Capítulo 23
"¡La Última Batalla en la Cumbre del Delirio!"
El Fuego de la Casa de Escorpio se está extinguiendo Quedan 4:10 horas para la muerte de Atenea
Jardines de Deméter, Faldas del Monte Olimpo
La majestuosa belleza de los más hermosos jardines del Universo deleitó al poderoso dios que los observaba. La tonalidad de sus ropajes, cabellos y ojos, del mismo color del vino, hacían indudable su nombre: Dioniso: Dios del Vino.
Aquel hermoso paisaje de infinitas dimensiones, era el dominio de una de las Seis Crónidas, por cuyo cuerpo corría la sangre del Titán Cronos. No sólo eran visibles las más extrañas y divinas flores que pudieran encontrarse en la Tierra, sino que incluso habían algunas que, sencillamente, ya no florecían en el mundo de los humanos, sólo en aquel inmaculado lugar, el Cielo Empíreo, el Éter.
Dioniso era caracterizado por saber apreciar la belleza en todas sus facetas, y por aquella razón el ver durante largo tiempo como el viento divino mecía las flores, no le resultaba en lo absoluto aburrido.
Una presencia, con claras connotaciones malignas, alertó al cautivado hijo de Zeus, quien giró rápidamente para extender una filosa lanza formada por la sangre de su mano. Una sonrisa se formó en su rostro al ver la, casi imperceptible, sorpresa que gobernó por un segundo a aquel que ahora tenía en su cuello la punta del arma.
Dioniso: Puedes sentirte afortunado... Menecio. Si hubieras dado un paso más, esta lanza que ahora se deshace ante esos atónitos ojos de titán, te habría dado muerte... Indudablemente.
Menecio, que sabía con seguridad que las palabras de creador del vino eran ciertas, acarició instintivamente la nuez de su cuelo, toándose con una pronunciada barba blanca de candado que bajaba más allá del mentón en tres puntas, tan estáticas como el hielo. El titán era calvo, pero de rostro inmaculado y perfecto, algo distorsionado por una seriedad latente, que ocultaba una constante cólera y sed de sangre.
Rápidamente Dioniso pudo sentir la presencia del hermano de Menecio, Epimeteo. Aquel dios poseía una abundante cabellera que incluso sobrepasaba por detrás las rodillas y que se alzaba nos centímetros al cielo acabando en puntas. Pero lo que era apreciado siempre por todo aquel que lo mirara, era su constante melancolía avalada por unos ojos grises.
Aquellos titanes seguían envueltos por las mismas túnicas blancas que llevaron durante el asedio al Templo de la Corona, donde fueron artífices del genocidio de una gran cantidad de jóvenes, que estaban siendo instruidos para convertirse en coronis. Su presencia en los jardines de la diosa de la agricultura de algún modo desconcertó a Dioniso.
Dioniso: ¿Cuál es la razón de la presencia de dos heraldos de Hestia lejos del Gran Templo? ¿Acaso ha finalizado la reunión?
Menecio: La misma Hestia... - empezó a hablar, siendo cortado por una mirada inquisidora del dador del vino - La Señora Hestia se encuentra en presencia de Su Majestad, y a dado la orden de que esperemos fuera.
Dioniso acarició la barbilla, su rostro alentaba una gran curiosidad en la mente del titán, quien no podía si quiera imaginar en que estaba pensando el hijo de Zeus.
Epimeteo: Una presencia maligna se acerca... - comentó con sequedad, llamando la atención de su hermano y de Dioniso -
No pasó mucho tiempo para que los allí presentes vieran al recién llegado, completamente enfundado en una gruesa y majestuosa armadura de varias tonalidades rojas, donde resaltaba el color de la sangre. De los antebrazos y el ostentoso casco surgían filosas cuchillas, el resto de la armadura estaba repleto de grabados que le daban un aspecto divino. Una gruesa capa negra no era capaz de ocultar del todo la espada que colgaba de su cintura, pero posiblemente si lo era para otros macabros misterios que seguramente aquel ser de cosmos violentos resguardaba.
Antes de que nadie pudiera articular palabra, todos voltearon hacia atrás, donde unas inacabables escaleras de puro mármol desaparecían en la inmensidad del Monte Olimpo, una figura de tranquilizador cosmos bajaba solemnemente, mechones verdosos cayendo de la oscuridad de su blanquecina capucha, delataron su identidad.
- Bienvenido seas... Estábamos esperándote...
Borde de la Cumbre del Delirio
El caballero de la Corona Boreal miraba con desprecio a aquel que estaba enfrente, no, no era la misma entidad maléfica que emanó alguna vez del fallecido Saga, lo sabía perfectamente pues, en aquellos tiempos, él y sus compañeros ya pisaban de nuevo la Tierra tras milenios de encierro.
Los Riscos de la Locura eran la respuesta, las almas descarriadas que habían perecido en su búsqueda del poder del Antiguo Templo de la Guerra y la Sabiduría, atormentaban el alma de Kanon, engañándolo con dudas infundadas que desequilibraban con facilidad su espíritu de geminiano.
Pero aquello no impedía a Orestes enfrentarlo; él, que había consagrado su vida a Abel, repudiaba en lo absoluto a aquellos que traicionaban a su dios, incluso si se trataba de la maldición de...
Kanon: ¿Qué ocurre? ¿No ibas a derrotarme? ¡Hum! Quizás desees morir sin dolor... En tal caso te enviaré... ¡A Otra Dimensión!
El ataque sorprendió a Orestes quien apenas pudo esquivarlo, sin dudarlo un instante aprovechó el momento para descargar un puñetazo con toda su ira en el abdomen del desequilibrado santo, pero éste bloqueó fácilmente el ataque y respondió con un violento contraataque que lo estampó contra la plana superficie.
Kanon: ¿Eso es todo? Esperaba más de alguien tan presuntuoso como para querer enfrentarme... ¿Ya has decidido cruzar el umbral?
Orestes: Él no volverá.
La respuesta seca de Orestes, quien se había repuesto sin dificultades, turbó más aún la ya de por sí torcida mente de Kanon, cuyo cuerpo se movía dudoso, pero su alma seguía ennegrecida por el latente mal de aquella montaña infernal, cuyo odio hacia Atenea se había concentrado en uno de los santos más leales de la Historia, un odio despertado por el Señor de la Oscuridad, Caronte.
Kanon: ¿Él? ¿De qué hablas pobre loco? Empiezo a cansarme de esos desvaríos, he de cumplir mi destino... Gobernaré este mundo y ningún dios lo ensuciará jamás... ¡Pues yo acabaré con todos ellos!
El juramento de Kanon no impresionó al coronis, pero un potente ken de haces de luz a velocidad súper lumínica hizo que Orestes empezara a tomarse más en serio a su rival, una serie de heridas leves hizo que la adrenalina empezara a subir, aquello era en el fondo un reto para el adalid del Febo, pues sabía de los poderes que guardaba en su interior el hermano de Saga, y que no había habido un caballero dorado tan poderoso desde la Era Mitológica.
Orestes: El Séptimo Sentido no será suficiente... Si el cuerpo no acepta el espíritu... Y la mente no encuentra equilibrio... No alcanzaréis el Octavo Sentido.
Kanon: ¡Ja, ja, ja! Pobre loco... El Octavo Sentido no tiene secretos para mí... Ahora te demostraré mi fuerza y lo verás con tus propios ojos... ¡Explosión de Galaxias!
Nuevamente el coronis quedó sorprendido del poder del geminiano, la fuerza del legendario ken hizo que dejara un surco profundo y largo en el suelo, en el cual quedaron incrustados fragmentos blanquecinos de su armadura. Al levantarse, Orestes notó que su peto se había cuarteado, las continuas batallas que sostuvo contra Escorpio, Leo y Capricornio habían mermado sus fuerzas y siquiera la magnánima ayuda de su Señor lograba impedir que el más ligero roce provocase en él los más horrendos dolores.
Kanon: ¡Ja, ja, ja! ¿Y ahora qué necio presuntuoso? ¿Sigues pensando que desconozco los poderes de los dioses?
Orestes: El Octavo Sentido es más que poder primitivo... Parece que no me queda más remedio que demostráoslo.
Con una solemnidad y tranquilidad extraña en tan orgulloso guerrero, Orestes dejó fluir su cosmo-energía cubriendo lentamente la zona, el aura dorada cual Sol dañó la vista del geminiano, quien parpadeaba constantemente.
Kanon: ¡Argh! ¿¡Qué pretendes demostrarme con esto malnacido!? - bramó furioso mientras se tapaba el rostro con sus antebrazos -
Orestes: Vuestra reacción resalta perfectamente la debilidad del espíritu... Este combate ha terminado... ¡Purgaréis este pecado que habéis cometido contra la diosa Atenea en el Hades!
En movimientos zigzageantes Orestes se abalanzó en contra de su adversario, quien a ciegas trataba de golpear al guerrero de Abel, que paraba con facilidad todos sus golpes al haber sobrepasado la mismísima velocidad de los caballeros dorados. En un alarde de su poder, Orestes descargó sus temibles Mil Resplandores, que derribaron inmediatamente al caballero dejando un hondo surco.
Agotado por el esfuerzo, el caballero de la Corona Boreal preparó un nuevo ken por si acaso, pero un profundo dolor en el espíritu empezó a torturarlo brutalmente, provocando que el orgulloso coronis cayera de rodillas con los brazos en la sien, intentando mantener la Octava Conciencia activa para vencer la locura de aquella montaña.
- Orestes... Hijo mío... Ven conmigo... Te estoy esperando... Ven... - decía una inquietante voz etérea de tono femenino -
- Vamos Orestes... Sabes que no puedes ganar a esos caballeros astrales... Ríndete de una vez y ven... Ven con nosotros... Tus padres... En el Olimpo aún hay un lugar reservado para ti si pides perdón... - dijo una segunda voz, que era sin duda la de un imponente general -
- Arrepiente hijo mío... Reniega de ese dios diabólico que se hace llamar Soberano del Sol y vuelve con tu familia... Aléjate de ese mal camino antes de que sea tarde... Orestes... Quítate la vida y vuelve a la luz...
Orestes: Cosmos sagrado que duerme en las almas de los seres vivos... - recitaba con dolor - Otorgad a este guerrero la bendición de la Gran Voluntad para poder seguir luchando... - las palabras del caballero sonaban fuertes pero todo su cuerpo empezaba a ceder a las injurias de miles de fuerzas invisibles - Dadme poder... Pues es mi sino utilizar todo mi cosmos por mi Señor... ¡Otorgadme el Cosmos Supremo!
- Pobre niño indefenso... - dijo la voz femenina - De sus labios salen palabras débiles y carentes de valor...
- Orestes... No sigas con esa patética defensa inútil... No puedes escapar a lo evidente... Estas acabado... Eres un monstruo que asesinó a su propia madre a sangre fría.. Un engendro del infierno que sólo ha sido capaz de ser aceptado por un demonio como Abel... ¡Reconócelo Orestes! Tu alma está condenada al castigo eterno... Pero aún puedes redimirte... ¡Sólo si te dejas salvar por la luz! ¡Ven Orestes! ¡Ven!
Orestes: "Maldición... Mis fuerzas empiezan a decaer... Mi Cosmos se ha encendido como nunca antes pero mi cuerpo se deja arrastrar por estos daimones de locura... No, yo no caeré frente a ellos... ¡Soy Orestes, un caballero..." - pensaba, antes de decir una palabra cargada de poder y determinación - ¡... De la Corona!
Centenares de miles de resplandores cuya intensidad empequeñecía a cualquier luz existente en todo el Universo, surgieron de la figura lumínica que ahora era el poderoso guerrero, quien mostraba ahora un nivel a la par de los valerosos santos kamei que vencieron a los Heraldos de la Muerte, por unos momentos que apenas llegaban a segundos se podían vislumbrar dos majestuosas alas, las cuales acompañaron al destello solar con dos haces blanquecinos color perla que destruyeron a los monstruosos daimones, que sólo pudieron hacer lo que por milenios habían hecho: Retorcerse y ahogarse en su propio odio y ambición.
- ¡Orestes eres una vergüenza... Qué la inmensidad del Tártaro te devore por los siglos venideros pues eso es lo que mereces! ¡Púdrete en tu estúpida lealtad y cae junto con tu adorado Señor! ¡Adiós Orestes... Mas no hasta nunca, nos encontraremos en el Infierno! ¡Ja, ja, ja, ja, ja...!
Orestes: ¿En... El Infierno? Para eso es necesaria mi muerte... Esperad sentados... - dijo agotado, manteniendo su orgullo intacto aún estando de rodillas -
Protegiendo a la desvanecida Atenea con todas sus fuerzas, Kiki había observado conmocionado todo lo ocurrido, quedando atónito ante el tremendo cosmos que aquel coronis pudo desprender. La sorpresa del muviano fue mayor al ver al guerrero solar de pie, sin trastabillar, dispuesto a cumplir su promesa de enfrentar, junto a los santos, a los terribles demonios de los Astros.
Kiki: "¿Acaso este hombre nunca descansa...?" - se preguntó extrañado, para luego pasar al silencio ante una imagen espantosa que se cernía sobre el valiente coronis, quien permanecía mirando al lemuriano con la intención de recordarle su misión - ¡POR TODOS LOS DIOSES!
El grito de Kiki alertó Orestes, quien inmediatamente cargó en su puño la sagrada luz del Sol y atacó a la presencia que vigilaba sus espaldas, no fue tanta la conmoción de que su golpe siquiera hubiera sido parado, sino el ver que el misterioso ser, era un muerto, que lo miraba sonriente.
Orestes: ¡... Imposible! - exclamó atónito - Fuisteis muerto en la Esfera Saturno... Es imposible que hayáis escapado del Hades en su estado actual.
- Pobres Caballeros de la Corona... Aún después de vuestra derrota en la Filiomaquia... ¡Dudáis del poderío de los Reyes de las Estrellas! Yo soy un caballero astral necio... ¡Jamás moriría de forma tan PATÉTICA!
Dos esferas cósmicas de gran intensidad cubrieron ambos flancos del guerrero solar aplastándolo con una terrible presión gravitatoria que provocó una derrota inmediata, que el gigantesco recién llegado ignoró, sus imponentes ojos concentraban su mirada en otros asuntos.
- Ahora muchacho... Entrégame a mí, Titán de Saturno, a Atenea. - exigió secamente mientras su cuerpo de gigante cubría al joven lemuriano -
Cumbre del Delirio, Riscos de la Locura
Ajeno a la batalla que se cernía al borde de la cima de aquella montaña de locura, Seiya sangraba copiosamente por los orificios de la nariz, su mentón ya no podía ser más rojizo y sus oídos estaban tan destrozados que eran incapaces de servir para nada, el Señor de la Oscuridad no se regocijaba ya en el sufrimiento de su enemigo, tan sólo permitía que su maligna aura destrozara el espíritu del joven y valiente nipón.
Como bestias sedientas de sangre, los espinos oscuros succionaban todo el cosmos divino del guerrero, cuya armadura empezaba a cambiar, pronto las alas propias de una kamei cedieron paso al ropaje de bronce, siendo inútiles los esfuerzos del guerrero por liberarse de sus ataduras.
Caronte: ¿Eres tú aquel al que los dioses temen, Seiya? ¿Eres tú quien atravesó de un sólo golpe el pecho de Thánatos, otorgándole el descanso eterno que a tantas almas él provocó? ¿Eres acaso la reencarnación del legendario Kryon de Pegaso, que hirió de gravedad a Hades? ¿Tú fuiste el temor de uno de los Tres Emperadores del Universo?
Las preguntas del oscuro caballero astral llegaban como dolorosos zumbidos al corrompido sentido del oído de Seiya, cuyos sangrantes ojos no eran capaces de ver la espada que su enemigo blandía encima de su rostro.
Caronte: No eres más que un necio mocoso bendecido por Niké... Pero tras recibir el tajo de mi etowashi no alcanzarás milagro alguno.. Esta espada de sombras ganó por sus hazañas el título de Myou Ken ...
En su primitivo instinto de ser humano el caballero de Pegaso encontró fuerzas para dar un último ataque, pero los feroces Colmillos de Cancerbero encarnados en las garras de Caronte desgarraron de inmediato el puño del santo, para luego doblar en un rápido movimiento el brazo, el grito de dolor apenas se oyó como un agudo y siniestro susurro.
Pegaso mordió furiosamente su lengua, buscando el regocijo de sentir algo, aunque fuera dolor, aquello era distinto a todo lo que había tenido que soportar, no le estaban arrebatando los sentidos sino corrompiéndolos con el Caos, la Oscuridad se había instalado en el interior de su cuerpo impidiéndole incluso vislumbrar el Séptimo Sentido, las esperanzas de Seiya flaquearon ante un hecho aterrador: Su mente empezaba a desquiciarse.
Caronte: Ahora muere como guerrero Seiya... Muere por acto de esta espada que muy pronto atravesará el corazón de Atenea.
Tenebrosa, la etowashi cruzó a velocidad endiablada la distancia que la separaba de su objetivo, mas para éste, el paso de aquella arma infernal era extremadamente lento, al nombrar a la hija de Zeus Caronte había provocado algo en su adversario, que hizo que parara la hasta ahora imbatible arma..
Seiya: No... Permitiré... Que mates a Atenea... Bastardo... Ella es... Mi... - decía jadeante con voz cochambrosa, con el rostro pálido y empapado en sangre proveniente de varias heridas -
Caronte: Eres uno de los rivales más dignos que he tenido Pegaso... Y créeme, yo he batido con los más grandes guerreros que la mitología ha conocido. - aseguró apretando la espada para que esta siguiera su trayectoria - Créeme que hubiera deseado que su sufrimiento fuera lento, observarla ahogándose en su sangre era el sueño que me mantuvo cuerdo los milenios que los dioses me dejaron encerrado en Tártaro. Pero ya no hay tiempo para asuntos personales, son doce mis víctimas y no puedo seguir... Perdiendo el tiempo.
Seiya: ¿Quieres matar a... Los dioses? Hazlo si lo deseas, pero no tocarás a Atenea... Pues yo la protegeré con mi vida... ¡Jamás permitiré que un desgraciado como tú destruya lo que más me importa!
Un estallido cósmico paralizó a Caronte el tiempo suficiente para que la poderosa patada del caballero, que había sido artífice de la muerte del espectro de Valentine durante la Guerra Santa contra Hades, lo empujase varios centros de metros en la lejanía.
El caballero tambaleaba destrozado, no sólo física, sino mental y espiritualmente derrotado, el aterrador poder de las sombras estuvo a punto de extinguir su vida y él lo sabía, mas no estaba dispuesto a dar un paso atrás, si tenía que morir, lo haría protegiendo lo que más le importaba.
De pronto Seiya vio como un intacto Caronte se levantaba listo para seguir combatiendo, la oscuridad que cubría los alrededores se volvía más y más intensa pero el cuerpo del astral ya no emitía sombra alguna, el regente del planeta Plutón se mostraba ahora como el mismo demonio de fuego que unas horas antes había extinguido las vidas de varios caballeros de Atenea.
Intentando ignorar todos sus sentidos, Seiya concentró sus pocas fuerzas para vislumbrar una vez más el Séptimo Sentido, pero aquel esfuerzo no sirvió para nada pues Caronte se abalanzó de inmediato sobre él a una velocidad que empequeñecía a la de la luz, haciendo alarde de las divinas cualidades de los caballeros astrales.
Un puño de fuego en el pecho fue la respuesta a la pequeña fisura que la patada de Pegaso había provocado en el alba de Plutón,. Seiya lanzó de nuevo sus meteoros pero ninguno llegó a rozar al guerrero de Apolo que lanzó de inmediato su Bomba Estrellada. Miles de explosiones zarandearon en el aire al fiel guerrero de la diosa antes de recibir de nuevo la cólera de las garras de Caronte, que cuartearon la armadura mortalmente.
En el suelo, derrotado, Seiya miró a su rival, y con un rápido movimiento rotó por la tierra para escapar del intento asesino de éste. Caronte apoyó la cabeza en el mango de su espada, ahora clavada en el suelo, un suspiro detonó su hastío, y su mirada prácticamente se volvía tan roja como sus garras.
Caronte: Sólo una ilusa esperanza de victoria te mantiene Seiya... El cosmos de un humano como tú tiene sus límites, eres incapaz de contrarrestar la sombra que ha corroído cada uno de tus sentidos, sólo aquellos que hemos aprendido a controlar la Oscuridad, somos capaces de contenerla. Estás acabado Seiya... ¡ACÉPTALO! - exclamó encendiendo su cosmos - ¡Estallido de Flagetonte!
Miles de lenguas de fuego brillaron en el sombrío lugar arrasándolo todo, chispas de infierno rasgaron la oscuridad que huía despavorida de la luz del Sol. El santo, sabedor del poderío de aquel ken, encendió su aura para lanzar un último ataque.
Los meteoros no eran tales sino rayos de luz que atravesaban cual papel el alba de Plutón, pero su portador no decaía ante las sangrantes heridas, el ataque venció de inmediato al caballero de armadura muerta, que cayó desvalido sobre la superficie árida de la cima, nuevamente bendecida por el Sol eterno del Santuario.
El demoníaco Señor de la Oscuridad palpó el peto de su armadura, agrietada por los rastros meteóricos del ken del santo, las heridas no eran graves pero si hacían mella en Caronte, quien empezaba a pensar que su batalla con los generales marinos le había costado más de lo que él creía.
Caronte: Incluso el más poderoso de los guerreros debe reposar en la noche.. - recitó lacónico, tapando con su ahora pálida mano la grieta que provocó la patada de Seiya - Hum, no puedo permitirme descansar. - el oscuro guerrero, observó el cielo como si en él detectara una presencia - Padre, cumpliré tu última voluntad...
En un acto de absoluto orgullo, Caronte ignoró la sangre que empezó a brotar en pequeños hilos de cada grieta de su alba, obvió todas y cada una de sus heridas con un solo pensamiento en mente. A su paso, dejó la imagen desoladora de un valiente caballero abatido por la inmensidad de un odio demasiado grande, un odio tan profundo como el mismo Tártaro.
Sendero de los Tres Emperadores, Cima del Monte Olimpo
La sucesión de templos que resguardaban las escalinatas del Monte Olimpo, carecían en aquel día de guardianes; Fervor, Fuerza, Violencia, y Victoria. El séquito de Zeus había dejado de ser tal desde el día en que el Emperador desapareció de la faz del Cosmos.
Cruzar aquellos recintos vacíos recordó al dios de armadura rojiza los siglos que había pasado exiliado, abandonado de la gracia del Olimpo que lo vio nacer, pero permaneció indiferente a aquello, pues en lo profundo de su ser detestaba aquel inmaculado cielo, aquel paraíso de ángeles de justicia y deidades débiles que se limitaban a observar como su creación se volvía en contra de ellos.
Al terminar las escalinata las dos deidades llegaron a la explanada conocida como Sendero de los Tres Emperadores, una plaza más blanca que el mármol y más brillante que la luna llena sobre un mar tranquilo.
La hermosa explanada era coronada por tres estatuas, cada una observándose entre sí. Medían ni más ni menos que la altura de aquellos a los que representaban, los Tres Emperadores se elevaban por sobre la cima del Monte Olimpo ataviados con las más honorables túnicas e imponentes armaduras de majestuosidad indescriptible.
Habían sido forjadas durante la Edad de Oro por gracia de Cronos, quien colocó con exactitud en aquellas esculturas cristalinas la verdad oculta en aquellos que decían combatir contra su tiranía. Hades, el primogénito, emanaba de unas alas oscuras, que lo cubrían por completo, la negruzca y abominable perpetuidad de la Noche, pero en su corona se hallaba un objeto abstracto que desprendía la luz más hermosa, signo de la esperanza que jamás desaparecía.
La efigie del que, tras finalizar la guerra que en tiempos de su construcción se cernía, se auto-nombraría Rey de los Dioses, era inmaculada y perfecta, destallaba en sus alas celestiales de cristal un brillo reconfortante y esperanzador que desprendía vida y tranquilidad a cada momento. Pero aquella infinita iluminación era insuficiente para cubrir una abstracta energía caótica y demoníaca, cuyo negro color era más profundo que el abismo del Tártaro.
Finalmente, Poseidón carecía de brillo, en su estatua tan sólo se podía observar el gris de la neutralidad, apuntaba con su tridente a su odiado hermano Zeus, pero clavaba sus coléricos ojos en Hades, cuya maldad se extendía desde las entrañas de su corazón. No era emisario de muerte, pero tampoco era profeta de bondad ni paz.
La diosa de cabellos esmeraldinos emitió un cántico en griego antiguo que hizo palpitar la estatua de Zeus como si ésta hubiera cobrado vida, tras que una luz dorada apareciera de forma intermitente durante varios segundos, aquel lugar cambió radicalmente, quedando un solo camino que se formaba conforme ambas deidades avanzaban.
El camino estaba compuesto de salientes bastante irregulares que se flotaban firmes en medio de la colorida atmósfera cuya gama se reflejaba en su superficie, cada uno de ellos agrandaba la senda ascendente hasta una majestuosa atalaya, donde se erguía el milenario Partenón de los Reyes.
Palacio de la Abundancia, Jardines de Deméter
En medio de los hermosos jardines que decoraban las faldas del Monte Olimpo, estaba el palacio de Deméter, la diosa de la agricultura, que otorgaba alimento y vida a todos aquellos que vivieran de la tierra.
El palacio carecía prácticamente de colores sobresalientes o piedras preciosas, lo que lo diferenciaba del resto. En lugar de todo aquello, el templo era prácticamente uno con la naturaleza que la diosa representaba, como si fuera una edificación en medio de la selva, las plantas adornaban grácilmente tanto el exterior como el interior, otorgándole una belleza natural que siquiera los Altos Templos de los Emperadores, poseían.
En las cercanías del lugar, se hallaba una joven de pulcra belleza, su aspecto resaltaba su divinidad así como sus vivos ojos irradiaban juventud. El caballo de negruzco pelaje que la acompañaba desentonaba con la sencilla túnica blanco que cubría su cuerpo.
- Mantenlo tranquilo... Cuida de él... Pronto regresaré... - murmuraba a regañadientes - ¿Quién cree ser? ¿Zeus? ¡Cerdo prepotente...!
De pronto, el caballo relinchó violentamente, provocando que la joven callara y centrara sus esfuerzos en calmarlo, a la deidad le bastaron unas caricias y palabras suaves para lograrlo.
- Después de todo eres un buen caballo... Creía que sólo existía un Pegaso... - comentó en susurros, viendo como el ahora tranquilo caballo movía grácilmente unas hermosas alas -
La reacción del pegaso negro quedó rápidamente aclarada con la llegada de un ángel del Olimpo, la velocidad con la que el guerrero llegó empujó una ligera brisa que meció los cabellos castaños de la joven diosa, que volteó pronto a ver de quien se trataba.
La bella faz de la diosa no pudo sino enrojecerse ante la vista del que era considerado el hombre más bello del mundo, Adonis. Su gloria poseía tonos rosáceos y ciertos toques platinados lo que resaltaba que era un ángel consagrado a Afrodita, su cabello dorado llegaba hasta detrás de sus rodillas y cubría su frente hasta acariciar sus cejas, ahora fruncidas por un claro estado de nerviosismo.
Adonis: Princesa, perdonad mi osadía al entrar de esta forma en el templo de vuestra madre. - se disculpó el ángel, manteniéndose en posición propia de un ángel ante una diosa -
- No es necesario tanto... Formalismo. Levanta y dime lo que ocurre.
Adonis: Como deseéis princesa. - respondió, levantándose de inmediato como si hubiera recibido una orden - Un cosmos maligno se avecina al Monte Olimpo. Puede que se trate de un enemigo... Varios guerreros consagrados lo han visto en los alrededores del Palacio del Conocimiento y las Guerras Justas y lo han descrito como algo diabólico... ¡He de avisar a vuestra madre!
Preocupada ante el tono del siempre calmado Adonis, la diosa se subió de inmediato al pegaso de piel oscura, sus jóvenes ojos adoptaron una determinación tan grande como la del más valeroso guerrero.
- No es necesario, yo me haré cargo. - aseguró la diosa, dirigiendo su mirada hacia el imponente Monte Olimpo -
Adonis: ¡Princesa, es peligroso, nunca había sentido un cosmos tan terrible! - advirtió -
Pero la joven ya se había marchado, cabalgando en los aires a lomo del caballo oscuro, un nudo en la garganta palideció a Adonis al sentir como aquel ser maligno estaba ya frente al Monte Olimpo, y que su cosmos ensombrecía a las deidades que allí se encontraban.
Adonis: Que la Gran Voluntad nos proteja. - rezó -
Jardines de Deméter, Faldas del Monte Olimpo
Quien conociera la indiferencia de Epimeteo y la frialdad de su hermano Menecio, quedaría pálido al ver como aquellos dos titanes no podían ocultar su temor ante la deidad que ante ellos se presentaba, cubierto por una túnica oscura y una enigmática capucha, un ser de maligno cosmos había cruzado pacientemente el Cielo Empíreo, como si poco le importara que todo el Olimpo se percatara de su presencia.
Dioniso, orgulloso como un duque que se aferra a su linaje, simuló una impecable tranquilidad que en su interior no existía, no necesitaba ver el rostro de aquel dios para saber de quien se trataba, hacía siglos que no lo veía pero su cosmos no había desaparecido de sus recuerdos.
- He regresado, y debo reunirme con mi hermana. Apartad para que pueda proseguir mi camino. - ordenó, a lo que los tres seres obedecieron sin dudar -
Al tiempo que la oscura deidad subía la escalinata, Dioniso hizo ademán de querer acompañarlo, desconfiado de las intenciones de aquel dios al regresar al último lugar del cosmos donde iría, un simple gesto con la mano paralizó por completo al hijo de Zeus, quien vio recorrer por la superficie de los alrededores una energía electrificante.
- No necesito tu compañía... Sobrino. - advirtió con sequedad, antes de seguir su ascenso -
Frente al Antiguo Templo de Atenea, Riscos de la Locura
Con destreza y velocidad divinas, Titania esquivaba los tajos de la técnica legendaria, al igual que su enemigo hacía lo propio con la Cruz Celestial, que su enemiga lanzaba usando sus terribles espadas gemelas.
Pronto, los sentidos de el Dragón le alertaron de un ataque expansivo que venía desde la superficie. Aún saltando, el discípulo de Dohko tuvo que hacer uso de todo su cosmos y su indestructible escudo para defenderse de los daños colaterales del ken.
Al caer al suelo, Shiryu vio que su adversaria había clavado sobre el suelo sus dos espadas esperando sorprenderle con una técnica diferente, y la táctica había funcionado, pues pequeños hilos de sangre maquillaban su frente.
El joven guerrero nipón decidió pasar a la ofensiva, para lo cual corrió en zigzag rompiendo con creces la barrera de la luz. Prudente, la guerrera de Urano lanzó de nuevo su ataque, pero el caballero lo atravesó de lleno valiéndose de su velocidad y defendiéndose con su escudo.
Viendo venir al Dragón, Urano arrancó de la superficie Masamune y Murasame formando nuevamente la Cruz Celestial, ataque que fue esquivado por Shiryu mediante un salto. Sin ánimo de rendirse, la guerrera de cabello celeste colocó sus espadas como forma de protección ante el tajo de Excalibur.
El choque de espadas fue tremendo, destellando una ola cósmica que levantó el polvo en todos los alrededores, sorprendida, la astral vio como la técnica Excalibur quebraba su defensa. Al tiempo que cada espada caía varios metros en la lejanía, Titania esquivó con un rápido movimiento el primer ataque de su enemigo, pero no pudo hacer nada ante un poderoso y sorpresivo golpe alto que la envió a los cielos, donde tuvo que hacer uso de todas sus habilidades para esquivar los Cien Dragones del Monte Rozan.
Desfallecidos por la intensidad del combate, pero manteniendo la fuerza y firmeza del comienzo, ambos contendientes respiraban y exhalaban, la superioridad de la astral sobre el caballero divino ya no existía y el equilibrado combate se había tornado agotador para ambos.
Titania: Vuestra reputación es bien merecida.. No debí subestimaros. Cometí un error inaceptable al hacerlo.
Al admitir su error, provocó sorpresa en Shiryu, quien no estaba acostumbrado en escuchar aquellas palabras de sus enemigos, quienes siempre lo habían infravalorado a él y a sus compañeros. Sin embargo, él sabía que la batalla no había terminado y que estaba a punto de pasar medidas extremas.
Masamune y Murasame quedaron de nuevo en manos de Titania ante un preparado Shiryu, ambos guerreros tenían heridas leves y pequeñas grietas en sus armaduras pero seguían elevando sus cosmos constantemente, manteniendo latente el Séptimo Sentido.
Titania: Lo lamento caballero, nunca he perdido una batalla, así lo dicta mi linaje. ¡Ha llegado el momento de que sintáis la furia de las Mil Espadas Celestes!
Antes de que el Dragón pudiera reaccionar, las espadas gemelas ya habían rasgado superficialmente el peto de la kamei. Mientras la guerrera enfundaba de nuevo sus armas cual samurai, Shiryu vio como de su pecho brotaban ríos de sangre, las heridas físicas cicatrizaron rápidamente, pero el propio espíritu del santo quedó seriamente dañado.
Shiryu: "No puedo creerlo... Siento que Excalibur ha perdido su fuerza... ¿Acaso habrá dañado mi espíritu? Siquiera el caballero de Virgo pudo lograr algo así... Siento que la guerrera de Urano aún guarda muchos secretos. Mi Maestro, Shura, Seiya, Atenea... No puedo fallarles" - pensó el santo, al tiempo que hacía acopio de todas sus fuerzas para despertar de nuevo el poder de Excalibur -
Titania: El cuerpo es imperfecto, lo que importa es el espíritu, porque en el espíritu... Esta el poder. Ahora caballero, rezad a vuestra diosa, pues ha llegado el fin de vuestra cruzada.
Elevando el brazo, la guerrera curio por el mango una espada doble de gruesos filos por su corto mango dorado, las cuchillas brillaban reflejando la intensa luz que irradiaban las esferas de Urano y Plutón, que desde hacía tiempo imperaban sobre aquella nefasta montaña.
Titania: Esta arma ha desgarrado la piel de gigantes y dragones caballero, no bastará vuestra imitación de kamei para contrarrestar su furia.
Girando la espada en el aire, corrientes cortantes de viento azotaron al santo nipón, quien a duras penas pudo defenderse usando su escudo, cuya leyenda de indestructible decaía conforme las espadas sagradas de Urano lo azotaban con su fiereza.
Shiryu: "No puedo creerlo, aún con la protección del Escudo del Dragón, mi brazo ha sentido esos ataques, ahora que cree haber derrotado mi espíritu, piensa finalizar su combate con un solo golpe."
- "Shiryu... Shiryu..."
Shiryu: "¿Qué? ¡Pero si eres...!"
- "Sí, Shiryu, soy yo, Shura, el caballero de Capricornio. Dragón recuerda que posees el don que sólo los más leales santos han poseído a lo largo de la Historia, no temas a las armas de tus enemigos, pues la Justicia respalda tus actos"
Shiryu: "Pero... Mi espíritu ha sido dañado... Siento que aún utilizando a Excalibur, no lograría desprender todo su poder"
- "La duda es el peor enemigo que puedes tener en una batalla Dragón, tú y tus compañeros fuisteis para nosotros, los santos de Oro, una fuente de esperanza y valor que, con el tiempo, habíamos perdido, nos hicisteis recapacitar de nuestros errores, inspiráis las cualidades que todo ser caballero debe poseer... ¡No dejes atrás todo lo que has conseguido en el pasado Shiryu, recuerda cada momento, cada batalla que has librado, recuerda la razón por la que luchas, recuerda Dragón, y deja que fluya la esperanza en tu interior! ¡Enciende tu cosmos, caballero del Dragón!"
El cosmos derrotado de Shiryu empezó a elevarse ante la aparente indiferencia de Titania, la larga cabellera oscura se alzó en el aire al ritmo de la poderosa aura del guerrero, la intensidad desatada, provocaba en el interior de la astral de Urano, una sensación de asombro y admiración.
Titania: Estaba a las puertas del Hades y ahora se presenta ante mí con el cosmos de un dios... ¿Será acaso ese el cosmos que teme el Olimpo? Indudablemente, es tan poderoso como nosotros.
El propio Shiryu quedó extasiado. Sus ojos se abrieron nuevamente tras la dura batalla que el santo sostuviera hacía un año en el Santuario de Poseidón, sus sentidos se fundieron con su alma y su mente sobrepasó los límites para unirse a aquella unidad perfecta que se abría ahora al Octavo Sentido.
El santo sentía ahora su espíritu restablecido y, aunque agrietada, su armadura divina se mostraba más majestuosa incluso que en la Batalla de los Campos Elíseos.
Shiryu: "Ahora comprendo Shura, Excalibur no es una espada que mi enemigo pueda quebrar, es más que eso. Excalibur es la encarnación de la fe, la fe de los santos hacia la diosa Atenea y todo lo que representa. Nos en un premio hacia la lealtad sino la lealtad misma encarnada"
Al ver a aquel guerrero directamente, Titania supo enseguida que el resultado de la batalla se había vuelto impredecible, pero aquello no la detendría, era en aquellos combates donde en verdad sentiría digna una victoria, aquella era la vida del guerrero, la senda que había escogido desde su nacimiento.
Shiryu: Ha llegado el momento de seguir nuestro combate. Pero antes, he de advertirte que lucharé hasta el final, no soy el mismo con el que has peleado hasta ahora.
Titania: Tan sólo son palabras caballero... ¡Os demostraré la fuerza de los caballeros astrales con acciones!
Borde de la Cumbre del Delirio
Ante un preocupado Kiki, la diosa Atenea abría los ojos, encendiendo su cosmos dorado como si estuviera enfrentando a la oscuridad que devoraba su alma desde hacía casi doce horas. Lo primero que vio, fue a un Orestes intacto y a un asombrado caballero de Saturno que no esperaba tal cosa.
Titán: De modo que aún no has recibido suficiente. ¿Acaso los caballeros de la Corona no aprendisteis en la Filiomaquia lo inferiores que sois? ¡Pobre ingenuo! Tan sólo aparentas firmeza pero ni en mil años serías capaz de siquiera inquietarme.
Orestes: Veo que el poder, y la arrogancia de los Olímpicos fueron heredados al mismo tiempo. Nunca se ha de subestimar a un enemigo, el hacerlo sólo ha acarreado las más humillantes derrotas en aquellos que los santos de bronce han enfrentado en estos dos años. Los mismos guerreros que hoy vuestra orden caída enfrenta.
- ¿De qué guerreros hablas, coronis? - preguntó una siniestra voz cuyo propietario acaparó la atención de todos - No pareces darte cuenta de la situación, guerrero de Abel, nosotros somos los Caballeros Astrales, aquellos que enfrentaron a la orden del dios rebelde y vencieron. Fuimos héroes y mártires para beneplácito de los dioses y ahora nos liberamos de sus finos y arcanos hilos, dejamos de ser sus marionetas y nos liberalizamos de su influjo. - inmediatamente, en medio de aquella aura espiral entre el color del fuego ya sombra púrpura, Saori fue la primera en percatarse de la identidad del que fuera propulsor de su sufrimiento. Conforme hablaba, el oscuro ser caminaba, observando fijamente a Orestes - Los santos de Atenea, al igual que vosotros, los coronis, no son más que meros perros falderos de una diosa más, una deidad que ha perdido toda su fuerza y que siquiera merece el más mínimo respeto.
Orestes no respondió, no porque no tuviera respuesta sino porque siempre había preferido mantenerse sereno ante aquello que le molestaba, escuchar las palabras de aquel caballero astral le había proporcionado una información que ya imaginaba desde que había sabido de la liberación de los que fueran los verdugos de sus compañeros, la intención de los guerreros de Apolo era, posiblemente desde un primer momento, rebelarse contra los dioses. La traición era el único acto que el coronis era incapaz de tolerar, y más si era en contra del dios a quien habían jurado lealtad. Pese a todo, el adalid del Febo permaneció frío, evadiendo cualquier acto impulsivo.
Saori: ¡Caballero de Plutón! - exclamó, provocando ser el nuevo centro de atención -
Caronte: ¿Sí, alteza? - respondió con cinismo -
Saori: ¿Cómo puedes hablar de heroicidad cuando sólo has cosechado ríos de sangre? No sólo atentaste contra mis santos vilmente, sino que asesinaste a los generales marinos. ¿Son esos los actos de un héroe?
Caronte: Interesante pregunta. Soy conocedor también de esa habilidad, alteza. - pese a la seriedad de su rostro, las palabras del caballero astral estaban cargadas de gran cinismo, el odio que emanaba su cosmos asustaba a la diosa, quien no podía comprender como un ser humano podía emitir tanta negatividad en sus emociones - ¿Cree en verdad Vuestra Merced, que es acto digno de la protectora de esta Tierra el propiciar con deshonrosos ardides la caída de una gloriosa ciudad?
No esperó respuesta, cual bala el guerrero se abalanzó sobre la diosa. El demonio de fuego y sombras no tuvo que preocuparse de Orestes, cuyo intento de proteger a la hermana de su Señor fue frustrado por el gigantesco Titán.
Increíblemente, el caballero astral paró varios metros frente a aquella que portaba a Niké, el regente del planeta Saturno contrajo su rostro al ver una ligera mueca de satisfacción en el caballero de la Corona Boreal.
Orestes: Creía que había segado vuestra vida... Kanon, de Géminis. - dijo sonriente -
Antes de responder a las palabras del adalid del Febo, Kanon, quien lucía más sereno y poderoso que nunca, dobló la mano del que trataba de asesinar a su diosa. Caronte evitó mostrar algún signo de dolor y se mantuvo firme, pero al recibir un fuerte puñetazo en el rostro retrocedió varios metros tambaleándose.
Kanon: Hum, hace falta más que un caballero de la Corona para vencer a un santo de Oro, deberías saberlo. - respondió con presunción, ignorando por momentos a los dos caballeros astrales -
Titán: Así que tú eres Kanon de Géminis. - dijo mientras se acercaba a su compañero de armas, al tiempo que Orestes se ponía del lado de aquella a quien debía proteger - He de agradecerte tus esfuerzos en los dominios de Nyx muchacho, me mostraste el camino de regreso al Santuario. - Kanon no respondió, mantuvo una expresión seria que no reflejaba su malestar al saberse liberador de uno de los enemigos de Atenea -
Orestes: Habláis demasiado caballeros astrales, creía que vos, Plutón, ibais a enfrentar a la diosa Atenea.
Caronte: ¿Mmm? ¿Enfrentar? ¿Crees que en su situación esa mocosa puede siquiera enfrentar a un mosquito? - preguntó sonriente - Veo que habéis podido más que los espíritus de esta montaña, pero eso no significa nada. Seguís siendo los perros falderos de una diosa más, marionetas simples que una vez dejen de sentir el son de su ama, caerán inexorablemente.
Cansados de escuchar las palabras de Caronte, Kanon y Orestes encendieron al unísono sus cosmos. Kiki, quien no se había movido ni un centímetro de la derecha de Saori, concentró sus fuerzas al máximo, formando una barrera que, si bien no se asemejaba a la técnica de su maestro en resistencia, emitía la determinación del muviano a defender a la protectora de la Tierra.
Saori: ¡Esperad! - exclamó la deidad, provocando desconcierto tanto en sus guardianes como en los propios astrales. El único que no dejó de concentrarse fue Kiki, que no estaba dispuesto a permitir que de Caronte llegara siquiera a estar frente a la diosa - Caballero astral... Tus palabras son confusas y tu odio demasiado grande para un ser vivo. ¿Qué mal ha acaecido que ha despertado tanta oscuridad en un hijo de la Gran Voluntad?
Una mirada fraternal por parte del gigantesco Titán hacia Caronte indicaron el conocimiento de este sobre las motivaciones de aquel que ahora formaba sobre su mano derecha una... Manzana de fuego puro.
Caronte: Una manzana de oro.. Para la más... Hermosa - recitó con sequedad, horrorizando a la joven avatar que acababa de comprenderlo todo -
Los pequeños labios de la reencarnación de Atenea iban a pronunciar el nombre maldito detrás del odio de Plutón, pero un suceso aterrador lo impidió. Con rabia asesina, Caronte lanzó la manzana de fuego que cruzó entre Orestes y Kanon y atravesó limpiamente el cuerpo del muviano, quien cayó anonado al suelo, inconsciente.
Cuando la esfera estalló sobre el aura de la diosa el oscuro ser corrió cual lobo sediento de sangre a por su presa. Orestes y Kanon elevaron sus cosmos al unísono con la intención de parar a aquel demonio, pero no vieron venir el feroz ataque de los Colmillos de Cancerbero.
Caronte: Siento no haberos tratado como Vuestra Merced merece en la Esfera Plutón... - se disculpó el oscuro mientras agarraba del cuello a Saori, quien temía por la vida de sus guardianes - En verdad no estaba seguro entonces de mi poder... Sin embargo, habiendo vencido al santo que acabó con Hades y sus heraldos... Ya nada me impide comenzar a ejercer la Justicia que tanto habéis alardeado traer a esta tierra nefasta. Con vuestra sangre comenzará la marcha fúnebre por los dioses caídos... Empezad a cantar... Atenea.
- ¡Hablas demasiado Plutón!
Con una sonrisa indiferente, Caronte giró para darse cuenta de quien le había retado, tanto Orestes como Kanon sonrieron cómplices, pero la sonrisa del coronis se torció al ver aquello que sostenía al recién llegado, era Seiya, y su cosmos azulado poseía una pauta de luz perla intermitente, una pauta marcada por la espada legendaria.
Caronte: ¡Ja! Miradlo... Tan impulsivo, arrojado e imbatible como Kryon... Parece que no sólo son idénticos en lo físico. - comentó mirando al santo de Pegaso por encima del hombro, sin dejar de sostener a Saori - Titán, ocúpate de este valiente y gallardo enamorado.
La última palabra la entonó de forma lenta, mirando con intensidad a la preocupada diosa, apretando fuertemente el delicado cuello de la joven, logró que Niké empezara a amenazar con caer. El rostro del oscuro se contrajo al darse cuenta que la adolescente avatar enviaba su cosmo-energía a aquellos a quienes había atacado, aquello lo supo al sentir en sus botas las manos de un sangrante Kiki, quien aún en su semi-inconsciencia hallaba fuerzas para seguir cumpliendo su misión.
Caronte: "¿Tanto sacrificio para proteger a esta... Infeliz deidad? Bien, si así lo quieren morirán por su diosa..." ¡Titán! Aplástalos a todos, muéstrale a nuestra divina espectadora una imagen que guarde en su corazón por el resto de su eternidad... En Tártaro. - lo oscuro del tono que usó el oscuro en la última palabra no hizo temblar a Atenea, quien en una muestra de solemne determinación agarró Niké con más fuerza que nunca y miró directamente los ojos de su captor, la mirada se volvió intensa, fría y altiva, provocando un ligero parpadeo en el oscuro -
Saori: Os lo advierto... Deteneos... O todo el daño que causéis a mis santos... Caerá sobre vosotros hasta arrastraros hacia las profundidades del Tártaro.
Caronte: ¿Al Tártaro? ¿Otra vez? ¿Es que los dioses no tenéis un castigo más... Nefasto? - preguntaba con cinismo - Vamos Titán. ¿A qué esperas?
Sin responder, el gigante dejó de fijarse en Caronte y Atenea para mirar con altivez a aquel que apenas llegaba a sobrepasar sus piernas con su altura. El poderoso cosmos del astral se alzó, mostrando alrededor de Saturno un majestuoso anillo de brillo estelar.
Orestes hizo un gesto a Kanon, como diciéndole que permaneciera a la expectativa, él debía prevenir una catástrofe que, temía, se estaba volviendo inevitable.
Saori: No temes a la muerte demonio. ¿Tal es tu locura? ¿El Tártaro ha arrebatado la cordura a aquellos que juraron fidelidad al Monte Olimpo? Si es así... Temo que no podré convencerte de...
Con interés, Caronte vio sudorosa a la joven que hacía poco le amenazaba con una voz tan imponente como la del mismísimo Zeus, por momentos recordó el inconmensurable y fiero cosmos de aquella que era llamada Diosa de las Guerras Justas, un nuevo destello de energía lo sacó de sus pensamientos.
Saori: Alardeas y te regocijas de haber enfrentado a toda clase de guerreros... Las muertes de los generales marinos no fueron en vano. ¡Mira tu armadura!
Nuevamente la cara de Saori se empapó en sudor, pero las palabras habían calado ya hondamente en el orgullo del astral, quien miraba su peto sorprendido de contemplar a seis fieras bestias carcomiendo el alba sagrada.
Titán: Bien, bien. ¿De modo que piensas que puedes enfrentarme tu solo, eh caballero? Si en la Esfera Saturno no pudisteis vencerme, menos ahora que sólo quedáis tu y el... Coronis. - aseguró el presuntuoso, viendo como Orestes se ponía a la derecha de del joven caballero - Y vuestras armaduras, están destrozadas, debería daros vergüenza apareceros ante mi.
Orestes: Sé lo que pensáis caballero, creedme que sólo conllevará a la destrucción de todos. - murmuró con preocupación, siendo completamente ignorado por el receptor de su consejo -
Seiya: Titán de Saturno. Te lo advierto, no me interesa como sobreviviste en nuestro último enfrentamiento, pero si no te apartas. ¡Te apartaré yo mismo!
Titán: ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Dices que ma apartarás estando medio muerto? Has de saber, que estoy completamente intacto de aquel juego que sostuve con Cisne, mi cosmos nunca ha estado tan deseoso de aplastar una cucaracha... ¡Siente el vacío intenso de la antimateria! ¡Filos de Materia Oscura!
Del anillo que cubría horizontalmente al gigante, una docena de haces oscuros se abalanzaron sobre el imperturbable santo quien se limitó a desatar sus meteoros. De un modo más rápido que la misma luz, ambos ataques fueron parados por dos guerreros ante la mirada atónita de Titán y Seiya, el escudo del Dragón, aún cuarteado, supo ser digno de su leyenda al bloquear cada uno de los haces energéticos de materia negra; mientras que los legendarios meteoros de Pegaso, que habían sido protagonistas de incontables batallas, desaparecieron por obra de una espada de doble filo, también cubierta de cortes superficiales.
Titán: ¡Urano!
Seiya: ¡Shiryu!
No hubo tiempo para explicaciones, un descenso en el aura de la diosa Atenea alertó fuertemente a Pegaso que no dudó un segundo en desenfundar el arma prohibida. Sorprendido, Shiryu fue empujado por una fuera abismal, el gigantesco cosmos atentó contra el entorno ante la mirada negativa de Orestes.
Seiya: ¡¡TITÁN!! ¡Es la última vez que te lo advierto!
Saturno era consciente de la fuerza de Excalibur, y sentía en todo su ser el escalofrío que sólo aquella segadora de vidas y almas podía provocar, sin embargo no estaba dispuesto a ceder; dando un paso al frente, empezó a formar a su alrededor sus temibles Bombas Gravitatorias, que volvieron los cuerpos de todos los presentes más pesados de lo normal.
Titán: Déjate de palabrerías santo de pacotilla. ¡Un caballero astral no retrocede ante nadie!
Apoyando las palabras de su compañero, Titania giró con rapidez su arma hasta formar un furioso tornado, el ataque parecía poderoso, pero rayos de luz lo desvanecieron y cruzaron fácilmente las armaduras de ambos astrales, las Bombas Gravitatorias estallaron provocando que Saturno cayera de rodillas. Urano seguía en pie pero, estaba igualmente herida.
Amenazante, Seiya blandió su espada provocando el levantamiento de una gran polvareda, polvo que provocó que el santo no pudiera vislumbrar siquiera el ataque de un tercer rival. Una intensa oscuridad pasó por los que se erguían como protectores de la Tierra propiciando un frío espiritual asolador, al disiparse el humo tanto Seiya como Orestes y Shiryu pudieron ver de quien se trataba, la diosa se sostenía sobre Niké con el cuello enrojecido, y Caronte miraba al portador de la espada legendaria con odio.
Caronte: "Padre... Cumpliré tu voluntad, no permitiré que le pase nada a mi hermana, y haré lo imposible porque la Orden del Sol que creaste, sienta de nuevo la gracia de los Hados"
Incapaz de saber los pensamientos del caballero astral, Seiya se dejó llevar por el impulso más primitivo que ahora gobernaba sus emociones: La ira. Raudo y fiero, el santo lanzó un corte diagonal donde estaba su enemigo, pero el tajo fue sorpresivamente contrarrestado por la Myou Ken, que desvió a Excalibur y cortó ligeramente la mejilla de Pegaso.
Kanon vio la escena y se percató de que Excalibur había atravesado la superficie, al ver la etowashi de Caronte elevarse al cielo con deseo de rebanar al valiente ateniense, hizo ademán de ir en su ayuda pero algo lo retuvo, una lanza, majestuosa y dorada como la misma divinidad, cayó estrepitosamente sobre el astral de la Oscuridad, ante la mirada atónita de sus compañeros.
Al contacto con la lanza, Muy Ken cayó al suelo sin más, toda el alba de Plutón se despedazó y sangre salpicó su alrededor, atónito, Caronte vio como las seis bestias de Esquila seguían su mortal sendero de buitres, pues eso eran ellos ahora, él ya estaba acabado. Su brazo izquierdo cayó sobre la superficie fría e inerte, ahogándose en sangre y cenizas provenientes del cremado pecho del caído.
Rodeados por sus enemigos, todos malheridos pero firmes, los astrales de Urano y Saturno se pusieron alrededor de su hermano caído, quien se mantenía de pie tambaleándose, con fingido desdén arrancó y arrojó lo que quedaba de su peto y sonrió, sonrió ensangrentado.
Titán: Esa lanza... Es la forma que adoptaba Niké durante la Era del Mito... ¡Eso quiere decir...!
Titania: Atenea ha protegido a su guardián... Sólo eso ha pasado. - respondió atónita, como tratando de auto-convencerse de que aquello no era real -
En brazos de Kanon, Atenea descansaba, Kiki se acercó al geminiano con vergüenza de su herida, pero decidido a seguir en la batalla. Orestes y Shiryu miraron a Pegaso y luego a Caronte y sus compañeros con preocupación. Ni la Oscuridad del regente de Plutón ni la luz de la espada sagrada se habían apagado pero no era eso en lo que se estaban fijando, los mismos espíritus que habían tratado de quebrar sus espíritus, ahora se reunían en un solo punto: El cuerpo herido del enemigo caído de Atenea.
La concentración de daimones torció a todos los allí presentes, aquellas almas errantes estaban descontrolando las emociones de todos y eso era algo que sólo el muviano sabía.
Seiya: ¡Bastardo! Querías matar a Atenea por placer... Nunca había enfrentado a un ser tan despreciable, mereces esa derrota, morirás de la peor manera. - gruñó con rabia descontrolada, provocada por la propia espada que portaba, guardiana y segadora de almas - ¡Muere demonio!
Orestes: ¡NO! ¡ESO SÓLO...!
No valió nada la advertencia de Orestes, como tampoco bastó la poderosa arma de Urano ni los ataques de Titán para contener a un descontrolado Seiya, furioso para el beneplácito de unos seres que, en su mezquina ansiedad de poder, habían conspirado para que aquel aterrador suceso empezara.
La espada atravesó a Caronte por el corazón, pero sin provocar daño alguno, como si hubiera atravesado algo intangible, el cuerpo del oscuro brillaba en fuego y sombras otra vez, y todas sus heridas se restablecían, la parte izquierda de su dorso, así como el brazo, se reconstruyeron a partir de oscuridad pura, oscuridad que poseía además el brillo de las flamas del infierno.
Kanon pronto sintió los escalofríos propios de la Oscuridad, el Caos empezaba su expansión por el lugar, al tiempo que cada espíritu errante se unía al enjambre de arrastradas almas que engrandecían al restablecido oscuro. El ver a su Señora retorcerse, le indicó que los daimones habían logrado su cometido.
Asombrados, Titán y Titania sintieron una extraña paz, aunque sus armaduras seguían mostrando las heridas de la batalla, sus cuerpos habían cesado de sufrir, y sus cosmos se alzaban más allá de los sentidos. La propia espada emanaba las emociones de su portador, dadora de vida y paz, o de muerte y dolor, ahora su portador no era Pegaso, quien en aquel instante entendió todo el temor de Orestes.
Caronte: Hoy muere el hombre... Y nace un... Dios.
Notas del Autor:
Myou Ken es Espada Oscura, la Etowashi (Arma astral) de Caronte.
Saludos, siento la tardanza y la longitud del capítulo, espero y les resulte tan emocionante leerlo como a mi escribirlo (Rexomega suspira hondamente). Estos tres capítulos, serán la antesala de la Recta Final de la "Batalla de Delfos". ¿Qué habrá pasado con Caronte? ¿Qué maquinación tenían las almas errantes? ¿Qué hará el Olimpo al respecto? ¿Qué fuerza maligna se habrá adentrado en el Reino de los Dioses? Estas preguntas y muchas más tendrán su respuesta en próximos episodios. Y recuerden, dudas, críticas y comentarios a: lordomegawanadoo.es
