Capítulo 8

Capítulo 27

"¡Destino! La Palabra Maldita"

El Fuego de la Casa de Sagitario se está extinguiendo Quedan 3:40 horas para la muerte de Atenea

Fuente de Atenea, Santuario del Sol y la Luna

La joven pelirroja quedó perpleja. Cuando intentaba ir en busca de Touma. enseguida chocó contra algo, una persona. La calidez y serenidad que le producía aquella presencia se oponía a la congoja que le produciría el darse cuenta de quien era. Aquel cabello blanco que se unía a su espeso bigote. Ese rostro tan tranquilo y esa mirada tan sabia y a la vez dulce, eran inconfundibles.

- No soy quien piensas. - dijo de pronto, sobresaltando a la hermana de Pegaso - Tampoco te diré quien soy. - advirtió, adelantándose a la sorprendida muchacha - Sencillamente he aparecido de esta manera porque sentí que era la forma de acercarme sin levantar sospechas de mi hermano.

Seika: ¿A qué has venido? - preguntó la hermana de Pegaso directa. Era lo suficientemente inteligente como para entender que no debía perderse en preguntas absurdas.

- A aconsejarte, joven. Eres la única mujer entre los cien hijos de Mitsumasa Kido, entre los Cien Hijos del Cielo.

Seika: ¿Hijos... del Cielo? - repitió la muchacha con extrañeza.

- Los Instrumentos del Destino, aquellos que están predestinados a marcar dramáticamente la Historia de los Uránides. En vuestras manos está la Caída o Salvación de los Doce Olímpicos. - aseguró con seriedad quien se mostraba con la apariencia del mismo Mitsumasa Kido.

Seika: Destino... - murmuró la joven - Destino... Destino... - repetía, cada vez con más pesar... y rabia - El maldito Destino que me alejó de mi hermano... Bueno, de mis hermanos. Ese Destino que mató a la mayoría de ellos y que al resto envió a una constante de guerras sin sentido... ¿Ese... D... E... S... T... I... N... O?

La pelirroja abrió sus ojos grandemente para, al mismo tiempo, apretar con ambas manos sobre su corazón. Supo en aquel momento que, todo aquel odio que sentía por aquella sucesión de desgracias a las que aquel que era su padre llamó Destino, había desaparecido. Era incapaz de sentir rabia, tristeza u otros sentimientos negativos, no podía.

- Han lavado tu alma, muchacha. Desconozco la razón, pero es claro que la hay. - supuso el anciano.

Seika: Más Destino, supongo. - murmuró, tratando de recuperar la capacidad de sentir aunque sea una pequeña rabia que algún día le profesó a aquella palabra, sin obtener resultados.

- El futuro no está decidido, joven Seika. Muchos te exigirán que decidas por ellos, muchos tratarán de convencerte de qué es lo mejor, pero sólo tú tienes el derecho de elección. No podemos ser tan arrogantes como para creer que no existe Destino alguno para nosotros, pero sí podemos enfrentarlo con humildad. Recuerda esto Seika, es vital que lo recuerdes cuando llegue el momento.

La hija del multimillonario Kido quedó ciertamente consternada. ¿El futuro no estaba decidido? Antes, seguramente, no dudaría y diría que sí. Pero ahora, con tantos trágicos sucesos que se habían sucedido uno tras otro, no sabía que pensar. ¿Acaso podía haber habido un mundo donde ella, Seiya, Shiryu, Ikki, Shun, Hyoga y los demás hijos de Mitsumasa Kido, vivieran con normalidad, lejos de las Guerras Santas? Aquella posibilidad le conducía a que el único culpable era su propio padre, mas era incapaz de odiarle, le era imposible odiar a nadie. A la nipona sólo se le pasó por la cabeza una única pregunta, que sólo pudo pronunciar a medias.

Seika: ¿Y cuándo llegará ese... momento? - la última palabra sólo quedó en un susurro inaudible, pues el misterioso había ya desaparecido.

La sirena Ángela, cuya misión era la de vigilar a la cautiva, había quedado inconsciente debido a sus heridas, y en verdad debía agradecérselo al Destino mismo. La entidad que había tomado la forma Mitsumasa Kido emanaba una energía tan temible que, de sólo sentir la agresividad de otra, la eliminaría.

- Impresionante. - unos sonoros aplausos sacaron una curiosa sonrisa a la etérea figura - Alguien tan importante, dando consejos a una mortal supuestamente insignificante.

- Esperaría a cualquiera menos al mi... Heredero. Supongo que la única alma libre de toda tiniebla en el mundo no pasaría desadvertido.

- ...Una joven tan pura en Cuerpo como en Alma... - recitó el recién llegado. Su cabello era de plata, y su cuello era rodeado por un algodón que asemejaba una nube. Sus ojos rasgados y su constante sonrisa impedían conocer que pensaba o como actuaría. - Sigues haciendo tu papel, Cael.

- Los Hados dan en ocasiones los papeles más lamentables a los Inmortales. - respondió con cierto pesar. - ¿Qué razón te ha traído hasta mí, Heredero de la Espada del Cielo?

- Llegó el momento de "Enfrentar al Destino con Humildad". - murmuró el de sereno rostro. La espectral figura sonrió. - Soy el Omnipresente Emperador de los Cielos, yo todo lo veo y todo lo escucho. - anunció con soberbia, las palmas de sus manos se mostraban ansiosas. - Quería conocer a quien ejecutaría el mío.

- Se avecina, Heredero. El Ocaso es inevitable. Ella trata de evitarlo, y ha enviado a su fiel vasallo para impedirlo.- la resignación era visible, la pesadumbre ahogaba todo el ambiente. - He de marcharme, la Noche me llama.

- Como desees, Cael. Como siempre tendré que ocuparme de todo. Es hora de que los Ancestros se jubilen y dejen sus viejas profecías. Yo ya he domado al Caballo del Destino, ni la mismísima Gran Voluntad hará que eso cambie.

Era imposible conocer que pensaba, que sentía, aquella deidad celeste. No había determinación ni convicción. Sencillamente, en su rostro sólo estaba la perpetua sonrisa que denotaba su absoluta confianza.

Interior del Santuario del Sol y la Luna

La Esfera de Marte ejercía su enfermiza influencia roja como la sangre. El lado más infernal del paraíso utópico de Apolo eran los dominios de la guerra, la zona influenciada por la Esfera que guardaba en su interior toda la ira, la desesperación, y la desolación de la Titanomaquia. Cincuenta soldados resguardaban aquel fiero lugar, dirigidos por cinco Santos de Plata reconocidos en la Historia por sus leyendas. Aquellos seres eran los encargados de resguardar uno de los senderos que conducían a Star Hill. El líder de todos aquellos, un hombre tan alto como fornido, con su rostro oculto tras la Máscara del Diablo, veía con siniestra pasión el combate entre el traidor Rey de los Mares y el Sabio Palas.

En los cielos, demasiado lejos como para no ver más que hormigas en la superficie, una figura consentía que un líquido escudo se deshiciera. Su cuerpo estaba cubierto por túnicas blancas y su rostro era pulcro y joven, algo tapado por algunos mechones rebeldes de su larga cabellera negra azabache.

Frente a aquella divinidad, que no era otra que el poderoso titán Consejero del Rey Dorado Cronos, estaba el ancestral dios que se auto-proclamaba Rey de los Mares. Su cuerpo, semidestruido y maltrecho, se recomponía con suma facilidad mientras hablaba.

- Tus patéticos trucos no me impresionan... - aseguró con soberbia el de cabellos azul marino - Yo existía antes de que este mundo naciera, soy hijo directo de los Ancestros y tú no eres nada. Sólo un pobre mediocre que teme al olvido. - en sus palabras estaba la impasibilidad y la capacidad despectiva que sólo la soberbia de un dios podía ofrecer.

El titán murmuró algunas palabras, pero eran tan inaudibles como antiguo era el lenguaje usado. De su mano emergió una luz blanca como las tierras del norte, una tormenta de finos cristales golpeó de lleno a su oponente, mas enseguida fueron consumidas por su ser, como quien ataca sin resultados al mismo Océano. Pese a aquello Palas sonrió. Tras abrir y cerrar su mano, una serie de enormes trozos de hielo salieron de la antigua deidad para transformarse enseguida en un fuego de la intensidad del Sol.

Monstruosamente, de la tormenta de fuego aparecieron los brazos del Rey de los Mares, estirándose como si fueran sólo líquido. El titán prontamente convocó la técnica del Ojo del Huracán para frenar el ataque, pero aquello disipó el Caos Climático que había desatado, permitiendo al traidor recuperarse.

- Que tristes se ven aquellos que tratan de ir contra el Tiempo y el Destino. No eres menos patético que el pez que va a contracorriente sin resultado. Es una campaña perdida de antemano, intentar escapar a los designios de los Hados.

Palas: En este mundo sólo existe una cosa realmente patética, el guerrero que da por perdida una batalla sin que haya empezado. - recitó el titán, clavando su gris mirada en el poderoso dios antiguo.

- La II Dinastía fue de lo más patética, Cronos sabía que su Imperio caería, y sin embargo luchó y luchó hasta desgastarse. Otro pez que, sin resultados, nadó y aún nada a contracorriente sólo para retroceder una y otra vez.

Palas: Es sencillo insultar la figura de un Rey cuando este no está presenta para poder callar la necedad de los viejos profetas que un día lamieron con constancia sus pies.

- ¿Y ese consejo escapa de los labios de quien es esposo de la primera aliada de Zeus? Nada más y nada menos que Estigia. De ser el leal consejero de Cronos pasaste a ser un secundario en el séquito de su hijo, y por tal aislamiento bajaste de los cielos dispuesto a enfrentar a su hija, tu rival.

Palas: Eres un necio sin remedio... - murmuró el sabio con desprecio - ¿En verdad crees que baje de la comodidad del Cielo Empíreo sólo para dar unos azotes a una mocosa malcriada?

- ¿Qué intentas decir? - preguntó el de gargantilla azul marino.

Palas: El verdadero objetivo no era Atenea, ni ninguno de sus guerreros. Lo que perseguía en la Tierra no era ninguna deidad de tres al cuarto. ¡Buscaba al Patriarca del Santuario! - exclamó con los ojos totalmente abiertos - Sí, Rey de los Mares, es quien piensas. El ser más poderoso de la Tierra, el único que puede gobernar sin llevar una corona puesta y que ha manejado los hilos de la Historia desde hace más de 3000 años... ¡Aquel al que llaman Gran Maestro!

- Eso es una falacia titán. - murmuró el Rey de los Mares, mostrando una marcada mueca. - Ese hombre murió en la Filiomaquia. ¡Yo vi como el Relámpago de Zeus lo fulminaba!

Palas: Eso es lo que me diferencia a mi, Consejero de Emperadores, de los llamados Profetas. Estáis tan ocupados prediciendo el futuro que no sois capaces de medir lo que ocurre en el presente. El Gran Maestro había estado fuera de este mundo hasta hace 250 años y fue culpa de esos caballeros estúpidos que ahora está escondido y no pudriéndose en el Tártaro.

- ¡Silencio! Los condenados no hacéis más que desvariar... ¡Rayo Blanco!

El ataque fue tan rápido como letal e inesperado, a Palas no le había dado tiempo de formar ningún escudo o protección. El Sabio tuvo que dar mil agradecimientos a la Gran Voluntad, pues una columna de luz cortó el paso del halo destructor. Una figura surgió de esta trayendo temor y confusión a los contendientes.

- Tú... Tú no... Tú no puedes... Es imposible que... que... que hayas... ¡No puede...! - los tartamudeos y el horror que traía consigo quien se había denominado Rey de los Mares se oponían a la impasibilidad que había mostrado anteriormente.

- Vaya, vaya. Thánatos muere y ya cada uno empieza a matar a quien quiere y cuando quiere. - comentó sonriente el ser, que no era otro que Zeus.

- Eres una ilusión de ese Viejo Titán. - afirmó el peliazul, preparando su Rayo Blanco. - ¡Sí! Eso eres... ¡Rayo Blanco!

El halo de luz blanca no llegó siquiera a rozar a Zeus, sino que se desvió hacia los cielos, agujereándolos hasta atravesar cada una de las capas de la atmósfera. El Rey de los Dioses simplemente chasqueó los dedos y las nubes se enturbiaron, ennegrecidas de modo antinatural.

Un potente relámpago cayó sobre el Rey de los Mares. La energía eléctrica hizo estragos enseguida en el cuerpo de la ancestral deidad, extendiéndose violentamente por todo su cuerpo ante la impertérrita mirada del Rey de los Cielos. La piel y el manto del dios eran desgarrados por la fuerza del rayo hasta límites más allá de lo macabro. El ancestral peliazul no pudo contener gritos de dolor mientras sus manos empezaban a desintegrarse por la fuerza del ataque. Tras un tiempo indeterminado que al afectado le pareció una eternidad, la antinatural fuerza cesó.

Zeus: ... Qué escasa es la energía de una supernova. Lamento si esta nimiedad no sea suficiente demostración de mi identidad. - se disculpó el Rey de los Dioses, mientras un halo de siniestralidad lo rodeaba.

El temor del dios antiguo dio paso a una extraña impasibilidad. Su cuerpo se regeneró como el agua de los mares que vuelve a la calma tras una tempestad. Palas permanecía en silencio, prudente. El hecho de que el mismísimo Zeus estuviera en aquel lugar en ese preciso instante no podía ser considerado una coincidencia. El viejo sabio se aferró por instinto a su báculo, forjado en las entrañas de la Tierra donde convergen los Cuatro Elementos, debía esperar cualquier cosa.

- De modo que Zeus ha regresado con nosotros. Lamentable. Siquiera el Destructor pudo cortar la mala hierba. - No sonó despectivo ni rencoroso, cosa no muy extraña en la impasibilidad divina que otorgaba la soberbia del poder y la eternidad. Sin embargo, Palas era incapaz de comprender como aquella deidad por muy antigua que fuera, estuviera tan serena frente a Zeus.

Zeus: La mala hierba nunca muere. Al menos eso es lo que dicen los humanos. - respondió con tranquilidad. Las ofensas del antiguo no parecían afectarle en lo más mínimo.

- Da igual que esté ante Zeus en persona, así como importaría poco si frente a mí los Doce Dioses estuvieran. Yo que he sido ungido por Pontos, El Océano, no puedo ser destruido de ninguna manera, así ese relámpago hubiese sido toda la fuerza que recorre el Universo mismo. - aseguró el peliazul con soberbia inusitada.

Zeus: Vaya, que discurso tan bien preparado. ¿Dispuesto a meterte en política, Viejo Profeta? - preguntó sonriente, tras un corto pero sonoro aplauso - Pero recuerda, anciano. Cuando uno se dispone a la búsqueda del poder, no puede conformarse con menos que todo, pero... ¡Cuidado! Basta con obtengas demasiado y vueles tan alto que te deleites en mirar con desprecio a las hormigas en que se han convertido los que un día fueron tus iguales, para que seas incapaz de ver los detalles... - La sonrisa del dios se acentuó. Con una suerte indudablemente afortunada, el anciano de cabellos aguamarina evitó el Rayo Blanco que anteriormente había sido elevado a los cielos por obra de su adversario. - ...Tal vez una hormiga se alce sin que tu ciega mirada la intercepte a tiempo, o quizás un ser más poderoso, sabio y prudente, haya bajado a eliminar a la hormiga que eres para él, que no te ha subestimado como tú subestimas a quienes están por debajo de ti.

- ¡Loco! ¿Te atreves a enfrentar a uno de los Ancestros? ¡El poder de mi padre me respalda! - aseguró con presunción.

Zeus: Saqué a mi padre del trono por la fuerza... ¿Y crees que respetaré la figura de mi tío abuelo? - preguntó el de pelo plateado, eternamente sonriente.

- Creo que tendré que irme, no deseo oír más blasfemias de un dios mediocre que tiene las horas contadas. - murmuraba mientras desaparecía, volviéndose vapor que pronto se fundió con la atmósfera.

Zeus: ¿No podía decir simplemente adiós? Estos profetas tienen que dramatizar sus despedidas o no se sienten a gusto. - comentó sin dirigirse a nadie en particular - En todo caso, no vine en su busca. - dijo mirando al titán que había observado anonado la lucha.

Palas: Supongo que ya sabes todo... - dedujo con seriedad y resignación el sabio.

Zeus: ¡250 años! - exclamó de forma inesperada - Deberías estar avergonzado, Consejero. ¿O acaso no sabes de las obligaciones maritales que debes cumplirle a tu esposa? Espero que antes de que regrese al Cielo Empíreo Estigia no siga enfadada o me veré obligado a imponer una sanción ejemplar.

La actitud de Zeus era extraña, especialmente para Palas. El sabio titán era conocedor de su extraordinaria habilidad para ver, oír y sentir lo que pasa en todo el Universo, incluso para saber el pasado o futuro de cualquier cosa. Era totalmente inconcebible que no hubiese escuchado algo respecto a sus conversaciones con su hermano. ¿Acaso planeaba retenerle en el Cielo Empíreo? No tenía sentido, aquel poderoso podía desaparecerlo en un pestañeo mientras le agujereaba la mente, arrancándole todos sus conocimientos.

Zeus: ¿Y bien? ¿Esperas que alguien te lleve? - preguntó. El titán, pese a sus dudas, desapareció de inmediato. Fuera lo que fuere lo que Zeus planeaba al enviarlo al Cielo Empíreo, estaba dispuesto a saberlo antes que tentar su suerte. - Bien. Ahora toca encargarse de esos Santos de Oro. - murmuró. El dios descendía lentamente sin quitarle la vista de encima al monolito maldito.

Gran Salón, Palacio del Sol y la Luna

La comandante en jefe de los Caballeros Astrales de Interior sólo había sentido un escalofrío, mas no era capaz ni de imaginar que el mismísimo Zeus había aparecido en el Santuario. Su atención estaba en su brazo, sangrante. La flecha que había lanzado Artemisa por poco la dejaba manca, o algo peor. Aquellos pensamientos cruzaban la mente de Dafne mientras se acariciaba el vientre.

Artemisa: ¡Mi hermano sabrá de esto...! - gritaba la orgullosa deidad. Una serie de espinos la tenían completamente atrapada. Su brazos, piernas y cuello sangraban ligeramente y, debido a un veneno que inoculaban las parras a través de las heridas, su cosmos se desvanecía, impidiéndole liberarse de su cautiverio.

Dafne: ¿Acaso el dolor te ha sumido en una existencia sadomasoquista en lugar de enseñarte lo que es el respeto, diosa mediocre? - dijo con suma dureza, y resentimiento. La hermana de Apolo no podía saber que razón se escondía tras el rencor que ahora le mostraba la comandante, lejos de su frialdad anterior. - ... Esas parras hacen que sangres lo suficiente como para mantenerte tranquila en el plano físico, y el veneno que inoculan debilitan cada uno de tus sentidos, incluida la mente, el cosmos, y el espíritu. Por eso ni el Arayashiki te salvaría si decidiera matarte hoy y ahora. Afortunadamente, para ti, las penas de muerte hacia miembros de la Corte sólo recaen en las decisiones del Febo...

Artemisa: ¡Recaerá en mi hermano la decisión de desollarte viva por tus actos! - exclamó llena de ira. La Diosa de la Caza había perdido el control, su orgullo estaba herido.

Dafne: Calla de una vez... - ordeno con severidad la comandante. Estaba saliendo del recinto mientras hablaba. - Por tu necedad el hereje sigue con vida y no tendré más remedio que cazarlo en los dominios de Narciso.

Artemisa: ¡Touma! - gritó con desesperación. Los espinos impidieron que la diosa pudiera estrangular a la guerrera astral de Gaia. Pronto, la hija de Zeus no pudo más y vomitó sangre. Debido al esfuerzo las heridas se habían abierto drásticamente hasta volver el mero hecho de estar consciente algo insoportable, pero aun así se mantenía despierta, tratando de dar un solo paso, uno que lo acercara más a proteger a quien habían condenado a muerte.

Dafne: ... ¡Dioses! Creen que aman a sus caprichos, pero cuando se aburren de ellos los olvidan. - gritó la astral al aire con fuerte resentimiento - Mas no has de preocuparte, Diosa de la Caza. Traeré su cabeza en un frasco a través del cual podrás recordarlo por la eternidad... Si es que Apolo descubre en si cruzada por Asgard lo que es la piedad.

La mujer caballero se alejaba, nuevamente su capa con el símbolo de los caballeros astrales: Un Sol rodeado por una corona de laurel en diagonal; ondeaba orgullosa. La hermana del Febo articulaba los dedos con desesperación y sudaba, sudaba copiosamente. Sus ojos eran incapaces de contener las lágrimas, y su boca había quedado seca, la impotencia de no poder hacer nada la estaba derrotando, más que todos aquellos espinos.

Bosque Santo de los Ángeles Caídos

Su pelo era corto y negro, peinado hacia atrás. Sólo una serie de mechones escapaban, aunque de forma ordenada, cubriéndole la frente. Su mirada era roja sin pupila, y su piel pálida dejaba clara la poca humanidad que aquel demonio de las profundidades albergaba. Su armadura era ostentosa, al menos tanto como la de los antaño temidos Generales Marinos de Poseidón, o como las de las miembros de la prácticamente arcana Guardia Imperial del Rey de Atlantis. Su capa tenía el color del abismo oceánico, y su armadura parecía hecha de coral. Aquel hombre era el temido Dagón, el más poderoso guerrero de los mares.

Él, que era un Devorador de Almas, que liberaba el espíritu de quienes quisiera de toda maldad quedándosela para sí, carecía de una propia o, al menos, esta habría ya expirado por toda la oscuridad que había consumido. Aquello le daba una fuerza sin precedentes, no tenía conciencia, ni sentimientos, ni emociones, siquiera un claro orgullo. La grieta de su armadura le importaba tanto como una diminuta piedrecilla en el camino. Aquel dios olvidado no era para él nada personal, pero sí lo consideraba un peligro para los planes de su general.

- Pelo azabache, mirada de borracho, y rostro escuálido y patético. - murmuró una voz, tan venenosa como las flechas cargadas en la ballestas de las veinticuatro guerreras que habían rodeado al Profundo. - ¡Eres el Dagón El Zombie! - exclamó sonriente. Era invisible, el siervo del Rey de los Mares no lograba captar donde estaba, no sentía presencia alguna, era como si pudiera atacarlo desde cualquier lugar.

Dagón: Eco Esmeralda... Cazadora de Genbu.. ¿Qué haces en los dominios del General Venus?

- ¡Otra vez me confundes con mi hermana! - exclamó la misteriosa. Su tono era bromista, incluso cercano a infantil. - Aunque espero que sea la última, ahora que ya la maté. - sentenció con inusitada crueldad - Al fin ya nadie nos confundirá.

Dagón: Eco Jade "La Veneno". Cazadora de Selene del Ogro. He venido a completar una orden directa del General Plutón.

- ¿De mi tío? - una carcajada resonó en el lugar, la actitud de aquella amazona era diabólica, emanaba maldad como si fuera una serpiente dejando su veneno tras un mordisco. Pero Dagón era invulnerable a ese veneno, la crueldad y la bondad eran para él efímeras estupideces de aquellos que estuvieran enfermos, aquellos que tuvieran la desgracia de tener alma. - ¡Ah, mi tío no mandaría a alguien que confunde trillizas para hacer cosas importantes! Las cosas difíciles me las manda a mí, como esos molestos carteros idiotas.

Dagón: Tan solo debo cortar un tentáculo de pulpo para que no haya problemas en el plan. - dijo el impasible. En menos de un segundo la llamada Jade lo miraba a los ojos. Sus pies estaban unidos por una liana que la mantenía sujeta en el aire. La vegetación parecía recorrer la platinada armadura. Sus mirada era la de un reptil, su piel fina aunque con ciertos detalles que dejaban entrever antiguos golpes de látigo. Sin duda lo más destacable era su cabello, de un verde que asemejaba las hojas de los árboles.

- ¡Ya, ya, ya! Este territorio lo custodio yo, tengo una tarea importante que hacer y no me gusta que nadie mire cuando hago mis deberes. Mi tío lo dijo claramente, nada de mirones. - era realmente siniestro, tras cada palabra estaba clara la esencia del mal, - Ya son tres objetivos con ese que atrajiste por necio, si sigues molestando serás el cuarto.

Dagón; ¿Aseguras que no saldrá de este bosque? - inquirió directo. La de joven rostro sonrió, una pequeña risotada sin ápice de maldad en el tono, mas siempre con aquel siniestro respaldo.

- Cincuenta y nueve mil novecientos noventa y nueve objetivos no han sobrevivido a mi. - aseguró la sonriente.

Dagón: ¿Cuántos lo han conseguido? - preguntó sin rodeos el de ojos rojos.

- Uno. - respondió con cierta seriedad, aunque al mismo tiempo con una sonrisa abierta. Un gesto del Profundo indicó su deseo de conocer la identidad de ese objetivo. - Mi padre, el General Venus.

Limbo de la Esfera Neptuno

El gigantesco coloso en que se había convertido el anciano Proteo, lanzó un fuerte puñetazo cargado de electricidad y rodeado de llamas. El ataque hizo estragos en todo el ser de Poseidón, logrando que sangre saliera de los orificios de su nariz. El crónida interpuso su mano para detener el brutal puño del cíclope y entonces supo que era imposible retener tal fuerza. Inmediatamente el gigantesco ser lanzó otro golpe con su otro brazo, que al hermano de Zeus le pareció infinitamente más destructivo que el otro, pero cuando lo detuvo, sintió que el fuego del infierno decorado por letales chispas lo consumía. Tuvo que tragarse su orgullo y retroceder.

Sabedor de que Proteo no se detendría, y viendo que su predicción no era equivocada al sentir nuevamente las llamas y la electricidad por todo su alrededor, Poseidón concentró la intensidad de su cosmos en el tridente , para luego enviarla en un poderoso ken capaz de dividir el Océano, el mismos que usara Horatio de la Ballena Blanca contra sus generales anteriormente. El cíclope cruzó los brazos, de gran grosor, hasta que empezaron a resaltar las venas y la musculatura. Un haz de luz en forma de rayo láser se disparó desde el único ojo de la metamorfosis del profeta, deteniendo el ataque del poderoso Olímpico.

Un fugaz ataque cortante le recordó algo: No luchaba con Proteo, sino con tres oponentes. Había neutralizado a la diosa de la violencia y eso le daba ventaja, además de que, tras sus aires de sadismo barato, Selene había vuelto a su papel de observadora. Sus rivales eran dos ahora, pero seguía habiendo peligro, pues eran tan orgullosos como fieros y tercos, su muerte significaba mucho para surgieron del cuerpoambos, y no cesarían hasta lograrla o perecer en el intento.

Inmediatamente Poseidón dedujo que debía neutralizar primero a Eolo. La fuerza de Proteo como cíclope era superior pero, el poderío del Señor del Viento no era ni fuerza ni cosmos, era su propio dominio sobre el aire lo que lo hacía peligroso.

Con serenidad difícil de entender dados los brutales destajos del sable de Eolo, que emitía vientos cortantes, Poseidón se concentró en el aire a través de su Rey. El viento y Eolo eran uno mismo, una habilidad que sólo él había aprendido a dominar en todos sus aspectos, pero al crónida no le interesaba estudiarla, tan solo valerse de ella por un momento.

Proteo: ¡Eolo! ¡No le pierdas de vista! - advirtió el cíclope con voz ronca. A cada segundo que él se relajaba sin querer, las imágenes del oscuro futuro que les aguardaba, le estremecían hasta volverlo completamente loco.

Eolo: No te preocupes tanto, Profeta de los Mares. Ese cobarde orgulloso atacará tarde o temprano y entonces... ¡Agh! - Tres picos ensangrentados surgieron violentamente del pecho del dios. Un aura tan pura como el mar se extendió por todo el cuerpo del peliblanco en forma de electricidad hasta desgarrar la carne y hacer añicos su armadura. Tras aquella víctima del poderío del Emperador de los Mares, este mismo se encontraba, dejando fluir su potencial sin piedad alguna.

Eolo: ¿¡Cómo es posible esto!? ¡Es imposible que haya atravesado mi Escudo Cardinal sin que lo supiera! ¿¡Qué clase de locura es esta!? - exclamó el orgulloso, haciendo que toda su ira se concentrara en el aire. Una presión entre calorífica y congelante empezó a azotar todo el ser del Emperador, acompañado por pequeños pero constantes ataques invisibles. - ¡Muere, muere, muere, muere... Y muere otra vez hasta que te canses de morirte infeliz! - gritó con odio, sus ojos lloraban sangre y el fluido carmesí se confundía con espuma en su boca. El heraldo estaba sobrepasando sus propio límites, aun sabiendo que no bastaría, se enfrentaba al segundo ser más poderoso de todo el Universo, y estaba recuperando su fuerza de antaño.

Valiéndose de sus poderes mentales, el Emperador maleó parte de la energía que estaba lanzando a su oponente para detener al cíclope. Proteo no lo había atacado, pero Poseidón sabía que estaba pensando hacerlo. Una vez la presión empezaba a ser una molestia, el crónida dio la vuelta, provocando que esta recayera en quien hasta ahora estaba atrapado por su imponente tridente, neutralizándolo. Eolo no había terminado de perderse en el limbo cuando el peliazul clavó su mirada en el coloso de un ojo, quien aún resentía en su piel quemada el ataque imprevisto que había sufrido.

Poseidón: Ahora tú, vulgar traidor: Tu cobarde existencia es algo que ya no estoy dispuesto a consentir.

Proteo temió por momentos, pero luego lo recordó: No le importaba morir, vivir en aquel futuro era peor. Matar al Emperador sería un paso importante para impedir que sus predicciones se hicieran realidad, pero si no lo lograba, dejar de existir era un premio, por muy cobarde que sonase.

El hijo de Cronos hizo desaparecer su tridente. Sin perder un segundo, lanzó su temible Furor de los Océanos, que logró dar cuatro de siete golpes. Proteo formó un relámpago en su mano derecha, la especialidad de los cíclopes, y lo blandió cual espada. Los estoques eran rápidos pero no tanto como lo estaba siendo el hermano de Zeus pese a su herida.

El que fuera heraldo de Poseidón en épocas pasadas, ahora lo atacaba con vehemencia, cayendo en la misma locura de Eolo. Mientras él debía sobrepasar sus límites para acertarle, el hijo de Cronos podía responderlo sin problemas. Con inigualable frialdad atrapó el relámpago de Proteo con las manos desnudas. El cíclope empezó a hacer presión, pero el peliazul respondía encendiendo su aura, que empezó a parpadear un color perla.

Poseidón: No por ser cíclope puedes destruir un universo... Traidor insignificante. Yo puedo deshacer y hacer nuevamente toda la realidad, ante mí no eres más que nada. - afirmó quien ahora llevaba en su mirada un pulcro color perla. Su cosmos crecía de tal manera que palidecía al dios marino. La mano imperial hizo desaparecer el relámpago y no sólo eso, el brazo que lo sostenía fue desintegrado así como la mitad de su pecho y abdomen.

El cíclope gruñó, llamas y relámpagos acercaron a ambos oponentes para deleite de la sádica observadora, Selene. Por un momento imperceptible, Poseidón posó su mano sobre su herida, aquella que Tritos de Neptuno le había causado, extrañado de que aquel dolor mísero se hubiera convertido en algo tan intenso. Para rehuir aquel tormento, el Emperador se veía obligado a encender su cosmo-energía, sobrepasando los ocho sentidos para lograr el verdadero potencial que hacía a los Dioses Olímpicos superiores: El Noveno Sentido, Sephirot.

La furia del cíclope manco era algo que Poseidón podía resistir, pero el misterioso escozor que sufría bajo su kamei impedía que pudiera combatir a nadie, y menos enfrentar a alguien que podía emular la fuerza de sus arcanos hermanos de un solo ojo.

Siquiera el orgullo del Emperador de los Océanos pudo impedir que escupiera sangre por la boca. Proteo no estuvo dispuesto a desaprovechar tal oportunidad por lo que lanzó un potente rodillazo capaz de hundir una ínsula en el abdomen del dios, dejando su corriente de llamas y truenos recorriendo el cuerpo del peliazul. El transformado desató una serie de manotazos terribles, pero sin causar el menor daño alguno al Hijo de Cronos, embutido de lleno en el temible...

Proteo: ... Sephirot. ¡El Noveno Sentido! - exclamó el atemorizado profeta. El cuerpo del Emperador se bañaba en un aura inmensa de color perla, que pronto adquirió a su vez un tono azulado. El crónida parecía crecer hasta empequeñecer la altura del cíclope, pero aquella era una sensación del anciano vidente, sencillamente era... Un verdadero Dios.

Con sorprendente habilidad legada por su instinto de supervivencia, Proteo escapó de aquella divinidad Olímpica mientras su piel se cuarteaba. El viejo profeta empezó a adquirir una nueva forma. Su piel perdía aquel aire escamoso, pasando al tono propio de un humano. Su cuerpo se volvió más proporcionado, con una marcada musculatura. Ahora tenía dos inmensos ojos blancos y sin pupilas y su cetro con una aguamarina en uno de los extremos era sostenido por el brazo que el hermano de Zeus destruyó anteriormente. Finalmente, destacaba su inmensa cabellera rojiza, capaz de cubrir su ancha espalda.

Proteo: ¡Ahora soy Encelado! ¡Esta fuerza primordial acabará contigo y dará luz a la negrura del futuro!

Temible, el que había tomado la forma del mismísimo Encelado, inmensamente poderoso aun entre los gigantes, asediaba con su cetro, que más parecía lanza, al crónida a una gran velocidad. Los ataques eran tan rápidos que era imposible que se notaran, y eso lo supieron al instante Eolo y Selene. Bía, la diosa de la Violencia, llegaba totalmente demacrada, estado que no mostraba en su rostro.

Bía: Proteo no reserva sus energías, ataca con toda su potencia y velocidad. Es un imprudente, no puede alcanzar más que un 10 en sus transformaciones. Con un poder tan mediocre no le servirá de nada ahora que Poseidón empieza a recuperar su antigua fuerza. - apuntó la hija de Palas.

Selene: De modo que sigues viva, esperaba que Poseidón al menos te hubiera enviado al Tártaro, lástima. - comentó con gran sadismo la hija de Hiperión, Selene.

Eolo: ¡Basta las dos! Combatir entre aliados durante un combate así... ¡Parecéis patéticos mortales! - exclamó el dios del Viento.

Proteo: "¿Cómo puede esquivar mis ataques si estoy usando la velocidad de la luz de forma constante? ¡Es imposible que la haya superado! ¿Es... Es este el poder de los Crónidas?" - pensaba el profeta sin cesar su asedio.

En aquellos momentos la mirada más tranquila de cuantas observaban aquella batalla, era la de Eolo. El dios del Viento no se contentaba con atender al combate. Su habilidad para dominar el aire le permitía estar al tanto de cuanto sucediera a su alrededor, y lo que sentía no le agradaba nada, incluso llegaba a provocarle un escalofrío. Lo que debía ser un limbo de pura nada, regresaba a su forma original, la Esfera Neptuno.

Cuando el resto se dio cuenta de lo que sucedía era tarde, el infinito mar de la Esfera Neptuno se alzó hasta cubrir a cada uno de los cuatro emisarios de Apolo. Sin que los heraldos lograran escapar, cuando el agua regresó al mar sin límites, los dioses de la Corte del Sol habían sido atravesados por gruesos pinchos de hielo. Eolo gruñó al verse nuevamente al borde de la muerte, no comprendía como, habiendo estado observando el proceso por el que Poseidón estaba alterando la realidad, había sido alcanzado de forma tan sencilla,

En medio de aquel paraíso de puro y limpio océano, con cuatro formaciones de hielo atrapando a los asesinos de Apolo, estaba Poseidón. Su aura era tan sobrenatural, que parecía cubrir todo aquel mundo, o quizá incluso todo el Universo se hacía insignificante ante semejante cosmos. Indudablemente él era uno de los Hijos de Cronos. El Olímpico veía con indiferencia al derrotado Proteo; el gigantesco cuerpo que poseía ahora no le servía de nada, y había soltado el cetro debido a la sorpresa del ataque.

Poseidón: Sólo sois emisarios, mensajeros. Se bien que no a todos os envió Apolo o, al menos, os unisteis a ese presuntuoso hijo de mi hermano con un fin muy distinto al del Juicio de los Hombres que el Tribunal de Némesis sentenció en el Cielo de la Justicia. ¿Me equivoco?

Proteo: Ya conoces mis razones... - dijo el profeta con pesar, sin la menor esperanza de vivir, ya sólo le esperaba la muerte, el descanso eterno, unido a la pesadumbre de saber que no pudo evitar el futuro, el más cruel de los destinos. - ... Sirvo a Apolo con el único fin de matarte, de terminar con las profecías del Ocaso. Haz cuanto des...

No pudo terminar la frase, el tridente imperial ya había atravesado la formación cristalina . La energía omnipotente de Poseidón desintegró sin dificultad todo el gigantesco cuerpo. El Emperador optó por no prestar atención a ese suceso, sus oídos no escuchaban el ahogado lamento de su profeta. Su mirada observó a la orgullosa diosa de la Violencia escupirle. La saliva se vaporizó con su cosmos, y el rostro del hermano de Zeus no se alteró.

Poseidón: ¿Qué razón llevó a la hija de Palas a unírsele? ¿Qué buscan los Titanes del Dios Sol? - preguntó el Emperador con su impasibilidad características.

Bía: ¿Qué razón me obligaría a responder a un cobarde que necesita inmovilizar a sus enemigos para preguntarles? ¡Este dolor no es nada para una titánide!

El dios del Océano no dudó un instante en mostrarle a la violenta titánide la respuesta que siempre daba a los insolentes. Su brazo se encendió con su aura de azul marino, y con este golpeó con fuerza el cuello de Bía, partiéndolo. La indomable deidad del cabello de fuego había muerto, y su alma inmortal descendía sin descanso al Tártaro, el Infierno de los Dioses.

Cada segundo, las heridas que Poseidón albergaba tras su imponente armadura crecían, y, al mismo tiempo, el Emperador de los Mares se volvía menos humano, para recuperar el esplendor de la Era del Mito. Aquella imagen celestial hacía que Eolo maldijera su suerte. En su interior, reconocía su estupidez al querer siquiera imaginar que podría matar a semejante dios, que aún entre los Seis Crónidas era temido. Al verlo delante, al observar la fría mirada de quien anteriormente creía poder llegar a derrotar, no tembló. Sabía que iba a morir, que todo estaba perdido, pero no se lo demostraría, no le daría ese gusto precisamente a él.

Eolo: Parece que no he estado a la altura de la tradición de los Olímpicos... ¿Eh, Poseidón?

Sin que una palabra saliera de sus labios, el hermano de Zeus cubrió con su mano el rostro del Señor del Viento, empujándolo lentamente hacia atrás, como queriendo así arrancarle la cabeza, pero inesperadamente la movió al lado contrario, haciendo que se golpeara con un pico del cristal que atravesaba su pecho. Eolo seguía vivo.

Poseidón: ¿Qué me dices de tu razón, Hija de Hiperión...? ¿O debería decir... Hija de Ares? - preguntó el solemne, volteando con lentitud.

- Eres muy observador, tío abuelo. - dijo la supuesta Selene, logrando en su grácil pero siniestro y sádico tono denotar su verdadera identidad. - Quizá esa habilidad habría sido más necesaria en descubrir la finalidad de mi ataque que mi identidad. - Poseidón carraspeó, sin necesidad de saber que le pasaba, ya imaginaba que era consecuencia de su incompetencia al no prever la estrategia de su enemigo, y eso le enfurecía - El atlante fue muy útil, estoy seguro que él y el renacuajo, lo planearon cuidadosamente. Después de todo, los caballeros astrales tienen muy claro cual es su límite... - decía con tranquilidad lo que para quienes escuchaban parecían divagaciones de una diosa enloquecida ante las puertas del Tártaro - Un ataque precedido por la Venganza está avalado por Némesis. Aún cuando Neptuno era inferior, su deseo de marcarte logró remover el aura de la Diosa de la Justicia, y ella destrozó el Kamei.

Poseidón: "El Juicio de Némesis" - murmuró el de cabellos de mar - Aprovechaste un punto débil para herirme, eso no requería explicación. A menos que...

- ¿Lo imaginas? ¿Conoces ya mi identidad? Al igual que Zeus, mi padre tuvo muchas amantes y una cuantiosa descendencia, insignificante si la comparamos con la del Rey del Olimpo, pero suficientemente notable como para que no te sea tan sencillo saber quien soy. Ah... Pero mi identidad no importa, ya te lo dije. Lo relevante aquí es que mi ataque, no acabó luego de que dejara de rasgar tu interior, tío abuelo. - se relamió los labios. Su rostro empezaba a adquirir un tono amarillento, como si el fuego se hiciera carne. - Cualquier daño que yo cause, aunque sea un sencillo corte superficial, lo puedo expandir hasta crear una herida mortal, o provocar centenares de cortes leves por el cuerpo, que aparecen paulatinamente hasta que mueres. Es infalible, una vez empieza no puedes recuperarte, ya que si lo haces, el daño se intensifica. Lástima, si esa armadura no se interpusiera, ahora vería el durante milenios invulnerable cuerpo de Poseidón rojo como una estrella a punto de morir.

Una imperceptible mueca indicó que el Rey de Atlantis se había enfurecido verdaderamente. No porque aquella deidad pudiera vencerlo, sino porque la razón de que aquello estuviera pasando es que, nuevamente, estaba fracasando su fuerza ante la estrategia de su oponente, tal como había ocurrido con Atenea 10000 años atrás, cuando sintió la Luz del Sol quemar su cuerpo.

Lasciva, sádica, cruel, cínica... Todo aquel lado oscuro que el Emperador prevería de cualquier descendiente de Ares en aquella diosa se potenciaba hasta niveles inconmensurables. Indudablemente la diosa estaba disfrutando de su ira, de su frustración, y de su impotencia.

Un suceso hizo que cesara el goce de la diosa. Una brisa prácticamente mágica la atravesó, haciendo que la armadura que la cubría se disolviera en un aura carmesí que salía violentamente de la poseída titánide. La explicación era sencilla pero imposible de imaginar para Poseidón, pues tras de él, Eolo, con su bella Kamei intacta y su mano desatando aquel sereno viento, se encontraba.

Eolo: ¡Este es el Viento Celestial que Remueve las Almas! Tu juego ha terminado... Seas quien seas.

Al Emperador de Atlantis no le dio tiempo para poner su mente en su lugar cuando un rayo de coral congeló sus pies hasta la cintura. Sin pestañear Poseidón estalló la escarcha pero aquello no era lo importante, ante él, llevando el Etowashi de Neptuno, estaba alguien que recordaba como el primer, y más poderoso, General Marino, Dagón Brujo del Mar.

Y a su derecha, una figura espectral. Tan sólo era el espíritu de la diosa que hace apenas segundos poseía a Selene, que fue atrapada por Eolo antes de caer al vacío, pero para ambos dioses aquella era un rival digno de temerse. Su armadura estaba cubierta por un manto negro como la noche que abarcaba todo su cuerpo. Su rostro, de tono amarillento, estaba cubierto por una cabellera que no sobrepasaba la nuca, pero que velaba la mitad de su rostro, dejando ver sólo su sonrisa, blanca como la nieve.

Poseidón: Primero un atlante, luego mi Profeta, ahora un General Marino... El desfile de traidores que camina por este limbo me irrita. El hedor de la traición es algo que no esperé sentir en el primer guerrero que me juró lealtad. Pero... ¿Cómo esperar que un mortal sostenga su juramento, cuando los inmortales conspiran ya a mis espaldas? La escoria desaparecerá hoy y ahora, me he cansado de la inmundicia del pasado.

Dagón: Cael está en nuestras manos, General Carmesí. - murmuró el tenebroso marino. La bella deidad puso su mano en el rostro para echar hacia atrás su cabello, cuyo tono rojizo era apenas perceptible, pues era muy oscuro; sólo unos cuantos mechones rebeldes quedaron sobre su frente.

- De modo que el renacuajo lo ha conseguido... - respondió la diosa - No lo esperaba, en verdad no lo esperaba. Supongo que he de irme, conociéndole, tal vez se mate de un corte de su propia espada por la emoción. - decía sonriente, como evocando el pasado con nostalgia. Un portal se formó a su lado, del mismo carmesí oscuro de su cabello, pero a su vez con el dorado de sus ojos. - Adiós, Poseidón, no nos volveremos a ver, morirás desangrado irremediablemente, es el Destino. - se despidió la deidad, que estaba de espaldas al Emperador. La mirada de Poseidón, fría como el hielo de los mares del Norte siguió a aquella que había herido su orgullo hasta que desapareciera.

- ¿No ataca el orgulloso Emperador a la General Carmesí? Cuanta caballerosidad irradias Poseidón, no imaginaba una actitud tan sabia de un Olímpico. - murmuró un nuevo visitante, el auto-denominado Legítimo Rey de los Mares, que apareció a la derecha de Dagón como el aire que se vuelve líquido para terminar en sólido. - Después de todo, no es una característica de vuestro antepasado, Urano, la paciencia y la cortesía.

Eolo: Eres ese que vino al Santuario alegando ser el Rey de los Océanos... ¡Vulgar presuntuoso! ¡Esta no es tu batalla...!

Un rayo rozó la cadera del Señor del Viento buscando alcanzar aquella mancha en la invulnerabilidad de Poseidón, pero éste la detuvo con una mano. El Emperador no pudo de reprimir un gemido de dolor, pues retener tamaño ataque lo hirió. Sorprendido, el Señor de Atlantis recordó que, aun siendo su alma la de uno de los Crónidas, su cuerpo era humano, y por mucho que elevara su cosmos, no estaba exento de recibir heridas que nunca habría sufrido en su verdadero cuerpo.

Eolo: No me ignores anciano... ¡Ni se te ocurra obviar mi presencia! - exclamó el furibundo dios del Viento, que seguía cargando a la herida Selene.

- Calla ya, niño. Si sigues molestando de esa manera, no podré contener mi fuerza. - respondió con tranquilidad aterradora el autodenominado Rey de los Mares. Eolo mordió su lengua, deseoso de poder mostrarle a aquel presuntuoso cuanto "contendría" su fuerza, sólo la curiosidad por saber que había pasado con Selene lo mantenía quieto.

Poseidón: El desfile no cesa. - murmuró el Emperador - Ahora precisamente apareces tú, Heredero de Pontos.

Eolo: ¿Heredero de Pontos? - preguntó el Señor del Viento sobresaltado - ¿Acaso sabes quién es ese petulante?

Poseidón: Él es...

Bosque Santo de los Ángeles Caídos, Interior del Santuario

Touma estaba helado, sin poder expresar lo que sentía en aquel momento. Los cadáveres de los emisarios de Hermes se mostraban masacrados, como el más miserable de los asesinos se hubiese entretenido torturándolos durante semanas. Sin embargo, era claro que la matanza había sucedido apenas medio día antes.

- Hace tiempo que vi esa expresión tuya, sigo extrañándome de que un guerrero como tú se horrorice. Tal vez, pese a todo, sigas siendo ese niño que iba con su hermana.

Touma: ¿Crees que cualquier guerrero haría esto? - preguntó el Santo de Atenea, mirando al ángel como si estuviera loco. - Como ángel del Olimpo estuve dispuesto a ejecutar a Seiya, a eliminar a los enemigos de los dioses. ¡Pero aquí no eliminaron a un enemigo sino que masacraron a decenas! Jamás pensé que los Caballeros Astrales pudieran ser tan crueles...

- A veces cuesta tener paciencia cuando se sabe que vas a oír una estupidez, pero en esta ocasión creo que no había forma de que pudieras adivinar con certeza lo que aquí pasó. - decía con su confianza casi arrogante de siempre. Touma estaba desconcertado. - Los asesinos de los emisarios de Hermes... Son ellos mismos. Fue obra de Fobos, Caballero Astral de las Emociones y los Espíritus, capaz de generar tanto miedo en sus víctimas como para enloquecerlas hasta el punto de que compañeros se maten entre sí.

Touma: Ya veo, es una conspiración muy bien planeada. Indudablemente los Caballeros Astrales tienen algo entre manos... Algo siniestro.

- Lo lamento, ángel de la Libertad... O Santo del Ave Celestial. En cuanto Caronte regresó de un extraño viaje el día anterior, me miró fijamente a los ojos y me lanzó una especie de maldición que me impide ver qué es lo que planean. Apenas esta matanza fue lo único que vi. Espero que no molestes con vanalidades como el por qué no actué en ese momento porque no responderé, el pasado ya no interesa y debemos preocuparnos sólo por lo que va a pasar. Dado que no puedo prevenir los movimientos del enemigo, sólo queda destruirlo sin aviso previo, antes de que Apolo sepa que ha pasado. ¿Estás dispuesto, Touma?

Touma: En un principio sólo vinimos al Santuario a hacer recapacitar a Apolo y salvar a Seika... - reflexionaba el Santo del Ave del Paraíso - ... Pero esta conspiración... Sospecho que podría afectar al mundo entero. Si la derrota de Hades trajo a dos Olímpicos a la Tierra, indudablemente cualquier acto que planeen los guerreros del Sol provocará una guerra. ¡Está bien! Venceré a los Caballeros Astrales.

- ¿En verdad lo harás, ángel caído? - preguntó una voz conocida. Cuando Touma y el ángel Olímpico supieron quien era sintieron un cierto escalofrío, aunque el de guerrero celeste parecía fingido.

Aquella mujer, su armadura de oro escarlata tenía algunas zonas protegidas por piezas de metal esmeraldino con forma de hoja de árbol, resaltando las de los hombros que sujetaban su bella capa. Su cara poseía la belleza y serenidad de una ninfa pero sin perder una pizca de la determinación de una guerrera. Era Dafne de Gaia, Guerrera Astral de la Tierra.

- Esto no os atañe, Comandante los Caballeros Astrales del Interior. Se con exactitud que no sois parte de la conspiración, de modo que, si no interferís, quizás os vea salir de este bosque consciente.

Dafne: Tu visión profética te ha vuelto arrogante, Admeto, ángel de la Compasión. Pero sea cual sea la conspiración que manejen la Orden del Sol, Touma es un criminal que debe ser ajusticiado por herejía e insubordinación.

Touma: ¿No lo has comprendido? La vida del Febo y de la diosa de la Luna corren peligro... ¡Y pierdes el tiempo tratando de castigarme por haberme enfrentado a los dioses que me engañaron vilmente!

Admeto: Comandante. Si Tritos de Neptuno e Ío de Júpiter han caído, el resto perecerá también, siquiera hace falta ver el futuro para saber que los superamos con creces. - aseguraba el ángel de la Compasión.

Dafne: Caronte, El Carnicero de Grecia; Titania, Reina Amazona de las Mil y Una Espadas; Titán, Señor de la Destrucción; Deimos y Fobos, los Hermanos del Terror y el Miedo; Narciso, El Ángel Caído; y Galatea, Mensajera del Fin del Mundo. Eso es lo que queda, presuntuoso ángel del Olimpo. ¿Crees que moriría en vano? ¿Crees que me sacrificaría tan noblemente por un déspota como Apolo? - preguntó la peliverde con una media sonrisa llena de desprecio y sarcasmo.

Touma: ¿Traicionarías a tu Señor...? - preguntó el Santo, sin poder creer lo que oía. Aun siendo finalmente un prisionero de los Cielos, sabía perfectamente quien era Dafne y le desconcertaba su actitud.

Dafne: ¿Traicionar? - repitió la bella astral - Eso has hecho tú, Touma de Ícaro, o tal vez... Deba decir, Touma del Ave del Paraíso, Santo de Atenea. - dijo con firmeza, trastabillando la determinación del que fuera ángel al servicio de Artemisa.- Heredé esta armadura de la guerrera más poderosa que el Universo haya visto desde el Inicio de los Tiempos, con la misión de combatir por los ideales de la Orden del Sol. En estos días, hacer eso sería traicionar los principios de esta caballería, y por tanto no me uní a la conspiración cuando comenzó; pero... Eso no quiere decir que vaya a suicidarme en el nombre de quien me volvió una vulgar esclava.

Admeto: Llevo rato tratando de explicarme la veracidad de esto que decís y sigo sin comprenderlo... ¿La futura Reina del Cielo y la Tierra reniega de quien la ama?

Dafne: ¿Amor? - dijo con desprecio amargo, denotando el dramático resentimiento que le producía aquella palabra en su alma - Eso le juró Zeus a Hera durante 300 años... Eso proclama Afrodita a su esposo Hefesto... ¿Pero sabes qué, Admeto, Ángel de la Compasión? Para los dioses sólo importa una cosa, el poder. Tan sólo desean lo que no les es fácil conseguir, y llaman amor al insaciable deseo de obtenerlo a cualquier costo. ¿Qué me quedaría como Reina de Apolo? ¿Eso? ¿El poder? ¡No me interesa lo que ese déspota pueda ofrecerme! ¡Jamás moriría en su nombre! ¿Caronte y los Caballeros Astrales lo quieren muerto? ¡Que así sea! ¡Que llegue al fin la hora en que los Olímpicos aprendan a respetar la vida, y a tratar a los demás seres con la dignidad que merecen!

El cosmos infinito de la Comandante de los Caballeros Astrales se encendía brutalmente mientras hablaba, haciendo temblar todo el lugar violentamente. Su aura era tan gigantesca que parecía envolver todo el bosque, pero ni Admeto ni Touma trastabillaron. El que fuera representante de Ícaro sólo tenía una pregunta, una que le carcomía por dentro desde que aquella ninfa apareció.

Touma: ¿Qué has hecho con Artemisa? - preguntó furibundo, encendiendo su cosmos eléctrico a gran nivel. La ninfa sólo lo miró serenamente, cual autómata que responde sin emoción o sentimiento.

Dafne: La maté...

Coliseo de los Caballeros, Santuario del Sol y la Luna

Un centenar de soldados de relucientes armaduras y pronunciadas lanzas saludaba marcialmente a quien parecía la líder. Una joven de pelo corto y rubia con dos cortes paralelos en la mejilla derecha sin llegar a rozar sus labios secos. Su armadura parecía a la básica de la Legión de Santos, recordando a la armadura de plata de Sagitta de la Orden de Atenea. Sin embargo, el color rojo intenso de algunos adornos en las hombreras, codos y rodilleras, así como la capa corta que le cubría media espalda, le conferían un rango superior al resto.

- Todos lo lamentamos, teniente. ¡Si tan sólo hubiésemos estado todos ahí... ¡ - exclamaba uno de los centauros a la joven, que observaba el cuerpo demacrado de su capitán junto a una veintena de soldados. La dureza de su mirada era incapaz de contener su pena que guardaba en su interior y que no deseaba dejar escapar. Ella debía ser fuerte, por sus hombres.

- Mi padre habría muerto igualmente. Indudablemente los Generales Marinos no eran tan débiles después de todo.

- Teniente, el General Plutón se ocupó personalmente de ajusticiar a los asesinos. Tan sólo sobrevivieron tres pero... - una sonrisa se formó en el rostro del informante. - Ahora están en manos de las Cazadoras de Selene.

- Todo eso ya lo sabía. - dijo tajante la joven. - Recuerda, soldado, mis habilidades no se basan en la fuerza o el mero cosmos. He sido entrenada por los Cinco del Capitán Folo para que mis cinco sentidos alcancen un nivel sobrehumano. ¡Y por eso sé que el hombre que mató a mi padre, que por su sabiduría recibió el nombre del más célebre hijo de Pontos, aún vive y está en este Santuario!

Limbo de la Esfera Neptuno, Santuario del Sol y la Luna

Poseidón: ... Él es el hijo de Pontos y Gea. El primero en gobernar los Océanos cuando Urano reinaba en el Universo... ¡Nereo!

Notas del Autor:

¡27 capítulos! Saludos cordiales a los fieles lectores que aún siguen leyendo. Dado el intenso capítulo 26, centrado en terminar el episodio de los Riscos de la Locura, en este un torrente de información llega dando respuesta a varios interrogantes. ¿Quién era el que se llamaba a sí mismo Rey de los Mares? Ya conocemos su nombre, pero no sus motivos ni objetivos. Sólo una cosa queda clara, sus órdenes no provienen de Zeus ni del Olimpo, y otra, tendrá que enfrentarse al poderoso Olímpico que acaba de derrotar a cuatro dioses él sólo. Se revela la posición de algunos de los soldados de Apolo respecto a la conspiración que se cierne en el Santuario. ¿Recapacitará Dafne y ayudará a Touma y Admeto a evitar una masacre? ¿Vencerá Poseidón a Nereo? ¿Kratos podrá escapar de Eco Jade? ¿Dejarán en paz a Seika algún día? Estas preguntas se resolverán, tan sólo es necesario una cosa... ¡Seguir leyendo! Ya sabéis, dudas, comentarios y críticas a: