Capítulo 8

Capítulo 28

"¡Guerra en Asgard! Cae una estrella"

El Fuego de la Casa de Sagitario se está extinguiendo Quedan 3:40 horas para la muerte de Atenea

Yggdrasil, Asgard Meridional

El cielo tempestuoso de la asolada Asgard vio sus nubes dispersarse al paso de una infinidad de columnas de luz que cayeron a la tierra. Por medio de su fuerza cósmica, Abel envió sus pilares esmeralda contra su hermano, quien trataba de destruirlos a través de potentes llamaradas que surgían de sus manos. Pese al gran poder de Apolo, la energía de las columnas acabó sólo dispersada en una atmósfera llena de fragmentos que el métida envió sin dudar a por el de ostentosa armadura.

Por instinto, el hijo de Zeus y Leto cerró sus enormes alas, haciendo que los estallidos de energía no le afectaran en absoluto. Esperando el inmediato ataque de su hermano, Apolo abrió con violencia sus alas desatando una potente esfera de pura luz amarillenta, como una pequeña estrella, que explosionó impidiendo que Abel se acercara.

En su interior Abel maldijo a la virtualmente indestructible Kamei de su hermano, una ventaja indiscutible que impedía que ataques como los anteriores causaran algún daño significativo. El métida dejo ver por momentos su malestar al tener que pasar a usar aquella fuerza, pero sabía que no le quedaba de otra tratándose de un dios cuya fuerza residía en la temperatura.

La sorpresa del hijo de Leto fue inmensa al observar como toda el aura calorífica de su enemigo se tornaba en chispas hasta pasar a una tremenda energía eléctrica. Indudablemente Abel había obviado ya el calor como forma de derrotarle y pensaba usar la Ira de los Nueve Cielos, aquello era algo que no esperaba.

Apolo: "...Pensé que nunca volvería a usar técnicas tan relacionadas con Padre... No debo consentir que lo utilice... ¡Debo aniquilar a Abel antes de que siga enturbiando el equilibrio de mi reino!"

Juntando ambas manos con las palmas abiertas, Apolo dejó todo su cosmos en un ken con la apariencia de una imparable Tormenta Solar. La temperatura había subido a un nivel muy superior al del mismo interior del Sol, haciendo imposible la supervivencia de cualquier otro ser en aquel momento. De pronto, toda la zona que ardía estalló en la apocalíptica Extinción de la Corona del Sol, que precedió al máximo ataque del Dios Sol: El Astra Planeta.

Bajando sus manos con solemnidad, sabía que aquel ataque agotaría al más temible guerrero, fuera quien lo recibiere o lanzase, incluso él quedaría agotado. Pero ahora se había liberado del yugo que impedía a los dioses desde tiempos milenarios utilizar la más inmensa e inagotable fuente de poder, aquello que sólo ellos podían poseer, aquello que los dotaba de su posición absoluta y superior: La Novena Conciencia.

Sus ojos vieron la vastedad de destrucción que había quedado tras su poder, el poder del Sol. Con una solemnidad incomparable, Apolo se elevó abriendo sus alas cual dios castigador, emanando un aura tan temible como para hacerse sentir en todo el Universo. La coraza brilló con un tono anaranjado antes de que, de todo el cuerpo de Apolo, salieran ondas caloríficas de destrucción precedidas de lenguas de fuego que consumían todo a su paso, devorando incluso las aguas hasta que ni el vapor quedó. Lo único que recibió la mirada del que se consideraba futuro Señor del Cielo y la Tierra, era un vacío tan inmenso que impedía ver el fondo.

Apolo: Se acabó, no queda nada, ahora yo...

Un electroshock de inconmensurables voltios cortó la apresurada declaración de victoria de Apolo, quien veía como centenares de relámpagos recorrían su armadura hasta introducirse en su cuerpo para luego salir y volver a dañarlo de forma constante y violenta. El létida trataba de imponer su voluntad a aquella fuerza sin igual, pero la energía estática del ken que sin duda era el de su hermano paralizaba su cuerpo cortando toda conexión con su mente. Al dios sólo le quedó la salida del Noveno Sentido, a partir del cual envió una visión calorífica a de fuego solar contra la nada, siendo esta atrapada por la mano de Abel.

El mismo hijo de Zeus quedó perplejo al oler el Icor que resbalaba de sus labios, ni su protección ni su invulnerable piel heredada como legado de la Diosa Madre Tierra impidieron que la energía estática removiera el interior de su ser con una potencia temible incluso para él. Con desprecio y presunción miró a su hermano, cuyo cuerpo estaba insuflado por un aura de calor más una constante de chispas que elevaban su cabello y que volvían su mirada de color perla.

A inesperada velocidad, Abel formó su Sol Invencible acompañado de su energía eléctrica y lo estalló en pleno tórax de su hermano, quien buscó aprovechar la situación para encajar sus llamaradas en la cara de su enemigo, pero este rechazó su ataque con una emisión de rayos a través de sus ojos. De un salto Abel se elevó más en el cielo, emitiendo un potente relámpago que Apolo detuvo gracias a un escudo de energía, que luego convirtió en una onda expansiva de choque que casi alcanza al rebelde dios.

Tomando esta vez la iniciativa, Apolo se situó detrás de su rival volviéndose una efigie de fuego. Con el terrible poder de su mente trató de apresar a Abel en un campo psiónico donde poder utilizar su máxima fuerza pero fue en vano, ya que Abel contraatacó lanzando rápidos ataques mentales por todo el cuerpo del létida para desconcentrarlo. Sin esquivar el asedio, Apolo buscó remover el alma del métida pero no pudo, sintiendo cada vez una descarga eléctrica más potente en su cerebro.

Dispuesto a aprovechar su ventajosa posición Abel usó de nuevo el Destello del Zodiaco Dorado. La reacción de Apolo fue lo suficientemente primaria como para que Abel sonriera con superioridad. Al centrarse su hermano en la defensa olvidó el asedio mental al que lo había sometido. Con una rapidez inimaginable, Abel logró controlar las gigantescas alas de la Kamei del Sol el tiempo suficiente para que no protegieran al portador de la armadura divina del terrible ken.

Con su facultad heredada de su Novena Conciencia de malear la propia energía en todas sus formas, Abel hizo todo lo posible para que no se desperdiciara ni una centésima parte del Destello del Zodiaco Dorado, cuya potencia era elevada gracias a su propio cosmos. La habilidad del dios caído formó un remolino de energía calorífica y eléctrica que arrastraba inmensos trozos de hielo de la lejanía. La fuerza gravitatoria era tal, que las nubes eran atraídas por esta, siendo la situación en derredor como la de la nada misma.

La fuerza cósmica de Abel dejaba una visión aterradora, tan potente y violenta como para impedir que Apolo sacara siquiera un brazo del remolino, tal y como el dios rebelde lo había previsto. Aquel era el momento perfecto para su plan, su cosmos omnipotente se solidificó en parte mientras un nuevo ataque escapaba de sus labios.

Abel: Súper... Nova ...- murmuró el métida. El ataque se introdujo tímidamente en el Caos que atrapaba a Apolo, mientras el remolino empezaba a elevarse, perdiendo su base. - "Ahora sólo necesito alejarte lo suficiente de la órbita de la Tierra mientras te atrapo en un campo psiónico que contenga la Supernova que te aniquilará. Hasta nunca, hermano"

Pasaron varios minutos antes de que Abel escuchara el sonido de la explosión y, aunque usó la vastedad de su fuerza mental para diseñar un campo que contuviera la implosión, esta afectó a toda la Tierra haciendo que, por momentos, un temblor se sintiera violentamente por todos los lugares.

Abel sintió el terror de su ataque y miro el cielo satisfecho. Un fenómeno de belleza similar al Arco Iris o la Aurora Boreal lo encandiló. Sin previo aviso, el Astra Planeta cayó estrepitosamente hasta la superficie vacía, provocando grandes daños en el cuerpo de la deidad sin armadura. El Olímpico caía en picado y de sus dedos salían diez hilos de brillante naranja que enseguida se enrollaron por todo el cuerpo de Abel, ahorcando su cuello, doblando sus extremidades y presionando todo su pecho y cintura.

Abel envió a través de su cosmos una tanda de miles de ráfagas de luz que fueron esquivados por Apolo. La Kamei había perdido un ala a causa de la Supernova, pero las heridas no eran notables y el létida seguía teniendo la ventaja. El hijo de Metis usó su último recurso; mediante la ira celestial desató una energía electro-estática que no pudo alcanzar al Olímpico. Aquellos lazos de fuego no estaban hechos de materia alguna, sino de pura energía, una energía que extrañamente rechazaba la fuerza relampagueante del más poderoso hijo de Zeus.

Apolo: ¿Cómo te encuentras, hermano? ¿Me echabas de menos? Agradezco ese bello regalo pero, como buenos hermanos que somos, debemos compartirlo todo. ¿No? - decía el létida con la crueldad disfrazada de solemnidad. El dios empezó a elevarse al cielo, arrastrando el cuerpo del rebelde con motivos indescifrables

Monte Etna, Isla Sicilia

Nadie en la isla de Sicilia sabrá nunca la hazaña del Santo de Fénix, que abandonó un arma que lo igualaba a los dioses, y que le permitiría ayudar a sus compañeros con una eficiencia mayor, tan sólo para defender a los habitantes de la isla de una inmediata muerte a causa del despertar de un volcán supuestamente inactivo. Aquella humildad y altruismo llamó la atención del guardián del Oro Impío, el cual veía le belleza del imponente volcán sin prestar atención a la bella mujer caballero que se acercaba.

- Fénix ha renegado del Oro Impío. Lamentablemente ese anciano orfebre fue más inteligente de lo que pudimos predecir. - dijo solemnemente Piscis, como si se estuviera dirigiendo a una deidad.

- ¿Pudimos predecir? Fui yo quien predijo, mi joven aprendiz, y es sólo mío el error. Uno no debería hacerse dueño de los logros de otros, pero mucho menos de los errores. - dijo el sabio anciano, sin dejar de mirar al Etna.

- Lamento haberos importunado. Mas estoy convencida de que esta desestimable situación se debe a la primaria actitud de ese Santo que es dominado por sus emociones como el más triste esclavo.

- Ah, subestimas a este espécimen por su apariencia de ratón, querida aprendiz. Tal vez no sea un león que pueda devorarnos, pero es un zorro, y un zorro puede llegar a ser el mayor de los peligros en momentos críticos.

- Lamento mis impulsos, juro ante el Cielo Estrellado que tendré más en cuenta vuestras enseñanzas. - dijo con sumisión - Entiendo que poderosas razones os obligan a no subestimar al Ave Inmortal.

- Absalom, Ophelia, Angelo, Baal, Kraynak y Anteo han muerto. Tres de ellos enfrentaron a un Santo Blanco que aún vive, el resto perdió sus valiosas vidas ante los compañeros de Fénix.

- ¿Un Santo Blanco? ¿La segunda casta de la arcana Orden de la Corona? ¿Acaso también hay Caballeros Reales aquí?

- Esperemos que no, sería realmente desafortunado. En cuanto a ese Santo Blanco, es mi deseo que lo busques.

- Vuestras deseos son órdenes. Removeré el Cielo y la Tierra y le traeré... ¿Con vida?

- Lamento verdaderamente la muerte de Ophelia, tenía grandes esperanzas en que tan abnegada guerrera fuera la escogida de la Kamei del Escorpión. Desafortunadamente, Angelo y Baal desobedecieron las órdenes de mi representante, y nuestro verdugo se vio en la dramática situación de ejecutarlos.

- Era una prueba de fuego, pasarla era vital para que los Santos de Oro cruzaran el límite de su humanidad. La casta de los Caballeros de la Espada de Damocles no debe consentir la debilidad.

- ¿Rechazas a tus compañeros? Eso es tan trágico... - comentó con un aire de melancolía - Los sentimientos son algo extraño y caótico. Lamentable es su carencia, y dolorosa es su tenencia.

- He decidido que los sentimientos son un estorbo a la hora de cumplir la misión que me habéis encomendado. Mi posición absorbe toda mi atención, y mis emociones sólo la desviarían, tal es la razón por la que reniego de ellos.

- El Libre Albedrío es una parte esencial del Conocimiento, mi impulsiva aprendiz. Es por eso que deseo que trates de convencer a ese Santo Blanco de unirse a nosotros, no trates de imponerte a su voluntad, pues si eso haces, no nos serviría de nada.

- Así se hará, Gran Maestro. - asintió la guerrera, desapareciendo entre arena.

Estepas de Asgard Septentrional

Galatea: ¡¡TRAMPOSO!! ¡Me pegaste cuando me sangró la nariz! - chillaba la infantil guerrera, aterrorizando a aliados y enemigos con su creciente cosmos , tan destructivo que arrasaba desde los árboles hasta cada trozo de hielo en derredor. - ¡Gigantón, ya Galatea te curó, ya castígalos! ¡Castiga! ¡Castiga!

Euritión sudaba copiosamente, no por miedo a enfrentar a Rung y Loki o al dios asgardiano recién llegado, cuya poderosa aura le recordaba al Cardenal Efialtes. No, aquel miedo que sentía era sobretodo rabia, rabia e impotencia al haber visto a aquella niña, supuestamente parte de una casta de héroes de la antigüedad, matando a uno de sus subordinados más leales. La mirada del capitán de los centauros volteó a los asgardianos, que pronto entendieron lo que iba a hacer.

Bud: ¿Qué pretende el extranjero? - preguntó al aire el frío cazador, cuyas Garras del Tigre Vikingo aun brillaban intensamente.

Loki: Ese loco pretende suicidarse, el cosmos de esa niña está creciendo a niveles que empequeñecen incluso al Maestro Dolbar. ¡Debemos huir! La princesa Hilda es más importante que nuestro orgullo... ¡Y creedme que me cuesta decirlo! No somos nada ante ella.

Beowulf: Estoy de acuerdo. - dijo de pronto el observador Beowulf, que salió de repente sobresaltando a los nerviosos guerreros divinos. - Las órdenes del Maestro son claras: Velar por la seguridad y bienestar de la princesa de Polaris.

Bud: ¿Pretendéis que huyamos de esta extranjera que tanto daño nos ha causado? ¿No sería eso traicionar a nuestra patria? - preguntó con indignación el elegido de Odín.

Beowulf: La patria no importa ahora mismo, no debemos perder de vista el objetivo de nuestra misión.

Rung: ¿En serio eres tú Beowulf? No recuerdo que el orgulloso destripador de bestias fuera tan cobarde y que renegara de esa manera de Asgard.

Loki: ¡Rung sabes que no es cobardía! ¿Qué crees que pasaría si morimos? ¿Qué destino le espera a Polaris? No podría regresarle la mirada al Maestro si...

Rung mostró sus dientes para tratar de echar de sí mismo aquella impotencia, pero no estaba dispuesto a cuestionar la autoridad de quien era su líder. Mucho menos pensaría siquiera en decepcionar al Patriarca Dolbar.

Galatea: Gritan mucho, no me gustan ya... ¡Ya no quiero jugar con ellos! Gigantón... ¿Por qué no los castigas? ¡Si los castigas te dejo jugar a algo divertido!

Euritión: ¿Ah sí? - dijo el centauro cual autómata, sin emoción, aunque con cierta locura amparada en la resignación del condenado. - ¿Sabes? Creo que adelantaré el juego, tal vez uno en el que tenga que descubrir en cuantos pedacitos se dividirá tu cabeza cuando la tire contra Yggdrasil. ¡¡Muérete maldita mocosa de mil demonios!!

Ninguno de los asgardianos pudo entender lo que ocurrió. Un hombre del tamaño de un gigante, que además guardaba en su interior la esencia de uno de los poderosos centauros, no lograba hacer nada a una niña que no medía más que la mitad de su pierna. La mirada de Galatea se había entrecerrado, y Euritión no llegaba ni a levantarla.

Galatea: No sabes jugar bien, cometes muchos errores, eres tonto gigantón. ¡Tonto! ¡Tonto! - decía Mercurio, enfadada. - No me gusta jugar contigo, eres muy molesto... Y malo. ¡Castigo!

El cuerpo del centauro estalló horriblemente, como si cada átomo hubiera explotado dejando un destello verde de pura energía que se extendió hasta crear un hoyo de inmensa profundidad. El aura de la infante era aterradora, y su mirada severa contrastaba con su anterior inocencia, su humor había cambiado.

Agrio: ¡El Diablo! - exclamó el joven centauro, único superviviente de su grupo. - Todo huele a sangre, todo. ¡Otra vez!

Rung: Parece que ese extranjero ha enloquecido. ¿Qué hacemos ahora Loki? ¿Acaso esa niña nos permitirá huir sin más?

Loki: Su cosmos no es normal, es como si el mismo Universo recorriera cada partícula de su cuerpo. - dedujo el frío líder de los guerreros divinos - Creía que eso sólo se podía conseguir a través de Yggdrasil .

Beowulf: Tao, la unidad de una entidad particular con el todo cósmico. El Maestro Dolbar predijo que tales enemigos eran posibles, y que debíamos evitar enfrentarlos.

Bud: Haced lo que queráis... - dijo el gemelo de Cid antes de sacar las garras - Yo me quedaré a destruirla.

Mientras la niña que mataba a aliados y enemigos se elevaba ante la mirada consternada de Agrio, hipnotizado por la grandeza cósmica de la infante. Los valientes protectores de Asgard encaraban los ojos vacíos de la llamada Mensajera del Fin del Mundo. Los cosmos blanquecinos destellaron al unísono con el esplendor de una nación, un país dispuesto a enfrentar la omnipotencia de los Dioses del Olimpo con orgullo, dignidad y valor.

Galatea: Destrucción, destrucción, destrucción.

Periferia de Asgard Septentrional

La princesa Hilda de Polaris, abnegada sacerdotisa de Odín que fue un día manipulada por las ambiciones de Poseidón y Kanon del Dragón Marino, hoy escapaba con todas sus fuerzas de su palacio, no por temor, no por cobardía, sino por la esperanza que el herético sacerdote le había dado al hablarle de una posibilidad de parar la invasión.

Una visión cruel y desgarradora empezó a destazar toda su esperanza. A su lado, el Santo de Cisne trataba de mantener la calma, y lo lograba, al menos exteriormente. Ante ellos, centenares de cadáveres de guerreros y civiles de Asgard, contándose mujeres, niños y ancianos, cubrían la totalidad del campo nevado al tiempo que, sobre el macabro mar de muerte, los que quedaban vivos enfrentaban como bestias salvajes a los centauros, cuyos rostros parecían los de demonios sedientos de sangre.

Hilda: ¡BASTA! ¡BASTA! ¡¡BASTA!! - gritaba la regente de Asgard. En su interior, incontables plegarias se elevaban al Valhala, buscando salvación para su pueblo. - ¡Parad esta monstruosidad! ¡No luchéis más!

Hyoga: Tranquilízate, princesa de Polaris... - dijo Cisne con toda la tranquilidad que podía ofrecer a su protegida - Sospecho que esto podría ser una ilusión.

La sospecha de Hyoga casi renueva la esperanza de Polaris, pero el pronto e inesperado ataque de un centauro la ahogó, pues la lanza amarillenta del soldado de Apolo llegó a rozarla antes de que Cisne lo destruyese con su Polvo de Diamantes, provocándole una ligera herida.

- Te lo dije... ¿O no te lo dije, hermano? - preguntó una voz. Los ojos de Polaris y Cisne quedaron consternados al ver a uno de los caballeros astrales que acompañaban a Narciso. Este llevaba una armadura oscura con pequeños detalles dorado escarlata. Sus alas de murciélago que se extendían grandemente, así como su maléfico rostro coronado por una cruel sonrisa y cabello canoso alzado, pese a la pulcritud de su rostro, le daban una apariencia nada lejana a la de un demonio.

- Finalmente tenías razón, Polaris detuvo su huida. - admitió el que era hermano del demonio que se alzaba en el aire. El inconfundible Deimos detuvo con gran facilidad un desesperado ataque que Hilda lanzó desde su báculo, destruyéndolo sin inmutarse.

Hyoga: Son ilusiones Hilda, no temas. Los caballeros astrales tratan de debilitarnos. No escuches, no mires, sólo siente.

Fobos: ¡Ni sientas tampoco princesa! - gritó vivaz el sonriente dios del Miedo - Tan solo celebra, celebra porque no todos los días tu hermano te da la razón. - de la nada hizo una copa de fino vidrio y rojo líquido, y la elevó ante la asgardiana - ¿Bebes, joven princesa? No es tu sangre ni tu carne, pero es la sangre de tu pueblo.

Aterrada y presionada por las constantes imágenes que llegaban a su cerebro, Hilda lanzó su ataque, blanco como su tierra ahora mancillada. Valiéndose de sus poderes mentales Fobos logró que el cuerpo de uno de los asgardianos que aun luchaban acabara como su escudo, sostenido por su mano libre, mientras bebía

Fobos: ¡Qué altruistas y abnegados tus súbditos, alteza! - exclamó vivaracho mientras dejaba que el cuerpo calcinado cayera al mar de sangre y muerte, donde el choque de lanzas, cosmos y voluntades se había convertido en único sonido. - Protegen y defienden las vidas de sus propios enemigos para que puedan disfrutar de las cosas bellas de la vida: La guerra, las masacres y el buen vino. ¡Salud! - exclamó bebiéndose lo que quedaba del líquido carmesí de un sorbo.

Hyoga: ¡Escucha bien esto caballero astral! - dijo el Santo de Bronce con determinación - ¡Si te atreves a tocar a la princesa Hilda de Polaris yo...! un rápido ataque color púrpura golpeó el pecho de Hyoga empujándole varios metros hacia atrás dejando un surco. La mirada de Fobos era tranquila y sosegada, pero la asgardiana veía la maldad en aquellos ojos de demonio.

Fobos: ... Entonces te callarás y te portarás bien como un niño bueno, y así el patito feo se convierte en cisne. ¿Está bien?

Hilda: ¡Hyoga! - la elegida de Odín volteó desesperada, viendo al guerrero nipón levantándose con dificultad ante la inmutabilidad de Deimos, que no parecía dispuesto a intervenir. La ahora furibunda mirada de Hilda atravesó la del dios del Miedo, quien seguía sonriendo. - Juro por Odín que... - su juramento fue cortado. En un parpadeo Fobos desapareció y apareció frente a ella, agarrándola por el pescuezo sin violencia, denotando que controlaba perfectamente la situación.

Fobos: ¿Juras por Odín... qué me destruirás? - preguntó el cínico hijo de Ares, sonriente. - ¿No era esto lo que planeabas? Un ejército que igualara a la Legión de Santos, que pudiera aplastar a cada extranjero, que nos derrotara... ¿Eso era lo que estabas buscando, no es así, Hilda de Polaris? Suena a esas leyendas de héroes y monstruos, de villanos maléficos y gloriosos campeones que ganan la batalla... Lo cierto es, que aun teniendo un ejército superior, mejores soldados, no habrías evitado este maravilloso baño de sangre.

Hilda: ¡Sois un hipócrita, caballero astral! - exclamó la princesa asgardiana con orgullo e ira, amenazando a la alzada deidad del Miedo - Vosotros habéis traído guerra y destrucción. Sólo busco defender mi país y a mi pueblo.

Fobos: ... Si uno de los ejércitos es más poderoso que el otro, lo aniquilará. Si ambos son iguales en fuerza, entonces el conflicto los destruye a ambos. ¡Es una verdad tan primordial, tan absoluta, tan bella! Yo, al igual que mi padre, al igual que mis hermanos, conozco todas las facetas de la guerra, y sus efectos sobre la mente, de hombres y dioses, son mi pasión.

Hyoga: ¡Polvo de Diamantes!

El gélido ataque de Cisne obligó al oscuro dios a separarse de Hilda. Una fina capa de escarcha se podía observar en su mano, pero pronto se extinguió ante el aura purpúrea del sonriente astral.

Hyoga: ¿Estás bien, Hilda? ¿Dónde está Flare? ¿Está...?

Hilda: Está en un lugar seguro, Hyoga, no te preocupes. - tranquilizó la asgardiana al Santo - Pero mi pueblo...

Fobos: ¿Quieres que pare? - preguntó de repente, la princesa quedó muda y no pudo decir nada - ¿Quieres que acabe con el sufrimiento de tu pueblo? ¡Puedo hacerlo si me lo pides! Soy un dios, después de todo.

Hyoga: ¡No le escuches! - gritó el Santo mientras elevaba su cosmos, preparado para atacar. Al poderoso dios sólo le bastó un ademán y la armadura del Cisne estalló en mil pedazos, dejando a su portador muy malherido.

Fobos: Pato, deja el "Cua Cua" de una vez... - sonriente, el cínico, miró a Hilda - ¿Quieres que te haga una demostración de la PAZ que tanto quieres?

Antes de que la princesa asgardiana pudiera decir nada, todos los cuerpos, vivos y muertos, de centauros y guerreros de Asgard, estallaron en un puro mar de sangre que salpicó por todo el lugar. Una gota del líquido carmesí manchó la piel de Hilda, ante la siniestra sonrisa del dios del Miedo.

Fobos: La sangre de tu pueblo será lo que acabe contigo, Hilda de Polaris. ¿No es la más deliciosa de las ironías? Pero te propongo algo, si te quitas tú misma la vida, tal vez otorgue paz a esta nación.

Furibunda, Hilda apuntó con su lanza al demoníaco ser, emanando su cosmos blanco como las nieves asgardianas, destellando relámpagos. A su diestra, Hyoga aparecía más poderoso que nunca, su ropaje se volvía divino, y sus alas se abrieron emulando el brillo de las tierras siberianas.

Fobos: Enfrentarme sólo hará que tu muerte sea más dolorosa, Polaris. Y tú, Hyoga, no creas que soy igual que los Dioses Gemelos de Elíseo, no te temeré porque tengas una armadura más poderosa... ¡Es más! ¡Esto es aún mejor! ¡Está bien, disfrutaré haciendo que ese brillo de esperanza desaparezca, la volveré desolación y la ahogaré en Miedo y Terror! ¡Haré que sintáis el poder del Señor del Miedo!

Partenón de los Reyes, Cima del Monte Olimpo

Perséfone: ¿Hades? ¿Esa entidad de las tinieblas es el hermano del Emperador Zeus? ¿El regidor del Reino de los Muertos?

Hades: La Oscuridad que sientes en mí, hija de Deméter, no es más que el resultado de la suma de todas las almas corruptas que han estado prisioneras en mi Reino. Los dioses os habéis vuelto mediocres pues no habéis sabido ver hasta que punto la Humanidad se ha vuelto la verdadera y única raíz de lo que ellos mismos llaman: Mal.

Deméter: No tienes derecho a juzgar a nadie. Ya el Mal y la Corrupción representabas antes de que el primer hombre pisara la Tierra. - sentenció la diosa de la Agricultura con sorprendente frialdad.

Heracles: Pese a las palabras de Hestia, pensé que harían falta milenios para que regresara alguien que estuvo a punto de oscurecer la Tierra, matando a todos los seres vivos que la habitan. Aunque seas uno de los Emperadores del Universo, tus actos han sido arbitrarios y malvados, sean los hombres merecedores o no del castigo del Olimpo, lo que tú has hecho sobrepasa a todos los pecados que pudieran haber cometido.

Ares: Que discurso tan bien preparado. ¿Te meterás en política, hermanito? - preguntó el dios de la Guerra divertido, aunque ignorado por el resto.

Hades: ¿La Tierra, dices? - preguntó el dios del Reino de los Muertos, su mirada imperturbable no podía de ninguna manera ser digna muestra de su crueldad - ¿No os dais cuenta de que todo el Universo avanza hacia la mediocridad? ¿Qué la maldad es inherente a la Realidad? No tenía intención de sólo eliminar la despreciable vida humana... ¡Mi cosmos se habría expandido por todo el Universo paulatinamente, hasta desaparecer cada estrella, cada planeta, hasta aniquilar todas las galaxias! Pues en este Universo, desde sus inicios, no nace más que pecado y maldad, incluso los dioses habéis caído en esa ley absoluta.

Ares: ¡Oh, Gran Voluntad! ¿Soy malo? Yo que esperaba redimirme un día, y volverme el héroe que siempre quise ser de niño, el Guardián del Amor y la Justicia... - teatralizaba el dios de la Guerra.

Deméter: ¿Qué tienen que ver las estrellas y los planetas con el Juicio a los Hombres que ha sentenciado el Tribunal de Némesis?

Perséfone: Madre... ¡Este ser no es digno de estar en el Cielo Empíreo! ¡No puedo concebir que alguien que emana tales tinieblas sea hermano de mi padre!

Hades: Hija de Zeus tenías que ser, Perséfone. Aunque yo mismo acepté y aún acepto la soberanía de mi hermano por sobre el Universo, veo en cada uno de sus innumerables vástagos la decadencia de nuestra estirpe. ¡Su existencia es tan indigna como el brillo de las estrellas! ¡Este Cosmos patético no es merecedor de los Crónidas!

Perséfone: ¡Enfermizo asesino! - gritó la hija de Deméter mientras trató de atacar a la velocidad de la luz con un bello cosmos castaño con destellos verdes. El poderoso Hades sólo hizo un gesto con su mano y fuerzas oscuras pararon su ataque y la paralizaron.

De pronto Deméter interpuso su cosmos de un castaño dorado que repelió las tinieblas. Decenas de parras surgieron del suelo sagrado a toda velocidad contra Hades, pero prácticamente se deshicieron ante su mirada fatal, como si su aura emitiera un campo de muerte.

Deméter: No consentiré que mates a otra inocente... ¡Hades! ¡Antes de tocar a Perséfone deberás pasar por encima de mi cadáver!

Ares: Las discusiones familiares son tan trágicas, traumaron mi infancia... ¡Ay Gran Voluntad, cómo las echaba de menos!

Heracles: Deméter tranquilízate, por favor. Sabes bien que a Hades no le tentaría el corazón destruir el Cielo Empíreo por mero capricho,

Decenas, cientos, miles de parras llenas de espinas trataban de impedir el paso del frío e impasible Hades, pero todas se deshacían en polvo. El cosmos marrón amarillento de la diosa de la Agricultura se contrastaba con la tiniebla que emanaba del Juez Supremo de los Muertos, aquel que reinaba sobre el Sub-Mundo. Por la mente de la bella crónida pasó la idea de valerse del Noveno Sentido, pero entonces la fatal presencia de su hermano hizo que su piel se palideciera al tiempo que un frío cadavérico le ahogaba el alma.

Los bellos ojos con el color de un campo de trigo enfrentaron por primera vez en 2000 años a la vacía mirada del Rey del Infierno. Era como si Vida y Muerte se vieran de frente, como si Creación y Destrucción debieran enfrentarse.

Hades: ... Tu inmortalidad no significa nada para mí, hermana, no tientes mi paciencia.

A una velocidad abrumadora, Perséfone se interpuso entre Hades y su paralizada madre. Con una gran valentía y determinación la hija de Deméter alzó su mirada. Sin cambiar la crudeza de sus ojos, Hades levantó a la diosa como si fuera una pluma, observándola.

Hades: Valiente... - dijo el Emperador del Hades antes de lanzar a Perséfone con al regazo de su madre, la cual la abrazó de inmediato, por instinto - ... O tal vez demasiado estúpida como para comprender la gravedad de tus propios actos. He venido por el llamado de mi hermana, Hera, no seguiré perdiendo el tiempo con trivialidades.

Siempre dejando un rastro de superioridad, Hades pasó de largo, entrando al mil veces glorioso Templo de los Reyes, desde donde en mejores días, Zeus y Hera rigieron el Universo. Ahora estaba vacío de su Rey, pero no por ello había perdido todo su esplendor, pues la Todopoderosa Reina Hera aún se sentaba en el Trono de los Cielos. En los labios del Amo de la Ultratumba sólo unas palabras permanecían selladas, y pronto dejarían de estarlo.

Ares: ¿No os emociona, Familia? Yo he regresado, y el tío Hades también, deberías rebosar de felicidad... ¿Y qué hacéis? Tratándonos como enemigos del Olimpo.

Heracles: ¡Qué la Gran Voluntad nos ampare! ... Hades en el Olimpo, no creí que volviera a ver algo así. - el hijo de Zeus miró a Deméter con cierta compasión - Deméter, seguro has sido la primera en sentir lo que Hades traerá a este bello y puro Mundo Celestial...

Palacio del Valhala, Asgard Septentrional

El dañado palacio del Valhala era observado por unos bellos ojos azules. El otrora sacerdote de Asgard mordisqueaba con templanza una manzana dorada, rejuveneciendo en cuerpo y cosmos. Sus canosos cabellos adoptaron el mismo color del fruto, al tiempo que una nueva presencia se dejó ver. Era una bella mujer de ostentosa capa y armadura decorada por símbolos rúnicos relacionados con el fuego. Su pelo, el que se dejaba ver tras su casco, que cubría medio rostro, era del mismo color que Hilda. Lo que más destacaba de aquella joven era su piel pálida, como si estuviera congelada.

- Veo que has recuperado el esplendor de antaño. Echaba de menos tu Cosmos, Asgard ha de llorar de alegría ante tu triunfante regreso. - decía la joven con una felicidad que evocaba a la fatalidad.

Dolbar: Si sigues adulándome así harás que me sonroje, mi joven y bella Valkiria. Fíjate, ni el Escudo de Odín retuvo a ese petulante de los astros, tal vez ni este alimento divino pueda negar que me estoy haciendo viejo.

- Si es así, más sabrás por viejo que por lo que eres. Hemos empezado a mover las piezas para que nuestra invencible Armada de las Tinieblas esté lista.

Dolbar: Eso es una gran noticia. Después de todo, estoy seguro que esos caballeros astrales no serán el único obstáculo. - dedujo el sacerdote mientras terminaba de comer el fruto dorado, emanando una cosmo-energía como nunca antes había habido entre los asgardianos.

- Los Gigantes de Fuego de Muspelheim, Gigantes de Hielo en Nifheim, Elfos de la Luz en Alheim y los Elfos Oscuros de Svartalheim. Sin olvidar, desde luego, las tropas que has reunido.

Dolbar: Ah, no te quites mérito, querida Valkiria. Más bien necesito preguntar... ¿Realizaste la última misión que te pedí?

- ... Proteger a los guerreros divinos y a un dios guerrero de Asgard, Campeón de Odín, nunca fue mi sueño pero... Supongo que sí, están a salvo de ese estorbo. Aunque no fue fácil, ninguna defensa psíquica o cósmica podía detenerla, me vi en la obligación de enviarlos temporalmente a Hel.

Dolbar: ¿Hel? Eso suena bien, justo lo que necesito en este preciso momento. No puedo correr el riesgo de que Apolo o Abel vigilen mis movimientos, este es un punto importante en el nacimiento del... Imperio de Asgard.

La pálida doncella que era llamada Valkiria chasqueó los dedos y una flama azul los cubrió, haciendo que tanto ella como Dolbar desaparecieran. El antaño sacerdote de Asgard bajaba hacia más allá del Hades, a las inhóspitas tierras de Hel.

Estepas de Asgard Meridional

Donde antes había una amplia tierra de nieve, las estepas de Asgard Meridional, ahora había un agujero tan inmenso como profundo, sobrepasando la corteza terrestre. Todo lo que había se volvió, en aquel agujero, un vacío, la nada misma mostrada como una sombra carente de luz, y ante tal siniestro espectáculo estaba Galatea, feliz y contenta con su obra.

Galatea: ¡La gente mala ya recibió su castigo! - dijo con cierto orgullo y los hombros alzados la guerrera de Mercurio. - Ahora sí puedo irme con mi hermanito. ¡Jugar, jugar, jugar con gente divertida! ¡Yo quiero jugar! - tarareaba.

Sistema Solar, Vía Láctea

Atado por hilos de la energía del Sol, Abel observó con calma la situación en que se encontraba, sabedor de que actuar bajo primarios impulsos sólo atraería la inmediata derrota. Cercano a la órbita del planeta Marte, Apolo removió las ataduras tratando de causar que el cuerpo de su hermano se deshiciera, pero el esfuerzo era vano.

Con malestar por no poder aniquilar a su hermano, que a sus ojos era un ser indigno de divinidad, Apolo lo lanzó contra el planeta rojo. La orgullosa mirada del létida cayó en una ira inmensa al observar como diversos trozos de la superficie de Marte se le acercaban, movidos por la fuerza cósmica de Abel. Alzando la mano desató el poder de su aura para desintegrarlos. El ken llegó a golpear violentamente la superficie del planeta, dejando una visible huella.

El hijo de Zeus trató de arrastrar al métida hacia él pero pronto vio como sus hilos de pura energía solar se tornaban en electricidad, siendo que el mismo Abel se había manifestado enfrente suyo. El Sol Invencible estalló en el peto de su Kamei brutalmente mientras Apolo buscó destruir a su rival sin compasión. La sorpresa fue mayúscula al ver que aquella era sólo una proyección astral del propio Abel, quien se acercaba a gran velocidad.

El hijo de Metis se valió de la teletransportación para aparecer justo al lado de su hermano. Por tercera vez el Destello del Zodiaco dorado apareció pero en aquella ocasión Abel sólo acercó cada una de sus manos a una de las esferas, provocando que el resto se fueran concentrando en estas. Valiéndose de aquella energía Abel golpeó contra Apolo para detener sus defensas. Una vez logrado aquello y viendo el desconcierto de su oponente, el rebelde dios dejó que las esferas, que habían crecido considerablemente, se pusieran a cada lado de Apolo generando una atracción inmensamente destructiva.

La potencia del ken fue suficiente como para empujar a Abel de nuevo contra el planeta rojo, pero su voluntad cósmica fue mayor y pudo mantenerse quieto. En su interior el métida maldijo a la armadura de Apolo, pero exteriormente mantuvo la calma. La Kamei del Sol brilló como nunca antes y, al abrirse el único ala que quedaba, un millar de rayos energéticos amenazaron con golpear repetidamente al de cabellos azules pero entonces sus ojos brillaron.

Manipulando la gravedad a su alrededor y la energía misma de los ataques, logró desviarlos para que rodearan el planeta rojo, entonces Abel supo que combatir en ese lugar y a ese nivel podría causar daños a la Tierra.

El caído de los cielos apareció sobre Apolo generando un campo gravitatorio con el que lo empujó lejos, hacia el cinturón de asteroides. Algunos cuerpos celestes empezaron a comportarse de forma violenta y arbitraria debido a la influencia de aquellos cosmos enfrentados. Varios asteroides se acercaron a Apolo pero este los deshizo mediante su cosmos, mientras que Abel partió un cometa por la mitad con su puño cerrado. En aquel momento los enfrentados hermanos no sólo debían preocuparse de sí mismos sino de su peligroso entorno, maleado por la ira que ellos evocaban.

Con la mano abierta, Apolo generó una infinidad de pequeñas esferas que lanzó contra todo el derredor, estallando por igual a todo cuerpo celeste y afectando a su hermano, quien contraatacó de distinta manera, pues en lugar de combatir el entorno, se aprovecharía de él. Valiéndose de los alcances ilimitados de su mente y su capacidad para controlar la gravedad mediante el Noveno Sentido, Abel concentró todos los cuerpos celestes amenazantes en su hermano. Apolo desintegraba los que podía con su cosmos pero muchos llegaron, momento en que la Kamei fue de gran utilidad.

La constancia en la manipulación de Abel del cosmos a era demasiado para el estado de la protección de Apolo. Afortunadamente para el orgulloso létida, el objetivo del peliazul no era destruirlo en ese momento, sino que pretendía alejarse lo más posible de aquel entorno que no era sino un arma de doble filo. La fatalidad creció cuando el Olímpico optó por emular la estrategia de Abel, sólo que en su caso primero permitía que se acercaran los cuerpos celestes, para cargarlos de su fuerza cósmica similar a la del mismo Sol que desde lejos parecía observarlos.

Los hermanos utilizaban todos sus recursos de forma constante, llegando a estar ambos igualados. El choque entre ellos era a cada momento más violento, pero de tal manera que nunca se perdía el equilibrio. De ese modo, si Abel usaba su cosmos, Apolo respondería con el suyo, si Abel se valía de su fuerza psíquica, Apolo también. La reñida batalla acabó por llevar a los contendientes no sólo más allá del Cinturón de Asteroides, sino que además sobrepasó planetas como Júpiter, Saturno, Urano o Neptuno hasta llegar a Plutón, el último, el planeta oscuro que no recibía la luz del Sol.

Apolo: Este es el final del camino, indigno rebelde. Aquí, frente al único planeta negado del brillo del Sol, será tu tumba.

Los ojos de Abel se abrieron grandemente al ver como de la nada se formaron, en las manos del Olímpico, dos grotescos cometas cargados de su cosmos flamígero. En aquel momento en que el tamaño de ambos dioses se veía aumentado, aquellos cuerpos celestes eran menos que nada. Los meteoros se agrandaron y fueron lanzados contra el métida, pero este ya supo como podría utilizar el ken en contra de su hermano.

Lejos de la furibunda violencia de Apolo, sediento de lograr la derrota del que consideraba su Némesis, Abel optó por valerse del verdadero poder de los dioses en todo el esplendor que pudo lograr en aquel momento. La fuerza cósmica que mueve el Universo, Tao, se concentró en su sereno ser. Unos ojos cerrados evocaban perfectamente la concentración del rebelde hijo de Zeus, y su aura abandonó su brillo del color del Sol para lograr la luz superior del Cielo de los Inmortales. El aura alcanzó el perla de la Última Conciencia, llenándolo todo con su omnipotencia,

Cual inminente Apocalipsis, los dos meteoros del tamaño de la Luna, chocaron violentamente contra el dios. Sorprendentemente Abel consumió con su aura toda la energía de los inmensos cuerpos celestes, que se resquebrajaron a su contacto. Apolo quedó estupefacto, y más viendo como dos bellas alas de pura luz emergían de su espalda.

Cuando la prepotente mirada del hijo de Leto captó la pureza del Noveno Sentido, sintió como si todo el Universo se le viniera encima. El tener una Kamei se había convertido en una desventaja. Estaba tan confiado de la defensa de su armadura, que sólo se había ocupado de destruir a Abel, había concentrado todo su cosmos, toda su aura bendita por la Gran Voluntad, en destrucción y eso lo iba a pagar caro. Indudablemente, Abel estaba en una posición favorecida, pero él jamás se lo haría saber, mantendría la impasibilidad característica de la estirpe olímpica.

Con un movimiento lleno de poderío, Abel soltó un haz de pura energía lumínica desde la palma de su mano. Una vez el ken chocó contra Apolo, ejerció una presión inconcebible hasta lanzarlo contra el planeta olvidado por el Sol. Un segundo pareció una eternidad, pues Apolo había sido enviado hasta el núcleo de Plutón a toda velocidad, estallándolo. La explosión fue terrible, inmensa, tanto que llegó a arrasar el planeta y sus satélites Caronte, Hidra y Nyx. Para el dios rebelde, que usaba el Noveno Sentido, aquel infierno cósmico no significaba nada, pero extrañamente no ocurrió lo mismo con cuatro hilos anaranjados de energía, los mismos que había usado su hermano en la órbita de Marte.

Abel quedó estupefacto cuando decenas de aquellas cuerdas solares empezaron a atraparlo por todas las partes de su cuerpo, desde extremidades hasta tronco y cuello. El atrapado dios recordó entonces la humillación que sufrió en horas anteriores, cuando las cadenas irrompibles de Hefesto anularon sus fuerzas.

Apolo: Manipulación de la luz... - dijo el létida de pronto. Abel miró con cierta sorpresa como su hermano permanecía intacto, aunque su Kamei había sido hecha pedazos en la explosión que desintegró toda la órbita de Plutón. - Cualquier ataque habría sido inútil, así fuera una Supernova o algo más destructivo. Ni siquiera un cosmos capaz de desaparecer todo el Universo serviría contra alguien que utiliza el Noveno Sentido a tal nivel... - una mueca cercana a la sonrisa pareció aparecer por unos momentos - ¿Perdí los estribos no es cierto? Me dejé llevar por sentimentalismos humanos de rabia y rencor y eso por poco acaba conmigo. Lamentablemente, ya no puedo proseguir nuestra batalla por más tiempo en estas circunstancias, y se bien que tampoco puedo dejar que un dios caído me venza.

Abel: Así que has manipulado la energía del Cosmos para malearla hasta volverla sólida, y así poder retenerme. No negaré que sea una estrategia inteligente, pero de nada sirve contra la Última Conciencia.

Apolo: ¿Quieres liberarte? ¿En verdad deseas romper esos hilos? ... Abel, no creas que pretendía inmovilizarte eternamente con eso. Es simple, si hicieras eso, la energía concentrada tras cada una de las Cuerdas de Estrella, estallaran en Supernova... Sí, bien se que eso no sería suficiente para destruirte, pero la onda expansiva seguramente alcanzará para desaparecer todo este Sistema Estelar. ¿Te das cuenta arrogante rebelde? Si eso pasa, todos tus aliados, todas tus tropas, morirán. Si permaneces tranquilo durante unos cuantos milenios, tal vez te alejes lo suficiente de la Vía Láctea, tal vez podamos librarnos de tu indigna visión.

Girando su mano, un hoyo dimensional apareció a su lado. La mirada de Apolo indicaba una confianza y prepotencia absolutas, sabedor de que, en aquel momento, Abel no supondría un problema.

Abel: Retiro lo de inteligente estratega, Apolo. Cobardía, eso veo, En todo este Universo no hay nada más indigno de hacerse llamar dios que tú, y la blasfemia que has cometido hoy deberás pagarla... Aquí y ahora.

El cosmos perla de Abel se concentró en sus dos ojos, aun serenos pese a la situación, y se desencadenó en forma de relámpagos tan violentos como era de esperarse de quien fue considerado el igual de Zeus.. El poder del métida expulsó al Olímpico, lanzándolo con brutalidad contra el hoyo dimensional.

Estepas de Asgard Septentrional

El Cardenal Efialtes debía agradecer a los Hados la ventaja que habían adquirido. Combatir contra tantos guerreros divinos no era tarea fácil incluso para él, que igualaba el cosmos de los Santos de Oro de la Orden Ateniense. No era su poder o fuerza lo que él había aprendido, prudentemente, a temer, sino la determinación y fiereza con la que peleaban, sin dudar ni un solo segundo, sin prestar atención a la fatiga o al frío de las tormentas. Aquellos pensamientos aumentaban en su mente al ver como los asgardianos empezaban a organizarse para una segunda oleada. Efialtes sintió las miradas de los campeones de la Nación del Norte hasta que estas atravesaran su cuerpo y llegaran a su espíritu, pero pese a todo no titubeó.

Efialtes: ¡Legión de Santos! ¡Atacad! ¡Arqueros apuntad desde la retaguardia! ¡Lanceros en primera línea! ¡El resto agrupaos en escuadrones de ataque! ¡Buscad el punto débil del enemigo! ¡ADELANTE!

Creyendo en su Cardenal, y absorbidos por su determinación y valentía, las tropas del Ejército del Sol se lanzaron elevando sus cosmos, como si fueran ángeles de luz, invencibles. Los monumentales guerreros del Gigante de Fuego y del Gigante de Hielo miraron a su compañero, cuya armadura venía a representar al Elfo Oscuro. El pesar en el de orejas puntiagudas se fue al ver como centenares de guerreros aparecían desde ambos lados, venidos de Asgard Meridional bordeando Yggdrasil. En cabeza de tal ejército iba el valeroso Vladimir, jefe de la guardia de la princesa de Polaris.

Una sombra se cernió por sobre el líder de la Legión de Santos, pero no era la del temor a la derrota. Cuando Efialtes miró al cielo vio algo que no esperaba. Un gigante de más de cinco metros de altura, cabellos grises y embestido en la más magnífica armadura se encontraba justo detrás de él, y al lado, una bella amazona de cabello corto erizado hacia atrás, cargando dos katanas en ambos brazos, lista para el combate.

Efialtes: ¡SATURNO Y URANO! ¡LOS CABALLEROS ASTRALES DEL EXTERIOR! - exclamó sin caber en su entusiasmo.

Titán: Je, je, je... ¿Qué esperas Cardenal? ¡La victoria nos espera! ¡Ataquemos!

Una nueva sombra se cernía, pero ahora sobre los defensores de Asgard, la inescrutable y fatal sombra de los guerreros más poderosos del mundo antiguo, los caballeros astrales.

Yggdrasil, Asgard Meridional

Mientras un hoyo dimensional de reciente abertura ser cerraba, un dios caía inexorablemente a la nada. Al sentir la fría nieve en su espalda, Apolo abrió los ojos con gran violencia. Había sido vencido por Abel, había sido humillado por alguien que estaba condenado. El orgullo del Olímpico había sido aplastado por su hermanastro, y sólo el saber del destino reservado a quien fuera su rival permitía que no desencadenara su rabia.

- Vas a constiparte si sigues ahí recostado, Apolo.

Un escalofrío recorrió al hijo de Leto al oír aquella voz. Pese al estado en que se encontraba, el orgulloso Olímpico se levantó con los ojos desorbitados, estaba fuera de sí, como si estuviera en presencia de lo que más temía.

Apolo: ¿¡TÚ!? ¡TÚ ESTABAS MUERTO! ¡¡TE VI MORIR!! ¡El Destructor... El Destructor te...!

- ¿Muerto? ¡Ah, sí! Me lo dicen mucho, últimamente. Pero aquí estoy, como el buen padre que viene de visita. ¿Cómo van tus planes de conquista, hijo mío? ¿Ya gobiernas una galaxia? - preguntaba el hombre de pelo platinado con humor. Apolo había perdido la capacidad de hablar de repente. - ¿Dos? ¿Tres?... No importa, tenemos todo el tiempo del mundo para que le cuentes a tu padre que has hecho con su Creación.

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Notas del Autor:

Saludos nuevamente. Como el anterior, este ha sido un capítulo ciertamente informativo aunque, esta vez, con su gran dosis de acción, destacando el ¿último? Choque de Soles. También se nos revela que la segunda casta de los Caballeros de la Corona, lo que sería para el Santuario, Santos de Plata, son conocidos como Santos Blancos. La conversación entre Dolbar y la "Valkiria" se refería a los nueve mundos de la mitología nórdica, y se hablará más de ello en próximas entregas. Para saber como acaba esta guerra, y ver quien es el que está ahora con Apolo (¡Nah! Ya sabemos quien) así como el destino del país del Nort (Y de Abel... Porque he de hacer una pregunta... ¿Qué estrella cayó en este capítulo?)e, esperad el capítulo 31, donde finalizará esta sub-saga. Ya sabéis que podéis dar vuestras quejas, comentarios o dudas a:

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