¡Hola! Aquí otro capítulo y lo he leído muchas veces para que no tenga ningún error, aunque aquí ya es más de medianoche y estoy muy cansada. En fin, espero les guste y antes algunos agradecimiento
simon fuchi notori: Gracias por seguir leyendo, es muy importante para mí sus apreciaciones, me dan muchos ánimos de seguir.
CATY : Gracias por tus palabras, me alegra saber que una compatriota me lea.
Saludos desde Perú.
Capítulo V
Feliz cumpleaños
Sí, estaba enamorada de Fersen y era su más grande secreto, ni si quiera había podido contarle a André, le daba vergüenza, sobre todo porque ambos sabían que él amaba a María Antonieta, la ahora reina de Francia. Por más que quería contrarrestar su naturaleza femenina, esa verdad le recordaba constantemente lo que en verdad era. Lo que la joven comandante ni si quiera imaginaba, era que su gran amigo lo supo todo desde el primer momento, y desde entonces moría en silencio.
Las cosas en Francia no marchaban bien. Los ricos se hacían más ricos, y los pobres, cada vez más pobres. Los reyes se daban la gran vida mientras que su pueblo moría de hambre. Las rivalidades de ambas clases sociales comenzaban a retumbar en las calles parisinas, y lo inevitable se estaba acercando.
Por otro lado, los rumores del amorío de María Antonieta y Fersen eran cada vez más terribles, y eso incrementaba la antipatía del pueblo por sus reyes. En un intento por silenciar los rumores de la infidelidad de la austriaca, se envió al militar sueco a pelear fuera del país, otro motivo de sufrimiento para Oscar.
André era el más desdichado de los espectadores, pero aún así sus sentimientos seguían intactos, el amor que sentía por su patrona era incondicional y su sufrimiento parecía no tener fin si el de su amada tampoco cesaba. Eran incontables las noches en que soñaba con tenerla a su lado, pero desde cualquier ángulo, seguía siendo un amor imposible y que le demandaba cada vez más autocontrol.
La joven Jarjayes había comenzado a tomar mucho. Estaba harta, cansada de aparentar algo que no era. Su falso papel ya no era interpretado con la misma facilidad que en el pasado y más cuando estaba enamorada de Fersen. Tal vez eso es lo que le impide mirarme de otra forma, por culpa de esta farsa en la que vivo. Ya no aguantaba más, ya no le importaba nada. Todos tenemos un límite.
- Se acabó, esta es la última copa. – André trató de quitarle la copa vacía.
- No seas tan estricto, mejor ven ¡bebe conmigo, querido André! – Dijo sentada en un sillón de su habitación.
¡Cómo duele verte así, mi hermosísima Oscar! Daría mi vida con tal de ahorrarte este sufrimiento... si tan solo me amaras, si me dejaras amarte… Se sentó frente a ella, en la mesa de su habitación, en la mesa en donde habían estudiado juntos desde niños, y en la que ahora se hallaban dos botellas de vino, una vacía en su totalidad y la otra a punto de terminarse.
- Ya has tomado mucho…
- Shh… - Oscar posó su dedo índice en los labios de su valet. Fue un movimiento tan extraño en ella pero a la vez tan sensual que el muchacho tuvo que controlarse para no cometer una locura. Sentía tantas ganas de abrazarla, de besarla, de descubrir todo su cuerpo y hacerle ver cuánto la amaba.
- Por favor no sigas. – Casi suplicó.
- ¡No!
- Oscar…
- André… André… - Se acercó a su rostro. - ¡Qué apuesto eres! – Casi lo gritó. – Debe ser muy difícil para esas mujercitas tenerte tan cerca y no poder intentar nada porque yo se los he prohibido. – Se sirvió más vino y se acercó aún más al rostro de su amigo. – Sí, sí, son muy bellos. – Otro sorbo de vino. - Tus ojos verdes, todo el tiempo hablan de tus ojos… ¡las aborrezco! – Intentó pararse pero tambaleó y aunque cayó, André le sirvió de amortiguación, y ella se recostó en sus brazos.
- Estoy muy cansada, pero tú siempre estás conmigo para evitar que caiga o al menos para que el golpe no sea tan duro. - Dijo refiriéndose a esa situación en particular. - Bebamos juntos, quiero olvidarme de todo lo malo. - Oscar estaba completamente apoyada en el cuerpo de su valet y no había nada que él pudiera hacer para apartarla. Su conocido aroma lo envolvía. Estaban en el suelo, apoyados en el filo de su cama y ella parecía no tener intensiones de pararse. Sentir a la mujer que amaba tan cerca lo desarmaba. La sentía tan triste y débil en aquel momento, que enloquecía por besarla y confesarle su amor de una vez por todas.
- André… dime… ¿Soy una mujer bella?
No hay belleza más grande que la tuya en todo el mundo.
- No deberías dudarlo. - André quiso decir más pero temía no poder frenarse.
- ¡Eres demasiado bueno conmigo! - Se levantó de un solo golpe y apartó lo brazos de André con brusquedad. Se agarró de la pared, comenzó a caminar y se dirigió a la ventana. Al percibir sus posibles intenciones, su valet se puso de pie rápidamente y logró impedir una tragedia sujetándola de la cintura. Oscar intentaba arrojarse por la ventana.
- ¡¿Qué pretendes hacer?!
- ¡Déjame!
- ¡Estás ebria! – André la apretó más, y la rubia luchaba por salir de sus brazos que de pronto parecían de acero.
- Suéltame… - Dijo cansada por el gran esfuerzo.
André la arrojó al suelo, muy lejos de la ventana. La joven hizo una mueca de dolor pero se levantó y le tiró una cachetada.
- ¿Qué crees que haces?
- ¿Tú qué estabas haciendo? ¡No te das cuenta que te has podido matar!
- No es tu problema…
- Hace un rato dijiste que siempre estoy a tu lado, – Ya no pudo contenerse más y siguió. – y no es una mera coincidencia, es que yo quiero estar aquí cuidándote, incondicionalmente.
- Deja de decir tonterías…- Una punzada en la cabeza.
- Mírame... – La obligó a mirarlo halándola del mentón. - Si te pasa algo mi vida ya no tendría ningún sentido. - Los ojos azules no podían despegar la mirada de los verdes. - Sé que te gustaría que fuera Fersen quien te dijera todo esto, pero soy yo, tu sirviente, tu valet, tu amigo de toda la vida, soy yo quien te ama desesperadamente aunque jamás vayas a corresponderme. - Ni el mismo André entendió cómo fue capaz de confesar su secreto.
Oscar no podía creer lo que había escuchado. Era imposible que André la amara.
Un leve tirón de donde la tenía sujeta y pudo acortar la distancia entre sus labios. Oscar recibió su beso y aún en medio de su confusión le respondió. Abrió la boca para recibirlo, su lengua la invadió y comenzó a seguir el ritmo que el hombre demandaba. André la abrazó y profundizó aún más su unión. La rubia sintió que se ahogaba pero no quería dejar de sentir el calor que la había comenzado a envolver.
Su pasión lo arrastró y la alcanzó. El joven la depositó en la cama y ella pudo sentir todo el peso de su cuerpo. Besó su cara entera, su cuello y sin poder evitarlo comenzó a frotar su sexo encima del de ella, que aún con el impedimento de la ropa, pudo sentir su gran urgencia. Un atisbo de razón lo obligó a levantarse de un solo impulso. André se cubrió el rostro tratando de calmarse.
- Perdóname…
- Acércate por favor, no me dejes… quiero hacerlo, quiero ser una mujer contigo…
Los ojos verdes se abrieron con asombro, no podía creer lo que estaba escuchando.
- No sabes lo que dices, me vas a odiar cuando estés en todos tus sentidos.
- Sé perfectamente lo que digo.
- Estás muy borracha, mañana te vas a arrepentir.
- No hay brazos más seguros que los tuyos, ven… - Su expresión se ensombreció y su fiel amigo se acercó como si la mujer fuera un imán y se recostó junto a ella.
- No tienes idea de lo que pides. – André la besó en la frente, en la mejilla, un corto beso en sus labios que la desarmó aún más que el anterior.
- Por eso mismo quiero que tú me enseñes. – Se ruborizó. - Quédate esta noche.
- No puedo.
- Sí puedes.
- Sí quiero pero no debo. – Besó sus manos con adoración.
- No te vayas.
- Es muy tarde y tienes que descansar. – André volvió a besar sus labios. Esta vez fue Oscar quien trató de profundizar el beso. El joven se vio forzado a apartarse con cautela.
- No me beses más a menos que vayas a quedarte conmigo toda la noche. – André hizo el ademán de levantarse pero ella lo detuvo y lo abrazó. – Abrázame entonces, dime otra vez que me amas… - Oscar se recostó nuevamente en su pecho y se quedó dormida.
André besó sus labios nuevamente, la metió en su cama, la arropó, la observó por unos segundos y finalmente se marchó.
No pudo dormir en toda la noche imaginando que con la sobriedad de la mañana, su patrona le reprocharía lo sucedido y que incluso la situación podría ser peor que la primera vez que le robó un beso.
A la mañana siguiente, la joven comandante sentía que había sido envestida por todos los caballos de la Guardia Imperial. Su cabeza estallaba de dolor y tenía recuerdos muy extraños sobre la noche anterior.
Tiene que ser un sueño, pero ¿por qué soñaría algo así precisamente con él?... tal vez porque siempre está conmigo y lo quiero tanto… Puso una mano en sus labios y sintió muchas ganas de verlo.
- Hijo, estoy atendiendo a un invitado del general. – Le entregó a su nieto una bandeja con alimentos. - Por favor, llévale esto a mi niña, fui hace un momento a verla y se le ve muy descompuesta.
- Madame, si lo desea yo puedo hacerlo, André luce algo cansado. – Dijo Mathilde tímidamente.
- Gracias Mathilde, pero yo me encargo. – Si recordaba lo que había pasado entre ellos, era mejor que la enfrentara de una vez por todas.
Subió las escaleras con mucho cuidado para evitar que algo se derramara. Al llegar a su puerta, dio un profundo suspiro, se armó de valor, la tocó y su voz le dio permiso de pasar.
- Buen día. – Trató de saludar naturalmente.
- Espero que lo sea para ti, porque yo no me siento nada bien. - Dijo tocándose la cabeza. – Creo que bebí más de la cuenta.
- Así es, fue muy difícil convencerte de que pararas. – Dijo el joven tratando de sondear si recordaba algo.
- Lo siento mucho… - Oscar sintió un tono extraño en su propia voz. André se sentó al filo de su cama y puso la bandeja de comida en sus piernas. La rubia no pudo evitar observarlo con detenimiento. Unos mechones de cabello oscuro le caían en medio de la cara y sus ojos verdes brillaban. De pronto recordó la vez en que le robó un beso y la noche en que lo había visto desnudo. Se ruborizó pero trató de controlarse. - Gracias André… sé que ayer hice muchas estupideces. - Oscar tentó aquella parte de la conversación. Podía recordar borrosamente que André le había dicho que la ama y que incluso se besaron apasionadamente, pero no estaba segura.
- Ni me lo recuerdes, gracias a Dios pude impedirlo.
- Fue una tontería, realmente no lo iba a hacer… - Soltó una carcajada. Oscar no sabía si reía por lo sucedido, o porque sencillamente su presencia la puso nerviosa.
- No le veo la gracia. – André habló muy serio, como casi nunca lo hacía. - ¿Y si no venía a verte?... estarías muerta, o al menos herida.
- Pero me salvaste como siempre. – Dijo muy avergonzada. – Muchas gracias otra vez.
Al parecer no recuerda nada.
- Será mejor que comas algo, te ves muy pálida.
- Está bien. – Se sentía débil pero no estaba segura si quería comer.
- No me moveré de aquí hasta que comas una buena cantidad. – Dijo al percibir sus intenciones.
Con trabajo pudo comer una cantidad considerable.
- Agradécele también a mi nana por favor.
- Lo haré. - Acomodó la bandeja. - Te dejo para que descanses.
- Espera…
- Dime.
- Vuelve después, me aburro aquí sola y no puedo levantarme, me da vueltas la cabeza.
- Está bien, trataré de terminar mis deberes pronto.
Cerró la puerta.
Oscar se sintió extraña. Su molestia no era algo físico, era la incertidumbre de saber si lo que recordaba era un sueño o no.
La rubia despertó después de unas horas. El sol comenzaba a ocultarse. Repentinamente se sintió muy sola y triste, quería salir y pasear un rato, pero aún no estaba del todo bien.
Comenzó a anochecer y André no iba a su habitación, eso la impacientó, había sido muy clara en pedirle a su valet que regresara. Juntó las fuerzas que su malestar le permitía y bajó las escaleras con cuidado. Se dirigió a la cocina.
- ¿Has visto a André?
- ¡Mi lady! – Se sorprendió Mathilde. - ¿Cómo se siente?
- Bien, gracias ¿has visto a André? – Preguntó nuevamente.
- Salió con su abuela a hacer unas compras de última hora, su nana dijo que quiere hacer un pequeño agasajo para An… el joven André…
- Es cierto, no me había percatado de la fecha… bueno, por favor, cuando llegue André, le pides que me lleve una taza de té a mi habitación.
- Entendido Lady Oscar.
- Gracias.
Mathilde le dio la espalda y siguió lavando los patos.
Oscar la observó con detenimiento. André nunca me habla de chicas y Mathilde es bonita y siempre parece tan interesada en él… no me gustaría enterarme de que tienen algo… mejor ni me lo imagino.
Horas después, la misma Mathilde le llevó la taza de té a su cuarto, explicando que André estaba muy ocupado ayudando al general con varios asuntos.
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Oscar había despertado y no pudo dejar de pensar en Fresen. Le preocupaba no haber recibido noticias de él en mucho tiempo, pensando que tal vez le había pasado algo malo. Se percató que era la primera vez que pensaba en su seguridad y bienestar, más que en el desesperado amor que sentía por él. Quizá por fin he comenzado a entender que no es para mí.
También había otro tema que no dejaba de rondar su cabeza; André y la posibilidad de que ya tuviera una pareja. No podía tapar el sol con un dedo, su amigo era apuesto, trabajador, noble, valiente, fuerte… era todo lo que cualquier mujer soñaba y tenía que haber alguien, pero ¿quién?
Golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.
- ¿Puedo entrar? - Era la voz de André. Oscar dio un respingo y habló.
- Sí.
- Discúlpame, ayer regresé muy tarde y después tu padre me pidió que lo ayudara, subí a tu habitación pero ya estabas muy dormida. ¿Cómo te sientes? - Sonrió dulcemente con esa sonrisa que la hacía creer, al menos por un momento, que su vida no era tan complicada.
- Mejor. - André se veía agotado. Tenía los tres primeros botones de su camisa desabrochados. Su vello masculino podía verse. Tenía las mejillas muy sonrosadas producto de su trabajo a la intemperie. Es imposible que un hombre como tú no tenga novia. Oscar sintió una extraña sensación, le daban ganas de llorar.
- ¿Sucede algo? - Se acercó a ella y se sentó al filo de su cama.
- André… - Oscar lo abrazó. - Feliz cumpleaños.
- Por el tono en que lo dices debo suponer que ya me estoy haciendo viejo. – Dijo bromeando. - Recibió su abrazo muy rígido, no quería volver a caer en la tentación de apretarla contra él. - Oscar… ¿Sucede algo más, estás preocupada por Fersen?
- Ahora que lo mencionas, espero que esté bien en Norte América, pero no es eso lo que me tiene así, sucede que… siempre soy la primera en saludarte y seguramente todas las sirvientas se han de haber peleado por darte el abrazo primero, de solo imaginarlo me dan nauseas. - Volvió a abrazar a André, pero esta vez fue diferente.
La joven se apoyó contra su pecho, pudo sentir su corazón latir más de lo normal. Sentir su cuerpo tan cerca del suyo le daba paz, su olor le gustaba y tranquilizaba. No pudo evitarlo y se abrazó más a él.
Por su parte, André estaba a punto de explotar. Creyó sentir una pizca de celos en sus palabras al mencionar a las sirvientas. No hizo ningún comentario pero estaba recibiendo el mejor regalo de cumpleaños. La apretó contra tu pecho, acarició su espalda y su cabello dorado, sus delicados brazos, tan delgados pero lo suficientemente fuertes como para blandir una espada, incluso podía sentir la suavidad de su piel a través de la ropa.
Permanecieron abrazados por largo rato hasta que André tuvo que romper su unión o podía ser capaz de hacer otras cosas.
- Resulta que sí fuiste la primera en saludarme, desde que me levanté, no me he asomado a la cocina.
Fue la sonrisa más grande que alguna vez le vio a su patrona.
Ambos pasaron juntos su cumpleaños. Oscar le obsequió un perfume que compró hace mucho tiempo pensando en él y fue recibido con una hermosa sonrisa. Fue un día tan lindo que ni si quiera importó que todas las sirvientas lo saludaran o abrazaran, incluso se olvidó de la supuesta novia, después de todo, si la tuviera no estaría ese día tan especial con ella. Una sonrisa adornó su rostro todo el tiempo, y de vez en cuando se le escaparon comentarios que no hacían nada más que hacer que la mente de André volara. Su día fue bello y tranquilo, como hace mucho no pasaba en casa de sus patrones, pero también estuvo lleno de confusión, sin embargo, decidió no preocuparse demasiado y simplemente vivir el momento.
