Capítulo 20
"¡Plutón y Urano! Enfrentamiento en la Montaña de la Locura"
El Fuego de la Casa de Escorpio se está
extinguiendo
Quedan 4:45 horas para la muerte de Atenea
Partenón de los Reyes, Monte Olimpo
Cuenta la leyenda, que hace cientos de milenios, durante la dorada era de Cronos, los hijos del Rey de los Titanes se rebelaron contra su padre, provocando la primera Gran Guerra de Dioses conocida en la historia, incluso podría decirse que fue la primera como tal, los humanos acabaron conociéndola como Titanomaquia.
Los hijos de Cronos, conocidos como Crónidas, lideraron a una gran diversidad de dioses y seres mitológicos en una batalla que duró 10 largos años, durante la cual los crónidas irguieron su fortaleza en el llamado Monte Olimpo, el más alto de toda la que sería conocida como Grecia, por tal motivo, los dioses se hicieron llamar desde aquel entonces, Olímpicos, y guiaron con su sabiduría y poder, a todas las criaturas del Cielo, Mar y Tierra.
Tres de los seis hermanos se repartieron los demonios de su padre, siendo Poseidón el Emperador de los Mares, y Hades el Señor del Inframundo; Zeus, por aparente azar, más bien designios del destino, se convirtió en el Emperador de los Cielos, y, junto a su esposa y hermana Hera, Rey de los Dioses. Empezaba la Edad de Plata de los Olímpicos, culminando esta con el surgimiento de la raza humana.
Durante gran parte del transcurso de la civilización humana, los Olímpicos, ahora siendo doce, siguieron guiando a la nueva especie, muy superior a todas las demás, los seres humanos eran capaces de pensar, razonar y, por tanto, fueron objeto de la ambición de los dioses, la Tierra no era potestad de ningún dios, por directo mandato de Gea, Madre de todos los Dioses.
Pero llegó un día, olvidado por el mundo, en que la raza humana se corrompió de tal manera que se rebelaron contra sus creadores, la ambición, el odio y la envidia gobernaron sus corazones y provocaron la ira de los dioses, Zeus les impuso el castigo del diluvio, después que todos los dioses dejaran de permanecer en la Tierra.
Sólo una diosa quedó en aquel infierno purificado por las aguas, su nombre: Atenea, hija de Zeus y de su primera esposa, Metis, de cuyo nacimiento surgían miles de rumores.
Su bondad, misericordia y voluntad, lograron conmover el corazón de la omnipresente Madre Tierra, se dice que ella misma pidió a la valerosa hija de Zeus entrar en sus dominios, donde recibió la potestad de la mayor creación de la diosa madre, ésta acción, enfureció a algunos dioses, que se convertirían en sus mortales enemigos, pero fue aplaudida por el padre de la joven métida.
Pero... ¿A dónde fueron los dioses tras el Gran Diluvio? Más allá del Cielo, la Tierra, el Mar o el Infierno, estaba el Éter, la luz eterna e inmutable que precedió a la mismísima Primera Dinastía de Gea y Urano, un universo perfecto más allá del corrupto Plano Mortal, donde los dioses irguieron su paraíso, en el cual sólo unos pocos elegidos podrían vivir, los más grandes héroes de la antigüedad, devotos de los dioses, se convertirían en ángeles de aquel hermoso cielo, desde donde los dioses aún siguen observando la evolución de los hombres.
Imposible sería describir la magnificencia y enormidad de aquel paraíso de dioses, de estructura ciertamente circular alrededor del majestuoso Fanes, gran templo de reunión donde los Doce decidían el destino de toda la Creación, y donde la diosa Hestia avivaba el eterno fuego sagrado, podría llegar a decirse que aquel mundo lleno de éter era tan infinito, como el Universo.
Cada uno de los Doce Dioses, regían una porción de aquel hermoso paisaje, incluso Atenea, quien, siempre vencedora de las ambiciones de algunos Olímpicos que iniciaban las llamadas guerras santas, regresaba con su padre después de haber protegido la Tierra de las fuerzas del mal, para volver a luchar cada 250 años.
Los tres emperadores, Hades, Poseidón y Zeus, tenían fabulosos templos alrededor de un gran monte, exactamente igual al Olimpo terrestre, los tres habían perdido ciertamente el esplendor de antaño, pues aquellos cuyo cosmos los sostenían hacía tiempo que no habían vuelto a pisar sus palacios, sin embargo cualquier ser que estuviera en aquel lugar sería capaz de sentir el inconmensurable cosmos que gobernaba el Salón del Trono del Partenón de los Reyes, pues Hera, la todopoderosa Reina de los Dioses, había despertado de su letargo ante la rebelión de Apolo.
El Salón del Trono del templo de Zeus y Hera se encontraba en realidad, por encima de la edificación, siendo visibles entre las columnas un cielo estrellado de hermosura indescriptible, lo más destacable dentro de aquel lugar, era la estatua esculpida de Zeus junto a su esposa, que lo abrazaba mientras miraba al frente con la característica mirada celosa y sanguinaria que la diosa poseía, encima de un gran trono de mármol negro pulido con incrustaciones de oro, siete escalones llegaban hasta el gran asiento, cada uno de uno de los colores del Arco Iris. Sobre uno de los brazos del trono, se posaba un águila de oro con un rubí en cada ojo. Sus garras, antes guardianas de los relámpagos de Zeus, ahora estaban vacías.
Sólo una presencia se encontraba frente al ser que ocupaba el trono, estaba ataviada con blancas túnicas y una capucha, en una postura de cierta reverencia ante aquella que la estaba mirando.
Sin duda era inconfundible, aquella que ahora se sentaba en el trono de Zeus era su fiel y celosa esposa, Hera, de majestuosas vestimentas y gélida mirada, todo su cuerpo perdía rastros de mortalidad en un intenso y constante cosmos verdoso que le daba la divinidad propia de su posición como Reina de los Dioses, sus ojos se cerraron por un momento para luego abrirse ligeramente.
Hera: Hestia... Hermana... ¿Por qué he de sentir esta detestable sensación de rebeldía y traición? - preguntó con una voz que parecía ser miles, dando una sensación de omnipotencia en aquella diosa -
Hestia: Su Majestad, Apolo, hijo de Zeus y Leto, intervino en el apacible transcurso de la humanidad. Fue decisión del Consejo, que el rebelde desertor Abel sea el verdugo que castigue la insolencia que su arrogante y soberbio hermano ha cometido para con el Olimpo, y sus majestades.
Hera: Los dos soles ya han colapsado... ¿Cuán triste será el final de esta contienda? Lamentable será esta batalla de hermanos... Pero el destino de Apolo ya ha sido decretado... Su vida ha de ser extinguida para purgar su horrendo pecado... Sea cual sea el vencedor... Apolo deberá desaparecer. - ordenó -
Hestia: Sus deseos son órdenes para todos nosotros... Su Majestad.
Antiguo Templo de Atenea
Orestes: ¡Esperad! - exclamó, llamando la atención de los santos divinos de Bronce -
Shiryu: ¿Qué ocurre? ¿Ocurre algo Orestes?
Seiya: ¡No hay tiempo! ¡Tenemos que salvar a Saori! - dijo desesperado -
Orestes: ¿Acaso es esa Excalibur? - preguntó cortante -
Seiya: Así es, esto es lo que aquellos caballeros de oro del pasado buscaban, la espada legendaria de la justicia que sólo el santo más fiel a Atenea puede portar. - respondió de inmediato, al tiempo que Excalibur brillaba intensamente -
El caballero de la Corona Boreal mostró una palidez que desconcertó a Pegaso, pese a su ceguera Shiryu también notó cierta inquietud en el aura del coronis, como si aquel hombre temiera verdaderamente el poder de la espada.
Orestes: Pegaso. Usar esa espada es dirigirte hacia la condenación eterna, no hablo del Hades o el Tártaro, sino de algo mucho más oscuro, Excalibur es capaz de segar vidas de mortales y dioses por igual, destruir enormes ejércitos o derribar continentes, pero finalmente, sólo promueve una insaciable sed de poder que te acaba destruyendo, nunca dejaras de codiciar más y más, hasta que esa ambición te destruya en un mundo vacío de vida.
Las palabras del coronis provocaron que Seiya tragara saliva, seguía desconfiando de Abel y sus guerreros, pero en verdad era eso lo que había sentido al tocar la espada, un éxtasis indescriptible ante tal inconmensurable fuerza, el poder absoluto de los dioses casi lo consumió en aquella dimensión y sólo el recuerdo cálido de su Señora lo devolvió a la realidad.
Seiya miró al frío Orestes, para luego voltear a ver como Shiryu asentía, cerró ligeramente los ojos y dirigió hacia la espada, se juró a sí mismo que no la utilizaría a menos que fuera estrictamente necesario, el caballero de la Corona Boreal siguió caminando por el pasillo, sabedor de que el Pegaso había entendido el mensaje.
Cumbre del Delirio, Riscos de la Locura
El espectáculo era desolador para el santo de Géminis, el ataque del caballero de la Oscuridad lo había paralizado por completo, Atenea estaba inconsciente y la etowashi del guerrero astral apuntaba su corazón, de pronto una esperanza cubrió el ambiente con la aparición de Kiki.
Caronte: ¿Ya despertaste lemuriano? - preguntó sin mirarlo - Me complace, así podrás ver como una leyenda termina... ¡La leyenda de los santos de Atenea! ¡Pues de nada servirán con una diosa muerta! - sin más presionó con una siniestra sonrisa deseosa de ver como aquella hoja negruzca se teñía del dulce líquido carmesí de aquella deidad, sin embargo algo pasó, la espada no se movió ni un centímetro más allá de palpar los ropajes de la diosa - ¿¡Qué!?
Kiki: ¡De ninguna manera permitiré que un monstruo salga impune de esta blasfemia! ¿¡No alardean los guerreros divinos como tú el castigar pecados como el que piensas cometer¡? ¡No eres más que un hipócrita!
Caronte: ¡Ja! Veo que el traspasar las barreras híper-dimensionales no sólo afecto a tu aspecto. - decía presionando nuevamente la espada sobre el corazón de la diosa, que sudaba copiosamente, Kiki mostró en su rostro su impotencia al ver como sus poderes psíquicos no servían para salvarla -
- ¡No has contestado Caronte de Plutón! - exclamó una voz proveniente de la salida del Antiguo Templo, extasiado el que había sido llamado miró a los santos atenienses y al coronis, mientras que Urano apareció ante ellos en un parpadeo -
- Guerreros rebeldes, no consentiré que se entrometan en los asuntos de mi hermano. - advirtió la guerrera astral -
Seiya: ¡He hecho una pregunta! ¡Responde Caronte de Plutón! - exigió Seiya, mientras que Orestes preparaba una rápida ofensiva para cumplir la orden de su Señor: Proteger a su hermana -
Caronte: ¡Al diablo con los dioses! ¡Ahora yo soy el único juez! ¡Y la sentencia a esta hereje es... La muerte! - exclamó mirando al Pegaso con rostro maniático, provocando que Seiya diera pasos al frente con rabia, siendo detenido por Urano -
Seiya: ¿¡Qué haces!?
- Ya te os lo advertí una vez, santo de Pegaso, no permitiré que os entrometáis en los asuntos de mi hermano. Si tanto deseáis salvar a vuestra diosa, tendréis que enfrentarme.
Seiya: ¡Jamás haré algo tan mezquino como golpear a una mujer!
- Entonces tendréis que morir.
El caballero de Pegaso sintió un intenso resplandor, y ni siquiera se dio cuenta de cómo aquella veloz guerrera hundía en su pecho un poderoso puñetazo que lo derribó lejos, Orestes trató de aprovechar la situación pero se encontró con una patada alta en el rostro, gotas de sangre mancharon el suelo y Shiryu lanzó el Dragón Naciente contra aquella que había derribado a sus compañeros, pero el ataque fue fácilmente esquivado por la astral quien volvió a su posición inicial, viendo como los guerreros se levantaban nuevamente para enfrentarla.
Seiya: ¡Aparta! ¡Tengo que salvar a... Saori! - gritó antes de vomitar sangre y ver anonado que el ataque de aquella guerrera le había dolido más que las batallas en el templo -
Shiryu: ¡Seiya! ¡Orestes! ¡Nuestra misión es proteger a Atenea! ¡No importa el precio que tengamos que pagar! ¡Vayan y protejan a Saori! - el dragón elevó su cosmos a niveles insospechados, Seiya y Orestes se miraron y asintieron corrieron a gran velocidad sin saber que para Urano era fácil detenerlos, sin embargo ella sabía perfectamente el deseo de su hermano quien había cesado de presionar su espada en el pecho de la diosa -
- Como queráis, Dragón Shiryu... - dijo la guerrera en completa señal de que aceptaba el reto, de pronto quitó las túnicas que la cubrían dejando ver una armadura celeste con tonalidades escarlatas, teniendo dos alas angelicales en su espalda y dos espadas japonesas en su cintura, al abrir sus ojos un cosmos azulado la cubrió por completo compitiendo con el de Shiryu, su poder era inmenso -Yo, Titania de Urano acepto tu desafío -
Un enorme estallido de cosmos fue escuchado por Orestes y Seiya cuando se interpusieron entre Caronte y Atenea, el primero los veía con suma tranquilidad, al tiempo que enfundaba la espada.
Seiya: Orestes, este es mi combate, tú salva a Saori, aléjala de aquí. - dijo en voz baja, sin mirar atrás donde Orestes observaba desde una posición alejada el lamentable estado de la hermana de su Señor -
Orestes: Hum, vos no tenéis autoridad como para darme órdenes, sólo sigo los designios del Febo Abel, que son el proteger a Saori Kido, reencarnación de Atenea en la Tierra. - respondió con frialdad, cogiendo en brazos a la inconsciente avatar de Atenea - Aunque agradezco la confianza, espero que no me decepcionéis. Acabad con estos caballeros astrales.
Sin más que decir el coronis se alejó del lugar, Caronte lucía extremadamente tranquilo, incluso lucía una oscura sonrisa que inquietó a Seiya, un agotado Kiki se acercó a Kanon, sin poder explicarse como uno de los santos de oro más poderosos, cuyo cosmos no tenía nada que envidiarle al de los caballeros astrales, había caído tan fácilmente, al palpar la frente del geminiano notó que estaba frío, como si fuera un cadáver, pero el lemuriano sabía que Géminis estaba vivo.
Caronte: ¿Acaso tú no te vas, lemuriano? - preguntó Caronte con los brazos cruzados, sin siquiera dignarse a mirar a Kiki, que sintió unos incontrolables deseos de atacarle -
Pero Kiki sabía muy bien que no serviría de nada, que frente a aquel demonio no serviría de nada, de modo que optó por seguir a Orestes, y proteger a Atenea con su vida, tras palpar al inconsciente Kanon, el lemuriano se teletransportó, dejando libre la distancia entre Caronte y Pegaso.
Caronte: He esperado este momento demasiado tiempo, me sentí incómodo con todas aquellas molestias en la Esfera de Plutón y decidí dejar que tuvierais, la infantil esperanza de haberme derrotado.
Seiya: ¡Entonces todo fue una farsa! - exclamó furioso, recibiendo una cínica afirmación -
Caronte: En cualquier caso ahora podré disfrutar de un último combate de mortales, antes de iniciar mi ansiada cruzada. - Seiya carraspeó ante tales palabras - Así es... Los dioses han utilizado a los mortales en sus rencillas infantiles durante demasiado tiempo, es el momento en que esos necios sientan en sus patéticas existencias lo que han provocado a la Humanidad... Si lo piensas, no soy tan malo, tan sólo deseo hacer justicia.
Seiya: ¿Enfrentar a los dioses? De modo que hasta ahora has mentido sobre tus intenciones. ¡Planeas traicionar a Apolo y tomar el Santuario para...! - las hipótesis del santo fueron cortada por una maniática carcajada que llenó toda la zona, al parar en seco la risa, miró con una siniestra sonrisa al santo -
Caronte: ¡Pero cuan inocente eres! ¡Apolo sólo es el principio! - un aura oscura empezó a rodear al caballero de Plutón, en forma de espiral de energía negativa - ¡Yo soy PLUTÓN, heraldo de la muerte! ¡Todos y cada uno de los dioses del Olimpo caerán tras mi oscuridad, los Doce Señores del Universo sucumbirán aquí y ahora! ¡Incluida tu preciosa Atenea!
Cual rayo Seiya se abalanzó contra Caronte, pero su puño sólo rasgo el aire pues los reflejos del astral lo hicieron esquivar aquel ataque a la velocidad de la luz para luego contraatacar con su puño lleno de cosmos, el golpe fue brutal pero el santo ateniense supo mantenerse de pie clavándose en el suelo, por lo que el empuje hizo que dejara dos profundas zanjas.
El rostro de Pegaso no mostraba en su totalidad la sorpresa que sentía, aún teniendo puesta una kamei le resultaba difícil, si no imposible, esquivar sus ataques o lograr siquiera asestarle un golpe, realmente el poder de los caballeros astrales era muy superior al de los heraldos de Hades, decidió entonces utilizar su cosmos al máximo, viendo como Caronte permanecía en suma tranquilidad.
Seiya: ¡Eres poderoso Caronte de Plutón! Pero los santos de Atenea que luchamos por la justicia y la paz en la Tierra, poseemos un poder mucho mayor que tu oscuridad, y esa es la esperanza, la esperanza en un mundo mejor donde seres como tú dejen de hacer sufrir a la humanidad - decía haciendo los movimientos de su constelación -
Caronte: ¡Hum! Vuestra esperanza no os servirá de nada, yo soy la encarnación misma del poder, mis tinieblas consumirán vuestros inútiles sueños y os daréis cuenta de que vuestra lucha fue inútil. - respondió con fervor en cada palabra, aplastando sus garras en su mano derecha -
Seiya: ¡Meteoros de Pegaso!
Nunca antes había desatado un mortal tal poder, los puños de Seiya se habían convertido en meteoritos destructores que levantaron enseguida todo el suelo en gruesos fragmento, una polvareda cubrió la zona impidiendo al Pegaso poder ver el resultado, pero pronto se disipó dando paso a un Caronte prácticamente inmutable, sólo un pequeño hilillo de sangre escurrió por su boca un momento, con tranquilidad se la limpió con su mano izquierda para abrir su sangrienta mano derecha, cuyas uñas se habían convertido en grandes garras color sangre.
Caronte: Si es esto todo lo que puedes conseguir... ¡Creo que es mi turno! ¡Por los Colmillos de Cancerbero!
Se lanzó cual fiera en busca de su presa, el ataque fue rápido, mucho más allá de la luz, pero con esfuerzo Seiya pudo contrarrestar lo con su antebrazo y lanzó un puñetazo en el abdomen, sin hacer caso al dolor el caballero astral respondió con un cabezazo y un golpe con la rodilla en el pecho del caballero, lo que en el fondo favoreció que éste pudiera esquivar un nuevo ataque desgarrador que dejó su brillo aún después de pasar, el caballero de Atenea quiso dar un efectivo gancho en el mentón aparentemente desprotegido de su rival, mas el oscuro guerrero supo alejarse a tiempo.
Caronte: ¿Por qué no utilizas Excalibur santo ateniense? - preguntó mirando la susodicha espada, enfundada en la cintura de su rival -
Seiya: ¡Eso no te incumbe! ¡Meteoros de Pegaso!
Caronte: Hum, otra vez la misma técnica, que estupidez.
Sin más, Caronte formó una especie de escudo semitransparente de aire siniestro que recibió los cien puños de Seiya, sin embargo la protección se quebrantó y un último ataque estuvo apunto de alcanzarle, por un momento el Pegaso creyó en una rápida victoria pues el ataque estaba justo frente al rostro del astral de las sombras pero éste bloqueó el ataque con su mano desnuda sin sentir ningún dolor, o al menos no lo mostraba.
Caronte: De modo que no me estás tomando en serio... ¡Pegaso! ¡Cometes un grave error! ¡Garra del Demonio de las Sombras!
Concentrando un enorme cosmos siniestro que recordaba al mismísimo Hades Caronte cruzó sus brazos, manteniendo cada brazo sobre un hombro, de pronto, el guerrero de las sombras abrió los ojos y soltó los brazos formando una equis, de cada una de sus garras surgieron medias lunas de energía negativa que hicieron que el corazón de Seiya diera un vuelco antes de protegerse, el ataque fue devastador pero en realidad sólo era un aviso, el temible cazador de las sombras ya había atacado a su presa con sus garras antes que pudiera respirar, el Pegaso tuvo que hacer uso de todos sus reflejos para poder esquivar los legendarios colmillos de cancerbero y soportar al mismo tiempo la frialdad del cosmos de Caronte, completamente perverso y siniestro.
Seiya buscó algún punto flaco en su enemigo quien sólo requería de sus garras para poner a prueba todos sus instintos, el centrarse en aquellos filosos colmillos carmesí que en realidad eran las uñas del caballero astral provocó que el santo no pudiera prever una patada alta que lo lanzó por los aires, donde fue presa fácil de una sinfín de esferas oscuras lanzadas por Plutón, que con cínica caballerosidad dejó que su enemigo cayera al suelo y esperó a que se levantase.
Caronte: Si no fuera por esa kamei... Ya serías carne para los gusanos. - aseguró con soberbia, provocando una impulsiva reacción en el santo que lo levantó de golpe, pese a las magulladuras de su cuerpo - ¿Acaso fue el coronis quien te dijo que no usaras Excalibur? ¡Necio! ¡Sin el poder de la espada sagrada jamás un mortal podría soñar con compararse a un caballero astral!
Seiya: Eso lo veremos.
Sorprendentemente Seiya elevó altamente su cosmos hasta formar tras de sí la majestuosa figura del caballo alado, Caronte sonrió complacido al sentir que aquel poder era igual o superior al suyo y decidió corresponder con su mortal Garra del Demonio de las Sombras, el ataque fue destruido por los meteoros del santo, el cual no esperó un segundo e inició un mortal asedio contra su enemigo, golpes y contragolpes gobernaron la zona mientras el polvo volvía a cubrirla, la kamei de Seiya relucía en medio de aquel lugar dando la certeza de que su cosmos no tenía nada que envidiar al de Caronte, éste vio su momento llegar cuando detuvo un ataque de su rival logrando dar una fuerte patada en un costado al caballero de Atenea, pero éste respondió con un ken de luz en pleno rostro al astral.
Caronte: ¡Agh! - exclamó ante una nariz rota por el puñetazo de Seiya, inmediatamente hizo uso de su habilidad para cicatrizar la herida, mientras la polvareda se disipaba un poco, el santo ateniense también tenía el rostro morado, y un hilo de sangre corriendo por el mentón, eso y la determinación de seguir peleando compartía aquel joven guerrero con el siniestro demonio sombrío -
Seiya: ¿¡Si tanto detestas a los dioses por qué sirves a Apolo!? ¿Por qué mataste a tantos compañeros en su nombre? ¡No eres más que un monstruo!
Caronte: No gastes saliva muchacho, ya deberías conocer la respuesta, mis motivos para enfrentarte son los mismos que tuvo Touma... ¡Sí! Se de vuestra pelea. Tú, Pegaso eres el hombre que ha enfrentado a los dioses, aquel que verdaderamente inquieta al Olimpo y que ha provocado la llegada de Apolo. Esto no es una simple guerra santa caballero, todos los dioses temen vuestro poder y por eso decidieron cortar el problema de raíz, exterminar a toda la Humanidad y recrear una Tierra devota que siga siendo su marioneta por los milenios venideros. Esa es mi respuesta a tu primera pregunta, acepté servir a los dioses nuevamente para acabar con aquellos que les provocan tanto temor, una vez os halla aplastado, quedará claro que no hay ninguna distancia entre mi poder, y el de esos débiles líderes celestes.
El caballero astral hizo una pausa, viendo que Seiya estaba consternado por la revelación de Caronte, pues según él, su perversidad no tenía límites y sabía que detrás de esas ideas se hallaba un intenso odio hacia los dioses.
Caronte: En cuanto a tu otra pregunta. ¡Bah! Es simple mequetrefe, esto es una guerra santa, y como en todo conflicto deben morir los débiles frente a los más fuertes, quienes serán a fin de cuentas los que alcanzarán la victoria, aquellos presuntuosos santos de bronce, creyeron tener una mínima posibilidad y me enfrentaron, pero en el fondo sabían que, comparados con un guerrero divino como yo, eran unos mediocres gusanos que tan sólo estaban destinados a volver a la tierra.. ¡Muertos!
Seiya: ¡BASTARDO! ¿¡Cómo te atreves a insultar a los caballeros que pelearon con todo su cosmos para proteger a Atenea!? ¡El único gusano mediocre eres TÚ! - gritó encendiendo su cosmos azulado con todo su ser -
Caronte: Tengo ya un destino trazado, un único y oscuro camino que me lleva a mi objetivo, todos aquellos que se interpongan morirán sin remedio. Seiya, no consentiré que un necio como tú, que se preocupa de la muerte de seres tan inferiores, me detenga. - correspondiendo el cosmos a Seiya, el cosmos de Caronte se incendió disipando las tinieblas, había optado por recurrir al poder solar que todos los caballeros astrales poseían - Ahora te mostraré como acabé con aquella escoria... ¡Siente las llamas del Sol!
Seiya: ¡¡METEOROS DE PAGASO!!
El ataque fue devastador, y hundió la zona varios metros provocando un temblor que todos aquellos que estuvieran encima de aquella desquiciante montaña pudieron sentir, un destello cegador impedía ver el resultado del choque.
Cinturón de Hipólita, Santuario del Sol y la Luna
Atados por cadenas de hierro, y aparentemente derrotados y humillados, santos atenienses, generales marinos y una sirena caminaban sin descanso por las duras tierras del Cinturón de Hipólita, Shaina era la que mejor aspecto mostraba, pues ya había entrenado durante años en aquel lugar, antes de convertirse en caballero.
Atalanta sudaba copiosamente, de forma increíble el Sol no había cesado de "bendecir" aquel Santuario, lo que le daba cierto aire esplendoroso digno del Templo del Dios Sol, sin embargo, cada vez la estrella brillante del Sistema Solar parecía acercarse más y más a la Tierra, provocando un calor insoportable que hacía que la comandante de las amazonas sintiera una insaciable sed y empezara a ver ilusiones por doquier.
Atalanta: ¡Dónde está la Esfera de Urano! ¡Deberíamos haber llegado ya! - gritó a las amazonas, que mostraron miradas inexpresivas pese a que sentían el mismo calor insoportable -
Ethel: Siento perturbaciones en el ambiente, como si la esfera se estuviera moviendo. - respondió mirando al cielo -
Brianna: La guerrera de Urano no se encuentra en este lugar, quizás esté reclamando la esfera para un combate singular. - concluyó -
Shaina levantó de inmediato la cabeza al escuchar aquellas palabras, para luego mirar a sus compañeros que asintieron, el general de Sirena hizo señas hacia donde Ethel guardaba su flauta, pues sólo eso necesitaban para salir de aquel lugar.
Ifigenia: ¿Por qué paras, amazona? - preguntó con severidad -
Por respuesta la cazadora recibió un tirón de la cadena por la que llevaba a Shaina, Geki y Spartan que la lanzó al suelo más por la sorpresa que por otra cosa, sin embargo, una descarga eléctrica recorrió los cuerpos de los santos atenienses al tiempo que una verdadera revolución se formaba, pues los marines elevaron sus cosmos llamando la atención de Brianna y Ethel, momento que aprovechó el santo de la Brújula para arrebatarle a la última la preciada arma de Sorrento, que llegó de inmediato a sus manos.
Las notas sonaron como una sinfonía de muerte para las cazadoras, y haces invisibles cortaron las cadenas cual papel, Atalanta mostró signos de furia desenfundando su arco, pero el variado regimiento de guerreros atenienses y de Poseidón de había ido, llena de ira, la comandante supo enseguida el plan de aquel grupo.
Atalanta: ¡Maldición! Esos caballeros nos han hecho caer en nuestra propia trampa. - dedujo con furia -
Ifigenia: ¿De qué hablas Atalanta? ¡Esos guerreros han huido! ¡Fue mera suerte! - exclamó consternada, tratando de encontrar las presencias de los recién fugados -
Brianna: Ellos viajaban en círculos por estos lugares en busca de la Esfera Urano, nosotras los teníamos bien vigilados y los rodeamos fácilmente porque ellos no sabían donde estábamos, esa desventaja ahora la tenemos nosotras, pues ellos seguramente ya nos están vigilando.
Ifigenia: Pero... Ethel debería...
Ethel: No detecto sus presencias, las esconden muy bien y sólo encenderán sus cosmos cuando ataquen, son muy inteligentes y no dudo de su gran capacidad estratégica.
Atalanta: Admirar al enemigo no es un acto muy normal Ethel, esos guerreros no son más que rebeldes, que osan levantar la mano contra sus creadores, y no sólo eso, hombres han pisado tierras amazonas, es nuestro deber castigarles. ¡Si los encontramos de nuevo los mataremos sin titubeos! ¿Queda claro? - preguntó con la autoridad que le correspondía, las otras tres cazadoras asintieron aunque con distintas reacciones, Brianna mostró indiferencia ante la situación, a la que respondía con suma frialdad; Ifigenia simplemente asintió sumisa; y Ethel casi lo hizo por inercia - Malditos rebeldes, sufrirán la cólera de las cazadoras de Selene.
El juramento de la amazona fue escuchado por todos, que, tal como habían deducido Atalanta y Brianna, las vigilaban de cerca, debían encontrar el momento preciso para atacar y así ganar tiempo para encontrar la Esfera de Urano, Ofiuco pensó por momentos que aquella guerrera que se hacía llamar Ethel le parecía conocida, pero pronto desechó esa idea.
Salida del Antiguo Templo de Atenea
Quien viera aquella extraña visión de dos guerreros frente a frente en total calma, se extrañaría enormemente de los destrozos de las baldosas que formaban la entrada al viejo templo, las estatuas guardianas del edificio tenían algunos rasguños que no provocaron precisamente el pasar de los siglos, en realidad hacía poco se había producido una gran confrontación de calibre brutal producto de la igualdad de fuerzas entre ambos contendientes.
Titania: Es envidiable tu fiereza en combate Dragón, pero es el momento de pelear en serio.
Shiryu: ¿Quieres decir que hasta ahora no has mostrado todo tu poder? ¡Imposible! ¡Nuestros cosmos ya han superado por mucho al de los caballeros de oro!
Titania: Nosotros no somos simples caballeros santo divino de Atenea, somos dioses de carne, heraldos de muerte creados por los dioses del Olimpo para cumplir sus designios, el poder de toda vuestra orden es ínfimo en comparación con el poder del Sol, sólo vosotros que poseéis armaduras kamei, podéis enfrentarnos de igual a igual.
Shiryu: Es cierto, vuestro poder es tan gigantesco como el de los mismos dioses guardianes del Elíseo, pero te advierto, que el dragón nunca muere sólo y si he de entregar mi vida para derrotarte, lo haré gustoso, pues es misión de los santos de Atenea el enfrentar a sus enemigos aún a costa de nuestra misma existencia.
Titania: ¿Acaso insinuáis utilizar el Último Dragón? Os advierto que esa técnica es inútil en mi contra. - la expresión de Shiryu no podía ser más transparente e indicaba que la guerrera astral había acertado de lleno, lo que más sorprendía al joven era que aquella mujer supiera de la técnica prohibida del Dragón -
Shiryu: ¿El Último Dragón? ¿Cómo es posible que sepas de los secretos prohibidos de mi armadura siendo una guerrera al servicio de Apolo? ¡Es imposible a menos...!
Titania: He tenido cientos de maestros a lo largo de mi vida, y uno de ellos me enseñó todos los secretos del Dragón del Monte Rozan, sin embargo, nunca puse en práctica sus enseñanzas puesto que ya había adoptado un estilo propio de combate, que vos caballero siquiera podrías soportarlo, en cualquier caso, no me vencerás con ataques que ya he visto miles de veces, y tu Último Dragón es completamente inútil.
Shiryu: Tus alardes no pueden ser ciertos, aunque un caballero te halla enseñado todos los secretos del Dragón, no podrás soportar su cólera. ¡Siente el furor del Dragón!
Un cosmos verde comenzó a cubrir a Shiryu convirtiendo su figura en un majestuoso dragón de aire chino, el ataque parecía ser devastador, pero la inmutable guerrera de Urano lo paró con una sola mano y luego dobló con fuerza el poderoso puño del santo, provocando gran dolor, finalmente, encendió su cosmos preparándose para ejecutar su propia técnica.
Titania: ¡Tendré que demostraros toda mi fuerza para que empecéis a tomaros en serio este combate! ¡Paraíso Perdido!
En aquel momento, Shiryu recordó su primera gran derrota, hacía dos ó tres años, en manos del que ahora era su mejor amigo y compañero de armas, el ken de la guerrera de Urano se asemejaba al del Pegaso, cientos de golpes rodearon su kamei provocando un dolor insoportable que lanzó al caballero de bronce al suelo, algunos fragmentos de minúsculo tamaño cayeron al suelo en señal del poder que Titania había desatado.
Titania: ¿Es esto todo lo que podéis mostrar Dragón Shiryu? ¡Levantaos! ¡Este combate aún no ha acabado!
Con gran dificultad, Shiryu se levantó, incendió nuevamente su cosmos dispuesto a continuar su combate, la mirada de Titania no quedó perturbada en lo más mínimo por la rápida recuperación de su rival.
Shiryu: Guerrera de Urano, puesto que has sido capaz de detener el Dragón Naciente, capaz de cambiar el curso de una cascada, ahora utilizaré la más poderosa técnica de mi maestro... ¡Los Cien Dragones del Monte Rozan!
Titania: Una gran cantidad de dragones de energía surgen de su cosmos de forma majestuosa... Admirable caballero... Pero no será suficiente. ¡Paraíso Perdido¡
A una velocidad aterradora, los puños de Titania destruyeron literalmente a todos los dragones que el santo divino había lanzado en su contra, Shiryu no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde, el poderoso ken de la guerrera astral de Urano volvió a derribar al caballero ateniense, haciendo elevarse en el aire fragmentos de su kamei, sin esperar un segundo, el joven discípulo de Dohko se levantó, pero había perdido parte de su vigor y le costana sobremanera dar un solo paso.
Titania: Vuestro valor me sorprende, quizás sea la legendaria kamei lo que impide que aún podáis manteneros en pie, sin embargo, no seréis capaz de sobrevivir a un nuevo ataque, por respeto a tu valor no os he atacado en vuestro punto débil, de todos modos, la próxima vez que sientas la Ira del Cielo que encarnan mis puños simplemente os partiréis en dos, aunque poseáis una armadura divina.
Shiryu: Si es así, pondré todo mi corazón y mi propia vida en este último ataque, elevaré todo mi ser a la Octava Conciencia para invocar el máximo cosmos y desatar el ken supremo del Dragón. - anunció elevando enormemente su cosmos, su larga cabellera revoloteaba y su tatuaje se mostró más intenso que nunca, Titania mostró signos de sorpresa de forma sutil, sin llegar a sentir temor por el devastador ataque que se le venía encima -
Titania: Será inútil cualquier intento de alcanzar la victoria, mas espero con ansiedad vuestro último soplo de vida, es mi deseo conocer el poder de aquellos que han levantado su puño contra los dioses.
Shiryu: Los cien dragones sagrados se unirán... ¡En un solo ataque! ¡Que el máximo cosmos recorra mi ser y que me haga alcanzar el Octavo Sentido! ¡Dragón Imperial del Monte Rozan! - gritó mientras un brillo tan reluciente como el Sol empezaba a cubrir su cuerpo, que pronto tomó la forma de un gigantesco dragón dorado chino que miraba amenazadoramente a la guerrera astral -
Titania: No temo a vuestro dragón caballero... ¡Paraíso Perdido!
Los ataques de la guerrera no parecían hacer mella en el Dragón, que en su majestuoso viaje rompía con la realidad y abría sus fauces dispuesto a despedazar a la valiente e inmutable astral de Urano, quien no cesó en su empeño hasta que aquella bestia empezara a acercarse peligrosamente, par los ataques y cerró los ojos, centró sus fuerzas en una improvisada defensa.
Cumbre del Delirio, Riscos de la Locura
La explosión posterior había provocado rupturas por todo el lugar, el paisaje era desolador, un frío silencio era sólo roto por el chocar de las cosmo-energías más poderosas que ahora se encontraban en aquella montaña de locura, Caronte y Seiya chocaban sus miradas y juntaban sus manos, poniendo cada uno de ellos todo su cosmos para tratar de derrotar al contrario, a su alrededor se formaba una columna de luz que atravesaba todas las capas de la atmósfera, llegando incluso a surcar el océano de estrellas conocido como Universo.
Ninguno cedía, pero era Seiya el que más furia sentía, pues Plutón no cesaba de sonreír, su cuerpo ya no emitía aquellas emanaciones oscuras, sino que era tan hirviente como una estrella a punto de estallar, aquel cuerpo de luz infinita desentonaba con un rostro macabro de ojos inyectados en sangre, los cabellos del astral empezaron a moverse al son de la tempestad cósmica y el caballero de las sombras empezó a dar cabezazos contra el santo divino de Pegaso.
Pese a todo, Seiya logró por momentos superar el cosmos del astral empujándolo unos centímetros, pero éste decidió cambiar de estrategia y saltó, propulsado por la energía acumulada, de ese modo ambos contendientes empezaron a sobrevolar los cielos, hasta que pararon en seco, la altura los habría destrozado de no ser por sus cosmos, el tiempo pareció parecerse momentáneamente y Caronte y Seiya se miraron a los ojos.
El primero en atacar fue Plutón, el brillo escarlata de sus garras relucía más que la luz de la columna de poder que había formado previamente al enfrentar a Pegaso, la cual ahora perdía paulatinamente su brillo y esplendor. Los colmillos de cancerbero rasgaron la piel de la mejilla de Seiya quien respondió con una lluvia de meteoros, aquellos dos eternos rivales empezaron un aterrador combate al mismo tiempo que caían estrepitosamente, el hermoso paisaje de ver casi todo el Santuario desde los cielos era ignorado por aquellos dos guerreros que debatían en aquella caída total emisaria de sus muertes.
El Pegaso se impulsó cual cometa para golpear a su rival pero éste esquivó el golpe girando rápidamente a la izquierda, posición desde la cual pudo asestar sus mortales garras en el costado de su enemigo quien escupió sangre antes de responder nuevamente con sus meteoros.
Ambos sentían en sus cuerpos la fricción que los presionaba desde todas partes, pese a que la kamei y el alba protegían a Seiya y Caronte respectivamente, la colisión con la cumbre tras haber atravesado varias capas atmosféricas sería mortal para aquel que cayese directamente, sabiendo esto ambos contrincantes se agarraron con furia lanzándose combos de puñetazos y patadas para lograr que el otro cayera primero, los colmillos del perro del infierno se clavaron en las hombreras del caballo alado y éste gritó de dolor, pero remontó gracias a un poderoso cabezazo que atontó a su enemigo.
Se vio a lo lejos una esfera fulgente caer en la superficie de la cumbre, dejando tras una gigantesca explosión una tormenta de polvo y un gran agujero que impedían ver el resultado de la contienda.
Borde de la Cumbre del Delirio
Orestes: "Los caballeros de Atenea, cinco simples santos de Atenea que lucharon por su diosa aún a pesar de tener a todo el Santuario, gobernado por el mal, en su contra, ellos superaron todo pronóstico y enfrentaron a los mismos dioses, incluido mi Señor Abel, ahora enfrentan a los más poderosos campeones del Olimpo, un seres que se han ganado el apodo de "Dioses de la Muerte" por su inconmensurable poder, por más que sean las órdenes del Febo, no puedo dejar de sentirme cobarde al abandonar a esos jóvenes a su suerte" - pensaba mientras inconscientemente dejaba a la joven princesa Saori Kido en el suelo, aún pálida e inconsciente por haber estado durante mucho tiempo bajo las perversas fuerzas del Caos -
Kiki: ¿En qué piensas coronis? - preguntó el joven lemuriano, acompañado de un también inconsciente Kanon - ¿Por qué dejas a la princesa en el suelo? ¿Acaso...?
Orestes: Lemuriano, he decidido acompañar a los caballeros de bronce en su odisea de enfrentar a los guerreros de Apolo, posiblemente sólo halle la muerte en esta empresa, y es por ello que he de encomendarte la protección de Atenea...
Kiki: ¡No es necesario qué...!
Orestes: No me interrumpas caballero, sé bien que aún no sois un santo de Atenea y aún así daríais la vida por salvarla de cualquier mal, pero, si por algún motivo sea cual sea falláis y la hermana de mi Señor cae presa de alguno de los demonios de Apolo, yo mismo vendré desde el mismo Tártaro si es necesario con tal de destruiros mil veces hasta que ni vuestra alma quede en este mundo. Espero y os halla quedado claro.
Kiki: "Maldito presuntuoso coronis... Aunque en el fondo desea lo mismo que yo, proteger a Atenea, pero... ¿Por cuánto tiempo? No dudo que si ese dios Abel le pidiera su cabeza él aceptaría su orden sin reparo, no es un aliado incondicional... Su ayuda es meramente temporal" - pese a las dudas que asechaban su mente, el lemuriano asintió de inmediato, haciendo imposible que el coronis se percatara de sus titubeos -
El caballero de la Corona Boreal empezó a dirigirse al lugar donde cosmos de incalculable poder chocaban en cada segundo, pese a que hacía poco las cosa se habían calmado, el coronis no se confiaba, no sólo por conocer de antemano el inconmensurable poder de los caballeros astrales sino por, a su vez, saber de la voluntad absoluta de los santos de Atenea, que enfrentaron a Poseidón y Hades.
De pronto el cuerpo de Kanon empezó a moverse, Kiki giró enseguida viendo al ex-general que portaba de nuevo la armadura dorada, su rostro quedó pálido ante los ojos rojos del antes frío guerrero ateniense, cuyo cosmos irradiaba una maldad sin límites, Orestes miró de reojo a su "compañero", percatándose de que la cabellera de aquel que había jurado lealtad a Atenea se había vuelto color gris, engrandeciendo el aspecto maléfico del santo.
Kiki: No puedo creerlo... ¡Es justa esa la descripción que dieron los caballeros de bronce cuando contaron de su batalla con el falso Patriarca!
Orestes: ¿¡Qué decís!? ¿Acaso Kanon padece también el mismo mal que...? - quedó un momento callado y se percató enseguida de que aquel hombre estaba apuntando a Saori - ¡Atenea!
El lemuriano también se dio cuenta y se puso enfrente de la joven avatar, recibiendo un ken de luz muy poderoso, cayó manteniéndose en su pierna izquierda, teniendo heridas por todo el cuerpo, no llevaba armadura y eso hacía una enorme diferencia respecto al poder de su ahora enemigo.
Orestes: ¡Decidme quien sois antes de que os mande al Hades traidor! - exclamó poniéndose frente a Géminis, quien lo veía con malicia, el coronis pensaba equivocadamente que aquello era una simple posesión -
Kanon: Yo soy la oscuridad que no tiene fin, que se encuentra en lo más profundo del alma y sobrepasa todo lo humano... - dijo una voz que parecía de ultratumba - Soy el caos reptante que vive entre los mundos, el mal absoluto que corrompe todo cuanto existe... ¡Ahora muere!
El coronis se vio sin previo aviso en medio de un universo lleno de planetas, confundido llegó por instinto a la conclusión de que sólo podría defenderse de modo que puso los brazos en cruz, sintió en su cuerpo mil explosiones, el ataque alzó por los cielos tras recibir la Explosión de Galaxias, cayendo de inmediato al suelo.
Kanon: Pobre necio... ¡Nadie podrá detenerme! ¡Atacaré a los mismos dioses! Y empezaré por esta mocosa que no posee la fuerza necesaria para defender este mundo de los demás dioses... Je, je, je. - dijo mientras observaba con maliciosidad al joven Kiki que adoptó una posición defensiva frente a la princesa Kido -
Orestes: Aquí el único necios sois vos al pensar que podéis vencer a un caballero de la Corona con eso. - dijo totalmente repuesto, como si el ken de Kanon siquiera lo hubiera rozado -
Kanon: ¿De modo que quieres sufrir antes de hallar la muerte? ¡Como quieras! Sentirás todo el poder del caballero de oro más poderoso, antes de reunirte con tus ancestros en el Hades.
Orestes desata su aura ante su enemigo, el mismo hombre que antes era su aliado, enfundado en su armadura de Géminis, Kanon se preparaba para el combate, sus cabellos grises y sus ojos inyectados en sangre demostraban su infinita maldad.
Salida del Antiguo Templo de Atenea
El joven santo del dragón apenas podía creerlo, aquella guerrera astral había recibido en su totalidad su ataque más poderoso y aún así permanecía en pie, sin mostrar debilidad alguna, escuchó de pronto la caída de la hombrera izquierda, que dejaba ver su hombro algo raspado, pero aquello y un ligero hilillo de sangre que emanaba de la comisura de sus labios eran lo único que había provocado el Dragón Imperial.
Titania: He de suponer que el Dragón Imperial era vuestro último recurso, creo que es momento de terminar esto.
Urano mostró sus armas, dos katanas gemelas de gran tamaño, el Dragón no se amedrentaba ante aquello ya que en su brazo derecho guardaba el espíritu de la espada más poderosa.
Titania: Murasame... Masamune... Las espadas gemelas capaces de cortar la más resistente armadura, vuestra kamei no será la excepción.
Shiryu; "Si el Dragón Imperial no ha podido derrotarla, entonces... Sólo Excalibur podría darme una posibilidad" - pensó - Está bien caballero de Urano, pero yo también poseo una espada de igual mortalidad, y no dudaré en usarla en este combate
Ambos cruzaron sus miradas, dando a entender que se avecinaba un combate terrible, pese a los daños causados, Shiryu seguía poseyendo un vigor que no tenía que envidiar nada al de la poderosa Titania, quien cruzó las espadas formando una equis, para luego correr en dirección recta hacia su enemigo, que preparó su brazo derecho para el inminente combate.
Notas del Autor:
Saludos nuevamente, de escribir una vez cada tantos meses he pasado a publicar dos capítulos en una semana, espero y éste (que he escrito inusitadamente rápido) les agrade, especialmente los combates en los que he puesto todo mi empeño. Una breve explicación sobre las primeras páginas, según la mitología (que se divide en edades, Oro, Plata, Bronce, y finalmente la Edad Heroica), los dioses abandonaron a la Humanidad tras ver como se había corrompido, siendo Astrea la última en ascender al Olimpo, en este fic, se ha utilizado eso para justificar la estancia de los dioses en el Éter, una dimensión superior y perfecta, lógicamente el hecho de que Atenea permaneciera en la Tierra no es mitológico, sino basado en lo que es SS, igualmente he mostrado que no fue Zeus, su padre, quien le dio potestad sobre la Tierra, por consideración a que en realidad ninguno de los tres hermanos podía haberla gobernado siendo ésta obra de Gea. Lo del diluvio lo saqué de la OVA de Abel. No sé si lo he explicado correctamente o si tienen más dudas, en cualquier caso ya saben: lordomegawanadoo.es
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