Capítulo 22

"¡Guerra en Asgard! Los Dos Soles"

El Fuego de la Casa de Escorpio se está extinguiendo Quedan 4:45 horas para la muerte de Atenea

Monte Etna, Isla de Sicilia

El Fénix encendió su cosmos para protegerse de las sagradas armas del dios de la forja, aquella armas de doble filo giraban mortalmente en movimientos aleatorios sobre sí mismas, formando esferas de luz donde era imposible notar cual era el filo y cual era la empuñadura, el santo se dispuso a atacar a Hefesto en cuando se libró de las armas pero increíblemente éstas regresaron cual bumerang, rozando los costados del caballero de Atenea, quien en un acto de voluntad se mantuvo firme pese al dolor.

Ikki observó detenidamente las armas, que flotaban en el aire sobre los hombros del dios griego, el santo notó la gran diferencia que había entre el brillo platinado de las hojas y el oro solar de las empuñaduras, trató de concentrarse lo más que pudo en aquello para luego abalanzarse en contra de Hefesto.

La deidad regente del Etna negó con la cabeza, y lanzó mentalmente las dos hachas sagradas, con valentía e impulsividad Ikki golpeó rápidamente las dos esferas celestes que en realidad eran armas deseosas de desgarrarlo, sobrepasando la velocidad de la luz y haciendo caso omiso a si había logrado detener o no el ataque del dios, el santo de bronce desató frente a Hefesto su temible Fénix Incandescente, provocando una gran explosión que barrió con todo.

Con pequeñas heridas en los nudillos, el Fénix exhalaba y aspiraba a un ritmo acelerado, viendo sorprendido a un inmutable Hefesto y las dos hachas sobrevolando nuevamente sobre él, no había servido de nada el ataque, o eso pensó Ikki antes de ver como unas minúsculas gotas de un líquido extraño empezaban a caer al suelo.

Hefesto: Caballero... Veo con gusto que no me equivoqué al no subestimar tu fuerza previamente, habéis logrado lo que nadie ha podido en milenios, hacer que el Icor, sangre de dioses, caiga nuevamente sobre la superficie de la Madre Gea.

Ikki: No he venido aquí por tus halagos Olímpico, he llegado hasta aquí para conseguir aquello que nos ayudará a enfrentar a los dioses. ¡El Oro Impío saldrá de este Santuario así tenga que poner mi vida en ello!

Hefesto: Sois obstinado... Creedme caballero cuando os digo, que no pienso quedarme atrás, honraré vuestro valentía mostrándoos algo más que mis poderes mentales. ¡Gran Presión!

Un ataque invisible golpeó a un apresurado Fénix, quien de pronto se vio paralizado por el cosmos de su oponente, su cuerpo se volvía cada vez más pesado haciendo el sencillo y cotidiano acto de respirar el peor de los sacrificios, enseguida aquella misteriosa fuerza que lo apresaba empezó a hacer mella en él, provocando no sólo una terrible presión exterior sino una abrasadora explosión desde dentro que propulsó al santo en el aire, donde fue presa de incesantes explosiones antes de caer al piso.

En un acto algo apresurado Hefesto volteó y empezó a alejarse, creyendo que había ganado la batalla, si aquel dios hubiera estado atento a los inhumanos logros de los caballeros de bronce no habría cometido tal error, que lo llevó a ser atrapado por las temibles llamas del Fénix.

Hefesto: El Fénix renace de sus cenizas... - comentó en un susurro apenas audible, atreviéndose a esbozar lo que parecía ser una sonrisa repleta de satisfacción -

El poderoso ataque de Ikki, las conocidas Alas del Fénix Volador, provocaron que el dios encendiera nuevamente su cosmos y atacara directamente al caballero ateniense, al voltear provocó un corte en el aire que paralizó el ataque del Fénix por unos valiosos segundos que el dios aprovechó para desatar un poderoso ataque en el pecho del santo, ejerciendo nuevamente una presión inhumana, que hizo que el valiente guerrero nipón escupiera sangre. Sin embargo aquello no fue suficiente para que el caballero desistiera y, en una muestra de su gran poder, volvió a atacar con toda su fuerza, el ataque fue devuelto doblemente poderoso y lanzó contra la pared al hermano de Andrómeda.

Hefesto: Olvidáis un detalle importante caballero... Soy un dios, al igual que Poseidón, Hades o el mismo Apolo, pertenezco a la casta de los Doce Olímpico, Señores del Universo. Es por esa razón que me siento ofendido ante un esfuerzo tan minúsculo, es mi deseo sentir el poder que tanto temen los dioses y hasta que no me lo demostréis Fénix, no permitiré que siquiera toquéis la armadura de Serpentario.

Ikki abrió los ojos consternado, ya de pie sin aparentes daños importantes. Veía algo distinto en aquel dios con el que ahora se enfrentaba, pese a que la inseparable soberbia de los dioses le acompañaba cual garrapata, aquel ser parecía mostrar una admiración y respeto por él, realmente no era como el resto de deidades que había tenido que enfrentar junto a sus compañeros.

Ikki: Deja las palabras a un lado... El combate apenas está en los preliminares. - respondió con su habitual tonto sonriente, siendo respondido por el poderoso cosmos de Hefesto -

Nuevamente el japonés peliazul fue espectador del inconmensurable poder mental del dios de la forja. Cual lemuriano la deidad regente del Etna lanzó una fuerza invisible que provocó estragos en todo el lugar, el amplio radio de destrucción no parecía amenazar al santo, quien se encontraba algo alejado, sin embargo pronto el caballero ateniense pudo percatarse de una lluvia de piedras preciosas en bruto con filos punzantes, posiblemente provenientes del suelo de aquel templo.

Sin perder un solo segundo, Ikki lanzó un ataque de fuego que desapareció aquella amenaza pero que permitió la llegada de una mayor, pues las armas guardianas de Hefesto atravesaron el tormento de fuego, provocado por las Alas del Fénix, en busca de acabar con aquel que osaba enfrentarse a su creador.

Pero Ikki no estaba dispuesto a perder su tiempo en nimiedades, su misión era obtener el Oro Impío lo más pronto posible, sí, debía ir en ayuda de sus compañeros antes de que fuera demasiado tarde.

Pronto los divinos ojos del hijo de Zeus pudieron ver como su adversario regresaba más poderoso que nunca. ignorando las peligrosas armas que le perseguían, el santo atacó cual bólido al dios herrero, que ejerció nuevamente una presión sobre su enemigo, quien esbozó una clara sonrisa de victoria.

Ikki: Un mismo ataque no funciona dos veces contra un caballero, aunque seas un dios... ¡Este es tu fin! ¡Fénix Incandescente!

Las llamas infernales desatadas fueron tan terribles que impidieron el movimiento de las armas de Hefesto, pero éste no se mostró excesivamente sorprendido, ni aún cuando la flamígera figura del caballero de Atenea estaba a un solo paso de poder golpearle el dios mostró signos de preocupación, simplemente, antes de que el joven nipón pudiera hacer algo, el dios desató nuevamente la Gran Presión, fragmentos de la armadura del Fénix sobrevolaron los aires maquillados de sangre, mirados por un frío Olímpico que empujó el cuerpo inconsciente de Ikki lejos, dejando un pequeño surco.

Asgard Septentrional

Para el guerrero divino Loki, portador de la armadura Fenrir que simbolizaba a una de las terribles criaturas que protagonizaban el Ragnarok, el ver a varios centauros a su alrededor sólo le indicaba la ineptitud del resto de protectores de su tierra, el servidor de Odín mordió con furia sus labios de sólo pensar que el frente que se había formado en las estepas meridionales hubiera caído.

Dirigidos por un verdadero gigante, los heraldos de la antiguamente noble raza de los centauros se abalanzaron sobre Loki, quien sólo sonrió con soberbia, la mayor parte de los que trataron de atacar se quedaron estáticos en el aire, recibiendo como última vista la arrogante mirada del más fiel discípulo de Dolbar, la legendaria Espada de Fuego de Ull, otro guerrero divino, había segado las vidas de aquellos que osaron encarar a los guerreros divinos.

El líder de aquel pequeño grupo carraspeó, pero pronto recuperó la compostura sabedor de su superioridad para con el resto de los centauros, deseoso de convertirse en uno de los nuevos cardenales del ejército, aquel siervo de Apolo sólo tenía en mente exterminar a aquellos dos valientes asgardianos, a los que él consideraba insectos.

Chasqueando los dedos logró, ante un indignado Loki, que una docena de centauros con relucientes armaduras bañadas por el sol surgieran, una lluvia helada empezaba a caer maldiciendo a aquellos asesinos que osaban pisar las tierras de Asgard, cruel y rencoroso, el tiempo se tornó violento, haciendo que una tormenta de nieve nublara la vista de los centauros.

El de gran estatura esperó pacientemente a que el impulsivo Loki empezara la contienda, obteniendo rápidamente el resultado esperado. El poderoso guerrero divino se vio rápidamente flanqueado por tres guerreros armados con lanzas, las cuales empezaron a buscar incansablemente el corazón del asgardiano para finalizar con la vida de Loki.

En un intento de ayudar a su compañero, Ull trató de desollar a aquellos centauros, pero su feroz ataque cortante fue inmediatamente bloqueado por un escudo, perteneciente a uno de los centauros, su larga melena rojiza e intensa mirada hicieron que el asgardiano se diera cuenta de que no estaba frente a un enemigo cualquiera.

Con una sonrisa poseída por la satisfacción del aroma de la victoria, el gigantesco centauro observaba con deleite como Loki era atravesado por las lanzas y apaleado incesantemente por sus hombres, el goce que sentía en aquel momento le impidió prever el ataque del tercer campeón de Odín, Rung, el hombre que asemejaba la altura y resistencia de una montaña, los centauros que aguardaban tras su capitán cayeron presa de dos discos cortantes que emitían cosmos eléctrico.

Alertado por la muerte de varios soldados, el capitán de aquel contingente indicó rápidamente al resto que eliminase a aquel mastodonte, las flechas llovieron sobre el gigante pero apenas si atravesaron la densa armadura de Rung. Que simplemente los aplastó, ante la mirada atónita del gigantesco guerrero.

La llegada de Rung provocó que los tres atacantes que hacía poco vencían a Loki, fueran atravesados por el cosmos del guerrero divino. El gigante no mostró signos de flaqueza cuando el poderoso lobo asgardiano se abalanzó a por él, pues la oportuna ayuda de su compañero salvó la situación, el escudo del centauro que antes peleaba con Ull, rasgó la espalda del líder de los campeones de Odín gracias a los filosos pinchos que recorrían sus bordes.

- ¡JAJAJAJAJA! Asgardianos necios... ¡Nosotros los centauros somos los verdaderos guerreros! ¡Vosotros sólo sois una burda imitación de nuestra noble raza! - exclamó el capitán mientras Rung preparaba sus armas - Perro insolente... ¡Te enseñaré lo que es la verdadera fuerza!

Sin más el orgulloso centauro clavó su puño, la sangre brotó rápidamente ante la mirada repleta de deleite que mostraba el poderoso capitán, sólo un terrible grito lo alejó de aquella aparente victoria, su compañero del escudo había sido golpeado por los otros guerreros divinos, siendo la aparentemente indestructible protección rasgada por la espada de Ull. Al mismo tiempo que un furioso Loki apretaba con fuerza el cuello del centauro.

Rung: ¿Noble raza? ¡Que sabrán ratas como vosotros de nobleza! ¡Nosotros somos los guerreros divinos del Señor Odín y no tememos a seres tan patéticos! - exclamó orgulloso mientras apartaba de un puñetazo al gigante, quien se tambaleó torpemente antes de recuperar la firmeza que lo había caracterizado -

- Maldito perro asgardiano... ¡SOBIESKY! ¡Déjate de estupideces y acaba con esos...!

Un desgarrados ataque repleto de chispas relampagueantes cortó la orden del capitán del inexistente contingente de centauros, sorprendentemente el cuarto guerrero divino había logrado lo que ni Rung pudo con su fuerza de gigante, derribar al centauro líder.

Rung: ¡Beowulf de Grendel! ¡Ya era hora... Agh!

Con desdén el gigantesco asgardiano vio que algunas esquirlas de la armadura del centauro se habían quedado en la herida, sin reparo las arrancó, mostrando que su cuerpo era terriblemente resistente a los ataques.

- Con que Beowulf... ¡Todos los asgardianos son igual de inútiles! - exclamó el capitán centauro lleno de furia encendiendo un cosmos, lo que hizo que el recién llegado desatara relámpagos en respuesta al reto -

Loki y Ull maldijeron al ver como aquel al que llamaban Sobiesky se había escapado de su asedio, el valiente espadachín de Odín se dispuso a lanzar un nuevo corte, pero el líder de los guerreros divinos paró su acción, viendo como el escudo de aquel guerrero empezaba a brillar intensamente.

Antes de que los campeones de Odín pudieran siquiera dejar escapar una sílaba, el escudo del centauro emitió una abrasadora luz en forma de láser, por mera suerte los guerreros divinos escaparon al ataque directo pero enseguida se dieron cuenta de que Sobiesky podía movilizar aquel haz, los portadores de armaduras sagradas decidieron separarse y atacar al centauro desde los flancos, pero el enemigo fue más inteligente y dio un rápido giro sobre sí mismos que lanzó a Ull por los aires y paralizó a Loki dañándole la pierna.

Sobiesky: Pobres necios... Nosotros somos el Ejército del Sol y vosotros lo rehuís con vuestro absurdo sacrificio, esta tierra está cubierta de necedad y debe ser purificada por la luz de la verdad... ¡La verdad de los dioses!

Rung carraspeó al oír desde su posición alejada las arrogantes palabras de aquel centauro, de inmediato hizo ademán de ir a por él pero entonces sintió un dolor punzante en la columna, detrás de él un ser delgado y con el tamaño y aspecto de un niño le había clavado una monstruosa lanza repleta de espinos de hierro, asemejando a una rosa. Furioso, el guerrero divino se sintió impotente, más porque Beowulf se había enfrascado en un veloz duelo contra el capitán de aquel contingente.

Los gruesos puños del gigantesco siervo de Apolo no lograban siquiera rozar al frío y misterioso Beowulf, el cual se limitaba a esquivar continuamente los golpes. La estrategia que el campeón de Odín estaba llevando a cabo sería clara para cualquiera que observara la situación fríamente: Se limitaba a enfurecer el ego de su enemigo para que éste perdiera los estribos y entonces dar el golpe de gracia.

Pero el fornido gigante no era capaz de entender aquella estrategia desde su posición de guerrero con el orgullo herido, la facilidad con que Beowulf esquivaba sus ataques era algo que definitivamente era incapaz de soportar. En un arriesgado movimiento el capitán hizo intento de arrollar con su cosmos a Beowulf, el aura del centauro se tornó en lenguas de fuego que por momentos arrasaron con todo.

Por un momento el capitán creyó haber desintegrado el cuerpo de su enemigo, craso error pues, en una velocidad increíble en comparación con la del resto de guerreros de Odín, Beowulf se colocó a espaldas del gigante, agarrándolo y elevándolo varios cientos de metros para luego caer en picado.

Rung, por su parte, seguía sintiendo una irritante impotencia de no poder ayudar a sus compañeros, aquel pequeño centauro cuyo cuerpo no denotaba más de diez años lo había levantado increíblemente por los aires con su lanza, la cual manejaba como una suerte de palanca.

- Sangre... Huelo a... Sangre... - dijo con voz aguda el joven antes de lanzar al gigantesco guerrero contra el suelo asgardiano. Su rostro frío y carente de emociones se había visto maquillado por varias gotas de sangre provenientes de Rung -

Sobiesky: ¡Euritión! - exclamó, llamando la atención de Grendel quien volteó enseguida a ver a aquel que había derribado a Loki y Ull -

El primer pensamiento del misterioso guerrero de la armadura de Grendel fue la de ocuparse de aquel centauro del escudo pero, antes de dar un solo paso, el joven que recientemente había derribado a Rung se le puso enfrente. Euritión, el capitán derrotado por la habilidad de Beowulf, se había recuperado del ataque pero simplemente se quedó de brazos cruzados con una amplia sonrisa.

Euritión: Ja, ja, ja. Pobre necio asgardiano, no podrás con ese... Niño demonio... A él no podrás engañarlo... ¡Agrio! Aplasta a este perro insolente... Te lo ordena tu capitán...

Obedeciendo cual máquina, Agrio se abalanzó velozmente contra Beowulf, dando pie a una nueva batalla, al tiempo que Ull, Loki y Rung, volvían a levantarse, listos para encarar al resto de centauros.

Yggdrasil, Asgard Meridional

El milenario Árbol del Universo se había convertido en espectador de la mayor batalla de todos los tiempos, el colapso de dos soles incandescentes habían comenzado, y no habría piedad por parte de ninguno de los dos hermanos que ahora se enfrentaban, ninguno cedería ante el poder del otro pues en ambos estaba grabado el deseo de ganar, el deseo de obtener una victoria que conllevaría la gloria eterna.

Mientras la tormenta de hielo le impedía observar a su alrededor, Abel empezó a ignorar sus cinco sentidos, verdaderamente los dioses no requerían de aquellos, pues sus inconmensurables cosmos les eran suficiente, no tardó en descubrir la posición de su hermanastro, quien formó a su alrededor un escudo de brillo resplandeciente para bloquear la esfera verdosa que el hijo de Zeus le lanzó.

El contraataque del Olímpico no se hizo esperar, lenguas de fuego atravesaban la nieve de tormenta en busca de Abel pero éste simplemente usó su cosmos para regresar el ataque. Apolo se vio obligado a atender aquel ken, lo que impidió que se percatara de su hermano, éste acercó una esfera de energía al pecho del létida. La explosión enfureció al hermano de Artemisa quien respondió con una energía de increíble temperatura que quemó los sagrados ropajes de su hermano, lanzándolo miles de metros por el suelo.

Abel escupió sangre, sangre divina, el Icor cayó suavemente sobre las pulcras tierras asgardianas ante la furia del métida, quien de inmediato se levantó, incendiando fuerte su cosmos en busca del que era su oponente.

Algo sucedió, la fría e invernal temperatura de Asgard, que en aquellos momentos era acompañada por una fuerte tormenta, empezó a tornarse horno del infierno, los granizos se volvieron agua, mojando el rostro y el cabello del dios, que resintió el agua helada con inescrutable frialdad.

Siendo un dios, ni siquiera cuando el tiempo empezó a volverse un infierno de miles de grados sintió algún malestar, sin embargo aquello le producía una gran desconfianza, especialmente al ver como el milenario hielo asgardiano se derretía y se volvía vapor, vapor en un lugar tan cercano a los polos, indudablemente sólo podía ser obra de...

Abel: Apolo... ¿Qué tramas?

La pregunta lanzada al aire recibió respuesta en segundos, toda la zona azotada por la infernal temperatura explotó increíblemente bajo una luz abrasadora que alcanzó a palpar el mismo cielo, cuando aquella iluminación perdió su brillo, las aguas bajo las tierras heladas de Asgard ocuparon su lugar, igualmente buscando alcanzar a las nubes. El rostro de Apolo formó una siniestra sonrisa, que no quedó desfavorecida en el momento de percatarse que Abel permanecía vivo.

Abel carraspeó, el poderoso ataque de Apolo había podido más que milenios de cristalización, lo que hacía pocos segundos era una sólida superficie ahora se había convertido en un enorme lago de aguas frías. Aquello distanciaba a los hermanos, mas Apolo parecía no tomar atención a eso. El métida pronto se percató de algo, la tempestad que antes habían desatado los dioses nórdicos en respuesta a la invasión de Apolo, había sucumbido al ken del Olímpico del Sol.

Apolo: Dioses de Asgard... Necios e insolentes ancianos que osáis molestar mi grandeza... Vuestra tempestad no es nada... Como habéis visto, mi cosmos empequeñece vuestra absurda divinidad... Pues yo soy Apolo... DIOS DEL SOL.

Abel arrancó su capa con desdén, dejando entrever atisbos de su piel debido a las llamas que habían cremado el fino tejido de sus ropajes sagrados. El dios observó al que era su hermano con malestar, deseoso de poder arrancar aquella incesante soberbia y seguridad que lo acompañaban, humillarlo, para luego exterminarlo cual insecto.

Abel: Cesa ya tus habladurías Apolo... Ese absurdo ataque no posee la suficiente fiereza divina como para alardear tales blasfemias hacia dioses que nada tienen que ver con tu patética existencia. - dijo con la frialdad que lo caracterizaba, cortando el momento de triunfo y soberbia que había comenzado a distraer al létida -

Apolo: El único ser en estos momentos cuya existencia es realmente patética... Eres tú, bastardo. Tu estúpida rebelión fracasó, y es en ese fracaso donde yo, Apolo, Dios del Sol y futuro Señor del Cosmos, triunfaré, así como lo he hecho tomando el control del Santuario.

Abel: El título de Febo sólo a un dios le corresponde... ¡A mi, Abel, hijo del Emperador Zeus y de Metis! ¿Creíste que la Extinción de la Corona del Sol sería suficiente? Te demostraré lo que el verdadero... ¡PODER DEL SOL!

El Sol Incandescente de verdoso resplandor atravesó fulminantemente el recién formado lago, dividiendo profundamente la superficie por segundos, la deidad olímpica recibió de lleno el ataque que culminó con una atroz explosión que no satisfizo al rebelde dios; el métida estaba seguro de que su hermanastro aún poseía más molestias que otorgarle, esa prudencia hizo que Abel no recibiera de lleno una bola de fuego en el pecho, pues inmediatamente después de que la energía verdosa hubo explotado, Apolo se apareció justo enfrente de aquel al que más odiaba para acabar con él.

Un dolor punzante hizo caer de rodillas a Abel, que desató su cosmos con el fin de alejar a Apolo en aquel ligero momento de debilidad, el dios sentía un ardor que hacía milenios no sentía, en una actitud meramente instintiva arrancó parte del ropaje que le cubría el pecho sólo para dejar a la vista lo que parecía ser la raíz de una cicatriz, pero no una cualquiera, sin duda aquella herida milenaria había sido provocada por un rayo.

Manteniendo su mano derecha sobre la herida, imágenes borrosas asaltaron la mente de Abel, visiones del pasado, de un pasado sellado y condenado por los mismos dioses, la figura de un ser ataviado con solemnes túnicas griegas gobernaba aquellos recuerdos, e hicieron que el métida tronara sus dientes con rabia, alejándose por momentos de su serenidad.

El rostro de Apolo también había perdido la impasibilidad de los dioses, para dejar paso a una faz de satisfacción retorcida ante la vista que el destino le otorgaba, no había aprovechado esos momentos de debilidad que su hermano pasaba por un simple hecho: Deseaba regocijarse en su sufrimiento. La herida que era visible en el pecho de Abel llamó poderosamente la atención del létida, cuyos ojos apenas y podían alejarse de aquella quemadura.

Regresando a sus divinas facetas, los oponentes se miraron a los ojos, al tiempo que la deidad rebelde se alzaba para seguir la lucha.

Lentamente y llevándose por una aparente tranquila atracción, las deidades sobrevolaron el lago, que empezó a hervir cual caldero del infierno. Estando aún a varias docenas de metros una poderosa fricción impidió que ninguno avanzara, sus cuerpos incandescentes lograban sobreponerse al imponente Árbol del Universo que reflejaba su poderosa forma en las aguas cristalinas.

Pronto empezó a quedar claro la razón de que los dioses quedaran tan separados, la atmósfera comenzó a cambiar alrededor de ambos, dos campos de fuerza circulares recubrían las dos partes del lago, siendo el que protegía a Abel portador de un hermoso brillo esmeraldino. Apolo expandía a su alrededor una protección de tono poderosamente anaranjado con manchas blanquecinas y negras.

Un calor sofocante y las sonrisas de ambas deidades precedió a una atronadora explosión en que los campos de fuerza se encontraron; y en medio de tal infernal fusión Abel y Apolo desataron sus terribles ataques. El métida fue el que logró la iniciativa con miles de haces de luz que buscaron con fervor al olímpico, quien se valió de un muro de fuego para librarse del ataque y, al mismo tiempo, poder derribar a su enemigo.

Mientras los cosmos de aquellos poderosos seres se enfrentaban a muerte, las fuerzas que anteriormente habían sido escudos de aquellas deidades parecían querer imitar tal duelo, llamaradas y lenguas de fuego blanquecino se formaban en un incesante frenesí sólo propio del peor de los infiernos, tanto en el exterior como en el interior de la esfera, un calor capaz de competir con el de las mismas estrellas imperaba, pero aquello no impedía que los hermanos siguieran con su ansiado combate.

Los dos soles volvían su combate cada vez más cercano, golpeando el pecho del létida, Abel logró que éste escupiera sangre y energía, aprovechándose del momento el dios rebelde lanzó a su alejado hermanastro una nueva tanda de haces de luz los cuales simplemente fueron le fueron regresados, con desdén el hermano de Atenea se alejó.

Las poderosas esferas que cubrían a los dos dioses y que se habían unido, siguieron su extraña lucha hasta estar completamente alejadas, momento en que todo el alrededor de Abel brilló en un intenso tono verdoso que se fue comprimiendo en las manos del renegado, para luego transformarse en un poderoso ataque.

Apolo imitó la acción de su hermano convirtiéndose a si mismo en una bola de fuego incandescente en la que apenas podía vislumbrarse su figura.

Al lanzar el Sol Invencible, Abel desató una explosión de proporciones colosales que alzó otra vez las aguas heladas del lago.

En medio de la humareda que acompañaba al líquido se podía ver a una figura de puro fuego incandescente, el rostro del métida sacó a relucir una media sonrisa al tiempo que una lluvia de haces energéticos fue lanzada contra la efigie flamígera, que simplemente avanzó como si fuera un bólido a toda velocidad.

Enseguida Abel sintió la mano de su hermano apretar su cuello, la mirada del rebelde no mostró pavor aún cuando una reluciente kamei, tan sólo propia de los Doce Olímpicos, cubría por completo a Apolo.

A una velocidad superior a la luz, el létida se elevó atravesando todas las capas de la atmósfera, los divinos cuerpos no perecieron por la terrible presión pues aquellos dos seres no eran humanos, eran dioses.

Pronto los hermanos se vieron inmersos en la inmensidad del espacio, las estrellas, creaciones de la mismísima Gran Voluntad en el amanecer de los tiempos, se convirtieron en únicas espectadoras del choque de dos deidades.

Al resentir el poder de su hermano de un modo tan directo, Abel torció la mandíbula, nunca imaginó que el Olímpico estuviera portando su kamei tras aquella inmensa túnica, sin duda eso desequilibraba en parte la balanza, pero el renegado no estaba dispuesto a reconocerlo ante él, por lo que en ningún momento permitió que su faz cambiase a pesar del intenso dolor que ardía en su pecho.

Apolo: Que ironía hermano... Tú que te proclamaste Febo y retaste a tu propio padre en inútil rebelión... Ahora te muestras derrotado ante el Astro Rey... No te confundas, no hablo de la estrella que da vida a ese mundo corrompido de humanos... Sino del único DIOS DEL SOL... - gritó con orgullo y arrogancia, permitiéndose dar pie a una carcajada que desentonaba con status, pero que necesitaba dejar escapar, aquel momento lo había esperado por siglos, no, milenios, y tan sólo era una parte de todos sus sueños que estaban a un solo paso de cumplirse - Quizás cuando acabe de humillarte... Cuando al fin entiendas tan absoluta verdad... Haga que te reúnas con esa estrella... Que no es nada en comparación con la grandeza... ¡Que pronto tendré como Señor del Cielo y la Tierra!

En cada frase que aquel dios soltaba, surgía la encarnación del inmenso odio que le tenía a su hermano, continuas explosiones martirizaban el cuerpo de Abel dejando su pecho al descubierto, la herida que anteriormente había dejado verse, ahora se mostraba completamente, tenía forma de relámpago dividiendo diagonalmente su cuerpo, la cicatriz se mantenía a pesar de los siglos y nuevamente llamó la atención de Apolo.

Apolo: La marca del relámpago... Indudablemente fue padre quien te marcó... Verdaderamente patético hermano... Pero no es necesario que siguas preocupándote pues pronto la borraré de la faz de la existencia... ¡Te haré desaparecer para siempre!

Sin dejar de mantenerlo sujeto, Apolo formó una esfera incandescente que pronto adoptó una forma blanquecina, por la mente de Abel surgieron mil intentos de zafarse pero estaba demasiado malherido y su hermano poseía una kamei que lo volvía intocable. Pronto, el Astra Planeta chocó directamente con el métida, momento en el que el Olímpico lo soltó sólo para que su poderoso ataque pudiera llevarlo a los confines del universo.

Apolo: Hasta nunca... Abel... - dijo mientras veía como su hermano se desaparecía en la inmensidad del espacio - Contigo fuera de mi camino, nada me impedirá ser el nuevo y eterno Emperador del Cosmos... Todos los dioses del Olimpo deberán rendirme pleitesía o morir... ¡El reinado de Apolo sobre el Universo apenas ha...!

Una docena de esferas de energía incandescentes fueron las que provocaron que el dios cesara de hablar y se preparara para el ataque, un escudo de pura energía solar recubrió ampliamente al dios que se alzaba por encima de la misma Tierra.

Sin embargo, las esferas atravesaron la protección como si esta estuviera hecha de agua, rodeando en posiciones aparentemente premeditadas alrededor del Olímpico, que ya empezaba a sospechar de que se trataba aquel ataque.

Apolo: "El Destello del Zodíaco Dorado... De modo que aún te quedan fuerzas... Bastardo..." - pensó, mientras en sus manos cargaba su descomunal fuerza de dios - No será suficiente...

De inmediato, Apolo usó finos haces de luz solar para destruir las doce esferas que brillaban intensamente. Sin embargo, aquello sólo sirvió para adelantar el proceso, antes de poder siquiera pensar otra solución el Olímpico fue cobaya del más terrible ken de su hermanastro, cayendo estrepitosamente a la Tierra dejando tras su aterrador descenso fragmentos de su kamei.

Cual demonio de fuego, brillando con su habitual cosmos verdoso, Abel descendió persiguiendo a su hermano. Ambos soles atravesaron otra vez cada una de las capas de la atmósfera y, al llegar a poder ver con claridad las estepas asgardianas, el tiempo pareció detenerse.

El calor se volvió sofocante, infernal, elevándose miles de grados de irreal forma, el métida entendió de inmediato lo que su hermano pretendía, pero él no sería menos. Extendiendo su mano derecha hacia abajo, con la palma abierta, desató una poderosa lanza energética que cortó fugazmente el aire y atravesó la horrible explosión de la Extinción de la Corona del Sol, por momentos todo se volvió blanco, digna muestra del resultado del choque de dos dioses.

Estepas de Asgard Meridional

Sin duda alguna la terrible batalla de los hijos de Zeus no había pasado desapercibida por las mentes de los coronis, pero ellos eran conscientes de que sólo estorbarían a su Señor si se interponían en aquel colosal duelo. Además de que la guerrera de Mercurio no les permitiría dar un solo paso lejos de su terreno de juego.

A una velocidad superior a la luz la infante lanzó ataques energéticos de sus dedos, provocando graves daños en Jao y Belenger quienes hacían esfuerzos por mantenerse en pie. Irritado por las humillaciones que había recibido anteriormente, Atlas quiso atacar cobardemente por la espalda a la niña pero de ésta surgió un ataque invisible que explotó en el siervo de Abel, zarandeándolo en el aire antes de permitir que cayera al suelo.

Clea y Electra, más prudentes, trataban de buscar un punto débil en Galatea; no había forma de sorprenderla pues, incluso atacándola por la espalda o los lados, el cosmos de la astral contraatacaría de inmediato con un poder mil veces más terrible. Eso hacía su defensa y ataque una unidad perfecta, por lo que ambas mujeres carraspearon al no saber como derrotar a aquel demonio con rostro inocente.

Abatidos, Lince y Berenice cayeron en el suelo, ahogados por la densa nieve producto de la anterior tempestad. La niña volteó con rostro feliz hacia Clea y Electra, quienes le respondieron con su frialdad.

Molesta, Galatea formó en sus manos llamas ardientes que lanzó contra las coronis en zigzag, impidiendo que ellas pudieran esquivar el ataque. Pese a todo, las jóvenes guerreras no mostraron miedo alguno pues pertenecían a la casta de siervos del Febo, pero aquel orgullo impuesto sólo hizo más doloroso el dolor al ver como aquellas llamas quemaban terriblemente; Auriga vio arder sus piernas cayendo pesadamente al suelo mientras que su compañera resintió el fuego en sus manos, esto enfureció a Clea que atacó con sus cadenas a la niña rodeando su cuello.

Galatea mostró signos de sorpresa, las doradas cadenas de la Corona apretaban su cuello con saña, no mostrada en el inescrutable rostro de la guerrera Austral. La zona que el arma de la coronis apretaba se enrojecía ante el enfado de Mercurio, quien empezó a encender su cosmos.

Jao: ¡No lo permitiré! ¡Hércules Flamígero!

El ataque encorvó fuertemente la espalda de la guerrera y, aunque el contraataque fue terrible, Lince sonrió satisfecho. La niña empezó a moverse impacientemente perdiendo el control. Los discos solares de Electra, convertidos en armas de pura energía, acompañaron a la poderosa Corona de Fuego de su compañero de Carina, que recién se había recuperado. El colapso fue tremendo, pero la astral, aunque desesperada, seguía intacta.

En su afán de que aquella niña no escapara, y viendo como el bello rostro de su compañera empezaba a empaparse en sudor debido al esfuerzo que su cosmo-energía estaba realizando, Belenger desató la Cabellera de Berenice sobre su oponente, paralizándola por completo.

Atlas: ¡Ahora o nunca! - gritó cual general, llamando la atención de Jao y Electra, cuya armaduras empezaban a perder su aparente inmutabilidad por acto de unas pequeñas grietas -

Siguiendo la exclamación del líder de los coronis, Electra y Jao rodearon a la guerrera de Mercurio, ninguno de los tres siervos de Abel mostró clemencia ante la angelical figura de Galatea. Encendieron sus cosmos tan alto que el hielo bajo sus pies empezaba a derretirse, y entonces, sin compasión, golpearon con todas sus fuerzas el cuerpo atrapado de la astral.

Decenas, cientos, miles de puñetazos y patadas azotaban el pequeño cuerpo de la regente de Mercurio en un asedio continuo y sin descanso, la guerrera era zarandeada por los ataques de sus oponentes pero aún así no dejaba de sonreír, su alba, tan dura como una kamei, era incapaz de decaer ante aquellos ataques, siquiera su descubierta cara resintió el más leve rasguño y eso incitaba la ira de los caballeros.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Clea y Belenger sujetaban a astral por ambos extremos, y era la presión de aquellos dos lo que provocó lo inevitable.

La pequeña, siempre tranquila y sonriente, encendió un cosmos helado de forma que una cúpula invisible de energía atravesó los cuerpos de los coronis, los cuales sorprendentemente quedaron congelados. Incapaces de moverse, los siervos de Abel sólo pudieron esperar a que la cúpula se contrajera, provocando que sus cuerpos sintieran el terrible dolor de tan extremo cambio de temperaturas.

El orgullo de Atlas pudo más que su dolor, sin embargo, mientras con gran dificultad se reponía, observó que Jao y Belenger no eran capaces ni de abrir los ojos, lo que enfureció al soberbio coronis.

Rápidamente buscó a Electra y Clea, pero la primera estaba incluso en peor estado que sus compañeros, y la guerrera de Auriga había desaparecido misteriosamente, por la mente del coronis pasó la palabra cobarde,, antes de abalanzarse sobre la diana de toda su ira.

Galatea: Sólo queda un juguete... ¡Aburrido, aburrido! ¡Las personas aburridas no deberían existir! ¡Caos Clima...!

- Garra de la Sombra del Tigre Vikingo.

Un poderoso ataque rasgó el alba de la astral en el momento en que la pequeña regente de Mercurio iba a ejecutar su terrible ataque, la sorpresa de Atlas fue absoluta al ver a su lado al dios guerrero Bud de Alcor, quien había sido humillado por su compañera momentos antes.

Bud: No me lo agradezcas, bastardo de Abel... Yo soy un dios guerrero de Asgard, siervo de Odín y protector de la princesa de Polaris, no permitiré que guerras extranjeras manchen el honor de esta tierra sagrada.

Atlas: Estúpido... Esa niña es demasiado para un ser que ni siquiera conoce su propio cosmos... - decía soberbio, dejando claro que no estaba dispuesto a agradecer nada - ¿Por qué sonríes?

Bud: Ha pasado tiempo... Desde mi enfrentamiento con los santos de bronce, aprendí mucho de aquel combate, es sencillo adivinar que vosotros, los coronis, seguís siendo demasiado arrogantes como para aprender de vuestros errores.

Atlas: ¿¡Cómo te atreves a...!?

El coronis quedó sorprendido, el cosmos del asgardiano se comparaba al de sus compañeros y al de él mismo, el Séptimo Sentido era palpable en la mera figura del peliverde. Igualmente no pasó desapercibido el manto sagrado que lo recubría, no era la armadura de Alcor.

Bud: "Hermano... Odín... Princesa Hilda... Agradezco vuestra confianza y juro ante la tierra que me vio nacer que honraré la armadura de Mizar, derrotaré a estos asesinos invasores que han traído la guerra a nuestro noble pueblo... ¡No descansaré hasta que paguen cada uno de sus crímenes en el infierno!" - pensó en silencio mientras su fría mirada observaba inescrutable la cara sangrante de Galatea -

Galatea: ¡Me hizo pupa! ¡Malo! ¡¡Malo!! ¡¡¡MALO!!!

El cosmos de la astral se incendió violentamente, paralizando por completo a Atlas quien sentía un terror absoluto a aquella niña con alma de demonio, pero aquel temor no era comparado con el orgullo de los caballeros de Abel, pues al ver a Bud arrojarse de lleno contra la muerte encarnada, él hizo lo propio, encendiendo su cosmo-energía como nunca antes.

Monte Etna, Isla de Sicilia

La batalla que se había desatado en las profundidades del volcán legendario no hacía más que estremecer toda la isla, dando pie al temor de sus habitantes de una inminente erupción, mas no era la fuerza del volcán lo que provocaba el temblor de la ínsula, sino la aterradora batalla entre un mortal y un dios, en la que increíblemente no era fácil prever el resultado.

Hefesto no se sorprendió de ver frente a él a Ikki completamente restaurado aún después de haber recibido la presión y el calor extremos que sólo un volcán podía generar, indudablemente la voluntad de aquel caballero y la milenaria habilidad del sagrado Ropaje del Fénix hacían a aquel hombre un enemigo digno de dioses.

Hefesto: "El cosmos de este hombre se eleva cada vez más... El poder que he alardeado no sirve de nada contra un guerrero inmortal, aún así no ha demostrado toda su capacidad..."

Ikki: ¿En qué piensas, dios Olímpico? ¿Acaso has olvidado nuestro combate? Te advierto que aún me quedan fuerzas para seguir luchando, pues soy un santo de Atenea y no me rendiré aunque tenga que enfrentar a los mismísimos dioses. - aseguró con fervor y carencia de temor, completamente decidido a combatir hasta el final con el dios -

Hefesto: Mortal necio... No me habéis demostrado todo vuestro poder... Una voluntad tan débil no merece el terrible poder que aguarda el Ropaje Divino de Serpentario. Muchacho... Te mostraré lo que es el verdadero poder... ¡El poder... DE LOS DIOSES!

Un terrible temblor ahogó aquella sala mezcla de arquitectura y roca, de inmediato el guerrero peliazul supo que los ataques recibidos no eran nada en comparación con lo que le esperaba, tras el aura dorada que cubría al dios, una espiral del matiz del magma se vislumbraba en alarde del poder desatado.

Sintió el calor del magma surgir del suelo, observó brillantes los símbolos de las columnas, aquel era el verdadero poder de Hefesto, capaz de emular y superar la furia de un volcán. Sabedor de esto, Ikki supo que aquello era una prueba, la última para conseguir lo que lo había traído a aquel lugar... El poder de acabar con los mismísimos dioses del Olimpo.

Recordó el pasado, no importando que la lava de las profundidades se alzara en monstruosas columnas de magma o que los monstruosos temblores producto del poder del hijo de Hera agrietaran las fuertes columnas de aquel santuario.

Ikki recordó su sacrificio, un horrible destino le esperaba a Shun en la Isla de la Reina Muerte, un futuro que a aquel pequeño de nobles sentimientos no le correspondía, gustoso cambió su suerte por la de su persona más querida, conociendo irónicamente la mayor felicidad, el amor en una sencilla muchacha llamada...

Ikki: Esmeralda... - murmuró sin querer, llamando la atención del dios Hefesto que no se preocupó de la serenidad de su oponente -

Aquella joven, tan dulce y bondadosa, no se parecía en nada a su monstruoso padre, un hombre que, posiblemente, era un peón de Saga para convertirlo a su séquito. Su obsesión con el odio, sus creencias horrendas, eran algo en lo que ni él mismo, siendo una persona dura desde su nacimiento debido a las circunstancias, podía creer. Fue entonces donde halló la más honda de las penas, donde se hundió en la desesperación y el odio que con tanto fervor su maestro había querido inculcarle, sí, y para ello estuvo dispuesto a sacrificar su propia vida e, incluso, la de su hija.

Aquello lo destrozó por dentro, y, convertido en un engendro del odio, lideró a los caballeros negros con el único deseo de obtener poder, poder para poder vengarse... Del mundo. Una horrenda ambición que lo llevó a deshonrar su armadura y la de Sagitario... Deseaba poder...

Ikki abrió los ojos estrepitosamente, al fin se había dado cuenta de algo, del sentido de la prueba, sólo el más leal de los caballeros sería merecedor del Oro Impío, su descubrimientos, que simplemente alejó de su mente, le dio fuerzas para sobreponerse al calor demoníaco y a la alta presión que dominaba todo el recinto.

Hefesto: Caballero... El magma que fluye por este volcán, no es natural, lo que veis, es el mismo fuego que creó las armaduras de oro, al igual que el legendario Oro Impío. Os lo advierto... Vuestra armadura no podrá sobreponerse al calor y la presión del Etna... ¡No podrá soportar la cólera de un dios!

De nuevo Ikki vio ante sí la poderosa energía de Hefestos dispuesta a otorgarle mil muertes, pero en aquella ocasión el Fénix no estaba dispuesto a caer, en su mente no existía la posibilidad de permitir la derrota, pues debía sobrepasar esa prueba como caballero de Atenea, antes de acompañar a sus compañeros en aquella cruzada contra Apolo, debía hacerlo.

Hefesto: "Ha bloqueado la Gran Presión con su mano desnuda... Jamás hubiese creído que la voluntad de los seres humanos pudiera llegar a tanto... Su armadura, su Ropaje, ya no es una coraza de bronce es..." - hizo una pausa como tratando de auto-convencerse de la realidad de su visión - ¡Kamei!

Sus pasos era cortos pero firmes, la determinación en su rostro era absoluta, su cosmos había sobrepasado todo límite y se mostraba orgulloso ante el dios de la forja, que sintió que aquel hombre había alcanzado y dominado la Octava Conciencia... Ya no estaba tratando con un mero mortal.

En aquel momento no podía sorprenderse, no, no podía inquietarse al ver como caminaba aquel mortal con firmeza en medio de la aterradora presión que su solo cosmos ejercía sobre todo el lugar, el magma no era problema tampoco, pues el Fénix siquiera necesitaba esquivar las fulgentes columnas para seguir su camino.

Hefesto: Ikki... Demostráis dignidad y valor como nunca he logrado ver desde tiempos inmemoriales, ahora podréis mostrar a este anciano dios esa voluntad que poseéis los humanos... Y que tanto teme el Olimpo.

Ni siquiera una milésima de segundo pasó antes de que el dios se apareciera frente a Ikki, quien se mostró sorprendido de la velocidad de Hefesto, que sin duda era infinitamente superior a la de la luz, la deidad lanzó de inmediato un ataque mental que golpeó fuertemente el abdomen del Fénix, luego de atravesar limpiamente una columna de magma que se había alzado entre ambos. El santo escupió sangre, la batalla se iba a volver mucho más terrible.

Un hirviente dolor en el costado le recordó al Fénix que las armas guardianas de Hefesto permanecían intactas, los cortes regresaron al tiempo que el dios formaba esferas de puro magma concentrado, que eran lanzadas con violencia por la divina telequinesia del Olímpico.

Hefesto: ¿Qué ocurre Fénix? ¿Acaso esa armadura que portáis no simboliza nada? ¿Acaso sigo enfrentando a un nimio mortal? - preguntó severo, viendo como Ikki se mantenía apenas de pie con el rostro manchado de sangre -

Ikki: Cobarde.. - acusó con ira, antes de levantarse para seguir su camino -

Hefesto: Lo lamento Fénix, pero no puedo detener a mis creaciones. - respondió con serenidad, esperando tranquilamente el ataque del santo -

Ikki: ¿Qué? ¿Acaso no son poderes mentales los que las dominan... ? - preguntó extrañado, viendo como las hachas sobrevolaban su alrededor sedientas de sangre -

Hefesto: Hum... No requiero de mi cosmos para controlar seres vivientes que de por sí me son leales, más leales que cualquier guerrero, humano o divino.

Ikki: ¿Seres vivientes? - enunció como para tratar de entenderlo - "De modo que ese es el poder de Hefesto... El orfebre de los dioses"

Hefesto: Veamos que puede lograr vuestra voluntad frente a la Novena Conciencia... Espero que no me decepciones joven, pues no seré condescendiente y, juro por Estigia, que el destino que os espera si mueres en este templo, es mucho peor que cualquier prisión del Hades.

Ikki: ¿¡LA NOVENA CONCIENCIA!?

A una velocidad monstruosa la temperatura se alzó como si fuera el mismísimo núcleo de la Tierra, una aterradora presión conspiró ferozmente para destruir completamente al santo desde todas partes, la sangre corrió a borbotones e incluso fragmentos de la kamei bendecida con la sangre de Atenea cayeron a la magmática superficie, que cada vez dejaba paso a más lava ardiente como el propio cosmos del Olímpico.

Ikki comprendió que ese era el terror de los dioses, su único medio para gobernar, un poder absoluto que, si bien podría servir para mejorar el mundo, era usado para la destrucción y la muerte, que permitirían el eterno gobierno del Olimpo.

Las cadenas del dios, que en su día apresaron al titán Prometeo, escaparon de su reposo para buscar a su presunta víctima, pero el joven japonés sólo tenía una cosa en mente, pasar la prueba y ayudar a sus compañeros, aquello era más importante que nada en aquel momento, y dominaba por completo sus instintos.

Raudo, el guerrero corrió a por el dios, las bombas magmáticas cayeron desde lugares insospechados pero un estallido de cosmos lo protegió de las explosiones, nada más ver a las armas guardianas acercarse, el Fénix desató sus poderosas alas para alejarlas, clavándolas en las suntuosas paredes, que las apresaron impidiendo cualquier huída.

Las cadenas atacaron al caballero con vehemencia, pero ninguna de ellas atrapó al caballero, poseído por una determinación que no había cesado de sorprender al dios, formó una última esfera de magma gigantesca, que resguardaba un núcleo rebosante de cosmos.

Hefesto: ¿Sentís el temblor, Fénix? Ahora que he desatado mi cosmos, el Monte Etna despertará de su letargo, expulsando llamaradas que extinguirán a aquellos que osan vivir en su morada.

Ikki: ¿¡Qué!? - exclamó, parando su cruzada -

Hefesto: Joven... ¿Qué tanto creéis que pueden significar las efímeras e inútiles vidas de los seres humanos para un ser como yo? - preguntó, aumentando cada segundo el calor y la presión del lugar -

Ikki: Nada... Los dioses no son más que asesinos incapaces de entender que la humanidad no los necesita, temerosos del olvido, sólo piensan en sí mismo y por eso es que han decidido destruirnos.

Hefesto: ¿En verdad eso creéis?

Ikki: ¿Acaso no es esa la verdad? ¿No buscan los dioses una nueva era de terror como la de antaño, donde los seres humanos vivían temerosos de la cólera de unos seres, que siquiera se preocupaban de ellos? Hipócritamente alardean purificación cuando en verdad, esta guerra santa no es más que una nueva muestra del egoísmo y la necedad de los Inmortales.

Hefesto: Mmm... - murmuró, sin ser capaz de responder a la acusación del santo -

Ikki: ¿Acaso tu arrogancia ya no te otorga más mentiras? Poco me importa... Soy un caballero de Atenea, me da igual quien sea mi oponente, ya sea el más poderoso guerrero o los mismos dioses, el Fénix renacerá de sus cenizas tan sólo para poder enfrentar a aquellos que atentan contra nuestro mundo... ¡Aquellos que buscan la muerte de los ideales por los que luchamos los santos, no merecen ser llamados dioses! ¡Los Olímpicos no son amos sino de la guerra y muerte!

Hefesto: Con palabras no vais a convencerme Fénix... La presión y el calor pronto serán insoportables y vuestro cuerpo desaparecerá, tal como ocurrirá con los patéticos sicilianos. ¿Qué haréis?

Veloz, Ikki encendió su cosmos, sabedor que las Alas del Fénix no servirían de nada contra una deidad capaz de emular el calor del volcán más ardiente del mundo, debía sobrepasar sus propios límites y usar Arayashiki, sólo tendría una oportunidad.

Ikki: Eres poderoso... - dijo con una media sonrisa que extrañó al dios - Pero lamentablemente... No puedo seguir perdiendo mi tiempo... Mis compañeros, mi diosa... Y mi hermano me esperan.

Hefestos: Cuanta Osadía... Veamos si esa sonrisa se mantiene ante... ¡La Cólera de Etna!

El ataque cubrió a Ikki tragándolo cual bestia infernal, el templo sufrió grandes destrozos y los temblores se volvieron más intensos, pero el ken divino no era capaz de continuar su implacable travesía, no había podido con el poderoso santo que ahora portaba una kamei que lo igualaba a su enemigo, la mirada del hijo de Zeus perdió toda tranquilidad al ser testigo del mismo poder que presenció Hades en sus dominios.

Ikki: ¡¡¡¡KAISER... FÉNIX!!!!

El ataque fue de tal magnitud, que no permitió que ninguna mirada pudiera contemplar su obra, hasta que el deslumbrante destello producto de la explosión perdiera su brillo cósmico. Pese a todo, una figura de dorada armadura permaneció expectante, la santa dorada de Piscis, nacida para combatir en la pasada Guerra Santa, ahora había entrado en los dominios de Hefesto en búsqueda de algo, algo que decidiría el inevitable cisma... Entre el Cielo y la Tierra.

Palacio Valhala, Asgard Meridional

Narciso observaba sonriente a Hilda de Polaris y al Patriarca Dolbar, quienes lo miraban fríamente, Vladimir yacía malherido en el suelo y un látigo de luz se burlaba de la situación, haciendo movimientos de serpiente por todo el lugar.

Narciso: ¡Escuchadme bien Hilda de Polaris! Si no dejáis de proteger al dios rebelde, vuestra Tierra será devastada por nosotros... ¡Los caballeros Astrales! ¡La elite del Olimpo! ¡Los seres más poderosos que han pisado este mundo!

Hilda: Bastardos... Atacáis a mi pueblo, deshonráis la dignidad de Asgard con vuestras guerras impías... Los dioses griegos no han cesado de causar atropellos para con nosotros, que servimos humildemente a Odín y al mundo... ¡Pero hoy acabarán los humillaciones! ¡Hoy Asgard se levantará orgullosa! ¿Queréis la guerrea? Bien... Tendréis la guerra.

Los dioses hermanos, regentes del planeta Marte, quedaron sorprendidos de aquella respuesta, de la firmeza de aquella joven sacerdotisa, enseguida supieron que sólo la muerte pararía su voluntad, de modo que encendieron sus cosmos dispuestos a otorgársela.

Los tres astrales representaban un poder terrible, y eso lo sabían tanto Hyoga como Dolbar, sin embargo, el último fue el que se puso delante, cubriéndolos con su nada despreciable figura, que asemejaba a la de los dioses en grandeza cósmica.

Hyoga: Patriarca Dolbar... Los caballeros astrales son demasiado poderosos... He sido testigo de los alcances de su poder y un solo guerrero no podrá hacerles frente. Aunque el pasado fuimos enemigos hoy debemos aliarnos por el futuro de Asgard, y del mundo.

Dolbar no hizo caso a la proposición de Hyoga, tampoco mostró ningún interés o necesidad de ayuda, simplemente observó de reojo a la princesa Hilda y al caballero ateniense, para decir unas últimas palabras.

Dolbar: Id al Noroeste, ahí hallaréis a la única esperanza de victoria... Si ese es vuestro deseo, princesa... Se cumplirá.

Abrumada por aquellas palabras de parte de su sacerdote, Hilda impidió que Hyoga insistiera. Una inevitable sensación de cobardía llegó a su alma, apuñalándola profundamente, provocando unas lágrimas que limpió con firmeza.

Hilda: Con esto demostráis... Que sois un digno asgardiano... Ruego porque Odín os proteja... Esperaré vuestro regreso.

Hyoga dudó también, el valor que denotaba Dolbar al querer enfrentar a los caballeros astrales hacía que la sola idea de salir de aquel recinto le resultara cobarde, traicionera, sólo la decisión de la princesa asgardiana de dirigirse a donde el sacerdote había señalado, le hizo estar dispuesto a seguirla, estaban en medio de una guerra, y debía protegerla.

Narciso permaneció solemne y tranquilo, soberbio como sólo él podía llegar a ser, tan pronto como el santo y la sacerdotisa hubieron salido del palacio los hermanos astrales desaparecieron, uno entre sombras espectrales, y otro en llamas demoníacas.

Narciso: Deimos y Fobos matarán a vuestra princesa... Ya que ese es su deseo, cuan fácil habría sido ceder, en cualquier caso... Creo que vos, sacerdote, seréis mucho más razonable.

Dolbar: Je... No conoces la fuerza de los santos de Atenea, pudo asegurar que tus pobres amigos no podrán contra el Cisne, y te advierto que, una vez alcancen su destino, nada podrá tener a Asgard.. Nada.

Narciso: Dadme ese secreto sacerdote... Dadme vuestro ejército, permitid que Asgard se una a nosotros y... Juntos... Alcanzaremos la gloria en el Olimpo.

Dolbar: ¡Qué ambición tan desmesurada! Pobre imbécil... No eres más que un pobre diablo que no es capaz de percatarse de su estupidez. Yo no... Necesito aliados... Para gobernar... EL OLIMPO.

Notas del Autor:

Saludos y, una disculpa si este capítulo les resultó tedioso o demasiado largo, espero que las batallas hayan sido de su agrado. Ahora vemos que, no todos los enemigos de Apolo, el Olimpo o los caballeros astrales son santos dignos de devoción, y que cada uno es esclavo de sus propias ambiciones.. ¿O habrán otras intenciones? Incluso ahora un dios demuestra no ser tan arrogante como el resto, y que admira la voluntad humana. Como ya dijo cierta persona, me pregunto si algún día desenrollará este nudo Georgiano. Finalmente, espero que la batalla entre Abel y Apolo, primera idea de la que surgió esta historia, haya sido de su agrado. Cualquier duda, pregunta y crítica: lordomegawanadoo.es