os empuja caballeros, a osar siquiera mirar a los caballeros astrales, campeones de Apolo?

Por respuesta, el guerrero de oscura presencia recibió el ataque del otro guerrero, cuya armadura daba la impresión de ser la piel de un tigre blanco, las garras del fiero asgardianos fueron sostenidas por las manos del hermano de Deimos, con una facilidad que enfureció de inmediato a aquel hombre, el de orejas puntiagudas ya apuntaba al cuello de su agresor.

- Él único osado eres tú y la asquerosa carroña que te acompaña... - dijo con rabia el tigre blanco, mientras su compañero tensaba su arco - Voy a aplastaros a todos ratas asquerosas... ¡Dientes de Sable!

Las garras del asgardiano brillaron con un brillo platinado, para solo provocar un ruido ensordecedor del chirrido del choque con la armadura macabra de Fobos, éste no había mostrado signos de temor en ningún momento y se limitaba a mirar fijamente al guerrero divino, quien sintió cometer el peor error de su vida al responderle con sus ojos altivos, una sensación de infinito dolor recorrió todo su ser, como si aquellos ojos fríos y blancuzcos, carentes de vida, le quisiera arrebatar el alma, con desesperación acercó su brazo a su pecho, buscando su corazón, que ya había estallado.

El de orejas puntiagudas se quedó pálido al ver como moría su compañero, ningún asgardiano movió un dedo y hasta los centauros habían parado su firme avance, nadie podría culparlos, no era cuestión de valentía o cobardía, el mismísimo miedo encarnado estaba ahí acompañado de los peores asesinos de la historia, que a su vez eran los mortales más fuertes y temidos.

Nadie se metió en el camino de aquel pequeño tropel de demonios, pues eso eran aquellos cuatro, los mismísimos jinetes del Apocalipsis que venían a arrasar a Asgard sin misericordia, pero bastó que aquellos se fueran para que todos los guerreros recuperaran la compostura, muchos maldijeron mil veces su aparente cobardía, propiciada por la presencia del oscuro Fobos, otros, desenfundaron sus armas y se lanzaron a la carga, mientras en medio de todo, el cardenal veía como era rodeado por cuatro guerreros divinos, sin dudarlo un instante hizo un rápido movimiento aprovechando el desconcierto para eliminar a varios soldados de porte vikingo junto a uno de sus peores rivales en aquellas estepas, el filo superior de la lanza hizo estallar los ojos de uno de los grandes de Odín, al atravesar el mentón.

Sin piedad volvió a usar su lanza milenaria, ahora tenía tres rivales, y agradeció Efialtes la llegada de sus compañeros, la Legión de Santos enfrentaría a unos rivales dignos de temerse, aquellos que desde tiempos incalculables habían vivido en las peores condiciones por el bien del mundo, que eran protectores de Odín y su legado, y que no retrocederían ante una raza ten poderosa como lo eran los hijos de Ixión.

Monte Etna, Isla de Sicilia

Ikki empezaba a delirar, pues ya apenas podía percatarse de donde estaba su enemigo, Guilty le golpeaba continuamente y él no lograba contraatacar, era extraño, un fuerte manotazo lo lanzó a los pies de Esmeralda, con mucha dificultad levantó la cabeza, repleta de heridas, sangre y tierra, esperando toparse con la dulce mirada de aquella rubia joven que fue lo único bueno de su estancia en la Isla de la Reina Muerte, pero ya aquella cara no existía, la mujer que ahora le observaba era como un bloque de hielo, sólo emitiendo odio e inmisericordia, exigiendo la muerte de su propio padre acababa con las esperanzas del dolido santo de bronce.

Nuevamente sintió ser levantado del suelo por aquel gigante, que con saña lo agarraba por las piernas y golpeaba contra toda columna, provocando temblores por todo el lugar, en su delirio Fénix empezó a sentir un gran sofoco, un calor verdaderamente insoportable como si estuviera dentro del mismo infierno.

Al toparse de nuevo con el suelo quiso responder a los ataques de aquel hombre, pero sólo llegó a ver su rodilla, que le reventó el mentó y lo lanzó contra la pared, de la que no salió bien parado pues su maestro le asedió con una continua lluvia de puñetazos.

Guilty: ¡Ikki! ¡Qué rabia me da que en tantos años nada hallas aprendido! ¡Sólo el odio podrá salvarte de mí! ¡Sólo el odio te dará la llave al... ORO IMPÍO! ¡Si no eres capaz de odiarme a mí! ¡Nunca lograrás nada!

Y sin más, lo dejó caer, su expresión perdió el color y una respiración agitada acompaño a un mar de lágrimas, no lágrimas de tristeza sino de furia, al ver como aquel monstruo sin rostro se acercaba cual fiera salvaje a una aterrorizada Esmeralda, sintió en el fondo un vacío igual al que sintió cuando ella murió frente a sus ojos, pero aquello había sido un accidente, ahora el caballero del diablo iba a matar con premeditación a su propia hija.

Ikki: ¡¡¡GUILTY...!!! - exclamó para luego ahogarse, sangre a borbotones salió del desangrado santo, totalmente magullado con moretones por toda la cara, aquel guerrero jamás se había sentido así, completamente derrotado, era como si todo estuviera en su contra -

Esmeralda: Ikki... Tienes... Qué... Por favor... - no podía hablar, del odio había pasado al terror, un miedo se apoderó de ella y la congeló, mientras su inhumano padre la opacaba con su diabólica presencia -

Guilty: Ikki, te enseñaré de nuevo el incomparable poder del odio... ¡De la misma manera que lo hice hace años!

Ikki estaba destrozado, con la armadura agrietada y el rostro irreconocible, pero al menos dedicaría sus últimas fuerzas a proteger lo más importante en su vida, encendió su cosmos llameante que pronto quemó su cuerpo, que ya ni era humano, el flamante ave Fénix volvió a nacer sólo para abalanzarse sobre aquel demonio... Y la tragedia sucedió.

Ikki: ¡No! ¡Esmeralda! ¡¡NO ESMERALDA!! ¡¡¡NO!!!

Un grito ensordecedor salió de un desesperado Ikki, que veía como aquella hermosa joven yacía cremada en el suelo, lágrimas de sangre cubrieron el siempre duro rostro del santo de bronce cuyo cosmos ya no conocía límites, una sonora carcajada gobernó el lugar, pues el guerrero enmascarado se sentía satisfecho de haber provocado tal locura en un simple movimiento.

Guilty: ¿¡Lo ves Ikki!? ¡Sólo la suprema fuerza del odio puede avivar las llamas del Fénix! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Que vuele el ave de los infiernos y muestre su verdadero poder!

La ira del caballero de bronce superaba lo inimaginable, aquel recinto era como el mismo sol y el legendario pájaro llameante desató su poder, destruyendo todo a su paso.

Palacio del Valhala, Asgard Septentrional

La princesa Hilda de Polaris tenía un don, era capaz de sentir cuando su pueblo sufría, y era esa sensación la que ahora le había provocado una gran desesperación, sin descanso daba vueltas por el lugar, mientras los ojos preocupados de Dolbar seguían sus pasos.

Hilda: Mi pueblo sufre... puedo sentirlo.

Vladimir: Princesa, si queréis puedo salir con unos hombres de confianza para ver que está sucediendo, tengo un mal presentimiento.

Dolbar: Apolo ha llegado. - sentenció de pronto el patriarca, dejando helados a los que escucharon aquellas palabras -

Hilda: A... Polo... El dios griego del Sol... Eso quiere decir que... - decía empapada en sudor, temerosa de lo que los asgardianos podían estar sufriendo en aquel momento -

Vladimir: ¡Habéis traído la destrucción a Asgard! ¡Maldito seáis Dolbar! ¡Pagaréis con vuestra vida la muerte de mis compañeros!

Sin dudarlo un instante, el fornido guerrero se abalanzó a por el patriarca, quien sólo destello un brillo escarlata que lo lanzó contra la pared, estaba dispuesto a soportar las sospechas de Hilda, pero no las insolencias de un soldado bárbaro e impulsivo.

Dolbar: Abel es una excusa princesa, Apolo ha enloquecido, el poder lo ha embriagado de tal manera, que ya no podrá parar, debemos detenerlo... ¡Debemos apoyar a Abel!

Hilda: ¡No haré tal cosa! ¡No sacrificaré el bienestar del pueblo de Asgard por las palabras de un...!

Dolbar: ¿Traidor? - terminó ante firme mirada de la princesa - Creedme princesa, ahora no puedo dar mis razones pero... Debemos vencer a Apolo, no me importa lo que le pase al resto del mundo, pero soy asgardiano y protegeré esta tierra... ¡Es mi deber!

Las palabras de aquel hombre hicieron dudar por mementos a la joven princesa, no le extrañaron pues muchos pensaban como él, que el resto del mundo no importaba, sólo Asgard, su tierra, verdaderamente eran esos los pensamientos que la dominaron cuando Poseidón puso en su dedo el anillo de los Nibelungos pero... ¿Era sólo producto de aquel diabólico artilugio? ¿O quizás aquella joya sólo propulsó unos sentimientos que ya moraban en su interior? Pese a aquellas dudas no caería tan fácil ante los reclamos del pontífice, no llevaría a Asgard a otra guerra, no otra vez.

Estepas de Asgard Meridional

Los cuatro caballeros astrales dejaban tras de sí un panorama de guerra y destrucción, aún podían escucharse en la lejanía como el acero de centauros y asgardianos chocaba en continuo enfrentamiento, pero aquello no inmutaba la imperturbabilidad de aquellos guerreros, que siguieron caminando hasta que su paso fuera detenido por una gran explosión.

- Así que sois vosotros los que Apolo ha enviado a enfrentar al Febo Abel.

La figura de Atlas, junto a sus compañeros Jao y Belenger, pronto salió a la luz, cercanos al grupo estaban Electra y Clea, quienes parecían preferir estar al margen, aunque el movimiento continuo de las cadenas de la coronis de Austral indicaba una completa disposición al combate.

Narciso: Así que nuevamente los caballeros astrales deberemos aplastar a los rebeldes coronis... Nuestra especialidad. - comentó sarcástico -

Atlas: ¡Ja! No podréis derrotarnos... ¡Seremos nosotros quienes aplasten vuestra arrogancia, malditos astrales!

Venus respondió a la exclamación de Atlas con una siniestra pero sutil mueca, para luego tratar de desollarlo con su látigo de luz, que pronto fue despedazado increíblemente, por la cabellera de Berenice.

Belenger: Ni soñéis que será tan fácil. ¡La cabellera de Berenice puede cortarlo todo!

Fobos: La original... Desde luego que sí.

El comentario del siniestro personaje enfureció a Belenger que lanzó unos hilos cortantes, pero el caballero del miedo desapareció para aparecerse justo frente a él, Jao de Lince intentó socorrer a su compañero que ya sentía el poder oscuro de aquel astral pero Deimos se interpuso, el coronis no dudó y lanzó un ken de fuego con forma humana que simplemente rebotó en el señor de Marte, pronto ambos coronis cayeron abatidos por los dos hermanos.

- Aburrido, aburrido. - dijo la pequeña Mercurio con mala cara -

Atlas no se mostró contrariado, él no caería como sus compañeros, era invencible, les mostraría a aquellos seres el verdadero poder del sol, al tiempo que aquellos pensamientos llegaban a su mente un aura cósmica de gran intensidad comenzó a cubrirle.

Narciso: Hermoso espectáculo, realmente precioso sí. ¿No crees Galatea? - decía con su habitual tono, dirigiéndose a la pequeña guerrera -

Galatea: Es aburrido... ¡Muy aburrido!

Atlas: ¡Corona de Fue...!

Galatea: ¡Bomba Mercurio!

Antes de que Atlas lanzara su ataque tuvo que soportar una gran presión que parecía venir de todas partes, pues Galatea resultó mil veces más rápida, aquella esfera invisible asemejaba un poder aterrador que derribó de inmediato al coronis, aunque éste no tardó en levantarse al son que sus compañeros lo imitaran.

Galatea: Ahora se ven más divertidos... ¡Mira hermanito ese está sangrando! - dijo señalando una herida en la cabeza de Belenger, quien de inmediato lanzó unos hilos cortantes sobre aquella pequeña niña demonio, pero estos fueron contrarrestados por un muro de fuego en el acto -

Tras mirarse mutuamente, los coronis dedujeron que nada podrían hacer separados así que en silencio idearon una estrategia, sin esperar un momento Jao lanzó su poderoso ataque contra Deimos, quien tuvo que contrarrestarlo pero no le dio tiempo a ver como la Corona de Fuego se cernía sobre él causando una gran explosión, los astrales, por su parte, ahora estaban completamente paralizados por la cabellera de Berenice, que no apretaba, pues no era la intención acabar con ellos sino impedir que ayudaran a Marte.

Belenger: Ni lo intenten caballeros astrales, un solo movimiento y estos hilos os cortaran en pedazos, creed lo que os digo... ¡No podréis escapar!

Pero rápidamente el coronis se dio cuenta de la inefectividad de aquel movimiento al ver completamente ileso al guerrero de Marte, quien desató un tormento de fuego sobre ellos tan sólo devolviendo los kens que le habían lanzado, el ataque fue brutal y mandó volar a los campeones de Abel varios metros, liberando al resto.

En medio de una tóxica humareda Narciso no esperó un segundo y fue a atacar a Atlas, pero uno los coronis, indistinguible por culpa del humo, paró su puño y hundió un rodillazo en el estómago del caballero de Venus, para luego lanzar una serie de hilos que por poco lo despedazan. De un salto se aleja de su enemigo pero enseguida siente la presencia del Lince, quien desató nuevamente su ataque fulgente en su contra, siendo parado por una sombra sin forma, que pronto fue convirtiéndose en el temido caballero de los Espíritus, Fobos.

Fobos: Es de mala educación atacar por la espalda. ¿No os lo enseñó vuestro Señor? - dijo sarcástico, antes de atacar al caballero de la Corona con las dos manos en la cabeza, provocando que Jao saltara y cayera al suelo estrepitosamente -

Enseguida Belenger pensó en encarar a aquel oscuro guerrero, pero aquel deseo le hizo olvidar la presencia de Narciso, que lo atacó con un ken de luz que le quemó completamente el hombro, haciendo trizas toda la zona de la armadura que estuviera cercana al punto de impacto, un alarido de dolor fue ahogado por el caballero de Venus que le sujetó del cuello con fuerza para dar una paliza al coronis, que cayó rendido e inconsciente.

El humo se volvía más intenso, pero pareciera que los ojos de Deimos eran los de un animal sediento de sangre, un cazador nato que no se detendría ante nada para aplastar a su presa, al ver la silueta de un coronis desató dos corrientes de fuego en su contra, no pasó mucho tiempo hasta que supiera que le habían engañado ya que Atlas apareció en su espalda atacándolo con su aterradora técnica, pero el campeón de Abel no sabía con quien se estaba enfrentando, pues el caballero de Marte atacó antes con un gancho que lo envió recto al cielo, donde sería presa fácil de unos rayos finos de color esmeraldino que estallaban nada más llegar a él.

Una vez limpio el paisaje, sólo quedaban en pie los caballeros astrales, que notaron inmediatamente a dos rivales, una de ellas los amenazaba con sus cadenas, mientras que la otra, de rostro moreno, permanecía quieta, dando la impresión de que no daría el primer paso.

Narciso: ¡Cuan necios son los coronis! ¿No se dan cuenta de que su estúpida rebelión no llegará a nada? - decía arrogante -

Galatea: Yo quiero seguir jugando.

Fobos: Noto que estas señoritas quieren tornar nuestro hermoso juego a un decadente ciclón de violencia. ¿Me equivoco?

El sarcástico comentario del caballero astral fue respondido por la punzante cadena de Clea, que parecía moverse sola, el mismo Fobos tuvo que reconocer en el fondo que aquel ataque superaba por mucho la velocidad de la luz, y que era potente incluso para aquella clase de guerreros, miró de reojo a su hermano, que entendió pronto sus pensamientos.

Narciso: Precioso espectáculo nos otorgas querida... ¡Pero para qué usar cadenas cuando están los... LÁTIGOS!

El ataque fue rápido y aterradoramente efectivo, provocando una enorme grieta donde antes estaban las dos guerreras, quienes habían esquivado el ataque, sin mostrar signos de molestia Narciso siguió asediando, no tenía siquiera intención de llegar a derrotarlas así, pues la velocidad de aquellas coronis era sorprendentemente divina, pero al menos parecía divertirse, hasta que sintió que su látigo era despedazado, entonces sí mostró contrariedad en su rostro.

Nuevamente Atlas de Carina se había levantado dispuesto a continuar el combate, sin más lanzó su Corona de Fuego contra Narciso que se vio obligado a crear una barrera cristalina en forma de espejo, que no sólo absorbió el ken sino que lo devolvió doblemente poderoso contra el coronis, fragmentando su armadura.

Pero aquella distracción permitió a Electra atacar con sus discos cortantes, con excesiva prisa el caballero de Venus protegió su rostro con los brazos pero el ataque no iba dirigido a él, las armas arrojadizas estuvieron a punto de despedazar el cuello de Fobos, mas su cosmos simplemente las detuvo en el aire y las devolvió violentamente, aunque fueron detenidas por la guerrera de la Corona.

Deimos, sin embargo, tenía que lidiar con las cadenas doradas, que además perseguían a la pequeña Galatea que reía como jugando, ambos tuvieron que hacer uso de todos sus sentidos para esquivar los fríos y calculados ataques de Clea mientras esta cerraba los ojos mostrando lo que parecía ser una sonrisa al notar como Narciso aparecía detrás de ella, giró violentamente pero el caballero de Venus paró su brazo, las cadenas dejaron de jugar con los demás guerreros y se abalanzaron contra aquel hombre de cabellos castaños, casi llegando a rozar su cuello, pero éste dio una voltereta para esquivarlo.

Las dos coronis se dieron cuenta de que estaban atrapadas en medio de los caballeros astrales, quienes ya preparaban sus mortales técnicas, sin esperar un segundo ambas saltaron contra ellos antes de que atacaran, Electra descargó sus discos contra Galatea y Narciso, mientras Clea perseguía con sus cadenas a los hermanos.

Por un momento las cadenas parecieron atravesar al caballero de Marte, pero en realidad sólo atacaron a una figura de fuego puro, y Clea no llegó a percatarse hasta que el puño de Deimos se clavase en su abdomen, la coronis vomitó sangre al tiempo que una sensación de vacío llegó a poseerla por momentos, tras de ella, el caballero de Marte Fobos, mostró contrariedad en su rostro al no ver miedos en aquella mujer que no dudó un segundo en atacarle, una patada alta cortó el aire.

Viendo como su compañera de armas era asediada por aquellos dos guerreros, Electra lamentaba su impotencia de no poder hacer nada, una serie de explosiones en forma de minas le hacían difícil pisar siquiera el suelo, lo que al mismo tiempo imposibilitaba esquivar el látigo de luz de Narciso, la coronis mordió con rabia su lengua al ver como aquellos dos sólo jugaban con ella.

La guerrera de la Corona Austral se había convertido de pronto en un problema para los dos hermanos, pues mientras usaba sus cadenas vivientes contra Deimos, asediaba con patadas y puñetazos al siniestro astral de los Espíritus, quien de pronto lanzó por la boca unas llamaradas púrpuras con tonalidades negras que por poco la quemaban viva, se alejó poniéndose en el costado de Marte que enseguida atacó con su brazo de fuego, con mucha dificultad Clea pudo superar la velocidad de la luz y atacar las rodilleras del frío guerrero sin provocar daño alguno, el misterioso ataque del hermano del Señor del Fuego atravesó limpiamente su pecho, increíblemente no habían heridas graves ni un agujero por donde habían pasado las llamas púrpuras, pero la guerrera de Abel se retorcía en el suelo.

Fobos: Hum, esperaba más de una guerrera tan valiente como vos. Carecéis de miedo alguno, sois como una especie de vaso vacío, como si no hubiese alma en vuestro interior. ¡Sin embargo! - exclamó mientras miraba con deleite como Clea se retorcía, tratando de componerse para volver a atacar - Las llamas del purgatorio no pueden ser engañadas, todos cometemos pecados, y ya que no tenéis ningún miedo, os lo meteré directamente, sentid pues el tormento del infierno. - nuevamente, hizo una pausa para sonreír viendo como aquella mujer hacía esfuerzos por levantarse, sudando copiosamente y con la mirada ida., per sin soltar lágrima alguna, tampoco gritó, lo que hizo sentir en Deimos una fuerte sensación de respeto y admiración, que desde luego no le harían querer salvarla - Las llamas del purgatoria nos hacen sentir todos nuestros pecados, los gritos de todos aquellos a quienes hemos matado, torturado o provocado algún sufrimientos, llegan a nuestros oídos en un solo ataque, que perdurará hasta que nos hallamos arrepentido de cada pecado... ¡Ah! Y una vez hecho eso... Si es que vos, arrogante coronis, sois capaz de reconocer vuestros crímenes... Moriréis irremediablemente, pero por los dioses, es mejor que me lo agradezcáis, pues no iréis al Tártaro como pasará con todos los demás rebeles, sino que, una vez bendecida por la humildad del perdón, conoceréis en la otra vida un paraíso de paz... Los Campos Elíseos.

Ninguna de aquellas palabras llegaba a los oídos de Clea, quien en verdad veía a cada una de sus víctimas, en verdad Fobos acertaba en sus predicciones, pues una coronis como ella, completamente leal a Abel, jamás se arrepentiría de sus acciones, que siempre habían estado encomendadas al ideal de su Señor, a la de su dios, con inusitado valor, la mujer se levantó, encendiendo su cosmos al máximo, sintiendo un horripilante dolor que no mermaba en lo absoluto su determinación, sus cadenas empezaron a revolotear, igual que su corto cabello, un brillo dorado se formó en su puño, que lanzó contra aquel que se deleitaba en su dolor, que ni se inmutaba ante el enorme poder de la guerrera, el golpe paró en seco, un humo surgió del pecho de la guerrera, que calló derrotada, Fobos mostró cierto enfado, aunque sutilmente, como correspondía a su nivel.

Deimos: Su valentía y determinación la hacían una digna guerrera... Lamento no haberle podido dar una muerte digna.

Fobos: Hermano... Siempre acabas con la diversión. - comentó sarcástico, siendo respondido por la gélida mirada de Deimos -

Muy cerca de ahí. Galatea posaba sus manos sobre el frío suelo con los ojos cerrados, pues su incomparable cosmos le permitía crear zonas explosivas en el subterráneo del lugar, haciendo que un mal paso de su enemiga la condujera directamente a la muerte, en el fondo su mente infantil hacía que ella no quisiera parar de "jugar", que Electra no cayera en la trampa, aunque el siniestro deseo de ver como explotaba superaba con creces a sus ganas de juego.

De pronto Narciso le hizo una seña, vio que Electra en su desesperación ante la repentina derrota de su compañera había errado un movimiento y era presa fácil de las explosiones, Venus lanzó su látigo, haciendo que la guerrera, quien no se había dado cuenta de su error, lo esquivara estando a punto de pisar el suelo, pero algo ocurrió.

Un cosmos omnipotente, sólo comparado al de los mismísimos Olímpicos hizo acto de presencia, Electra sintió entonces el engaño y logró salvarse, al tiempo que la pequeña Mercurio era golpeada brutalmente por una esfera verde, el ataque fue total, y la empujó cientos de metros a lo lejos, Venus quiso ver al agresor, pero decenas de haces de luz provocaron que rodara en el suelo.

Fobos: ¡Llamas del..!

El caballero de los Espíritus fue derribado antes de desatar su ataque, Deimos logró ver a aquel que había derribado a sus compañeros, y su nombre escapó de sus labios al tiempo que veía como Clea de Austral abría estrepitosamente sus ojos y empezaba a respirar agitadamente como si acabara de recuperarse de un ahogo en el mar.

Deimos: A.. B.. EL.. - dijo con lentitud desatando sus llamas, mientras el dios rebelde formaba una esfera de energía verde oscuro -

Monte Etna, Isla de Sicilia

En un estado de agitación y furia, Ikki de Fénix veía sus manos posadas en el frío suelo de la caverna, totalmente empapadas de sudor, pero limpias de heridas y magulladuras, no tardó mucho en notar que su cuerpo estaba en perfectas condiciones, y que su armadura no tenía ningún rasguño, una horrible sensación de impotencia y rabia hizo que secara sus lágrimas al notar la presencia de un ser de inigualable poder, totalmente oculto por las sombras.

- Eres el cuatro caballero de Atenea que pisa esta gruta en los últimos 20 años.

El Fénix giró lentamente la cabeza, no pudiendo distinguir quien estaba hablando, tan sólo notaba en aquel ser un aura sobrenatural, capaz sin duda de desaparecer todo el lugar con su sólo pensamiento.

- Primero aquel muchacho... Maldecido por el signo de Géminis... Aún recuerdo la magnitud de su odio... Un odio hacia su propio hermano.. - decía sin prestar atención al santo, como si estuviera seguro de que lo estaban escuchando - Por el siguiente sentí una inmensa pena.. Este lugar.. Lo desquició por completo... En cualquier caso, la muerte nos enloquece a todos... Incluso a los dioses... - el caballero de bronce soltó un alarido, era un dios, así se explicaba su enorme poder, que sólo había conocido en enemigos como Poseidón, Abel o Hades - El último apenas pude saber de él... Tenía otros asuntos de los que ocuparme... Sentí lo colosal de su cosmos... El hombre más cercano a los dioses... No me extrañaría que halla logrado pasar la prueba... Sin duda la última kamei ahora lo estará revistiendo...

Sintiendo los pasos de aquella deidad de voz gutural, Ikki hizo esfuerzos por levantarse, haciéndolo muy lentamente, aún estando completamente bien físicamente, su alma estaba destrozada, sentía un enorme vacío en el estómago, pero nada era comparable con la ira que impregnaba todo su ser, vio al misterioso ser, que ya no era ocultado por las sombras.

- Todos aquellos que han pasado esta gruta en busca del Oro Impío... Eran caballeros dorados en busca de poder... Vos sois un caballero de bronce... ¿Qué buscáis?

Ikki: ¡Bastardo! ¡Me has hecho pasar un infierno! ¡Pagarás con las llamas del Infierno! ¡Fénix Incandescente!

El ataque a una velocidad superior a la luz desintegró el suelo y el techo de la caverna, levantando fragmentos a su paso, restos de todo aquello que destruía, sin embargo, el ataque quedó estático frente a aquel ser, cuyo cuerpo era cubierto por una capa resplandeciente, las llamas hicieron que el Fénix pudiera ver su rostro, no excesivamente de acuerdo con su divinidad, mas su mirada, fría y carente de sentimiento, eran la más viva muestra de que estaba tratando con un dios.

- Patético si me permitís decirlo... Realmente... Patético.

El ataque flamígero regresó hacia aquel que lo había lanzado miles de veces más poderoso, pese a que Ikki quiso protegerse con los brazos en cruz, toda su armadura empezó a agrietarse y su cuerpo sintió una inconcebible explosión que lo empujó muy lejos.

- Dicen que la armadura del Fénix renace cada vez que es destruida... Será magnífico verlo con mis propios ojos..

La ansiedad gobernaba los ojos del dios, su cabello revoloteaba por su incesante cosmos, su pelo oscuro azabache, completamente negro, como su alma.

- Nunca pude crear algo parecido... ¿Qué extraño don tenía ella que yo no tuviera? - se preguntaba a sí mismo, poniendo especial énfasis al hablar de aquella persona -

Ikki se levantó con dificultad mientras un brillo increíble lo cubría, el destello cesó en cuanto la armadura se hubo recuperado del todo, la sorpresa era palpable en el ambiente y en la medianamente atónita mirada del extraño dios, era difícil encontrar sentimiento alguno en aquellos seres, que siempre se jactaban de ser superiores a los hombres pero que en realidad, eran idénticos a ellos, pero para el santo del Fénix no había alma que no pudiera leer.

Ikki: ¿Por qué esa sorpresa? ¿Acaso nunca has visto renacer al Fénix? - preguntó con la ira que dominaba sus instintos en aquel momento -

- Sois el primero que la porta... Es completamente superior a todo lo que yo he creado... Es irónico que una simple lemuriana renegada halla superado las obras de Hefesto, el herrero de los dioses.

El caballero ateniense se quedó sin palabras al saber la identidad de aquel a quien tenía delante, Hefesto, hijo de Reyes, uno de los Doce Grandes que presiden el destino de los hombres, aquellos que gobiernan el Universo desde hacía milenios, aquello no dejó de hacer sentir cierto escalofrío al Fénix, pese a haber enfrentado a otros dioses en el pasado, pues verdaderamente el cosmos que sentía no era de ninguna reencarnación, estaba frente a un dios viviente.

Asgard Meridional, Norte de Europa

Los ataques de fuego de aquel gigante del martillo, que previamente había sido humillado por los caballeros astrales, alzó en el aire a varios centauros, el cardenal Efialtes tenía sus propios problemas con el guerrero elfo de orejas puntiagudas, del que ya sabía su nombre, Andvari del Elfo Oscuro, y había sentido su terrible poder: Podía controlar la misma naturaleza.

Cientos de ramas quisieron atrapar a Efialtes pero por suerte dos centauros las pudieron cortar, el cardenal no pudo lamentar las muertes de sus hombres, quienes después de haber sido congelados por el tercer guerrero divino estallaron de inmediato, porque un ataque en conjunto de los tres, le obligó a retroceder, siendo interceptado por varios asgardianos, pronto sintió como uno de aquellos fornidos hombres le golpeaba con su maza, pero lejos de preocuparse por el dolor giró violentamente para abrirle el pecho con la parte inferior de su lanza, clavando la superior en la entrepierna de uno de sus compañeros.

Nuevamente agradeció la llegada de varios centauros, que tras ganar a un grupo de gigantescos hombres, provenientes de una aldea en la periferia sureste de Asgard conocidos por ser temibles cazadores de lobos, se dispusieron a ayudar a su comandante, uno de ellos blandió dos espadas de acero que segaron las vidas de dos jóvenes, por un momento al comandante de la legión se le paró el corazón al pensar un momento en que edad tenían aquellos gemelos, pero en la guerra era imposible compadecer cuando varios guerreros divinos te atacaban, en un rápido movimiento lleno de acrobacias esquivo una lluvia de flechas, teniendo que dar de inmediato una voltereta para esquivar las llamaradas del gigante, pronto supo su nombre, Hogni, guerrero divino del Gigante de Fuego, también notó que el de los ataques helados era su hermano, pero no pudo saber su nombre, pues tenía que esquivar sus ataques.

Lejos de poder ser visto, Apolo observaba como la Legión de Santos, entrenada en tiempos mitológicos para la mayor de las guerras, masacraba a aquella caótica armada de bárbaros, que en otros tiempos era el ejército de Odín, sabio Señor de Asgard, lo que le molestaba era que aquellos seres inferiores tardaran tanto en caer, en sucumbir ante su divino ejército, por un momento sintió el deseo de eliminar a todos, tanto centauros como guerreros de Asgard, pero se contuvo, prefería ver humillados a los súbditos de aquellos viejos que se hacían llamar dioses de la guerra, los Aesir.

Al mirar al horizonte y encontrarse con el mismo brillo verdoso que destellaba cuando amanecía o atardecía, una maléfica sonrisa se dibujó en su rostro, en su mente pasearon recuerdos de aquel dios rebelde que osó auto-nombrarse dios Sol, el ser al que más había detestado en su eterna existencia, tras dar un rápido vistazo al lugar de la contienda deleitándose en como los centauros ganaban terreno matando a los "Hijos de Asgard", se dirigió cual haz de luz hacia donde Abel se había aparecido.

Apolo: Infeliz... No permitiré que de nuevo sea mi padre quien te aplaste, él ha desaparecido, pero gustoso te aplastaré personalmente... Como el insecto que eres. - dijo antes de desaparecer -

Monte Etna, Isla de Sicilia

Hefesto: Caballero del Fénix, posiblemente no sabéis que es esta cueva. Os encontráis en la Gruta de los Ancianos, donde mora la mismísima Madre Tierra. Aún no pareciéndolo, esto es un gigantesco laberinto sin mapas u orientación alguna, pues sólo nuestros signos zodiacales pueden guiarnos. - decía el dios, mientras guiaba a un desconfiado Fénix por un extraño pasadizo, muy parecido a todos los que había cruzado excepto porque, cuanto más avanzaba, más luz empezaba a verse - Vivisteis una ilusión, fomentada por los daimones, seres invisibles a los ojos mortales, que son intermediarios para los designios de los dioses. Sólo si soportasteis la prueba... Seréis verdaderamente digno de encontrar... El Oro Impío.

Ikki: ¿Soportar la prueba? - preguntó con brusquedad, aún lleno de desconfianza respecto si aquella ilusión no había sido obra de aquel dios -

Hefesto: Fomentan el odio, la envidia, el rencor... A veces la lujuria... Depende del espíritu que detecten... Si olvidas a los dioses... Si te dejas llevar por los instintos... Entonces dejarás de ser digno...

Por momentos el Fénix sintió un nudo en la garganta, al recordar los horrores a los que fue sometido, enseguida se dio cuenta de que los pasadizos habían acabado, que ya no se encontraba en una simple cueva, sino en lo que parecía ser un Santuario.

Hefesto: Al igual que Hades... Nunca he disfrutado del desquiciante Monte Olimpo... Prefiero este lugar, lejos de la civilización y los dioses, este es mi Santuario, mi forja... De este hermoso lugar vienen todas mis obras.

Era indescriptible aquel templo, una perfecta unión entre arquitectura griega y un entorno natural, como si cada columna y altar fueran parte de aquella caverna majestuosa, sentía el pasar de varios ríos de lava, pero al mismo tiempo era imposible ver a los seres que creaban sin parar, el sonido propio de la forja de metales llenaba aquel santuario, lleno de piedras preciosas que daban una sensación de divinidad en la atmósfera, debida sobretodo por la mezcla de colores.

Pero el santo de bronce sólo tenía en mente hallar de una vez el Oro Impío, para así poder salir de aquel maldito lugar y poder ayudar a sus compañeros. De ese modo siguió al dios de la forja por un portón de aire real, con bordes dorados que poseían símbolos griegos bastante antiguos.

Hefesto: Buscáis el Oro Impío.. Las doce primeras armaduras de oro, forjadas hace diez milenios durante la primera Guerra Santa... Fueron impregnadas por la sangre del ahora inexistente cuerpo del Emperador de los Mares... Mas no es esa la razón de que sean consideradas corruptas... - las puertas a lo desconocido se abrían frente al dios y el mortal, dando paso a un recinto completamente natural de no ser por un gigantesco altar circular, rodeado por doce espacios con símbolos del zodiaco, tenían la misma forma que las cajas doradas de Pandora que guardaban en su interior las armaduras de oro, pero en aquel momento no había ninguna a la vista - Hubo una armadura, tan resistente como una kamei, de una magnificencia sólo comparable al mismo Sol, y que fue la primera armadura en ser forjada... Deshonroso fue su primer portador y no sólo por tratarse de una mujer... Su única portadora fue una guerrera de Poseidón... Completamente leal al peor enemigo de Atenea... - Hefesto paró frente al altar e irradió un cosmos de gran esplendor, que provocó extrañas reacciones mecánicas que culminaron con el surgimiento de una caja de Pandora, con símbolos de serpiente, de oro puro - Esa armadura de algún modo se convirtió en Kamei... Y nunca fue admitida en la Orden de los Caballeros de Oro... Ofiuco... La constelación del Serpentario. - Ikki, que estaba algo alejado, abrió enormemente los ojos al sentir un poder infinitamente mayor al de Hefesto en aquella armadura dorada, como si el alma de su antigua portadora aún reposara en su interior - Sólo un ser con un odio tan inmenso como el que aquella mujer tuvo... Sería capaz de ser digno de esta armadura... Ella la forjó... Ella forjó las 88 armaduras hace diez mil años... Ella... Ella...

Un cierto aire de resentimiento revoloteaba alrededor del aura del hijo de Zeus, pero al querer Ikki acercarse a aquella armadura, un cosmos colosal lo empujó contra la enorme puerta, única entrada y salida del recinto. El dios corrió su túnica resplandeciente para dar paso a su kamei, de tonos marrones y adornos dorados, podían vislumbrarse unas cadenas de oro rodeando los brazos del legendario Hefesto, así como una espada platinada en su cintura y dos hachas cargadas en su espalda, ocultas por una larga capa dorada.

Hefesto: ¡Yo soy Hefesto! ¡Hijo de Zeus y Hera, Reyes del Olimpo! ¡Si reclamáis esta armadura para vuestra alma ennegrecida de odio, tendréis que demostrarme cuan digno santo de Atenea sois!

Sin dudar ni un instante, el Fénix mantuvo una firme mirada frente al poderoso Olímpico, elevando su cosmos a niveles insospechados, llegando a formarse un ave de fuego a su alrededor.

Ikki: ¡Y yo soy el Ave Fénix! ¡Caballero de Bronce al servicio de la princesa Atenea! ¡No siento ningún interés en demostraros nada pero si tanto deseáis la muerte, gustoso os mandaré al infierno perro de Zeus!

Y así, un auténtico duelo de titanes se presentaba ante los hados en el que un mortal de inconmensurable poder, osaba encarar a un dios Olímpico sin ayuda alguna, Hefesto encendió su aura nuevamente, haciendo desaparecer su capa del calor provocado, al tiempo que dos gigantescas alas surgían de su espalda y recogía dos hachas dobles de dorada empuñadura, la batalla estaba a punto de comenzar, y en el fondo el hijo de Hera sentía que no sería nada fácil aplastar a aquel santo de bronce.

Estepas de Asgard Meridional

En aquellas tierras desoladas, Abel observaba impaciente como el dios Apolo se acerca, en sus manos guarda todo su rencor en forma de esfera destructora.

- Demasiado tiempo he esperado... Abel, hoy sentirás el poder del nuevo Señor de la Tierra... Y del Olimpo.

Los astrales sintieron de pronto el choque invisible de ira y rencor que se había desatado entre ambos hermanos, sabiendo en ese momento que ellos no tenían nada que hacer, se dirigieron a gran velocidad a donde Hilda de Polaris se encontraba. Electra y los demás coronis, quienes se habían recuperado de la anterior batalla, vieron como los dos soles se alejaban de las estepas, desapareciendo en la tormenta que había empezado a azotar a Asgard, muestra de la repulsión que los dioses sentían por aquellos invasores griegos.

Pero no todo había acabado para los coronis, la pequeña Mercurio, que ahora estaba enfrente de ellos sin ningún rasguño, los miraba sonriente, no quiso seguir a sus compañeros por una sencilla razón, que no tardó en escapar de sus labios.

Galatea: ¡Todos se han marchado que bien! Así podremos jugar nosotros solos sin que nadie nos moleste. - dijo con su típica sonrisa, haciendo enfurecer de inmediato a los caballeros de Abel -

Atlas: Mocosa... ¡No me detendré aunque seas una cría! ¡Ja! ¡Disfrutaré arrancándote esa estúpida sonrisa de tu cara! ¡Corona de Fuego!

Jao: ¡ Debiste escapar con los demás perros! ¡Hércules flamígero!

Belenger: ¡Nuestro Señor Abel sólo se compara con la magnificencia de su padre, el Emperador Zeus, vuestro patético dios no durará frente a la grandeza del único y verdadero FEBO! ¡Cabellera de Berenice!

Electra: ¡Ya que las armas solares no hacen ningún efecto en tu hedionda alma! ¡Sentirás el poder de los hijos de Agamenón! ¡Resplandor de Luz!

Los ataques de los cuatro coronis se juntaron con los de la siempre callada Clea, quien fuera salvada por el hijo de Abel hacía unos instantes, el ataque tenía el poder de mil soles, pero la poderosa guerrera de Mercurio no mostró miedo alguno, sino que incendió su cosmos formando una barrera verdosa a su alrededor.

Lejos de aquel lugar, en las raíces de Yggdrasil, Abel y Apolo decidieron obviar las palabras, siendo el métida el primero en atacar con su esfera de luz que levantó las heladas tierras nevadas de Asgard, Apolo sonreía complacido, con su mano, que destellaba un cosmos aterrador, había parado el ataque.

Abel: Desde que te vi siempre supe que acabarías por querer tomar el Olimpo... ¡Pobre infeliz! ¡Nunca tuviste la fuerza para sostenerte en el poder!

Apolo: ¿Acaso crees, renegado, tener la suficiente moralidad como para juzgar mis actos?

Abel: Yo soy Abel... No necesito excusas para exterminar a la escoria del Olimpo... ¡Pues soy el Dios Sol! ¡Soy el DIOS SUPREMO! - exclamó con arrogancia formando una gran esfera de energía de color verde oscuro - ¡Sol Invencible!

Apolo: Por fin el Olimpo será testigo... ¡De quien es la estrella que perdurará por todos los siglos venideros! ¡Astra Planeta!

Las llamas del Sol se vislumbran en la lejanía desde el campo de batalla, Abel y Apolo habían iniciado un enfrentamiento que podría desembocar en el fin del mundo.

Notas del Autor:

Ah ¿Qué aburrido el capítulo cierto? No pasó nada interesante y no avanzó la historia (nótese una cierta ironía). Por si algunos no se han dado cuenta, cada tres capítulos dos están dedicados al Santuario y lo que sucede en su interior, mientras que uno habla de lo que sucede en el exterior, esta Guerra Santa, y la búsqueda del Oro Impío de Ikki. Estos tres capítulos han ocurrido en los mismos instantes, al menos no literalmente. Sin más que añadir (no daré SPOILERS XD, tendrán que esperar a próximos capítulos), sólo queda lo de siempre, que cualquier duda, comentario o crítica será respondida si la mandan a este correo: lordomegawanadoo.es

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