Terminé mis exámenes así que esta vez escribí mucho más tranquila. Disfruten y prometo actualizar pronto.
Capítulo VII
Tiempo y cartas
El tiempo es casi mágico, parece transcurrir con mucha rapidez cuando más lo necesitamos, en oposición a lo que sucede cuando realmente deseamos que vaya más rápido, si esperamos algo por ejemplo, o peor aún, si estamos esperando que alguien regrese.
Era de noche y Lady Oscar acababa de llegar del Palacio de Versalles. Su nana caminaba de un lado a otro en la cocina, haciendo una lista de lo que hacía falta.
- Nana. – Oscar se reacomodó en la silla, sentía una molestia en la espalda. - ¿Qué has sabido de André?
La mujer dio un respingo al escuchar su pregunta.
- Mi niña, lo siento, olvidé entregarte la última carta que llegó esta mañana. - Comenzó a rebuscar en los bolsillos de su mandil. - ¡Aquí está!… envió también una para mí, y otra para Rosalie. - Se acercó a la rubia, le entregó el pequeño sobre y continuó con sus tareas mientras hablaba. - Dice que el Sr. Solier es muy amable, que está muy complacido en cómo mi niño cumple con su trabajo, y que le ha propuesto quedarse con él. Sé que tu padre le ha recomendado que lo piense aunque le recalcó que no le gustaría quedarse sin su apoyo. – Una corta pausa mientras rebuscaba otra cosa en sus bolsillos. – Mi nieto me ha dado a entender que no desea aceptar la propuesta y la verdad yo tampoco quiero que se quede, me hace mucha falta…
Oscar no dijo nada. ¿Quedarse?
André llevaba más de dos meses en casa del amigo de su padre, y no le agradaba para nada la idea de que se quedara. Durante el tiempo que llevaba lejos, le había escrito como había prometido, aunque no tan seguido ni solo a ella, sino también a su nana y a Rosalie, situación que la incomodaba, solo en el caso de la última mujer. Aunque había mucha confusión en su interior, la ausencia de su amigo le había permitido reflexionar y darse cuenta de muchas cosas, entre ellas, que detestaba con todo su ser estar lejos del que había estado toda la vida a su lado.
En medio del gran ruido que había en su cabeza, logró escuchar que su nana seguía hablando.
- Pero no le convence la idea, definitivamente rechazará la oferta, según lo que dice su última carta, así me parece que será, y la verdad no creo que quiera separarse de nosotras. – La señora se alarmó de ver en Oscar una expresión de real incertidumbre. – Sé que es tu valet mi niña, pero no quiere desobedecer a tu padre y menos hacerlo quedar mal con su amigo. – Se sentó frente a ella.
- Sí, lo entiendo, es solo que… - No lo acepto. – Fue una verdadera sorpresa, no sabía que existía esa posibilidad.
Oscar era demasiado orgullosa como para manifestar lo que realmente estaba sintiendo, y también estaba demasiado confundida y cansada como para comprender con exactitud todas sus reacciones. Lo único que tenía muy claro es que la idea de que pudiera perder la compañía de André, le disgustaba completamente.
Su nana no dijo nada pero sabía perfectamente que Oscar no aceptaría prescindir de los servicios de André tan fácilmente, sobre todo porque su unión iba más allá de la relación de una patrona y su valet, la mujer sabía que eran amigos y que no sería fácil estar separados.
- En fin… – Trató en vano de lucir relajada. - Estoy muy cansada, me voy a dormir de una vez y sería bueno que tú hicieras lo mismo nana. - Besó la mejilla de la mujer.
Oscar caminó lentamente hacia su habitación. Su día en el palacio no había sido muy grato, de hecho había sido todo lo contrario, y sumado a la reciente noticia de André, lo convertía sin lugar a dudas en uno de los peores de su vida.
- Buenas noches Lady Oscar. - Oscar giró sobre sus talones.
- Buenas noches Rosalie ¿qué haces aún despierta?
- La estaba esperando. – La saludó con un beso en la mejilla. - Se le ve muy cansada ¿desea que le lleve algo a su habitación?
- No gracias, ya me voy a descansar.
Rosalie fijó su mirada en el sobre blanco.
- Se le extraña mucho ¿verdad?
Oscar se percató de que miraba la carta que llevaba en las manos.
- Sí.
- Espero que no se quede, aún tiene que seguir cuidándola. - Sonrió dulcemente.
Oscar comprendió que todos ya conocían la dichosa noticia.
- Tal vez se trate de una buena oportunidad para él, es su decisión después de todo… Bueno, me voy a descansar.
- Hasta mañana Lady Oscar. – Rosalie no pudo evitar percatarse de que las novedades que habían llegado con las cartas de André, no le agradaban en absoluto a su protectora, por mucho que tratara de aparentar que todo estaba bien y de hecho, la expresión de la rubia decía todo lo contrario. - ¿Hasta cuándo piensa vivir de esa manera? Si supiera que André ya está muriendo por esta separación. – Habló en voz alta pero nadie pudo escucharla.
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En la intimidad de su dormitorio al fin pudo abrir su carta.
Querida Oscar,
Antes que nada quiero que sepas que si no he podido escribir tan seguido como prometí, es porque mis obligaciones aquí van en aumento y me estoy esforzando mucho para cumplir con lo que me encomendó tu padre.
Debo contarte que el Sr. Solier ha solicitado que me quede a trabajar con él, pero no estoy muy seguro de aceptar su oferta y dejar toda mi vida allá. Lo bueno es que está más animado y ha comenzado a contratar más personal, y estoy enseñándole a un joven cómo manejar el negocio de los caballos, para que tal vez sea él quien se quede a cargo cuando me vaya. La verdad es que también estoy aprendiendo muchas cosas y conociendo muchas personas, aunque igual es muy difícil estar lejos de todos los seres que quiero.
¿Cómo te va a ti? espero que todo esté bien y no estés trabajando demasiado, ni corriendo peligros, ya ves que ahora no estoy ahí para salvarte. Solo bromeo, no te molestes, juro que puedo escucha tu voz riñéndome por insinuar que eres irresponsable.
Por favor cuídate mucho, y trata de animar a mi abuela, sé que ha estado triste a causa de mi ausencia.
Escríbeme también, siempre eres muy breve. Te extraño.
André
Oscar se llevó la carta al pecho, la arrugó y la arrojó al suelo. No quiero que te quedes. Hundió su rostro en la suave superficie de su almohada y comenzó a llorar. Dolía demasiado la idea de tenerlo lejos, sin su presencia había comenzado a odiar su rutina, y odiaba aún más no poder decirle que lo necesitaba de vuelta con urgencia. No me soporto ni a mí misma si no estás, no soporto más esta situación, estoy aburrida, cansada... Oscar se asustó, su orgullo estaba golpeado y su soberbia estaba herida porque al fin había entendido que no quería ni podía estar sin él.
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Habían pasado varios días y la comandante estaba sentada bajo la sombra de un árbol del jardín de su casa mientras leía un libro. Era una tarde bastante calurosa y afortunadamente no tuvo que ir al palacio.
- ¡Qué día tan hermoso!, ¿no le parece? – Dijo Rosalie mientras se acercaba.
- Sí. - Respondió sin mucho ánimo y sin apartar la vista de su libro.
- Lamento interrumpirla pero el Coronel Gerodere acaba de llegar y desea verla.
- ¿Gerodere? – Rosalie asintió. – Por favor hazlo pasar a la sala de estar.
- Muy bien
Rosalie se marchó casi corriendo.
Oscar se levantó y con mucha pereza se dirigió a la casa.
Gerodere era un hombre muy apuesto y hábil en su trabajo, sentía una gran admiración por Oscar que incluso se podría confundir con algo más. Por su parte, la comandante había preferido fingir que ignoraba todo asunto referente a sus admiradores, pues no le interesaba ninguna propuesta que ellos pudieran hacerle.
La visita del también conde, le extrañaba mucho y temió que se debiera a que debía regresar a sus labores en el Palacio de Versalles. Hizo una mueca de cansancio por esa idea y caminó lentamente hasta llegar donde la esperaban.
- Buen día coronel, ¿qué lo trae por aquí? – Saludó distante pero cortés.
- Es una visita informal Lady Oscar. – Con una sonrisa dirigió la mirada a su atuendo de civil. – Aún espero el día en que pueda tutearme.
- Ambos trabajamos en el regimiento, creo que así es más apropiado. - Se sentó en una silla, y le indicó a su interlocutor que hiciera lo mismo.
Gerodere sonrió y disimuladamente la observó de pies a cabeza.
- No es mi intención parecer atrevido, pero no puedo evitar decir que hoy luce especialmente hermosa, y la verdad es que es casi una fortuna verla sin el uniforme.
Era un hombre elegante y los años que llevaba trabajando con Lady Oscar le habían servido para conocerla un poco más y ser paciente, sobre todo cuando sus intentos por acercarse a ella no habían sido exitosos.
Sin embargo, Oscar solo podía sentirse incómoda ante el evidente interés del joven coronel, y pese a que no era el único hombre que trataba de conquistarla con sus galanterías, su presencia, en particular, la ponía muy tensa. Aunque en su momento le hubiera encantado que Fersen la tratara de esa manera, él seguía luchando muy lejos, y su preocupación ahora solo se extendía a que regresara a salvo de la guerra.
- Gracias y dígame ahora qué puedo hacer por usted.
- No deseo incomodarla con mi presencia y mucho menos con mis comentarios, pero debo confesarle que me siento preocupado por usted, y me atrevo a decir, con todo respeto, que estos últimos meses ha estado muy distraída en el trabajo.
Oscar levantó levemente una ceja como signo de incredulidad.
- No hay de qué preocuparse, solo me he sentido un poco cansada últimamente. – Sin proponérselo, Gerodere había logrado que Oscar pensara en el gran amigo que aún permanecía lejos y que la mantenía desvelada muchas noches.
- Si me permite preguntar algo. – Oscar asintió con la cabeza. – Me parece extraño no ver a su valet acompañarla al trabajo, de hecho no logré verlo por aquí ¿él está bien?
- Sí, solo ha tenido que hacer un viaje indefinido para resolver unos asuntos de mi padre.
- Ya veo, tal vez es eso.
- ¿Eso?
- Que quizá la he notado un poco distraída porque le hace falta André. – El inmutable semblante de Oscar cambió y el hombre pudo notarlo con mucha facilidad. – Todos sabemos que son grandes amigos. – Añadió para disminuir la tensión.
La rubia comenzó a sentirse más que incómoda por la conversación.
- Sí, somos grandes amigos y tal vez me he sentido más cansada de lo normal porque he tenido que trabajar más sin su ayuda.
- Claro. - Hizo una pausa y en un arrebato de sinceridad, se confesó. - Lady Oscar, sé que sabe que solo soy uno más de sus admiradores, pero le aseguro que si usted lo permitiera, yo podría ser esa persona incondicional.
- No entiendo a qué vienen estos comentarios coronel. – Dijo fría.
- No creo que su padre apruebe que un sirviente sea algo más que un amigo, y si me diera su autorización, yo podría ser todo lo que usted necesite.
- Yo nunca…
- No mal interprete mis palabras por favor. – Interrumpió alarmado. – Es solo que para mí es muy evidente que en el fondo del corazón de su valet, hay una aspiración mucho más grande.
Las palabras del conde estremecieron a la comandante. Fue tan duro escuchar todo eso viniendo de una persona tan ajena a su relación con André, lo más grave era que tal vez podía estar en lo correcto.
¿Será posible que su amistad, que su apoyo y cariño puedan ser más que eso?... ¿Será posible que yo sea la razón que le impide tener una relación normal, que yo lo esté haciendo sufrir porque… porque me ama?
Sintió que algo le oprimía el corazón. Comprendió entonces, que su lealtad iba más allá y ahora entendía también que las pocas veces que perdió el control y hasta le robó un beso, era porque seguramente estaba cansado de ocultar lo que sentía. Cansado de fingir como yo misma.
Finalmente Oscar logró reponerse y habló.
- No tengo ningún comentario que hacer, solo puedo agradecer sus palabras y gentileza.
- Comprendo. – Sonrió tristemente al escuchar el elegante rechazo. – No quiero cansarla más. Será mejor que me vaya. – Se puso de pie y Oscar hizo lo mismo. – Para poder irme totalmente tranquilo, quiero recalcarle que no importa lo que necesite, basta con que lo pida y por favor, le ruego que me considere como el más fiel de sus servidores.
- Es my amable, gracias. – Respondió escuetamente.
Estaba por retirarse, pero dio la vuelta, se acercó a Oscar y en un gesto de caballerosidad besó una de sus manos.
- Hasta pronto.
Gerodere la miró fijamente por unos segundos que para ella fueron interminables. El coronel la había visitado solo para declarársele, así que se propuso que a partir de ese momento, su trato con él sería solo el estrictamente necesario.
Lo que el conde no sabía era que su declaración de amor fue un arma de doble filo, que solo había hecho reflexionar a la mujer que quería y a favor de otro hombre.
Lady Oscar sintió un malestar inesperado. Con mucho cuidado comenzó a caminar con destino a su habitación, las piernas le temblaban. Ya estaba por el pasillo cerca de las escaleras, cuando pudo sentir que alguien corrían a su encuentro.
- ¡Lady Oscar, carta de André!… - La voz de Rosalie era muy agitada.
Oscar por su parte, mantenía la mirada hacia el suelo, un fuerte dolor de cabeza y un dolor en el pecho la estaban molestando seriamente.
Rosalie se extrañó un poco de su postura, y de que no la mirara, pero la emoción que sentía era tan grande que fue imposible no dar la gran noticia.
- ¡André vuelve, mañana por la mañana vuelve!
Su cerebro recibió el mensaje pero su visión se fue a negro, sus piernas cedieron y no pudieron evitar la pesada caída. Después de todo, hasta el más fuerte de los seres tiene un límite.
