Estuve sin inspiración y lo siento mucho. Gracias por leer y espero sus comentarios.
Capítulo XIII
Giros
André estaba en el mercado en compañía de Mathilde. La escena se estaba volviendo cotidiana y comenzaba a sospechar que se trataba de un esfuerzo de su abuela para conseguir que se fijara en la joven.
Hacía mucho calor así que decidió no agobiarse con esa suposición, al menos por el momento. Cargaba muchas bolsas sin mucho esfuerzo, mientras Mathilde iba de un lado a otro comprando lo que se necesitaba en casa de los Jarjayes.
En medio del ir y venir de las personas y comerciantes, llegó a su mente el último beso que Oscar le había regalado antes de partir de la casa.
Su actual romance lo mantenía ajeno a las insistentes miradas que caían sobre él, y su acompañante no era ajena a eso, de hecho, compartía la admiración de las que no dejaban de observarlo.
Siguió sumido en sus pensamientos. Volvió a sentir miedo de solo recordar que por un momento imaginó que todo había terminado con la llegada de Fersen, lo que por el contrario, había servido para hablar del tema y entender que aunque en el pasado hubo muchas confusiones, ella lo amaba y solo unidos y fuertes, podían hallar la forma de estar juntos para siempre, no importaba si era lejos de todo y de todos. Sé que algún día llegaré a nuestra casa y me estarás esperando, tal vez con un hijo en tus brazos.
- ¿Joven André?
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una tímida voz.
- Dime. – Contestó amablemente.
- Es que lo estaba llamando pero no me hacía caso ¿se siente bien?
- Sí, y por favor deja de tratarme de usted, me haces sentir muy incómodo, además tú y yo somos iguales.
- Créame, es mejor así, Lady Oscar nos recuerda casi a diario que no debemos tratarlo con demasiada familiaridad. – Fue inevitable que André sonriera ante ese comentario, acto que no pasó desapercibido para la joven. - Son muy unidos ¿no es así? – Dijo con una mirada suspicaz.
- No puede ser de otra manera cuando hemos crecido juntos. – Dijo temeroso del repentino interés por su relación con Oscar, sobre todo viniendo de una persona tan cercana a su entorno.
- Es que… - Mathilde no pudo evitar ruborizarse. – Hasta me atrevo a decir que ella siente celos de nosotras.
- Estás exagerando. – Dijo tratando de sonar natural, aunque dudaba que lo haya conseguido. ¿A caso su amor era tan evidente que comenzaban a sospechar? No podía permitirlo, era muy peligroso, en especial porque aún no contaba con un plan. – Oscar tiene un carácter muy fuerte, solo malinterpretaron sus órdenes.
- Claro. - Envidiaba a la señorita de la casa, ella sí podía tener una relación más estrecha con André, lo peor de todo es que aunque había tratado de olvidarlo, trabajar con André le hacía recordar cada día lo maravilloso que era. No volvió a tocar el tema y decidió disfrutar del momento.
- Será mejor que termines rápido con las compras, Oscar podría requerir mi ayuda en cualquier momento.
Ahí estaba de nuevo, hasta parecía que su nombre salía con un tono más dulce de sus labios. Se planteó una nueva resolución y se juró a sí misma, que hasta que no tuviera una novia conocida, trataría de hallar la forma de acercarse más a su gran amor.
- ¡Está bien, me apresuraré! - Dijo con mucha energía, le brindó una cálida sonrisa y se dirigió al puesto de un regordete señor que vendía toda clase de vegetales.
André se quedó contemplándola por un instante. No hacía falta ser tan audaz para darse cuenta que Mathilde guardaba un sentimiento especial por él, incluso su abuela había comenzado a animarlo a invitarla a salir, pues la consideraba una gran candidata para convertirse en su esposa. Sintió lástima, no le deseaba desilusión como en la que él había vivido por mucho tiempo, pero si en el pasado le fue imposible fijarse en ella o en cualquier otra mujer, ahora lo era con mucha más razón.
Algo cansado, se apoyó en una pared y no pudo evitar fijarse en la silueta de una mujer rubia y delgada que se encontraba muy cerca, caminaba del brazo de un hombre que podría tener su misma edad. Preso de la curiosidad se acercó a ella por la espalda.
- ¿Rosalie? – La llamó dudando. La susodicha volteó y abrió los ojos sorprendida.
- ¡André! - Se colgó de su cuello, haciendo que su acompañante hiciera una leve mueca de desaprobación.
- Te creí con tu madre.
La mirada de la joven se ensombreció inmediatamente.
- Descubrí que intentaba utilizarme para mejorar su estatus, trató de casarme con un señor muy adinerado, así que huí. - Tomó la mano del hombre que estaba a su lado. – Y estoy muy feliz, él es mi esposo, Bernard Chatelet. - Se dirigió a su esposo esta vez.- Él es mi amigo André Grandier. – Ambos hombres estrecharon las manos y el ambiente que había estado un poco tenso se relajó en el acto.
- Me alegro de que hayas podido salir de su casa y que ahora estés casada. – Le sonrió y acarició su cabeza como si se tratara de una hermana pequeña.
- ¿Cómo está Lady Oscar? - Preguntó con mucha curiosidad ¿Será que ya le declaró su amor?
- Está igual que siempre, ya la conoces. – Habló con un brillo especial en los ojos que su interlocutora no pudo dejar de notar.
- Ya veo, por favor mándale saludos, dile que siempre la recuerdo con muchísimo cariño.
- Y ella a ti, y no te preocupes, le mandaré tus saludos. Quizá puedas visitarnos un día.
- Lo haré. – Lo tomó de las manos. – Sigue cuidándola mucho hasta etonces.
- Vivo para eso.
Recibió un cálido abrazo de Rosalie como despedida.
Desde lejos, Mathilde miró con tristeza la despedida de los amigos. Sintió ganas de recibir un abrazo similar y lamentó su posición en la casa de sus patrones, que aunque el mismo André lo negara, no era la misma que la de él. La voz de un comerciante la sacó de sus cavilaciones.
Después de lo que parecieron minutos interminables para André, Mathilde terminó con las compras y ambos se dirigieron de regreso a la casa.
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Estaba leyendo en el balcón de su habitación, o al menos eso intentaba. Nuevamente, su marido y Mathilde fueron juntos a hacer las compras. Estaba furiosa con su nana por haberle dado esa orden, en especial porque comenzaba a sospechar que esa era su forma de buscarle una esposa a su nieto.
Tenía que hacer algo, no estaba dispuesta a permitir que su esposo estuviera cerca de una mujer que anhelaba algo más que una amistad con él. Esa mujercita, ¡quién sabe qué cosas estará intentando justo ahora! No, esto ya no puede seguir así, es hora de que todos sepan que estamos juntos, que somos uno solo…
El libro fue a parar al suelo. Decidió ir al despacho de su padre a buscar una buena copa de vino.
Caminó rápidamente, rogando para sus adentros no toparse con nadie, porque quien fuera, pagaría por su mal humor. Tenía que pensar en una solución, su amor a escondidas comenzaba a afectarla cada vez más, estaba completamente harta de las sirvientas de su casa, que pese a sus advertencias, no desaprovechaban la oportunidad de coquetearle.
Llegó al despacho y se acomodó en una silla.
De pronto, el sonido de los cascos de los caballos la hizo ponerse de pie como si hubiera sido pinchada con algo. Se acercó a la ventana para ver detenidamente cada movimiento que hacían, no iba a permitir que se burlaran de ella.
Para su goce, André se dirigió a las caballerizas lo más rápido que pudo, dejando algo desconcertada a Mathilde que ya comenzaba a coquetearle. Sintió un dolor en el pecho al ver que André también estaba incómodo y lucía muy cansado.
¿Hace cuánto que está interesada en André?... Si tan solo pudiera quedar embarazada. En su desesperación por estar juntos sin restricciones, habían decidido que lo mejor era tener un hijo pronto, pero a pesar de todos sus intentos, no lo lograban.
Ya no podía vivir sin él, y solo un hijo los uniría de por vida, pero nada de eso ocurría, el embarazo no se daba y el temor de ser una mujer estéril comenzó a torturarla.
A su mente llegó la escena en donde habían decidido no hacer nada para evitar traer un hijo al mundo. Esa noche hicieron el amor con mayor pasión e intensidad; un hijo era el deseo de ambos, pero hasta el momento nada sucedía, y la angustia crecía en los dos.
¿Qué más puedo hacer, hasta cuándo vamos a poder mantener esta situación?... Necesito gritar que te amo… ¡Dios! Nunca pensé que podría desear tanto un hijo de mi André.
Observó el jardín pero su mirada estaba perdida, su expresión era de ruego y temor. Una inesperada lágrima cayó. André lo vio todo, estaba tan sumida en sus pensamientos que ni lo sintió entrar.
- Oscar. - Unos brazos la rodearon por la cintura desde atrás.
- ¡André! - Apoyó la cabeza en su hombro.
André comenzó a susurrar palabras de amor en su oído.
- ¿Por qué llorabas?
- No sé, me siento muy intranquila.
- Hay algo más, lo sé…
Su lengua comenzó a acariciar el lóbulo de su oreja, logrando arrancarle más de un suspiro.
- André… no, alguien puede vernos…
Los suspiros no cesaban al igual que la lengua húmeda de él recorriendo su oreja.
- Te extrañé tanto.
Besos en su cuello. ¡Se sentían tan bien!
- Respóndeme – Habló sin dejar de besar su cuello.
Con mucha dificultad se separó de su cuerpo para verlo cara a cara. Sus ojos eran tan hermosos, los amaba tanto, no quería dejar de ser mirada de esa forma, nunca, quería ver siempre esos ojos.
- ¿Oscar? – La llamó asustado.
- André, tenemos que hablar. - Tomó su rostro con delicadeza y él la rodeó con sus fuertes brazos sin perder contacto visual en ningún momento. – Por más que hemos tratado, no quedo embarazada… - Más lágrimas. Se apoyó en su pecho y pequeños besos fueron depositados en su cabeza.
- No debes angustiarte, sé que hay mujeres a las que les toma más tiempo, y bien podría ser yo el del problema.
- ¡No! - Alzó la vista nublada por las lágrimas. - No comprendes, he montado caballos desde niña, y se dice que eso puede perjudicar en la fertilización. – Besó sus labios. - No debería ser tan egoísta, no debería pedirte que te quedes conmigo así, pero no quiero que me dejes, no me dejes… - Lo besó apasionadamente, con tanta desesperación que André no pudo evitar llorar y acompañarla en su dolor. Se separó de sus labios. - Tú quieres tener hijos y yo…
- Oscar. - Acercó su rostro tomándola de las mejillas para poder apoyar su frente en la de ella. – Sí quiero tener hijos, pero siempre y cuando sean tuyos también, si no es así entonces no los quiero, además, aún nada está perdido, seguiremos intentando, preguntaré a quien sea necesario porque tú no puedes ir a un médico, pero yo sé que pronto pasará y necesito que estés bien y fuerte, porque en ese momento es cuando iniciará la verdadera lucha para estar juntos. - Beso su frente con infinita ternura.
- Sí mi amor. - Oscar miró por un buen rato los labios de André, deseosa, hasta que se animó a tomarlos de nuevo.
Se vieron forzados a detenerse al sentir que alguien tocaba a la puerta.
- Pase.
La puerta se abrió y la figura Mathilde apareció ante ambos. Hizo una pequeña reverencia y les informó que el almuerzo estaba listo.
- Que nos traigan todo aquí por favor.
- Sí señorita, permiso. - Hizo otra reverencia y se marchó.
- Con ese tono de voz asustas a cualquiera. - La rodeó con sus brazos y depositó un corto beso en sus labios.
- Yo hablo en mi casa como quiero.
- ¡Oh, sí, qué atrevido soy! no debí decir eso, no soy más que un sirviente aquí. - Dijo en tono divertido, para después posar sus ojos en los labios que lo seducían con descaro.
- André. - Suspiró mientras la besaban lentamente.
Solo con él se comportaba como era en realidad. Así había sido siempre, con él lloraba, reía, gritaba, y ahora ellos estaban unidos por algo que estaba seguro que nadie podría romper.
- Oscar. - Abandonó sus labios y la abrazó posesivamente.
- Quiero que estemos juntos, siempre, quiero un hijo tuyo, no importa qué pase después si estoy contigo. - ¿Desde cuándo estaba dispuesta a dejarlo todo atrás por él? No lo sabía, pero ella sería capaz de cualquier cosa y tenía el presentimiento de que si había un hijo de por medio, ni si quiera su padre se negaría a aceptar su amor.
- Así será mi vida. - Seguía sin romper su abrazo, teniendo la fe y deseando con todo su corazón que ese hermoso milagro sucediera.
Otra vez la puerta.
Antes de separarse André la besó una vez más. Oscar dio permiso a que pasaran y fue nuevamente Mathilde la que apareció, cargando una bandeja con todo para que ambos almorzaran.
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La noche caía una vez más en todo Francia, y Oscar estaba tirada en su cama, acababa de llegar con André del Palacio de Versalles. Como cada noche, estaba esperando con ansias que André fuera a visitarla, quería hacerle el amor con toda la pasión y ternura que tenía, con toda la fe que existía para que al fin su semilla germinara.
Unos golpecitos leves en su puerta.
Se incorporó en la cama para observar cómo la figura de André se escurría en medio de la oscuridad de su habitación. Ella abrió los brazos y él inmediatamente se echó sobre ella y se acurrucó en su pecho como si fuera un niño.
- Me pone muy mal no poder abrazarte ni besarte tanto tiempo. - Oscar sonreía mientras veía como él frotaba su nariz juguetonamente entre sus senos que aún se encontraban presos por las vendas que a diario los ocultaban.
- Ayúdame a ponerme cómoda.
André sonrió ante ese pedido y obedientemente comenzó a desvestirla.
Ya estaba casi en ropa interior, solo faltaban las vendas que oprimían sus senos, tan bellos y deseados. Con mucha ternura comenzó a sacarlas mientras no apartaba la vista de la piel que se iba descubriendo.
- Esto siempre me recordará a nuestra primera vez juntos. - Dijo sin quitar la vista del lugar, sin poder percatarse del amor con el que lo miraba su mujer.
Terminó de sacarle todo, y aunque tenía ganas de amarla sin descanso, se dispuso a buscarle su ropa de dormir, el día en el palacio había sido bastante agotador.
- ¿Qué haces? - Habló sorprendida.
- Alcanzándote la ropa de dormir.
Oscar puso cara de estar escuchando alguna locura.
- Quiero hacerte el amor. - Dijo en tono sensual, acercándose a André.
No supo qué pasó exactamente. Oscar escurrió una mano hasta la parte baja de su cintura y no pudo evitar que un gemido se le escapara, era la primera vez que ella lo acariciaba de esa manera y se sentía delicioso.
- Sé que estás cansada. – Dijo con la voz entrecortada.
No podía hablar bien, no lograba hilar sus ideas por culpa de la delicada mano que no dejaba de masajear su hombría con amor y deseo. Estaba enloqueciendo y comenzaba a sentir punzadas ahí.
- He dicho que quiero hacerte el amor.
Se sintió como un león domado, dominado por completo por el placer que su mujer le estaba dando.
- No lo hagas…
- ¿No te gusta? - Oscar se sintió feliz de ver su rostro contraído por el placer.
- S… Sí… pe… pero…
- No digas nada mi amor.
La amaba con todo su ser, amaba como le decía mi amor, amaba saber que ella lo amaba y que fuera capaz de hacerle sentir tanto.
Siguió acariciándolo por encima del pantalón. Su miembro se hinchaba cada vez más y fue entonces que decidió besarlo mientras que su delgada mano se introducía por el borde de su pantalón. Su pedazo de carne estaba ardiendo y goteando.
Su boca ahogaba los gritos de placer masculinos, y de pronto se sintió la dueña de su voluntad. André comenzó a mover sus caderas por reflejo.
- Te necesito ahora mismo. – Rogó incapaz de separarse de su toque.
- Aquí me tienes. - Dijo seductoramente.
- No… ven aquí… no soporto más… - Lo dijo mientras movía sus estrechas caderas hacia arriba.
- Aún no…
Su lengua húmeda recorría los labios de André, quería que enloqueciera por ella.
- Te… lo ruego… me voy a morir… mi amor… ¡Oscar! – Dijo con desesperación.
Eso quería, que muriera de amor. Su órgano estaba tan hinchado que sobrepasaba los bordes de su pantalón y fue entonces que Oscar fijó la vista ahí mientras André seguía rogándole.
Su erección la llamaba, la invitaba a probarlo y entonces sucumbió. Comenzó a besarlo, a lamerlo y acariciarlo.
André no podía creérselo, sentir la calidez de su boca justo en ese lugar lo estaba volviendo loco.
- No… Oscar… basta…
- Tú siempre lo haces.
- Pero…
- Déjame. - Ahora ella rogó. Sentía su rosa palpitar y mojarse al igual que el miembro de André, pero quería seguir besándolo ahí.
Se deleitó con esa parte su cuerpo durante varios minutos, había descubierto que era suave y que su néctar era más que delicioso. Sin embargo, André no estaba dispuesto a seguir con eso, necesitaba unirse con ella o moriría.
De un solo tirón la detuvo de su afanosa tarea, la echó en la cama y se posicionó rápidamente sobre ella. Comenzó a besarla con desesperación y necesidad, mientras ella lo despojaba de sus ropas.
Estaban completamente desnudos y fue entonces que André comenzó a buscar su interior, comenzó a rozarla con la punta. Oscar casi gritó por la sensación de sentir ambas partes tan húmedas y calientes.
- Entra ya, por favor…
- No quiero lastimarte…
- Estoy lista mi amor…
Así era, logró penetrarla sin problemas, profundo. Su interior estaba completamente húmedo, tibio, apretado y perfecto.
Las embestidas no se hicieron esperar. André besaba sus labios, su cuello, sus senos, lamía su cuerpo con desesperación mientras el vaivén de sus caderas no cesaba, y más bien aumentaba. Luchaba por controlarse pero no iba a aguantar mucho más, ya no podía, tenía grabado en la pupila a Oscar lamiendo su parte más íntima.
- Me vuelves loco… - Logró decir en completo estado de éxtasis. - Te amo Oscar, te amo…
Su cuerpo brillante por el sudor era demasiado para ella. No pudo evitarlo y comenzó a apretar sus nalgas desesperada, ahogada en su propio placer y en el del hombre que tanto amaba.
Sus líquidos comenzaron a derramarse y André sentía que el punto de donde estaban unidos quemaba. Movió con más rapidez sus caderas.
- Te amo tanto mi amor… André… - Su orgasmo estaba cerca.
Oscar sintió los espasmos de su placer, y André, segundos después, la acompañaba. Su semilla se derramó en ella, inagotable, una vez más, y ella se aferró a él, llorando de felicidad.
- Te amo Oscar… - Dijo, aún derramándose en su interior.
Se besaron, lloraron, conociendo la razón del llanto del otro, rogando a todos los cielos que esta vez, su gran amor les trajera frutos.
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Las cosas en Francia no andaban nada bien. El fuerte rumor de una posible revolución se comenzaba a escuchar por todas partes, desde los lugares más pobres hasta en las fiestas y reuniones de los más adinerados.
André tocó la puerta y el General Jarjayes autorizó a que pasara.
- Me mandó a llamar señor.
- He decidido algo muy importante y solo tú puedes ayudarme.
- Dígame. – Habló inquieto, tenía un mal presentimiento.
- No estoy dispuesto a permitir que mi hija muera.
Sus palabras lo asustaron y no pudo dejar de notar que hablaba con especial cariño y desesperación.
- Por eso he decidido que lo mejor será casarla, y ya escogí a su futuro esposo.
Fue un disparo directo al corazón. No podía hablar, había perdido esa facultad, no podía creer lo que estaba escuchando, tenía que ser mentira.
Se mantuvo en silencio por un rato hasta que el propio general rompió el silencio.
- Gerodere ha aceptado con el mayor de los gustos, incluso me ha confesado que se siente enamorado de Oscar.
Él. Siempre la miraba, le sonreía, ese detestable hombre, claro que lo sabía.
Un silencio sepulcral.
- Por eso necesito tu apoyo, sé que ella siempre te escucha. – Retomó con urgencia.
Iba a decir algo cuando unos golpes en la puerta retumbaron en sus oídos y la voz de la mujer que amaba se escuchó.
- Padre, ¿me llamabas? - Oscar se fijó en André.
¿Qué hacía ahí, a caso los habían descubierto? ¡Qué más daba! mejor así, para decir toda la verdad de una buena vez.
- Sí, le comentaba a André que en vista de los hechos que se vienen dando en nuestro país, es mejor protegerte. Tienes que vivir Oscar, dejarás de ser comandante y te casarás con Gerodere.
Oscar cayó en el mismo mutismo que André. Cada Sin lugar a dudas estaba en una pesadilla, la peor de todas. Sintió que la cabeza le daba vueltas y sus labios comenzaron a temblar, pero no, ella no se dejaría dominar más.
- Eso no pasará ¡nunca! – Casi gritó.
- Cálmate Oscar, André me apoya.
Oscar volteó a mirarlo muy alarmada y justo en el momento en que iba a comenzar a vociferar, la voz fuerte y firme de André se escuchó en toda la habitación.
- No he dicho que lo apoye, es más, desapruebo totalmente su decisión.
- André. - El hombre no lo podía creer. Pasó su mano por el canoso cabello mientras trataba de digerir semejante atrevimiento por parte del muchacho.
- No me casaré jamás con él ¿me oyes? además, estoy enamorada de otra persona.
Se miraron. Azul y verde se observaron y sabían que había llegado la hora.
- Padre…
- No digas tonterías, Gerodere será tu esposo y se acabó.
- ¡No! Yo amo a André, y estamos juntos desde hace tiempo.
Finalmente se confesó y la furia que se veía en la mirada de su padre no tenía descripción.
- Díganme… ¡Díganme que esto es mentira!
- No lo es general, su hija y yo nos amamos y no permitiremos que nos separen.
La rabia y decepción fueron tan profundas, que solo atinó a propinarle un certero golpe en la cara. Un hilillo de sangre por los labios de André, sin embargo, él se enderezó.
- Aunque me mate, no permitiré que su hija se case con otro que no sea yo.
- Insolente… - Lo miró con espanto. - ¡YO TE ABRÍ LAS PUERTAS DE MI CASA, Y ME PAGAS CON ESTO!
Estaba segura que todos en la casa lo habían escuchado.
- La amo, comprenda por favor.
- ¡CÁLLATE! - En un movimiento inesperado, el General Jarjayes abrió uno de los cajones del escritorio y sacó su arma. La persona a la que apuntaba era Oscar.
- Me has deshonrado. – Comenzó a hablar entre dientes, como tratando de contenerse. - Prefiero ser yo quien acabe con tu vida antes que verte unida a un plebeyo. - Lo dijo con una mezcla de pena y rencor.
André protegió rápidamente a Oscar.
- Tendrá que matarme a mí primero porque no soportaría ver morir a la mujer que amo, y menos a manos de su propio padre.
Estaba petrificada y solo podía sentir cómo las lágrimas brotaban de sus ojos. Escuchó muchos pasos afuera y los nervios comenzaron a traicionarla, se sentía débil.
- ¿Qué sucede ahí?
Era la voz preocupada de su querida nana.
- ¡PASA Y MIRA LO QUE TU NIETO HA HECHO!
La mujer entró y lo que vio le pareció sacado de un cuento de terror. Su amado nieto protegía a su niña, mientras el padre de ésta los apuntaba a ambos. Se llevó las manos a la boca, tratando de suprimir un grito de horror.
- ¡LA HA HECHO SU MUJER, TU NIETO HA MANCILLADO MI NOMBRE, MI HONOR!
La anciana comenzó a llorar. Había tratado de negarse a la verdad durante mucho tiempo. Se sentía culpable, en el fondo siempre lo supo.
El general pareció calmarse ante las lágrimas de la mujer, después de todo, ella no tenía culpa de nada.
- Llévate de mi vista a tu nieto, necesito hablar con Oscar. – Habló con más serenidad.
- ¡NO ME CASARÉ CON OTRO QUE NO SEA ANDRÉ, ÉL ES MI MARIDO!
Su padre la miró con asco mientras que su nana la miraba con una profunda tristeza. No podía creerlo, su niña también amaba a André.
Tomó a André por un codo mientras él se aferraba a la mano de su amada, mirándola, pidiéndole perdón por todo lo sucedido, diciéndole sin palabras que la amaba.
- ¡Lárgate de una vez, no mereces ni que te mate!
Nana sabía que a pesar de su furia, el general sería incapaz de matar a su hija, pero no sabía de qué sería capaz con tal de separarlos.
Después de varios jalones, finalmente se quedó a solas con su padre.
- Ni se te vaya a ocurrir que dejaré que te cases con él.
Oscar iba a darle la contra pero la mirada de su progenitor la espantó.
- Guarda silencio si sabes lo que te conviene. – La observó de pies a cabeza. - Te propondré un trato y veremos qué tanto amas a ese don nadie.
André estaba en la cocina con su abuela, Mathilde y otras sirvientas también estaban ahí, escandalizadas por lo sucedido. Ahora comprendían todo, las prohibiciones de la señorita de la casa tenían otro motivo.
- No puedo creerlo, hijo… ¿Por qué?
- Ella es la mujer que siempre he amado y estoy dispuesto a fugar con ella si es necesario.
- ¿Cómo pensaste que podrías estar con ella? No entiendes que nosotros somos…
- ¡No me importa! ¿No entiendes que la amo, que la necesito a mi lado?
Mathilde sintió ganas de llorar, ella lo quería y verlo en ese estado le rompía el corazón, era obvio que estaban enamorados.
André salió del lugar como alma que se llevaba el diablo. Decidió que lo mejor sería esperarla en su habitación.
Oscar abrió la puerta, y tal y como se lo imaginó, ahí estaba André.
- ¿Dime qué pasó? - Se acercó a ella para abrazarla, pero fue rechazado.
- André no, ahora no… - Tocó su rostro de forma cansada.
Sus ojos verdes estaban llenos de angustia ¡cómo dolían!
- Mi padre tiene razón… ¿qué va a ser de mí con alguien como tú? ¡En qué estaba pensando!
André no podía creerlo, podía esperar el odio y el rechazo de todos, menos el de ella.
- ¿Qué dices? - Habló con un profundo dolor.
- Lo que escuchaste, será mejor que te vayas de esta casa, que te olvides de mí y de todos. - Le dio la espalda y luchó para no romperse.
- Oscar… - Él la rodeó con sus brazos, sabía que estaba llorando. Besó su cuello y ella podía sentir sus lágrimas caer por su piel. – No sé qué te dijo tu padre, pero juntos podemos salir de esta, no me eches de tu lado, no te rindas, me estás matando… tenemos que luchar…
Estaba a punto de ceder a sus besos, a su amor, pero su razón se lo impidió, tenía que protegerlo aún a costa de su propia desdicha.
- Déjame… - Se soltó bruscamente de él. - ¡Nunca te he amado de verdad!
- ¡Es mentira!
- ¡Me equivoqué! – Se le ocurrió una macabra idea que sin dudas daría buenos resultados. ¡Que Dios y tú, mi vida, me perdonen algún día! – Yo he seguido amando a Fersen en secreto, y solo me conformé con el amor que me ofrecías. – Respiró profundamente, tenía que continuar. – Pero de haber sabido que Gerodere me amaba, jamás hubiera dejado que te me acercaras. - Su voz salió de la forma más dura que sus nervios le permitían, y el rostro de André ¡oh, esa expresión jamás la olvidaría!
¿Qué demonios era todo eso? No podía ser verdad, eso no estaba pasando, ella, la mujer que amaba, por la que daría la vida. Se sintió herido, lleno de celos, de amor, de odio.
- No puede ser Oscar…
- Vete, déjame hacer mi vida, la vida que merezco y que tú no puedes darme. - Tenía que cerrar su historia con broche de oro y finalmente dijo. - Yo necesitaba saciar mis deseos y tú fuiste muy gentil, pero no siento nada por ti, mi padre me ha hecho ver la dura realidad.
- Por última vez, mírame a los ojos y dime que no es cierto. – Rogó, olvidando por completo su dignidad.
- Adiós André, gracias por todo y perdóname.
No pudo escuchar más, no quería. El mundo se terminó. Salió corriendo, no iba a permitir que ella lo viera llorando.
Oscar cayó arrodillada al suelo, su vida había acabado, había alejado de ella al único ser que quería hacer feliz por el resto de sus días, y de la peor manera.
¿Cómo voy a vivir sin él?
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Su compromiso se había formalizado. La respetada Comandante de la Fuerza Imperial había sido anulada, y los rumores de la revolución se habían confirmado.
Gerodere se enteró de lo sucedido con su valet pero eso no lo afectó, por el contrario, intentó acercarse a Oscar muchas veces, pero sin éxito. Finalmente habían acordado, a petición de su prometida, que no se verían hasta el día de la boda.
Habían pasado semanas desde su partida y lo extrañaba cada vez más, lo seguía amando y lo amaría por el resto de su vida. Se sentía sola y perdida, viendo como su pobre nana lloraba por cada rincón en donde podía. Todo se había desmoronado y ya no tenía una razón para vivir, no comía ni se sentía con ánimos de nada.
Escuchó uno pasos detrás de ella.
- Lady Oscar, por favor coma algo. – La miró con lástima, podía darse cuenta de que comenzaba a perder peso.
- No, gracias. - Respondió escuetamente, más impersonal que de costumbre, pero sin ese tono superior de antes.
Mathilde sintió mucha pena, era evidente que sufría.
- Se lo ruego, trate de comer, está muy pálida.
Sus ojos sin brillo, opacos y vacíos.
Ya no volvió a hablar y Mathilde se marchó a la cocina.
No podía creer lo rápido que habían pasado los días, faltaba menos de una semana para su boda y en la ciudad se libraba una guerra, pero todo estaba planeado, se irían a vivir lejos, huyendo de todo.
Había visto a Fersen un par de veces cuando se enteró de lo sucedido, la había visitado solo para decirle que a diferencia de ella, él sí lucharía y trataría de ayudar a María Antonieta en todo lo necesario en medio del caos que existía.
Estaba caminando por un pasillo de su casa, cuando juró que había visto a André. Su cabello negrísimo como la noche, sus ojos verdes como los prados, su hermosa sonrisa y de pronto la vista se le nubló.
Luego de unas horas, Oscar abrió los ojos y lo primero que vio fue al doctor de la familia.
- ¿Qué me pasó?
- Se desmayó.
Trató de levantarse de la cama pero un fuerte mareo se lo impidió.
- Ni lo intente, está muy débil, no ha estado comiendo bien y ahora más que nunca necesita estar bien alimentada.
- ¿Estoy enferma? – Ojalá, quiero morir.
Miró alrededor y se percató de que su nana y Mathilde estaban ahí.
- No Lady Oscar, no está enferma, está embarazada.
Un hijo de mi adorado André.
