Esta vez tardé más en actualizar así que ojalá haya valido la pena esperar. Agradecimientos muy especiales a los que se tomaron la molestia de dejarme sus comentarios. ¡Saludos desde Perú!

Capítulo III

No me dejes

- Lamento tanto haberte causado esto… - La tristeza estaba claramente reflejada en su expresión.

- Ya basta André, te disculpas mil veces cada día, y todas esas veces te he dicho que tú no has causado nada, fue un accidente y punto. – Dijo la rubia acomodándose en su cama.

- Hubiera muerto si te pasaba algo... – Confesó sin poder contenerse.

Oscar comprendió perfectamente sus palabras; sentía lo mismo con respecto a él.

- Pero ya estoy bien, solo fueron unos rasguños. – Trató de minimizar el asunto.

- ¿Rasguños? – André tembló de solo recordar. - Te desmayaste porque perdiste mucha sangre, sigues con nosotros de milagro.

- Estoy aquí gracias a que tú reaccionaste pronto… y ya fue suficiente, que no se toque más el tema, mejor cuéntame algo interesante que estoy muy aburrida. - Dijo con fastidio.

André estaba sentado al filo de su cama y seguía mirándola con preocupación. El doctor había indicado que era mejor que la rubia reposara hasta que sus heridas sanaran completamente.

El accidente se produjo a causa de otro capricho de María Antonieta, que repentinamente había tomado interés en montar a caballo, un magnífico corcel obsequiado por su esposo, el nieto del Rey Luis XV, el Delfín de Francia, quien había comenzado a gastar grandes cantidades de dinero en ostentosos regalos para su joven mujer.

Como siempre, la escolta de la princesa estaba encabezada por Oscar y su valet. Aquel día, André ayudó a su majestad a subirse al caballo, pero de un momento a otro huyó despavorido. La princesa, inexperta y muy asustada, se aferró al corcel, y en un acto desesperado por tratar de controlarlo, André quedó atascado a las riendas del animal y fue arrastrado varios metros hasta que éstas se rompieron. Oscar consiguió alcanzarlos y tuvo que lanzarse de su propio caballo para salvar a María Antonieta, aunque estaba desmayada.

Al enterarse de lo sucedido, el rey decidió señalar a André como el responsable del terrible suceso, que aunque fuera un accidente, mantenía a la joven inconsciente. Así fue que lo sentenciaron con la máxima condena; la pena de muerte. Oscar se enteró de la terrible decisión e inmediatamente trató de abogar por su amigo. Le dijo al rey que por ser su patrona, ella debía ser la que reciba el castigo. Cada palabra que dijo la rubia sirvió para que André dejase de pensar que jamás podría ser perdonado por haberle robado un beso.

En medio de la situación que los amigos enfrentaban, Fersen también se señaló como otro de los responsables. Afortunadamente, María Antonieta reaccionó y le aseguró al rey que todo fue un accidente y le rogó que olvidara su enojo. Así lo hizo y todos quedaron libres de cualquier cargo. Felices por la buena noticia, se disponían a regresar a casa, pero de pronto Oscar cayó desmayada. Tenía una herida muy profunda en el brazo, producto de las acrobacias hechas para salvar a la princesa. Había perdido mucha sangre y permaneció mucho tiempo inconsciente. Los doctores la atendieron y señalaron que solo debían esperar a que el cuerpo de Oscar se recuperara. Nana y André se quedaron a su lado toda la noche, orando para que despertase pronto. A la mañana siguiente, la joven reaccionó y André sintió que el alma le había regresado al cuerpo.

- Mi deber es protegerte y quisiera evitarte incluso este aburrimiento. – Continuó disculpándose.

- No seas tan dramático, ya estoy mejor y eso en gran parte es porque no te has separado de mí y vienes a cambiarme las vendas todos los días, así que haberme cuidado desde el accidente, y además todos estos años, han más que saldado tu inexistente cuenta conmigo.

André tomó la mano de Oscar y se miraron fijamente. Sus palabras y su mirada intensa la estremecieron y de pronto cayó en la cuenta de que su amigo se veía un poco más delgado, ojeroso y cansado. La joven rompió la unión de sus manos.

- Mejor cuéntame que has estado haciendo estos días sin ir al palacio. – El muchacho se tensó. Se puso de pie y miró hacia el jardín a través de la ventana. - Nana me ha dicho que has comenzado a salir mucho por las noches… - Añadió.

- ¿Eso te dijo? – Trató de ganar tiempo para pensar en una buena excusa.

André había comenzado a salir por las noches a tomar en una cantina de París. Había hecho algunos amigos en la ciudad y se reunían para conversar y desahogar las penas. Desde su pelea, y mucho más después del accidente, André había estado especialmente inquieto, y su frustración por no tenerla a su lado como realmente deseaba comenzaba a torturarlo. En ocasiones bebía hasta quedar totalmente borracho, pero a raíz de la recuperación de Oscar, se había jurado que permanecería sobrio por si ella lo necesitaba.

- ¿Estás tratando de pensar en una buena justificación?

- No es así, simplemente son cosas de hombres, sin ofender. – Dijo en tono de burla.

- No seas gracioso. – Oscar no pudo evitar sonreír. - ¿Ya no me tienes confianza?... Dime qué tanto haces en las noches.

- Es muy personal y…

- Recuerda que no sabes mentir.

- No me vas a dejar en paz ¿verdad?

- ¿Tú qué crees? – Dijo la joven con una sonrisa triunfante.

- Me voy a tomar a una cantina de la ciudad.

- ¿Cantina, tú?... – Nuevamente lo miró de pies a cabeza. ¿Desde cuándo es tan alto? – Lo dudo...

- No miento.

- Entonces quiero que me lleves hoy mismo.

- ¿Estás loca? – Respondió alarmado. – No es lugar para ti.

- Soy una mujer vestida de varón, cualquier lugar es para mí.

- No es un lugar fino, llamarías la atención, no te vas a sentir cómoda.

- Aunque tenga que disfrazarme, voy a ir. – André pareció rendirse.

- No pienso llevarte. – Se armó de valor para seguir negándose.

- Si no lo haces me voy sola a la ciudad y me meto en cualquier cantina. – Advirtió.

- Estás convaleciente.

- Llevo varios días descansando y ya me siento bien, además estoy muy aburrida, otros aires me ayudarán.

- No comprendes, es un…

- Ya está decidido. – Lo interrumpió rápidamente. - Salimos esta misma noche luego de que todos estén dormidos.

- Es muy peligroso, tú sabes muy bien cómo están las cosas en la corte, créeme que en la ciudad no vas a encontrar un solo rostro amable que reciba con los brazos abiertos a una noble como tú.

- Nadie tiene que saber de dónde vengo, y ya basta de peros. Nos vemos más tarde.

- No vendré.

- Hasta la noche. - Se acomodó en su cama para descansar.

André salió de la habitación azotando la puerta.

Durante el resto del día, el joven no se apareció en la habitación de su amiga, ni ella solicitó su presencia para nada. André limpió los caballos, cortó unas flores del jardín, ayudó a la abuela en varias labores y también a las sirvientas, quienes ante su disposición, se la pasaron pidiendo un favor tras otro, todo con el fin de tenerlo cerca por más tiempo.

André cruzaba la sala cuando se percató de que ya no faltaba mucho para encontrarse con Oscar. Se dirigió a su habitación para asearse y ponerse algo más adecuado para la noche que comenzaba a enfriar. Después de cerciorarse de que todos estaba dormidos, se fue a la habitación de su patrona.

La puerta estaba entre abierta así que supuso que ya estaría esperándolo.

- ¡Querido André, al fin llegaste! - Dijo sobreactuadamente.

- No hables tan fuerte, si nos descubren te echaré toda la culpa.

- Ya no somos unos niños y no seas tan exagerado, dudo mucho que alguien nos descubra, la casa es enorme, mejor relájate, de lo contrario no serás un buen acompañante esta noche. - Oscar llevaba puestas las ropas más sencillas que tenía.

André comenzó a observarla detenidamente y pensó que aunque vistiera harapos, su rostro y su innata elegancia la delataban. Oscar se sintió nerviosa a causa de la insistente mirada de su valet.

- ¿Qué tanto miras?

- ¿Perdón? – André se había ido a otro mundo.

- ¿Por qué me miras con esa cara?

- Lo siento, es la única que tengo.

- Sabes a lo que me refiero.

- Estaba pensando que aunque te tires lodo encima, algo te delata y será imposible que pases desapercibida.

- Tú no te ves precisamente como un vagabundo.

- Te duele la verdad. – Afirmó con una sonrisita traviesa.

- Ya deja de decir estupideces, nadie se va a dar cuenta, vámonos de una vez.

Ambos jóvenes se encaminaron a las caballerizas. Caminaban cautelosamente en medio de la oscuridad de la casa. Las luces estaban apagadas y no querían chocar o tropezar con algo que hiciera ruido y alertara al resto de la familia.

- Camina más despacio André, no veo nada y me cuesta seguirte el paso.

- Ya estoy caminando muy despacio. – Susurró. - Deberíamos apurarnos, alguien podría levantarse y no tengo preparada ninguna excusa para explicar que me esté llevando a la señorita de la casa a estas horas, y más cuando debería estar en reposo.

La joven tropezó con un mueble de la sala pero afortunadamente no hizo demasiado ruido. Caminaron un poco más pero de pronto André se detuvo y Oscar chocó con su espalda.

- Mejor toma mi mano, será más fácil si te guío. - Le tendió una mano en medio de la oscuridad. Sus manos eran muy grandes, y se tembló al sentir que el joven entrelazaba sus dedos con los de ella. – Vamos a bajar las escaleras despacio, yo bajo una grada y tú bajas la anterior… - Suspiró rendido. - No puedo creer que me hayas convencido, anulas mi voluntad cuando quieres conseguir algo. – De pronto se dio cuenta de que lo que dijo era casi una declaración y también se puso muy nervioso, mucho más cuando se percató que era la primera vez en mucho tiempo que la tenía tan cerca de su cuerpo.

- Ya no te quejes tanto y baja con cuidado para poder seguirte. – La rubia seguía nerviosa y no dejaba de preguntarse cómo es que hacía para caminar con tanta seguridad en medio de la noche. Lamentó que hace muchos años no se haya ido de pinta con él.

- Me pisaste. - Se quejó el joven. – Ten más cuidado.

- Lo siento… - Las escaleras no tenían fin. En varias ocasiones sintió como su pecho chocaba con su espalda ancha. Comenzó a sentir un extraño calor en el rostro, y aunque se sentía protegida a su lado, no podía pasar por alto que era la primera vez, desde que eran unos niños, que estaba tan cerca de él.

Finalmente terminaron de bajar las escaleras y salieron de la casa lo más rápido y silenciosamente que les permitieron sus botas. A lo largo del trayecto permanecieron tomados de las manos y recién se percataron de eso cuando cada uno montó su caballo, pero ninguno dijo nada.

- Rápido André, te sigo. – Dijo aún avergonzada por lo sucedido.

- Sí. – Respondió aún nervioso.

Salieron galopando lentamente para no hacer ruido, y cuando ya estuvieron lo suficientemente lejos, incrementaron la velocidad.

Normalmente era André quien iba detrás de ella para cuidarla, así que esa era seguramente la primera vez que Oscar tenía la oportunidad de observarlo montar. Comenzaba a entender que sus soldados se sintieran intimidados con su presencia. ¿Cuándo cambió tanto? Se preguntó asombrada al ver su espalda ancha y la destreza con que dirigía a su caballo.

Cuando al fin llegaron a la ciudad, dejaron sus corceles en la tienda de unos amigos de André, entraron en la cantina, tomaron una mesa, y se sentaron uno frente al otro.

Oscar pensó que el lugar no se veía tan mal como quiso hacerle creer su valet. Notó que había muchas mujeres sentadas con algunos hombres muy borrachos, pero eso no la incomodó. Es más, aunque el lugar era muy humilde, el ambiente le parecía agradable, además no tenía nada que temer si estaba con André.

- Después de todo eres un gran mentiroso André Grandier, imaginé un lugar de terror.

- Espera a que la mayoría se emborrache.

- Ya no te creo nada. – Sonrió. - ¿Qué esperas? pídenos un vino.

- Aquí no hay de los vinos que estás acostumbrada a beber.

- Es muy evidente y no importa.

André giró en su silla y le hizo una señal al único mozo que atendía a todos los clientes. En pocos minutos, ya tenían una botella de vino y dos copas.

- La verdad es que esta cantina tiene aires de nobleza… - Tomó un sorbo de su copa y le hizo una señal a su amigo para que viera al lugar donde estaban sentados tres hombres con ropas bastante finas.

- Muchos vienen aquí atraídos por algo más que el licor que sirven. – Se terminó su copa de vino de un solo trago. - Solo dije que no venía gente de tu clase para que no insistieras más pero no funcionó y henos aquí. - Oscar no prestó mucha atención a las últimas palabras de André. Había entendido perfectamente qué es lo llamaba la atención de todos los hombres del lugar. ¿Ese también es el motivo de André para frecuentar tanto esta cantina?

- Ya veo, entonces… también vienes buscando eso. – Afirmó con un dejo de molestia en su voz.

- ¿Disculpa? – Casi se ahoga con el vino.

- ¿Vienes a buscar un amor de una noche?

André rió a carcajadas.

- Sinceramente nunca he sido de amores de una noche. – Otro trago de vino. – A mí solo me gusta el vino bueno y barato que sirven.

- ¿Me vas a decir que nunca te has acostado con alguna de estas damas? - Oscar se sorprendió por la osada pregunta que había formulado, pero pronto se le pasó, quería saber la verdad.

- ¿Estoy soñando o es verdad que Lady Oscar acaba de hacerme una pregunta tan íntima? – André sonrió y disfrutó de verla avergonzada. – Creo que es la primera vez que te veo sonrojada.

- No me cambies de tema. – Trató de no perder la compostura. – Mejor confiesa tus pecados.

- No sería ningún pecado. – André tomó otro sorbo de su copa y le lanzó una inesperada y seductora sonrisa. – No he tenido nada con ninguna de estas señoritas.

Oscar le hizo una señal al mozo y apenas llegó la segunda botella, se sirvió ella sola y tomó todo el contenido de su copa, la joven sentía demasiada curiosidad. ¿Será verdad que ninguna de estas mujeres es su amante?

Hábilmente, André desvió la atención de su patrona al mencionar, que después de todo, era muy agradable estar juntos en ese fin del mundo. Comenzaron a recordar su feliz infancia,lo que también dio paso a la nostalgia. La rubia comenzó a sentirse mareada, pero no le tomó demasiada importancia al hecho, se sentía demasiado bien estar así con su amigo de toda la vida. Todo marchaba muy bien hasta que una mujer se aproximó a su mesa.

- Buenas noches André. – Colocó una de sus delgadas manos sobre el hombro del susodicho. - Ya comenzábamos a extrañarte. – Miró hacia el grupo de mujeres que estaba cerca, éstas rieron e hicieron coquetos saludos con la mano. - ¿Qué has estado haciendo tantos días sin venir?

- Hola Teresa. – Ella se aproximó y le dio un beso en la mejilla. - He tenido mucho trabajo.

Oscar no estaba muy segura de tener la capacidad de soportar una escena de esas justo en ese instante. Estaba a punto de hablar cuando la chica se dirigió a ella.

- ¿No me presentas a tu amigo? - Teresa dudó y la observó con detenimiento unos segundos. – Perdón, tu amiga…

Oscar estiró la mano para saludarla.

– Soy… - Mejor no decir mi verdadero nombre. – Rosa.

– Mucho gusto. – Teresa estrechó su mano amistosamente. – Creo que es la primera vez que te veo por aquí. – La miró de pies a cabeza. – Me recuerdas a… - Soltó una risita incrédula.

– Rosa es una amiga de mi pueblo natal, llegó hace unos días. – André interrumpió rápidamente.

- Ya veo… - Volvió a observarla con curiosidad. – Una mujer como tú no debería vestirse así. – Dijo mientras apretaba el hombro de André.

- En mi pueblo nos gusta vestirnos muy cómodas, hacemos muchos trabajos duros. – Oscar vocalizó perfectamente cada palabra, se sentía incómoda al ver la familiaridad con que Teresa trataba a su amigo.

- ¡Qué interesante! – Respondió riendo y fijó la mirada en el joven. – Dime, querido André ¿no me invitas una copa?...

- Ahora estoy con mi amiga, hace mucho que no la veía y no quiero ser descortés… - Dijo algo incómodo.

- Siempre se me escapa. – Esta vez habló mirando a Oscar.

Ahora Oscar fue quien la observó de pies a cabeza. Teresa era muy guapa. Tenía un cabello muy largo, casi tan oscuro como el de André y unos ojos grandes color café, su piel parecía bronceada y eso la hacía ver aún más atractiva. Comenzó a jugar con su cabello mientras miraba con insistencia a André, quien por cierto, ya no podía sonrojarse más.

- Tú debes tener novia… - Dijo haciendo un puchero. - Seguramente es muy celosa… - Deslizó su mano por la barbilla de André. – Créeme que la comprendo… - Metió la otra mano por el pequeño escote de su camisa y logró que el joven diera un pequeño brinco.

André trató de frenar la caricia con sus manos pero Teresa parecía estar muy motivada.

Oscar iba a explotar en ese preciso instante. Se puso de pie tan rápido que tambaleó y cuando estuvo a punto de decir la primera atrocidad que se le vino a la cabeza, una botella voló en dirección a ella. Logró esquivarla pero cayó al suelo.

André se levantó de su silla como si fuera un resorte, olvidando por completo a la otra mujer, que al ver la escena, se retiró rendida. La ayudó a levantarse y otra botella voló, comenzaron a llover botellas por todas partes. André se apresuró a sacar a Oscar del campo de batalla, pero tropezó y ambos cayeron al suelo.

- Creo que a mí también se me subieron las copas.

- Afortunadamente estoy anestesiada con el vino, no me duele nada. – Se apresuró a decir al ver la preocupación en la cara de su valet.

- Lo siento ¿no te lastimaste? – Revisó su brazo. - Te dije que la cosa se complicaba por los borrachos.

André puso un brazo de Oscar rodeando su cuello para que se apoyara y así ayudarla a caminar. Fueron varios minutos de silencio hasta que la mujer se animó a hacer un comentario.

- ¡Qué mujercita!

- Es su forma de vivir.

- Sí, pero Teresa se veía muy interesada en ti y tú no parecías tan incómodo. - Dijo fastidiada.

- No quería ser grosero, tenía la fe de que desistiría en cualquier momento.

- Seguro ya le habías echado un ojo, es muy atractiva y parece bastante complaciente.

- Es bonita pero no tenemos nada que ver ni le he echado ojo a nadie. – Ignoras por completo que al único ser que adoro es a ti, que justo ahora muero por tenerte tan cerca y no poder tocarte como tanto deseo.

- No te creo nada ¿por qué otra razón vendrías todas las noches?

- Tú misma la escuchaste, no vengo tan seguido. – Dijo con un dejo de incomodidad. - Si alguna mujer de ese lugar me gustara en serio, no habría ninguna excusa para dejar de verla ¿no crees?

Oscar no dijo nada. De solo recordar la actitud tan provocativa de la mujer, hacía que sus entrañas se revolvieran. No supo qué le pasó, pero no pudo contenerse y lanzó un puño al rostro de André.

André cayó al suelo, pero se levantó muy rápido. Sabía que la rubia tenía muchas ganas de pelear, así que se paró y le lanzó un puño sin ganas que ella esquivó sin dificultad. En el pasado, hubiera peleado con todas sus fuerzas, pero en esa ocasión todo era tan distinto y lo último que quería hacer era lastimarla, así que si quería golpearlo, no haría mucho para defenderse.

Comenzó a tirar golpes por doquier y aunque no eran tan fuertes como de costumbre a causa de su estado, la intensidad iba incrementando pues se había percatado de que su amigo no daba la lucha.

El joven sintió que todo el alcohol se le subía a la cabeza, entonces llegó el tiro de gracia y lo dejó tendido en el suelo.

- ¡Ponte de pie, defiéndete! - André no se movió. - ¡Deja de actuar que no estoy para tus bromas!

Segundos que parecieron horas.

Oscar se agachó para cerciorarse del estado de André. La cabeza de André había caído en una roca y mucha sangre brotaba de su cabeza. Oscar se horrorizó, y de pronto todo el licor que sentía en la sangre, se había esfumado.

- ¡Despierta, André, abre los ojos! - Decía con desesperación, zarandeándolo de tal manera que era casi imposible que no reaccionara. – Tienes que ayudarme… - Dijo tratando de moverlo pero era inútil. – No puedo yo sola… por favor… ¡André!

Nada. No se movió. Oscar arrancó un pedazo de tela de su camisa y comenzó a presionar la herida sangrante en su cabeza.

- No puede ser… - Todo es mi culpa, por mi necedad de pelear en este estado. Un nudo en su garganta. – Por el amor de Dios, despierta… - Miró alrededor y la calles estaban vacías así que gritar por ayuda sería en vano. Las lágrimas luchaban por caer. – No hay nadie por aquí… André… - La atropelló un miedo terrible, como el que sintió cuando el rey lo condenó a muerte. - No me dejes por favor, no me dejes… - Repitió desconsolada. - No te atrevas a hacerlo, me mato si te pasa algo ¿me escuchas?... – Volvió a sacudirlo. - ¡Te mato sino despiertas!

André trató de moverse pero una punzada en la cabeza lo desanimó. Oscar pudo sentir que el aire comenzaba a pasar con normalidad por sus pulmones.

- ¿Me ibas a matar de igual forma sino despertaba?

Oscar se lanzó sobre él y comenzó a revisarlo con minuciosidad. André se ruborizó, la cercanía de la rubia lo ponía demasiado inquieto.

- ¿Dónde te duele?

- La pregunta correcta es ¿dónde no me duele?... Se tocó por inercia el punto donde le dolía y no pareció muy sorprendido al ver sangre en su mano. – Deja de verme así, no me duele y ya casi no sangra… - Se puso de pie, arrancó un pedazo de tela de sus ropas y lo colocó como vendaje. – Con esto bastará, y no te preocupes, nunca te dejaré… - Soltó una risita traviesa que en lugar de contagiarla, la hizo sentirse muy rara.

¿Tienes que reírte de todo? Estaba tan asustada… Oscar sintió que algo le obstruía el pecho. ¿Qué haría sin ti? Sin tu exagerado instinto protector que me ha salvado más de una vez, y que al final solo logra ponerte en peligro a ti. Quería abrazarlo, hacerle jurar que jamás se iría de su lado, que no dejaría de ver nunca sus dientes grandes mientras reía, ni sus ojos tibios cuando el mundo entero parecía odiarla. ¿Por qué siento esta gran necesidad de abrazarlo?... no vuelvo a tomar así nunca más…

- ¿Estás bien? – Preguntó preocupado y sin poder evitarlo tomó su mano y la besó. – Ya pasó, todo está bien, lamento haberte asustado. – Su gesto la conmovió y sorprendió. ¡Y para colmo te disculpas! Oscar se ruborizó y no pudo evitar llorar. ¿Qué demonios me pasa? No se aguantó más y lo abrazó. Hundió su rostro en su cuello ancho, se tragó su aroma, y lloró allí, como cuando era una pequeña niña.

André estaba demasiado ebrio, demasiado inquieto y demasiado confundido por el comportamiento de la joven como para desaprovechar la maravillosa oportunidad de estrecharla entre sus brazos. No pudo evitarlo y la apretó contra su cuerpo y pudo sentir sus formas, besó su frente y mejilla, depositó largos besos con la boca entreabierta en toda su cara.

- Tranquila, hierba mala nunca muere… - Le habló oído, incapaz de soltarla.

Oscar se sentía sedada por sus besos y el abrazo tan apretado en que André la mantenía. Estaba tan cómoda que permaneció refugiada en él hasta que se tranquilizó.

- Todo es una broma para ti… - Se soltó nerviosa, su cuerpo pedía a gritos seguir en su abrazo.

- Estoy bien…

- No lo estás, estuviste inconsciente por unos minutos, debe verte un doctor.

- No creo que sea necesario. – Respondía por inercia. El perfume de Oscar lo había embriagado más que el vino.

- No me des la contra, te verá un médico y no se discute más.

La rubia trató de poner uno de sus brazos sobre su cuello para ayudarlo a andar pero casi provoca otra caída. André evitó que cayera al suelo tomándola de la cintura. La tenía tan cerca otra vez, su olor invitándolo, el recuerdo del beso robado lo inquietaba, su respiración, sus benditas ganas de besarla, de poseerla en su totalidad aunque después fuera castigado hasta el fin de sus días.

- ¿Estás bien? – Logró decir muy agitado.

¿Siempre tuvo esos ojos? Oscar no podía dejar de mirarlos. Verdes como el campo que le da paz, tan brillantes, sus cejas pobladas y sus tupidas pestañas, su boca ancha y gruesa.

- Sí, pero creo que serás tú quien me ayude a caminar, me siento muy mareada otra vez... Siento mucho haberte golpeado…

André la acomodó nuevamente para ayudarla a caminar.

- Tus golpes ya son caricias para mí…

- No creo que te gusten tanto como otras. – Recordó la descarada forma en que Teresa lo tocó.

- Ahora eres tú quien dice estupideces…

– Mejor ya no digas nada y ni se te ocurra volver a esa cantina, no volverás y de mi cuenta corre… - Dijo más relajada, feliz de que ambos regresaran con bien a casa.