Capítulo 25

"¡Guerra en Asgard! Preludio de una Revolución"

El Fuego de la Casa de Escorpio se está extinguiendo Quedan 4:10 horas para la muerte de Atenea

Yggdrasil, Asgard Meridional

Toda la estepa amparada por la grandeza del llamado Árbol del Universo, antes, más sólida que los legendarios hielos siberianos, era ahora un caldo hirviente de gran tamaño. El vapor formado por el terrible duelo de los dioses era como la más profunda niebla, pero era incapaz de impedir que el odio mutuo de los dos soles no los guiara para continuar aquel duelo fratricida.

Los soberbios ojos de Abel se cerraron solemnemente mientras alzaba su diestra con la mano abierta, un fulgor cósmico se transformó en miles de haces energéticos, acabó concentrándose en un solo punto, un punto que, aún en la bruma, tomaba una forma que recordaba a un majestuoso arcángel.

Ahí estaba, tan lejos como los dos extremos del lago, sintiendo a su hermano bendecido por las sombras del árbol sagrado. Su Kamei, otrora la más bella y majestuosa de las doce que portaban los Olímpicos, estaba agrietada en gran parte del lado izquierdo del peto, extendiéndose hasta el antebrazo y parte del ala siniestra. Bajo la cintura daños superficiales eran cubiertos por blancas túnicas, que rodeaban toda la parte inferior de su cuerpo hasta las botas.

Apolo: El Destello del Zodíaco Dorado. - dijo el Olímpico con imponente voz, haciéndose escuchar por su hermanastro - Aún recuerdo cuantas veces utilizaste esa técnica en la pasada guerra, la conozco a la perfección, hermano.

Abel: ¿Tal es tu conocimiento que has perdido la inmutabilidad de tu armadura para sobrevivir? Patético, no recordaba que el arrogante hijo de Leto fuera tan débil. - acusó con presunción -

Apolo: ¿Intentas incitar la cólera de un dios, Abel? - preguntó el létida, cuyo rostro permanecía con una confianza ciega en sus propias posibilidades -

Abel: ¿Cólera? - el desprecio se hizo notar, y fue acompañado con un cosmos nunca antes sentido en aquellas tierras tan lejanas - ¿Llamas al Primer Sendero de la Novena Conciencia, cólera? Los dioses han perdido el orgullo de antaño, os habéis vuelto tan patéticos que incluso las rebeliones que suscitáis dan lástima. ¡Yo te mostraré lo que es la... Cólera de un DIOS!

Una gran explosión de energía concentrada disipó la bruma, los ojos de Apolo salieron de sus órbitas al ver aquello, era el brillo de una estrella.

Apolo: ¡Las Diez Emanaciones! - exclamó sorprendido - Así que el dios caído quiere brillar de nuevo. ¡Eso buscas, eso tendrás! ¡Qué los senderos de Sefirot sean recorridos! ¡Que se abran las puertas de la Novena Conciencia y que la bendición de la Gran Voluntad recaiga sobre la Primera Estrella!

Las alas de Apolo se abrieron enormemente, de forma que parecían ser diez veces más grandes. El relucir de la Kamei del Sol fue tal, que los daños sufridos durante el combate eran insignificantes ahora.

Del cosmos de ambos hermanos, llamaradas surgían como si ambos fueran estrellas vivientes. El vapor ya no existía, las aguas heladas hervían de tal manera, que incitaron un fuego divino infernal en todo el lago. El escenario estaba preparado para la siguiente colisión de soles.

Estepas de Asgard Meridional

Atlas: ¡Corona de Fuego!

Bud: ¡Garra de la Sombra del Tigre Vikingo!

Con inocente y grácil actitud infantil, la pequeña pero mortal astral de Mercurio saltaba de un lado a otro, esquivando los continuos ataques de aquel disparejo dúo: Un dios guerrero, y un caballero de la Corona.

Galatea: ¡Ji, ji, ji! Ya no le van a dar a Galatea. ¡Ji, ji, ji!

Atlas, que siempre había estado dominado por un fuerte orgullo de ser quien era, era incapaz de mantener la compostura ante la burla de aquella guerrera que, a sus ojos, no era más que una mocosa. Las ideas más macabras surgían de la mente del coronis, pero eran rápidamente frustradas por los esquives de la Mensajera del Fin del Mundo.

Bud, al contrario que su improvisado aliado, no luchaba por su propio orgullo, sino por el de su tierra natal, a la que con el tiempo, había empezado a amar tanto como lo hicieran los dioses guerreros, caídos en combate durante las trágicas guerras santas. Su deber, como dios guerrero, era el de proteger Asgard, y no le importaba tener que matar a aquella niña con tal de cumplirlo.

Bud: ¡Impacto Azul!

El ataque golpeó de lleno a Galatea, que se había distraído riéndose de un nuevo intento fallido del coronis por derrotarla. Bud sonrió, pues aquella técnica guardaba desde hacía poco una pequeña sorpresa para aquellos que la recibieran.

Galatea: ¡Tramposo! ¡Hiciste trampa! ¡No vale!... - de pronto, el rostro de la infante de Mercurio empezó a volverse pálido - Frío.. Hace frío...

Bud: ¡Ahora Coronis! - exclamó el asgardiano, a lo que el orgulloso Atlas obedeció a regañadientes -

Atlas: ¡Corona de Fuego!

Fue tal la intensidad de las llamas del guerrero de Carina que todo el alrededor de la astral se volvió un infierno. El caballero mitológico sonrió, sabiendo en aquel momento la estrategia del asgardiano: Habían provocado el mismo cambio brusco de temperatura que su ataque del Caos Climático.

Atlas: Púdrete en el infierno... ¡Mocosa! - exclamó con sádica sonrisa el coronis, en cuya mirada se vislumbraba un intenso rencor -

Bud: No vendas la piel del lobo antes de cazarlo, coronis. Es un dicho de esta tierra y vale para este momento: ¡Mira!

Para sorpresa y enfado de Atlas, la infante guerrera de Mercurio permanecía ahí, sonriente, como si no hubiera recibido el más mínimo rasguño.

Bud: Los caballeros astrales son tan poderosos como cuentan las leyendas... - murmuró el asgardiano sin ser escuchado por su "compañero" -

Sin perder un segundo, Atlas encendió grandemente su cosmos dispuesto a acabar con su enemiga. Para su orgullo como caballero de la Orden de la Corona del Sol, el que una infante como aquella le estuviera ganando era vergonzoso, imposible.

Atlas: Se acabaron los juegos. ¡Yo, Atlas, Caballero de la Corona del Sol, te enseñaré el infierno!

Cubierto por un aura al rojo vivo, Atlas se abalanzó cual bólido sobre la niña que parecía ignorarlo. El cosmos de Carina hacía arder la superficie dejando un camino de hielo derretido detrás. Una sonrisa confiada se formó en el rostro del guerrero de Abel mientras dejaba que sus manos se abrieran a los lados de sus costados, formando dos esferas de color rojo fuego que inmediatamente juntó.

Atlas: ¡SOL... ROJ...!

Galatea: ¡Achús!

La esfera energética llameante de Atlas, así como el propio Atlas, fue detenida y empujada miles de metros en la lejanía por un estornudo de la astral, cargado con todo su incontrolable poder.

Galatea: Lo siento, creo que me resfríe.

Haciendo uso del Séptimo Sentido, Bud desapareció y apareció justo detrás de la infante, lanzando sin previo aviso sus temibles garras. El ataque fue directo al cuello de la astral sin causar el más mínimo rasguño.

Bud: ¿¡Cómo es posible qué!?

Aprovechando el momento de confusión del dios guerrero, Galatea volteó rápidamente, una enorme sonrisa precedió a un certero golpe en el peto de la armadura asgardiana, que estalló dejando salir un chorro de sangre.

Galatea vio con gesto de satisfacción como el cuerpo del asgardiano caía brutalmente contra la nieve, aunque torció su sonrisa al sentir los latidos del corazón de Bud, aún vivía.

Galatea: ¡Son aburridos! ¡Me aburrí! - exclamaba en berrinche la infante - ¿Ya no vais a levantaros? - preguntó con tono inocente mirando de reojo a los coronis caídos - Creo que falta alguien... ¡Da igual! Me voy con mi hermanito.

Sin reparo en terminar las vidas de sus enemigos, ahora debilitados e inconscientes, la astral se dirigió bailando hacia donde sentía el cosmos de su hermano, Narciso de Venus. Mientras se perdía entre las estepas, la pequeña tarareaba feliz, como si no estuviera realmente en medio de una de las guerras más sanguinarias que Asgard viera desde la era mitológica.

Galatea: Lalala lala lalalala...

Cascada Congelada, Asgard Septentrional

Alejados de los arduos combates de la Asgard Meridional, dos caballeros astrales, Deimos y Fobos, observaban con opuesta expresión a varios lobos salvajes rodeando a uno de los extranjeros de amarillenta armadura enfrentarse a un valiente asgardiano de aspecto firme, pero visiblemente agotado.

La severa mirada de Deimos observaba escéptica como su malicioso hermano dejaba fluir el aura purpúrea que emanaba de su negro cosmos sobre aquella cascada, bajando por esta cual líquido. Los guerreros de Apolo se encontraban en una alta posición, flotando por encima de la superficie.

Deimos: Hermano, nuestro objetivo es Hilda de Polaris, no podemos permitir su existencia a costa de tu diversión. - comentó con aquel timbre frío de voz que le caracterizaba -

Fobos: Como siempre me canso de decir, hermano, estropeas la diversión. ¿Acaso no te has dado cuenta de lo que no he olvidado nuestra misión desde que pisé estas tierras? - dijo el caballero de las Emociones, como si la respuesta fuera tan clara como el agua -

Deimos: No hay tiempo que perder en adivinanzas absurdas. - respondió con sequedad el guerrero del Fuego -

Fobos: Simplemente he cogido unas semillas, y ahora las siembro.

El tono ciertamente sádico con el que su hermano hablaba, no pasó desapercibido para Deimos, quien ya sospechaba que aquella pequeña batalla entre centauro y asgardiano que ahora se veía amenazada por un grupo de hambrientos lobos, no era una mera casualidad.

Deimos: ¿Acaso juegas al botánico de nuevo? - preguntó secamente -

Fobos: Es fácil cosechar un miedo general de las almas de soldados en una guerra. ¡Pero es divertido sembrarlo! - exclamó con entusiasmo el dios del Miedo, antes de dejar descansar su mentón sobre la mano derecha, observando cuál científico como el asgardiano empezaba a perder terreno frente al centauro -

Deimos: Recuerda que en esta ocasión. Tenemos un fin, Fobos, un fin...

Fobos: Un fin que justificará todos nuestros medios. - - comentó el sonriente dios sin siquiera mirar a su hermano, toda su atención estaba en los lobos y el asgardiano en el suelo, aún tratando de derrotar a su enemigo - Je. Después de todo, nunca me ha importado justificar mi diversión.

Deimos: Tus rodeos roban nuestro tiempo hermano. Esta misión es más importante que tus juegos de botánico.

La constante sonrisa irónica de Fobos dejó entrever sus blancos dientes, estaba claro que para su hermano lo que estaba por ocurrir era suficiente como para que aquel estratega que era su hermana perdiera su incomparable paciencia.

Fobos: ¿Qué hacen las princesas cuando su bienamado y sufrido pueblo se hunde en las atroces escenas de una matanza? - preguntó con un tono tan sarcástico y cínico como su mismo ser -

Deimos: Huir como cobardes...

Fobos: Sí... A veces hasta los humanos más insignificantes tienen... Atisbos de cordura. ¡Ja! Pero hermano... En el fondo, es princesa es sólo una esclava de sus sentimientos, como todos los seres humanos.

Deimos: ¿Qué tratas de decir? - preguntó el hermano del siniestro Caballero de las Emociones, con sequedad y molestia -

Fobos: Cuando las Semillas de Terror que he sembrado germinen, todo Asgard podrá ver como cae su amado país ante los Ejércitos de Apolo. La Princesa de Polaris dejará de ser una molestia cuando decida proteger a su pueblo de su diabólico invasor.

Deimos: ¿Piensas poner en riesgo nuestra misión con meras ilusiones? - preguntó el oscuro, mientras su silueta se encendía en llamas hasta desaparecer, lenta pero sonoramente -

Tras su cínico comentario, Fobos se permitió sonreír nuevamente, como si siquiera se hubiera percatado de que su hermano se había ido. De repente, al tiempo que un victorioso centauro era asaltado por toda la manda de lobos, desgarrando su piel con rabia asesina, el dios del Miedo se puso en pie, y mientras desaparecía fundiéndose en su aura purpúrea murmuró unas palabras.

Fobos: No son sólo ilusiones...

Palacio Valhala, Asgard Septentrional

Bajo la dolida mirada de la estatua del Dios Odín, Narciso de Venus, y el Venerable Dolbar, cruzaban sus miradas. Varias heridas leves cruzaban diversas partes de sus cuerpos, pero ninguno flaqueaba, los rostros de ambos guerreros mostraban una malicia y ambición similares, pero al mismo tiempo incompatibles.

Narciso: Lamento los destrozos en el palacio. - se disculpó con aparente cortesía, articulando su mano compulsivamente - Hacía demasiado tiempo que no probaba mi Etowashi. ¡Ah! Es lamentable que tan bella arquitectura se haya convertido en escombros.

Dolbar simplemente sonrió. La Mano de Dios, así llamó aquel guerrero a su propio brazo, brazo que había desatado un terror muy superior al cosmos de cualquier ser humano.

Narciso: Vuestra ambición es como un olor pestilente que ahoga todo el Valhala. Creedme cuando os digo que conozco los pecados del Hombre, no podéis engañarme.

Dolbar rió con sorna y se lanzó en contra de su adversario desenfundado su vistosa espada. El Sumo Pontífice de Asgard quiso con su acometida decapitar a su enemigo, pero este pudo bloquear el ataque usando su brazo izquierdo como si fuera un sable, una espada de luz pura.

Dolbar: No necesito de la ayuda de perros sarnosos que traicionan a sus amos para lograr mis fines. - respondió despectivo, aunque al mismo tiempo sin mostrar verdadera molestia -

Haciendo acopio de su velocidad y reflejos, el sacerdote esquivó el letal látigo de luz de su enemigo. Aprovechando su aventajada posición acometió rápidamente contra Narciso pero este repitió su misma estrategia con un salto. Los bloques de piedra que se alzaron por el impacto del ataque de Dolbar fueron su único escudo ante una fina lluvia de haces cósmicos.

Narciso: ¿Traición? Veo con pesar que me encuentro ante la viva muestra de la estupidez. - dijo con sorna el astral mientras veía a su rival arquear su espalda sangrante - ¿Llamáis a nuestra misión una simple traición? ¿Tenéis idea de lo que está por venir... Sumo Sacerdote de Asgard?

Como respuesta a su pregunta el caballero de Venus recibió de lleno la espada de Dolbar. Con siniestra y sádica sonrisa Narciso paró el ataque con una sola mano, sin darse cuenta de la verdadera estrategia del enemigo. La espada parada en el aire por gracia del guerrero de Apolo empezó a brillar con una imponente luz rojiza que pronto se torno verdosa, extendiendo espinos en derredor del sorprendido Narciso hasta paralizarlo por completo.

Dolbar: Eres tú, presuntuoso muchacho, el que subestima lo que estoy apunto de lograr. Cuando la Princesa Hilda encuentre lo que por milenios ha permanecido oculto en estas estepas, este país se levantará más poderoso que el mismo Olimpo. El Santuario dejará de patrullar el mundo y tendrá que hacer una reverencia ante la gloria de Asgard.

A cada palabra que decía, doblar ascendía un camino formado por aquella extraña naturaleza que emanaba de la espada. Narciso se mantuvo expectante, asombrado.

Narciso: Pensaba que sólo la Comandante era capaz de algo así. ¡Je! Es hermoso como cada día aprende a sorprenderte. - comentó del de la armadura celestial, como si realmente su vida no estuviera en manos de su enemigo -

Dolbar: La intervención de ese dios extranjero fue muy afortunada. Dejaré que crea mi servidumbre y la de mis guerreros un poco más... Sí, será divertido deleitarme con la burlesca presunción de un dios griego.

Narciso sonrió, en su interior estaba bastante interesado en las palabras de aquel sacerdote. Aunque no estaba dispuesto a perdonarle la vida, la rapidez con que lo haría dependería de sus palabras.

Dolbar: Santos infelices. Si esas ratas de alcantarilla no hubieran interferido aún tendría de mi lado a los Dioses Guerreros... ¡Supongo que todo sigue los movimientos de la batuta de las Normas !

Narciso: "Vaya, vaya, vaya. Este resucitado guarda más secretos de lo que pensaba..." - pensaba el bello ser mientras se relamía los labios, consumiendo la sangre que cubría un pequeño corte - "... Lástima, habría sido un interesante aliado pero... Supongo que mi a mi hermano no le importará..."

Ignorante de los perversos pensamientos del cruel astral, Dolbar ascendió en el aire hasta estar frente a su adversario, supuestamente atrapado por una serie de espinos.

Dolbar: Yo soy... - una extraña pausa hizo que Narciso carraspeara. La a menudo ambiciosa mirada del sacerdote se desvió a sus espaldas. Pronto continuó - Dolbar Breidablik de Heimdal. Soy más que un hombre, soy el Representante de Odín en la Tierra. ¿Sabes cual fue la razón de mi elección?

Narciso: ¿Buenos contactos? - preguntó el astral, aparentemente divertido -

Dolbar: ¿No pierdes el sentido del humor? - preguntó. Su inquisidora mirada ya chocaba con el azul cielo de los ojos de aquel cruel asesino. Ambos poseían la misma oscuridad en su alma, la cuestión era, cual es más densa - Supongo que es normal. Los caballeros astrales eran famosos por poseer la... Bendición... cada uno de una de las musas. ¿Qué musa inspiraba tus masacres, Narciso, la de la comedia, cierto?

Narciso: ¡Divertida deidad sin duda! - exclamó con ojos brillantes el astral, que nunca dejaba de ser rodeado por aquella aura de perpetua maldad - Tenía un gran sentido del humor pero... - bajó su mirada un momento, para luego sonreír como nunca - No lo mantuvo mientras... - el ver como el astral relamía nuevamente sus labios de forma sádica, Dolbar no puedo sino imaginar las palabras que el astral delegó al silencio -

Dolbar: Je, je, je. ¿Crees acaso poder impresionarme con ese absurdo sadismo? No eres más que un traidor. - afirmó con desprecio, como proclamándose superior al bello guerrero -

Narciso: ¿Seguís insistiendo? ¿No es acaso Vuestra Merced un traidor a sus dioses?

Dolbar: ¿Traidor? ¡Ja, ja ,ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja...! - la frenética risa del sacerdote no se paró mientras este arrancaba su espada de la hiedra que mantenía atrapado al astral. Sin miramientos ni enfado el Representante de Odín cortó ligeramente la mejilla del amanerado. El corte dejó fluir sangre que pronto desapareció tras el paso de la serpentina lengua de Narciso. - ¡... Ja, ja, ja, ja, ja...! Nunca he traicionado a nadie. Tan solo he venido a demostrar al Padre, que este país merece un destino superior al que le ha reservado con su debilidad. ¡Asgard guiará de ahora en adelante las riendas de los Hombres! - aseguró eufórico con los brazos en cruz, como si estuviera palpando aquel sueño que vociferaba ante su divertido oponente -

Narciso: ¡Cuán romántico es el deseo de tan humilde gobernante! - vociferó el amanerado con cínica poesía - ¿Mas no es verdad que sólo intentáis negar con ese sueño vuestra mera, humana, y dominante ambición?

Dolbar: ¿Últimas palabras? - respondió el sacerdote. En sus manos se vislumbraba su cosmos rojizo apunto de desatarse -

Narciso: Lamento sinceramente... Vuestra estupidez.

No tuvo un segundo de ventaja, siquiera hubiese podido decir una sola palabra si hubiese querido, la Mano de Dios estallo en una explosión de rayos de luz que atravesaron con brutalidad el cuerpo del sacerdote.

Estepas de Asgard Septentrional

En medio de la blanca nieve, maquillada del siniestro color de la sangre, dos demonios carentes de escrúpulos se enfrentaban. El rubio guerrero de demoníacos ojos no se amedrentaba ante el infante pero letal Agrio. Los golpes de Beowulf eran más propios de una bestia salvaje que de un ser humano, pero el centauro era capaz de sobrevivir a tal brutalidad gracias a unos poderes mentales que se hacían notar.

Mientras los dos, sin duda, más poderosos guerreros de aquella zona, combatían, el trío conformado por Loki, Rung y Ull, gruñía con furia ya que la fuerza bruta de Euritión, combinada con la resistencia del escudo del habilidoso Sobiesky, eran capaces de mantener a raya a los tres.

Ull: ¿¡Crees que ese escudo puede protegerse de esta espada!? - exclamó furioso el guerrero divino, blandiendo su Espada de Fuego -

Sobiesky: Compruébalo blasfemo. Lanza tu mejor golpe.

Ull: Como desees, extranjero. - respondió el asgardiano a la provocación de su enemigo con una sonrisa de oreja a oreja -

Sobiesky sonrió confiado, su arrogancia le hacía ver a sus enemigos no como rivales, no, siquiera sentía el menor respeto hacia ellos, para él, eran seres inferiores, débiles escorias que necesitaban la directriz de su Dios y de la legión.

Sobiesky: "Sólo son basura, escoria. Ratas que rehuyen la luz, y por ello deben ser..." - pensaba, antes de lanzar un estremecedor grito de guerra - ¡ANIQUILADOS!

Gracias a su protección, con el escudo del Ejército de Santos bañado en plata celestial, Sobiesky puedo parar el mandoble del confiado Ull. Una sonrisa de triunfo se dibujó en el rostro del centauro, pero pronto se transformó en sorpresa e ira al saber la estrategia de su contrincante.

El capitán de la tropa de centauros, viendo a sus dos subordinados asediados, no pudo más que rugir y prepararse para la embestida de Rung y Loki. Con una habilidad y destreza sorprendentes para su tamaño, Euritión pudo derribar a ambos golpeando primero al gigante en las rodillas y al líder de los guerreros divinos de dándole un brutal manotazo.

Euritión: ¿Pensabais que sería tan fácil? ¡Sobiesky! ¡Líbrese de ese insecto! Aquí hay más escoria que desinfectar... - decía el arrogante con prepotencia -

Sobiesky: ¡Mi capitán! ¡Argh! Estos... Malditos bárbaros... ¡No puedo librarme de este infeliz!

Ull: ¡Ja, ja, ja! ¿Qué pasa extranjero? ¿Acaso has descubierto que tu patético escudo no te protegerá de la Espada de Fuego?

Las provocaciones del joven Ull hicieron mella en el orgullo del hombre de confianza de Euritión, provocando que respondiera ya no solo defendiéndose sino atacando. El capitán del escuadrón, debido a la rabia, no pudo detener los Martillos de Thor de Rung hasta que fue demasiado tarde.

Euritión: ¡Argh! ¿¡Qué... Qué es ESTO!? - exclamó el imponente centauro mientras trataba de arrancar aquellas brutales armas electrizantes -

Rung: ¿Qué se siente al probar los legendarios Martillos de Thor, extranjero? Imagino que no puedes moverte siquiera... ¡Ja, ja, ja, ja! - se reía con saña el imponente asgardiano, para impotencia de su no menos gigantesco rival - Loki... Creo que te cederé el honor.

Loki: Y te lo agradezco... - dijo el líder de los guerreros divinos con una sonrisa cómplice - La Tempestad de Odín acabará con tan insoportable hedor.

El ataque fue rápido y feroz, y aunque el líder asgardiano saboreaba cada momento, no estaba dispuesto a perder el tiempo con lo que para él era un mero insecto. Por su parte Euritión no cerró los ojos en ningún momento, si iba a acudir a la cita que todo ser vivo lleva esperando durante su existencia, quería conocer a su última acompañante en todo su esplendor... Craso error.

El alma del capitán de aquella brigada de centauros se congeló ante una aterradora visión: su subordinado, Sobiesky, se había interpuesto, recibiendo de lleno toda la potencia de la feroz Tempestad de Odín. El cuerpo del centauro de rojos cabellos estaba destrozado, su armadura antes brillante como un astro ahora estaba completamente negra debido a las innumerables grietas, y un profundo corte circular atravesaba su brazo y su abdomen, la preciada protección del lugarteniente de Euritión había sido despedazada por la Espada de Fuego de Ull segundos antes de que se pusiera en medio del ataque de Loki.

Sobiesky: Así que... Esta es... La famosa... Tempestad de Odín... No es para tanto... Je, je, je... - Euritión, aún paralizado, no daba crédito a sus ojos. Pese a su crudeza para con el enemigo, sentía un afecto paternal por cada uno de sus hombres, pero sobretodo por Sobiesky, un huérfano de guerra - ¿No... Lo cree.. Capitán?

El gigantesco capitán era incapaz de hablar, de dar unas palabras de aliento a aquel que había sido casi un hijo, la abundante sangre que emanaba de cada herida del pelirrojo indicaba que aquel centauro estaba a punto de morir, pero aún así no desfallecía, mantenía su posición, hasta el final.

Incluso los inescrupulosos guerreros Loki, Rung y Ull, quedaron ciertamente estupefactos, el arroje y lealtad que había demostrado su enemigo por su capitán, era algo que los asgardianos sabían reconocer, eran aquellos valores que un día rigieron Asgard.

Beowulf, quien había mantenido una equilibrada batalla contra el misterioso infante Agrio, paró en seco su batalla, no por el sacrificio de Sobiesky, sino porque su adversario también había parado.

Agrio: Huelo... Sangre... Se acerca... El Demonio.

El rubio guerrero divino miró con recelo al infante y se mantuvo alerta, no estaba dispuesto a que ningún contratiempo impidiera que realizara su misión, la misión que su Pontífice le había otorgado personalmente.

Ull: ¡Impresionante! Has demostrado lealtad y coraje al interponerte a la Tempestad de Odín sabiendo que tu indestructible escudo había sido destruido. Eso es algo que las Valkirias sabrán apreciar... Quizá incluso mi Señor Odín permita que entres al Valhala. - las palabras del joven y diestro espadachín no eran de burla, sin de respeto - Cómo recompensa a tu coraje dejaré qué...

Una atronadora explosión impidió a Ull, quien caminaba hacia Sobiesky mientras hablaba, terminase. La destrucción arrasó tanto con Sobiesky como con el espadachín, aquel infierno esmeraldino heló la sangre asgardiana de Loki y Rung, e incluso el frío y distante Beowulf sintió por primera vez el miedo. La sorpresa de todos no pudo ser mayor al dar cuenta de quien había desatado tal matanza.

- ¡Divertido! ¡El juego de las luces! ¡El juego de las luces! ¡Verde, rojo, negro! - exclamó una voz infantil, que no era otra que la de Galatea -

Estepas de Asgard Meridional

Con dificultad, el sangrante Atlas se levantó, herido en orgullo. Sus compañeros Belenger y Jao no estaban menos avergonzados de su mediocre actuación frente a una mocosa, pero para Atlas aquello era más que una derrota, era el fracaso, algo inconcebible para un caballero de la Corona de su nivel.

Electra: Siento varias cosmo-energías en la zona, parece que los asgardianos son incapaces de frenar a la Legión de Santos. - apuntó la hermana de Orestes -

Jao: Sería conveniente parar a esos animales... Incluso la escoria puede convertirse en problema si va en manada. - comentó el pelirrojo con sabiduría -

Electra: No será necesario acabar sistemáticamente con todas esas serpientes, basta con que eliminemos a sus cabezas. Los capitanes y el Cardenal deben ser nuestro objetivo. - dijo la morena estratega, al tiempo que sus castaños cabellos ondulados se libraban del hielo por medio de un caluroso cosmos -

Belenger: Cierto. Después de todo nunca fue misión nuestra la de acabar con los caballeros astrales, esa tarea le corresponde a Corona Austral.

Los Santos de la Corona voltearon a Atlas,, quien veía con orgullo herido sus puños cerrados. Su oscura mirada era mensajera de el destino que les esperaba a cada centauro que se interpusiera en su camino. Antes de seguir el camino de sus compañeros, miró el horizonte y dejó escapar algunas palabras.

Atlas: ¿Adónde has ido... Asgardiano? - murmuró con recelo, sabedor de que el tigre de filosos colmillos no dejaría escapar su presa tan fácilmente -

Monte Etna, Isla de Sicilia

Para el poderoso santo de bronce, Ikki de Fénix, aquel infierno ígneo en que se había convertido el Santuario de Hefesto, indicaba su victoria, pero para el dios de la Forja aquello que pasaba era sólo algo rutinario, necesario-

Los acostumbrados al fuego ojos del Ave Inmortal pudieron, con dificultad, distinguir una silueta de magma puro entre el mar de lava que ahogaba ya toda la estructura. Sin duda la forma de aquella figura era la del hijo de Zeus, en cuya palma estaba una estatuilla que le recordó a la forma de la armadura de Atenea antes de que la cubriera.

Ikki: Creo que es mejor que me vaya. - supuso el Fénix,, dando la vuelta como dando por hecho su triunfo -

- ¿Acaso no vas a cobrar tu premio Fénix? - preguntó la silueta flameante, con la misma voz de la deidad de la Forja auque más imponente -

El Ave Inmortal miró por encima del hombro la caja de la armadura de Ofiuco, la famosa arma que supuestamente le haría triunfar sobre los dioses. Un suspiro de desinterés dejó claro que el Fénix ya no estaba interesado en la armadura de Serpentario.

Ikki: ¿Acaso no está este volcán a punto de erupcionar? Tengo mejores cosas que hacer, por mí esa armadura puede hundirse en los infiernos.

Hefestos: ¿Y cómo piensas enfrentar al Olimpo, Fénix? - preguntó el orfebre con suspicacia -

Ikki: Pienso que... La Guerra entre el Cielo y la Tierra no es un hecho aún. Sólo venganzas personales han edificado un conflicto inexistente, mi única misión es la de proteger la Tierra de las ambiciones de Apolo... Y para eso me basto yo solo.

Incluso en aquel rostro de pura lava y fuego, podía distinguirse una ligera sonrisa ante la ida inmediata del Fénix. El dios estaba satisfecho pues, Ikki había cumplido todas sus expectativas.

Hefesto: Es una lástima que ese cuerpo artificial haya durado tan poco... Habría sido interesante ver hasta que punto podría ese humano elevar su cosmos. Los hombres, que no poseen el Noveno Sentido inscrito en sus almas, son capaces de enfrentarnos con su inigualable voluntad. - reflexionaba el orfebre ante la mirada indiscreta de una mujer caballero - ¿No es así, Kamei Piscis?

Mirando de reojo, Hefesto pudo ver a la observadora de su combate. Se trataba de una mujer caballero sin duda alguna, una fría máscara dorada impedía ver su rostro pero si podía saberse de su tez morena por su cuello y partes de sus extremidades que no estaban cubiertas. Dos bellas alas nacían en su espalda y su armadura dorada poseía una majestuosidad comparable, o incluso superior a la de la armadura del Fénix. El cabello de la santa, del color del agua, estaba recogido en una cola de caballo de mediano tamaño con flequillo decorando parte de la máscara.

- Han sido necesarios siglos para que el Santuario recupere lo que por derecho le pertenece, y no será un santo de bronce lo que nos impida apoderarnos de la armadura de Ofiuco.

Con rapidez inusitada, la mujer se colocó al lado de la caja de la armadura, en medio de agujero formado por la lava que fluía hacia las entrañas de la Tierra. Para su sorpresa, el dios no había movido un dedo para detenerla.

- Ahora el Gran Maestro tendrá al fin su armadura. El momento de la Orden de los Caballeros de la Espada de Damocles ha llegado, después de 2000 años. - se dijo a si misma la guerrera de los Peces, antes de ver como toda su aura era rechazada por la Caja de Pandora por medio de una energía electrizante de gran intensidad -

Hefesto: Deberías haberte dado cuenta, Fénix logró superar la prueba y es el único capaz de utilizar la armadura de Ofiuco. - apuntó el orfebre con una sonrisa - ¿Qué hará ahora vuestro Gran Maestro?

La santa de Piscis no respondió, simplemente volvió a posar sus manos sobre la Caja de Pandora que guardaba el Ropaje Sagrado más poderoso de la Tierra. Con una resistencia y determinación dignas de mención, la mujer caballero trató de conseguir aquello que había venido a buscar, pero Ofiuco simplemente la rechazó con una energía eléctrica muchísimo más intensa que su propio cosmos, empujándola contra una columna.

Hefesto, quien veía divertido como aquella guerrera se levantaba nuevamente, chasqueó los dedos y la caja de la armadura dorada se hundió en el mar de lava que consumía su Santuario.

Hefesto: Sólo la santo más fiel a Atenea puede ser digno del Oro Impío, y es precisamente ese santo el que jamás lo usaría. ¿No te parece una estrategia interesante, digna de la Diosa de la Sabiduría?

Recuperando la compostura, Piscis se acercó con paso firme pero tranquilo hacia el dios de la forja, cuyo cuerpo era ahora una figura de magma y llamas. El orfebre quedó sorprendido, incluso bajo aquella máscara dorada podía sentir la absoluta determinación de la guerrera.

Hefesto: ¿Quién eres? ¿Quién es el Gran Maestro? - preguntó el dios del fuego, tratando de ocultar su interés. La guerrera se le fue acercando hasta quedar lo suficientemente cerca como para hacer cualquier cosa -

- ¿Yo? He tenido muchos nombres a lo largo de la Historia. Y el Gran Maestro... Él es... El Gran Maestro.

Sin decir una palabra más, Piscis se convirtió de pronto en una tormenta de arena, escapando de aquel infierno en que se había convertido la Forja de Hefesto. El dios, por su parte, se acarició la barbilla con intriga, antes de desaparecer en un parpadeo.

Estepas de Asgard Septentrional

Ull: ... Esperaba... No morir tan pronto... Esta vez... - decía un sangrante pero sonriente Ull, recostado sobre la cálida nieve de su tierra - Decidme... ¿Acaso es nuestro destino morir sin haber lavado... Nuestro honor?

Ni el gigantesco Rung ni el frío y calculador Loki supieron que contestar a su convaleciente compañero, que sujetaba aun con fuerza su espada.

Ull: Todo... Debemos estar dispuestos a sacrificarlo todo... Por el sueño de nuestro Maestro Dolbar.

Con determinación Loki asintió, mas pronto paró en seco al darse cuenta de lo que su subordinado pensaba hacer. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el mejor espadachín de toda Asgard no sólo se levantó sino que se abalanzó contra aquella niña demonio, la cual palideció al ver el filo del arma sagrada de Ull.

Galatea: ¡No, no, no, no! ¡Espadas no! ¡NO! ¡BOOM, BOOM...!

Asustada, la niña lanzó ataques explosivos por toda la zona arrasándola, y explotando en el aire al valiente guerrero. Por los cuerpos de los guerreros divinos pasó el más frío de los terrores, al tiempo que la guerrera Mercurio volteaba hacia el impresionado Euritión.

Galatea: ¡Me querían cortar! - exclamó la infante, sorprendentemente llorosa - No me gustan las espadas... ¡No, no! Son malos conmigo. ¡Castígalos! - exigió en berrinche - ¡Castiga, castiga, castiga!

Euritión era incapaz de hablar, en su interior se enfrentaban un odio inmenso por la asesina del que fuera como su hijo, y a su vez o terror que nunca, siquiera en presencia del Cardenal Efialtes, había sentido.

Galatea: ¡Pobre gigantón! ¿Te hicieron pupa también? - preguntó con aquella diabólica inocencia - ¡Galatea te curará!

Antes de que el capitán pudiera decir nada, Galatea hizo estallar los dos bumerang que llevaba clavados en sus hombros, y que le habían impedido proteger a su subordinado de la Tempestad de Odín. El centauro dejó escapar un aullido de dolor al tiempo que, carne y metal eran destrozados por las dos explosiones esmeraldinas, la guerrera Mercurio sonrió orgullosa.

Galatea: ¡Ya te puedes mover! ¡Ahora a castigarlos, castigarlos! - exclamaba divertida -

Euritión: ¡Argh! ¿Por qué... por qué Sobiesky... Por qué atacas a tus... aliados? - preguntaba el gigante, cuyo rostro era viva muestra del dolor que sentía -

Galatea: Yo sólo quería jugar... ¿No queréis jugar conmigo?

La pregunta heló a cada uno de los allí presentes, centauros y asgardianos, todos temían al demonio de sangre que previamente Agrio había anunciado-

Agrio: El olor... De la sangre.

Partenón de los Reyes, Cima del Monte Olimpo

El Partenón, llamado así en conmemoración de la primera hija de Zeus, Atenea . El palacio desde el cual sus majestades, Zeus y Hera, gobernaron durante decenas de milenios el Cosmos, hacía tiempo que había perdido la gracia de su Señor, pues hacía 2000 años, Zeus abandonó el Olimpo, al tiempo que ordenaba el reposo indefinido de los Cielos y los Dioses, con el fin de reparar todo el daño que habían causado a la Tierra durante la Gran Guerra.

Dos estatuas de perfecto mármol y adosadas a dos gigantescas columnas eran la entrada a un extenso jardín de flores multicolor. Las estatuas representaban a dos miembros de suma importancia en el Séquito de Zeus: El sabio y ahora exiliado Palas, y su esposa, la Lealtad personificada, Estigia.

En medio de aquel jardín, en el suelo cristalino que lo dividía en forma de pasillo, se encontraba Heracles, cuya cabellera castaño oscuro, salvaje y ondulada, le daba el aspecto de un verdadero león. Su Kamei, dorada con detalles platinos que formaban símbolos relacionados con el hombre y el descubrimiento del fuego, poseía dos alas con una forma similar a aquel elemento que tanto sufrimiento le costó al titán Prometeo.

Lentamente, volteó el más grande héroe de la Tierra, aquel grandioso campeón engendrado por un dios y una mortal, que de tantos peligros salvó a la Humanidad y que, en recompensa, había recibido la divinidad. El hijo de Zeus abrió sus dos ojos, incluyendo el atravesado por un grueso corte, sorprendido de ver tras 2000 años a alguien a quien consideraba muerto.

La diosa Deméter, siempre en solemne calma, esperó al lado de la estatua de Estigia, había previsto que tarde o temprano aquellos dos hijos de su hermano se verían las caras, y que el enfrentamiento era inevitable.

Por su parte, el dios exiliado de armadura rojiza y oscura capa había revelado al fin su cara. Con elegancia y sin ninguna prisa se quitó el ostentoso casco dejando ver un rostro comparable al de un césar, mas no mostraba la decadencia de Nerón, Calígula y Claudio, sino la grandeza del mismísimo Julio César y de Augusto. Su rostro era moreno, tranquilo, con un pelo oscuro y corto, peinado al estilo de los Emperadores Romanos.

La mirada del dios, de intenso rojo fuego, analizó rápidamente a Heracles, quien le respondió de la misma forma. Una sonrisa se formó en ambos rostros al tiempo que la capa oscura de Ares se desprendía de su portador, dejando ver un peto dorado con la imagen tallada a la perfección de un jabalí atravesado por una lanza. El peto, de distinto estilo y material que el resto de la Kamei, estaba cubierto por cadenas que aún permanecían cubiertas de carne y sangre humana. Inmediatamente sacó el dios dos gruesos sables de aterrador tamaño y se preparó para el inevitable enfrentamiento.

Heracles: 2000 años han pasado, hermano. Esperaba que el Cosmos hubiese tenido la gracia divina de haberse librado de tu enfermiza existencia. - saludó el campeón de los Hombres con una sonrisa de oreja a oreja, como si lo que estuviera a punto de hacer fuera no más que un manera de saludar a su hermano -

- ¡Ah, hermano! Te dije que pronto nos volveríamos a haber, y que esa pequeña y que podrías abrir tus dos ojos para verlo. - dijo el dios de ostentosa armadura al tiempo que tiraba al suelo su casco, que dejó un profundo hueco -

Heracles: Supongo que esto siempre fue inevitable. ¿Estás preparado? - preguntó el hijo de Zeus, sereno pese a sentir la gran cosmo-energía de su hermano -

- No esto hermano. Todo lo que ocurre desde que existe la existencia, es inevitable, es el Destino. - redundó el dios mientras articulaba el cuello, como tensando músculos -

No podían haber alcanzado mayor velocidad, no podían haber empezado antes su enfrentamiento, no podían haber elevado más sus cosmos, y sin embargo, la llegada inesperada de una diosa montada en un pegaso negro impidió el ansiado enfrentamiento, para disgusto de ambas partes.

- ¿¡Tú!? ¿No escuchaste la orden, ninfa? - preguntó con rostro fruncido el dios, al tiempo que Heracles abría grandemente sus ojos y la recién llegada bajaba del pegaso, nerviosa. El intento del pegaso por seguir los pasos de su nueva jinete fue detenido por la mirada inquisidora de su dueño.

Mientras la diosa de túnicas blancas y castaños cabellos se acercaba a una sorprendida Deméter, Heracles y su hermano negaron con la cabeza el seguir con el enfrentamiento.

- Se ha perdido la magia... - murmuró el dios encogido de hombros - Todo por culpa de esa ninfa. - comentó con hastío -

Heracles: ¿Ninfa? - preguntó con extrañeza el de cabellera de león - Ares... ¿Acaso no sabes que ella es...?

Deméter: ¡Perséfone! ¿Qué se supone que haces aquí? - preguntó la sorprendentemente sorprendida crónida -

Perséfone: ¡Madre! ¡Una fuerza maléfica se acerca al Partenón! - avisó con cierto temor la diosa de cabellos castaños -

Ares: ¿Madre? - se preguntó confuso y extrañado -

- Es un placer a veros, familia. - saludó la entidad de cosmos oscuro, cuyo aura ya se había extendido por todo el lugar. Perséfone lo miró sin miedo, Heracles con sorpresa y Ares con suma tranquilidad, mas sólo Deméter pudo mencionar su innombrable nombre -

Deméter: Hades.

Palacio del Valhala, Asgard Septentrional

Narciso: Vaya, vaya, vaya. Supongo que los perros que ladran demasiado no muerden. - comentaba el bello regente de Venus, paseando bajo la sombra de la estatua de Odín. El patriarca Dolbar había desaparecido tras el ataque, posiblemente desintegrado, y sólo quedaba el jefe de la guardia Vladimir. - Supongo que deberé barrer todo este mediocre país para encontrar aquello que ese Dolbar mandó que la princesa buscara. Aunque, tampoco importa. ¡Al fin tenemos la base perfecta para comenzar nuestra ansiada guerra! Mi hermano estará satisfecho, el sueño que hemos formado estos 2000 años de cautiverio al fin comienza a cumplirse. ¡La Revolución de...!

- ¡¡¡ESCUDO DE ODÍN!!!

Traicionero, silencioso, mortífero, eso había sido el Sumo Pontífice de Asgard a la hora de atacar. Aprovechándose de la imprudencia de Narciso al creer clara su victoria, Dolbar pudo usar la habilidad legada a cada patriarca de Asgard Meridional. El astral de Venus no había podido siquiera defenderse, y ahora no era más que un prisionero de su otrora rival.

Vladimir: Eso fue deshonroso, Pontífice, sin duda digno de vos. - comentó el jefe de la guardia, quien había venido dispuesto a enfrentar a Narciso aún a costa de su vida, siendo testigo de la treta del representante de Odín en la Tierra. Mas no observador de las verdaderas intenciones ocultas en el misterioso sacerdote -

Dolbar: No pienses que lo hice por cobardía, Vladimir. Sencillamente hay enemigos más mortales de los que ocuparnos y no hay que perder el tiempo. - aseguró el sacerdote con malicia - Supongo que como Capitán de la Guardia Real podrás levantar una defensa en la zona que impida que las huestes de Apolo se adentren más en nuestro país...

Vladimir: Suponéis bien... ¿Mas por qué debería ir en contra de la decisión de la princesa de Polaris? - preguntó con recelo e ira, apuntando al sacerdote con su lanza y con un valor inusitado. El Sumo Pontífice de Asgard miró por encima del hombro, como si escuchara la voz de alguien, pero pronto miró Vladimir a la cara -

Dolbar: ¿No te has dado cuenta que nuestro pueblo ha sufrido la indecisión de la princesa de no atacar primero? - el ver como Vladimir acercaba más su lanza a su cuello, a sabiendas de que no tenía nada que hacer si lo enfrentaba, eran más que suficiente indicativo de que el guerrero no pondría jamás en duda la directriz de Hilda - No te pido que inicies un ataque, sino que levantes una defensa. Hazlo o toda Asgard sufrirá las consecuencias.

Vladimir: Nunca confiaría en vos, pero supongo que mi deber es proteger a Asgard. ¡Mas os aseguro que vuestros actos no quedarán impunes! - exclamó antes de voltear y correr hacia la salida del palacio -

Dolbar: ¡¡VLADIMIR!! - exclamó el sacerdote, parando en seco al capitán de la guardia - Procura que tus mejores hombres encuentren a la princesa, y que la protejan con su vida.

El asgardiano se sorprendió de aquella petición, realmente la actitud del sacerdote para con la princesa no eran reflejo de sus actos. Vladimir no se hizo más preguntas y asintió, yendo por fin a iniciar el contraataque de Asgard.

Dolbar: Será mi sueño el que por fin se cumpla... - murmuró el sacerdote, mirando de reojo al prisionero de su ataque, Narciso - No el tuyo, vulgar golpista.

Estepas de Asgard Septentrional

Loki miró a Rung, ambos sabían que no tenían ni la más mínima oportunidad en contra de aquella guerrera, pues el ver de lo que era capaz impedía que la subestimaran por su aspecto. Pese a todo, ambos eran guerreros divinos y compañeros de aquel que había sido victimado por obra de aquel demonio, y estaban dispuestos a hacerle pagar aunque fuera una mínima parte del daño que había causado.

Por su parte, Beowulf, el de corazón frío como su patria y de alma inexistente, permaneció alejado. Agrio no había dado señales de querer continuar su combate y al guerrero divino de Grendel no le interesaba empezarlo, ahora sólo pensaba en observar la batalla desde lejos, debía saber que alcances tenía aquella astral y si su Maestro, Dolbar, podría tener problemas a la hora de enfrentarla.

Galatea: Ahora vamos a jugar. ¿Ya no tiene pupa el...?

La pequeña no puedo acabar la frase pues un bólido de luz azulada la golpeó violentamente, empujándola varios metros. Pronto todos pudieron ver de quien se trataba: Cid de Mizar Zeta, el último Dios Guerrero. De su puño cerrado, aún en el aire, emanaba sangre, como si hubiera golpeado contra el más resistente de los metales.

La pequeña guerrera se levantó, estaba prácticamente a los pies de Rung y Loki quienes no pudieron ni acercarse. Del cosmos de la infante surgía un escudo protector de puro fuego, por primera vez desde su llegada a Asgard, Galatea sangraba, y sentía dolor.

Cid: Un guerrero no debería darle nunca la espalda a su enemigo. - sentenció con frialdad -

Santuario del Sol y la Luna

El palacio de Eolo, último obstáculo en el camino hacia el interior del Santuario del Sol y la Luna, había sido destruido por acción del autonombrado Verdadero Rey de los Mares, mas no por ello la barrera había caído. Con una intensidad sólo probable del cosmos de un dios, el viento que rodeaba el antiguo Sendero de las Doce Casas formó una enorme cúpula que cerraba toda posibilidad de acceso... O eso es lo que se esperaba.

Entre las ruinas del palacio, un misterioso ser, ataviado con un traje blanco con bordes dorados cuya parte inferior se movía al son del viento, miraba sonriente el supuestamente impenetrable escudo. Su cabello era de un tono rubio platino, largo pero completamente recogido en una extensa trenza que atravesaba su espalda pro la mitad. Sin el menor esfuerzo, aquel ser de blanco entró en el interior del Santuario del Sol y la Luna, dejando tras de sí chispas de pura energía.

Notas de Autor:

Es difícil decir si alguno de los tantísimos hijos de Zeus fue el primogénito. Sin embargo, se sabe que Metis fue esposa de Zeus antes que Hera, por lo que podría suponerse (aunque no con el 100 de seguridad) que su primera hija fue Atenea, pese a que su nacimiento sería más tardío.

Como ya mencioné, en estos capítulos Juicio Divino empieza a acercarse a su verdadero rumbo. Viejas ambiciones han quedado descubiertas y una guerra sangrienta sigue mientras se prepara la siguiente. He de suponer que todo el mundo supone (valga la redundancia) quien es Perséfone, y que significa el que ni Ares la conozca y que esté Hades presente. Sin mucho que decir, esperad la próxima tanda de tres capítulos, quizás nos hagan saber quien es ese misterioso personaje de cabello platinado.. Críticas, dudas y comentarios a: lordomegawanadoo.es