Capítulo 3
La bienvenida había sido algo único, aunque nada podría igualar a la Gran Cena en Hogwarts. Una chispa hizo a Hermione recordar nuevamente su vida en la escuela, sus amigos, sus enemigos, y una persona en particular. El Gran Bosque se había convertido en su lugar favorito, pero nadie lo sabía. Sólo ella y uno más.
Al fondo, dónde las chimeneas no alcanzaban a tibiar el ambiente, algo capturó, por un mágico momento, su atención; un rostro familiar.
- ¿Me permites un momento? – Se disculpó con su compañera, y comenzó a caminar. Los tacones comenzaban a dificultar su caminar, por lo que decidió quitárselos y correr un poco hacia aquella imagen familiar.
Ya no había nadie.
Sintió un aire de desilusión, pero aceptó el hecho de que seguramente era sólo la nostalgia. Regresó hasta donde se encontraban sus nuevos amigos, optando por ignorar cualquier cosa que hubiese a su alrededor, pues no dejaría que nada la hiciese regresar al pasado.
Él sólo se limitó a mirarla. Se recargó en una de las columnas, se cruzó de brazos y sonrió descaradamente. Algunos de sus compañeros lo miraban con cierto temor, otros con indiferencia, pero para la mayoría, era sólo un raro solitario más.
Tomó su varita, e hizo un pequeño hechizo que dibujaría una pequeña flor de color rosa pálido. La envió hasta donde su amor platónico se encontraba, y salió caminando apacible. En pocos segundos, la pequeña luz se encontraba en el centro de la mesa donde Hermione estaba. Todas observaron maravilladas el hechizo; incluso ella. Nadie sabía, ni tampoco se imaginaban de donde procedía. Incluso la ligera tristeza de Hermione se había ido.
- ¿Será parte de la decoración? – Preguntó una chica cerca de Hermione.
- No creo, sólo está aquí… Y es la única. – Dijo un chico llamado Harvey, quién sentado a la izquierda de Astoria.
Lentamente, la flor comenzó a soltar pétalos y a despedir un suave aroma, sin que estos se agotaran. Comenzó a moverse lentamente hasta donde estaba Granger.
- ¡Tienes un admirador! – Dijo Astoria con emoción inocultable.
- ¿Yo? – Preguntó Hermione entre risas. – Lo dudo mucho.
- Puede que sí – Insinuó Harvey.
Hermione intentó tocar la flor, la cual, parecía moverse, como si quisiera que la mimaran.
- Déjame intentar… - Pidió Astoria, pero no funcionó. La luz se rehusó a seguir lanzando pétalos y despedir aromas.
- Al parecer no es muy amigable… - Dijo en cuanto quitó su dedo.
- Tonterías… - Hermione volvió a tocarla sutilmente, y esta volvió a girar y despedir pétalos.
Intentó tomarla con ambas manos, y la luz obedeció. Todos sentían curiosidad.
- ¿Puedo? – Preguntó Harvey. Hermione lo miró… Le recordaba a un poco al inigualable Cedric Diggory.
Al tocarla, la flor inmediatamente se esfumó.
- ¿Qué hiciste? – Preguntó Hermione irritada.
-Te… Te juro que no hice nada… - Harvey estaba pálido.
Hermione salió corriendo, molesta. Astoria intentó detenerla, pero fue inútil. Se levantó y corrió detrás de ella gritando su nombre. Logró alcanzarla a mitad de las escaleras.
- ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
Hermione no tenía el rostro rojo, por lo que no había señal de que quisiese llorar, lo que era muy bueno para su amiga.
- Sólo, sentí molestia con Harvey. – Habló en tono bajo pero firme. – En realidad, me gustaría estar sola.
- De acuerdo – Dijo Astoria con una sonrisa. - ¿Te veo en la habitación?
- Sí. – Hermione correspondió la sonrisa, y vio a su amiga regresar al comedor.
Subió por las escaleras y caminó lentamente, observando cada detalle de los muros. Sólo podía pensar en una sola cosa… Aquel rostro familiar, escondido entre la multitud. Pero eso también le hacía pensar que estaba perdiendo completamente la razón… Que todo lo que había pasado en anteriormente sólo le estaba molestando.
Se sentó por un momento en un escalón, aprovechando que no había nadie cerca. Deseó con infinitas ganas tener el giratiempo nuevamente en sus manos, pero ni eso podría devolverle los días gloriosos. Eso no podría devolverle si quiera aquella mágica florecita que el irreverente de Harvey había desecho.
- No deberías estar molesta, Granger. – Y reconoció aquella voz. Esa fastidiosa y dulce voz.
Volteó y ahí estaba el rostro que había estado vislumbrando. Un mágico sentimiento se apoderó de todo su ser, y todo lo que estaba pensando se había esfumado, como si aquel sujeto aún pudiese hacer magia. Una corriente eléctrica la recorrió de pies a cabeza y algo frío la impulso a por fin articular una palabra.
- Draco.
