capítulo nuevo, espero que os guste ;-)
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CAPÍTULO 34
En los días siguientes Temperance se dedicaba a disfrutar de la paz y la tranquilidad en un hermoso lugar campestre, donde lo único que rompía el silencio era el alegre cantar de los pajarillos.
Hacía muchísimo que no disfrutaba de unos días así, de relajación. Ella siempre había dedicado su vida al trabajo, vivía para él, siempre era la primera en llegar y la última en irse, apenas conocía el significado de los días festivos, y mucho menos el de unas vacaciones, hacía años que no disfrutaba de unas verdaderas, pero ahora era diferente. Después de todo lo ocurrido en los últimos días su cuerpo y su mente le pedían, le exigían casi a gritos, un pequeño descanso.
Si no era tarea fácil intentar olvidar todo lo ocurrido con el loco de Oliver, mucho menos lo iba a ser poner en orden sus pensamientos respecto a lo que ella tenía como su propio tema tabú, que no era otro que sus sentimientos hacia Booth. Aunque le costara admitirlo, lo echaba de menos, sobre todo después de los últimos días, en los que habían estado más tiempo juntos que nunca antes. Por mucho que intentaba no pensar en él, le resultaba imposible.
- ¿Qué estará haciendo ahora? – se preguntaba en su interior mientras disfrutaba del aire puro del campo recostada en una hamaca en la terraza de su habitación – Tal vez Cullen le haya asignado un nuevo compañero, o compañera… - de pronto algo ardía en su interior sólo de pensarlo -. No no, estoy divagando demasiado. Además, si tuviese una nueva compañera eso no tendría por qué importarme…
Tratando de distraerse un poco de todos esos pensamientos, se levantó de la hamaca, se puso el bañador y un albornoz, y bajó al balneario. Antes de adentrarse en aquellas enormes instalaciones dedicadas a la relajación y el bienestar, miró el "mapa" que había del mismo, para decidir a cuál de ellas ir, había tantas que en esos dos días que llevaba de estancia apenas había visitado la mitad. Después de mirar varias veces el plano de las instalaciones y el cartel informativo de todas las terapias existentes, finalmente se decidió por un masaje manual de espalda y brazos, recordando la conversación que había tenido con Ángela sobre los masajes.
Tras mirar nuevamente en el mapa y grabar en su mente la ubicación de las salas de masaje, se dirigió a las mismas. Afortunadamente no tuvo que esperar mucho a que la atendieran, justo cuando llegaba al lugar, de una de las cinco habitaciones salía una mujer de su misma edad, que acababa de terminar con su sesión de masaje.
- Gracias Ángelo – dijo la mujer al masajista, que la acompañó hasta la puerta – tus manos valen oro, querido.
Brennan se fijó en el masajista, era un hombre maduro, de aproximadamente unos 40 años, y era de esa clase de hombre que mejora con la edad. Era alto y musculoso, con un cuerpo bien trabajado en el gimnasio, que se notaba a pesar de que el pijama blanco que usaba como uniforme no le hacía demasiada justicia. Su cabello era de color castaño claro y sus ojos eran grandes y verdosos. Cuando sonreía se le formaban dos simpáticos hoyuelos en las mejillas, y se podía entrever una dentadura perfecta y resplandeciente, como la de una estrella de cine.
El enorme atractivo físico de aquel hombre no dejó indiferente a Temperance, que se deleitó observando aquella obra escultural de la madre naturaleza durante varios segundos, en los que aquella chica no dejaba de halagarlo.
- Si Ángela estuviera aquí… - pensó y no pudo evitar sonreír al imaginar lo loca que se pondría su amiga si tuviese a ese hombre delante.
Sin embargo, todas las ilusiones de Brennan dieron al traste en un abrir y cerrar de ojos, cuando oyó hablar al masajista.
- Bueno cari, no hay de qué – le decía a la chica, y el tono de voz y las maneras afeminadas con que lo hizo, delataron de inmediato su orientación sexual – Muac, muac – decía al tiempo que fingía darle dos besos en las mejillas a la mujer – Chao cari, nos vemos mañana a la misma hora.
- Chao Ángelo – dijo la mujer mientras desaparecía entre las enormes instalaciones del balneario.
Brennan no pudo evitar sentirse un poco decepcionada por el reciente descubrimiento, pues aquel hombre la atraía bastante.
- Pasa cariño – le dijo el masajista, mirándola e indicándole con la mano que entrase a la habitación -. ¿Cómo te llamas?
- Soy la doctora Temperance Brennan – respondió secamente, pues aquellas confianzas no le gustaban nada, sobre todo viniendo de alguien a quien no conocía de nada.
- ¡Huy, eso es demasiado largo, querida! Te llamaré Tempe, es mucho más cool – dijo el hombre, y antes de que ella pudiese protestar, continuó hablando – Yo soy Ángelo – le dio un abrazo y dos besos fingidos como los que le había dado a la chica que se acaba de ir.
- Hola Ángelo – dijo Brennan aún un poco distante.
- ¡Caray, chica! Te noto muy estresada – exclamó el masajista –. Bueno, déjame decirte que has venido al lugar idóneo, te garantizo que te dejaré como nueva. Vete quitándote el albornoz y túmbate sobre la camilla, mientras yo me lavo las manos, enseguida estoy contigo.
Brennan así lo hizo cuando vio que el hombre se metía en un minúsculo cuarto de baño que había dentro de la habitación. Se quitó el albornoz y lo dejó colgado en un perchero que había en la pared para tal fin. Se tumbó boca abajo en la cómoda camilla, y con cuidado de no enseñar nada, se quitó la parte superior del biquini. Al cabo de unos segundos regresó el masajista.
- Ya estoy contigo, Tempe. Antes de empezar quiero que dejes a un lado todo lo que te preocupa, ¿ok? Fuera preocupaciones, deja la mente en blanco, así el masaje será más relajante.
- Está bien, lo intentaré.
Temperance suspiró, cerró los ojos, y hundió la cara en el hueco que había en la camilla para la misma. Al instante sintió unas cálidas manos recorriendo sabiamente toda su espalda, empezando por el cuello y los hombros, para luego bajar por los brazos hasta las manos, y luego subir nuevamente por ellos hasta los hombros y seguir recorriendo toda la espalda, poniendo énfasis en los músculos más tensos.
Aunque en un principio le parecía imposible poder dejar a un lado todas las preocupaciones que la atormentaban estos días, ahora lo estaba consiguiendo. El sólo contacto de aquellas grandes, fuertes, cálidas y agradables manos sobre ella, hizo desaparecer el resto del mundo. Ahora sólo existían ella, y aquellas manos, que por otra parte, y aunque resultara extraño, las sentía conocidas, como si no fuese la primera vez que la tocasen.
Poco imaginaba Brennan que eso se debía a que quien le estaba dando ese placentero masaje no era otro que Booth.
