¡Volví en forma de extra mejorado! Recomiendo leerlo y que me digan si les pegó peor que antes jaja. Reescribí el 95% de los párrafos y hay alrededor de 1400 palabras menos, ufff.

Espero poder actualizar When The Sun Met The Moon And The Stars Collided prontito, y subir el otro picantón je. Mientras no me maten porfas.


Twilight se bajó del autobús sobre la avenida principal del norte de Canterlot, a las tres de la tarde con veintiún minutos un miercoles diez de enero. No sin detestar al instante la ola de calor con la que fue recibida, luego de acostumbrarse al aire acondicionado de dicho vehículo.

Su destino estaba a dos cuadras y media de donde se encontraba, y con siete minutos extra, a una marcha tranquila seguro que incluso le sobrarían un par. Sin embargo, la pequeña, imperiosa necesidad de ser extremadamente puntual le exigía caminar lo más rápido posible. Tanto a destino como hacia cualquier mínima porción de sombra que pudiera existir. Ni con un vestido de verano o sandalias era posible escaparse de las altas temperaturas que desprendía la acera, cual pequeñas serpientes dispuestas a envolver todo en fuego.

Twilight tomó aire a las tres con veintiséis. Dos segundos antes de corroborar que se trataba de la calle correcta y el número de dirección correcto. Tal como anunciaba la pequeña placa puesta en la vivienda, el cartel en la esquina y lo anotado en su pequeña libreta en caligrafía que,según ella, cada vez era más prolija.

La casa poseía un tamaño estándar para las que rodeaban la zona. Ni tan pequeña y estrecha como esos dúplex angostos, ni tan excesivamente grande para ocupar más de un cuarto entero de manzana. Con paredes en blanco prolijo, puertas de madera con barniz brillante, un jardín delantero pequeño de flores coloridas y mantenidas, dos pisos y una cochera. Podría no ser el estándar de vivienda de la población media, al contrario, pero dados los contextos no podía decir que le sorprendía.

La última vez que pisó esa casa fue hace seis meses, yéndose de allí con una mezcla de sentimientos encontrados que en verdad no supo cómo describirlos. Un torbellino sería, en el más simplista y cliché de los casos, la mejor forma de nombrarlos.

Soltando aire otra vez se quitó el sudor de la frente y la nuca con un pañuelo descartable. Sacudió partículas invisibles de la falda del vestido, se aseguró que éste último estuviera en posición correcta con respecto a los hombros; reafirmó el broche sobre el rodete improvisado ante el calor insoportable, irguió la espalda y finalmente tocó el timbre sobre el portón de la reja de entrada (que también seguía la estética general "blanco y pulcro").

A las tres con… veintinueve minutos. Perfecto.

No estaba contando los segundos, no, no. No tenía motivo para hacerlo si se dedicaba a tener idea de cuántos minutos pasaban para poder llegar con puntualidad.

Twilight no entendía el por qué exacto en la necesidad de verse lo más presentable posible. O quizás, si era honesta consigo misma, estaba tan consciente de que se trataba de su cabeza pensando a dos mil kilómetros por hora, formando teorías y especulaciones, que empeñarse en tener cierto tipo de control sobre las cosas más estúpidas posibles probaba ser un intento de distracción. El mejor de todos, de hecho. Para su desgracia ya desgastada por las cosas de la vida.

Hablando de puntualidades, luego de uno o dos minutos de ensimismamiento repentino, alguien muy familiar espió por entre las cortinas de la ventana en planta baja para corroborar de quién se trataba. Y a los pocos segundos Twilight pudo oír con toda claridad las llaves operar en la puerta de entrada.

Habían pasado por lo menos tres o cuatro meses desde la última vez que vio a Sparkle. No tendían a cruzarse demasiado, por más que compartieran el mismo grupo de amigas de este lado del espejo. Cada una tenía una vida de la que hacerse cargo y, al parecer, cronogramas bastante diferentes.

Sparkle seguía igual de delgada, aunque ahora parecía más como producto de un metabolismo acelerado más que por voluntad propia (si bien Twilight seguro tenía al menos una talla extra por varias razones. Festividades recientes incluidas). Shorts de jean azules de tiro alto, junto con una remera gris con mangas cortas de encaje blanco eran un contraste positivo al tipo de ropa que siempre le había visto usar. El cabello corto y suelto hasta la altura del pecho también le sentaba bien.

Sparkle la recibió con una sonrisa mucho más tranquila y sincera que la que le podría haber dedicado seis (o diez, incluso) meses atrás. Twilight le contestó con una entusiasmada, antes de intercambiar saludos más o menos formales e iniciar una conversación sobre lo detestable del clima húmedo con sus altas temperaturas y la salvación que significaba el gran invento de los aires acondicionados.

Una vez puertas adentro, Twilight sintió sus hombros relajarse un poco. La chica frente a ella se veía distinta, se veía mejor, más radiante, más viva. Con ojeras menos notorias y una espalda naturalmente erguida. Como quien había decidido sacarse algo del peso que cargaba encima.

Como Twilight cuando se dio cuenta de que había cosas que ya no volverían a ocurrir. Ya que, aunque las exigencias seguían siendo las mismas, los límites eran distintos y las consecuencias eran otras.

Todo seguía en el mismo lugar que recordaba desde la primer y última vez que había visitado. Mismos muebles, misma pulcritud y orden general que siempre era bienvenido a invadir su campo visual. Misma biblioteca gigante en la sala de estar que le revivía la curiosidad infantil y que tuvo que reprimir antes de terminar desviándose para aquel lado .

— ¿Tomas café? —Preguntó Sparkle una vez ya acomodadas en la cocina. Tenía la cuchara medidora en una mano y frasco de dichos granos molidos en la otra, como si supiera de antemano su respuesta.

—Sí, gracias—. Twilight podía estar envuelta en las llamas infinitas del calor infernal del tártaro e igual el café sería su primera opción ante cualquier condena.

Pasaron uno o dos minutos en los que ninguna de las dos aportó palabra. Sparkle concentrada tomando medidas lo más exactas posibles para colocarlas en la cafetera, dándole la espalda por un instante a Twilight, quien simplemente se dedicó a observar lo que hacía y disfrutar de un silencio que al darse por sí solo, no era para nada incómodo.

Hasta que dio cuenta de las cicatrices en los antebrazos de su contraparte humana, y sintió su sonrisa inconsciente desvanecerse junto con el muro con el que había podido frenar especulaciones, ansiedades y miedos.

Eran pequeñas, desde el último tercio del antebrazo hasta el codo, finas y con pequeños espacios entre sí, como si antes hubieran formado una línea entera. Tenían color más claro a su tono de piel, sin anunciar a gritos su presencia, pero aún visibles, aún notorias. Y cuando Twilight se dio cuenta, sus propias manos ya estaban estirando la falda de su vestido en un intento de encubrir la mayor cantidad de piel posible ante una cohibición repentina.

Sparkle podría verse mejor, más viva, más como ella misma. Eso no necesariamente quería decir que estuviera mejor, que se sintiera cien por ciento mejor. Apenas habían pasado seis meses, para Twilight habían transcurrido casi siete malditos años y todavía existían cosas de las cuales no podía tener control.

—Así que, uh, ¿…cómo estás? —Decidió por cortar el silencio e iniciar una conversación. Antes de que el aire se pusiera pesado o su cabeza fuera a lugares donde no quería estar, —. ¿Al final te quedaste a vivir aquí?

Sparkle asintió, tomando dos tazas limpias que estaban guardadas en la alacena.

—En realidad le dieron mi custodia a Celestia. La jueza prefirió que me quedara con el adulto de confianza al que acudí antes que con otro familiar masculino—. Las enjuagó con un poco de agua y jabón, para luego secarlas con una servilleta a cada una. Por la contaminación y/o reproducción de bacterias que eran totalmente benignas, pero que aun así generaban cierto grado de paranoia que era mejor quitarse de encima—. En diciembre pude rendir seis de las once materias que reprobé, así que espero dar el resto en febrero. Tomas el café cortado, ¿no?

Twilight tardó tres segundos y un pestañeo en entender que le había hecho una pregunta.

— ¡Oh! Uh… Sí. Y sin azúcar, gracias.

Sparkle tomó más medidas exactas, antes de aplicar distintas porciones cuasi perfectas de leche a cada uno de los cafés y llevarlos a la mesa.

—Cuido a mi sobrina cada vez que puedo… No sé, lo normal, supongo—. Resumió, haciendo una pausa para darle un sorbo a su bebida. La otra chica intentó procesar todo lo que había escuchado para emitir algún tipo de comentario porque así funcionaban las conversaciones, ¿no? — ¿Y tú? ¿Cómo está tu vida, Princesa?

Twilight rodó los ojos ante el título innecesario. Sparkle sabía a la perfección lo mucho que lo detestaba, a juzgar por el pequeño tono de picardía bien disimulado. Era una forma amistosa de molestarla (ahora, al menos) y de hacer continuar la conversación antes de que se quedaran estancadas en un tema el cual, evidentemente, no tenía muchas ganas de indagar.

—Volviendo a la estabilidad por enésima vez, supongo—. Siempre, siempre ocurría algo que la sacaba del lugar en el cual comenzaba a sentirse cómoda. A tal punto que ya no sabía si era ella la del problema enteramente o tan sólo un muy buen imán para esas cosas—. Hace poco cumplimos un año con Sunset, pude mantener una conversación con Velvet sin que terminara en desastre, y el trabajo por ahora no es tan pesado, por suerte.

— ¿Velvet? ¿Llamas a tu madre por su nombre? —Preguntó Sparkle, pestañeando con lo que parecía curiosidad genuina.

Twilight asintió con pesadez. Estaba acostumbrada a que siempre que eso se le escapaba alrededor de gente que no la conocía demasiado, terminaban haciendo las típicas inquisiciones fuera de lugar. En general argumentaba que se trataba nada más que de una forma de manejarse entre ellas. Encogimiento de hombros para restarle importancia e indicar en forma sutil que no era nada de su incumbencia obviamente incluido. Acto que repitió ahora, porque no quería indagar demasiado en el tema.

—Nunca me cuidó como tal. No sé si es que no supo cómo, o en realidad no quiso—. Con su contraparte era imposible mentirse la una a la otra. Podían intentarlo, podían dar a entender que era un tema a evadirse, o un tema a discutir luego, pero siempre se encontraban ese algo que las delataba, algo que sólo ellas lograban identificar como mera fachada. De todas formas, no había caso en mentir a la única persona que podía llegar a comprender qué quería decir con eso—. Supongo que las dos.

En vez de fruncir el ceño ante el comentario recargado de cinismo, Sparkle se quedó con la vista fija en la cerámica de su taza con flores genéricas pintadas, aparentemente sumida en reflexiones propias. Twilight le dio un trago consciente a su café por primera vez, intentando apaciguar la ansiedad creciente.

—Debería empezar a implementarlo…— Murmuró la chica frente a ella alrededor de quince segundos después, desviando la mirada otra vez a otro punto inexistente en la mesa.

Twilight tardó otros dos segundos más en entender a qué se refería. Cuando pudo atar cabos en relación con lo que había escuchado hace menos de cinco minutos atrás pero que, sin embargo, recién estaba pudiendo comprender.

— ¿Le… le quitaron tu custodia a tu madre? —Preguntó despacio. Tal vez era un poco tarde para eso, aunque no es como si Sparkle le hubiera dado una oportunidad antes.

La susodicha asintió con cierta timidez en el movimiento. ¿Habría Twilight sonado demasiado incrédula a pesar de sus esfuerzos por asegurarse de utilizar el tono correcto? Aunque supuso que no debería serle un tema fácil. Por lo que sabía, las custodias físicas y/o legales podían perderse o pasarse a uno de los padres en casos de divorcio o parecidos. No era irreversible como la patria potestad, esa requería un juicio mucho más largo y complejo. Pero para que se la quitaran a su madre, debería de existir una buena razón. Una que Twilight no estaba muy segura de querer escuchar.

—Me fue a buscar una vez a la escuela diciendo que quería hablar conmigo. No me pareció tan estúpido creer que por primera vez en su vida se le ocurrió escucharme—. Sparkle lo contaba en un tono bajo y determinante, como una mala anécdota, una decepcionante anécdota donde sus expectativas probaron demasiado altas, o inútiles, o ilusorias. Era palpable en el aire, notable en el brillo de sus ojos que otra vez se fijaban en el barniz de la mesa, visible en la tensión controlada de los hombros—. El punto es que cuando llegamos a la casa, resulta que mi… que también estaba mi papá. Tengo una orden de restricción contra él.

Naturalmente, a esa última frase le siguió un silencio horrible.

Twilight sintió un cosquilleo familiar e incómodo en la espina dorsal. Uno al que nunca había podido perderle costumbre, uno que le robaba el calor corporal a tal punto que afirmó la taza con las manos en un intento de que dejaran de temblar del frío.

Sparkle pareció notar la reacción que estaba generando y enseguida le aclaró que no le había ocurrido nada, que intentó todo el tiempo mantener la mayor distancia posible.

—Sólo querían charlar y llegar un acuerdo, o algo así. La verdad no lo sé, y no me importa—. Añadió, con un suspiro pesado—. Existen formas más legales.

Twilight sólo pudo asentir, siguiéndole la corriente. Había algo en todo eso que no le cerraba, que le decía que Sparkle no estaba siendo del todo sincera, o que al menos se estaba guardando los detalles importantes. Sin embargo, decidió por no indagar más e intentar ahogar el sabor amargo de las malas sensaciones en cafeína.

Después de todo, no podía decir que le sorprendiera, por mucho que odiara admitirlo. Su propia madre habría hecho lo mismo, o cosas peores.

— ¿Quieres comer algo? Siento no haberte ofrecido antes—. Le preguntó su contraparte de repente, levantándose de su lugar. Para cortar el silencio tensionado y ficticio, supuso Twilight—. Hay torta de manzana.

—Sabes que no puedo negarme a esas cosas—. Aceptó, con la mejor actitud casual que pudo lograr. No era lo más ideal si tomaba en cuenta todo lo dulce que estaba comiendo últimamente. Pero mejor matar la ansiedad con una buena dosis de azúcar que ahogarse en ella.

Dos minutos después, se encontraban otra vez sentadas frente a frente. Cada una con un plato mediano de cerámica beige claro, un tenedor que seguro no era de plata pero lo parecía y una porción de torta casera de manzanas. Twilight no pudo evitar notar que la rebanada de Sparkle era apenas un tercio del tamaño estándar, como la que le había dado a ella. Sin embargo, se abstuvo de realizar comentario alguno. No era su lugar, no podía meterse en su vida más de lo que ya lo había hecho. Además, estaba ingiriendo algo más que café negro, ¿no? Eso era un avance, al menos.

—Está buena—. Decidió por tragarse la preocupación antes de que resurgiera por completo y cambiar el tema—. ¿La hiciste tú?

—Si pelar y cortar las manzanas cuenta, entonces sí—. Comentó Sparkle con una pequeña sonrisa—. Celestia la hizo, adora cocinar cosas dulces. A mí se me da mejor lo salado.

—Te llevas bien con ella, ¿no?

—Es como…— Sparkle se puso a hacer círculos en el aire con el tenedor, buscando las palabras que más se adecuaran a su idea—. Como esa tía que deseas que fuera tu madre, o algo por el estilo.

—Conozco el sentimiento—. Twilight sintió sus propias comisuras elevarse. La Princesa Celestia siempre estuvo allí para ella. Ya sea para ofrecerle una taza de té al final de sus lecciones para distraerla de la frustración por algún hechizo fallido, o cuando el estrés y el cansancio le caían cual plomo en los hombros. Muchas otras veces Twilight también la acompañaba a la hora de la merienda simplemente para charlar, siempre volviendo a su casa con algo para reflexionar—. Es bueno tener a alguien así.

—Supongo—. Le comentó, cortando su porción en partes iguales—. Al menos no me da sermones por cada cosa que hago y no le parece.

Bueno, allí iba el intento de una conversación más casual y positiva.

En su caso particular, los padres de Twilight nunca fueron estrictos. Claro que existían horarios y normas que se tenían que respetar, tareas a cumplir y responsabilidades que llevar a cabo en la (aparente) normalidad familiar del día a día. Era una organización estructurada, más que estricta. Su padre solía ser bastante permisivo, más allá de que todo tenía un costo implícito a pagar y su autoridad derivaba de eso mismo. Su madre siempre fue todo lo contrario, a veces no le daba ni la hora y la mandaba con su padre o su hermano para que se hicieran cargo de ella. Otras, le estaba tan encima sobre todo lo que hacía al punto del fastidio. Al menos era señal de que le importaba, ¿no?

Y Shining, al tener una diferencia de diez años, siempre fue el equilibrio entre los dos, lo más cercano a una figura parental sana. Varias veces se había encargado de ella mejor de lo que alguno de sus padres lo habría hecho. Shining era el único con quien podía decir que se llevaba de maravilla y que adoraba con todo su ser.

Twilight no se dio cuenta que la conversación había quedado en la nada, cada una ocupada con lo que tenían en frente, hasta que Sparkle decidió que se retomara otra vez.

—Hablando de figuras parentales y todo eso, ¿puedo… preguntar algo? —La susodicha paró en seco, tenedor con un pedazo de postre suspendido en el aire por un segundo. Hizo un sonido de afirmación antes de retomar su actividad con la mayor tranquilidad posible. Si le estaba pidiendo permiso, en este contexto, era probable que se tratara de algo sensible—. Va a sonar extraño, pero ¿cómo… murió tu padre? Si es muy personal has de cuenta que no dije nada, en serio.

Se notaba la curiosidad genuina en el tono, aún así intentando ser lo más sensible que le permitiera el tema. Twilight largó aire por la nariz antes de darle un sorbo al café para bajar la comida y responder con más claridad.

La muerte de su padre no era algo de lo que le costara hablar en lo más mínimo. No sólo había sido de conocimiento público en su momento, siendo una figura reconocida en su área de trabajo, sino que también había transcurrido hace un tiempo bastante largo. Y era difícil tener sentimiento alguno dado los acontecimientos.

—Era astrónomo, trabajaba en el Centro de Investigación de Canterlot estudiando la influencia de los cuerpos celestes sobre los seres vivos. En ese momento estaba en una investigación conjunta para saber cómo la luna afectaba la mortalidad del veneno en un escorpión que, si no me equivoco, se estaba volviendo epidemia en Saddle Arabia—. Recordaba que, de niña, los adultos que lo conocían solían quemarle los oídos con halagos sobre el gran trabajo que hacía para ayudar a la sociedad. También recordaba asentir con la cabeza o quedarse callada todo el rato hasta que dejaran de hablar. Si tan bueno era ¿quién iba a creerle si decía lo contrario? —No sé cómo pasó, sólo que entró en contacto con el veneno y, uh, lo encontraron al día siguiente en el laboratorio.

A esa altura Twilight solía volver sola de la escuela, o iba a esperar a su hermano los días en los que salía temprano de la guardia real para regresar juntos a su casa. Esa vez le había resultado extraño que Shining la estuviera esperando en la puerta de la escuela al final de la jornada. Treinta minutos y media docena de donas después recibió la noticia, aún a mitad de camino.

Nunca supo bien por qué, pero fue el único momento en el cual derramó lágrimas. No recordaba haberse largado a llorar en el funeral, la angustia sólo era propia de quienes la rodeaban. Twilight se había quedado inmóvil, mirando el cuerpo inerte de su padre como si en algún momento se fuera a levantar y en realidad se trataba de una broma. Hasta que su madre la sacó del ensimismamiento para darle un lirio blanco cuando fue su turno de despedirse y darle sus buenos deseos para un ascenso certero. Ella depositó la flor con cuidado en el cajón, escondiéndola para que no se viera que la había marchitado tras un hechizo sencillo.

—Ah—. Murmuró Sparkle después de un instante de silencio que parecía más de cortesía que otra cosa. Machacando su porción de torta en partes iguales una y otra vez, con molestia—. Ahora me cierran varias cosas.

Esa última frase dejó a Twilight frunciendo el ceño confundida, ya que a pesar del tono bajo y retraído alcanzó a escucharla igual.

— ¿Cosas como qué? —Preguntó despacio, sin entender. ¿Las temporalidades de los hechos? ¿El espectro de paralelismos? Algo en el tono de Sparkle no le gustaba, como si acabara de probar que ella tenía razón, como si acabara de ganar un juego donde Twilight no sabía que participaba.

Definitivamente, ese comentario fue involuntario, inconsciente, o lo que sea que fuere. Sparkle pareció entrar en pánico por un segundo hasta caer en la cuenta de lo que murmuró en voz alta. Fue entonces cuando se cruzó de brazos, la expresión se le cayó, y la atmósfera tranquila con la que habían empezado cambió de forma radical.

—Sabes lo que quiero decir—. Parecían haber vuelto en el tiempo a hace ocho meses atrás. A la biblioteca del colegio, a la comunicación visual intensa, y a los movimientos medidos llenos de enormes significaciones.

Y como a principios de mayo del año pasado, Twilight se encontró con una mirada desafiante en un rostro inexpresivo. Una que le advertía que el fuego se comía las verdades predeterminadas, que iba a terminar en cenizas. Porque si ambas no acababan en el mismo estado, entonces nunca estarían iguales.

Inhaló aire por la nariz de la forma más disimulada posible, para no demostrar de forma tan abierta que la exasperación era bastante triunfante y rápida en cuanto a recorrerle la piel se refería. No iba a pasar por esto otra vez. No, no y no.

Pero si estaban aquí para tener una charla honesta, no quedaban demasiadas alternativas.

A incinerarse, entonces.

—No. No tengo la más pálida idea de por qué crees que tener una coronita pulida y un par de alas te resuelve y absuelve de todos los males—. No quería refregarle sus propios problemas en la cara, pero Sparkle tenía esa idea de que para ella todo le era mucho más fácil, como si le hubieran dado a elegir en bandeja de plata qué sucesos quería que ocurrieran en su vida. Un poco de pimienta para fomentar el drama con un trasfondo trágico y luego unas cuantas cucharadas de sal para tapar todo el sabor ardiente—. Porque mis trastornos del sueño siguen ahí, mis problemas de ansiedad siguen ahí. Todo sigue en el mismo maldito lugar.

Ojalá pudiera tapar todo con enorme y extenso salitre. Ojalá las cosas hubieran sido tan fáciles.

Ojalá Sparkle fuera tan fácil de convencer sin necesidad de pruebas físicas y concretas.

—Tu padre murió cuando apenas tenías diez, Twilight—. Le recriminó. Como si la respuesta estuviera allí en un cartel, obvia y gigante frente a su nariz y no la pudiera ver simplemente porque no se le daba la gana—. ¿Qué no hablamos miles de veces de la amplitud en el espectro de paralelismos?

Twilight frunció el ceño aún más desconcertada. ¿Cómo es que eso automáticamente se traducía a algo positivo? ¿Qué clase de hilo conductor estaba siguiendo para llegar a todas estas conclusiones absurdas?

— ¿Y tú qué crees? ¿Que te hable porque te espié por la ventana? ¿Que robé tu diario? ¿Tienes idea de lo que me costó? —Twilight se encargó de visitar varios de los centros más cercanos e investigar todos los sitios uno por uno, cerciorándose de que tanto la atención como la información en verdad fuera útil. No fue fácil sentarse a hablar de casos hipotéticos y experiencias personales con el equipo de orientación.

Tampoco fue lo mejor que pudo hacer cuando la había casi obligado a cruzar el portal para despejar la mente de ese mismo tema. Pero ya parecía ser un patrón el meterse en situaciones que la hacían sentir horrible y por eso mismo no le estaba poniendo un freno a esta discusión.

Sparkle se apoyó contra el respaldo de la silla con la espalda tan erguida y tensa como quien siente la necesidad inminente de ponerse a la defensiva y a la altura imaginaria de su supuesto antagonista.

Twilight ya sabía cómo terminaría todo esto. No quería oírlo.

—Pues la verdad que no te costó nada venderme con tal de hacerte la heroína frente a tu novia—. Y a Sparkle tampoco le costaba mucho recriminar cosas de hace ocho meses atrás, aunque estuviera en todo su derecho y fuese la primera vez en que se sentaban a discutir en meses. Aun así, era absurdo. Tan absurdo que ahora junto a la exasperación ansiosa sobre la piel se le sumaba la culpa arrastrándose hasta el pecho y la base de la garganta.

— ¡Lo siento! ¿Ok? Discutí horrible con Sunset por eso—. Estuvieron más de una semana sin dirigirse palabra alguna. No había sido la razón principal, pero sí un disparador potente—. Estaba nerviosa y no consideré muchas cosas, lo admito.

Le dio un trago pesado al café, con un nerviosismo tan tosco que dolió tragarlo. Pero estaba perdiendo el control de las manos encima de todo, ya sea gesticulando en demasía o estirando la maldita falda del vestido que ahora se sentía no cubría la cantidad suficiente de piel.

Sparkle soltó un bufido exagerado e incrédulo, sin tomarla en serio en lo más mínimo.

"Control, Twilight control. Lo está haciendo a propósito".

— Sí, claro. ¿Nerviosa de qué? ¿De que no se crea tu actuación o qué?

Twilight se levantó con un golpe seco de sus palmas que levantó los tenedores un milímetro sobre la mesa.

Aquí dibujaba la maldita línea.

Sparkle le mantuvo la mirada en toda su rebeldía adolescente y venenosa, invitándola a contestarle, al maldito fuego más horrible que las serpientes de asfalto de afuera y más potente que el calor de las llamas infinitas del Tártaro.

Hablar con ella en momentos así era como estar hablando con un reflejo joven. Uno de once o doce años, cuando contestaba a su madre hasta la provocación máxima para que demostrara importarle lo suficiente para impartir un límite, por más extremo que fuera.

Era un arma de doble filo, se obtenía esa falsa sensación de tener la ventaja y el control de la conversación a costa de que te destrozaran el autoestima inexistente. Que siempre puede romperse un poco más, ¿no? ¿Qué importa?

— ¿Por qué tú, por sobre todo el mundo, no me crees?

Cuando se vive el infierno en la Tierra y de alguna forma se logra escapar de él, la primera tendencia es evitar cualquier cosa que se asimile hasta en el esqueleto estructural de la forma.

Sparkle la estaba desafiando a mostrar todas las pruebas posibles y concretas de que, efectivamente, había pasado por allí cuanto alegaba y sobrevivió para contarlo.

— ¿Por qué te cuesta tanto creer que yo también la pasé mal?—. Twilight ni siquiera se molestó en frenar alguna lágrima rebelde que se le pudiera escapar. Sólo se quedó con la vista fija en su contraparte, quien se levantó también.

— ¿Cómo qué por qué? Tú te quedaste con todo lo bueno—. Sentenció, clavándole sin fuerza la punta del tenedor en el pecho tras cada palabra pronunciada. Twilight no se inmutó, inmóvil, sin entender las palabras que llegaban a sus oídos, ni el tono explosivo en envidia—. Tu padre es un recuerdo bonito, tu familia te quiere, eres popular hasta en mi colegio. ¡Por Dios! Eres una princesa que vive sola en un castillo de cristal, ¿de qué diablos me estás hablando?

Sólo el ruido del cubierto estrellándose en alguna cerámica del piso cercano hizo a Twilight pestañear y mirarla con desconcierto. Mucho desconcierto.

¿De verdad tenía esa idea de que le habían servido todo en bandeja de plata y se estaba quejando de lleno? ¿Porque sus desgracias, ya desgastadas por las cosas de la vida, no encajaban en el ideal de vida perfecta que tenía de ella?

¿Qué?

— ¿Y yo qué? ¿Por qué a mí me toca lo peor? —Le recriminó, señalándose a sí misma con un quiebre y una desesperación en la voz que se reafirmaba en el temblor en las manos, en su expresión de frustración, en ese centelleo de impotencia que se movía con rapidez entre córneas blancas e irises violáceos—. ¿Por qué tengo que aguantármela y ya? ¿Por qué me tengo que conformar con las sobras? ¡No es justo!

La taza de cerámica blanca con flores genéricas pintadas en tonos rosas y rojos se partió en unos diez o treinta y ocho pedazos irregulares al volar desde la mesa y caer de lleno al piso, de costado. El poco par de centímetros cúbicos que restaban de café quedando esparcidos alrededor.

Sparkle se derrumbó. Se desfragmentó como arena sobre la mesa, sobre sus brazos, sobre sus cicatrices.

—No es justo—. Murmuró en el sofoco de su propio cuerpo, entre lo que pareció una especie de llanto que sólo sirvió para acumular más angustia en el centro del pecho.

Sparkle podía verse mejor, más viva, más como ella misma, pero eso no necesariamente quería decir que estuviera mejor, que se sintiera cien por ciento mejor. Apenas habían pasado seis meses. Esto era una primera aproximación a una normalidad que resultaba extraña luego de años de vivir en una lógica distinta, tóxica e incluso autodestructiva. Para Twilight transcurrieron casi siete malditos años y todavía existían emociones, que siempre estarían allí omnipresentes. Siempre existían cosas de las que no podía tener control.

Como ahora, donde su única reacción posible fue correr el plato con la porción convertida en migajas puras como su dueña. Al lado de la suya a medio terminar que le revolvía el estómago con sólo verla, por miedo a que también terminara hecho trizas y alguna pudiera salir lastimada.

Las piernas por algún motivo le temblaron cuando las movió. De todas formas las forzó a dar la vuelta la mesa para ocupar el asiento al lado de Sparkle. Por un segundo se le ocurrió ponerle una mano al inicio de la espalda o un intento de abrazo de confort, pero era bastante probable que también la mandara a volar con una respuesta de la misma índole que las anteriores.

Twilight entonces sólo se quedó en silencio, como si le acabaran de anunciar que un familiar murió y era su responsabilidad encargarse de consolar a los que la rodeaban. Debía sentirse mal, también. Y Twilight se sentía mal, se sentía como la autora del crimen, como si todo hubiera sido su culpa.

—Creo que fue un año antes de entrar a lo que aquí es la primaria—. Fue lo primero que le salió decir. No era responsable de lo Sparkle creyera o dejara de creer sobre ella. Pero tal vez al demostrarle que se estaba equivocando de enemigo, que estaba tan incinerada como ella quería, podría apaciguar algo de su odio. O calmarla, al menos—. No sé qué leí cosa sobre las tormentas, pero sé que esa noche había una y que le pedí a mi papá que se quedara conmigo porque tenía miedo.

Twilight apenas estaba segura que debería tener entre cinco o seis años, siendo la única en su salón que podía leer, escribir varias palabras e incluso levitar objetos pequeños o hacer algún que otro hechizo considerado difícil para su edad. Porque se la pasaba practicando para el exámen de admisión de la Escuela de Celestia para Unicornios Superdotados. Sus ganas de aprender sumado a su aparente talento natural en magia le daban ventaja, pero no existía vacante garantizada sin práctica.

—Recuerdo que hizo un hechizo para simular una lluvia de estrellitas, que me fascinó tanto que le pedí que lo hiciera como diez veces más. Después aprendí que en realidad lo hacía para cubrir el otro que bloqueaba el sonido...— Hace tiempo que no la envolvía esta especie de cosquilleo incómodo que le suministraba toques eléctricos a lo largo del cuerpo y ponía los pelos de punta. Era tan familiar, tan cercano, tan común, que el estómago se le retorcía con sólo pensarlo, la nauseas se hacían presentes de sólo pensarlo—. S-supongo es asociación directa, pero después de eso odié las estrellas doradas y las tormentas me daban pánico.

Habías veces en las que se escondía por doquier antes de tener que dormir en su cama. Podía ser debajo de ésta, un armario, el sofá, o incluso cuando tuvo su primer telescopio a veces se quedaba en el techo. Tenía una parte plana y de fácil acceso, que su padre le enseñó como el mejor lugar para ver el cielo desde su casa. Twilight siempre se escabullía con una manta, una almohada y su libro de constelaciones. Las observaba hasta que el sueño la obligaba a hacerse una bolita y dormir, despertando con los primeros rayos del sol para volver con sigilo a su cuarto y pretender nunca haberse movido de allí en primer lugar.

—Y, uh, hace algo más de... dos años le conté a mi familia—. Twilight no recordaba si seguía viviendo en Canterlot para esa época. O por qué motivo es que se reunieron los tres a almorzar, o cómo es que llegó el punto en que gritar ciertas cosas pareció una buena idea—. Mamá me dio vuelta la cara de un cachetazo y me dijo unas cuantas cosas. Shining no fue así, por suerte, pero no fue una situación bonita.

Su madre era del tipo que siempre tenía una idea distinta del pasado, una mucho más positiva y negadora de la realidad. Para ella Twilight tuvo la infancia perfecta, como si los citatorios escolares que había tenido por golpearse con todos los varones o conductas que llamaban la atención nunca hubieran existido. Y como ella era una gran hija, en general dejaba pasar por alto todas esas ilusiones e ideas que tenía. Hasta que se le agotaba la paciencia y terminaba recordándole que el hecho de llevar una sonrisa en una foto no significaba ser cien por ciento feliz. Cuando las cosas no pueden evitarse se intentan llevar de la mejor forma posible. Se sigue adelante, se ignoran, se esconden durante el día hasta que tienen que volver a salir por la noche.

La última discusión que tuvo con Velvet tenía que ver con eso mismo. Twilight había ido hasta su casa de la infancia en Canterlot para echarle una mano a su madre con una limpieza de primavera tardía. La idea era pasar un rato juntas, despejar lo máximo posible la vivienda e ir asentándole la idea de mudarse a un lugar más cómodo para una sola persona.

Terminó con resultados totalmente contrarios cuando se vio obligada a explicar por qué no quería seguir viendo álbumes familiares si todo lo que iba a escuchar era sobre lo feliz que se veía en una foto con su padre y todo ese tipo de comentarios que parecían puras justificaciones. Había desenterrado muchas sensaciones, muchos sentimientos para que la respuesta fuera que no sabía dejar pasar errores.

—Al tiempo me pidió perdón por actuar así. Aunque sigue creyendo que estoy siendo resentida y que "no debería hacer una tormenta de un vaso de agua".

Lo único positivo que resultó de toda esa experiencia, era esto. Quizá no se habría dignado a pensar en su contraparte, quizá no se habría puesto a investigar, y quizá no estarían sentadas aquí, ni habrían pasado seis meses de absolutamente nada. Al menos, el escalofrío danzante, las ansiedades crecientes, las incomodidades y las malas sensaciones de alguna forma habían servido para ayudar a alguien más. Eso era lo importante.

Sparkle levantó la cabeza de su oscuridad autoimpuesta, ojos hinchados y mejillas mojadas con angustia que no se molestó en limpiar con los antebrazos ya que probaría ser en vano.

— ¿Cinco años? —Susurró por lo bajo, observándola con sospecha de arriba a abajo durante un momento. Buscándole con desesperación algo, lo que fuera, que le delatara que efectivamente, era ella quien tenía razón—. ¿Hasta que murió?

Twilight le sostuvo la mirada con toda la angustia florecida en el pecho y los recuerdos caminándole por los brazos, para encontrarse con una de familiaridad espantosa. Una que la desafió hasta que cayó rendida al no encontrar la más mínima evidencia ficticia que buscaba, y cuya luminosidad exagerada se enturbió entre córneas enrojecidas e irises violáceos. Una donde el horror del entendimiento perfecto se hizo tan presente como el centelleo de impotencia. Donde se veía reflejada a sí misma y envuelta entre resplandores ajenos de angustia, entre ese brillo de empatía. Entre el chispeo asqueado y nauseabundo de la experiencia propia.

Twilight asintió despacio, hablando casi sin voz.

—Hasta el día anterior.

Sparkle estiró un brazo, como con una necesidad molesta más que con ganas verdaderas, a la única taza de café que quedaba en la mesa. Seguro ya estaría frío y habría perdido su gracia como bebida. De todas formas le dio un trago pesado y audible, como si intentara bajar algo más que simples nauseas o aflojar un estómago retorcido. Y se quedó pensando, mirando a la nada en particular por donde al parecer transitaban todas sus emociones y pensamientos.

Se quedó pensando por veintiocho segundos malditamente contados y controlados.

—De verdad creí que habías tenido más suerte que yo—. La honestidad era palpable, ahí en su voz, como quien admite la derrota y también se apena completamente de ello. Como si la explosión de envidia también significó el entierro del alivio—. Supongo que al final estamos igual de jodidas, ¿no?

Le comentó, con una especie de risa y sonrisa amargas y más mejillas mojadas que hizo que Twilight sintiera por primera vez sus propias lágrimas caerle del mentón a las clavículas. Era extraño, porque con estas sensaciones se alienaba de su propio cuerpo y cualquier especie de tacto se sentía lejano y distante, como si se intentara percibir a través de una capa gruesa e invisible de piel dormida.

Estiró un brazo tembloroso a la barra de mármol negro de la cocina, tomando las servilletas descartables y perfectamente dobladas en triángulos. Sostenidas entre mitades de un pececito de madera de colores simpáticos y paradójicamente más vivos que los seres del ambiente.

—No estoy aquí para competir contigo—. Se las ofreció a Sparkle. Blancas y pulcras cual señal de tregua y apertura a las negociaciones como si se tratara de la etnia Han del norte Equestre en su enfrentamiento con la región del sur. Ella la miró sorprendida por un instante, comprendiendo el mensaje y aceptó una con manos de temblor espejado, para sonarse la nariz.

—Ya sé—. Murmuró una vez que pareció recobrar un poco la compostura, con las mejillas secas y una respiración más regular—. …Siento gritarte así.

Esa fue la señal que Twilight necesitó para apoyarle, despacio, una mano en el hombro. Era raro, porque ella se sentía helada, pero el calor invasivo al tacto pareció volver a regularle la temperatura de al menos una parte del cuerpo.

—Está bien, sé dónde viene—. Movió despacio la cabeza, desestimando disculpas innecesarias. No es como si ella fuera una santa en cuanto a contestaciones se tratara, eso estaba más que claro. Aceptarlas cuando había caído en un juego que conocía demasiado bien, sería algo hipócrita de su parte. O a lo menos bastante poco sincero—. Tú sabes que también tengo mi carácter. Y, uh, mejor hacer catarsis que seguir guardándolo.

Una mano se posó sobre la suya, ajena, ardiente y segura en el pequeño apretón que le dio con, supuso, cierto nivel de aprecio.

Y de repente ese fuego se expandió a todo su cuerpo al recibir un abrazo. Un fuego cómodo ante el escalofrío maldito que se regodeaba por ganarle al sentido lógico y el control total y racional. Uno al que le dio la bienvenida posando una mano en el inicio de la espalda de Sparkle y otra en su cabello suave y sedoso que comenzó a acariciar en la forma que sabía era un tranquilizante efectivo. Uno que le daba calidez, como esos abrazos que se dan con tal cariño que no se quieren deshacer.

—Gracias—. Sintió, en alguna zona cerca de oído—. Por todo.

Y luego de lo que pareció una hora, del calor infinito del Tártaro y las serpientes de llamas que iban del interior al exterior, Twilight sintió sus comisuras elevarse y los ojos se le humedecieron otra vez.

—Lo haría cien veces más.