¡Hola! no hay justificación pero la universidad y temas personales me han tenido muy ocupada, dejé abandonado mis fanfictions y mi blog y aunque son las 3:00 a.m. me sentía en deuda con ustedes así que aquí tienen el nuevo capítulo, ¡gracias por la espera!

Capítulo XIV

Sorpresas

La guerra se desató y junto con ella diversos sucesos que cambiaron la vida de muchos, incluso la de aquellos que ya había cambiado bastante.

Oscar se casó con Gerodere. Él y la familia Jarjayes se mudaron a una propiedad del general en Arrás, donde lograron esconderse de la gran revolución. Lamentablemente, el conde no logró eludir sus obligaciones en la lucha armada.

El tiempo pasó muy lento durante su embarazo, no veía la hora de tener a ese pedacito de André en sus brazos para ayudarla a superar el gran dolor que le había dejado su partida. Cada día lo extrañaba más y no dejaba de agradecer a Dios que su niño la haya salvado, porque sabía perfectamente que se trataba de un varón, fruto de su único y más grande amor.

Tenía pesadillas frecuentemente, y siempre aparecía la terrible expresión de André cuando dijo tantas atrocidades para conseguir que se marchara. No dejaría de odiarse por eso, por no ser tan fuerte como siempre creyó que era y armarse de valor para seguir peleando por su amor. Su condena tenía que ser esa; amarlo y extrañarlo cada vez más, y se hubiera vuelto completamente loca si no tuviera a su niño en las entrañas.

Estaba sentada en medio del jardín de la casa, con la mirada perdida en el horizonte. Ahora se vestía como la mujer que en verdad era, con el fin de evitar más confusiones en su pequeño que ya tenía suficientes con una madre con nombre de varón y sin padre.

Su nana la observaba desde lejos y aún le parecía increíble que su bisnieto estuviera creciendo en el vientre de la niña que cuidó por tantos años. Al igual que Oscar, ese bebé también la había salvado de morir en la tristeza más profunda.

Una patada y simplemente esbozó una sonrisa. Su hijo siempre se movía cuando pensaba en André. Trató de contenerse pero fue imposible y comenzó a llorar, lo único que la aferraba al mundo era su hijo, ya ni si quiera tenía a su madre, la guerra había arrasado con todo y los que sobrevivieron estaban medio muertos porque de cualquier manera algo se les había arrebatado. Con pánico pensó en el destino de André, y por milésima vez en el día sintió terror de solo pensar que también podía estar muerto.

Si alguna vez pensó que Gerodere podría ser su apoyo, esa idea se había desvanecido con la guerra. En el corto tiempo que estuvieron juntos fue respetuoso y atento, y al parecer comprendió con rapidez que el corazón de Oscar jamás sería suyo, la sombra de André siempre estaría entre ellos gracias a ese hijo que pese a todo había decidido criar como suyo, pero no hubo tiempo de nada, el conde murió a manos de los revolucionarios.

Las malas noticias seguían llegando aún después de tanto tiempo. La familia real había muerto y de Fersen no se sabía nada.

Lloró recordando todas las pérdidas. Si al menos alguien pudiera darme noticias tuyas, tienes que estar vivo, mi amor…

El bebé en su vientre dio un vuelco y lo acarició para tranquilizarlo.

¿Cuánto tiempo ha pasado?

Simon acababa de cumplir cinco años.

Siempre lo supo, desde que lo tuvo en el vientre presentía que eso sucedería; su pequeño no había heredado nada de ella. Tenía sus ojos, su hermosa sonrisa y su cabello fuerte aunque no tan oscuro. Para el deleite de su bisabuela y madre, Simon era un André en miniatura.

El ex general Jarjayes veía con nostalgia a su hija. Después de tantos años, se seguía preguntando qué había hecho. La situación era cada vez peor, el dinero estaba a punto de acabarse y pronto tendría que vender esa propiedad. Pensó que si André estuviera con ellos, podría sentirse apoyado, pero él se había encargado de alejarlo y ya no había nada por hacer.

Sabía que su tiempo se agotada, los dolores en el pecho eran cada vez más severos y por momentos casi no podía hablar. Rogó para sus adentros que André estuviera vivo, que un milagro lo hiciera volver para cuidar a su familia aunque tal vez si regresa lo haría solo para vengarse. Se inquietó aún más.

- ¡Abuelito!

El pequeño corrió lo más rápido que sus piernas le permitieron.

- Hijo mío. – Abrió los brazos para recibirlo.

El inocente rostro de su nieto le recordaba cada día que él era el único responsable de que haya crecido sin un padre, y al mismo tiempo era su único consuelo, el único ser en el mundo capaz de quererlo a pesar de todos sus pecados.

Pensó en sus hijas mayores desaparecidas, en su amada esposa muerta, y lamentó profundamente que la única que estaba a su lado lo mirara con indiferencia.

El pequeño se sentó en las piernas del hombre mientras éste volvía a concentrarse en todos los papeles que tenía sobre su escritorio. No sabía qué hacer, tenía varios posibles compradores, pero solo uno le daba una cantidad atractiva, el único inconveniente es que el monto que le ofrecía era demasiado alto y eso lo hacía sospechar un poco, aunque en momentos como ese, tal vez pensar demasiado no era del todo bueno, quizá se trataba de una compra por sentimentalismo, además, aceptaron sin problemas su condición de no vender la casa de huéspedes, lo que era un alivio porque ese sería su nuevo hogar.

- ¿Mucho trabajo? – Preguntó con curiosidad.

- Algo. – Contestó aún pensativo.

- ¡Te ayudo! – Dijo entusiasmado.

- No es necesario, creo que ya está decidido. - Miró una vez más los documentos. Era un hecho que aceptaría la oferta del señor Lasserre.

El trato se había firmado y los preparativos para la llegada del nuevo dueño comenzaron. Todos se habían mudado a la pequeña casa de invitados que estaba cerca al lago, llevándose consigo solo lo necesario, los demás muebles se quedarían en la casa principal a fin de que el nuevo dueño dispusiera de ellos.

- Te ayudo mami.

- No cariño, estas cajas pesan y no quiero que te lastimes.

- Estás cansada, quiero ayudar. – Habló inflando los cachetes.

- No mi amor, no estoy cansada, mejor ve a jugar un rato.

- Está bien…

Se fue arrastrando los pies. Oscar sonrió y le preguntó a su nana si necesitaba ayuda.

- No mi niña.

- Déjame ayudarte con eso. - Dijo quitándole una caja de las manos.

Después de varias horas de trabajo, lograron dejar todo listo en la casa. Una habitación para cada uno, aunque Oscar tenía que compartir la suya con su hijo.

La rubia salió a refrescarse con la brisa de la tarde y vio a su padre sentado a la orilla del lago con Simon. Estaba viejo y acabado. Sintió lástima, y lamentó que aunque tratara, no podía cambiar su actitud con él luego de todo lo que había pasado.

- André… - Como tantas otras veces, ese nombre salía de sus labios con nostalgia. Ahora viviría frente al lago y eso le recordaba demasiado a su niñez con él.

- ¿Por qué lloras mamá? - Simon tiró de su vestido para llamar su atención.

Oscar se sorprendió e inmediatamente se limpió el rostro con las manos.

– Nada mi amor, creo que se me metió algo al ojo.

- No mientas. – Dijo mirándola fijamente. - Las mujeres hermosas no lloran.

Oscar se agachó hasta quedar a la altura del niño.

- ¿Y yo soy hermosa?

- ¡La más hermosa de todas! - La abrazó y le dio un sonoro beso en la mejilla. Se despegó de ella y con sus manitas tomó el rostro de su madre. - ¿Por qué no me parezco a ti mami?

- Porque te pareces a tu padre.

- ¿Cuándo va a regresar?

- No sé.

Desde hace meses Simon había comenzado a insistir en conocer el paradero de su padre, y lo único que había podido decir era que desapareció en medio de la guerra y que no sabían dónde estaba.

- ¿Cómo se llama?

Oscar se quedó en blanco, era la primera vez que preguntaba por ese tipo de detalles y la verdad es que ya se había tardado en hacerlo.

- ¿Mamá? – Insistió.

- Él…

-¡Simon! – Llamó su nana

La mujer se acercó hasta ellos.

– Te daré un baño mientras dejas a tu madre descansar, ya es muy tarde.

– Está bien nana, pero primero quiero que mi mami me diga el nombre de mi papi.

Ambas mujeres se miraron asustadas.

No estaba lista para responder y su nana comprendió.

- Ya es suficiente, tu mamá está agotada.

- Pero… - Comenzó a quejarse mientras era arrastrado al interior de la casa.

Oscar no pudo evitar tener una visión de su nana y André en una situación similar. Otra vez sintió ganas de llorar, si tan solo supiera algo de él. Escuchó unos pasos acercándose.

- No es correcto que sigas ocultando la identidad de su padre.

- No estoy lista, han sido muchas cosas las que he ocultado. ¿Cómo le voy a explicar a un niño de su edad que no sé nada de su padre? - Dijo con dolor.

- Yo… - Un nudo en la garganta. – Nunca he… Siento mucho lo que hice.

- Mejor no digas nada, por favor. - Más lágrimas ¡Cómo le dolía todo!

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Incontables carruajes no dejaban de ir y venir para dejar todo listo en la casa principal.

- Hijo, por favor, deja de moverte. – Habló tratando de peinarlo.

- ¡Ya vámonos mami!

- Si me dejaras peinarte hace mucho que nos hubiéramos ido.

- Ya no me peines, quiero ver de cerca esos coches. – Habló muy fastidiado.

- Está bien. - Oscar emitió un suspiro de cansancio y tomó un bolso grande. - Ahora sí, vámonos o lo más probable es que no encontremos nada en el mercado.

- Pero antes los coches mami.

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- ¿Cómo dice? – Estaba muy sorprendido por la confesión que le había hecho el señor Lasserre.

- Soy su asistente, mi patrón es un hombre de negocios muy ocupado y prefiere delegarme este tipo de asuntos. Hace mucho que quería vivir en un lugar más tranquilo como este y en donde los caballos también son un buen negocio.

- Ya veo.

- Disculpe señor, ya está todo en orden. – Habló un joven que llevaba varios días trabajando en la casa.

- Muy bien, pueden retirarse. - Sonrió amablemente.

- ¿Quién es el verdadero propietario entonces? - Interrogó con curiosidad el señor Jarjayes.

- Llegará en unos días y se presentará antes ustedes, me ha pedido mantener su identidad en reserva hasta que esté aquí debidamente instalado.

- Bueno, siendo así... - Se sintió incómodo con aquella respuesta, ahora todo se veía más sospechoso que en un principio. Sin embargo, no podía negar que el señor Lasserre se veía confiable.

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- Por favor no te separes de mí, este el último lugar en donde compraré ¿de acuerdo?

- ¡Sí!

Oscar se acercó al puesto de un hombre mayor que vendía toda clase de frutas.

Muchos la miraban, hombres especialmente. Caminaba y tenía formas tan delicadas a pesar de haber sido criada como varón, que su distinción se notaba a leguas y su belleza dejaba hechizados a muchos.

Compró un poco de fruta, agradeció al hombre y Simon hizo lo mismo con una sonrisa tan grande que el mercader quedó encantado y le regaló una lustrosa manzana. El pequeño volvió a agradecer y comenzaron a caminar a casa.

Simon devoraba la manzana con gran entusiasmo, y una vez más, Oscar no pudo evitar que la invadieran los recuerdos del pasado; a su amado André le gustaban mucho las manzanas.

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El señor Lasserre paseó por toda la propiedad con una sonrisa en el rostro. El lugar había quedado tal y como su patrón deseaba.

A lo lejos vio a una mujer que caminaba de la mano con un niño.

Se acercó rápidamente.

- ¡Buenas tardes! Disculpe el atrevimiento, es Lady Oscar ¿verdad?

Oscar se asustó un poco ante la sorpresiva aparición del hombre.

- Sí, soy yo, buenas tardes. - Oscar apretó con mayor fuerza la mano de su pequeño.

- Encantado de conocerla. - Estiró una mano hacia su interlocutora.

Oscar dudó un momento, pero finalmente estiró la suya y el hombre depositó un suave beso en su mano.

– Igualmente señor…

- Lasserre, tal vez su padre le ha hablado de mí.

- Sí, claro. – Dijo más relajada al saber de quién se trataba.

– Es usted muy famosa por estos rumbos.

- ¿Famosa? – Dijo extrañada. – No lo creo.

- Todos hablan de lo hermosa que es. - Sonrió de forma amable para después fijar su atención en el niño. - Y veo que está acompañado de un jovencito muy apuesto. - Estiró su mano al niño.

- Mucho gusto señor. - Estrechó la mano del hombre con educación.

- Espero que nos llevemos bien. - Dijo el hombre pero el niño no contestó.

- Fue un gusto. – No supo bien porqué pero se sentió nerviosa.

- Nos vemos pronto.

- Adiós.

Los vio marcharse. No podía creer lo que habían visto sus ojos.

Oscar llegó a su pequeña casa y se desplomó en la primera silla que encontró.

- Hola nana. - Saludó casi sin fuerzas.

– Tardaron mucho.

- Había mucha gente y mantener controlado a Simon es cada vez más difícil.

El niño ya estaba sentado en el suelo entretenido con algo.

- Es un niño bueno pero muy inquieto. - No podía dejar de pensar en que era muy parecido a su padre.

- Cruzando el jardín me encontré con el nuevo propietario.

- Si te refieres al señor Lasserre pues resulta que en realidad no es el nuevo dueño.

- ¿Cómo?... ¿Entonces quién es?

- Le dijo a tu padre que lo sabríamos cuando llegue, el señor Laserre es su empleado.

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- ¡Atrápame mami!

El niño corría sin zapatos. Era un día especialmente caluroso y en vista de que tenían un lago muy cerca, decidieron aprovecharlo.

- ¡Ten cuidado mi amor! - ¿Desde cuándo corría tan rápido o es que se estaba haciendo vieja?

Por fin lo alcanzó y comenzó a hacerle cosquillas. La risa del niño se escuchaba por todas partes.

A lo lejos, un hombre observaba la escena desde un ventanal de la casa principal.

- Es ella.

- Sí, es Lady Oscar.

- ¿Y el niño?

- Es su hijo.

La mirada de su patrón lo incomodó tanto que prefirió dejarlo solo.

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Oscar y Simon llegaron a su casa luego de dar un paseo.

- ¡Mi niña, qué bueno que llegas!

- ¿Sucede algo nana?

- El dueño acaba de llegar y le gustaría conocernos.

- ¿Ahora?

- Sí. – Dijo agitada, caminando de un lado a otro.

- Entonces cambiaré a Simon.

- Ponte algo lindo tu también.

- Estoy bien así.

Se llevó al niño a su habitación.

- ¿Por qué tenemos que ver a ese señor?

- Porque viviremos en la misma propiedad, es por cortesía cariño.

Simon arrugó la nariz.

Los cuatro se encaminaron a la casa principal y fueron recibidos por un mayordomo de avanzada edad.

- Buenas noches, el patrón los está esperando, síganme por favor.

El señor Jarjayes no pudo evitar pensar que el hombre se le hacía muy familiar.

El mayordomo se detuvo frente a la puerta del despacho y abrió la puerta dejando que los invitados ingresaran primero.

Oscar no pudo creer lo que vieron sus ojos. Su nana emitió un gritito de sorpresa y se llevó las manos a la boca. Su padre no fue capaz de decir nada, y Simon no dejó de observar con mucha atención a la figura alta que los recibía.

- ¿Necesita algo más señor?

- No gracias, eso es todo.

El mayordomo se retiró y el señor Jarjayes por fin comprendió que se le hiciera tan conocido.

- ¿De qué se trata todo esto?

- No sé a qué se refiere señor Jarjayes, y por cierto, también es un gusto verlo. – Habló sarcásticamente.

- Compraste esta propiedad a propósito, por eso me ofreciste tanto dinero.

André solo sonrió.

Está vivo.

- Este lugar siempre me gustó mucho.

Oscar creyó que estaba a punto de desmayarse y solo atinó a apretar con mayor fuerza la pequeña mano de su hijo. Sintió emoción, felicidad, dolor y miedo.

- Abuela. - Abrió los brazos hacia ella y la mujer fue inmediatamente a corresponderle el gesto. Fue muy emotivo. André le decía cosas al oído y ella no paraba de llorar.

Luego de unos minutos, finalmente la miró.

– Oscar, ha pasado mucho tiempo. – Dijo en un tono muy frío.

- Sí.

- ¿Cómo has estado?

¿Cómo he estado? A punto de volverme loca si no fuera por mi hijo.

- Bien.- Respondió escuetamente.

- ¿Y a quién tenemos aquí? - Sonrió de forma cariñosa y se puso a la altura del niño.

- Hola, soy Simon.

Ambos estrecharon sus manos.

- Mucho gusto en conocerte.

- ¿Ahora vivirá aquí?

- Así es.

- Yo vivo cerca al lago.

- Lo sé, ¿te gusta vivir ahí?

- Sí.

La ex comandante estaba muy tensa.

El señor Jarjayes también permanecía callado, observando todo. ¿Qué significaba la aparición de André en sus vidas?

- Abuela, quiero que vivas conmigo, este lugar es muy grande y además quiero cuidarte. - Tomó la mano de la anciana y Simon se desconcertó.

- ¿Por qué quieres llevarte a mi nana y por qué le dices abuela?

- Porque es mi abuela de verdad, y he estado mucho tiempo lejos de ella.

Oscar se conmovió por un momento al notar que se dirigía a su hijo en un tono muy cariñoso, completamente distinto al que usaba con su padre y ella.

- ¡No sabía! - Miró a su madre que se mantenía rígida. - ¡Mami! ¿Por qué nunca me contaste? – Habló emocionado por los grandes descubrimientos.

- Lo siento cariño, es que hace mucho tiempo que no lo veíamos.

- Hijo, muchas gracias, pero no quiero alejarme de Simon.

- Si es así, pueden vivir todos aquí. - Miró al ex general. - Este lugar es inmenso y tengo que agradecerles haber protegido a mi abuela todos estos años.

- Ya has más que saldado esa deuda con nosotros. – Dijo el señor Jarjayes en tono irónico. –Además estamos muy bien en nuestra casa. – De pronto sintió un profundo miedo de las verdaderas intenciones de la reaparición de André.

- Sé que ese lugar es muy pequeño y aquí hay mucho espacio, al menos piénsenlo por favor.

- Muchas gracias pero no hay nada que pensar. – Habló la rubia y tomó a su hijo en brazos.

- Mamá, no me quiero ir, quiero estar con nana…

- Lo siento mi amor, debes comprender que ella debe estar con su nieto.

- Puedes venir cuando quieras a visitarla. – Dijo André dirigiéndose al pequeño.

- ¿En serio?

- Claro.

- ¡Gracias!

Simon le dio un sonoro beso a su madre y André no pudo evitar mirarla con detenimiento. Era la primera vez que la veía así y estaba más hermosa que nunca, su sencillo vestido dejaba ver las formas de su cuerpo. Todo pudo haber sido tan distinto. Se reprochó a sí mismo por admirarla y entonces se topó con los ojos fríos del ex general.

Después de tantas sorpresas, Oscar, Simon y el señor Jarjayes se fueron a su casa, dejando a nana en el lugar que ahora le correspondía.

No pudo dormir, André había estado en su cabeza toda la noche. Su trato fue tan frío y distante ¿y qué esperaba después de todo, un beso y un abrazo? Entre ellos no había nada más que una incómoda tensión.

Se levantó de la cama y se dio cuenta de que Simon ya no estaba. Salió rápidamente de su habitación y vio a su niño jugando con su abuelo.

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- ¿Es una broma?

- ¿De qué hablas?

- Será que eres tan ciego.

- ¿Disculpa?

- Realmente pensé que eras un hombre inteligente.

- No te hagas el gracioso que no estoy de humor.

- ¡Dios, dame paciencia! – Comenzó a reír.

- Habla claro o mejor lárgate.

- André, por favor, ese niño es exactamente igual a ti.

André se quedó inmóvil. ¿Será posible que el odio me esté cegando?... ¿Ese precioso niño es mío? Sintió curiosidad de saber todo lo que Oscar había hecho en el tiempo que estuvieron separados, tal vez podría interrogar a su abuela, pero no quería enterarla de sus inquietudes.

– Déjame solo por favor.

– Muy bien.

Sabía que el señor Jarjayes había salido a hacer unas diligencias así que Oscar y el niño estarían solos.

Tocó la puerta.

Oscar abrió y no pudo ocultar su inquietud al verlo.

- ¿Puedo pasar?

- Sí, adelante. - Dijo con un hilo de voz.

- ¿Él niño?

- Está descansando.

- ¿Podemos hablar?

- Sí, toma asiento.

- No hay otra forma de hace esto. – Suspiró. – Simon es mi hijo.

Oscar no pudo decir nada inmediatamente porque un profundo miedo la invadió. ¿Sería posible que André haya regresado a sus vidas solo para vengarse de ella con lo que más amaba en el mundo, intentaría quitárselo, alejarlo de ella? André no podía haberse convertido en un ser tan ruin aunque tal vez el dolor que le causé lo ha cambiado.

Solo asintió con la cabeza.

- ¿Lo sabías cuando me fui de tu casa?

- No, lo supe después.

- Entonces no habrá problema si me acerco a él. - Era casi una orden por el tono de voz que utilizó.

- No es tan sencillo, nunca le hablé claramente de ti, porque pensé que… - Se le hizo un nudo en la garganta y ya no pudo continuar.

- Pensaste que estaba muerto.

- Muchos murieron en la guerra y no teníamos noticias tuyas. – Trató de luchar con todas sus fuerzas para que sus lágrimas no la traicionaran.

- Gerodere murió, ¿verdad? - Oscar lo miró directo a los ojos y lo que encontró la aterró; André ya no la miraba con la calidez y el amor de antaño, ahora parecía que solo había odio para ella.

- Sí, mi madre también y de mis hermanas nunca se supo nada. - Ahora sí que no pudo aguantar más y las lágrimas se desbordaron.

- Lo siento. - Dijo en tono seco.

Silencio y gran tensión.

- Lo lamento… yo… - Dijo Oscar limpiándose el rostro, tratando de controlarse. – Hace mucho que no hablaba de esto.

- Entiendo. Solo vengo a comunicarte que quiero que Simon sepa que soy su padre, me acercaré con precaución, no pretendo confundirlo y menos dañarlo.

- Lo sé.

Lo dijo con tanta seguridad que el corazón de André dio un vuelco. Iba a marcharse pero ahora era él no pudo controlarse.

- ¿Fuiste feliz con él? - La miró fijamente.

Oscar no sabía cómo responder, cómo decirle que fue la más desdichada de los seres cuando se marchó.

- Fue un hombre muy bueno.

- Eso no responde mi pregunta.

No esperó a que Oscar dijera nada más y se fue del lugar.

Habían pasado varios días desde la última vez que vio a André, éste se fue a un viaje de negocios según lo que su nana le comentó.

Estaba sentada al borde de la casa observando cómo Simon corría de un lado a otro, muy cerca del lago

De pronto sintió el sonido de unos cascos que se aproximaban, era André. Se acercó a Simon y vio como su hijo se subía al caballo muy feliz, mientras que el hombre la miraba instintivamente como pidiéndole permiso, o más bien, como informándole que se llevaría al niño. Simon alzó una mano en despedida con una enorme sonrisa en el rostro.

- La sangre llama a la sangre. - Habló su padre.

- Sí. – Dijo cortante.

- Debes tener cuidado.

- No te preocupes.

No dijeron nada más.

Según lo que nana le había podido contar a Oscar, André había heredado todo a la muerte del señor Solier. Cuando se marchó de su casa fue la única persona a la que pudo acudir y éste lo recibió con los brazos abiertos. El señor Solier enfermó gravemente, murió y dejó como único heredero André pues no tenía ningún otro familiar.

Un caballo galopando.

Oscar estaba preparando la cena. Escuchó que alguien se acercaba y se quitó el delantal rápidamente para abrir la puerta. André tenía en brazos al niño completamente dormido.

- Quedó exhausto.

Oscar hizo el ademán de querer cargarlo, pero André no la dejó.

- ¿Donde está su cama?

Oscar se sorprendió un poco.

- Por aquí, sígueme. - Lo guió a la habitación de ambos.

- ¿Duermes con él?

- Dentro de poco lo cambiaré a la que era la habitación de mi nana.

- Esta casa es más pequeña de lo que pensé.

Oscar se incomodó por el comentario.

- Sería mucho mejor que ocupara una de las tantas habitaciones de la casa principal, cerca de mí. - Habló mientras depositaba a Simon en su cama y lo arropaba.

- Está bien así.

- ¡No! – Elevó la voz pero trató de controlarse para no despertar a su hijo. - Soy su padre y tengo todo el derecho de tenerlo cerca en compensación a todo el tiempo que estuvimos separados.

Simon se revolvió en la cama y Oscar se llevó una mano al pecho. André se dio cuenta de que había sido brusco. Te odio con la misma fuerza con que una vez te amé… ¿Por qué dejaste que esto sucediera?

- Yo… - Se llevó una mano al negrísimo cabello que ya no llevaba en una cola pues ahora lucía más corto. – Lamento haberte asustado. - Trató de acercarse a Oscar pero ella retrocedió aún asustada.

Oscar tenía miedo y entonces recordó la advertencia de su padre. André no sería capaz de lastimar a nuestro hijo, pero tal vez a mí sí.

- No… - Le costaba hablar. - No te preocupes, solo considero que no es necesario que te lo lleves.

- Oscar… - La tomó repentinamente por los hombros y la sacó de la habitación. – Necesito a mi hijo cerca, pero como no pretendo separarlo de ti porque sé que sufriría, sería más sencillo si vivieran en la casa también.

- André, por favor, no es correcto…

Era la primera vez desde que llegó que pronunciaba su nombre y se oía tan bien.

Como atraído por un imán, capturó los labios de la rubia con desesperación y aunque en un principio trató de resistirse y alejarlo, la lucha que le dio el hombre la estremeció y segundos después correspondió con la misma intensidad.

Después de tantos años, ambos volvían a sentir el toque del otro.