¡Alo! ¿Me extrañaron?
Dije que no habrían planes de secuela, y pues no, no los hay. Al final me decidí por hacer escenas "extra" sobre distintos momentos, no necesariamente correlativos entre sí, ni en orden cronológico.
Éste de pura casualidad ocurre al día siguiente de la última escena. Fueron 12 días de tortura, ya que no tenía la más mínima idea de a dónde quería ir, exactamente. Hasta que ayer me dí cuenta de que en realidad no tenía por qué saberlo.
Sin más les dejo leer, espero les sea de su agrado y llene algunas dudas que pudieran tener :).
Twilight tenía la sensación de que haberse ido de su casa fue una de las mejores decisiones que pudo haber tomado en años. O tal vez en su vida entera, no era demasiado larga después de todo.
Ahora que lo pensaba, también se podría sumar el hecho de iniciar el año en un colegio distinto. Siempre odió Cristal Prep. Era una de esas instituciones donde por llevar un uniforme y pagar una cuota mensual (siquiera demasiado cara), la mayoría de los alumnos que concurrían allí creían ser superiores al resto de los seres vivos. Se supone que tenía que ver con la reputación, el prestigio, el (hipotético) hecho de que gente que había realizado grandes cosas estudió allí, y otro montón de excusas para justificar la creencia de ser de alta alcurnia que le importaban tanto como el saber la composición de los ladrillos con los que estaba construido el edificio (nada).
En realidad la decisión de cambiarse de escuela la habían tomado sus padres, vaya a saber ella por qué. Seguro tenía que ver con abaratar costos, o el par de citatorios que les hicieron el año anterior, o algo por el estilo. Lo importante no era el motivo, sino que a veces tenían buenas ideas. Muy pocas veces, por eso les otorgaba el crédito cuando necesario.
Sea como fuere, lo más importante de todo es que estaba afuera de ambos lugares.
El día anterior cuando la asistente social le preguntó por algún familiar o adulto de confianza con quien tuviera la posibilidad de quedarse, en la primera (o tercera) persona en la que pudo pensar fue Celestia.
Sus padres habían tenido una buena relación con ella durante bastantes años, esas donde se van a cenar con frecuencia e incluso, si mal no recordaba, habían pasado alguna que otra festividad juntos. Hasta que de repente se cortó por unos cuantos años más sin muchas explicaciones, tampoco es que fueran temas de su incumbencia.
Por fortuna en este último período, al aparecer Twilight en la escuela donde Celestia era la cabeza del equipo directivo junto con su hermana Luna, las relaciones parecieron recuperarse en un mínimo porcentaje. Por su parte, tenía su número de teléfono y en alguna otra ocasión le había preguntado cómo se encontraba, en conversaciones efímeras dentro del colegio. Incluso en un par de oportunidades, Twilight había venido a cenar junto con su hermano y Cadance. Siempre le resultaba divertido, porque todos parecían encontrarse en un ambiente de confianza plena, donde las conversaciones abarcaban todo tipo de temas, donde se podía actuar con más relajo. Le era divertido poder olvidarse un segundo de las porquerías de la vida para charlar sin comportamientos (tan) medidos y distraerse un rato, aún estando rodeada de gente adulta.
Además de que siempre había alguna torta elaborada o postre helado con tan buena pinta, que Twilight muchas veces se encontró a sí misma buscando las mil y un justificaciones por las que era buena idea ingerirlo, por más culpa que le diera luego.
No estaba segura de cuántos días con exactitud se quedaría allí, había recibido tanta información e instrucciones de qué es lo que tenía que hacer o qué iba a ocurrir en un solo día, que al despertarse hoy por la mañana se encontró con la cabeza en blanco total, sin poder rememorar la mitad de las palabras.
De hecho apenas y recordaba el nombre de su asistente social porque bajó a saludarla hace un rato, cuando llegó para hablar con Celestia de algunas cosas y de paso preguntarle cómo se encontraba. Al contrario de las películas y creencias generales (y por ende, también suyas), parecía bastante competente en cuanto a su trabajo refería, explicándole con paciencia cómo serían las cosas a partir de ahora, manteniendo una distancia prudente y sobre todo siendo bastante amable. Podrían agregar eso al programa de televisión donde se desmentían mitos, ¿no? Sería de bastante utilidad.
Twilight podía no tener ni la más mínima idea de cuántos días iba a durar su estadía en la casa de Celestia, pero de lo que sí tenía certeza, es que se necesitaban quince pasos desde el inicio de las escaleras para llegar hasta la puerta del cuarto donde se encontraba ahora, el último al final del pasillo.
Por supuesto que los había medido y contado la noche anterior, y también hizo lo mismo para calcular la distancia entre una habitación y otra. Tenía que, lo había hecho en todas sus casas anteriores y por lógica, ésta no tenía chance de caer en ningún tipo de excepción a la regla. De la misma manera que se vio atrapada en la necesidad de chequear por algún ruido característico en la puerta de la habitación, como el chillido de una bisagra, o un ruido metálico en el interior de la cerradura, o una perilla más dura de lo normal. Por fortuna ésta última resultó ser de esas que se giraban con un botón en el medio para trabar la puerta desde adentro, por ende si alguien intentaba entrar por cualquier método posible, lograría escucharlo.
Alguien exterior seguramente le pondría la clasificación de "mal hábito". Twilight prefería llamarlo por lo que en realidad era: medidas de seguridad para saber cuándo su sistema debía ponerse alerta. No es que fuera demasiado necesario tener la guardia en alto, porque se suponía que sus padres no tenían la (nueva) dirección de Celestia, pero mejor prevenir que otra visita al hospital.
Sea como fuere, sus cálculos probaron ser correctos, cuando luego de quince pasos pudo ver la sombra de alguien frente a su puerta. Como siempre, había perdido la concentración en el libro que tenía entre las manos para dirigirla hacia las pisadas, su ritmo y su dirección. El piso en el pasillo estaba colocado con una técnica diferente al de su (¿ex?) casa, por ende el sonido se escuchaba un poco más hueco y más claro, para su fortuna.
La persona tardó un par de minutos en golpear despacio la puerta. Twilight tenía una mínima idea de quién podría tratarse, a juzgar por el timbre y ciertos tonos de voz en la planta baja que se habían manifestado un rato atrás.
— ¿Twily? Soy Shining, ¿puedo pasar?
Tal como supuso, era su hermano quien estaba del otro lado de la puerta, por lo cual no tardó más de dos segundos en darle una respuesta afirmativa mientras se disponía a sentarse con las piernas cruzadas y usar la cabecera de la cama de respaldo. Reacomodó la almohada también, para que su espalda no sufriera tanto contra la madera, o de lo contrario terminaría encorvándola demasiado y las contracturas actuales ya eran más que suficiente.
Shining la saludó con una sonrisa que no lograba disimular del todo su búsqueda visual por alguna anomalía, por algo distinto que estuviera presente en la estructura de Twilight pero que fuera completamente invisible al ojo poco entrenado, que necesitara de saberes más elevados, más secretos, más importantes.
—Buenas… Uh, ¿tardes? Ni sé qué hora vez—. Saludó ella de vuelta, con la misma casualidad (casi pretendida) de siempre. Ésta no tenía por qué ser una excepción, por más desmotivador que fuera el motivo de su visita, no quería incentivar ningún tipo de conversación que no fuera banal y/o ligera.
—Son casi las cuatro y media, fea durmiente—. Twilight frunció el ceño cuando su hermano le sacudió el flequillo, sólo para molestarla—. ¿Qué pasó con el reloj que tenías la otra vez que nos vimos?
Twilight respondió al gesto entrecerrando los ojos, porque quien le tocaba el cabello merecía por lo menos un mirada irritada como contestación. Antes le hubiera fastidiado más por el hecho de tener que volver a peinarse a la perfección el tocado que estuviera utilizando en ese momento (cosa que tomaba más trabajo del que parecía). Sin embargo ahora que se había acostumbrado a usar el pelo suelto, bastaba con acomodárselo un poco con los dedos para que volviera a su forma natural. Demasiados años utilizándolo atado por normas escolares o alguna otra excusa personal, llevaron al punto en que una simple cola de caballo le hacía doler el cuero cabelludo. Sin contar que hace un tiempo atrás su madre la obligó a retocárselo en la peluquería y en consecuencia, con quince centímetros menos de puntas abiertas, se veía más bonito y brilloso. Aunque seguía siendo demasiado fino y, por ende, detestable.
—Se le rompió la malla—. El reloj estaba en su casa, probablemente en el pequeño bote de basura de su (¿ex?) cuarto, si a su madre todavía no se le había ocurrido por vaciarlo. Lo arruinó por completo en una de las típicas duchas a la madrugada, cuando olvidó quitárselo por tener la cabeza enfocada en las prioridades correctas. De todas maneras lo usaba para chequear la hora tanto como observaba al almanaque en la pared de su antigua habitación (de vez en cuando), así que tampoco era un objeto demasiado importante, pero si podía evitar un sermón por parte de su hermano sobre sus malos hábitos, bienvenido sea—. Todavía no pude ir a cambiarla. De todas formas, lo olvidé en casa, así que…
Twilight optó por encogerse de hombros antes que terminar la frase. Como muchas veces la lengua le traicionó el ritmo de pensamiento, acorralándose sola contra la esquina figurativa con el nombre de "directo al punto". Tal vez su inconsciente quería acabar con las cosas de una vez, más que dar vueltas en círculos. O tal vez sólo estaba demasiado agotada en todos los sentidos posibles como para poder pensar con coherencia suficiente.
Shining pareció entender esto como una supuesta invitación a que dejara de perder el tiempo en introducciones innecesarias. Optó por no hacer comentario al respecto del bendito reloj más que un asentimiento de cabeza, si bien un poco extrañado, para acto seguido caer en esa expresión de neutralidad y pensamiento profundo que tiene quien en realidad se ve encerrado en un debate interno. Probablemente sobre cómo encarar ciertas cosas.
Twilight detestaba que su hermano a veces tardara tanto tiempo en sus búsquedas por utilizar las mejores palabras posibles, pero al mismo tiempo debía de admitir que le causaba cierta ternura, porque se tomaba el trabajo de hacerla sentir lo más cómoda posible. Lo mismo ocurría con los espacios, siempre a un brazo de distancia. O como ahora, que se había sentado en el extremo final de la cama mientras que ella estaba en el inicio retorciendo el borde de las sábanas con nerviosismo.
Necesitaba uno de esos chicles con más sabor a pasta dental que a eucalipto con urgencia, o quizá las pastillas de menta eran una mejor opción. De seguro tenía alguno en el bolsillo de su mochila donde decidió traer sus cosas más importantes, ubicada en la silla de la mesa que hacía de escritorio, pero no quería levantarse a buscarlos. Tampoco quería un posible sermón sobre por qué esas porquerías comestibles hacían mal comidas en exceso, cosa que no podría negar en caso de que se la acusase ya que, sí, tenían demasiados aditivos. Al menos le daban buen aliento, que era bastante importante a la hora de presentarse al-
Un suspiro. Uno que no supo con exactitud cómo interpretar.
—…Supongo que debes saber porqué estoy aquí, ¿no?
Twilight pasó la vista de una esquina de la habitación a la otra, a donde su hermano le ocupaba el campo visual. No era un cuarto demasiado grande, pero era pequeño y cómodo, luminoso también.
—Asumo que mi asistente social te llamó para contarte por qué decidí irme de casa—. Las palabras le salieron más rápidas que seguras, a pesar de que intentaba mantener la postura erguida como quien había tomado una buena decisión (si la otra Twilight se veía así con tan poco esfuerzo, era probable que ella también, ¿no?).
Debía mantenerse firme, convencida, más allá de la opinión que fuera a tener su hermano, porque no pensaba volver sobre sus pasos.
Sparkle quería poder elegir qué ciencias estudiar, quería poder ser banal y estúpida cuanto tiempo le fuera posible sin preocuparse de los límites de horas o qué soltaba su lengua, quería que la bilis dejara de subirle por el esófago a la garganta, quería que el maldito repiqueteo del ritmo cardiaco se quedara en donde pertenecía y dejara de subírsele hasta los oídos. Quería arrancarse las impurezas arraigadas a la piel, quería que las espinas dejaran de lastimarla una y otra vez, quería dejar de pagar cosas que nunca pidió ni nunca pudo costear. Quería dejar de tener que arañarse las zonas aledañas a los moretones bajo el agua ardiente hasta revivirse a sí misma en el dolor que le causaban esas pequeñas heridas abiertas y sangrantes. Quería dormir sin las percepciones y las alarmas enflorecidas en el tacto, en la piel.
Quería descansar, quería reconstruirse.
Un solo día fuera de su casa probó ser suficiente para terminar de entender que, allí, definitivamente no conseguiría nada distinto. Su opinión no les importaba a sus padres, así como tampoco les importaba cómo se sentía ella, o qué diablos le pasaba por la cabeza, o si se aislaba en su habitación todo el día. Tampoco estaba segura si en verdad la querían tanto como expresaban, si la habían obligado a caer en esa maldita rutina que detestaba con cada fibra de su ser.
Tenía ella, entonces, derecho a querer algo distinto, ¿no?
Otro suspiro, como quien no quiere la cosa. O tal vez era que conocía a su hermano demasiado bien, lo cual le permitía tener una idea mucho más acertada sobre qué podría estar pensando.
—Twily, quiero que seas honesta con lo que te voy a preguntar, ¿ok?— Nunca había visto a Shining tan serio y tan nervioso a la vez. Ni siquiera en su boda, ahí no era más que una bola de nervios y ansiedad, que se acomodaba el traje una y otra vez frente al espejo. Ahora parecía estar forzándose a decir palabras que en realidad no quería, pero que la responsabilidad le obligaba—. ¿De verdad fue… de verdad fue papá el que… el que se aprovechó de ti?
Sparkle sintió que el corazón se le paró durante un segundo, o a lo mejor fue la respiración, o el sistema entero. O las tres cosas juntas, no estaba segura más que del hecho de que el mundo se detuvo por un instante, de igual forma que cuando los pasos resultaban ser siete (siete era un número de la suerte en muchas culturas, y en su vida era sinónimo del infierno).
¿Aprovechar?
¿…Qué?
No, no, se trataba de un acuerdo implícito donde-
Donde siempre salía perdiendo, por alguna razón.
"Sé útil una vez y piensa, Twilight ¿Cuál es la definición de esa palabra?"
"Es un verbo transitivo, ok". Sparkle no tenía idea de qué significaba eso y tampoco era relevante al caso, pero la memoria visual de cuando leía el diccionario de niña no fallaba. "Sacar el mayor beneficio posible de una cosa o una situación, ¿no? El mayor beneficio propio".
Twilight Sparkle (en su integridad) siempre salía perdiendo, por más que le dijeran lo contrario. Siempre terminaba sin dormir, o recibiendo algún sermón sobre por qué lo que hacía estaba mal, o si reprobaba una materia en la escuela entonces la reprimenda iba hacia su persona. O perdiendo la puntualidad (la cúspide de las buenas costumbres), o con algún daño superficial sobre el tejido cutáneo.
O simplemente terminaba cansada, destruida, enferma, harta de repetir siempre las mismas acciones.
¿Y todo para qué? ¿Para tener un techo y una cama donde dormir? ¿Para vivir con un estado de ánimo deplorable por no cumplir nunca con expectativas malditas?
El fantasma de Servicios Sociales al fin y al cabo no era tan aterrador como siempre se lo mostraba. Porque, como solía decir Velvet, había que temerles a los vivos, no a los muertos.
—No me estás dando una respuesta, Twily.
Twilight pestañeó, saliendo del ensimismamiento repentino. Estaba retorciendo con tanta fuerza las sábanas entre sus manos que le temblaban hasta los brazos.
—…Supongo que es una forma de describirlo…— Murmuró despacio, como si la hubieran metido en una conversación de forma súbita y con un mínimo contexto.
—No hay otra forma, Twi—. Sentenció su hermano por lo bajo, y Twilight se dio cuenta que no era la única con manos temblorosas y ojos empañados. Shining tenía la vista enfocada en algún punto imaginario, como quien acababa de descubrir una verdad que no podía decir que le sorprendía, como si tuviera cierto tipo de sospecha. O es que se veía tan sobrepasado que no podía tener una reacción concreta, porque había demasiadas emociones dándole vueltas en la cabeza.
La única memoria que tenía de haberlo visto así alguna vez, fue cuando murió su abuelo materno. Twilight tenía unos cinco años, ya que si la memoria no le fallaba era la única de su salón que podía leer e incluso escribir varias palabras, y el delantal era verde e incómodo como el color de la sala, la última antes de la escuela primaria.
Se recordaba a sí misma más confundida que triste, porque según lo que le habían dicho, su abuelo se había ido allí arriba, a un lugar más allá de las nubes donde todos inevitablemente terminarían algún día. Recordaba estar mirando los peces que nadaban en el pequeño lago de la funeraria, su padre indicándole cuál era cuál y qué diferencias había entre uno y otro. Un intento de distracción ante la angustia que significaban los velorios, o quizá fue por el hecho de que hacía demasiadas preguntas.
Recordaba arrastrar a Shining hasta allí mismo, para contarle lo que había aprendido cinco minutos atrás en un intento de animarlo. Ya que sabía que él y su abuelo eran bastante unidos, siempre iban juntos de pesca, mientras ella se quedaba con su abuela jugando con las almejas en la orilla del río, o se sentaban horas los tres a armar rompecabezas de lugares icónicos del mundo.
Y a pesar de que le caían una o dos lágrimas forasteras, las cuales se limpiaba con rapidez porque un buen hombre no lloraba frente a nadie más que sí mismo (y si lo hacía frente a su hermana, ella le guardaba el secreto), a pesar de que tenía los ojos empañados y rojos, aún así se encargó de escucharla y sonreírle cuando le hablaba de los peces, o reírse porque confundía los nombres o de sacudirle el pelo, sólo para fastidiarla.
Shining podía estar devastado, y aún así se tomaría el tiempo de buscar las mejores palabras, la molestia de darle su propio espacio para que ella se sintiera lo más cómoda posible. Aún así le sonreiría, con tal de no hacerla sentir mal.
Sin embargo ahora lo único que le causaba era el efecto contrario, porque él no estaría así si ella no hubiera abierto la boca, si no hubiera ido al hospital, si no se hubiera escapado de su casa, si no hubiera visitado los Centros, si no hubiera investigado, si no hubiera tomado el maldito papel.
Pero Twilight tenía derecho a querer alguno distinto. A pesar de que no podía evitar sentirse como el origen de todos los males, como la imbécil de Pandora que abrió la caja sólo por su curiosidad insaciable y morbosa. Tendría que vivir con la culpa, supuso entonces.
Súbitamente, sintió fuego.
Y se sentía extraño porque las llamas no parecían tener origen en su interior, ni en su alma inútil y destruida, ni le derretían los órganos o le tornaban los huesos en brazas encendidas, sino que el fuego era externo, del aire a su alrededor. Escalaba desde la base de la espalda hasta la nuca, hasta el pelo, demasiado fino y demasiado suave pero aún así demasiado detestable, le chamuscaba la piel, le envolvía el torso con tanto calor que le ponía los pelos de punta de los escalofríos.
—Lo siento, Twily, lo siento tanto…
Shining la estaba abrazando, con toda la firmeza y el cuidado con el que se agarra a un pequeño infante, con el que se toma una caja con el signo de "frágil" impreso arriba. Con la desesperación y el miedo de que tras cualquier movimiento mínimamente brusco o poco medido se fuera a romper.
Sunset el día anterior había hecho algo parecido cuando apenas la vio en la puerta de su edificio, casi a las seis de la mañana. Y, aunque Twilight en aquel momento se encontraba con una capa gruesa de insensibilidad encima, le fue suficiente (antes, y ahora, de hecho) para darse cuenta de que lo detestaba, o a lo menos le generaba cierta sensación de rechazo.
¿Qué se hace cuando se rompe un vaso o una copa? Ya sea de vidrio o cristal, la única acción a realizar es juntar las piezas para botarlas a la basura. El único cuidado que se tiene es para no lastimarse los propios dedos, el objeto ya está roto y en consecuencia no importa si se quiebra aún más en el proceso. Ya es inservible.
—Debí haberte hecho caso cuando me pediste venir a vivir conmigo y Cady.
Escuchar eso de alguna forma hizo reaccionar a Sparkle, o quizás era Twilight, a estas alturas ya no sabía si era relevante siquiera. El punto es que aún seguía estrujando las sábanas entre sus manos, pegadas a la altura de las costillas.
Sparkle no devolvía abrazos, Twilight tal vez lo consideraría cuando la luna se pusiera azul. ¿La otra Twilight abrazaría a las personas? Nunca la había visto hacerlo, tampoco.
Como sea, eso iba en la lista mental de prioridades de segunda (o quinta) categoría. Hora de volver a las de primera.
Tuvo que buscar en las esquinas profundas de su memoria hasta encontrar el momento en que supuestamente habría dicho tal cosa.
—Shiny, eso fue hace añares—. Tenía doce años, a juzgar por el hecho de que en su primer año de secundaria su casa era lugar de tensión constante. No sólo por su hermano y las supuestas decisiones erróneas que había tomado sobre el rumbo de su vida, esas eran peleas comunes desde que Twilight tenía uso de la memoria (o al menos desde los ocho años), sino porque ella también había decidido aportar su granito de arena con calificaciones espantosas.
Podría decirse que era extraño por el hecho de que siempre había sido, según sus profesores, una "alumnas estrella". Acaparando todas las menciones existentes en cuanto a mejor promedio se refería y terminando con los oídos quemados del típico palabrerío subsecuente sobre sus méritos en el sistema escolar. A veces, sí, ayudaban a inflarle un (poco) el ego, pero en general no le gustaba llamar tanto la atención, porque siempre había sido muy curiosa y le gustaba aprender sobre todo lo que se le cruzaba enfrente.
No obstante la secundaria era un tanto más distinta, para algunos era más exigente, para otros un nuevo mundo donde ocurrían las verdaderas sociales y para Twilight un lugar más donde estudiar según la orientación que eligieran sus padres para ella. En ese momento no podía decir que le molestara, porque las carreras a seguir que tenía como opción en verdad despertaban su interés. Incluso ahora, una parte de ella todavía seguía considerándolas.
Pero como todo, hay ciertas cosas, ciertas opiniones, ciertos sentimientos, que con el tiempo cambian. No estaba segura con exactitud si eso ocurrió antes o después (algunos recuerdos estaban mejor enterrados), sólo que dentro de ése período fue que su vida se tornó diferente.
Muy diferente, a decir verdad.
Y de repente era más divertido recuperar las horas de sueño perdido en clase sin importarle lo más mínimo si reprobaba alguna materia antes que, bueno, aprobarlas con dieces radiantes. A veces también se ponía a leer algún libro, y/o prestaba atención en las materias o que le despertaban interés o donde ya había descansado lo suficiente como para concentrarse, las cuales representaban un porcentaje muy bajo en la totalidad.
Sus padres no tardaron en vociferar su descontento, ella no tardó en seguir sin hacerles caso para cerrarse en su cuarto el verano entero para estudiar. Y así se repitió el cuento hasta la mitad del año siguiente, donde pasadas las vacaciones de invierno decidieron que tal vez asistir a la tierra de pomposos que era Cristal Prep sería una buena idea. ¿Para elevar sus calificaciones a dieces radiantes otra vez? Sí. ¿Todo el resto? Aún más detestable.
—Además tanto tú como yo sabemos que era bastante poco posible. Y no habría cambiado nada—. Twilight se encontró a sí misma murmurando esa última frase, en un intento de que su hermano no la escuchara.
En medio de las tensiones, los cambios, los sermones, los citatorios escolares, las peleas constantes, Twilight le había pedido si es que había alguna chance de mudarse con él. La respuesta, por lógica, fue negativa. Tenía que ver con lo mucho que se complicarían las cosas, más que por falta de voluntad.
Lo que sí podía recordar con toda claridad, fue la promesa que Shining le había hecho en ese momento, de ayudarla a irse lo más rápido posible cuando cumpliera la mayoría de edad o estuviese lo suficientemente cerca de ella. Eso había quedado grabado en su cabeza como un plan permanente para el futuro.
— ¿Qué quieres decir con que no habría cambiado nada?— Al parecer Twilight no había hablado tan bajo como pretendía, o quizá es que tenía una capacidad auditiva mejor de lo que su hermana le daba el crédito.
—Quiero decir lo que quiero decir, Shining—. Otra vez, dirigió la vista a la otra esquina de la habitación, a la mochila ubicada en la silla de la mesa que hacía de escritorio. Necesitaba uno de esos chicles con más sabor a pasta dental que a eucalipto con urgencia, o quizás unas pastillas de menta eran mejor opción. De todas formas no quería levantarse a buscar ninguno de los dos. No quería un sermón sobre porqué esas porquerías comestibles hacían mal por la cantidad de aditivos que poseían.
O en realidad, tal vez no era una mala idea, si desviaban la conversación…
—Twily, ¿hace… hace cuánto que ocurre esto?— Su hermano parecía más incómodo de lo que ella podría alguna vez estarlo y la culpa seguía quemándole el cuerpo, chamuscándole la piel, convirtiéndole los huesos en brasas encendidas de adentro hacia afuera, de afuera hacia adentro.
¿Cómo se responde una pregunta que no se sabe? Porque de verdad, Twilight no tenía ni la más mínima idea.
— ¿Importa, siquiera?
O a lo mejor, en algún rincón oscuro, en alguna esquina recóndita de su mente estaba la respuesta. En algún lugar, escondido, seguro se encontraría el primer pecado con un lujo de detalles embriagados en cinismo, porque hay ciertas cosas, ciertas opiniones, ciertos sentimientos que no pueden enterrarse ni olvidarse jamás, por más que se bloquearan y se pretendiera que estaban extintos.
—De todas formas es mi culpa—. Escuchó a su propia voz quebrarse, y tuvo que pestañear un par de veces para poder esclarecer la vista de las figuras distorsionadas ante la repentina hidratación que las glándulas lagrimales ejercían sobre sus córneas. Era extraño, porque de alguna forma se veía sometida a las introspecciones impertinentes y a la hipersensibilidad de la piel mientras intentaba volver a tono con lo que pasaba alrededor—. Dios, ni deberíamos estar teniendo esta conversación.
Sin embargo de verdad, de verdad que no quería saber nada. Para ser honesta, si había algo en lo que siempre deseó mantenerse ignorante fue en eso mismo. Pero no, ahí iba Twilight, allí iba Pandora a abrir la caja con su curiosidad insaciable y morbosa a desatar todos los males sobre el mundo, sobre su familia, sobre su hermano, sobre todos los que la rodeaban, sobre ella misma.
—Twily, no es tu culpa—. La voz de su hermano sonaba suave y cuidada, firme, cerca de su oído. Sintió el fuego apaciguarse un poco, o es que ya se había fundido con la temperatura corporal propia y se sentía más acogedor que ardiente. De todas maneras se acurrucó más contra la forma que la envolvía.
—Sí lo es, Shiny—. Eso no quería decir que no siguiera sintiéndose culpable. Si el torrente de lágrimas actual daba algún tipo de indicio.
—No, no lo es.
Twilight frunció el ceño, molesta.
—Que sí—. ¿Qué no podían hablar como las personas adultas que eran?
—No, Twilight—. Antes de que ella pudiera soltar alguna especie de onomatopeya de descontento y refutarle de una manera infantil por más hipócrita que fuera, sintió a su hermano tomarla por los hombros con firmeza, porque a estas alturas Twilight ya se sentía con el cuerpo de gelatina y ni el dolor en la espalda podía mantenerla derecha. A una distancia suficiente para verse cara a cara, para sentir una especie de frío que no recordaba se encontrase allí antes—. No tienes por qué hacerte cargo de cosas que no son tu responsabilidad.
—Pero se siente como si lo fuera… Estás aquí por mi culpa, ¿o no?— No podía mirar a Shining a la cara por más de tres segundos, por más que quisiera, así que se dispuso a buscar con la vista algún paquete de pañuelos descartables descuidado por la habitación. No era demasiado grande, pero sí pequeña y cómoda, luminosa también.
—Estoy aquí porque me importa lo que te pase, Twily, ya sea bueno, malo, o para ti no tenga el más mínimo sentido—. No supo si es que ella estaba siendo demasiado obvia, o Shining la conocía lo suficiente para saber qué necesitaba, pero se dispuso a buscar en uno de sus bolsillos hasta dar con un par de pañuelos descartables. Probablemente eran ambas opciones, porque sabía que su hermano tenía un pañuelo de tela, también, y Twilight detestaba los pañuelos de tela—. Estoy aquí para lo que necesites, siempre.
Shining Armor era capaz de hablarle con una convicción tan grande, que incluso cuando eran niños había llegado a (casi, casi) convencerla de cosas absurdas, como que un objeto era de color azul cuando en realidad se veía amarillo. Pero esas eran las típicas cosas de hermanos, Twilight nunca había sido una santa, tampoco, en lo que molestarlo se refería. Y ahora, salvo muy pocas excepciones donde volvían a pretender ser niños, lo hacía cuando hablaba enserio, cuando sus palabras eran tan genuinas como sus buenas intenciones.
No podía mirarlo a la cara por más de tres segundos seguidos, así que de reojo, le echó un vistazo mientras se sonaba la nariz, sólo para cerciorar lo legítimo de sus palabras, sólo para calmar esas pequeñas burbujas de duda sobre las intenciones que explotaban cuando veía su aspecto agotado por estar trabajando horas extra para poder dedicarse a su futura hija.
Era imposible que la culpa no siguiera chamuscándole la piel, convirtiéndole los huesos en brasas encendidas de adentro hacia afuera, de afuera hacia adentro. Porque su hermano estaba allí, ahora, intentando animarla a pesar de que sabía que Twilight era demasiado testaruda con ciertas ideas, preocupándose por hacerla sentir cómoda, sin dudar un instante de su versión de las cosas. Siempre creyó más en su palabra que en la de sus padres, nunca entendió exactamente la razón, aunque suponía tendría que ver con el historial que tenía con ellos de tensiones y argumentos.
Sparkle no devolvía abrazos, Twilight tal vez lo consideraría cuando la luna se pusiera azul. Aún así decidió luchar en contra de cualquier escalofrío, incomodidad, o fuego, venido el caso, que pudiera producirle el contacto con otro ser vivo y abrazó a Shining con toda la fuerza que le permitían los músculos adoloridos. Las glándulas lagrimales le hidrataron las córneas en demasía otra vez, sin embargo una sensación extraña, más acogedora y (un millón de veces) más reconfortante que la culpa o el fuego ardiente exterior se le acumuló en el pecho.
—Eres el mejor hermano que podría haber tenido alguna vez. ¿Lo sabías, no?
Tal vez hoy la luna terminaría en una explosión de colores.
Lo que muy probablemente siga: ¡Charla de Twilights! Siento que se deben una conversación.
Se aceptan sugerencias también, ¿por qué no?
Si no me engancho con otros proyectos y diciembre no me mata, puede ser que antes de fin de año aparezca algo.
Cualquier cosa, MP o Review, me gusta charlar y también me pone nerviosa no tener ningún tipo de feedback jajaja.
