Capítulo 24
"¡El Inicio del Fin! Cae la Corte del Sol"
El Fuego de la Casa de Escorpio se está extinguiendo Quedan 4:10 horas para la muerte de Atenea
Entre un sudor frío y un misterioso fuego intenso que le carcomía el alma, la hermana del caballero de Pegaso dejó escapar un grito. Su rictus pronto reflejo la sorpresa de encontrarse de nuevo en las Casas de Curación, aunque sin la infante mujer caballero que se encargaba del templo.
Por instinto, Seika inspeccionó el lugar, sí, era idéntico en el más mínimo detalle al templo donde poco tiempo atrás se recuperaba. Pese a todo, había algo que no le gustaba de aquello, su propio interior le decía que algo no andaba bien, y aquella sospecha ardía en el fondo de su alma.
¿Sería una ilusión? Fue la primera pregunta que aquejó la mente de la joven pelirroja, era lo que su mente le decía pero... Sus sentidos olían el dulce aroma que desprendía aquellas paredes, veían la hermosa luz dorada que gobernaba todo el Santuario desde la venida de Apolo, degustaban y sentían la esencia misma de las sábanas frías que cubrían la mitad de su cuerpo... Escuchaban las voces de los daimones que vivían ahora entre aquellas paredes, espíritus mensajeros que se encargaban de vigilarla... Pero... ¿Quién querría vigilarla?
Inmediatamente se levantó, avergonzada de haber abandonado a Touma, estaba segura de que su hermano jamás habría abandonado a un compañero, aún cuando no pudiera hacer nada, siempre se esforzaría al máximo y nunca daría la espalda, fuera cual fuere el adversario.
Pero... ¿Qué podía hacer ella? Nada, sería incapaz de enfrentar siquiera a un soldado, nunca fue entrenada para ello. En aquel momento se preguntaba... ¿Por qué a ella no la enviaron al mismo destino que Seiya? Al recordar todo su pasado durante la Guerra Santa contra el Emperador Hades, también recordó quien era su padre, quien era el padre de todos y cada uno de los huérfanos enviados a distintas partes del mundo para convertirse en caballeros: Mitsumasa Kido.
Unos ojos indiferentes, veían los movimientos de Seika de forma gris y opaca, como si fuera la mismísima Gran Voluntad velando por un único ser, Ángela de Caribdis sonreía apoyada en una de las columnas de las Casas de Curación.
Prácticamente era como si Seika estuviera en otra dimensión, pues donde la Guerrera de las Profundidades reposaba, el dios de la Fuerza, Kratos, también lo hacía, para el imperceptible beneplácito de la mujer caballero de la Copa.
Ángela: Hum, esa santa ni se inmuta, es muy extraña. - comentó con hastío la sirena de cabellera azulada, cuyo pelo poseía el color y profundidad del mismo mar, también encarnado en sus ojos aguamarina -
- Su existencia nos es indiferente, y su indiferencia no debe importarnos.
La sirena torció la mandíbula al sentir en su ser el cosmos del más poderoso guerrero de los mares jamás concebido, la aparente solidez de las paredes mármol de aquel templo empezó a perturbarse ligeramente formando ondas. Una misteriosa figura enfundada con una escama de las brillantes tonalidades del coral, que eran acompañadas de piezas color perla y azul marino, salió del muro como si lo hiciera de la superficie del mar, al estar fuera, todo volvió a la normalidad.
Por un momento, Ángela se dejó llevar por la primera impresión que aquella divinidad de las tinieblas profundas del Océano infundaba, ojos carentes de pupilas que brillaban como la más rojiza sangre, un aura de un azul marino tan sombrío que parecía la Oscuridad misma encarnada. Aquel era Dagón, Guerrero Profundo del Brujo del Mar.
Ángela: Así que... ¿Ha llegado el momento? Empezaba a aburrirme de tanta espera. - comentó con malicia la sirena -
Dagón: El destino de Apolo ha sido sellado. Pero no basta con exterminar al pulpo, sus tentáculos también han de ser cortados.
Un nuevo signo de malicia cruzó a la siniestra sirena de Caribdis, pero un inconmensurable cosmos hizo que adoptara de inmediato un rictus de puro terror. Ante los Profundos, un titán expresaba su disconformidad con la conspiración que llevaban a cabo.
Ángela: Parece que un tentáculo ha empezado a moverse por su cuenta... ¡Ja! Pero me pregunto... ¿Será suficiente para atraparme? ¿A mi, Caribdis?
Sorprendentemente, la conspiradora convirtió su hasta ahora insignificante cosmos azulado en una horrenda espiral de puro color rojo escarlata, las tonalidades coral de su escama se intensificaron al tiempo que la cosmo-energía de la sirena demostraba un nivel suficiente como para inquietar al hijo de Palas.
Kratos: Entiendo. Víctor de Hidra de Lerna... Talión de Leviatán... Aníbal de Tritón... León Marino... Horatio de la Ballena Blanca... Sólo eran peones de ese Dios Ancestral. Desde que comencé a sentir la presencia de ese demonio de nombre Dagón supe que algo estaba mal. Aunque sinceramente, no esperaba que un ser tan insignificante como una sirena pudiera desprender tal cosmos.
Ángela de Caribdis no se molestó ante tal comentario, contrariamente sonrió ante el rostro confiado de aquel titán. La confrontación no se hizo esperar por parte de ambos. El hijo de Palas se abalanzó a gran velocidad contra su ahora adversaria, lanzando un puñetazo, la potencia del ataque amenazaba con destrozar a la guerrera, que se veía realmente insignificante frente a aquel grueso y poderoso titán, pero, increíblemente, el golpe fue desviado de un mero movimiento marcial.
Sin tener tiempo a reaccionar, Kratos resintió la presión de los dedos de la sirena en varias partes de su rostro antes de ser lanzado cual bala contra la pared. Mientras articulaba los dedos, que brillaban con el rojo cósmico de la sirena, Ángela corrió a una velocidad súper lumínica, lista para seguir acribillando al dios, pero éste, recuperado, esquivó el embiste poniéndose a su espalda. Un nuevo puñetazo rasgó el espacio en busca de su presa, pero nuevamente los rápidos dedos de Caribdis impedían que sobrepasara unos escasos cinco metros de la femenina figura.
Sintiendo el sudor en su morena piel, el titán cargó una gran cosmo-energía en su puño cerrado, pero aquel temible ataque fue esquivado, quedando el brazo semi enterrado en la superficie del templo.
La sirena aprovechó su situación y lanzó un aluvión de rápidos ataques con sus dedos sobre la gruesa armadura divina, para cuando el titán hubo librado su único brazo, su coraza empezaba a representar inusuales grietas por todo el peto.
Ángela: Aunque seas el dios de la Fuerza y encarnación del Valor. Si tus puños no alcanzan su objetivo... Esa fuerza no significa nada. - río satisfecha la sirena -
Kratos: ¿Vendes la piel del oso antes de cazarlo... Sirena? Unos rasguños en esta insignificante armadura no son nada... Para un Titán. - respondió el moreno con presunción, a lo que la sirena dejó su sonrisa - ¡Te demostraré cuán estúpida es tu arrogancia!
Con un fuerte manotazo, la deidad golpeó su propia coraza, provocando una gran grieta que pronto se expandió por todo el peto. Toda la zona de la platinada kamei que había sido dañada por el asedio de la sirena, cayó a la superficie del templo, dejando ver el pecho y abdomen del titán.
Todo el cuerpo de la soberbia guerrera de los mares se vio influenciado por un gran temblor, producto del choque de los trozos de armadura sobre la superficie, Ángela no tardó en deducir, que el peso que aquel hombre llevaba era demasiado enorme para la velocidad con la que la había enfrentado.
Ángela: ¡Vaya, vaya! ¿Así que guardas secretos bajo la manga? Y dime titán... ¿Cuántos... - desaparece de la vista de Kratos - kilómetros podrías recorrer en un segundo? - preguntó la sirena apareciendo bajo la ancha espalda de su enemigo, preparando sus letales dedos -
Kratos: Si he de ser sincero... - empezó a responder la deidad de la Fuerza, provocando una sensación de angustia en la sirena - Millares...
Equiparando la velocidad de la sirena, el dios golpeó contra la sirena dando un giro de 180 ª, la guerrera sonrió al saberse poseedora de una técnica que podía parar el ataque, pero el prevenido hijo de Palas agarró con fuerza la mano de la sirena, quebrantando cada uno de los huesos de esta ante la rabia e impotencia de Ángela. Sin ningún tipo de misericordia, y sin dejar de apretar las armas de aquella que fuere su enemiga, destrozó la parte de la escama que recubría su abdomen, empujándola hacia los pies de su compañero de armas.
Kratos: Derrotada la sirena, queda el crustáceo. - afirmaba el confiado titán, que se permitía sonreír ante aquella victoria -
Dagón: ¿Crustáceo? - preguntó el profundo con indiferencia -
Kratos: Según recuerdo, me nombraste tentáculo.
Dagón: Hum, interesante combate. - comenzó a decir el oscuro ser mientras permitía que su aura empezara a elevarse - Supongo que averiguaste rápidamente el secreto de la fuerza de Caribdis, que concentraba gran parte de su cosmos en la punta de sus dedos, permitiendo que sus ataques fueran rápidos, fuertes y efectivos. Sabiendo esto, torciste la situación librándote del peso de tu armadura para obligar a que desviara su aura a sus piernas para superarte. Esto hizo que el equilibrio entre fuerza y velocidad se perdiera. ¿Me equivoco en algo... titán?
Kratos: Eres muy observador, supongo que en un traidor eso es un requisito indispensable. Veamos como observas... ¡Esto!
Rodeando el único pero poderoso brazo de la Fuerza, surgió un cosmos blanco y puro como la propia esencia de los dioses, pero pronto dejó aquel color perla para pasar al oro de la Edad de Cronos. La primitiva fuerza de los titanes salió disparada como una esfera de energía concentrada que el Profundo se vio obligado a esquivar de un salto.
Sin poner el más mínimo interés en el daño sufrido por su compañera de armas, el Brujo de los Mares cayó sobre el titán con su pálido brazo, que se introdujo rápidamente en el pecho descubierto del hijo de Palas como si la piel colorida de éste fuera la superficie de un lago.
Kratos: ¿No te preocupa que la Fuerza Titánica pudo haber despedazado a tu compañera? Otro rasgo de un traidor... Supongo. - afirmó nuevamente el titán, sin parecer afectado por el repentino y siniestro ataque de Dagón -
Dagón: Para preocuparme de tan insignificante vida... Tendría que tener un alma. Yo soy un Devorador de Almas, conozco la debilidad del espíritu, no necesito uno.
Kratos: Verdaderamente haces honor a tu nombre... - comentó el titán, en una mezcla de valor y arrogancia - Dagón, de las Aguas Primordiales. ¿Qué va a hacer el más temible de los Siete Guerreros Profundos al dios de la Fuerza?
Dagón: Tu arrogancia me molesta, titán.
Un horrendo sonido, desgarrador como ningún otro, surgió del demonio marino, provocando que, del cuerpo de Kratos, una figura espectral de su mismo tamaño y forma empezara a salir, para el hijo de Palas no había duda alguna, el Brujo de los Mares pensaba separar directamente alma y carne.
Instintivamente el dios de la Fuerza agarró valeroso el brazo que aquel hechicero del Averno había introducido en su ser, con rabia animal apretó, mas la cara de Dagón permaneció sombría, fría y tenebrosa como las profundidades marinas que representaba.
Con fuerza inaudita, el moreno atrajo el brazo hacia él, provocando a su vez que Dagón se acercara forzosamente, lentamente el alma de la deidad del Valor regresó a su portador para beneplácito de este. Un potente cabezazo por parte del fornido titán provocó una profunda herida en el rostro del Profundo, que pronto se dio cuenta de la estrategia de Kratos.
Manteniéndolo cerca, podría golpearlo hasta la saciedad, eso pensaba Kratos, pero el ver el aura purpúrea que empezaba a emanar en espiral por la pálida extremidad que agarraba su alma, supo que no sería tan fácil. Un improvisado puñetazo fue lo único que el hijo de Palas pudo responder al ataque de Dagón.
El Guerrero Profundo, por la fuerza del impacto, se alejó dejando un largo surco bajo cada bota, su armadura había sido agrietada en el pecho, y toda la protección de su brazo derecho se había desintegrado por la intensidad del cosmos de su enemigo.
Pero el estado de Kratos era peor, denotaba un horrendo dolor en su cara que escapaba por los orificios de su nariz, orejas y boca en forma de vapor azul marino cercano a púrpura. Pese a todo, el titán pronto respondió a la rojiza mirada del Profundo con una sonrisa, como incitando a pensar que pronto se las haría pagar.
Ante la sorpresa no demostrada de Dagón, su enemigo elevó su cosmo-energía dorada hasta parar todo el flujo púrpura. El titán arrolló brutalmente a Dagón llevándose luego por delante gran parte de la pared cercana a la entrada de las Casas de Curación. En las heridas que dejó a su contrincante el hijo de Palas, estaba la promesa de un nuevo enfrentamiento.
Dagón: El zorro huye para curar sus heridas.
El comentario del Profundo precedió a una serie de gemidos, indicadores que la sirena de Caribdis aún permanecía con vida. El de la escama agrietada contempló con desinterés a su compañera de armas, con algunas heridas en el rostro, pero con su armadura prácticamente intacta.
Dagón: Mantén vigilada a la joven. Asegúrate de que no ocurra ningún contratiempo si aprecias tu alma.
La derrotada sirena sonrió, conocedora del desalmado que tenía por compañero. Orgullosa se levantó, ignorando los avisos que su cerebro le daba en forma de agudo dolor, la infante caballero de la Copa se acercó, siempre ausente a cualquier suceso. A aquella pequeña amazona sólo le interesaba cumplir la misión que su Ropaje Sagrado le confería: Cuidar a los heridos que llegaban al templo.
Dagón ya se había marchado, no temiendo que aquel titán avisara al resto de la Corte, sino conociendo lo peligroso que podía ser aún estando herido. Tras de sí, el Profundo dejó un templo hermoso repleto de destrozos en las paredes y columnas.
Palacio del Viento, Santuario del Sol y la Luna
Sentado en el trono de un palacio sin rey, el más sabio de los titanes, consejero de Cronos y Zeus en determinados momentos, acariciaba el báculo negro como el azabache que portaba, y que era coronado por una infinidad de piedras preciosas entre las que destacaban cuatro, cuatro que parecían rodear a un dodecaedro color perla que se hallaba en el centro.
Palas: Sal de una vez, nunca ha sido difícil para mí detectar una presencia como la tuya.
El mismo espacio quedó distorsionado mientras una entidad de cosmos temible se hacía visible. Entre el anciano y aquella presencia, parecía haberse formado una superficie líquida en vertical, pues fluctuaba en ondas.
La entidad tomó la forma que había adoptado durante su estancia en el Gran Salón, se trataba del misterioso dios ancestral que había sido nominado como verdadero Rey de los Mares por sus guerreros. La fluctuación del espacio era debida al contacto con un dedo de aquel poderoso ser divino. Prudente, el antaño dios de la Sabiduría golpeó con fuerza la superficie formando una imponente barrera que bloqueó un tremendo haz de luz de potencia incalculable, el escudo se quebrantó al mismo tiempo que el ken hubo desaparecido, ante la atónita mirada de Palas.
- Muro de Cristal... No he de sorprenderme que el Dios de la Sabiduría conozca una técnica característica de los Mu. - comentó la deidad marina de rostro severo, al tiempo que de su firme dedo surgían nuevas fluctuaciones -
Palas: Así que eras tú... Viejo Rey de los Mares, antecesor del Emperador Poseidón. ¿Acaso he hecho algo que molestara al Febo como para recibir semejante trato?
- Es Apolo quien molesta al Olimpo y al resto de dioses, lamentablemente, todos los que apoyan a un hereje en estos casos, son juzgados por igual.
Palas torció sus labios en señal de rabia, no esperaba que alguien traicionara a Apolo, no antes de que llevara a cabo sus planes. Sin intención de razonar con aquel ejecutor, el sabio alzó su báculo como si estuviera sosteniendo un cántaro, la Ejecución de la Aurora congeló el palacio con un frío más allá del Cero Absoluto.
De nuevo surgió aquel haz blancuzco de imponente grosor, desintegrando todo lo que se ponía a su paso. Para sorpresa del dios su rival no lo había esquivado, y ahora preparaba un letal contraataque de relámpagos púrpuras que lo recorrió en todo su ser, seguido de una atronadora explosión que fragmentó el hielo y parte de la estructura de aquel palacio,
No hubo tiempo para que el auto-nombrado verdugo reaccionara, pronto se vio paralizado por un veneno similar al de un escorpión, que recibía junto al denso aire. Inmediatamente, se sintió en medio de lo que parecía ser el fin de una galaxia, las explosiones provocaron que retrocediera, pero fue un ken esférico y azulado lo que provocó que el impasible rostro del traidor a la Corte del Sol se contrajera.
Palas le veía sonriente, su rostro libre de la capucha dejaba ver una confiada sonrisa. Rápidamente, la anciana mano del titán se tornó poderosa, de uno de los dedos surgió una uña de gran tamaño de la cual surgieron diez filosos ataques, que desaparecieron al contacto con el cosmos de su objetivo, que ya había sido alertado.
- Impresionante. Técnicas asgardianas, del Hades y de santos de Atenea. Indudablemente mereces el título de dios de la Sabiduría. Sin embargo, no tengo tiempo que perder con escoria. Hasta nunca.
Veloz, el titán formó de nuevo el Muro de Cristal, se repitió la misma escena de pocos segundos antes, tanto el ataque como el escudo desaparecieron. Pero algo aterrador ensombreció el aparente equilibrio del combate, el mismo rayo blanco nació nada más morir el anterior, atravesando medio cuerpo del confiado titán, cuyos ojos habían adoptado el mismo blanco que su pronunciada barba, de puro terror.
- Pretender sobrevivir al Rayo Blanco que es capaz de convertir océanos en desiertos, una pretensión tan arrogante sólo podría provenir de alguien que se considera... Sabio.
El miedo de Palas se convirtió pronto en ira y en odio,. Encendió su cosmos a un nivel terrible que hizo retumbar todo el palacio, el titán resquebrajó toda su piel como una cáscara, una cáscara que ocultaba su verdadera fuerza.
El ancestral reconoció en su interior el peligro que podía representar aquello. Inmediatamente preparó su rayo blanco, pero vio atónito que no podía, sobre su solemne cuerpo cubierto por inmaculadas túnicas, caían hilos de cosmos que lo convertían en una vulgar marioneta, una marioneta cósmica.
Ambos sabían que aquello no sería suficiente para manipular al verdugo, pero el propio antiguo Rey de los Mares reconocía que tampoco podría usar el Rayo Blanco.
Palas: ¡Mortificación Misophetamenos!
Una luz tan majestuosa como el mismo Rey Dorado, Cronos, cubrió todo el interior del antaño Palacio de Eolo, que empezó a ser despedazado por la colisión cósmica.
Limbo de la Esfera Neptuno
En un mundo que no era real ni imaginario, ni terrenal ni espiritual, uno de los más jóvenes hijos de Cronos, el que remueve los Océanos y provoca terremotos, se enfrentaba a la práctica totalidad de la Corte del Sol, cuatro dioses que antaño eran considerados aliados más que leales al Monte Olimpo en toda su totalidad, y que ahora servían a un autoproclamado Rey cuya rebeldía estaba siendo secretamente castigada.
Los cuatro ejecutores, confiados en principio de una victoria fácil, temblaron en toda su alma al sentir la aterradora presión que el aura divina de Poseidón emanaba, tanto Eolo como Bía empezaron a sangrar por la nariz. Ambas deidades, orgullosas en exceso, fueron los primera en atacar.
Con la impasibilidad propia de su linaje real, Poseidón extendió frente a sus rivales más impulsivos la mano que no sostenía el tridente sagrado, desatando una presión que los empujó en la lejanía a gran velocidad.
Los inquisidores ojos del Rey de los Océanos sentenciaron al anciano Proteo, cuya mirada se debatía entre dos polos opuestos, el de un antaño miembro de la Corte de los Océanos, y el de un profeta que había visto en la existencia del Emperador un futuro más negro que la propia Noche.
Con impresionante firmeza la deidad cambiante clavó su bello báculo, hecho con los más hermosos minerales de Atlantis, en la inexistente superficie que su propia mente había formado en aquel limbo vacío y espacial. El ahora siervo del Astro Rey hizo acopio de todas sus fuerzas para confrontar la presión cósmica que el crónida desataba con su sola presencia, mas apenas conseguía igualar las fuerzas.
Los cansados ojos de la deidad marina se toparon de frente con su antiguo Señor, el aliado de Atenea estaba ahora enfrente de uno de los seres a los que más despreciaba en aquel momento. Un hermoso brillo que embelleció por momentos el vacío precedió a una potente explosión, Proteo se elevó lejos por la intensidad del impacto, quedando sólo una de aquellos cuatro verdugo.
Poseidón: ¿Selene, la hermana de Helios, sirviendo a Apolo? ¿Dónde ha quedado el orgullo..?
Las palabras del crónida fueron cortadas ante una siniestra sonrisa por parte de la titánide de cabello platinado, prevenido por tal acto, el dios de los Mares pudo protegerse de una patada voladora gracias a su tridente.
Al mismo tiempo que la diosa de la Violencia volvía a estar frente a Poseidón, éste bajó su tridente para proteger su pecho de un nuevo ataque de aquella fiera titánide de cosmos carmesí. El crónida no tardó nada en recordar que la hija de Palas estaba desatando su terrible técnica Sodoma y Gomorra, un ataque brutal y salvaje más bien propio de un berserker.
Para el de cabellos azules, era visible que su cosmos hacía mella en Bía, sus expertos ojos detectaban cada gota de sangre que nacía de sus orejas, ojos y nariz, pero él sabía, que aquello no detendría a la Violencia encarnada, después de todo, aquello que lo representaba no se detenía por unas heridas.
Pese a su tremenda energía, aquel que sólo estaba por debajo del Rey de los Dioses en potencial, sentía el temblor de su arma sagrada al resentir los embistes de la Violencia, pero fue necesario que el tridente no detuviera uno de los cientos de ataques que el dios recibía para que éste se percatase de la gravedad del asunto.
Sangre manchó el inmaculado rostro del hijo de Cronos, sangre mancilló la renacida Kamei, y sangre fue lo que encendió la baja sed de sangre de la más mortífera hija de Palas, cuyo cuerpo se convirtió en pura energía carmesí de la que surgieron mortíferas hojas tan finas que podían tornarse en cientos.
Bía: ¡Agosto Sangriento! - exclamó la violenta deidad, al tiempo que sus cuchillas de sangre se abalanzaban sobre su objetivo -
Soberbio, el Olímpico puso enfrente su mano abierta, haciendo que las cuchillas de aura roja giraran alrededor de su cosmos. Al mismo tiempo, indiferente al ken de su enemiga, el crónida protegió con el tridente su rostro, amenazado por un terrible tirabuzón de viento de potencia sobrenatural.
Con un gesto, el dios regresó el Agosto Sangriento a su creadora, que con suma arrogancia lo agarró con su mano, provocando un brutal derramamiento de sangre. El rojizo líquido, que apenas había caído, pasó a convertirse en un nuevo ataque aún más letal y grotesco: Un dragón demoníaco formado por la propia sangre de la titánide, cuyas fauces atraparon en su totalidad al Emperador.
Se formó una cúpula perfecta que atrapó aparentemente al dios marino. La titánide encendió su cosmos preparada para el contraataque de su rival, que no se hizo esperar; las seis alas celestes se extendieron resquebrajando la prisión. El Olímpico apareció frente a su arrogante adversaria, bloqueando su ken con desdén y encendiendo su cólera a través de sus fríos ojos divinos.
Cuando el ataque del dios estuvo a punto de desatarse, el mismo demonio dragontino del color de la sangre que le había atacado se interpuso, estañando en miles de partículas. Enseguida el Emperador se percató del terror de la técnica que enfrentaba y giró violentamente hacia atrás, rasgando transversalmente la coraza sagrada de Bía con su tridente
Seis dragones abrían sus fauces con salvaje sed de Icor, pero lo único que recibieron fue el potente relámpago que la legendaria alabarda fabricada por los cíclopes era capaz de provocar. La imperturbabilidad del crónida quedó finalmente devastada ante la aterradora visión de miles de partículas rojizas transformándose en dragones de sangre.
Miles de bestias ocupaban ahora el espacio vacío y rodeaban al Olímpico, que se había convencido que aquella titánide no debía ser tomada a la ligera. Poseidón concentró entonces su cosmos, cerrando los ojos con solemnidad.
Poseidón: ¡Que todas las olas sean mi escudo, que todos los truenos sean mi espada! ¡Si tanto deseáis enfrentar a la sangre de Cronos, entonces complaceré vuestro deseo! ¡Cólera de los Siete Mares!
Siete esferas, tan uniformes y perfectas que parecían irreales, aparecieron alrededor de su Señor, brillando intermitentemente con la belleza de las aguas, y descargando de pronto toda la rabia del Cielo.
Agarrando el símbolo de la realeza de su Imperio como si fuera una espada, el otrora Julián Solo enfrentó el eterno y brutal ataque de la herida titánide. Las cabezas infernales de brillo carmesí eran segadas por el arma que rompía olas y provocaba terremotos cada día, y los restos que quedaban eran desintegrados por la tremenda tormenta eléctrica de la Cólera de los Siete mares.
Mientras la batalla parecía equitativa, el Olímpico recuperó la compostura y confianza, pero aún en la imparcialidad estuvo alerta para contrarrestar una serie de tornados infiltrados en aquel cisma entre el dragón sanguinario de infernal mirada y la Ira de los Océanos.
La mirada del hermano del más grande de los dioses se perturbó al resentir en su espalda por igual, las fauces dragontinas del ken titánico, y los relámpagos celestes de su propio ataque. El Olímpico carraspeó, Eolo había tomado el control de su ataque y lo había inmiscuido en el peor de los infiernos.
El huracán de sangre y relámpagos era visto por la diosa de la Violencia, herida en orgullo ante la posesión de Eolo sobre su ken, y preparando un contraataque. El viento y los mares se enfrentaban brutalmente ante la mirada de aquella que personificaba el propio conflicto, pero que era en ese momento incapaz de degustar su sanguinaria obra.
En el interior del vendaval de sangre, el hermano de Zeus debía utilizar todos sus instintos para bloquear cada uno de los ataques que recibía. Con su tridente bloqueaba relámpagos y destrozaba el inmortal ataque de la titánide de flamígeros cabellos, pero debía usar sus alas para defenderse de las estocadas de Eolo, quien había desenfundado su temible sable.
Un corte rasgó la mejilla del dios, momento preparado por él mismo. Eolo se había confiado en el primer golpe y aquello le costaría recibir la estocada de un arma mucho más temible que la que él blandía, el Señor del Viento sangró por momentos perdiendo el control. Atónito por la rápida acción de su enemigo, el manipulador de tempestades cayó presa del cosmos omnipotente de aquel que era regente de los Mares.
Eolo maldijo su despreciable suerte, lanzó mil maldiciones a las moiras mientras el tridente del Olímpico rompía parte de su armadura; fragmentos de ésta bailaban en el cielo al son del Icor que surgía. Humillado, el dios celeste sostuvo la bella empuñadura de su sable hasta que su mano sangrara por el esfuerzo, viendo su final en los impávidos pero coléricos ojos de aquel a quien intentara lanzar al Averno.
Poseidón: Se acabaron los juegos... Espectro de dios... No merecéis siquiera mi desprecio. Sentiréis en carne propia el infierno del dominio que os adjudicó mi hermano.
Balando con lentitud el tridente, el caótico huracán recuperó el orden de manos del Olímpico, quien ahora tenía en sus manos la fuerza por igual del Mar y el Cielo, y estaba dispuesto a usarla en todo su potencial. Era tal la grandeza del aura del crónida en aquellos momentos, que incluso los sangrientos dragones de Bía giraban en espiral alrededor del monstruoso tornado mientras eran devastados por su intensidad.
En un acto de innegable desesperación y rabia, Eolo blandió su espada en cortes en el aire que se tradujeron en ondas expansivas de gran intensidad, mas no la suficiente como para enfrentar apenas aquel espacio de rayos y tornados, que eran ahora dominio del calmado Emperador.
Poseidón: Que este huracán, mezcla de la Cólera de los Océanos y de la Ira de los Cielos... Despedace con su furia a aquel que osa enfrentarme.
Orgulloso en exceso, Eolo no aceptaba la sentencia de aquel que, pese a haberse rebelado en contra del Monte Olimpo, seguía siendo su superior. El Señor del Viento convocó cuatro pequeños tornados, siendo tres su defensa, y uno su espada. Poseidón sostuvo con firmeza su tridente, que apuntaba a Eolo cual guadaña de la Muerte.
Un sonido hueco se sintió. Sangre divina corrió manchando un cuerpo, el cuerpo de un dios. Atónito y con debilidad el sus manos, Poseidón vio como la misma herida provocada por el caballero astral de Neptuno tiempo atrás, había sido atravesada brutalmente por la única deidad sobre la que no había recaído fuerza alguna. Con una sonrisa cruel en sus labios, la deidad de platinos cabellos removió su delgado brazo hasta que este se tiñó del Icor del Emperador de los Océanos, la titánide veía aquello con un beneplácito tal que parecía ser el mismo Ares.
Eolo sintió en todo su ser un alivio inconcebible para un dios, el alivio que sólo se siente cuando se ha vivido el abrazo de las parcas y se sale con vida en el último segundo. Cayó de rodillas, todos los vientos y relámpagos desatados en combate empezaban a desaparecer, la mirada de la herida pero firme titánide pudo ver la impactante escena: Selene, hija de Hiperión y hermana de Helios, el Sol, hiriendo de gravedad al mismísimo Poseidón.
Aún sintiendo el más infernal de los ardores, el crónida trató de utilizar su tridente, pero un rápido corte transversal en forma de media luna rasgó la tensa mano que lo sostenía, provocando que cayera al vacío la sagrada alabarda forjada por los más antiguos cíclopes.
Con visible sadismo y crueldad, la titánide removió su brazo en el interior del Rey Marino, que mantenía su firmeza y dignidad aún habiendo escupido más sangre en ese momento que en todas las Guerras Santas que sostuvo en el pasado.
Selene: Pude comprobar en todo este tiempo que la legendaria Kamei de Poseidón había sido perforada. Supuse que había alguna vieja herida así que, pensé en removerla para recordar el pasado. ¿Se siente bien Emperador? No veo que su rostro haya cambiado... Quizás debería... ¡Remover un poco más!
Poseidón: Estúpida. Pensar que un dios podría ser derrotado por algo tan insignificante, es digno de una deidad menor, no de la hija de Hiperión. Sois en verdad decepcionante.
Ante la sorpresa de la titánide, las tres peligrosas puntas del tridente rozaron la misteriosa armadura del color de la Dama de Plata mediante potentes chispas. El brazo izquierdo del aliado de la Tierra sostenía el tridente que antes caía en el abismo. Selene sonrió, retrocediendo a gran velocidad en el momento preciso para esquivar el ataque de su rival, que sorprendentemente chocó contra un relámpago de igual magnitud.
Por segunda vez, los ojos de Proteo y Poseidón cruzaron tensas miradas. La hermosa aguamarina que coronaba el báculo del profeta brillaba con un intenso azul marino, color que recibió al absorber para sí toda la energía que el crónida, Eolo y la hija de Palas habían despertado.
Poseidón: ¿Así demostráis el honor y la dignidad de las más ancestrales deidades del Océanos? ¿Así actúa el dios que un día sirvió en la Corte de Ponto ? - el desprecio en las preguntas del Crónida, era palpable en el aire -
Proteo: Desde mi nacimiento he servido con devoción a los Reyes del Reino de los Mares, esa es la misión que los Hados decretaron para mi existencia. - respondió el profeta con un dejo de sabiduría en su anciana voz - Todo cambió tras la Guerra del Hijo... ¿Qué dios, en el fondo de su ser, no cambió tras aquello? - unos ojos blancos como la nada señalaron que el tiempo empezaba a pasar por la mirada del heraldo de Apolo - Tantas muertes, dioses y hombres caían por igual, mancillando los Cuatro Reinos con la más despreciable de todas las batallas. Durante uno de los más sanguinarios conflictos de la Filiomaquia, Abel desintegró mediante su legiones el sagrado Monte Párnaso, masacrando a los aldeanos de Delfos, y tomando la Colina de la Dignidad como base para establecer su templo. - cerró los ojos, demostrando un cansancio que no reflejaba su firme mano, que sostenía el báculo que mantenía en equilibrio el relámpago de Poseidón - Toda la estirpe del Oráculo de Delfos se perdió, y fue necesario, para salvaguardar el equilibrio de una guerra como aquella, que una deidad antigua y neutra a las Guerras Santas, recibiera el don que un día poseyó la Madre Gea, y que acabó pasando entre algunas titánides hasta Apolo, quien lo otorgó a algunos humanos elegidos, como el inválido Tiresias.
Poseidón: ¿De modo que esa es la razón de que se os conozca como el Profeta de los Mares? El conocimiento del futuro es un arma de doble filo y ha marcado nuestra Historia desde los tiempos de Gea. ¿Creéis haberme conmovido? ¿En verdad merece vuestra vil servidumbre a Apolo el perdón del Emperador de los Océanos? - la mirada fría y severa del de cabellos azul celeste torció la voluntad del anciano Proteo, pero el sabio se compuso, pues tenía clara su misión -
Proteo: Si tan sólo supierais lo que vuestra mera existencia implica en esta época. ¡No deberíais haber sido liberado! ¡Hades debió haber perecido en los Campos Elíseos! ¡Los santos de bronce debieron haber sido juzgados en el acto, y no sumidos en los dominios oníricos! Ahora es demasiado tarde, el Ocaso precederá al fin de todo... ¡Y es mi obligación evitarlo!
Por una vez en toda aquella batalla, Poseidón frunció el ceño con disgusto cercano a la cólera, el destello marino que su tridente lanzaba en contra del arma cambió desproporcionadamente su grosor para avanzar rápidamente hacia Proteo, que no necesitaba el don de la Profecía para saber que su fin se acercaba.
Nuevamente, una vida era salvada de la aterradora ira del Emperador de Atlantis. La diosa de la Violencia, cansada de ser mera espectadora, se interpuso en aquel rayo, que recorrió brutalmente su armadura hasta desgarrarla. Los ojos de las deidades del Ponto se abrieron desproporcionadamente ante aquella iniciativa de la titánide, sabedores de que no la empujaba una altruista decisión de proteger a su compañero de Corte, pero incapaces de predecir el plan que aquella arrojada mujer tenía en mente.
Bía: ¡Por la Ley del Talión! ¡Tormenta del Rayo Sangriento!
Tal fue la amplitud del grito de la titánide, que todo el limbo lo repitió en forma de imponente eco. Los relámpagos, antes desgarradores de la armadura de Bía, recorrieron con violento fervor la distancia hasta el atónito crónida, que recibió el ataque de lleno.
Sorprendentemente, al mismo tiempo que la explosión empezaba a perder intensidad, la hija de Palas se apareció frente a su rival cual bólido de pura energía, propiciando un destello cegador del color de la sangre, sangre de dioses.
Antiguo Sendero de las Doce Casas, Santuario del Sol y la Luna
Si al poderoso y valiente ex-ángel del Olimpo le preguntasen por qué huía, Touma no sabría que responder, sencillamente corría, a una velocidad endemoniada que, si tuviera tiempo de pensarlo, sería sorprendente incluso para él..
Toda la zona del Santuario de los Dioses Gemelos había cambiado enormemente, lejos de aquella serie de templos dedicados a las doce constelaciones más importantes, lo que Ícaro recorría era el más hermoso de los paisajes, bendecido por el más brillante de los soles. Aquella era la influencia que Apolo traía a los dominios de Atenea, influencia que no abarcaba todo el lugar debido a la propia existencia de Atenea, y el que la diosa aún sostuviera a Niké.
Cuando las finas botas del recién investido santo pisaron aguas en medio de tanta vegetación, el joven de cabello castaño supo que una inmensa y hermosa luna lo vigilaba. El verse bajo la protección de aquel rastro le hizo recordar a la diosa que en aquel preciso momento enfrentaba a la más temible guerrera que hubiera conocido, para el hermano de Marin, era fácil comparar la tremenda cosmo-energía de la guerrera astral del Tercer Planeta con Seiya o cualquiera de los caballeros de bronce que lucharon en Elíseo.
Touma: "Señor Artemisa, perdonadme. No he podido responder con lealtad a vuestro apoyo, lo lamento en verdad. Soy un santo de Atenea, una de las 88 armaduras me ha escogido y se cual es mi misión. Espero que no os pase nada."
- Eres verdaderamente lento, Ícaro. ¿Podrías explicarme, ángel renegado, de quien o qué huías? - preguntó el misterioso guerrero Olimpiano, quien observaba a Touma desde la copa de un árbol.
Touma se quedó helado, había escapado de su propia sombra. Sus ojos, desorbitados por la sorpresa, vieron que había corrido a un pequeño bosquejo alejado que conectaba las antiguas Doce Casas con una serie de pasadizos subterráneos y con Star Hill. Estaba en los dominios de Artemisa, el joven guerrero nipón supo que en cualquier momento se toparía con las amazonas de su antigua diosa.
- No soy un ángel rebelde, soy un santo de Atenea. - palabras que escapaban de los labios ausentes de que aquel bello ángel, que descendía con gracia y lentitud hasta Touma - ¿Son esas las palabras? Dime. ¿Cuando pensabas tardar en decirlas? He esperado demasiado a escucharlas, lo lamento, no pude esperar más.
El de armadura ateniense sentía una parálisis que le impedía siquiera pensar una estrategia, la mirada de aquel ángel de la Corte del Sol indicaba que todo lo que de sus labios saliera sería la más plena verdad, por tanto, aquel hombre poseía la facultad de predecir todo acto, no leía su mente, sino que veía el futuro.
- La joven que venía contigo no está en esta dimensión, así que olvida la idea de buscarla. Hay asuntos de mayor importancia que debemos atender.
Relámpagos púrpuras de un ángel caído recubrieron a aquel misterioso guerrero celeste, la sorpresa inicial de Touma se había convertido en la determinación de los santos de Atenea por cumplir su misión, y no estaba dispuesto a seguir temblando ante los enemigos de la diosa a la que había jurado lealtad.
- Estúpido. ¡Danza de las Estrellas Sin Brillo!
Antes de pensar la primera letra de su técnica, Touma recibió en cada centímetro de su ropaje sagrado una lluvia de estrellas de brillo opaco. De rodillas y con las manos sudorosas en la húmeda superficie de aquel bosque, los ojos firmes del japonés dispararon su odio hacia el indiferente ángel, que aún era rodeado por una cierta cantidad de aquellas estrellas sin brillo.
- El Relámpago Divino sólo habría abierto el camino de un combate sin sentido en el que habrías perdido, Ícaro. Sangre por la sangre, nada hubiera servido y ninguno habría ganado nada. Era mi deber evitar algo tan innecesario, pero pese a todo he de disculparme por mi impaciencia.
Touma: Cobarde... ¡Deja los juegos para el maldito Olimpo y pelea sin reservas! Porque si no lo haces, juro que haré que dejes de tener tanta confianza en tus predicciones.
- Llevo tiempo pensando que esas palabras en boca de un guerrero de rodillas que escupe sangre por la boca, carecen de fuerza como para inquietar a un ángel.
Enseguida, Touma recibió una potente patada en el mentón que lo alzó por los aires, pero el ángel de Apolo impidió que se siguiera elevando agarrándolo por el cuello. Estrellas grises rodeaban a ambos, y la mirada del guerrero celeste no tenía nada que envidiar al brillo de su ken.
- Tus pretensiones de santo ateniense no me importan ni interesan. Mira a tu alrededor antes de empezar a volar, ángel caído.
En un principio, la reacción de Touma fue de la misma molestia y orgullo que había mostrado desde que hubo encarado al que era su captor, pero pronto cualquiera de esos sentimientos se volvieron nimios e irrelevantes. Los sentidos del santo fueron poseídos por la más cruel de todas las realidades, un olor de putrefacción y sangre precedió a una horrenda vista.
Touma: Im... Posible... Son... ¿Ángeles? - el trastabillar del santo no se debía a que su cuello estuviera presionado, sino al impacto que representaba aquella visión -
- Son enviados del Olimpo, más concretamente, del Cielo de los Honores y Racionalidades. Son mensajeros, mensajeros enviados de Hermes.
Touma: ¿Qué... Qué quieres decir con eso? - preguntó el japonés, liberado de la firme mano del ángel, cuyas estrellas opacas se desvanecieron en el acto -
- El Olimpo los envió, es todo lo que sé, estos mensajeros han sido asesinados por alguien que no deseaba que su mensaje llegara al Febo.
Touma: ¿Quién? - nada importaba ahora para el ángel, más que aquellos cadáveres colgados de las ramas de los árboles, escondidos ligeramente por la natural vegetación -
- Aquellos que llevan todo este tiempo de guerra preparando su conspiración, traidores que planean la caída de aquel que los acogió: Los caballeros astrales de la Orden del Sol.
Touma: ¿Los... Caballeros... Astrales son...? Entonces Gaia... ¡Artemisa está...!
- Su Excelencia no sabe nada de esta traición, sin embargo, no tardará en saberlo y es por eso que te he mostrado esto, la Corte del Sol necesita la ayuda de los santos de Atenea.
Cima del Santuario del Sol y la Luna
Saetas de plata y flechas de brillo escarlata y esmeraldino se convertían constantemente en guardianas del cielo, tapando la bendición del que se había erguido como soberano de la Tierra. La diosa Artemisa, poseedora del título de soberana de la Luna y temible deidad de la caza, era incapaz de atacar de otra forma a su rival, que paraba sus disparos con su etowashi, y atacaba al mismo tiempo con temibles raíces.
Artemisa: "Mi... Kamei... Necesito mi... Kamei"
Dafne: Padre Cielo... Poderoso Urano que desgarrasteis las tinieblas de Skotos y otorgasteis al mundo la luz del Éter. ¡Dadme vuestra fuerza! ¡III Nivel!
Como si sus brazos fueran los dueños de las riendas del mismísimo Cielo, un poderoso ataque surgió de ellos hasta formar un huracán que desintegró las saetas que se le avecinaban, dando tiempo a la astral de cubrir a la diosa de la Luna con sus raíces.
Inmediata, Artemisa disparó una flecha, tan negra como insignificante, el disparo fue en tan rápido que Dafne no se percató de haberlo recibido, siguiendo su mortal avance junto a temibles hiedras y raíces repletas de espinas que surgían de la tierra.
Dafne: Rendios ante la evidencia. Aunque seáis una diosa del Olimpo, vuestros poderes han mermado considerablemente en estos 2000 años de letargo, y además no portáis armadura alguna. No hay duda en que la leyenda de la indomable Artemisa hace tiempo que perdió toda realidad.
Soberbia, la orgullosa hija de Zeus desató su ira contra aquellas plantas que parecían horrendos tentáculos de demonio y que se adelantaban impacientes para aprisionarla, la Olímpica no permitiría ser derrotada tan fácilmente. Rápidos disparos atravesaron certeramente una docena de raíces desintegrándolas en el acto ante la sorpresa de la Comandante, quien no esperaba más resistencia de aquella a la que consideraba criminal.
Dafne: Será doloroso si ese es vuestro deseo, en este momento, os despojo de todos vuestros privilegios en espera de una resolución por parte del Señor del Santuario. - con firmeza, el arma astral de Gaia se alzó, careciendo de flecha o hilo, pero amenazante como el propio arco de la deidad que representaba a la Caza -
Artemisa disparaba continuamente a las raíces espinosas que de la tierra surgían en su busca. Al verse arrinconada, el poderoso sentido de la supervivencia dominó todo su ser, dándole una velocidad y efectividad incomparables que, de algún modo, provocaban un sudor frío en el rostro de la ninfa de los bosques.
Dafne: Mar... Tierra... Cielo... Yo convoco el poder de los Tres Ancestros. Madre Gea, dadme vuestra templanza... Padre Urano, dadme vuestra fuerza y cólera... Y Gran Ponto, dadme el equilibrio... ¡Que las fuerzas de la Naturaleza se reúnan en esta humilde arma!
La dominada por el instinto fue incapaz de prestar atención a lo que sucedía, las raíces se convertían en energía y se unían en forma de saeta a un poderoso vendaval y a una energía azulada tan profunda como el océano, aquella era la flecha de la Etowashi de Gaia, la concentración pura de la propia Naturaleza.
Artemisa: Puede que perezca en el intento pero... ¡No caerá la diosa de la Caza sin lucha!
Concentrando su cosmos en una última flecha, Artemisa mostró toda la grandeza de su aura imitando la energía de su rival. Tan sólo al estar ambas frente a frente con sus armas tensas, la propia realidad ya se distorsionaba, raíces surgieron por última ocasión de la tierra para atrapar con firmeza los bellos pies de la hermana de Apolo, con el fin de evitar cualquier escape. La deidad ignoró tal hecho, para ella no era necesario seguir luchando sin sentido, aquello se resolvería de un solo golpe.
Artemisa: ¡No conoces la piedad de los dioses, Gaia Dafne! ¡Si pides con sinceridad clemencia, te la otorgaré!
Dafne: ¡Lo mismo digo, Artemisa!
Ambas poderosas mujeres sabían que no había marcha atrás, el fin era inevitable para una de ellas, cerrando los ojos, Dafne y Artemisa aceptaron finalmente aquella lógica, mas sólo los ojos de la diosa denotaban lo personal que era aquel cisma.
Dafne: ¡Sufre la Saeta de los Tres Reinos!
Artemisa: Eso es una nimiedad. - murmuró para sí la diosa, más confiada que nunca aun cuando la situación no avalaba tal sentimiento - ¡Sentencia de la Dama de Plata!
El choque fue letal por momentos, pero pronto, cada uno de los ataques tomó su propio rumbo, mas sólo una calló, su sangre, manchando despiadadamente la dañada superficie.
Cinturón de Hipólita, Santuario del Sol y la Luna
El choque cósmico ocurrido en la cima de los dominios de los Dioses Gemelos, se sintió en todo el Santuario, mas pocos en aquel momento estaban en la situación de prestar atención a aquel suceso. Atalanta, comandante en jefe de las cazadoras de Selene, que estaba al lado de su lugarteniente, Brianna, mostró su indiferencia hacia el destino de su diosa con un inescrutable silencio y una frialdad extraña en ella.
Brianna: Comandante. La diosa Artemisa y la comandante Dafne combaten en la cima del Santuario. ¿Deberíamos intervenir? - preguntó, más por costumbre y protocolo que por preocupación -
Atalanta: No me interesa. Nuestra prioridad es defender la Esfera de Urano y encontrar a esos rebeldes.
Brianna asintió para luego empezar a caminar, su capa ondeaba en el aire hasta que paró en seco, sintiendo una elevación importante de cosmos que por un momento captó su atención, pronto aquel aura desapareció de improviso, haciendo que el interés de la morena guerrera se incrementara.
Brianna: ¿Sintió eso, comandante?
Atalanta: Sí, parece que hay más intrusos en la zona, ve tu, Brianna, yo personalmente me ocuparé de acabar con los rebeldes, siento que Ifigenia y Ethel no están a la altura de las circunstancias.
Las dos amazonas, ignorantes por decisión propia del resultado de la batalla entre las dos mujeres más poderosas del Santuario, prosiguieron su misión principal como si aquel territorio fuera un pequeño mundo aislado del resto de la realidad.
Limbo de la Esfera Neptuno
Jadeos, jadeos eran lo único que en el vacío del limbo podía escucharse, jadeos de la diosa de la Violencia, herida, sin duda de gravedad, tras haber realizado un ataque suicida que dejó por igual al anciano proteo y al orgulloso Eolo sin palabras, tal valentía y arroje era impensable incluso para ellos, que estaban determinados a cumplir su misión, lentamente un sentimiento de admiración por la herida titánide surgió en los soberbios corazones de aquellas deidades.
Eolo: Tiene que haber muerto... ¡Nunca había visto tal cantidad de cosmos en un solo ataque! - afirmó el dios, dominado por una euforia extraña en él. -
Proteo: ¿Habré cumplido mi misión? ¿Será que la profecía no se cumplirá gracias a este sacrificio? Gracias Gran Voluntad, agradezco vuestra bendición y ruego que me perdonéis mi traición, debí sacrificar el honor de la Corte del Ponto con el fin de salvaguardar la continuidad de nuestra amada Dinastía.
Selene no dijo nada, permanecía expectante, con esa sonrisa llena de maldad que había mostrado desde que se uniera a la Corte del Sol poco tiempo después de la llegada de Apolo. Bía, por su parte, sonrió, en su agonía, tenía que creer en una pequeña luz de esperanza, había puesto todo su ser en aquel ken, Poseidón no podía haber...
- Admirable... - una voz, poderosa como ninguna otra, hizo temblar a todos, el cosmos del Emperador de Atlantis hizo que Bía deseara caer muerta con todas sus fuerzas, pera algo se lo impedía: El sagrado tridente, atravesando su maltrecho pecho - Pero inútil.
Nunca desde su concepción, la mirada del dios de los Océanos había sido tan fría e inescrutable como aquella que ahora aplastaba a la titánide derrotada. Empalada por el arma sagrada, Bía agarraba con fervor e inusitada fuerza el tridente mientras su rostro se deformaba en ira e impotencia, la mano del crónida, tapó su cara, fría como el ártico.
Poseidón: Morid. - sentenció el verdugo, explotando su cosmos marino en plena humanidad de la arrojada diosa de la violencia, que acabó a la deriva, semi-inconsciente, pero manteniéndose viva, cosa que el crónida ignoró con desdén - Basta de arrogantes pretensiones, cortesanos. Cesad este absurdo intento y os dejaré marchar, no puedo seguir perdiendo el tiempo con heraldos mientras Apolo se proclama Rey de la Tierra.
Selene: Arrogantes palabras de alguien que sangró en mis brazos, nunca había sido testigo de tal ingratitud.
Poseidón carraspeó, indicando a Eolo que se abstuviera de atacarle por la espalda, que era una estrategia que apenas se formaba en su mente, los ojos del crónida no estaban interesados en aquel heraldo, sino en la constante maldad que observaban en la bella y pacífica hija de Hiperión.
Proteo cerró los ojos, sabedor de que era imposible vencer a semejante ser ni aún atacando los cuatro al mismo tiempo, era consciente de que los hijos de Cronos estaban muy por encima del resto de dioses, incluso del resto de miembros del Consejo, y aun así, sabía que debía hacer algo.
Su anciana piel se deformó en extremas arrugas, decaídas todas por debajo de sus ojos, como segmentando el rostro. En una sorprendente escena, toda la azulada piel fue cayendo por debajo de las honorables túnicas del profeta, acabando en forma de líquido tan puro como el agua.
Ahora, donde antes había un ser anciano de débil aspecto pero que denotaba sabiduría infinita, ahora estaba una figura humanoide casi descolorida, que brillaba con la luz de su aura, deformándose en un gigantesco ser.
Poseidón: ¿Qué eres? - preguntó inquisidor, indiferente a la iniciativa de Proteo -
Selene: Una diosa. ¿Acaso no lo ves? - respondió soberbia con una sonrisa, como si le divirtiera la amenazante mirada del Emperador -
Poseidón: ¿Por qué vuestra armadura posee el color de la sangre? ¿Qué clase de Kamei es esa?
Selene: No seas tan correcto, Emperador de Atlantis, tutéame.
Poseidón: Responded sin rodeos. - sentenció de inmediato, expandiendo su cosmos por todo el limbo -
Selene: Hmmm. Dado que Selene era tan insignificante, nunca accedió a entrar en las Cortes Sagradas de los Dioses, nunca se envistió en ninguna Kamei. Deduje que para una cita como esta debía venir presentable, y tuve que venir con mi vieja armadura.
El crónida cerró los ojos solemne, luego los abrió con fuerza, había algo dentro de la titánide, algo sediento de sangre que se había infiltrado en la Corte del Sol con motivos desconocidos. Poseidón no estaba interesado en lo que sucediera a los heraldos de su arrogante sobrino, en aquellos días rival, pero pese a todo era consciente de que cualquier suceso que influyera entre los regentes del Santuario, tendría consecuencias impredecibles y, probablemente, adversas.
Proteo: ¡¡¡¡POSEIDÓN!!!
Un cíclope del tamaño de una montaña surgió en donde estaba antes la deidad marina que había jurado lealtad a Apolo. Poseidón sintió aquella elevación de cosmos de inmediato, sosteniendo su tridente en espera de cualquier ofensiva por parte del profeta.
Un grito desgarrador, claramente femenino, hizo que los tres dioses desviaran su atención, aquella distracción fue fatal pues, a una velocidad que volvía insignificante a la luz, un rayo blanco de gran intensidad los atravesó a los tres en distintos grados de gravedad.
- Se hacen llamar dioses. Patética, al igual que su padre. - era el auto-proclamado Verdadero Rey de los Mares, quien mantenía su mano extendida con el dedo firme, habiendo usado la misma técnica que usara con Palas El Sabio - Mujer... Los Dioses de la Agresividad no tienen nada que hacer aquí, retírate.
Selene, manteniendo una siniestra sonrisa, mostró que su herida era mínima o, por lo menos, no le afectaba. Su mirada, antes de un bello ónice similar al brillo de la luna llena, se ennegreció de pura maldad. El plata de sus cabellos se tornó del más rojizo color, el carmesí de la sangre.
Selene: Los Señores de la Guerra estaremos siempre en todo conflicto... ¿Vas a negarme, anciano, el espectar tan hermoso combate? Si es así, me veré obligada a...
- Parece que has perdido el sentido del oído, mujer, dije... ¡RETÍRATE!
Severo, rápido y mortal, el dios de imponente presencia golpeó brutalmente el aire con la palma abierta frente al rostro de la soberbia titánide. La fuerza del impacto se extendió en forma de tempestad haciendo que los cabellos de Selene se mecieran violentamente hacia atrás y que sus ojos se abrieran hasta casi sangrar. Tras varios segundos de tormento, la fuerza ancestral cesó, recuperando la hija de Hiperión su aspecto divino.
Una ligera mueca que podría llamarse sonrisa se formó en el rostro de aquel recién llegado al ver como la armadura carmesí abandonaba a la titánide, vestida ahora con una sencilla toga blanca de una sola asa. La coraza carmesí tenía ahora el aspecto del más tenebroso demonio del Averno, aunque con evidentes connotaciones femeninas. Un verde maléfico brillaba intensamente en ciertas partes, y oxidadas cadenas parecían cubrir a aquella bestia de metal que se alejaba al son de un evidente llamado.
Inmediato, Eolo tomó en brazos a Selene, que amenazaba con perderse en el vacío al igual que la armadura que había abandonado a la titánide, el Señor del Viento quedó extrañado por la diferencia entre aquella misteriosa y oscura deidad que había aparentado ser, y la joven inocente que ahora descansaba en sus brazos.
Proteo: Agh... ¡Antiguo Señor! ¿Por... qué? - preguntaba el profeta con forma de cíclope, cuyo estómago había sido atravesado lateralmente por el temible Rayo Blanco del dios Ancestral -
- ¿Aún sigues vivo? He perdido facultades.
El profeta tuvo que decrecer su tamaño para que la herida fuera menos grave, pero su sorpresa no empequeñecía, el dios marino era incapaz de entender las intenciones de aquella deidad, que mostraba un rostro impasible mezclado con una ligera sonrisa de cinismo e ironía desconcertante.
Eolo: ¿A qué ha venido todo este espectáculo, ANCIANO? - preguntó severo el que llevaba a la inconsciente Selene -
- Lo lamento, en realidad, esperaba que mi rival ya hubiera limpiado la escoria, ante su lentitud, me he visto obligado a intervenir, soy demasiado impaciente.
Poseidón: Interesante. - comentó el Emperador, haciendo que Proteo y Eolo giraran a ver al que era su objetivo - Así que eres tú aquel al que esos traidores llaman: Verdadero Rey de los Océanos.
Eolo sintió recorrer un sudor frío, sentía en las palabras de Poseidón un desprecio claro hacia aquella antigua deidad. Los dos cosmos del Océano, al encontrarse frente a frente, se retaban instintivamente hasta elevarse por encima del nivel que hasta ahora el Emperador había mostrado a sus enemigos, para el Maestro de los Cuatro Vientos no había dudas: La diferencia entre los Doce y otros dioses, era absoluta.
Proteo: ¡Espera! - exclamó el transformado, parando en seco al que lo hirió con su báculo - Es mi misión enfrentar a Poseidón. Tengo que...
Una mirada, sólo eso bastó para que, de la herida producida por el Rayo Blanco, estallara una explosión fulminante, todo el cuerpo de Proteo desapareció en el acto, impidiéndole reaccionar ante aquella desdeñosa mirada del verdugo.
- Bien... Ya no habrán interferencias. ¿Empezamos?
Notas del Autor:
Ponto es la personificación de los Mares. Así como Gea lo es de la Tierra, y Urano del Cielo. Es hermano de Urano y de las montañas, hijo por tanto, de Gea.
Saludos. Sorprendentes hechos han acontecido en este capítulo, quizás algunos esperados, quizás algunos sorpresivos. Sólo se puede uno imaginar lo que se avecina tras estas muertes, la caída de la Corte del Sol, así como las palabras del misterioso ángel a Touma, dejan claro que el Santuario del Sol y la Luna, surgió con una base corrompida desde sus cimientos. Como siempre apelo porque las batallas no hayan resultado pesadas en exceso, y por haber logrado sorprenderos aunque sea un poco (que era, por demás decirlo, una de las intenciones de este capítulo) . ¿Quién habrá vencido la contienda de la Cima? ¿Qué pasará con Kratos? ¿Cuáles son las intenciones ocultas en ese dios marino? ¿Sabremos algún día su nombre? ¡Demasiadas preguntas! Sólo queda seguir leyendo y recuerden, comentarios y críticas a: lordomegawanadoo.es
