Les dejo la segunda parte de mi fanfic y muchas gracias a las personas que me dejaron sus reviews. ¡Saludos desde Perú!
Capítulo II
Estás en mi corazón
André ya tenía diecinueve años y se había convertido en un joven muy apuesto. Oscar por su parte, seguía haciéndose cada vez más hermosa.
Era una tarde soleada y los amigos estaban paseando a caballo. Después de unas horas se cansaron y decidieron quedarse a contemplar el cristalino lago.
- ¿Recuerdas André? aquí mismo estuve a punto de ahogarme… - Dijo serena, como pocas veces se sentía.
- Lo recuerdo perfectamente.
- Éramos muy pequeños… - Suspiró. – Quisiera volver a ser una niña, no preocuparme por nada y jugar como lo hacíamos todos los días… ¿no crees que hoy el lago se ve especialmente hermoso?
¿Hermoso? pensó André ¿podría haber algo más hermoso que ella en todo el mundo?
Con el tiempo, el muchacho había descubierto que el inmenso cariño que le tenía a su compañera de juegos, se había convertido en algo distinto y que solo ella lograba provocarle. Protegerla siempre lo hacía feliz porque era la única forma que tenía de manifestarle aquello que había tenido que ahogar en el fondo de su corazón; amor. No estaba seguro desde cuándo la había comenzado a mirar con otros ojos.
- Sí, transmite mucha paz… - Decía él observándola con sus brillantes ojos verdes, llevaba su oscura melena sujeta en una cola de caballo a la altura de su nuca. Le gustaba todo de ella y contemplarla era su único placer aunque eso también le producía pensamientos muy tristes.
- Estar en la ejército es cada vez más agotador, pero al menos tú estás a mi lado, sino sería más estresante cuidar a su majestad, aunque ella es bondadosa, la gente que la rodea es muy mala y astuta, y la pobre es tan ingenua… ¿Por qué siento que no me estás poniendo atención?... - La muchacha miró fijamente a su amigo. - ¿Estás bien?
- … ¡Sí! - Al fin reaccionó. Estaba pensando en el inmenso dolor que algún día sentiría al verla lejos, cuando ella decidiera ser la dueña de su vida y por fin hacer su voluntad, realidad que no veía muy lejana pues sabía que su amiga estaba por llegar a su límite. Incluso su padre podría llegar a aceptar que se casara con tal de no perderla y salvarla de cualquier peligro, después de todo, los pretendientes llegarían a diario de no ser por el carácter frío y distante que Oscar mostraba a los demás, por supuesto que André no podía ni soñar con pretenderla.
- Volvamos a casa… ¡te hago una competencia! - Se levantó de un brinco y tomó su caballo. André hizo lo mismo.
El joven permanecía detrás de ella, no quería hacer el esfuerzo de alcanzarla. Ver su espalda y su cabello rozar con el viento era una fiesta para él, teniendo en cuenta que la risa que le regalaría al sentirse la ganadora de la competencia, la haría lucir aún más bella.
Pasar momentos tan agradables con Oscar era un arma de doble filo. André volvió a torturarse con un recuerdo muy cercano. Fersen y ella se reunieron para tratar varios asuntos. Con profunda tristeza, tenía que aceptar que su interés por el militar era más que evidente y ante su presencia, la expresión relajada e inmutable de la rubia se volvía tensa. Aunque le dolía la idea de que tal vez estuviera enamorada de otro, también lamentaba que no pudiera desarrollar sus efectos como otra joven de su edad.
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Oscar buscaba a su valet, se sentía especialmente fastidiada luego de tener una seria conversación con sus superiores, así que practicar un poco con la espada la ayudaría a relajarse. Se dirigió a la cocina a ver si estaba allí, pero al escuchar el cuchicheo de las sirvientas, se detuvo a unos centímetros de la puerta.
- Educado y tan guapo… - Dijo soñadoramente Mathilde, la más joven del personal a otra compañera de labores.
- ¿Te lo imaginas en unos cinco o seis años?
- Esos ojos verdes…
- Su cabello oscuro… es tan varonil… - Dijo como si se tratara del platillo más suculento de un banquete.
- ¡Tonta! – Comenzó a reír. - Eres mayor que él, en cambio yo sí que podría comerme el pastel.
- Solo por unos años… ¡reclamo mi derecho a postular para ser su novia! – Ambas mujeres comenzaron a reír a carcajadas.
- Buenas noches. - Interrumpió Oscar. Las muchachas se pusieron algo nerviosas pero guardaron la compostura.
- ¿En qué podemos servirle mi lady?
- ¿Saben dónde está André? - Dijo en un tono severo, como si estuviera mandando a sus soldados en el regimiento.
- Está en las caballerizas. - Dijo Mathilde asustada, la mirada de Oscar era más sería y fría que de costumbre.
Salió rápidamente a darle el encuentro.
Algunas mujeres pueden ser tan imprudentes, espero que André esté mostrando un comportamiento correcto… ¡Qué situación más desagradable! Pensó apretando los dientes. De pronto un terrible enojo se apoderó de ella al pensar que André había hecho algo muy inapropiado para provocar esos comentarios. Abrió de un solo golpe el portón del establo e hizo lo mismo al cerrar. André estaba cepillando el pelo de los caballos, pero se obligó a dar un brinco luego de escuchar los portazos.
- Casi me matas de un susto… ¿estás bien? - André la podía ver en todo su esplendor. Sabía que estaba molesta y eso la hacía ver aun más atractiva.
- Resulta que ya sé lo que haces con las sirvientas de mi casa. – Dijo muy enojada. André no entendió. Él no hacía nada con las sirvientas de la casa, excepto ayudarlas.
- No sé a qué te refieres, explícate por favor. – Dijo muy confundido.
- ¡Las escuché hablando de ti!
- No estoy entendiendo nada y la verdad es que me da la impresión de que solo quieres pelear.
- ¡Idiota! - Se acercó a él y le dio una cachetada. Salió corriendo.
Al día siguiente ambos realizaban sus rutinas como si no hubiera pasado nada. Practicaban con la espada, montaban a caballo, peleaban, reían juntos, comían juntos, iban al Palacio de Versalles, todo marchaba igual entre ellos.
André la acompañaba a todos lados y para su desgracia, el valor de los admiradores de Oscar parecía haber incrementado, ya no lucía tan intimidados a causa de su fama por ser una de las comandantes más estrictas de la Guardia Imperial, y sus ganas de cortejarla eran más que evidentes. Gerodere era sin dudas el más insistente y astuto de todos, la observaba con mucha atención, siempre trataba de ser cordial y no generar tensiones. El hombre era bien parecido y eso mataba de celos a André, que no dejaba de pensar en la posibilidad de que desease hacerla su esposa, lo que no sería complicado para alguien que tenía el título de conde, además de pertenecer a una de las familias más poderosas de la corte francesa. Aunque Oscar no presentaba signos de interés alguno, André sentía la sangre hervir cuando el soldado se acercaba a ella.
En medio de sus cavilaciones, el muchacho llegó a la conclusión de que crecer estaba siendo más difícil de lo que alguna vez imaginó. Con los años sus sentimientos se hacían más profundos y eso solo hacía que temiera cada vez más que llegara el día de su despedida.
Lo más difícil del asunto es que a veces Oscar se tomaba tan en serio su papel de varón, que terminaba agotada y él era su pañuelo de lágrimas. Por contradictorio que pareciera, el dolor de Oscar hacía más fuerte a André, tenía que resistir y tragarse sus sentimientos para poder seguir siendo su apoyo y protector.
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La carcajada de Oscar resonó en toda su habitación.
- ¿Qué disparates dices?... Mírame bien, creo que todos los días envío un mensaje bastante claro a la distinguida corte francesa. – Habló en tono de burla.
- A pesar de eso tu lista de admiradores es muy larga y sigue creciendo. – Insistió André.
- Cambiemos de tema por favor, a menos que quieras pelear.
- Estoy harto de tener que espantarte los pretendientes. – Confesó en un arrebato.
- Nadie te ha pedido que lo hagas, yo sé cuidarme muy bien y además estás exagerando… no sé cómo comenzamos a hablar de esto. - Ajustó la mandíbula. - ¿O qué, mi padre te ha pedido que me convenzas de escoger un marido, tal vez ya lo pensó mejor y sí le conviene que sea una dulce señorita? – A la joven se le hizo un nudo en la garganta.
- Sé perfectamente que estás cansada, que cada vez es más difícil sostener esta mentira en la que vives, tal vez es hora de que… - Oscar lo calló con una cachetada.
- ¿Qué demonios te pasa, acaso no fuiste tú quien ayudó a mi padre a forjar a su dichoso heredero? – Lo miró fijamente, luchando porque las lágrimas que se asomaban por sus ojos no cayeran. – Pues aquí me tienen, esto es lo que soy, error o no, ya no puedo ser de otra manera, y créeme que no me importa lo que se comente de mí, mucho menos lo que puedan decir mis supuestos admiradores. – Inspiró profundamente. – No sé qué ideas nuevas tenga mi padre, pero ya no soy la misma niña, ya me manipularon una vez pero no podrán hacerlo nuevamente. Que sea la última vez que hablamos de esto.
No dejaron de mirarse fijamente. André sintió morir al sentirse responsable de su dolor. Sí, él había ayudado al general, pero jamás quiso hacerle daño.
- Tu padre no me ha dicho nada, y quiero aprovechar este momento para que te quede claro que todo lo que he hecho, lo hice únicamente pensando en que era lo mejor para ti. – Se acercó lentamente con los ojos vidriosos. - Tal vez todos nos equivocamos y un día pagaremos muy caro haber robado tu libertad de decidir cómo querías vivir, pero sé que tarde o temprano tu naturaleza ganará y no habrá nada que puedas hacer para evitarlo.
- ¡DEJA DE LANZARME MALDICIONES! - Oscar levantó la mano para volver a golpearlo, pero André la atajó en el aire y sin pensarlo la acercó a su cuerpo y la besó.
Oscar estaba en shock. Sintió algo extraño en su interior. De pronto cayó en la cuenta de que su amigo de toda la vida le estaba dando su primer beso. Sus labios se sentían tibios y suaves, y por un breve instante se dejó llevar, pero cuando sintió la lengua de André tratando de hacerse un lugar en el interior de su boca, reaccionó y esta vez André no pudo esquivar su golpe.
- Vuelves a hacer una cosa así y te juro que olvido quien eres. – Ahora él era quien estaba en shock. ¿Qué hice? Abrió la boca para hablar pero no lo dejaron. – Voy a pensar que perdiste la razón por unos minutos… Aquí no ha pasado nada y nunca hablaremos de esto… - Quería llorar. - Desaparece.
- Por favor, yo…
- Vete o no respondo. – Pronunció cada palabra con especial énfasis.
A penas desapareció la figura de su valet por la puerta, cayó desplomada sobre un sillón. Se sentía dolida y confundida. Casi por inercia se llevó una mano a los labios, aún podía sentir la humedad de su boca desesperada por profundizar el beso. Por primera vez lloró sin tener cerca a la única persona que podía consolarla.
