Capítulo 31
"¡Guerra en Asgard! El Rey de los Dioses"
El Fuego de la Casa de Sagitario se está extinguiendo Quedan 3:10 horas para la muerte de Atenea
Yggdrasil, Asgard Meridional
Los dioses Olímpicos no eran conocidos precisamente por mostrar fácilmente sus emociones. Pocas veces uno de ellos había temido a alguno de sus rivales, siendo única ocasión la batalla con el monstruoso Tifón. Apolo, que incluso ante su hermano Abel no temió la posibilidad de derrota, se veía totalmente congelado ante la llegada de su padre, Zeus. El de ojos celestes y cabello de fuego no pudo sino preguntarse como era posible que el Rey de los Dioses se apareciera precisamente ahora. En su interior maldijo a Tique, pues sólo el más siniestro azar podía provocar una situación como aquella.
Zeus: ¿No respondes? ¿Cuántas galaxias has conquistado, Apolo? ¿Dos? ¿Una? ¿Media, quizás? - preguntaba el de eterna serenidad. La ironía estaba impresa en cada una de sus palabras. Apolo hallaba fuerzas apenas para levantarse. - Después de todo has estado alardeando eso. ¿No? Que reinarías en mi lugar sobre todas las cosas.
Apolo: No sé quien haya dicho tales palabras. ¿Helios? ¿Hermes? Padre, no comprendo por qué prestas atención a la palabrería de deidades que siquiera comprenden los fundamentos de nuestra divinidad.
Si Fobos estuviera en aquel lugar, quedaría sorprendido del temple del Dios del Sol. Aún cuando no hubiera en la Tierra ser más aterrorizado, Apolo se mantenía sereno, y hablaba con tal firmeza que la veracidad de sus palabras no sería puesta en duda ni por el más minucioso juez.
Zeus: ¿Y cuáles son las fundamentos de nuestra divinidad, Apolo? Ilumíname, tú que eres el Dios del Sol.
Apolo: Somos creadores y ordenadores del Cosmos, Padre. - respondió el más poderoso hijo de Zeus. Sus palabras carecían de titubeos o dudas. - Mi intención siempre fue que tu advenediza esposa no se hiciera con el trono. Sabía bien que Hera se aferraría a su reinado y por eso dispuse de la Tierra para obtener lo que por derecho me pertenece.
Zeus: ¡Apolo! - exclamó repentinamente el Rey. - Hablas como si la nuestra fuera una monarquía humana. Además olvidas que nosotros somos también guardianes de la Creación, y que tenemos responsabilidades inherentes a nuestro poder.
Apolo: ¿Responsabilidades? Padre, nosotros somos dioses, regimos el Universo que un día creamos. Nada está ni ha estado jamás por encima de nosotros.
La soberbia de Apolo pesaba sobre la infinita paciencia de Zeus. Con suma tranquilidad y facilidad, el Rey agarró del cuello a su arrogante hijo, y lo levantó como si se tratara de una simple pluma. Su sonrisa perduraba, pero de algún modo el ambiente se había vuelto pesado, mas el Febo no estaba dispuesto a perder el control, no le daría ese gusto a Zeus.
Zeus: "Colgad del cielo una cadena de oro y agarradla entre todos, dioses y diosas. Aún así, por más que tiréis y os esforcéis no conseguiréis sacar del cielo a Zeus, el amo supremo. Pero si yo me decido a tirar de ella, os levantaré a todos vosotros, junto a la tierra y el mar, enrollaré la cadena en un pico del Olimpo y todo quedará suspendido en el aire. En tanto supero a los dioses y a los hombres"
Apolo: Esas palabras... - murmuró el sometido Olímpico. - Sabes que no son ciertas, Padre. Yo soy Apolo, y mi Cosmos es tan absoluto como el tuyo.
El hijo de Leto encendió su cosmos hasta sobrepasar sus propios límites, hasta alcanzar el nivel con el que enfrentó a su hermano Abel. La llama que ahora lo rodeaba a él y a su captor era tal que podría quemar el núcleo de la más grande estrella, pero Zeus no parecía estar afectado lo más mínimo por el fuego cósmico del más poderoso de sus vástagos. Por el contrario, el Rey simplemente lanzó de uno de sus dedos un pequeño rayo que empujó al de mirada celeste contra el Árbol del Universo, que tembló ante la potencia del Rey de los Dioses.
Zeus: Tú, hijo mío, no eres más que mi Aura, mi Cosmos. Al igual que Abel, Hades o Poseidón, puedes enorgullecerte de eso, pero de nada más, pues de ellos eres el más débil. Tan sólo representas el Esplendor de la Gran Voluntad.
Apolo no podía creer que un simple rayo de su padre hubiera igualado todo el poder de su Cosmos. Sus ojos, tan puros como el cielo, observaron con temor la herida en forma de rayo que cruzaba su pecho. ¿La misma deshonrosa marca de la derrota que llevaba su hermano? El létida sintió como una cólera desproporcionada sometía a su razón, traduciéndose en una virulenta tormenta solar que golpeó de lleno a Zeus, que simplemente alzó solemnemente el brazo que tiempo atrás había consumido la Oscuridad con la que Caronte de Plutón pretendiera matar a su hija.
El poderoso Dios del Sol quedó enmudecido cuando sus llamas, el hielo, el agua, el vapor y la totalidad del espacio en derredor, se concentraba en el brazo alzado de su padre, dejando un vacío aparentemente infinito. Ni siquiera el inmenso Yggdrasil podía verse, y era incapaz de notar el flujo del Tao o la mera existencia del Espacio-Tiempo.
Apolo: Tus palabras carecen de sentido, Padre. Los dioses podemos alcanzar a la Gran Voluntad, gracias al Noveno Sentido, que abarca todos los aspectos de su magnificencia: Kéter, Jojmá, Biná, Daat, Jesed, Guevurá, Tiferet, Netzaj, Hod, Iesod y Maljut.
Zeus: Si es así. ¿Cómo es posible que tu fuerza no se compare a la de Heracles o Ares, aquellos que gozan de mi Poder, es decir, mi Guevurá?
Apolo cerró los ojos por un segundo. En medio del vacío creado por su padre se sentía libre de ataduras, de límites. Con orgullo hizo que su cuerpo se fundiera en Cosmos, convirtiéndose prácticamente en la más bella de las estrellas. El tamaño del Astro Rey era tal que amenazaba directamente con consumir el Emperador del Universo, pero entonces Zeus, en un alarde de su supremacía, golpeó a aquella bola de fuego con tal potencia, que simplemente desapareció debido a la onda expansiva resultante del ataque. El létida vio como aquel puñetazo no le había causado el más mínimo daño, por lo que contraatacó enseguida con una lluvia de haces anaranjados parecidos a los que usara su hermano en su contra, pero el crónida sencillamente los esquivaba sin la menor dificultad. De repente, el hijo de Leto vomitó Icor en grandes cantidades, mientras el sagrado líquido bajaba a su vez por los orificios de su nariz.
Zeus: Ese es mi Poder, Apolo. La fuerza ilimitada de la que, como ya dije, gozan Ares y Heracles. Al igual que tú posees un cosmos similar al mío y al de mis hermanos, capaz de llenar el Universo entero.
Apolo: No lo comprendo. - admitió el Olímpico. Se sentía derrotado y sumido en preguntas sin respuesta. - Siempre dejaste que creyera realmente que era el único capaz de igualarte... ¿Niegas ahora mi poder, Padre? Además aun no entiendo tus actos, pues los míos han estado guiados por la razón. ¿Debería yo, Apolo, Dios del Sol, consentir que Hera se siente en el Trono del Universo? Creíamos que habías caído en batalla. ¡Era mi Destino ser el Rey de la IV Dinastía! - aseguró el létida. Un sonoroso aplauso fue lo único que escuchó, y una amplia sonrisa fue lo poco que vio de su padre antes de que una luz totalmente pura, incluso más que la de su Astra Planeta, lo cegó.
Zeus: Ya deberías saberlo, hijo mío, mas te lo recordaré. Yo soy omnisciente, todo lo veo, todo lo escucho, y todo lo sé. Mis sentidos están en cada rincón del Universo y, por tanto, estoy consciente de todo lo que ocurre, desde la inocente conversación de dos lindas jóvenes... Hasta las inagotables conspiraciones en mi contra. - Las últimas palabras de Zeus fueron tan sombrías que pareciera que no era él quien hablaba, sino el implacable Hades.
Partenón de los Reyes, Cima del Monte Olimpo
En el Trono del Universo, Hera observaba toda la Creación buscando el motivo de la repentina desaparición de una parte de esta en Asgard Septentrional. La diosa sintió en su ser como el Tao se concentraba alrededor de su cuerpo. Muchos que habían visto aquel exquisito fenómeno aseguraban que, en realidad, el Tao venía directamente de la crónida, pues ella tenía un control casi absoluto de este, pero se equivocaban.
Mientras sentía como el Tao la rodeaba, sintió elevarse por sobre todas las cosas, incluso el mismo Cielo Empíreo, y se vio a sí misma, una majestuosa reina de cuyos cabellos, largos y lacios, de un color celeste, parecían desprenderse pequeñas estrellas que se perdían en sus solemnes túnicas, que presentaban los siete colores del Arco Iris. ¡Cuán insignificante resultaba un ser, fuera mortal o no, frente a la totalidad del Cosmos!
La bella crónida sintió la calidez espiritual de Hestia aún en su estado de omnisciencia, fruto de su unión con el Tao pese a que fuera sólo temporal. La mayor de las hijas de Cronos era de alguna manera la más poderosa, pues desde que cayera el Emperador del Tiempo frente sus hijos, ella había sostenido como Vestal aquel hermoso cielo y, en parte, también el Universo. Era la diosa más cercana a Zeus, Poseidón, y Hades, los Emperadores del Universo, pero aquello no impedía que, humildemente, se mantuviera siempre a disposición del Consejo de los Doce, del Sephirot.
Zeus, Hades y Poseidón dirigieron la primera reunión del Sephirot. Ellos eran el Cielo, la Tierra y el Océano por ese entonces, así como un día lo fueron Urano, Gea y Pontos. Mas puesto que ambos eran igual de poderosos, y que juntos habían derrotado a Cronos, nadie podría prever quien sería Kéter, la Corona, la cúspide de aquel Árbol de la Vida. Por aquel entonces, Atenea era Jojmá, la Sabiduría, la más cercana a Zeus por haber nacido de sus pensamientos.
En ocasiones Hera maldecía aquello, y por eso jamás se opuso a que Ares y Atenea se enfrentaran, aun sabiendo que su hijo tan sólo buscaba diversión, y no conquista o destrucción, en sus actos. No podía ni debía mirar a Atenea con los mismos ojos vengativos con los que un día observó a los hijos ilegítimos de Zeus, pues la Diosa de Ojos Grises era la hija primogénita de Zeus, de su primera esposa, Metis. Pero, aunque respetaba a la diosa virgen, no podía evitar sentir cierta envidia de aquella que podría decir conocer con exactitud cómo pensaba el indomable Rey del Olimpo. Si bien ella era Biná en el Sephirot, tan sólo entendía y razonaba aquello que llegaba en primera instancia a la Guardiana de la Tierra.
Luego de aquella trinidad formada por el Emperador, la Emperatriz y la hija sin madre, se encontraba Hefesto. Él era Daat, el Conocimiento, que con el paso de los milenios se dejaba absorber más y más por la búsqueda incansable de este en todas sus formas. Al principio sólo era un orfebre con grandes habilidades pero maldito por los Hados, pues era despreciado y utilizado por muchos, y burlado por el resto. Pero con el tiempo los dioses empezaron a temerle, pues sus obras amenazaban incluso al Dynamis. Llegando a edificar el Pilar de los Siete Océanos, que ni las armas de Libra podían romper, o la Urna del Elíseo, capaz de resistir incluso al Rayo de Zeus. Cuando Hera quiso darse cuenta, su hijo se había alejado completamente de ella.
Más allá de Daat venía Jesed, asiento que ocupaba la misericordiosa Hestia, su hermana que humildemente sostenía con sacrificio la estabilidad de los Seis Mundos, desde el puro Éter hasta el inhóspito Tártaro. Su hijo Ares ocupaba Guevurá, pues era el Dios de la Guerra y en se ser estaba toda la fuerza de su padre, Zeus. Hacía aproximadamente 3000 años que no pisaba el Olimpo tras su derrota frente Atenea y sus Santos, que lo habían condenado a milenios en la Nada. Ni siquiera ella, siendo su madre, era capaz de comprender la actitud de su hijo, que muchas veces parecía ajeno a toda ambición, como si no tuviera ninguna meta más que sus actos en sí mismos. Él siempre le respondía que su único interés era divertirse.
Excepto Kéter y Maljut, todas las demás emanaciones de la Gran Voluntad, encarnadas en los dioses que formaban el Consejo del Sephirot, circundaban ante Apolo, el Dios Sol. Era el equilibrio, lo auténtico, el Esplendor... Era Tiferet. Durante mucho tiempo desde su nacimiento, se mostró como el más digno de los hijos de Zeus, por lo que, aunque había tratado de impedir por todos los medios su nacimiento, Hera llegó a respetarlo como miembro del Consejo, especialmente por su actuar frente a la conspiración de Abel y la consecuente Filiomaquia, guerra en la que el létida dejó claro que había heredado de su padre las más notables virtudes de los dioses, virtudes que ahora parecía haber perdido.
Afrodita era la Victoria, Netzaj, del Amor por sobre el Odio. Estaba siempre acompañada de una divinidad primigenia que solía tomar la forma de un niño con angelicales alas en la espalda. Era Eros, que pocas veces se separaba de su madre, aunque era bien sabido que se trataba de un protógono. La opinión de Hera sobre aquella divinidad tan libidinosa era reservada, y a veces sentía que sus actos estaban más regidos por una insaciable lujuria que por el sentimiento que decía representar.
El siguiente era Hermes, el joven Mensajero de los Dioses al que había llegado a apreciar desde que había nacido. Era la Gloria, el Hod, y como tal siempre estaba rodeado de un aura especial, tan pura como la luz, Poseía una mente tan privilegiada como la de Hefesto, aunque la utilizaba sólo en forma de elocuencia, pues el más rápido de todos los seres de la Creación poseía una capacidad comunicativa casi mágica, que usaba tanto para engañar con cinismo entrañable, como para decir una verdad tan absoluta como la totalidad del Universo.
Debajo de Hod y de Netzaj estaba Artemisa, cuyo asiento era el Iesod, el fundamento de los Nueve Sentidos y como tal, el comienzo de la trascendencia de los dioses. Aquella indomable cazadora había logrado cimbrar la tranquilidad de Hera en aquel tiempo, pues junto a su hermano había cambiado notablemente en todos los sentidos, habiéndose convertido en la sumisa cómplice de su hermano.
Finalmente estaba Deméter, Maljut, aquella que se encontraba en el umbral que separaba la divinidad de lo humano, la eternidad de la mortalidad, y lo absoluto de lo particular.
Las emanaciones de la Gran Voluntad, eso eran los Olímpicos. El Noveno Sentido que los alzaba por sobre otras divinidades, estaba fundamentado en el Árbol de la Vida, lo absoluto. Pensar en aquello hacía que Hera pensara en ocasiones que, en el fondo, no eran diferentes de los Titanes, o tal vez eran más cobardes que aquellos seres que enfrentaron desde el inicio las leyes cósmicas de los Protógonos. Después de todo, los Olímpicos sólo eran una parte del Cosmos, sus creadores, tal vez, pero no estaban por encima como pretendían.
- He vuelto. - dijo una poderosa voz. Hera miró al frente, observando como el Dios de la Guerra, Ares, subía hacia la atalaya. Su rostro era tan irreverente como de costumbre, y no hizo ninguna reverencia al estar frente a la Reina. - He vuelto... ¿No hay abrazo? ¿Madre? ¿Tía Hestia?
Hestia: Su Majestad. - dijo la crónida de pronto, sin prestar atención a su sobrino. La diosa del fuego se levantó con solemnidad. - Creo que mi permanencia en es el Olimpo ha durado demasiado, con vuestro permiso regresaré a mis obligaciones.
Tras el asentir de Hera, Hestia se fundió en el fuego sagrado de su interior, desapareciendo. La mayor de las hijas de Cronos era la encargada de sostener los distintos reinos: El Cielo de los Dioses, la Tierra de los Hombres, el Reino Marino de Poseidón, el Reino de los Muertos de Hades y el Tártaro, las primigenias entrañas de la Creación. Cada mundo era sostenido por una vestal, mujeres que debían resguardar su virginidad y espíritu y dedicar la eternidad a la oración, para mantener vivo el Fuego de los Dioses. Sin ese sacrificio, el Cosmos volvería a tornarse Caos y volvería el reinado de Erebo.
Ares: Se fue sin despedirse de mí, su sobrino favorito. - murmuró el Dios de la Guerra llamando la atención de la Reina de los Dioses. - Últimamente no recibo la atención familiar que debería...
- ¿Y por qué no buscas atención de los mortales, hermano? ¿Será que no te recibirían tan entusiasmados como antes luego de haberles dado sólo dolor y miseria?
La joven hermana de Ares, de pelo rubio claro peinado hacia atrás, llevaba en sus manos una bandeja blancuzca hecha de nubes semi-sólidas, sobre la cual había una copa de oro puro con siete piedras preciosas incrustadas, cada una reflejando un color del Arco Iris. La deidad, que vestía una túnica color verde jade que dejaba desnudo el hombro derecho, representaba la juventud, y era quien daba a los dioses la ambrosía. Sin mediar palabra Ares curio el cáliz con suavidad pero con habilidad, de modo que Hebe no pudo impedir que diera un sorbo.
Ares: No me glorifiques tanto, hermanita. - dijo el dios, medio en serio, medio en broma. - Sabes que yo soy sólo la musa, los humanos son los verdaderos artistas.
Hebe: ¡La copa de ambrosía era para Su Majestad! Y... Hermano, emites la pestilencia de un Berserker...
Ares: Sí, es cierto, lo siento pero en la Nada Absoluta no hay agua. ¿Me perdonas? - preguntó con ojos inocentes.
La diosa iba a responder pero entonces notó que sus palabras callaban una vez salían de su boca, como si estas murieran. El ambiente se volvió pesado y frío, y Hebe se sintió debilitada por el Cosmos que acababa de entrar: Hades había llegado, y a su lado se encontraba Deméter.
Deméter: Disculpad la tardanza, Majestad, pero la presencia del Exiliado en nuestro Cielo me obligó a asegurarme de que mi hija Perséfone estuviera a salvo.
Las palabras de la Diosa de la Agricultura se perdieron en el olvido mientras Hades caminaba con sumo respeto hacia la Reina del Cielo, ante la cual llegó a arrodillarse por un instante para besarle la mano.
Hades: Han pasado eones desde la última vez, hermana. - saludó el Emperador con deferencia. - La Luz del Éter y el Cosmos del Universo siguen brillando a tu alrededor. Más bien lo hacen con más intensidad que nunca, Majestad.
Hera: Hermano, el Olimpo y yo añoramos tu arte, pues los lienzos que un día adornaban este palacio carecen hoy de la vida de antaño. ¿Cuánto durará esta eternidad de división? ¿Cuándo los Crónidas se sentarán nuevamente en el Sephirot?
Hades: Ese día habrá de llegar pronto, hermana, pues yo he regresado. Las guerras santas serán un frío e inerte recuerdo, ahora y en los siglos venideros.
Mientras Hades se levantaba y retrocedía unos pasos, Ares le regresó la copa dorada a su hermana Hebe, que vio con asombro que no quedaba ni una gota de la ambrosía. Ares sólo sonrió para frustración de la joven hija de Hera, que sencillamente desapareció del lugar tras disculparse a la Reina.
Ares: Ah, la monogamia te ha sentado mal, hermanita. Ya no eres la misma Hebe que conocí. - comentó el Olímpico.
Hera: Ares. - El Dios de la Guerra dejó atrás el misterioso velo que cubría sus pensamientos y volvió a la realidad, recordando la razón por la que se encontraba devuelta en el Partenón de los Reyes. - Hades, sed bienvenidos nuevamente al Olimpo.
Ares: ¡Cuán frías y directas palabras! Sí, eres Hera, no cabe duda de ello. - afirmó el de cabello negro con sosiego envidiable.
Hera: Tiempos oscuros han acaecido en la Tierra que pertenece a los dioses. Los humanos han levantado la mano contra nosotros y además han ensuciado nuestro paraíso con su arrogancia y auto-destrucción desinhibida...
Ares: Lo sé. ¡Estoy tan orgulloso de ellos!
Hera: ... Sin embargo, tal como decretó nuestro Rey, Zeus, hace 2000 años, no tomaríamos parte en una nueva e innecesaria guerra en la Superficie, mas Apolo renegó de la resolución del Consejo, formando una Corte de Heraldos y liberando a guerreros que nunca debieron regresar del Tártaro. Es gracias a Helios, hijo de Hiperión, que conocemos de los planes de Apolo y ante tal rebelión fue necesaria la liberación del traidor Abel. Le encomendamos la derrota de su hermano, pero ahora el destino de ambos queda en manos de los Hados.
Hades: Ciertamente han sido actos extremos los que habéis llevado, tanto el Consejo como el mismo Apolo. Las fauces de Tártaro no deben abrirse bajo ninguna circunstancia y en poco tiempo ya ha ocurrido en dos ocasiones. - juzgó el Emperador.
Hera: Finalmente he de concordar contigo, hermano. Demasiado temerarios han sido nuestros actos, más propio de hombres que de dioses, pero ahora es justo y necesario corregir nuestros errores. Atenea debe morir, así como sus guerreros y aliados, así como los del traidor Apolo.
La sentencia de la Reina de los Dioses fue directa, sin pausas. Deméter miró a los dos exiliados que habían regresado al Monte Olimpo. ¿Sería Hades el elegido para tal matanza? La Crónida negó con la cabeza, lo que su hermana decretaba no era sino la aniquilación total del Santuario y la destrucción de todos los que ahora allí combatían. Los ojos llenos de vida de la diosa miraron a Ares, el Dios de la Guerra, sabedora de que aquella tarea no era propia sino de aquel que permanecía tan sereno pese a lo tenso del ambiente.
Hera: Ares, menester tuyo será la purgación del Santuario... Y de Asgard. Siquiera reminiscencias de la existencia de las traiciones que hoy se rebelan ante la luz de una estrella caída habrán de quedar cuando Nyx cubra nuevamente la Tierra. Justo y necesario es este Juicio Divino para que una nueva era comience. Dios de la Guerra, dirige a tus Berserker, al Azote de Heracles contra los enemigos del Olimpo.
La atención estaba sobre el aparentemente ausente hijo de Zeus. Tanto los ojos de la Vida como los de la Muerte se cruzaron alrededor del Dios de la Guerra, aunque Hades permanecía imperturbable, contrario al temblor visible en la piel de Deméter, quien sufría al igual que la Gran Madre las constantes luchas entre dioses. Repentinamente Ares le devolvió la mirada a su madre, y de sus labios escaparon inimaginables palabras.
Ares: ¿Matar a Atenea? - preguntó con simplicidad. Hera asintió, a lo que su hijo respondió con amplia sonrisa y cierta dejadez. - No me apetece.
Periferia de Asgard Septentrional
Fobos veía desde las alturas como la sangre derramada en la nieve tomaba la forma de un ejército de asgardianos y centauros cubiertos del líquido carmesí. Mientras Hyoga pretendía detener aquello golpeando al dios del Miedo con su Polvo de Diamantes, Hilda se defendía del asedio de las tropas ensangrentadas, que a gritos pedían su cabeza.
Hilda: Sois sólo ilusiones... Sólo ilusiones... Sólo ilusiones... - se repetía constantemente, tratando de creer sus propias palabras.
Los centauros enfrentaban violentamente a los asgardianos. Los guerreros de ambos bandos parecían cadáveres vivientes, totalmente cubiertos de sangre. Aunque perdían miembros constantemente, no cesaban de combatir hasta haber sido despedazados por completo. Muchos asgardianos ignoraban la batalla, dirigiendo furiosas miradas a Hilda.
¿Por qué no hacéis nada? ¿Tan poco os importa vuestro pueblo? ¿Por qué nos ignora? ¡Por qué! Escuchaba la joven Polaris constantemente. La sacerdotisa de Asgard estaba paralizada, pues aquellas voces eran tan reales como si de hecho aquellos guerreros incansables fueran asgardianos.
Hyoga miró a Hilda y luego a Fobos. Tras lanzar su Rayo de la Aurora para alejar a algunos guerreros sanguinarios que se acercaban a la princesa de Asgard, se alzó a una velocidad superior a la de la luz contra el dios del Miedo, que sólo sonrió. Sin dudar, Cisne lanzó su Polvo de Diamantes a bocajarro, pero el aura purpúrea del hijo de Ares deshizo el hielo de inmediato al tiempo que escondía una gran bola de fuego violácea que empujó a Hyoga contra la superficie.
Hilda: ¡Cisne! - exclamó la de cabello celeste al ver la caída del caballero ateniense. La joven echó un vistazo en derredor, sólo vio destrucción y odio, odio hacia los invasores, y hacia ella. Al ver tan macabra escena recordó la propuesta de Abel y las razones que la llevaron a rechazarla. - No he buscado esto, pero no puedo huir... ¡No puedo abandonar a mi pueblo! ¡Odín, tu fiel sacerdotisa, no, Asgard te necesita!
¡Odín ya no os reconoce, Hilda de Polaris! ¡Nos ha abandonado por vuestra debilidad! No sólo sucumbisteis ante Poseidón... Sino que además ahora obedeces al culpable de nuestra decadencia... ¡Dolbar! Las voces no paraban, se repetían una y otra vez en la cabeza de la princesa, pero entonces la tormenta de nieve que tiempo atrás detuviera Apolo regresó, alejando a las almas en pena que la rodeaban.
Fobos: Dioses... - suspiró Marte. Con un gesto hizo que las llamas que lo rodeaban cayeran cual lluvia de fuego. - Tu mayor miedo... ¿Cuál es tu mayor miedo, Hilda de Polaris? Deseo ver el terror que hay en tu alma.
Hyoga: ¿Quieres terror, Fobos? ¡Yo te lo mostraré!
El hijo de Ares volteó, pero no llegó a ver a Cisne cuando todo su ser se vio envuelto en la Ejecución de la Aurora. Hyoga descendió cual ángel a proteger a Hilda de las misteriosas ilusiones, que ahora parecían estar hechos sólo de sangre y azufre.
Hyoga: Hilda... ¿Estás bien? - preguntó el Santo de Atenea mientras noqueaba a dos seres de fuego y sangre.
Hilda: Sí, no serán vanas ilusiones las que derriben la determinación de una asgardiana. - respondió con digna firmeza.
Deimos: No son ilusiones. - cortó el hermano de Fobos. Tanto el ateniense como la princesa de Polaris giraron, extrañados, a donde el siniestro dios de ojos felinos se encontraba. - ¿Cuál es tu mayor miedo, Hilda de Polaris? El miedo nace del pasado, oscurece el presente, y destruye el futuro. Aquello que más temes es la guerra en sí misma.
Las palabras de Deimos provocaron que un escalofrío recorriera la espalda de la princesa, mientras que Hyoga no dudó un segundo en lanzar un ken de hielo, que desapareció entre llamas purpúreas. Fue entonces que la sacerdotisa de Odín se dio cuenta de que la nieve que su Señor mandaba para protegerla ardía inexplicablemente. ¡El infierno se presentaba ante sus ojos!
¿Qué temes, hipócrita? ¡Tú trajiste la guerra a Asgard! ¡Te arrodillaste ante un falso dios antaño y lo haces ahora frente Abel! ¿De qué sirvió nuestro sacrificio? ¡Tú eres la culpable de que Odín nos desprecie! La sorpresa de Hilda fue mayúscula al ver entre los rostros de aquellos seres a los Dioses Guerreros, pero fue el ver a Siegfried lo que la paralizó. ¿Ocurre algo Hilda? Yo siempre te fui fiel, me sacrifiqué porque sabía que no eras culpable de tus actos pero... ¡Ahora has vuelto a traer la guerra a Asgard! ¡Huyes de la decadencia que trajiste!
Hilda: ¡Siegfried yo no quería esto! -aseguraba la princesa. Pese a que se sentía derrumbada, la sacerdotisa no estaba dispuesta a desfallecer, tenía un deber más allá de sus propios sentimientos, y estaba dispuesto a cumplirlos. - ¡Fobos! ¡La ira de Odín caerá sobre tus indeseables demonios y te arrastrará hasta los abismos de Hel!
Hyoga asintió, admirando la voluntad de Hilda y miró hacia donde se encontraba su enemigo. El dios del Miedo permanecía elevado sobre la batalla, sin intervenir. Para el hijo de Ares no era corriente aquello, pues aunque Hilda estaba siendo consumida por el miedo que él había creado en forma de infierno violeta y sangre, estaba dispuesta a luchar hasta el final.
Fobos: La ira de Odín no vendrá hoy a Asgard, mi querida princesa. Y aunque viniera he de decir, lamentando la soberbia de mis palabras, que no serviría de nada. ¿Saber por qué razón? - preguntó el dios, y mientras Hilda y Hyoga le miraron sin miedo, este mostró una desencajada sonrisa de fieros colmillos, a la vez que sus ojos se volvían amarillentos. - ¡Porque hasta los dioses tienen miedo! ¡Si no es la destrucción absoluta de esta nación lo que derrumbará a Hilda de Polaris, será la muerte de su hermana! ¡Sí! ¡Ese es tu verdadero miedo!
De repente la regente de Asgard cayó de rodillas, suspirando y expirando, temblando. A su mente había llegado una cantidad infinita de imágenes en menos de un segundo. El dios le estaba mostrando las maneras en que su hermana podría morir, desde la más natural e indolora, hasta la más macabra.
Hyoga: Princesa Hilda... ¡Ignora las palabras de Fobos! No son más que viles mentiras, discursos vacíos de un ser que cree estar por encima de la humanidad...
Fobos: Te equivocas, Cisne. - cortó el dios. - Yo no estoy por encima de la humanidad... ¡Soy parte de ella! ¿Dices que miento? No lo creo Hyoga, yo no lo necesito, pues sé bien que la verdad es la más poderosa espada que se puede blandir. Para demostrarlo he aquí un ejemplo, lo que la princesa cree que son ilusiones, esos asgardianos y centauros que nunca mueren, son las almas de los que han caído, y cuando su sangre tiña por completo a Hilda de Polaris, será el fin de esas almas, desaparecerán de la Existencia para...
Las palabras de Fobos eran desoladoras, pero cuando una cadena dorada salió de su boca fue que el Santo de Cisne supo del trasfondo de lo que decía: La destrucción de las almas de los caídos... Sin pensar un segundo más lanzó su Círculo de Hielo. Debía atrapar al dios antes de que se recuperara del reciente ataque, pues la cadena ya había abandonado al Caballero Astral, cuyo rostro ensangrentado ardía con una llama amarilla, casi dorada, opuesta a la oscuridad de las flamas púrpuras de su aura,
Hyoga sonrió, su ataque había alcanzado al dios del Miedo. El Santo recordó la batalla contra Thánatos, el Cero Absoluto no era nada frente a los dioses , debía superarlo nuevamente, como en la batalla contra Titán de Saturno. Lo único que le impedía enfrentar a Fobos directamente era el estado de Hilda y el permanente asedio del ejército sanguinario del Miedo y el Terror, pero una luz dorada apareció de la nada aniquilando a las flameantes sombras a inimaginable velocidad, era Clea de la Corona Austral.
Hyoga: Una guerrera de Abel. - murmuró Cisne. La muchacha asintió, sin dejar que de sus labios escapara palabra alguna. El de cabello rubio no dudó, Hilda estaba a salvo, pero aún debía derrotar a Fobos.
Clea exterminaba con rapidez y eficiencia a todo aquel que se acercara lo más mínimo a la princesa de Asgard. Mientras los Santos de la Corona tenían la misión de defender aquel país de la invasión de Apolo, ella debía proteger a su sacerdotisa, esa había sido la orden de Abel.
Fobos: ¿Qué ocurre Cisne? ¿Crees que la princesa ya está a salvo? Creo que no apagaré esa esperanza, ya que ha sido lo que te ha llevado a prestarme atención. - bromeó el dios. Hyoga no entendía como alguien podía estar tan tranquilo cuando le acababan de quemar el rostro, pero al ver como se regeneraba supo que aquel era un enemigo más peligroso de lo que imaginaba.
Hyoga: ¿Cómo puedo parar esto? .- preguntó con seriedad. El Círculo de Hielo se empequeñeció hasta rozar el alba del astral. La escarcha empezó a recubrir al de cabello grisáceo.
Fobos: Mmm... ¿Me amenazas? ¡Qué curioso! Ni siquiera he tenido que responder. ¿Quieres salvar a Hilda de Polaris, Cisne? Mátame. - respondió directo y tranquilo, pero antes de que Hyoga hiciera ningún movimiento, su ojo estalló y su cuerpo se paralizó por un instante.
El cuerpo de Hyoga se quedó estático, al igual que el aparentemente sometido Fobos. Abismo de Mentes y Almas, Sombra del Miedo. Aquella era la técnica que el hijo de Ares había lanzado, aislando la mente y el alma del Santo de Cisne de la realidad, y sumiéndolos en un mundo oscuro y nebuloso, donde un pequeño barco era golpeado incesantemente por las olas del violentado mar.
Hyoga: ¿Dónde...? ¿Este lugar es...? ¡Madre!
El Santo de Atenea no tardó en saber que se encontraba en el mismo barco que naufragara años antes de su llegada a Japón. Miró en todas direcciones pero no divisó a nadie. En aquel lugar sólo había una densa niebla que bloqueaba sus sentidos, y el sonido del océano en la trágica tormenta que acabó con la vida de su madre.
Fobos: ¿Te diviertes, Cisne? - preguntó el astral. Su voz provenía de todas partes, como si se hubiera vuelto omnipresente. - Los recuerdos de la infancia, son siempre los más entrañables. ¿Verdad? Este es el barco donde murió tu madre, Natassia, tras el trágico naufragio... - la voz del dios se había vuelto más burlesca, simulando tristeza en una mueca que Cisne no tardó en despreciar.
Hyoga: Mi madre murió en este lugar, es algo que acepté en la Batalla de las Doce Casas cuando enfrenté a mi maestro, Camus. Soy un caballero de Atenea y por ella y por la Tierra es que lucharé. No podrás detener a los Santos, que defendemos el futuro de la Humanidad, con el pasado, Fobos.
Fobos: Valientes palabras, Cisne. Sin embargo... Yo no soy un simple ilusionista, no te estoy recordando el pasado, te estoy mostrando tu mayor miedo, Caballero de Atenea. - contradijo con demoníaca sonrisa. Hyoga palideció cuando notó como el barco se hundía. Ante sus ojos vio la escena que había arrastrado durante años en su mente, el como él sobrevivía a costa de su madre. - ¿Nunca te has hecho esa pregunta, Cisne? ¿Nunca has querido saber cual es tu mayor miedo? He de suponer que ahora lo ves con tus propios ojos... - decía sin pausa. El navío era tragado por las aguas pero tanto él como Hyoga permanecían inmutables ante el océano, como si el alrededor no les afectara. - Todo aquello que has apreciado ha muerto, y tú eres el culpable, el epicentro de toda desgracia. Y todo empezó con Natassia...
En aquel momento, Hyoga vio como el espacio y el tiempo se distorsionaban, mostrándole sus batallas con Cristal, Camus e Isaac. En aquel momento recordó la rabia de su compañero de entrenamiento cuando le confesó para qué quería el poder, pero él había mentido. Cuando empezó su entrenamiento como caballero, secretamente empezó a crecer en él una culpa cada vez mayor, pensaba que si hubiera tenido tanto poder las cosas podrían haber cambiado. Aquella carga lo llevó a desear con todas sus fuerzas liberar a su madre de aquella fría tumba.
Fobos: ¿Y bien? Ahora tienes el poder para cambiar las cosas. - apuntó el dios con suspicacia, como si leyera los pensamientos del Santo Divino. - Aún puedes salvar a tu madre, a Natassia. Si lo haces, tal vez tengas una segunda oportunidad, pero si permites que muera en este lugar, su recuerdo desaparecerá para siempre. ¿Quieres eso?
Por un momento dudó. ¿Sería acaso sólo una ilusión? ¿Todo sería un simple juego mental de aquel enfermizo dios? Aunque su razón se oponía, Hyoga se lanzó con todas sus fuerzas hacia el barco hundido, alcanzándolo. El Santo sintió que podía lograrlo, pero entonces su cosmos se convirtió en una llama que arrasó con el navío, extinguiendo el cuerpo de su madre al son de gritos de sentencia - ¡Asesino! ¡Asesino!
Yggdrasil, Asgard Meridional
Apolo: ¿Conspiraciones? - preguntó el létida. Su rostro era, irónicamente, un bloque de hielo; congelado, al igual que el ambiente. - Padre, creo que ya he justificado mis acciones. Mis actos han sido guiados siempre por la más pura razón. De mis hermanos soy el más poderoso, sabio y digno, el único que podría...
Zeus: Nosotros... - cortó el de cabello platinado.- Somos parte de un todo, Apolo. Somos el Sephirot, el Árbol de la Vida, o más correctamente, somos la encarnación de la Gran Voluntad. Fue el error de mi padre y mi abuelo el haber dependido sólo del propio Dynamis sin antes comprenderlo ¿Qué nos hizo superiores a mí a mis hermanos?
Apolo: El Noveno Sentido. La comprensión de toda materia y energía, así como de la realidad, el espacio-tiempo, de nuestras almas, el Éter y el Tao. Inútil fue el inconmensurable poder de los Titanes ante la sabiduría de los Olímpicos.
Zeus: Erras como el sabio que cree saberlo todo, pero que no sabe nada. Sencillamente fueron las Moiras quienes vencieron a Cronos, a mi padre, y fueron ellas las que me sentaron a mí, Zeus, en su trono.
Apolo: ¿El Rey de los Dioses, sometido a las ancianas hilanderas, descendientes de Nyx? - El Olímpico guardó silencio por unos instantes. Zeus permanecía tranquilo, sereno, como si no estuviera afirmando su inferioridad, pero entonces, como si le hubiera leído la mente, prosiguió.
Zeus: Cuando llegó Tifón. ¡Todos huisteis! - exclamó con cierta burla. Apolo carraspeó recordando la deshonra de aquel episodio. - Sólo yo y Atenea lo enfrentamos. Creía que los Hados estaban a mi servicio, que nada podría detenerme, pero fracasé. Descubrí la mediocridad de los Emperadores del Cosmos, esclavos del Destino.
Apolo: Los poderes de Tifón eran ilimitados, su fuerza devastaba continentes y desintegraba océanos sin esfuerzo, y su cólera llegaba a las estrellas. - Por la mente del létida pasaron imágenes de aquella entidad destructora que llegó a helar el Icor de los dioses.
Zeus: Ah, pero no sería un necio con fuerza lo que me destronaría, y sabiendo que ya no gozaba del favor de los Hados decidí desligarme de su influencia. Alimentándome de un Protógono...
Apolo: Fanes. La conciencia primordial surgida en el Amanecer de los Tiempos, la manifestación de la luz cósmica. - murmuraba el dios. Recordó aquel momento; cuando su padre venció a Tifón, cuando Gea reconoció finalmente la soberanía de los Olímpicos sobre la Creación. - Repartiste ese poder entre nosotros y formamos el Sephirot, el Consejo de los Doce. La última prueba fue la Gigantomaquia, donde alcanzamos el Noveno Sentido.
Zeus: Curioso. ¿El dios de la razón peca de ignorancia? - preguntó al aire el Emperador. Apolo carraspeó, sin comprender las palabras de su padre. - Después de todo, Cronos fue más astuto que yo mismo cuando os otorgó el Noveno Sentido.
Apolo: No soy yo quien peca de ignorancia, Padre. El Noveno Sentido es la esencia final de nuestra omnipotencia. Conocemos, entendemos y comprendemos todo cuanto existe, y somos capaces de crear, alterar, y destruir cuanto deseemos. - aseguraba Apolo con soberbia inusitada.
Zeus: Todo gran poder, esconde grandes debilidades. Gea dio a Urano la carne, cuando nada divino era físico, y desde ese momento pretendió que todos los dioses estuviéramos sometidos al mundo físico, a la naturaleza que ella controlaba a voluntad. Por otro lado, los Protógonos dominan todo aquello que excede a lo físico, son la máxima expresión de la esencia divina, el Éter. Fuimos yo y mi padre quiénes comprendimos la gran verdad de los dioses, primeros fracasos de la Creación, esclavos de Protógonos o de Gea. ¿Cuerpos invulnerables? ¿Almas inmortales? Sólo una luz intensa que nos ciega hasta volvernos sumisos siervos.
Apolo: Tal verdad es una blasfemia, Padre. Los dioses somos perfectos, inmaculados, absolutos, y el Noveno Sentido es la esencia misma de nuestra divinidad.
Zeus: La astucia de mi padre me llenó de sabiduría, virtud de la que careces, hijo mío, pues de mí sólo has heredado cosmos. Cronos os mostró el Noveno Sentido para que os cegara con su luz, pero mis ojos van más allá de eso, yo he atravesado todos los planos de la existencia hasta la mismísima Gran Voluntad, origen y fin de el Éter. - En aquel momento Apolo veía y sentía todo cuanto su padre le permitía, en una mutis comprensible pero extraña en un dios. - El Noveno Sentido nos acerca a la Gran Voluntad, y por tanto nos otorga el conocimiento respecto a la Quintaesencia que nos forma, de la que proviene el Dynamis, nuestro poder. Pero... ¿Cuál era la debilidad del Éter, aquella que provocó la caída de Urano y de Cronos? Ellos recibían el poder de la Gran Voluntad, pero a su vez lo perdían eventualmente, y se vieron obligados al exilio, Urano a los dominios inhóspitos de Nyx, y mi padre, Cronos, a su inmenso reino-prisión llamado Tiempo-Espacio.
Apolo: Es imposible. -negó rotundamente el létida.
Zeus: Es posible. Los Protógonos controlaban las leyes cósmicas, y fijaron el inescrutable imperativo en que todo el Dynamis regresaría a la Gran Voluntad si un dios era eliminado. Pero Ellos no lograrían derrocarme, aún si mil seres como Tifón me enfrentaran. Por eso me alimenté de Fanes y repartí su esencia entre los Doce, aun cuando Poseidón y Hades se negaron su apoyo era innecesario. Yo, mi hija Atenea, Hera, Hestia, Hefesto, Ares, tú, Afrodita, Hermes, Artemisa, mi hermana Deméter y mi hijo, Dioniso, nos convertimos en un poder entre lo físico y trascendental, en una nueva Gran Voluntad.
Apolo: Esas palabras... Las mencionaste cuando el último gigante, Encelado, fue vencido por Atenea. "A Gea y a todas las divinidades del Cosmos que osen desafiarnos, sabed que nosotros somos las emanaciones de una nueva era, la manifestación de la Gran Voluntad que regirá los destinos de hombres e inmortales, así como del Cosmos y el Caos, nosotros somos los Olímpicos. ¡Amos de la Existencia!"
Zeus: Realmente nostálgico. El más sublime día de nuestra dinastía, cuando Gea desapareció en las entrañas de su seno. Nuestra victoria sobre todo y todos. En aquellos tiempos no habían divisiones, mis hijos eran conscientes de su poder y responsabilidad, no habían Guerras Santas ni innecesarias disputas entre nosotros. Hoy remuevo los recuerdos de un ciego ángel caído para que sepa mirar más allá del velo de su propio cosmos, y se redima a sí mismo por su necedad.
La mirada de Zeus, siempre astuta como la de un zorro, se suavizó por unos instantes emanando un brillo ciertamente paternal. Al extender su mano en un gesto de paz, todo el espacio que esta había consumida regresó a su forma original, desapareciendo el vacío. Yggdrasil volvía a ser testigo de los acontecimientos, en una explanada totalmente fría, congelada por la nueva tormenta.
Zeus: Ven conmigo al Olimpo, hijo. Es mi voluntad que la Humanidad sea perdonada, y que los hombres decidan en libre albedrío su autodestrucción o... salvación. El lugar de los dioses no está entre humanos, en la Tierra, sino en los Cielos. El tiempo de las Guerras Santas debe de acabar.
Apolo: ¿Terminar, padre? - preguntó Apolo. Su mirada era más soberbia que nunca, y una gran ambición recorría todo su ser, traduciéndose en un cosmos tan inmenso como el propio universo. - El fin de las Guerras Santas no llegará hasta que el temor a los dioses regrese a los corazones de los hombres, hasta que la Era Mitológica regrese. Reniego de tu piedad, padre, pues esta no es digna de los dioses. Mi Cosmos apagará la indigna presencia de la cobardía, pues yo soy Apolo, Dios del Sol, tu sucesor, padre.
El aura del Dios Sol hacía honor a quien la emanaba, pues brillaba con una intensidad tal que empequeñecía a las mismas estrellas. Su cabello se revolvía en lenguas de fuego y su mirada azul celeste despreciaba con soberbia al Rey de los Dioses. En sus manos brillaba puro fuego, como si las mismas llamas del Sol se formaran alrededor de aquel imponente ser.
Apolo: Yo no seré un nuevo Rey, padre. No compartiré la Gran Voluntad con insignificantes divinidades. Yo seré el único dios... ¡El Dios Absoluto! ¡La Gran Voluntad encarnada, que habrá de gobernarlo todo!
Algo ocurrió. Alguien chaqueó los dedos, y el cosmos de Apolo se extinguió tan repentinamente, que el hijo de Leto apenas se había percatado del momento en que su aura pasó de su máximo esplendor, a la nada absoluta. Frente al inmenso Olímpico, Zeus regresaba a aquella fría serenidad, observando entre sus dedos una minúscula esfera de energía cósmica.
Zeus: ¿Es este tu cosmos, hijo mío? - preguntó el de astuta mirada. Sin esfuerzo el Rey de los Dioses destruyó la pequeña esfera entre sus dedos, para sorpresa de su hijo. - Ahora... ¿Qué tanto deseas que sea recordado el temor hacia los dioses?
Partenón de los Reyes, Cima del Monte Olimpo
La inesperada respuesta de Ares hizo estremecer a Deméter, conocedora del alcance de la ira de su hermana, equivalente de la de Zeus, cuando sus órdenes no eran acatadas de inmediato. La reina de cabellos celestes, por su parte, estaba tranquila, sin perder la calma, manteniendo la majestuosidad propia de su posición.
Hera: ¿No es deseo tuyo, hijo mío, el que la deshonra de la derrota desaparezca? ¿No anhelas venganza hacia aquella que humilló a tu ejército y acabó con tu orgullo de guerrero? - preguntaba la hermosa deidad. En su mente trataba de encontrar las palabras adecuadas, pues sabía que con Ares debía esperar lo inesperado.
Ares: Sinceramente, tan sólo anhelo olas, arena y belleza en derredor. - respondió con irreverencia. Hera permanecía tranquila, pero Deméter quedaba atónita ante cada sílaba pronunciada por su sobrino. - La derrota es parte de la guerra, madre, y yo ya he experimentado todas y cada una de sus facetas, incluso soy el responsable de la existencia de todas ellas. Mil años duró la Guerra Santa contra Atenea, y... Gané.
Para Hera y Deméter las palabras de Ares eran incomprensibles, pero no para Hades. Él era el único dios que comprendía con exactitud la forma de pensar y de ser de su sobrino. Era el Dios de la Guerra, y la mera existencia de esta era ya un triunfo, aún si él perdía, pues no importaba como acabara. Recordó entonces la alianza que hicieron tras la caída de Troya, momento en que comenzó la Guerra de los Mil Años contra Atenea y el Santuario. Aunque en una de las innumerables batallas el cuerpo de Ares fue completamente destruido ante la Exclamación de Atenea, aun cuando estuvo encerrado en una dimensión carente de espacio o tiempo, él estaba ganando, pues las guerras se sucedían una tras otra, su triunfo era incuestionable.
Ares: ¿Liberado tras 3000 años he de encerrarme de nuevo? ¡Qué necedad! ... - Exclamó el dios mientras volteaba, mirando hacia atrás a su sorprendida madre. - Adiós querida familia. El Dios de la Guerra toma vacaciones... ¡En Hawai!
No hubo tiempo de reclamar a Ares su actitud cuando, inmediatamente después de que este se teletransportara, un temblor sobrenatural hizo cimbrar todo el palacio desde sus cimientos. Deméter quedó paralizada e incluso la todopoderosa Hera sintió como sus manos temblaban.
Deméter: Aún si Abel y Apolo estuvieran combatiendo usando el Dynamis... El Cielo Empíreo está demasiado alejado del Universo. ¡No es posible que...!
Hera: Este Dynamis... No es de Abel... Ni de Apolo...
Hades: Es... Zeus.
Frontera de Asgard Septentrional
Entre las dos grandes zonas en que se dividía Asgard, en la frontera, habían estratégicamente repartidos distintos poblados aparentemente fantasmas donde se mantenía expectante gran parte de la guardia real, elite entre los asgardianos que, pese a no llegar a la fuerza de los guerreros divinos y los dioses guerreros, no carecían de la misma entrega, valor, y determinación. Vladimir no gustaba de haberlos llamado a la guerra por una orden de Dolbar, pero en aquella situación no había más remedio, y eso pensaban también los cerca de cien soldados que se habían concentrado alrededor de su capitán.
Yggdrasil, Asgard Meridional
Tras un inusitado temblor que duró apenas unos segundos. Agamenón abrió los ojos. El poderoso guerrero celeste había permanecido expectante desde la llegada de Zeus, observando desde lo lejos como el más poderoso de los hijos del Rey del Olimpo era sometido por su padre con una facilidad tan absoluta como la de un gigante aplastando a una hormiga. El gran lago formado frente al Árbol del Universo durante la batalla de los hermanos estaba ahora congelado debido al regreso de la tormenta, y en medio estaba el cuerpo del que se auto-proclamara Señor del Cielo y la Tierra.
Tras observar el lamentable estado del Olímpico, el arcángel miró a los cielos. La esfera de fuego que Apolo había invocado horas antes desaparecía del firmamento mientras una repentina tiniebla cubría todo el lugar: Ahora que el Dios Sol había caído, Nyx y Hemera volvían a su habitual equilibrio. Ahora que se fijaba más detenidamente, el báculo mágico que Hefesto fabricara, llamado Cetro del Astro Rey, estaba atravesando el pecho de su propietario, centelleando chispas entre blanco y plateado.
Agamenón: ¿Eso ha quedado del poderoso Dios Sol? Desangrado... Su alma y espíritu sellados... Su mente bloqueada... Es incomprensible que siga con vida. - Murmuraba el conquistador de Troya mientras extendida su brazo hacia el maltrecho Olímpico. Una bola de luz se formaba hasta que un repentino cortocircuito lo apagó.
Zeus: No te molestes, Agamenón. Mi hijo ya ha aprendido la lección, no volverá a rebelarse contra su padre... En los próximos 3000 años. - dijo el Rey del Olimpo, medio en serio, medio en broma. - Y aunque yo, Zeus, olvidara que este dios con madurez de infante es mi hijo y decretara su muerte, él es inmortal. Aun destruyendo cada partícula de su ser, aun destruyendo su mente y alma, más allá de eso queda el Éter, nuestro verdadero ser: Inengendrado, imperecedero, inmutable, indivisible, único, e inamovible.
Agamenón: Comprendo. Tan sólo sentí la necesidad de libraros de aquel que ha osado levantar su mano contra el Rey de los Dioses. - aseguró el arcángel con deferencia. Zeus sólo asintió. - El Dios del Sol. En verdad, para mí nunca ha habido otro Sol sino el que ha brillado sobre mis hombros desde el día en que nací.
Zeus: Apolo fue más que un dios arrogante y necio, Agamenón. La medicina y las artes fueron su don, y la razón, su mayor virtud. Pero la eternidad y el poder ha corrompido ya a muchos dioses, y no hay excepciones. - puntualizó con pesar.
- ¡Majestad! ¡En verdad sois vos! - exclamó una voz en el firmamento. Zeus y Agamenón miraron inmediatamente hacia arriba: Un hermoso carro alado tirado por cuatro caballo bajaba velozmente hacia la superficie. Las manos de un imponente joven de cabello azul recogido y dorada armadura con detalles blancos dirigía a aquellas bellas criaturas que el conquistador de Troya veía con admiración.
Zeus: ¿Espiando como de costumbre, Helios? ¿En verdad tenía razón Apolo?
- Majestad, mi hermano Helios tan sólo cumplía órdenes del Sephirot. La reina Hera, vuestra esposa, ofreció la redención al traidor Abel si derrotaba a Apolo, que también se ha revelado en contra del Olimpo. Nuestra misión era observar la batalla sin que nadie se percatara de nuestra presencia.
Eos había bajado del carruaje presurosa, la repentina llegada del Rey de los Dioses era algo totalmente inesperado. Incluso cuando habían observado por horas el combate entre Abel y Apolo, en ningún momento habían sentido el cosmos inconmensurable de Zeus. La actitud de Apolo y sus palabras en contra de la reina Hera podrían haber mermado la confianza del Señor del Olimpo hacia sus súbditos.
Helios: Mi Señor, os juro que el Olimpo os sigue siendo fiel. La traición de Apolo es algo que nos ha deshonrado y fue deseo de vuestra reina el que tan indigna conspiración cesara antes de vuestro regreso.
Zeus sonrió, Helios era uno de los pocos titanes en los que podía confiar ciegamente, incluso más que en algunos de sus hijos. Con un gesto, el Rey de los Dioses indicó a los hijos de Hiperión que se acercaran. Aunque él ya sabía todo, escucharía lo acontecido durante su ausencia de los labios de sus más fieles súbditos.
Periferia de Asgard Septentrional
Cuando el vestido de Hilda de Polaris se había vuelto rojo casi por completo, un dolor físico insoportable hizo que despertara a la realidad. Con pavor vio el cuerpo de Hyoga en la nieve, con los ojos casi vacíos, prácticamente inerte. Sintió pesar por su hermana Flare, y oró en su interior a Odín por que la protegiera de la invasión. Con determinación, la asgardiana se levantó pese al dolor, dispuesta a enfrentarse a las ilusiones del dios del Miedo, pero la coronis que había venido en su ayuda la detuvo.
Hilda: No acepté la alianza con tu señor. ¿Por qué me proteges? Soy la sacerdotisa de Asgard, debo luchar junto a mi pueblo. - decía con gran pesar la joven. Sus manos y pies estaban prácticamente paralizados, no del miedo, sino de... ¿Frío? Era como si su vida se diluyera en su vestido, tiñéndolo de rojo aunque no había perdido ni una gota de sangre - Aceptaré mi muerte pero no como una cobarde que huye de sus enemigos, si he de morir será...
Clea, siempre silenciosa, dejó inconsciente a la princesa presionando su hombro. Su misión era simple, proteger a la princesa de Polaris, y si dejaba que luchara, sólo adelantaría su muerte. La coronis miró al frente, aquel ejército del averno había sido destruido, pero entre las purpúreas llamas quedaba aún un guerrero.
Deimos:"La guerra cantó, es fatiga y dolor; el honor una burbuja vacía."
Para Clea, las palabras del Caballero Astral no necesitaban explicación: No esperaría a ver como acababa la lucha entre su hermano y Hyoga por la vida de Polaris. Pues al igual que era suya la misión de proteger a la sacerdotisa, la de Deimos era, por el contrario, matarla. Corona Austral elevó su cosmos y alzó sus cadenas al tiempo que Deimos mostraba los amarillentos ojos propios de un Berserker.
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Notas del Autor:
Este diálogo pertenece a la Iliada, de Homero. Concretamente al canto VIII.
Apolo hace referencia al Sephirot, el Árbol de la Vida. A lo largo del capítulo lo relaciono con los Dioses Olímpicos y, a su vez, con la Gran Voluntad, es decir, con el Noveno Sentido. Quizá suene algo pretencioso, pero este último sentido no ha sido explorado en SS de momento, por lo que me he tomado la libertad de relacionarlo, no con el budismo, sino con la cábala.
El Arte de Hades es una referencia al Lost Canvas, donde el Dios de la Muerte reencarna en un joven pintor llamado Alone. No es más que un guiño puesto que este fanfic comenzó antes que el mencionado manga, pero después de todo... ¿Qué tanto sabemos de las aficiones de los dioses?
Fanes es, según una de las tantas cosmogonías mitológicas, un dios primordial (No, no tenía tentáculos ni vivía en una ciudad hundida bajo el mar...) surgido del Huevo Cósmico (Sí, seguimos hablando de mitología griega, no estáis leyendo un cómic de Marvel XD)al ser dividido por Chrono y Ananké (Encarnaciones del Tiempo y la Necesidad, es decir, el Destino en cierta forma). Fanes es el dios de la procreación y la generación de nueva vida y tenía poder sobre toda la Creación. Zeus lo devoró para repartir ese poder entre una nueva generación de dioses, los Olímpicos. En este fic relaciono estoy con la derrota de Zeus frente a Tifón, evocando a la caída primero de Urano, luego de Cronos, y ahora de Zeus. Durante esa batalla ningún dios encaró a Tifón, todos huyeron, lo que atribuyo a que en aquel entonces no eran verdaderamente poderosos (Aunque Atenea sí luchó al lado de su padre desde un principio) de modo que uso esta Tifonomaquia como punto clave en el que Zeus se vuelve más poderoso al alimentarse de un Protógono (Fanes) reforzando su posición como Rey de los Dioses. La pequeña Guerra Fría entre Gea (El mundo físico) y los Protógonos (Lo metafísico) no está en la mitología griega convencional aunque sí es cierto que Gea engendró a Tifón y luego a los Gigantes como venganza por la derrota de los Titanes, sus hijos. La posición de Zeus como dirigente de un tercer bando trata de ser una metáfora, pues él es el dios del rayo, que viene del Cielo, pero acaba en la Tierra
Saludos nuevamente. Primero que nada me gustaría señalar que aquellos que no han comprendido alguno de los temas de los que han hablado los personajes de Juicio en este capítulo, pueden estar tranquilos, pues eso quiere decir que (a diferencia del autor) tienen salud mental y/o no toman estupefacientes, Je, je, je... Sólo es broma. Ahora conocemos más sobre los dioses y su poder (Más allá del Cosmos, la carne, el espíritu y la mente... El Éter, el Dynamis, y el Noveno Sentido), así como un poco del pasado de estos. Imagino que aquellos que hayan leído el capítulo 15 de Crisis Universal hubiesen esperado más descripción sobre cierta escena... Pero conformaos con saber que a nuestro "humilde" Apolo no le podría haber pasado nada peor. Por otro lado... ¿Qué pasará con Hyoga? ¿Vencerá a Fobos? ¿Hilda será salvada o por el contrario no habrá esperanza esta vez? ¿Cómo será recibido el Dios de la Guerra en Hawai? Esas y otras preguntas serán respondidas en el... Capítulo 34. Ya sabéis que podéis dar vuestras quejas, comentarios o dudas a:
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