Capítulo 26

"¡Deus Ex Machina! Una ayuda inesperada"

15 de Marzo del 45 a.C

Cumbre del Santuario de Atenea

La noche había acaecido en el Santuario de Atenea, fortaleza de la milenaria Orden de los 88 Santos edificada sobre los alrededores de los Riscos de la Locura, antaño prueba final de Patriarcas y Santos de Oro. Una noticia, en parte trágica, había anunciado al fin la derrota final del legado de Ares, que había permanecido aún 1000 años luego de su derrota en la Cumbre del Delirio por obra de su opuesta hermana, Atenea.

Una mujer, de bellos cabellos rojos como el fuego, miraba con orgullo el Santuario. Con el tiempo, aquella fortaleza para enfrentar a las huestes de Ares y a su Oscuro Maestro se había convertido en algo más, se había convertido en su hogar.

Unos pasos resonaron y la reencarnación de la Protectora de la Tierra no pudo más que sonreír. Un joven de pelo castaño y ojos llenos de determinación respondió a la sonrisa de la diosa momentos antes de abrazarla efusivamente, acto que por un momento dejó perplejo al Santo de Plata de Altar, que en aquellos momentos ejercía de Patriarca en funciones.

- Se acabó... ¡Se acabó¡¡Hades ha caído¡¡¡Se acabó la Guerra! - exclamó eufórico el recién llegado, que no era otro sino Kryon de Pegaso -

Sin pensar siquiera en cuantos estuvieran alrededor de la diosa, sin tener en cuenta diferencia alguna entre dioses y mortales, la que era reencarnación de Atenea en la Tierra y el que hubiera herido al mismísimo Hades se fundieron en un abrazo que precedió, ante la atónita mirada del Santo de Altar, a una manifestación más que clara del sentimiento que los unía.

Varias sombras en derredor de aquellos dos enamorados tomaron la forma de Santos, caballeros de bronce y de plata cuya misión era la de proteger a la diosa en última instancia, sus rostros no podían marcar más felicidad ante la noticia que acababan de oír: El fin de una guerra que ya había durado más de 1000 años.

Cuando los labios de los amantes ya se habían separado, los ojos de lechuza de la Protectora de la Tierra contemplaron con asombro la ostentosa Kamei que recubría al Santo de Bronce, quien sólo pudo sonreír y acariciar con ternura las firmes muñecas de la Diosa de la Guerra, ciertamente marcadas por el sacrificio que hiciera hace poco.

- Cumplisteis vuestra promesa, Santo de Pegaso. - dijo con una voz que se debatía entre la compasión de un samaritano y la firmeza de un emperador - Habéis detenido la Guerra Santa.

- Ya no más Santo de Pegaso Helena , ya no más Santuario... ¡Al fin habrá paz en este mundo¡Al fin podremos...!

- ¿...Estar juntos¡Qué enternecedor! - dijo una voz tan oscura como la noche que empezaba a cernirse, y tan cínica y cruel como la del peor demonio.

Los corazones de todos los presentes se helaron ante la escena que se les presentó tras aquellas palabras: El cuerpo del Santo de Capricornio atravesó los aires hasta chocar contra la fría y mujada superficie, quien se auto-nombrase como el Santo más fiel a Atenea, yacía ahora decapitado, con la armadura intacta, sin el menor rastro de lucha

Helena, avatar de Atenea, volteó a su derecha para ver a su fiel aliada, Niké, siempre invisible a los ojos mortales, quien mostraba el mismo temor que la joven de cabellos de fuego.

Nuevos pasos resonaron en el lugar, mas ya no produjeron sonrisa alguna en el rostro de la diosa del Santuario. Un guerrero, portador de una extraordinaria armadura escarlata con detalles dorados, hizo su aparición. El maltratado corazón del anciano Altar casi morían ante la impresión de volver a ver aquellos ojos violetas, aquella mirada homicida que reflejaba tan bien el alma de aquel demonio. Una mueca se formó en el rostro de Kryon, único ser en los alrededores que no mostraba el más mínimo miedo a aquel ser, a sus hijos era realmente irónico que el ser al que más odiaba poseyera en sus cabellos el mismo tono del fuego que aquella a la que más amaba

Kryon: Se ve que mala hierba nunca muere... ¿A qué has venido alimaña¿Acaso no sabes que tu Amo ha sido vencido? - preguntó burlesco el más valeroso de entre los caballeros.

Por respuesta, el recién llegado acarició con su bisento la superficie, en el filo de su mortal arma se podía sentir el alma de Capricornio, así como se podía oler su sangre aun fresca.

- ¿Sólo un Santo de Oro defendiendo el Santuario¡En verdad me habéis decepcionado, Diosa de la Guerra¿Acaso no aprendisteis nada de vuestro hermano, a quien matasteis a sangre fría hace 1000 años? Después de una guerra.. Siempre viene otra, y otra, y otra más... ¿Aún no sabéis que nunca habrá paz? - Las palabras de aquel guerrero sacado del infierno no guardaban ningún pesar, sino más bien convencimiento y sed de lucha.

Helena: Ese pensamiento debió haber desaparecido hace 1000... ¡Mas ahora vienes aquí, Berserker, a perturbar la paz que el Santo de Pegaso ha cosechado con su propia vida!

Para deleite del demonio de rojos cabellos, la diosa Atenea alzó con gran porte su cosmos dorado, que disipaba las tinieblas con las que él trataba de ahogar aquel Santuario. Una macabra sonrisa se formó en el guerrero al ver a su rival, Kryon, interponerse.

Kryon: Ya no tiene sentido esto. Los Generales han caído, Craso, Pompeyo... ¡Incluso ese bastardo hermano tuyo fue derrotado por Helena! - exclamó el santo con rabia - ¿Por qué no aceptáis los Berserker la amnistía del Santuario¿Por qué atentáis contra la compasión de Helena?

- ¡Por las barbas de Zeus! - exclamó sonriente el guerrero de ostentosa armadura escarlata - Helena, Helena, Helena... ¿Acaso os referís a esa absurda prisión de carne que impide a Atenea librarse de esa absurda fe en la paz¡Marco Antonio alista sus tropas y el Heredero está a salvo¡Aún no ha fracasado el Sueño de Ares!

Kryon¡Malito! - exclamó con ira Pegaso, cuyos impulsos de dar muerte a su rival fueron detenidos por la voluntad de Atenea.

Helena: Berserker, mi condición de Diosa del Olimpo me permite leer tus pensamientos como si de un libro abierto se tratara. Se perfectamente que no has venido hasta este Santuario en condición de Soldado de Ares o de Hades... ¡Cuál es tu objetivo?

Los valerosos corazones de cada uno de los caballeros apostados por todo el lugar ansiaban con fuerza callar las provocaciones de aquel oscuro personaje, pero sus cuerpos no respondían y sus espíritus estaban helados ante la malignidad de su diabólica aura, siquiera el Santo de Altar que había sido adiestrado en los Riscos de la Locura era capaz de soportar aquel tormento. Mas Kryon, cuya armadura divina era muestra fiel del Octavo Sentido, no se amedrentaba.

- Sois inteligente, Diosa de la Sabiduría. - ironizó el guerrero - Tenéis razón, tal vez me haya infectado de vuestra absurda fe, pues es redención lo que busco.

Kryon¿¡Qué tonterías estás diciendo, escoria¿¡REDENCIÓN?

- Vengo en nombre de los Dioses del Olimpo a castigar tu pecado, Pegaso. Has levantado la mano contra los dioses y eso es una blasfemia siendo mortal. Supongo que no he de deciros, Atenea, que vuestra intervención en este duelo sería una ofensa a vuestro padre, Zeus. - comentó con sumo deleite, mientras la diosa mordía sus labios. Pronto empezó a blandir su bisento, cortando el aire mismo - ¡Kryon de Pegaso! Quien gane este duelo se convertirá en un Campeón de Dioses, y tendrá el privilegio de servir al Consejo de los Doce por toda la Eternidad. ¿Estás preparado?

El Fuego de la Casa de Sagitario se está extinguiendo Quedan 3:40 horas para la muerte de Atenea

Cumbre del Delirio, Riscos de la Locura1

Los ojos de Saori Kido, actual reencarnación de la diosa Atenea, se abrieron grandemente, su rostro pálido y el grito ahogado que escapó de sus labios helados, eran suficiente como para preocupar a Kiki. Kanon aparentaba estar completamente ido, ausente, de sus puños cerrados era visible un líquido carmesí, muestra de la fuerza y presión producto de su impotencia. El Geminiano no temía al demonio autoproclamado ahora dios, pero le enfurecía por completo la impulsividad de Shiryu, Seiya y el caballero de la Corona, realmente lo esperaba de Pegaso, pero no de alguien tan sabio y prudente como Shiryu, y menos del reservado Orestes.

Kanon¿Cómo pudieron ser tan imprudentes¿Acaso no se dan cuenta de que es la vida de Atenea lo que está en juego? - se decía así mismo el hermano de Saga.

Por su parte, Caronte, envuelto en un aura tan absoluta como la oscuridad con la que había cubierto todo el lugar, degustaba su victoria. Le había sorprendido enormemente que fuera precisamente el reservado guerrero de Abel el que atacara primero, se había lanzado cual bestia salvaje con todo su poder al máximo, y fue precisamente eso lo que le permitió derribarlo con suma facilidad.

Los malignos ojos violeta destellaron un brillo homicida al ver, junto al cuerpo del herido Orestes, cuya armadura estaba bastante agrietada por el golpe, a Shiryu, un mero movimiento le bastó para atravesar las defensas de la Kamei del Dragón. Asimismo, el cuerpo de Seiya colgaba en su mano que sostenía el cuello del prácticamente inerte santo, sus sentidos habían sido corroídos por el Caos pero eso no bastó para impedir que saltara en defensa de Atenea.

Caronte: Este poder... Jamás creí que podría acumular tanto en tan poco tiempo. - comentaba el caballero astral para sí, acariciando con su mano libre la espada excalibur que aún sobresalía de su pecho, extasiado - Siento como si pudiera hacer cualquier cosa, como si todo fuera posible...

Tras mirar a su gigantesco compañero de armas, Titania carraspeó, sabía perfectamente lo que la legendaria Excalibur y todos aquellos espíritus concentrados estaban haciendo, y no estaba dispuesta a permitir que se salieran con la suya.

Titania¡Hermano¡Aquieta tu alma y concéntrate o te ahogarás en tu propia sed tal y como pasó con el resto de los portadores de Excalibur! - advirtió la fiera guerrera.

Caronte: No te preocupes hermana... - respondió el oscuro casi en un susurro, al tiempo que el arma sagrada que tanta ambición había despertado a lo largo de milenios se adentraba en su propio cuerpo - Todo está perfectamente planeado, no habrán errores.

Urano se quedó pensativa, miró a Titán y enseguida descubrió que ninguno de los dos le habían contado toda la verdad, la guerrera astral dedujo enseguida que todo lo que estaba ocurriendo en los Riscos de la Locura eran algo que su hermano había planeado con antelación.

Titán¡Al fin se hará justicia! - exclamó orgulloso el gigante, llamando la atención de su compañera de armas - ¡Al fin los infames dioses del Olimpo se hundirán por el propio peso de cada uno de sus pecados!

Titania¿Lo teníais todo planeado desde el principio¿Lanzar una guerra en contra del Olimpo¿Revelarse ante los Señores del Universo? - exclamó la de cabello corto y azulado, más afirmando sus propias sospechas que preguntando.

Titán: Caronte deseaba mantenernos al margen... ¡Pero no se libraría de mí tan fácilmente!... Titania, vos y el General Júpiter sois héroes desde vuestro nacimiento, no existe razón alguna para que os unáis a nuestra cruzada.

Caronte¡Padre está muerto! - exclamó con sumo dolor el promotor de tinieblas, quien apretó con más fuerza el cuello de su enemigo, Pegaso.

La noticia congeló por completo a los dos astrales, más fue mil veces mayor el dolor que en aquel momento aquejó a Titania, la orgullosa guerrera de Urano perdió la capacidad de habla al instante, estaba completamente petrificada, como una estatua.

Antes de que Caronte pudiera decir algo más, Seiya ya lanzaba su puño en lo que pretendía ser un gancho mortal, pero el oscuro paró ese golpe con su aura. Como si de un ser vivo se tratara, la oscuridad que al regente de Plutón rodeaba agarró con fuerza el brazo del santo y lo dobló con suma brusquedad, el aullido del guerrero nipón alertó al herido Shiryu, que trató de liberar a su amigo y hermano, pero nuevamente la energía oscura del peliblanco astral actuó, golpeando su pecho en un destello, dejando una ligera grieta en el peto.

El santo cayó de rodillas, pero se sostuvo, no estaba dispuesto a desfallecer,. Con la misma valentía con la que había afrontado sus anteriores combates, Shiryu se puso en pie, si no fuera por la protección de su armadura, Kanon sería testigo de cómo el tatuaje del Dragón brillaba más que nunca. El cosmos del santo, que brillaba con la luz de la esperanza, disipaba las tinieblas que lo acechaban y el diablo se dio cuenta de su noche estaba amaneciendo.

La mirada tenebrosa de quien se había convertido en dios, helaría a cualquiera, mas no a aquel que había sido entrenado por el Viejo Maestro de Libra, Santo de la Balanza de la Justicia.

Shiryu: Caronte, la oscuridad de tu corazón es demasiado profunda como para que puedas hablar de convertirte en dios. ¡Este mundo no merece que un demonio como tú lo asole con su maldad, y por eso, haré que el Sagrado Dragón de Rozan sea hoy juez, jurado y verdugo! - aseguró el santo protector de Atenea, cuyo cosmos respaldaba sus palabras.

Caronte¿Justicia? - una mueca sardónica decoró el rostro del oscuro - ¿Cómo te atreves a insultar así el nombre de la Justicia?

Sin el menor miramiento, Caronte lanzó el casi cadáver de Seiya a los pies de Shiryu, quien pudo ver y sentir todo el sufrimiento que padecía su hermano de armas, lo cual logró incitar su ira.

Shiryu: El único que insulta el nombre de la justicia eres tú con este acto, sé que has disfrutado cada momento y juro en nombre de Atenea que lo pagarás caro. - aseguró el Dragón, quien lejos de su sabia y prudente actitud, había sucumbido a la ira que le producía el ver aquella situación.

Caronte: Tanto ladras que no puedes morder, Dragón. ¿Acaso no ibas a hacerme pagar mis crímenes? - preguntó con cinismo, dejando libere su pecho, como queriendo recibir de lleno el ataque.

Shiryu: Sentirás la Cólera del Dragón en su máxima potencia... - aseguraba el guerrero de armadura esmeralda mientras Titania abría los ojos grandemente, sabia bien que el ataque que estaba preparando era mortal - Uniré en un solo punto a los Cien Dragones e invocaré la máxima fuerza del Dragón de Rozan... ¡Prepárate Caronte!

Por respuesta, Caronte hizo un ademán de que atacara de una vez, en sus ojos no cabía el temor ante aquel hombre que había enfrentado dioses, no, él no conocía el miedo, aquel sentimiento no era un rival digno.

Titania: "El Dragón Imperial del Monte Rozan..." - pensó la guerrera astral, palpando su hombro desnudo y sangrante.

Caronte: Ataca con todo tu potencial Dragón, pues no habrá deidad en la Tierra, el Cielo o el Infierno que pueda salvarte luego... Muéstrame todo tu poder, y tan sólo prometo corresponderte. - dijo con enferma sonrisa y siniestra mirada, como si su humanidad cediera paso al demonio mismo.

Titán y Titania permanecían expectantes, la marcada sonrisa del gigante que doma Espacio, Tiempo y Realidad, denotaba su total certeza de cual sería el resultado final de aquel duelo.

Shiryu: "Debo concentrar todo mi poder o si no serviría de nada, absolutamente de nada yo... No... No debo..." - pensaba el Dragón antes de escupir sangre para su propio asombro, realmente estaba agotado, había excedido los límites de su propio cuerpo y nada le aseguraba que tras lanzar aquel ataque pero... debía intentarlo.

Una fugaz ráfaga de viento cortó letalmente el hombro izquierdo del Santo del Dragón, provocando que de la herida emanara sangre a chorros. Otros cortes se hicieron notables enseguida, el desconcierto dominaba al prudente guerrero de armadura esmeralda, siquiera había sentido la mayoría de golpes. Valiéndose de su Octavo Sentido abrió los ojos y pudo contemplar un desolador panorama: En medio del cielo negro que Caronte había formado, permanecían cientos de espadas de distintos tamaños y formas, mas todas con la apariencia de ser armas legendarias de grandes guerreros.

Titán carraspeó, sabía bien que aquella habilidad no era propia de Caronte. Las dudas del gigante quedaron resueltas al escuchar los pasos metalizados de la amazona, quien con su cosmo-energía elevada caminaba firmemente hasta quedar al lado de su oscuro hermano. El guerrero de Plutón miró a su hermana desconcertado, y ella no le devolvió mirada menos confusa; pese a las tinieblas que veía a su alrededor, la sensación al estar junto al dador de sombras era sumamente agradable, como en suma paz y seguridad.

Caronte¿Hermana¿Qué haces...? Sabes que no es necesaria vuestra intervención, con mis poderes puedo librarme de todos yo solo. - afirmó el oscuro con cierto dejo de soberbia.

Titania: Aclárame una duda hermano. Has dicho que mi padre, el Caballero Astral de Júpiter, ha muerto. Soy su hija y aún así no lloraré su muerte, pues confío en que su muerte ha sido en el fragor de la batalla, y no hay honor más grande para un guerrero que ese. - decía la Guerrera de los Cielos con un temple que dejó sin palabras al oscuro - Sólo deseo saber una cosa... ¿Fue un Santo de Atenea quien acabó con la vida de mi padre?

Caronte¿Qué importa eso ahora hermana? Padre ha muerto en combate como bien has dicho, no hay honor más grande al que podamos aspirar que ese. Entonces... ¿Para qué martirizarnos con el quien? - mintió Plutón, sabedor de la identidad de quien matara a Ío.

Titania: Porque... - la cosmo-energía de Titania se encendió como nunca e incluso chispas se desataron por doquier, las espadas brillaron con una intensidad única y su mirada se volvió aún más determinada y firme - Si fuera un caballero de Atenea el asesino de mi padre, y aun cuando su derrota fuera justo designio de las Moiras, es mi deber como hija vengar su muerte... Matando a cada uno de los guerreros de la Diosa de la Sabiduría, para luego eliminarla a ella.

Titán: La Procesión de los Ángeles Caídos.. - susurró el gigante regente de Saturno, con sumo temor y respeto en sus palabras al referirse a la técnica magna de la guerrera de Urano.

Titania: Basta una respuesta, hermano, sólo pido la verdad, y yo misma eliminaré a todo este grupo de asesinos. En su estado, es completamente imposible que puedan siquiera defenderse de mis espadas. - aseguró con confianza y firmeza, sin la más mínima muestra de duda en su ser - ¿Y bien, hermano¿Quién fue el rival de mi padre¿Quién fue el que logró derrotar a Ío de Júpiter?

Caronte: No lo sé. - respondió el oscuro, tras unos minutos de reflexión y de perturbador silencio - No sé exactamente quien mató a Padre pero... No fue un Santo, estoy seguro. - mintió.

Lentamente, el aura de la amazona astral se calmó y las armas que permanecían de forma amenazante en el aire desaparecieron, menos una. Una gigantesca espada de hoja color celeste brillante y empuñadura escarlata, con la cabeza de un dragón tallada en el extremo de esta.

Titania: Si no es un Santo de Bronce, debe de ser uno de los aliados de ellos, que al menos sea esta espada la que acabe con... Atenea.

Dichas aquellas palabras, la imponente amazona volteó, caminando hasta quedar al lado del gigantesco Titán, quien miró a la joven y luego a Caronte. El oscuro asintió sin dudar.

Titania: Nos veremos en el Palacio del Sol y la Luna... Para eliminar a Apolo y Artemisa. - sentenció con frialdad la amazona antes de introducirse en la Esfera Urano, seguida por Titán. La única luz en el abismo formado por el oscuro Plutón desaparecería cuando aquella creación de Cronos ascendió, atravesando la densa oscuridad.

Caronte: Sí, eliminarlos. - comentó como autómata, con un cierto deje de melancolía que nadie mas que él supo entender. - Ahora ya puedes...

El poderoso ataque cortó toda palabra. De inmediato, Shiryu había lanzado su inigualable ataque del Dragón Imperial del Monte Rozan. Pese a que Plutón pudo interponer su mano, está prácticamente quedó destrozada junto al brazo, quebrándose los huesos del oscuro cual cadena de dolor. Cientos de golpes a la velocidad de la luz, e incluso a mayor velocidad, rasgaban piel, carne y hueso del guerrero cuya armadura ya no le cubría el pecho. Las visibles cicatrices que decoraban su cuerpo se volvieron insignificantes al tiempo que el poderoso puño del Dragón estallaba en su mentón, provocando que escupiera una gran cantidad de sangre. Mientras el cuerpo del astral sobrevolaba los cielos, el Santo de Bronce no esperó un instante y se valió de la temible Patada del Dragón para enviarlo contra la superficie violentamente. El joven nipón cayó de pie, observando a su rival, el monstruo que se había ensañado con Seiya aún después de vencerlo, no pudo negar que sentía un odio inmenso por aquel demonio.

- Increíble... - susurró una voz, que no era otra sino la de Orestes. - Febo Abel me había hablado con sumo respeto de los Santos Legendarios, e incluso he podido observarlos combatir a los que fueran antaño Campeones. Y... Sin embargo... No dejáis de sorprenderme.

Shiryu: Agradezco tu reconocimiento Caballero de la Corona, mas no es necesario. Es la Justicia y el Bien de Atenea lo que nos ampara, y cuando se lucha bajo tan nobles ideales sería un insulto no triunfar sobre las Fuerzas del Mal. - respondió con sabiduría Dragón, siendo respondido por una sincera sonrisa de parte del coronis, y también por otra que se ocultaba en el rostro de Kanon, quien observaba todo desde lejos.

Kiki¡Lo sabía¡Sabía que nadie podría vencer a los Santos de Bronce! - exclamó con entusiasmo el joven muviano.

Kanon: No te apresures. - advirtió severo el geminiano. Enseguida, el aprendiz de Mu paró en seco su entusiasmo. - Ese hombre, Caronte, aún no ha sido derrotado. Aún puedo sentir su Oscuridad.

Kiki: Sí... Es verdad. Es horrible, su aura es casi tan maléfica como la del propio Hades, y realmente... También se le compara en poder. - las conclusiones del joven pelirrojo eran más acertadas de lo que creía. Kanon endureció su mirada, que concentró de inmediato en donde estaban Shiryu, Orestes y Seiya.

- Celebrando la fiesta de la victoria cuando la guerra recién empieza. - murmuró una voz, más negra que la noche. Nadie necesitaba fijarse para saber de quien se trataba. - Felicitaciones, Dragón. - decía Caronte mientras se levantaba. Sus heridas eran incontables y sus brazos parecían tener los huesos rotos. Su rostro estaba muy magullado por lo que sus ojos estaban semi-cerrados, y aun así, no parecía causarle ningún esfuerzo el mantenerse de pie.

Kiki: Imposible... ¡Ni... ni... ni siquiera ha... ni siquiera le ha supuesto ningún esfuerzo levantarse! - el muviano prácticamente había perdido la capacidad del habla con aquella aterradora visión. Un hombre con el aspecto de haber salido de su propia tumba, mas totalmente erguido y listo para la batalla. De sus labios ya no resaltaban dientes, sino colmillos.

Kanon: Modo Berserk... - comentó el Santo de Oro cual autómata - Creía que sólo eran leyendas...

Kiki¿Modo qué...? - repitió el confundido lemuriano.

Kanon: El secreto oculto entre las huestes del Dios de la Guerra, Ares. - empezó a decir sin quitarle la vista de encima a Caronte - Hombres capaces de combatir hasta la misma muerte sin mostrar indicios de cansancio aun si lucharan durante semanas sin descanso alguno. Exceden los límites de todo ser vivo y se asemejan a los dioses. Su fuerza es aterradora, y su resistencia no tiene igual, al igual que su velocidad. - en cada palabra de Kanon, si bien no había miedo, se podía sentir un profundo respeto ante tal fuerza. - El máximo nivel de evolución de los seres humanos, que los convierte en Dioses de Guerra y Muerte a cambio de su cordura.

Kiki¡Por Atenea! Eso es... - el muviano era incapaz de encontrar las palabras.

Orestes, quien no se dejaba amedrentar, lanzó de inmediato su técnica del Resplandor de Luz, que golpeó el pecho de su enemigo con potencia abrumadora. La explosión fue intensa pero Caronte atravesó la polvareda cual bestia e intacto. Pronto Shiryu se interpuso con su escudo para bloquear el mortal ataque que Caronte le tenía preparado a su aliado. Los ojos de Dragón se abrieron enormemente al ver como el puño de aquella bestia sedienta de sangre destrozaba su invencible protección, llegando a dañar sus huesos a costa de partirse los nudillos. El coronis, frío estratega, aprovechó el momento de distracción para desatar el Resplandor a Luz a bocajarro, pero el ken sólo sirvió para empujar a Plutón lejos.

Orestes¿Estáis bien? - preguntó con frialdad. - Contra un Berserker no sirve de nada la defensa Dragón. Como Santo de Atenea deberíais saberlo. - reprochó el guerrero de Abel antes de empezar a preparar su próximo ataque.

Caronte observaba mientras tanto a sus dos adversarios. Su cabello blanco era agitado por los vientos negros de los Riscos de la Locura. Su mirada parecía la de una bestia salvaje, fiera y brutal pero sin dejar de lado la astucia del cazador. Sus colmillos eran mostrados con cierto orgullo y sus garras carmesí se clavaban ansiosas al cerrar las manos. Su necesidad de derramar sangre iba en aumento a cada segundo.

Shiryu: "Ha destrozado el Escudo del Dragón de un solo ataque... Si vuelvo a descuidarme, moriré sin duda. Sólo me queda una solución... ¡La técnica final del Santo de Oro de Capricornio... Shura!" - concluyó Dragón.

Con ferocidad y determinación, Shiryu desató el filo de Excalibur, que atravesó la distancia entre Dragón y Caronte a una velocidad que sobrepasaba toda lógica. El corte fue sorprendentemente parado por el Berserker con una sola mano, mientras con la otra paraba los Mil Resplandores que Corona Boreal le había lanzado.

Sorprendido por la sencillez con la que aquel monstruo había bloqueado los ataques sin estar protegido por ninguna armadura, Orestes trataba de buscar algún punto débil. Debía calmar sus impulsos y concentrarse. El Resplandor de Luz no era suficiente y estaba seguro que de poco serviría el Resplandor Solar. Aquella Oscuridad que se extendía por los Riscos de la Locura había mermado sus posibilidades pero no todo estaba perdido, aún quedaban las...

Orestes¡Alas Real...! - el caballero de la Corona Boreal trató de utilizar el ataque legendario de los más poderosos Caballeros de la Corona, pero la repentina aparición del oscuro astral y un inmediato ataque por su parte impidió todo movimiento. Los Colmillos de Cancerbero recorrieron al fiel guerrero de Abel hasta hacer polvo su armadura. Una de las manos del que ya aparentaba ser el mismo Diablo, agarró con dureza el cuello del coronis. - ¿A... A qué esperáis...? Más os vale que muera hoy, porque si no es así yo...

Caronte: Le prometí a una Dama... Que vivirías. - cortó la voz del supuestamente enloquecido Berserker. El caballero de la Corona quedó conmocionado por aquellas palabras. Mientras susurraba un nombre, el emisario del auto-nombrado dios del Sol era lanzado contra el suelo, inconsciente. - En unas horas vendrá a recogerte, sería mejor que descanses antes, es un poco fogosa. - bromeó, con una voz siniestra.

Shiryu: Caronte de Plutón... - empezó a decir Dragón, provocando que el susodicho volteara a ver al de la armadura verde. Una marcada sonrisa en los labios indicaba que, o bien había perdido la cordura, o todo el impresionante poder que el Santo Kamei estaba concentrando no le parecía un peligro al que temer - Realmente has conseguido despertar en mi un odio que pocas veces he sentido. Desde que soy uno de los caballeros de Atenea, me he topado con seres realmente despreciables... - los rostros de Máscara de la Muerte y Alberich de Megrez Delta cruzaron la mente de Dragón - Pero tú... No sólo has demostrado ser un monstruo, sino que tu cosmos avala la maldad que desatas con cada acto. No puedo consentir que un ser así se convierta en dios... ¡No! Siquiera debo permitir que alguien como tú siga existiendo. - aseguraba el guerrero nipón de larga cabellera negra.

Caronte¿Y qué vas a hacer? Perdona la impaciencia pero en este estado... No puedo dedicarme sólo a conversar. Si vas a matarme... Ataca de una vez. - exigió con mirada severa a la hora de decir las últimas palabras.

Shiryu: Shura... Este valioso regalo acabará con este enemigo de Atenea. Gracias, caballero de Capricornio. - murmuraba Dragón, haciendo caso omiso a las palabras de Caronte. - ¡Prepárate Plutón¡Esta es la técnica máxima del Santo de Oro de Capricornio¡Danza de Excalibur!

El ataque fue tan rápido como letal, una red de haces de luz atravesaron a Caronte provocando que un fuerte chorro de sangre empezara a brotar de donde deberían estar sus extremidades superiores. Increíblemente la Danza de Excalibur no había hecho pedazos todo el maltrecho cuerpo del oscuro, pero aquello ya no importaba. Pese a su odio Shiryu pidió que su alma dejara atrás toda esa tiniebla y que reencarnara en una mejor persona, eso mientras volteaba para encontrarse con su compañero, Pegaso.

El joven de cabello rebelde estaba ciertamente pálido, pero aún así mantenía su sonrisa, y su mirada destellaba aquel mensaje de esperanza que había guiado a los Santos hacia la Victoria en varias ocasiones. En aquel momento, era Dragón quien llenaba de esperanza a Seiya, y aunque el peso de ser en parte responsable de lo que hubiera podido ser una catástrofe seguía presionándolo, el caballero no pensó en eso. Con alegría se acercó a quien era uno de sus mejores amigos, pero de pronto paró en seco.

- Perdí dos extremidades, lástima. - comentó el siniestro Caronte para sobrecogimiento de sus oponentes. - Danza Infernal de... Excalibur.

Tras aquellas palabras, tan negras como el anuncio de una muerte que se avecina. Seiya vio totalmente conmocionado como Shiryu, el caballero Dragón, uno de los hombres que habían vencido al mismísimo Hades, caía desangrado al suelo mientras su armadura desaparecía en polvo de estrellas.

Seiya no pudo evitar que lágrimas mancharan su rostro, pero lo cierto era que no eran sólo de tristeza, sino de rabia. A la velocidad de la luz Pegaso se abalanzó sobre Caronte con el puño en alto, dispuesto a borrar aquella cruel sonrisa, pero el ataque fue detenido... Caronte tenía atrapada la mano de su rival entre sus dientes.

Seiya, dejando de lado el dolor, se cegó totalmente por la ira y permitió que su cosmos estallara de forma destructiva. De ese modo a Pegaso le bastaba su única mano libre para usar sus Meteoros de Pegaso sobre el cuerpo de su enemigo, quien no podía huir, ni tampoco aparentaba querer.

Seiya¡Bastardo¡Infeliz¡Te haré pagar cada uno de tus crímenes! Shiryu te arrancó las extremidades pero yo...¡Yo de destrozaré el alma, maldito!

Caronte¿A sí? - repuso con cínica sonrisa el oscuro, permitiendo a Pegaso alejarse unos metros. De repente, del negro cosmos del astral brotaron extremidades diabólicas, cuyas zarpas agarraron a Seiya por brazos y piernas y lo alzaron - ... Parece que no importaron los esfuerzos de tu amigo... ¿Qué importa si pierdo dos brazos, cuando tengo miles?

Seiya: No... No puede... Es...

Caronte: Ahora acepta tu derrota... - uno de los brazos de pura oscuridad alcanzó la espada que Titania de Urano había dejado en la superficie - Para acabar con las serpientes se debe cortar la cabeza... - inmediatamente, Pegaso intentó zafarse de las extremidades oscuras, pero sólo lograba que éstas apretaran hasta quebrar sus huesos - ... Si lo permites, no sentirás nada Pegaso, sencillamente todo habrá acabado para ti. En cambio si sigues empeñado en enfrentarme, sólo lograrás que las Zarpas de Tártaro destrocen. Personalmente, me gustaría que escogieras la segunda acción... - mencionó con sadismo - ¿Qué harás, Seiya?

Pegaso mordió el labio inferior hasta hacerlo sangrar, realmente Caronte estaba perdiendo la cordura, no sólo su mirada y aspecto sino en su voz. El tono con el que pronunciaba cada palabra le recordaba más al gruñido de una bestia que a un ser racional. La decisión la tomó sin pensar, no importaba si moría en el intento, pero no se pensaba rendir. Con un esfuerzo sobrehumano, el guerrero nipón hizo acopio de todas sus fuerzas para librarse de su cautiverio. El sonido de sus huesos a punto de quebrarse, la sangre que brotaba y el infinito dolor que lo aquejaba hacía que cada segundo fuera una eternidad, pero aún así no podía rendirse.

Sólo un milagro podía salvar a Seiya, y sucedió. Una red de haces de luz de velocidad y potencia incontenibles cortó las Zarpas de Tártaro con gran eficiencia. El cuerpo del Santo de Atenea cayó pesadamente al suelo, un segundo más y habría muerto.

Caronte: Vaya, vaya, vaya. ¿Así que un Santo de Oro va a unirse por fin a la batalla? - preguntó sonriente el Berserker, sin el menor rasgo de temor por cosmos que se le presentaba al frente.

Kanon: De ninguna manera permitiré que Atenea muera por la incompetencia de Pegaso... - contestó con dureza el Geminiano. Seiya trató de decir algo, pero prefirió callar. - ... aunque tampoco veía la necesidad de tener que combatir con una bárbara bestia que mata por el mero deseo de demostrar su fuerza.

Caronte¿Demostrar mi... fuerza? - repitió el oscuro, antes de estallar en carcajadas. Una risa demoníaca fue acompañada por una elevación sobrenatural de cosmos en la que las llamas volvían a acompañar a las tinieblas en el aura del caballero de Plutón, y ese fuego del Averno consumió de inmediato el cuerpo inerte de Shiryu hasta volverlo cenizas. Pero la sorpresa no llegó al impasible Kanon al observar como el cuerpo de su oponente era consumido por su propia aura.

Kanon: "¿Qué está haciendo? ... ¿Acaso trata de igualar la legendaria habilidad de la armadura del Fénix?" - se preguntaba el Santo de Oro.

El exponencial poder que Caronte estaba demostrando en aquel momento, se hizo sentir en toda la Cumbre del Delirio. Tanto Pegaso como Kanon pudieron contemplar como el que fuera Templo de la Guerra y la Sabiduría, donde las primeras generaciones de Santos fueron formadas, desaparecía, absorbido por la oscuridad del ambiente. El observador Géminis entendió enseguida que el poder de Caronte estaba emulando a la misma Materia Oscura, y estaba actuando como una especie de Agujero Negro controlado.

Seiya¡Se está recuperando! - exclamó Pegaso, totalmente anonado. Kanon compartió la sorpresa de su compañero de armas, verdaderamente Caronte se había recuperado totalmente de todas las heridas, y nuevamente parecía un ser humano, dentro de lo que podría aparentar ser humano alguien como el caballero de Plutón.

Caronte: ... Dices que maté a Shiryu de Dragón por el simple hecho de demostrar mi poder. Te equivocas Kanon de Géminis. No tengo ningún interés en que vosotros, esclavos de los dioses y de vuestra absurda fe, sepáis los verdaderos alcances de mi fuerza.

Kanon: Ahora lo comprendo todo. No te convertiste en Modo Berserk sino que se activó como un mecanismo de defensa debido a los daños que sufriste y que te dejaron al borde de la muerte. Como Berserker no podíamos matarte, al menos no lo suficientemente rápido como para evitar que pudieras recuperarte desde el interior. - dedujo el Geminiano, a lo que Caronte asintió.

Caronte: Así es. No esperaba esa reacción tan impulsiva por parte de Atenea, fue algo que no estaba en mis cálculos. Convertirme en Berserker no es algo que me agrade hacer, las batallas que gano en ese estado no las siento honorables.

Seiya¿¡Honorables¡¡ACABAS DE MATAR A SHIRYU INFELIZ¿¡Y hablas tú de honor? - gritó Pegaso fuera de sí.

Caronte: Esto es una guerra, en las guerras muere gente. En el combate entre dos guerreros se trata de que uno sobreviva, y el otro muera. ¿Acaso habrías dudado de la honorabilidad de Dragón si él hubiese vencido? - Seiya trató de decir algo, pero fue cortado. - ¡Ah, sí! La vieja excusa de los Santos de Atenea: Nosotros luchamos por el Bien, la Justicia y la Paz. Son hipocresías que he escuchado durante más de 3000 años. ¿Bien¿Justicia? Esos conceptos simplemente son la visión que tiene vuestra diosa. No lucháis en el nombre del Bien o de la Justicia, sino en el nombre de Atenea.

Seiya¡Es lo mismo¡Atenea lucha por alcanzar...!

Caronte: Lucha porque considera que el punto de vista de sus enemigos es el equivocado. Pero a fin de cuentas, no es una lucha entre el Bien y el Mal sino, una lucha de intereses. Un enfrentamiento entre dos dioses, debido a nimias disputas de hará milenios, en el que nos usan a los humanos como peones. Claro que al final, ellos no dan la cara por nosotros. O bien dejan que nos pudramos en el Hades por la eternidad, o nos convierten en sus esclavos para llevar sus guerras hasta que ya no les seamos útiles.

Seiya¡Es mentira¡Atenea no es así¡Ella...!

Caronte¿Acaso no combatisteis en el Hades? - preguntó el oscuro, trastabillando a Seiya. - ¿Cuántos santos crees que están bajo el río de Cocitos¿Cuántos guerreros, que supuestamente lucharon en el nombre de la Justicia, y que son según parece amados por su diosa, sufren los tormentos del Hades¡Pero no culpo a Atenea de eso! Al fin y al cabo, los Santos de Atenea, los Generales Marinos de Poseidón, los Berserker... ¡Todos somos asesinos!

Seiya: No es cierto... Nosotros combatimos por causas justas.

Caronte¿El fin justifica los medios entonces? - preguntó el astral con suspicacia.

Seiya¡No quería decir eso!

Caronte: Porque si es así, entonces tú Seiya, y todos esos guerreros que pierden su tiempo y vida sirviendo a los dioses, deberías hacer lo que yo hago. ¿Qué causa ves más justa que librar al mundo del yugo de los dioses? . Caronte disfrutaba viendo que Seiya no era capaz de responder con rapidez, mas tampoco permitía que dijera nada. - O tal vez, yo sea un monstruo, ya que he matado a Shiryu sin tener fe alguna en ningún dios. ¿Acaso aquellos que nos hemos librado de la ceguera de la fe, somos monstruos¿Acaso los que matan en el nombre de su dios, son mejores que yo¿Acaso vosotros, Santos de Atenea, que habéis matado a cientos de enemigos durante generaciones, sin tener piedad, sois mejores que yo porque lo hacéis en el nombre de una diosa?

Seiya: No compares a Atenea con los demás dioses, ellos son ambiciosos y sólo velan por sus intereses egoístas. ¡Pero ella trata de proteger a la Humanidad de las injusticias!

Caronte: Te equivocas, todos los dioses velan por sus intereses egoístas, incluida tu querida diosa Atenea. ¿Acaso no es ella la Diosa de la Guerra¿Si ella misma pensara que la Humanidad debe ser aniquilada por sus constantes pecados, os enfrentaríais a su voluntad?

Seiya: Eso nunca...

Caronte: Pobre mocoso enamorado. ¿No conoces de las constantes Guerras Santas que ha llevado a cabo¿Nunca has oído hablar de la Guerra de Troya¿De la Filiomaquia? Porque en los conflictos del pasado, ella nunca mostró piedad, ni sus guerreros. ¿Y qué son ahora? Grandes héroes. ¿Y cuál es la razón? Destruyeron una civilización en el nombre... de Atenea.

Seiya¡No dices más que mentiras¡Es imposible que Atenea haya...!

Caronte¿Nunca oíste hablar de esas guerras que llevó acabo tu "Santa Mártir"¿Pero qué clase de caballero eres? Sólo eres un bárbaro más, aunque dudo que realmente sea la fe lo que te ciegue. No eres más que un enclenque enamoradizo, que ha idealizado a una diosa buena y bondadosa que esconde en realidad el rostro más manchado de sangre de todo el vasto Cosmos. Los humanos somos imperfectos, y tal vez merezcamos ser juzgados, pero no hay mayor injusticia que sean seres tan imperfectos como los dioses los que nos juzguen. ¿No crees?

Seiya: No eres más que un completo loco, un monstruo que sólo desea destruirlo todo. Eso diferencia a Atenea de seres como tú o el resto de los dioses, ella cree en nosotros, en la humanidad, ella tiene esperanza.

Caronte: La humanidad no podrá ser nunca libre hasta que todos los dioses desaparezcan. ¿Dijiste que tu diosa buscaba la Paz? Pobre idiota, la Paz Eterna no existe, y la Diosa de las Guerras Justas debería saberlo. ¿Qué habéis conseguido por esas batallas en pos de la Paz¿Qué han ofrecido las muertes que habéis provocado en el nombre vano de una diosa de supuesta Paz? Más batallas, más guerras... ¡Así lo prepararon los dioses! Es el Legado de Urano tanto a su descendencia como a los seres humanos. Las Guerras Santas no son más que un conflicto de intereses donde quien triunfa, impone lo que está bien, lo que es justo y lo que es paz bajo sus ojos.

Pegaso se sentía ahogado, ahogado por los argumentos del totalmente confiado Caronte. Sin duda alguna no tendría la más mínima concesión con los dioses, pero el no estaba dispuesto a permitir que tocase a Atenea. Sorpresivamente Kanon se dispuso a hablar, pues había estado totalmente callado mientras Plutón acosaba al joven nipón con sus argumentos.

Kanon: Eres una patética imitación de mi hermano. - dijo con total frialdad el Geminiano - Anuncias la liberación del hombre de sus dioses pero tu único propósito es ocupar el trono que ellos dejarían vacío si perecieran. En otras palabras, lo que buscas es, simplemente, ser el Rey del Universo.

Caronte¿Poder? - una mueca bastante marcada se empezaba a hacer visible en el rostro del oscuro - Antes Pegaso me acusó de mero destructor, ahora tú dices que sólo busco poder. ¿Poder¿Destrucción? Son efímeros... Es inútil buscar el poder, así como es inútil ser un vulgar nihilista. Lo único puro, eterno, e inalterable es la Justicia. La Justicia nadie la representa, pues nadie está exento de ser juzgado, yo lo sé, y en ese conocimiento está mi grandeza.

Seiya: No hay grandeza en un vulgar asesino como tú. ¡Haré qué...!

Caronte: ... Pague mis crímenes. Llevas mucho tiempo repitiéndote, Seiya. ¿Crímenes? Era mi deber matar a Shiryu, no sólo porque mi vida corría peligro, no siento tanto aprecio por mí mismo como para actuar como bárbaro sólo para salvarme. Dragón debía morir, pues se interponía en mi objetivo¿No sois acaso vosotros los que teníais la obligación de proteger a vuestro compañero¿No eres culpable tú, Pegaso, de no haberme matado antes¿No eres culpable acaso, de que Cael y yo seamos uno ahora¿No es culpa de tu diosa el que no me haya eliminado o protegido a Dragón siendo que es ella la diosa a la que sirve? Como ves... Pegaso, yo no he cometido ningún crimen. He enfrentado a quien se interponía en mi camino y he vencido, mas vosotros si lo habéis cometido.

Kanon: Síguele el juego Pegaso, tengo un plan. Utilizaré la Otra Dimensión y tú debes concentrar todo tu cosmos para lanzarlo contra el portal. Luego desestabilizaré el ken para que muera entre el Caos Híperdimensional. - dijo el Geminiano en voz baja. El Santo de Bronce no tuvo que escuchar dos veces el plan pues lo había entendido perfectamente.

Seiya¡Tienes razón! Basta de palabrería. Te mataré ahora mismo y vengaré a Shiryu.

Caronte: Tal vez llegues a matar mi sentido del oído con la sofisticada elocuencia de tus ladridos, perro faldero. - respondió el de negro cosmos con ironía. Sin previo aviso, Seiya lanzó sus meteoros que desaparecieron al chocar contra el astral, aunque eso ya lo habían planeado los guerreros de Atenea.

Seiya¡Ahora!

Kanon¡A Otra Dimensión!

Una sonrisa de triunfo aparecía tan pronto como luego desaparecería en la cara de Pegaso. Al igual que los meteoros, la Otra Dimensión no había surtido efecto, pero algo llamó la inmediata atención de los caballeros de Atenea, Caronte sonreía.

Caronte: Deberíais resguardar vuestras espaldas... Algún desaprensivo podría querer atacaros por la espalda. -

Sin dilación, los Santos de Atenea miraron hacia atrás para toparse con que un inmenso portal dimensional se abría y amenazaba con tragarlos. Sintieron un escalofrío al ver como Kiki, quien trataba de proteger a Atenea del ken, era consumido por este.

Caronte: Atacar a un dios es como escupir al cielo, siempre regresará el golpe. - afirmó el oscuro. - Adiós, caballeros de Atenea, no volveremos a vernos. - aseguró. Los meteoros que Seiya había lanzado antes surgieron del cuerpo de Plutón, logrando golpear brutalmente a los santos, quienes fueron absorbidos por la Otra Dimensión. - Vaya, derrotados por su propia técnica. Qué decepción.

En aquel momento, el panorama se veía más aterrador que nunca. Seiya, Kanon y Kiki vagaban por la vastedad de la Hiperdimensión, Shiryu había caído en combate y Orestes se veía sumido en la inconsciencia. El cosmos de Caronte era ahora más oscuro que nunca, pero sobretodo, emanaba una intensidad palpable en el aire. Su mirada recorrió el escenario hasta llegar a Atenea. De algún modo le resultaba decepcionante que la diosa no se levantase, que no cogiera nuevamente su lanza y lo encarara con la fiereza de antaño. Pero aquella decepción no le detendría, había venido a aquel lugar con único deseo: Matarla.

Caronte: Bueno Diosa de las Guerras Justas. Al fin se acabaron las esperas. En este día y a esta hora tu vida llegará a su fin, y no tendrás que desangrarte durante horas. ¡Esos guerreros tuyos me llaman sádico y monstruo! Pero yo creo que soy piadoso. Cuando sé que he ganado una batalla, no humillo a mi contrincante sino que lo elimino en el acto. Pero ya no enfrentaré a más seres humanos, desde este momento mis manos sólo serán bendecidas por el Icor de cada uno de los tiranos del Universo. ¡Los Doce!

Centenares de partículas verde esmeralda se hicieron visibles ante los violentos ojos del astral. La presencia del supuestamente fallecido Dragón se sentía en cada una de aquellas luces que, lenta pero inexorablemente, se acercaban al oscuro para parar sus movimientos. El peliblanco carraspeó, estaba apenas a unos pocos metros de su objetivo, pero no podía dar ni un paso más. En su cabeza trató de buscar algún sentido a lo que pasaba, pero un misterioso suceso llamó su atención.

Detrás del oscuro, donde antes estaba el arcano templo de Atenea, una columna de pura luz cayó desde el cielo. La oscuridad parecía ser rechazada por aquella nueva energía, de la cual pronto surgieron dos poderosas figuras que hicieron que Caronte se volteara. Un destello dorado impidió que pudiera reconocer a los recién llegados, y ese brillo que igualaba al Sol empezó a devorar las tinieblas que Plutón había extendido por la Cumbre del Delirio de la misma forma en que un Agujero Negro consumiría la luz.

El temido caballero astral vio como de su propio cuerpo, toda la oscuridad de su cosmos brotaba, siendo consumida la igual que la negrura del cielo. Los intentos de Caronte por oponerse a aquel suceso eran inmediatamente detenidos por aquellas partículas de luz verde esmeralda que emanaban la esencia del caballero, quien aún en la muerte seguía protegiendo a su diosa.

- Bien. Ahora entrégame a Cael. Hazlo o tendré que arrebatártela. - dijo una voz, tan pura y serena como el cielo mismo.

Caronte¿Arrebatármela?... Cael y yo somos uno ahora. ¡Nadie podría...! - la exclamación del oscuro paró en seco. De su pecho desnudo, y de la misma forma que la tiniebla de su cosmos, brotó Excalibur, la Espada de los Cielos. La sangre salpicó de forma impactante, y el arma santa fue tomada por una mano, la misma que había consumido todas las sombras que ocultaban el hermoso cielo.

Arrodillado, sangrante, humillado. Caronte veía su pecho, ahora bañado por un mar de sangre que ocultaba una profunda herida. Su mirada pudo con dificultad observar al recién llegado, un hombre cubierto con una suntuosa y pesada armadura que mezclaba tonos celestes, perla y oro. El cabello rubio castaño de aquel hombre, de cuya coraza surgía una vestimenta blanca digna de dioses, se erguía cual corona.

El sonido de una espada hizo que Plutón cesara de observar a aquel guerrero de portentosa armadura celestial, para percatarse de una imagen que le dejó sin palabras. Fino algodón que asemejaba verdaderamente a una nube rodeaba su cuello y hombros. Una larga capa blanca cubría parte de su cuerpo, aunque su pecho estaba al descubierto. Llevaba unos pantalones de tono celeste que terminaban en unas zapatillas doradas, cada una con dos curiosas alas angelicales.

Caronte: V... Vaya... - dijo entre tartamudeos, más por el intenso dolor que sentía y un cierto dejo de respeto, que el miedo que cualquier ser racional debía sentir ante semejante ser.

Pero ahí estaba, con sonrisa imperturbable, ojos rasgados que destellaban astucia, y cabello corto de color blanco con matices platino, recogido en la espalda en forma de larga trenza. En sus brazos, la Representante de la Tierra descansaba con una sonrisa, mas proteger a la diosa no impedía que pudiera sostener en su mano izquierda... a Excalibur.

- Han pasado 2000 años, Caronte. ¿No debería un súbdito tan leal como tú saludar a su Rey? - preguntó con cierta malicia el guerrero que se situaba a la par de quien llamaba Rey. - Zeus-Sama... Murituru Te Salutat.

Caronte: Estabas muerto. Yo mismo te maté. Agamenón, Caballero Real del León. - dijo el astral consternado.

Agamenón: Engañar a los sentidos es una de las facultades más sencillas de aprender para un... Arcángel del Olimpo.

Caronte¿Arcángel? - repitió el oscuro con confusión.

Agamenón¿Creíais que el Olimpo podría confiar en la Orden del Sol luego de haber lanzado al Tártaro a cada uno de sus miembros? Nosotros somos lo nuevos Guardianes del Cielo, aquellos que combatimos tan solo en el nombre del Monte Olimpo. Somos los Generales de la Armada de los Cien Mil Ángeles.

Caronte: ... Ya veo. Los dioses enviaron al Infierno a aquellos que les juraron lealtad, y luego abrieron sus puertas a quienes una vez trataron de derrocarlos en el nombre de Abel, el enemigo del Rey de los Dioses.

Zeus: Eso tiene una fácil explicación, Caronte de Plutón. Los traidores fracasaron en su intento, vosotros ganasteis. Los que pierden son débiles, y quienes ganan demuestran fuerza, y vuestra fuerza era un peligro potencial.

Caronte¿Qué tratas de decirme? - la rabia del astral estaba marcada con fuego en su mirada. Sólo la presencia del fallecido Shiryu impedía al oscuro abalanzarse sobre el ser que hacía temblar hasta al más temible demonio.

Zeus: Dijiste que habías matado a Agamenón, el Hombre Más Fuerte del Mundo. ¿En qué te convierte realizar tal hazaña? Te convertiste en un dios ese día. Y eso fue tu grandeza, y la perdición de la Orden del Sol.

Caronte: Bastardo cínico. - murmuró el astral entre dientes, provocando la sonrisa de Zeus.

Zeus: Parece que ha cambiado el perro pero no los ladridos. Date cuenta Caronte, que ya no existe salvación. Has blasfemado contra mí y contra el Monte Olimpo, y además has osado amenazar la vida de una diosa. ¿Los caballeros astrales podíais ver el futuro inmediato antes de ser cegados por el Tártaro? En fin, supongo que no necesitas esa visión para adivinar lo que va a ocurrir. - la seguridad del Rey Celeste era absoluta. La Espada Sagrada destellaba una luz más pura e intensa que nunca. Caronte trataba de libarse de su cautiverio, pero era imposible, Dragón no iba a permitirle que se acercara a Atenea. - Seré piadoso, ya que has permitido que recupere a Cael. Si dejas de rehuir tu destino, morirás plácidamente. Tratar de impedirlo sólo te acarreará más sufrimiento. Adiós, caballero de Plutón.

Con la falta de escrúpulos propia de un autómata, Zeus blandió a Excalibur para que una onda cortante de esta atravesara a la Esfera Plutón, única reminiscencia de Oscuridad que quedaba en la Cumbre del Delirio. Tras una última mirada al enfurecido Caronte, Zeus empezó a dirigirse a la columna de luz junto a su estoico guardián. El oscuro se permitió relajarse, su mirada se vio sumida en una sombra aún más aterradora de la que antes hubiera desatado, la sombra del odio.

Caronte: Da igual cuanto corráis los dioses, da igual donde os escondáis o cuantas veces me matéis. Da igual lo que hagáis porque... Antes de morir, os hundiré en la Oscuridad del odio que habéis cosechado... Lo juro por Estigia.

La superficial tranquilidad de Zeus y Agamenón era incapaz de ocultar del todo un escalofrío. Aquel juramento de venganza fue lo último que dijo Caronte en la Cumbre del Delirio, que ahora era consumido por una intensa explosión, producto de la destrucción de la Esfera Plutón.

Notas del Autor:

Una bisen-to es un tipo de arma de asta japonesa derivada de los sables enastados "dao" procedentes de China, y consiste en una hoja de hierro tipo dao ancha y curva colacada en un asta como si fuese la continuación de la empuñadura. Es la precursora de la Nagitana japonesa y más pesada que ésta.

Al igual que hará Seiya 2000 años después, Kryon de Pegaso llama a Atenea por el nombre de su reencarnación.

El que va a morir te saluda.

Saludos nuevamente. En este nuevo capítulo empiezan a hacerse visibles las bajas de la guerra. El poder que Caronte había acumulado estuvo a punto de acabar con Atenea, pero su padre, el poderoso Rey de los Dioses, apareció como un "Deus Ex Machina" a salvarla. ¿Qué ocurrirá ahora? Zeus se ha presentado y también lo ha hecho una Orden de Guerreros desconocida hasta el momento, los Guardianes del Cielo o Arcángeles. Pese al impactante giro que conllevó la aparición del Padre de Todos los Dioses, uno no puede olvidar que quien jura en nombre de Estigia, nunca lo hace en vano (o las consecuencias serían desastrosas para quien lo haga). No me queda más que añadir, más que preguntarles... ¿Alguien sabe que suceso importante aconteció el 45 a.C?