Me disculpo por esta larga ausencia, se han complicado muchas cosas alrededor mío y pues como consecuencia me ha mantenido lejos de poder concluir esta serie.


Te sigo amando

Perdóname mi amor por todo el tiempo que te amé te hice daño

Te amé de más y fue mi error,

Que soledad estoy sin ti, lo estoy pagando

Mientras que yo Te sigo amando

Se llevó la mano a la mejilla tratando comprobar si era real ese ardor en su rostro, pero la forma en que esos orbes grisáceos ardían en furia le provocaron un pinchazo en el corazón.

-¡Eres un imbécil! -le espetó colérica y una vez más le abofeteó

Cualquiera reiría ante la desgracia del corpulento jovencito, pues a pesar de ser tan alto se veía minimizado por una menuda fémina de lentes y trenzas.

-Lo siento -dijo resignado

-Las palabras no bastan Hasgard, quiero acciones -exigió picándole el pecho

-Pero... –trató de abogar el Santo de Atenea

-¡No hay pero que valga! –refutó la joven mujer -¿Acaso no te parece suficiente mi sacrificio? –

El Caballero de Tauro guardó silencio y bajó su cabeza

-No solo tener que soportar las habladurías de los demás porque no puedes tomarme como tu legítima esposa, ¡por culpa de esa maldita diosa egoísta a la que sirves!, sino que ahora también debo de cuidar de un grupo de pequeños bastardos de los cuales no tienes idea si son hijos de algún asesino y una prostituta –reclamó fúrica

-No hables así por favor –rogó esperando que ninguno de los niños les escuchara –ten un poco de compasión ellos no tienen la culpa...–argumentó

-¡No! ¡Claro que no! ¡Aquí la verdadera culpable es esa insaciable diosa! –se cruzó de brazos dándole la espalda

Hasgard se sintió afligido al escuchar tan severas palabras de la mujer que amaba, con cautela se acercó a ella, le envolvió en sus brazos, besó su cabeza y suspiró.

-Lo siento tanto, en verdad –murmuró esperando calmar el enojo que hervía en las entrañas de su amada

El Tauro suspiró al sentir cómo lentamente se iba calmando, cualquier otro hombre ya habría perdido la paciencia con esa mujer, pero contrario a lo que cualquiera pudiera pensar, el corpulento muchacho poseía una templanza y serenidad dignas de un Santo de Atenea.

-Ve a descansar querida, ya hablaremos por la mañana –le dijo a modo de despedida

Los ojos grises de la fémina le contemplaron una última vez antes de cruzar el umbral e internarse a su casa. El caballero de Tauro se sentó entonces en ese pequeño escaloncito de la puerta y llevó su mirada al cielo estrellado; Hasgard era plenamente consciente de que a diferencia de sus amigos, él no poseía ni el atractivo, ni el carisma que Aspros y Sísifo tenían para cautivar a la población femenina, porque aunque discretos, sus camaradas admitían ya haber tenido un par de romances fugaces, pero él, Hasgard de Tauro no conocía nada más allá de la pasión física que ocurría entre un hombre y una mujer, más no de eso sentimentalismos y juramentos de amor, que se hacían los enamorados.

Tal vez fue eso lo que le hizo quedar prendado de tan peculiar fémina de angelical e inofensiva apariencia, pues debido a su pequeña estatura y menuda complexión cualquier hombre pensaría que su carácter era así de dócil, sin embargo era cierto ese dicho "las apariencias engañan" puesto que su personalidad era fuerte y dominante, una mujer en verdad única, se dijo para sus adentros Hasgard, antes de ponerse de pie y conducir la carreta hasta una pequeña cabaña que había conseguido en las afueras de la Villa para darles refugio a los niños que Cor Tauri le había dejado en custodia.

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Se había levantado después del amanecer y salió sigilosamente de la cabaña no sin antes asegurarse de que todos los infantes estuvieran cómodos; caminó por las calles aledañas al mercado comprando todo tipo de alimentos para preparar un copioso y espléndido desayuno, su plan era sencillo, visitar a su amada con la excusa de preparar aquella comilona y hacer las paces al tiempo que descubriría que esos niños eran realmente buenos.

Pero cuando quedó frente a esa puertecilla le sorprendió verla abierta, completamente vacía, se encontró con la casera barriendo debajo de su ventana y le interrogó por la joven de trenzas.

-¡Ah! Pues había empacado desde hace días y ayer se decidió, salió en la mitad de la noche llevándose todas sus pertenecías –respondió la mujer con un tono burlón

Más el Dorado no dijo nada más porque era consciente de la casera como las demás vecinas habían sido las encargadas de recordarle su ambiguo estatus con el Santo de Atenea, por lo menos deseaba que ningun otro rumor circulara acerca de ella.

Le buscó en todos aquellos lugares que solían frecuentar; la fuente donde se vieron por primera vez, donde descubrió esa delicada figura con una cálida sonrisa o el pequeño jardín cerca del bosque, donde gustaban de conversar al atardecer cuando la luz del sol la hacía parecer una verdadera muñeca de porcelana; pero en no le encontró ahí, no encontró ni un solo rastro de esa mujer de ojos grises.

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La brisa gélida acariciaba su rostro, apretó sus párpados tratando de pensar que era solo un mal sueño que al abrir sus ojos se despertaría con la calidez de su mirada, con el consuelo de su compañía… se reprochó no haberse quedado a su lado la noche anterior y mantenerla entre sus brazos para no dejarle partir… Llevó la mano a su pecho, porque sentía un hueco, había un dolor enorme que invadía su alma que le carcomía por dentro el saber que no podría verle más…

Suspiró resignado, ¿acaso podía culparla? ¿Acaso podía reclamarle su deseo de ser tomada en serio? ¿no tenía el derecho de casarse de blanco y ser tratada como una digna señora? Hasgard era consciente en el fondo de su alma que él era el único culpable de su dolor, que no tenía derecho alguno de culparle o reclamarle, porque había sido él quien eligió servir a la diosa Atenea y aceptado todos los sacrificios y responsabilidades que ello conllevaba.

-¿Señor Hasgard? –le llamó una tierna vocecilla a su lado

-¿Qué sucede pequeña? ¿No te gustó el almuerzo? –interrogó el Santo tratando de disimular su dolor

-Estaba algo quemado –sacó la lengua la pequeña peliazul con una sonrisa traviesa

Hasgard suspiró resignado

-Pero ha sido una comida agradable –afirmó sentándose a su lado

Hubo un breve silencio

-¿No nos abandonará verdad señor Hasgard? –interrogó la peliazul

La mirada del Dorado se clavó en la figura menuda de la infanta y negó suavemente al colocar su mano sobre la pequeña cabecita de Serinsa.

-El deber de un Caballero de Atenea es proteger a este mundo –recitó solemne –y a todos los que viven en él –afirmó recordando su juramento

Aunque estuviera ausente de su vida de ninguna forma abandonaría su lucha ni devoción, porque en este mundo estaba ella y por ello valía la pena jugarse la vida para protegerle.


Saben que soy una quejumbrosa de primera y que para mí aún le faltó, pero lo dejo a su criterio

Siempre he tenido esa idea rondándome en la cabeza cuando alguien dice que desea tener como pareja a alguno de los caballeros, realmente se esta dispuesto a sacrificarlo todo? la reputación, el derecho de ser una esposa legítima y de tener un hogar donde ese hombre te acompañe? En este caso el amor de Hasgard representa a una mujer que no desea sacrificar nada a cambio de su pareja, es cierto que como el dice tiene derecho a un lugar digno, pero el amor a veces implica el sacrificio, en este caso Hasgard poseía un compromiso como Santo y si ella lo sabía, pues no era como que él le hubiera engañado.

MCR77 off~

Pd. Por si no lo han notado le hice una portada a esta historia, espero que les haya gustado xP

Pd1. Estoy subiendo algunos de mis fics en wattpad, la única diferencia es q elaboré algunas portadas para los capitulos, pero no se preocupen aún prefiero fanfiction xP