Ya deben saber que André me encanta, y sí pues, creo que es muy difícil que no nos encante y que todas soñemos con tener uno, y por eso mismo me cuesta mucho describir su sentir y de igual forma me pasa con Oscar, así que no quiero dejar de resaltar que he tratado de seguir los parámetros del anime, no hablo del manga porque no lo he leído. En fin, no más palabreo y los dejo con el nuevo capítulo. ¡Besos!
Capítulo IV
Trataré de entender
- Si sigues comiendo así morirás ahogado un día de estos. – Dijo la comandante. El hombre estaba demasiado concentrado en su plato como para tomar atención a las palabras de su patrona. - ¡Ya no eres un niño, compórtate!
- Es que está buenísimo… te felicito Mathilde… - Habló con la boca tan llena que casi no se entendió lo que dijo.
- De nada… - Respondió suspirando.
- ¿Qué modales son esos?
André tragó el gran bocado que tenía en su boca.
- ¿Qué se supone que debo hacer si no dejas de hablarme?
Los años habían pasado y André ya era todo un hombre, su porte y apariencia no pasaban desapercibido, y mucho menos en la concina de la casa.
- ¡Una delicia Mathilde!... – Dijo limpiándose la boca con una servilleta y regresando a ser tan educado como siempre. - ¿Podrías servirme un poco más?
- ¡Claro! – Dijo emocionada.
- ¡NO! – Retumbó la voz de Oscar.
- No comiences a gritar que no estamos en el regimiento, te escucho perfectamente.
- ¡Qué bueno! Porque no lo repetiré, ya has comido demasiado, te aprovechas de que mi nana no está aquí para controlar tus impulsos.
- Por eso mismo déjame disfrutar ahora que puedo.
- No creo que le haga daño señorita, en realidad es un plato muy ligero… - Dijo sonrojada sin despegar los ojos de André.
- Disculpa Mathilde, pero nadie ha pedido tu opinión. – Dijo en tono severo.
¡No la soporto! Aborrecía ese tipo de escenas, incluso en las frívolas fiestas del Palacio de Versalles no faltaba alguna mujer que se interesara en su valet.
- Estuve trabajando muy duro todo el día y de verdad tengo mucha hambre.
- Tenemos que salir y no es bueno que comas tanto.
- Deja de tratarme como un niño. – Sonrió relajado.
- Compórtate como un adulto entonces.
Oscar tomó una servilleta y limpió unos restos de comida en la comisura de la boca de André, y éste aprovechó para observarla como saboreándola, sabía que algo le molestaba y solo tenía ganas de pelear.
- Contigo no se puede. - Lanzó una risita.
- Vámonos, necesito que me acompañes a hacer unas diligencias.
- Está bien. – Se levantó y Mathilde puso cara de ver lo más bello del mundo. – Gracias otra vez Mathilde.
- De nada André
- ¡Vámonos ya!
- ¡Sí señor! – Respondió en tono burlón, haciendo el saludo solemne de los militares, lo que arrancó coquetas risitas contenidas de la enamoradiza sirvienta.
Ambos salieron apresuradamente y en dirección a las caballerizas por sus animales. Oscar seguía con una mueca de fastidio y su valet se aventuró a romper el hielo.
- No debiste ser tan grosera con Mathilde, fui yo quien quería comer más, ella solo cumplía con su deber.
- Resulta que ahora te has vuelto su defensor.
- No es así, simplemente me pareció injusta tu forma de actuar en este caso.
- ¿No me digas, y tú qué? Ignorando mis comentarios para darle gusto a ella.
- Yo no le quería dar gusto a nadie, tenía, o mejor dicho, gracias a ti aún tengo mucha hambre, además yo jamás ignoraría lo que me tengas que decir. - André preparaba a los caballos mientras tenían esa conversación. Él estaba de espaldas. Oscar pudo apreciar sin duda, lo bien que se veía así. Su altura era muy llamativa. Siempre que era su acompañante en las fiestas de gala, muchas jóvenes nobles se le acercaban y no parecía importarles mucho su posición social. De pronto André volteó y se encontró con la mirada de Oscar, que ya no parecía disgustada.
- ¿Qué? - Preguntó tratando de ser natural.
- ¿Te encuentras bien?
- Perfectamente…
- Sigues siendo muy engreída y caprichosa.
Las palabras de André salieron con tanta ternura que estremecieron a Oscar. Inmediatamente comenzó a pensar en su amor imposible, el que jamás había podido regalarle una sola palabra de amor, ni un gesto, absolutamente nada. Su mirada dejó de tener brillo y dio paso a una expresión muy desconcertada..
- André… - Dijo en un susurro que no fue percibido.
- Ya están listos. – Dijo acariciando amistosamente a los animales. André se reprochó por cometer nuevamente el mismo error. En ocasiones su profundo amor escapaba sin que pudiera frenarlo y se mezclaba en sus palabras, pero eso solo hacía que la mujer de su vida recordara a Fersen y su amor no correspondido como el suyo.
- Partamos entonces.
Los dos salieron de inmediato. En la mitad del camino, Oscar bajo el ritmo del galope y forzó a André a hacer lo mismo. Él sufría por ella, le dolía su dolor, el sufrimiento que sentía por no ser correspondida por Fersen. Su dolor más grande era no poder ser el dueño de su amor, y para colmo saber que sufría por otro. Sin lugar a dudas, la situación se hacía cada vez más insoportable.
- A este ritmo llegaremos mañana.
- A veces siento que todo esto ya no tiene sentido, me he perdido en el camino, no sé a dónde ir… - Dijo sin contenerse.
- Donde sea que quieras ir, piensa que debes ser feliz, sino lo eres ahora mismo, entonces definitivamente no es el camino correcto.
- Dime André… ¿hasta cuándo va a aguantar el pueblo?... ¿se va a desatar una guerra?
- Sí.
- Y yo tendré qué pelear y tal vez sobreviviré… ¿y después qué?
- ¿Qué quieres hacer?
- ¿Tú qué quieres hacer?
André suspiró profundamente.
- Quiero encontrar la felicidad en la tranquilidad de saber que hice lo correcto, que al final estuve donde quería estar, y si sobrevivo a esa lucha, tal vez pueda disfrutar de la dicha de tener una familia.
Oscar se sorprendió con aquella respuesta.
- Pero ya tienes una familia, mi familia.
- No Oscar, yo trabajo para tu familia, no soy parte de ella.
- ¿Planeas irte?
- Será inevitable que algún día suceda. – Dijo con un nudo en la garganta. – Creo que debemos darnos prisa… - Trató de terminar con la conversación, cuyo rumbo no le estaba gustando y tenía que reconocer que fue casi una maldad hablar de irse cuando su amiga estaba tan sensible, pero lo mataba de celos que dijera ese tipo de cosas, en mayor medida, impulsada por su amor no correspondido, y más cuando sabía perfectamente que el conde sueco solo tenía ojos para María Antonieta. Si me amaras haría todo con tal de que estemos juntos, te robaría y trabajaría como un esclavo para poner el mundo entero a tus pies.
- Aún hay tiempo, si te saqué antes de la casa fue para evitar que murieras comiendo.
- ¿Debo agradecerte entonces?
- No me cambies de tema… exijo que me cuentes sobre tus planes para el futuro.
- Mejor preocúpate por los tuyos.
- ¿No me dirás nada? - Dijo ella con una mirada de sorpresa y confusión.
- No hay mucho que decir por ahora. - Sintió ganas de narrarle el mejor de los cuentos para dejarla satisfecha, para quizá crear su propio cuento, en donde exista una mujer que pueda amar.
- No pienso moverme de este punto hasta que me cuentes. - Oscar detuvo por completo el caballo obligando a André a hacer lo mismo.
- No te importa manipularme con tal de obtener lo que quieres.- Dijo frustrado. – Y no hay más información que esa… tal vez un día logre comprar una pequeña propiedad, casarme, tal vez hijos, no sé…
- ¿Irte de mi casa? - Habló aterrorizada de solo imaginar que algún día dejaría de verlo. ¿Con quién me voy a desahogar? ¿Quién la consolaría? Solo él, su gran amigo, siempre a su lado, apoyándola en todos sus momentos, buenos y no tan buenos. Oscar tuvo que contenerse, las lágrimas luchaban por salir de sus ojos al escucharlo, parecía una pesadilla.
- No puedo quedarme por siempre en tu casa.
- Entonces… ¿no eres feliz conmigo?
- Claro que sí… - No puedo serlo porque no eres mía. - Pero tengo que hacer mi propia vida, no más migajas, algo solo mío y de nadie más…
- Jamás te hemos dado migajas, en ningún sentido, en mi casa todos te estiman… nunca hemos hecho diferencias…
- No comprendes…
- Entonces explícame, te hemos dado tanto y tú pagas con esas palabras que me suenan a ingratitud… ¿crees que no me importas? me duele tanto lo que dices, pensé que las cosas eran diferentes, que estar juntos era suficiente… pero me equivoqué…
- Oscar… - Te amo, te necesito, quisiera estar siempre contigo, pero no te das cuenta que serás tú quien se irá a hacer su propia vida y yo debo aferrarme a otra cosa, a otras personas para no morir. – Tú también te irás en cualquier momento.
- Eso no se sabe, no des por sentado algo, podría morir mañana en batalla, y comprende que no concibo una vida en la que no estés, eres parte de mi mundo, de lo que soy… o de lo que no puedo ser…
André no esperó jamás esas palabras, menos la vehemencia con que las pronunció, y hasta quizá, una pizca de amor. Su expresión era de decepción, con una inconfundible cuota de enojo. André recordó el lejano beso que le robó.
- No comprendes lo que siento…
- Habla más claro entonces… pareces otro… - Repentinamente, una buena explicación se instaló en su cabeza. – André… tú… te has enamorado ¿verdad?... ¡solo puede ser eso!
- ¿Qué?... ¿de dónde sacas eso? – Habló atropelladamente y muy nervioso de que la conversación haya llegado a ese peligroso punto. - No hay nadie y ya basta con esto… - Sintió que su alma había escapado de su cuerpo.
- No te creo…
-¿Qué puedo hacer para que lo hagas?... lo juro… no me interesa nadie… - Solo tú.
- Tú eres lo más importante de mi vida, la única persona en la que confío… y me siento tan triste justo ahora, pero voy a tratar de entender que quieras marcharte y construir un futuro… yo seré la primera en rogar que pronto halles tu felicidad, aunque esté muy lejos de mí.
Se miraron por largo rato.
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André se disponía a tomar un baño frío, era el mejor remedio para soportar cada noche sin ella.
Tocaron a su puerta y dio permiso para que entraran.
- Aquí está la ropa limpia que me pidió.- Dijo Mathilde.
- A veces me tuteas, pero en otras ocasiones dejas de hacerlo, recuerda que tú y yo somos iguales, relájate. - Le guiñó un ojo.
- Es que… - Dudó en dar la información. – Lady Oscar nos ha ordenado que no debemos tutearlo, que no debemos tratarlo con tanta familiaridad… - Habló ruborizada.
- ¿Eso les ha pedido?
- Sí… de hecho nos ha ordenado a todas guardar una distancia prudente…. - André no escuchó la última parte. – ¿Podrían ser celos?... ¡Descarta esas ideas de tu cabeza!... ella no siente lo mismo, tal vez ha reaccionado así a raíz de la conversación que tuvimos, y de alguna forma quiere darme un lugar distinto en su familia, pero creo que exagera, ahora entiendo la reacción de las chicas, parecían asustadas si les hacía la conversación como normal mente lo hago.
- Oscar exagera, pero tampoco quiero contradecirla, solo recuerda en no tutearme cuando ella esté cerca, y no se preocupen, apenas me sea posible trataré de tranquilizarla, ha estado muy estresada últimamente.
- Lo comprendo… ella es buena y respetuosa, pero creo que trabaja demasiado.
- Exacto, y bueno… gracias por la ropa, me voy a dar un baño y a descansar.
Mathilde no se movió. André sonrió y entonces la joven pudo procesar sus palabras y muy avergonzada lo dejó.
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Oscar buscaba a su valet, había tenido que cuidar a María Antonieta en una reunión solo para mujeres en donde se la había pasado jugando y apostando. Se sentía hastiada de haber estado en medio de tanta frivolidad y despilfarro. Se dirigió a su habitación, necesitaba una buena copa de vino con su amigo.
En el camino se cruzó con Mathilde.
- ¡Buenas noches mi lady! – Dijo más alegre que de costumbre.
- Buenas noches. ¿Sabes dónde están todos? no encuentro a nadie.
- Su nana ya está descansando, su padre salió a recoger a madame Jarjayes y el joven André está en su habitación.
- Bien, gracias. - Mientras Oscar subía, Mathilde la observaba. ¡Quien fuera ella para estar siempre cerca de André! Aunque dudo mucho que pueda aguantar su ritmo de vida.
Oscar llegó al pasadizo en donde se encontraba su habitación y la de André. Recién caía en la cuenta de que seguramente Mathilde había estado con él. Por lo visto el sermón que les di sobre las distancias no sirvió de nada. Sin embargo trató de tranquilizarse. Tal vez solo fue a llevarle ropa limpia, o comida… cualquier pretexto es bueno para estar cerca de él.
Una extraña sensación recorrió su cuerpo, era una mezcla de cansancio e incomodidad. Al llegar a la puerta del cuarto de su amigo, respiró profundo, no quería estropear su idea de estar tranquila con él. Iba a tocar la puerta pero le pareció escuchar unos murmullos en el interior. Presa de la curiosidad y muy molesta de imaginar que estuviera con alguna coqueta sirvienta, no contuvo sus ganas y se agachó para observar por la cerradura.
Entonces lo vio. La rubia enmudeció. La imagen de André era demasiado perfecta y sensual como para apartar la vista. Agradeció a los cielos no encontrar la llave puesta del otro lado. Se acomodó lo mejor posible y decidió observar hasta que tuviera las fuerzas de alejarse. Nunca lo imaginó, era como estar en un mundo paralelo y de pronto sintió envidia de la afortunada que pudiera tocar el masculino cuerpo. Sus brazos torneados, sus piernas largas y fuertes, el pecho amplio y su cabello negrísimo mojado. Sin que pudiera estar preparada, André salió de la tina, y su ajustado y pequeño trasero se robó el protagonismo. Oscar casi lanza un grito. No había palabra para describir el espectáculo que estaba ante sus ojos.
Oscar sintió que su cuerpo entero se ruborizaba y cuando estaba a punto de pensar que no lograría reaccionar y salir del hechizo que había resultado ser la imagen de su amigo, éste comenzó a llorar silenciosamente, se notaba que hacía un gran esfuerzo por no sollozar.
Finalmente Oscar se alejó de la puerta y sintió que algo le oprimía el pecho por la angustia de pensar que algo o alguien lo hacían sufrir de esa manera. ¿Qué te hace llorar así, qué me ocultas, qué estoy ignorando?… maldita sea, André… tengo ganas de matar a quien te provoca esa tristeza. Estaba mareada y luego de seguir rebuscando en su mente, solo pudo llegar a la conclusión de que André también estaba viviendo un amor no correspondido como el que ella sentía por Fersen. Con esa dolorosa resolución, Oscar se fue a descansar, contagiada por el llanto de André.
