Gracias a los que se tomaron la molestia de dejarme sus comentarios, es la mejor paga en verdad. ¡Feliz lectura!
Capítulo IX
La hora de la verdad
Oscar estaba casi completamente recuperada gracias a los extremos cuidados de André, quien no descansó un solo día hasta volver a verla tan fuerte y sana como siempre. Lamentablemente, un triste suceso llegó a la casa de los Jarjayes.
- Es mejor así. - Habló con tristeza. - Nunca podré pagarle todo lo que ha hecho por mí.
- Todo lo hice con mucho gusto así que no debes absolutamente nada, querida Rosalie, de verdad lamento mucho que tengas que irte, me harás mucha falta. - La tomó de las manos. – Te deseo lo mejor del mundo, y si vivir con tu madre te hace feliz, te apoyo.
- Muchas gracias y sí, creo que es lo correcto, no debo despreciarla, después de todo es mi madre y con mi hermana muerta, imagino que debe sentirse muy sola. Trataré de ser una buena compañía para ella.
Rosalie le estaba mintiendo a su protectora. La pobre joven había sido amenazada por la misma Madame de Polignac, quien había jurado que si no accedía de buenas maneras a irse a vivir con ella, Lady Oscar y su familia pagarían las consecuencias.
- Si esa es tu decisión, parabienes.
- Muchas gracias Lady Oscar... bueno, me están esperando, ya debería marcharme. - Fue imposible evitar que una lágrima cayera por su rostro.
Las mujeres se abrazaron. Rosalie tomó una pequeña maleta y comenzó a caminar hacia la salida.
- Esta siempre será tu casa Rosalie, regresa cuando quieras por favor. – Gritó Oscar.
Al escucharla solo pudo correr, de lo contrario, se arrepentiría de lo que estaba haciendo.
Mientras corría con todas sus fuerzas a darle el encuentro al carruaje que la esperaba, su pequeño cuerpo se chocó con una figura alta y muy conocida.
- Rosalie… - André evitó que cayera al suelo con el impacto.
- André…
- Recuerda que siempre podrás contar conmigo. Si alguna vez necesitas ayuda, no dudes en buscarme por favor. – André la abrazó fuerte. Rosalie le correspondió entre más lágrimas.
- ¡Qué tristeza alejarme de todos ustedes! - Rosalie se acercó a su oído y le habló muy bajito, sin romper el tierno abrazo que los unía. - Tienes que armarte de valor, querido amigo, debes confesarle lo que sientes, sé que todo saldrá bien.
André rompió con delicadeza su abrazo y la miró, entre sorprendido y preocupado, mostrando un peculiar brillo en sus hermosos ojos color esmeralda. En medio de su llanto, la joven le ofreció una cálida sonrisa, se empinó y depositó un corto beso en su mejilla.
Finalmente se marchó.
André se quedó parado en el mismo punto durante un buen rato, pensando en las últimas palabras de su amiga. Claro que él quería decirle lo que sentía, pero qué caso tenía si ella no lo amaba y tal vez con eso se le podría despojar del consuelo de su amistad. Una lágrima calló por su mejilla y eso lo hizo despertar de su ensimismamiento. Se repuso rápidamente y se fue al establo a seguir con sus labores.
Sin que nadie lo hubiera notado, Lady Oscar había visto todo y una vez más, su mente comenzaba a imaginar un sinfín de situaciones. ¿Qué fue todo eso?... ¿Será posible que sean más que amigos y que me lo hayan ocultado? Esas y más preguntas rondaban por su más que confundida cabeza.
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- ¿Qué tiene de malo que te enamores?
- No es que tenga algo de malo, es solo que nadie me interesa en estos momentos. – Ambos jóvenes estaban en la cocina y André no terminaba de comer por culpa del interrogatorio de Mathilde.
- Entonces… ¿sí te gustaría casarte?
André no respondió inmediatamente, trataba de pensar en una buena respuesta que le permitiera poner fin a la conversación.
Justo en ese momento, la mano de la joven rozó una olla que estaba hirviendo, hecho que la obligó a dar un grito.
André se puso de pie.
- ¿Qué pasó? – Se acercó a ella.
- Me quemé.
- No debes distraerte mientras cocinas, será mejor que pongas la mano bajo el chorro de agua fría para evitar que te salga alguna ampolla.
- Sí…
André volvió a sentarse para seguir comiendo.
- Mathilde apresúrate, los invitados del patrón aumentaron y debemos ser más rápidas… pero niña ¿qué te pasó? – Preguntó la abuela.
- Me quemé…
- Por andar de distraída ¿quién la manda a hacerme ese tipo de preguntas? – Sonrió burlonamente.
- ¿Qué clase de preguntas? - Como llamada por el diablo, Oscar apareció. - ¿Me pueden servir algo de cenar? Comeré aquí, el comedor está atestado de los amigos de mi padre y no tengo ganas de involucrarme en sus conversaciones. – Se acomodó frente a su valet. - Por cierto, sigo esperando tu respuesta Mathilde ¿qué le preguntabas a André?
- Pues… yo… - La muchacha estaba tan roja como la quemadura de su mano, así que para tratar de disimular un poco la vergüenza, agachó la cabeza y cerró el caño. Para suerte de Mathilde, André respondió por ella.
- Mathilde me preguntaba si tengo novia. – Dijo casi jugando, sentía curiosidad de ver la reacción de su patrona.
- Eso es algo que me preocupa a mí también hijito, tan bueno y apuesto, podrías tener a una mujer maravillosa si en verdad te lo propusieras… no sé porqué nunca te animaste con Rosalie…
- Abuela, Rosalie y yo somos amigos, te lo he dicho mil veces.
- En fin, me encantaría seguir conversando, pero no puedo. – Dio un brinquito y acomodó varias bandejas. - Mathilde, lleva esto al comedor, te alcanzo en un momento. - Dijo la mujer mientras servía un plato de comida que luego puso en la mesa. – Buen provecho, y cualquier otra cosa que necesites, me avisas mi niña.
- No te preocupes nana, gracias.
La mujer se fue casi corriendo a seguir atendiendo a los invitados.
Ya no tenía tanta hambre y solo podía en que era verdad, era muy extraño que André nunca saliera con chicas. De pronto, la escena de la despedida entre Rosalie y André apareció en su mente, ayudada por el comentario que su nana había hecho hace unos instantes. Tal vez Rosalie… o peor aún, Mathilde… ¿Con qué derecho se atreve a hacerle esas preguntas a André? Era obvio que la sirvienta quería algo más que una simple amistad con su valet.
- ¿No vas a comer?
- ¿Eh?
- Sírvete, está muy buen.
- ¿Tienes novia André?
- ¿Perdón?
- ¿Novia?... ¿Has salido con alguien en alguna ocasión?
Una sonora, aunque bastante nerviosa carcajada, retumbó en la cocina.
- ¿Todas se han puesto de acuerdo o qué? – El juego ya no era tan agradable como lo pensó en un principio.
- Habla ya, estoy cansada de este tema…
- Yo también estoy cansado del mismo tema, y alguna vez me preguntaste algo parecido, y te responderé nuevamente. Para empezar, claro que me quiero casar, pero aún no encuentro a alguien que en verdad me interese, además, no pienso casarme sin amor, quiero enamorarme, y claro que alguna vez salí con alguna mujer, pero no funcionó como es lógico, o ya no estaría aquí, y por último, serás la primera persona en saber que tengo una relación.
- Bien… - Oscar sintió un nudo en el estómago. Así que ya había salido con alguien. ¿Quién diablos fue?... ¿Rosalie, Mathilde, alguna mujercita de la cantina que solía visitar en París?… no sé para qué pregunté si ya sabía que no me iba a gustar la respuesta… no quiero, no soy capaz de compartir la atención de André con alguien más.
- Será mejor que comas.
- Se me quitó el apetito. - Se levantó de la mesa.
- Oscar…
Fue interrumpido.
- ¡Mejor no digas nada! no me siento bien, quiero ir a mi habitación, y no me sigas, ni me lleves nada, no quiero ver a nadie.
Se marchó a paso firme, echando humo por las orejas, tratando de apaciguar su gran incomodidad.
André se quedó pensando que con la única mujer con la que quería estar para siempre era Oscar, por muy temperamental y voluble que fuera.
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- ¡Estás distraído André!
- ¡Se llama cansancio!
- ¡No te justifiques!
La comandante se sentía tensa a pesar de que no se había vuelto a hablar de ningún tema personal.
- ¡Desconsiderada!
- ¡Toma esto! – Estuvo muy cerca de clavarle su espada entre las costillas.
- ¡Oscar! - De pronto un grito hizo que ambos se detuvieran.
Las sirvientas de la casa estaban agrupadas en un círculo. André corrió hasta el lugar y lo que encontró fue a Mathilde tirada en el suelo y agarrándose el tobillo.
- ¿Qué pasó? – Preguntó André en tono preocupado.
Estaba corriendo y tropecé. - Una genuina mueca de dolor se dibujó en su rostro.
André comenzó a revisarla y la mujer, al sentir sus grandes manos tocarla, emitió un chillido que bien se podía confundir con un quejido de dolor.
Oscar se acercó muy despacio para que no se dieran cuenta de su presencia inmediatamente, pues todas estaban alborotadas. Casi explota cuando vio las atenciones que André le profería a Mathilde. Afortunadamente se controló, se acercó sigilosamente a unas muchachas que no dejaban de cuchichear, y fue entonces que descubrió el maléfico plan.
- Es muy buena actriz, tal vez logre que la lleve a su habitación y ahí podrá declarársele. – Habló la que parecía más joven, soltando una risita.
Oscar aclaró la garganta y todas se tensaron al unísono.
- Déjame ver ese tobillo Mathilde. - Oscar lo dijo tan rudamente que las demás sirvientas se asustaron y se retiraron a seguir con sus obligaciones. Mientras la rubia la revisaba, la enamoradiza sirvienta se quejó falsamente. – No te atrevas a seguir fingiendo… - Le habló casi en un susurro para evitar que André escuchara. El susto de Mathilde fue tan grande, que se levantó de un solo tirón y se fue corriendo a la cocina.
- Pe… pero… - André habló muy confundido.
- Estás muy grande como para caer en este tipo de juegos. - Oscar habló llena de rabia.
- No entiendo nada.
- ¡Este truco es demasiado viejo! Confiesa, te gusta esa mujercita ¿no es así?
- Pero si… - André no pudo terminar su frase.
Oscar corrió a las caballerizas y como alma que se lleva el diablo, salió con su caballo en dirección al lago.
André reaccionó lo más rápido que sus sentidos le permitieron y también tomó su caballo para ir detrás de ella.
Oscar iba muy rápido, pero esta vez André no se dejaría ganar.
Luego de varios minutos, la pudo alcanzar muy cerca del lago. Le quitó como pudo las riendas de su caballo y haló de éstas para que su animal se detuviera. Con agilidad se bajó de su corcel y la comandante hizo lo mismo.
- ¿Para qué demonios me sigues? ¡Es muy obvio que quería estar sola!
- Te vas prácticamente huyendo, sabe Dios de qué o porqué, y me dejas con la palabra en la boca, ¿dime qué te pasa?
- ¿Huyendo? Es otro el que huye, el que se hace el que no entiende y no es honesto… ¡Habla! ¿Te gusta esa mujer verdad? Dijiste que sería la primera en saberlo… - Oscar hablaba agitadamente. - A penas gritó corriste a auxiliarla.
Sus ojos estaban rojos de la cólera y sintió que la cabeza le explotaba.
André comprendió que solo había una explicación para que su patrona reaccionara de esa manera; estaba celosa y él tenía que aprovechar el momento.
André la tomó de una mano, la jaló hacia él hasta pegarla a su cuerpo. Oscar intentó zafarse pero André ya no se contuvo más y la besó. Oscar trató de soltarse, pero algo en su cuerpo se lo impidió y muy pronto se rindió. Los labios de André besaban los suyos de una forma que la hacían sentir protegida y a la vez muy débil. El muchacho comenzó a acariciar su espalda y a jugar con sus cabellos y ella, casi por inercia, rodeó su cuello con sus brazos. André llevó el beso hacia otro plano y eso la asustó. Finalmente se soltó de André en un momento de distracción, trató de subirse nuevamente a su caballo, pero André no la dejó y sin querer la hizo caer. Al darse cuenta de lo que había hecho, se arrodilló para ver si estaba bien.
- Pídeme que no me vaya, pídeme que no te deje, pídeme lo que sea, por favor. – Era como un ruego y Oscar no pudo evitar llorar.
- André… - Oscar acarició su rostro.
- Te amo Oscar, te amo desde antes de nacer y te necesito desesperadamente.
¿Me ama?... Soy yo a la que ama.
- Yo también te amo, querido André. – Sintió mucha paz, algo en el interior de su ser dejó de pesar y se arrojó a los brazos del amor que le profería su amigo de toda la vida.
André la besó nuevamente y esta vez la rubia no puso una sola pizca de resistencia. Pudo sentir su pasión y la necesidad de la que habló. El hombre quería tocarla, besar todo su cuerpo, amarla infinitamente y hacerla su mujer. Su deseo era tan grande que la tentación de desvestirla allí mismo comenzó a rondarlo, y más aún cuando pudo escuchar un gemido de su amada, justo en el momento en que él comenzaba a introducir su lengua en el interior de su boca.
Oscar se separó abruptamente de sus labios y se asustó.
André no supo qué pasó exactamente, pero dirigió su mirada hacia donde Oscar lo hacía y también se asustó.
Un hilo de sangre caía por el pantalón de la comandante.
