Esto de hacerme la escritora no es nada fácil y espero me sigan apoyando a pesar de las demoras. Me encanta escribir y recuerden que mi único pago son sus alentadores comentarios, ¡muchas gracias!
Capítulo XVI
Sentimientos encontrados
Abrió la puerta sin tocar. Su pequeño no estaba en su nueva habitación y eso lo alarmó mucho y se imaginó lo peor. Se dirigió a la habitación de Oscar y ella tampoco estaba. Un nudo asfixiante se le hizo en la garganta.
Comenzó a caminar a zancadas hasta que se cruzó en el pasillo con su abuela.
- Abuela… - El hombre se había trasladado tan rápido que la respiración había comenzado a dificultársele.
- Hijo ¿qué pasa? - La mujer se percató del estado en el que se encontraba su nieto.
- Oscar y mi hijo… ¿dónde están?
La sabia mujer se adelantó a cualquier otra pregunta que pudiera formular su nieto.
- ¿Crees que es capaz de alejarte de él? Entonces no la conoces bien.
¿Que no la conocía? André se sorprendió con esas palabras, ahora no sabía nada de nada, pero ella seguía siendo su mundo asfixiante y doloroso incluso después de tantos años, aún después de haberlo echado de su lado. Por otro parte, era muy obvio que su abuela sabía qué tipo de tonterías estaba pensando. André seguía respirando agitadamente, hasta el pecho había comenzado a dolerle.
- Cálmate… - La anciana le brindó una cálida sonrisa. - Salieron a comprar unas cosas al mercado.
André sintió que su alma regresaba a su sitio y sus pulmones habían vuelto a bombear adecuadamente el aire. El nudo por fin se había desatado.
- A penas regresen, avísame, estaré en mi despacho. - Le dio un beso y se marchó.
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¿Qué va a pasar ahora? Era cierto que no se arrepentía de lo ocurrido pero, ¿y si para él solo había sido una noche de placer y no de amor como lo fue para ella? Dolía mucho pensar que el ser que tanto amaba la viera solo como un objeto sexual, sin una pizca de amor porque en otra época hubiera despertado sintiendo la respiración de André en su pecho luego de hacer el amor, hubiera escuchando palabras hermosas salir de sus labios, pero ahora todo era distinto.
Ya no hay nada.
Oscar se sintió usada y tonta, y se negaba a creer que lo sucedido la noche anterior haya podido ser una muestra de amor, aunque ella haya dado todo su cuerpo y alma en esa noche de pasión, estaba segura que André solo quería lastimarla y al parecer lo había conseguido pues se sentía verdaderamente dolida y vacía.
- Mamá… - La llamó preocupado. Probablemente era un niño más maduro de lo normal, y eso seguramente se debía a que desde su nacimiento y a tan corta edad había tenido que pasar por algunos dilemas que otro pequeño de su edad jamás tendría. No solo era el nombre de varón de su madre sino también la inexplicable ausencia de su padre, la melancolía y lejanía de su abuelo, la tristeza y devoción de su nana y lo más resaltante e importante para él; su hermosa y adorada madre le regalaba sonrisas todos los días pero él sabía que no era feliz, se daba cuenta de que había un dolor que él no podía curar. En el fondo de su inocente corazón solo tenía el profundo deseo de convertirse en un gran hombre para protegerla. - Mamá… - Llamó una vez más.
- ¿Qué pasa cariño?
- Te quiero mucho. - Abrazó a su madre con toda la fuerza que podía permitirle su cuerpecito.
A Oscar se le hizo un nudo en la garganta. Gracias a Dios tenía a su hermoso tesoro venido del cielo para rescatarla. Ya no importaba si André no la amaba y o quería dañarla cuando tenía a su rayito de sol.
Regresaron a casa sonrientes. Oscar iba un poco despacio cargando las innumerables bolsas que el pequeño Simon insistía en cargar.
- Las mujeres hermosas no deben hacer eso.
- Hijo… - Oscar se sonrojó por los halagos de su hijo. - ¿De dónde me sacas todas esas cosas?
El niño sonrió tiernamente.
Aún faltaba medio jardín cuando alguien se acercó a ellos.
- Lady Oscar, permítame ayudarle. - El señor Lasserre tomó las bolsas.
- Por favor, no hace falta…
En esta ocasión Simon no se sintió tan irritado como otras veces al ver a David.
- Hola Simon.
- Hola señor Lasserre.
- Déjenme escoltarlos hasta la casa, quizá en otra ocasión podrían ir al mercado en uno de los coches y acompañado de alguien que los ayude a cargar los bultos.
- No se preocupe, prometo que para la próxima oportunidad pido ayuda.
- Sí me preocupo, no es del todo seguro ir a pie, no es tan cerca y siempre traen muchas cosas. Sé que insiste en encargarse de estos quehaceres, pero un criado podría hacerlo.
- No puedo estar sin hacer nada.
Oscar pensó que David parecía un hombre bueno y agradable a pesar de que en un principio no se sentía del todo cómoda ante su presencia.
– Creo que ya hace mucho cuidando a su hijo.
- No, no es ningún trabajo.
– No, porque yo siempre ayudo. – Habló con una graciosa expresión.
Ambos adultos rieron. Simon tomó de la mano a Oscar y se dirigieron a la cocina.
André vio todo desde la ventana de su despacho y no hizo más que llenarse de celos, ¿quién se cree ese para tratar con tanta familiaridad a mi mujer? ¿Su mujer? Estaba harto hasta de él mismo. La realidad era que si ella quería podía buscarse un marido pero él no lo permitiría jamás, tenía que tenerla solo para él.
Sí, te amo Oscar, te adoro, pero también te odio.
Mandó a un criado a llamar a Oscar para que fuera a su despacho y tan solo en unos minutos apareció con un vestido azul, tan azul como sus ojos. No pudo evitar fijarse en la curva de sus caderas que se marcaban suavemente en la tela de sus ropas mientras caminaba, sus firmes y pequeños senos se amoldaban perfectamente al modelo de la prenda.
- ¿Para qué me necesitas?
- ¿Cómo estás?
- Bien, gracias. - Estaba fatal y más que eso, pero no quería ver más la tristeza en su pequeño, si ella no era fuerte su pequeño no sería feliz y además ella tuvo toda la culpa de lo sucedido anoche.
André la observó por un largo rato, se sentía bastante abrumado por la belleza de la mujer y tenía miedo, definitivamente tenía miedo de que alguien se la llevara. Su cabeza estaba llena de dudas y confusiones, sin embargo todavía sobrevivía su sed de venganza. ¿Qué podía generar la guerra de esos dos sentimientos en un solo ser? Solo Dios sabía.
- Necesito que me ayudes a decirle a nuestro hijo toda la verdad.
- Considero que es muy pronto.
- No quiero peros, además, muy pronto vendrá alguien muy importante de visita y no quiero que haya confusiones de ningún tipo, así que es mejor que sepa que soy su padre.
- André. - Oscar respiró profundamente como cansada y su interlocutor se percató de eso fácilmente. Lo sabía; esa persona tan importante era sin dudas una mujer. - No sé quién sea esta persona, pero si es tan importante para ti, estoy segura que entenderá que aún no podamos decirle la verdad a Simon.
- Se llama Claire y quiero presentarle a Simon como mi hijo que es, sé que va a quedar encantada.
Oscar sintió una punzada en el estómago. Trató de mantener la compostura, al menos frente a él. No podía desmoronarse, no permitiría que viera el dolor que sentía al saber que había una mujer en su vida.
- No creo que haya problema en que le expliques la verdad.
- Soy su padre y ya debe saberlo, así será más fácil, no solo con Claire sino con todos, quiero que sepan que es mi heredero.
Oscar permaneció en silencio unos minutos. El aire era tan tenso que podría cortarse.
- Por lo visto no hay nada que pueda hacer o decir para que esperes un poco más.
- No.
- Está bien, se lo dirás tú y después yo hablaré con él, solo te pido que seas cuidadoso y no des detalles que puedan confundirlo más.
- Si deseas, ambos podemos hablar con él al mismo tiempo.
- No, es importante que también entienda que sus padres no están juntos.
- No quiero que se sienta mal ni nada por el estilo, seré muy cuidadoso, lo juro. - André habló de forma rasposa, le había incomodado mucho las palabras de la rubia. Escucharla decir que su hijo debía entender que sus padres no estaban juntos hasta le había dolido, todo pudo ser tan diferente.
- ¿Cuándo hablarás con él?
- Hoy mismo, Claire puede llegar en un par de días.
- Bien. - Oscar se puso de pie. - Si eso es todo, me retiro, permiso. - Comenzó a caminar hacia la salida del despacho con los ojos de André encima.
Era más hermosa de lo que podía recordar y sus deseos de tenerla en ese mismo instante eran muy grandes, sin embargo, sentía que de pronto estaba muy lejos de él. Repentinamente, Oscar detuvo su paso y se giró.
- Hazlo con cuidado André, por favor.
Los ojos de Oscar lo conmovieron, era lógico que le pidiera aquello cuando iba a revelar la verdad a un niño tan pequeño que seguro había tenido que pasar por muchas confusiones.
Oscar tenía tantas ganas de llorar. Corrió a su habitación antes de que alguien la viera, y entonces chocó con alguien.
- Lady Oscar… - El hombre la sujetó antes de que cayera al suelo.
- Señor Lasserre, lo siento…
David observó los ojos tristes de la ex comandante y no pudo evitar limpiar las lágrimas que caían por su rostro.
- Las mujeres hermosas no deben llorar nunca.
- Algo parecido me dice mi hijo. - Oscar sonrió sinceramente.
- Por eso nos llevamos tan bien. - La soltó. - No la obligaré a decirme qué es lo que la tiene tan triste, pero quiero que sepa que me he percatado que este estado es muy común en usted, y con todo mi corazón le ofrezco mi amistad y apoyo.
- Se lo agradezco mucho.
- Tuteémonos, por favor.
- Está bien, David… Creo que será mejor que me vaya a caminar un rato, no quiero que mi hijo me vea así.
- ¿Me permites acompañarte? Hay una plaza muy agradable cerca de aquí.
- Está bien, vamos. -
André le pidió a Charles que trajera a su pequeño. En una mano tenía la carta de Claire y la verdad no sabía si era malo o bueno que ella viniera, pero al menos eso le sirvió de pretexto para decir la verdad de una buena vez.
Los brillantes ojos verdes se asomaron por la ventana. Aún tenía la belleza de Oscar grabada en la pupila, sus hermosos ojos azules, su delicado y contorneado cuerpo que lo invitaba a tocarla, ese vestido azul tan sencillo y que de igual forma resaltaba su belleza.
Su corazón se llenaba de ella, su mente igual, y de pronto los vio. Oscar y David salían juntos de la casa. Cruzaban el jardín sin preocupaciones mientras que su amigo le contaba quien sabe qué cosas que la hacían sonreír.
¡QUÉ DIABLOS PRETENDES!
Tuvo el impulso de darles el encuentro pero en ese mismo instante tocaron la puerta.
- Puedes irte Charles, gracias. - El hombre hizo una pequeña reverencia y se marchó.
Simon corrió a él y se sentó en su regazo.
- ¿Me llamaste? - André tomó el rostro de su pequeño y lo besó en la frente. Sintió alivio; Oscar sería siempre suya y todo gracias a su precioso hijo.
- ¿Cómo estás?
- Bien, nana me preparó un pastel ¡estaba delicioso!
- ¿Y tú mamá? - No pudo evitar preguntar.
- No sé.
- Creo que ha salido con David.
- ¿El señor Lasserre?... - Simon se quedó pensativo unos instantes.
- ¿No te cae bien?
- Antes no me gustaba mucho, pero ahora sí, es muy bueno con mi mami y conmigo también.
André observó el rostro de su niño con detenimiento. No cabía la menor duda, era su mismo retrato. Seguramente Oscar siempre se acordaría de él tan solo con mirarlo.
- Un día quiero ser como tú. - Esas palabras lo sacaron de su repentino escrutinio.
- ¿Como yo?
- Sí, quiero ser bueno, trabajador y hacer muy feliz a mi mami, para que nunca más llore.
- ¿Llora mucho?
- Sí, pero si soy tan bueno como tú de grande, ya no lo hará y me amará más.
¿Simon quería que su madre ya no llorara más? En cambio él solo pensaba en lastimarla, en herirla y su hijo quería ser como él. ¡Qué ironía! Fue inevitable que se sintiera como un miserable.
- ¿Tú también estás triste?
- Un poco, pero cuando te diga algo muy importante ya no lo estaré.
- ¡Entonces dilo para que seas muy feliz!
- No había podido contarte antes que conocí a tu madre cuando tenía casi tu edad.
- ¿En serio?
- Sí, ella y yo crecimos juntos, fuimos novios durante un tiempo. - Los ojitos de Simón estaban fijos en su padre. – Hasta que un día tuve que irme y nadie sabía nada de mí.
- ¿Ni Nana?
- No, ella tampoco, y finalmente pude regresar y me enteré que mi relación con tu madre había dado frutos.
- ¿Qué frutos?
- Tú Simon, tú eres ese fruto, tú eres mi hijo…
Simón abrió muy grandes sus ojos y de la nada se le llenaron de lágrimas. El pequeño lo abrazó tan fuerte que el hombre no pudo evitar llorar también.
- Mi mami nunca me contó
- Ella tenía miedo porque no sabía nada de mí. ¿Me perdonas hijo?
- ¿Por qué?
- Por no haber estado contigo tanto tiempo.
- No importa, ahora estás conmigo, ya no te irás ¿verdad?
- Nunca más, siempre estaré contigo
- ¿Y con mi mamá?
- También con ella.
- Entonces si eres mi papi yo un día seré como tú y me ayudarás a cuidarla.
- Ambos la cuidaremos y no permitiremos que nadie nos la quite.
- ¡Sí!
André y Simon estuvieron abrazados por mucho rato mientras el pequeño seguía haciendo más preguntas.
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- ¿Qué pasó, le dijiste, dónde está ahora? - Oscar había entrado al despacho atropelladamente.
- Cálmate y siéntate.
- Por favor dime…
- Lo tomó mejor de lo que pensé, me preguntó muchas cosas y te aseguro que traté de darle las mejores respuestas, estaba feliz.
- Gracias a Dios que todo salió bien, me sentía muy inquieta. ¿Está en su habitación?
- Sí, ahí lo dejé hace un momento.
- Voy a verlo.
- Espera.
- Dime
- ¿Dónde has estado?
- Salí a caminar.
- De acuerdo, ve con Simón.
Sin decir más, Oscar se fue en busca de su hijo.
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Habían pasado tres días desde la conversación de André y Simon, y estaban más unidos que nunca. El pequeño no se cansaba de decir que todo sería mucho mejor si él regresaba a ser el "novio" de su madre.
- ¿Verdad que sí abuelita?
- Sí mi vida, pero ten paciencia, hay cosas que estoy segura que un día se arreglarán y quizá ellos puedan regresar a ser novios. - Dijo la anciana sonriendo ante las curiosidades del André en miniatura.
- ¡Rezaré mucho para que eso suceda!
Ojalá y Dios escuchara sus plegarias, ella sabía que había mucha tensión entre Oscar y André, pero podía poner las manos al fuego si se trataba de afirmar que seguían amándose.
- Hijo, ¿has visto a tu abuelo?
- Sí, está leyendo en su cuarto.
- Muy bien.
Unos pasos se acercaron.
- ¡Papá! - Simon saltó a sus brazos y depositó un beso en la mejilla del hombre.
- Buenos días hijo.
- Abuela, ¿cómo van los preparativos?
- Ya está lista la habitación de huéspedes.
- Perfecto.
- ¿Quién vendrá papi?
- Una amiga.
- Ah…
Simon escuchó los cascos de un caballo y saltó de los brazos de su padre mientras corría diciendo que debía ser su madre.
Por la ventana de la cocina, André se asomó y lo que vio fue algo que se comenzaba a repetir constantemente. Oscar y David venían juntos de algún lugar.
- Se llevan muy bien.
- Sí. - André apartó la vista de la ventana. Sentía deseos de matarlo. - Me voy al despacho.
Nana solo lo vio salir con el rostro desfigurado de un sentimiento que ella reconocía muy bien, estaba vieja, sí, pero no era tonta y sabía que su pobre nieto moría de celos.
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Luego de casi media hora de pensar en cómo vengarse de David, el susodicho entró al despacho de André.
- ¡Traigo buenas noticias! Me hice de un nuevo cliente…
- ¡Cállate! Me puedes explicar… - Trató de contenerse, no quería cometer un asesinato, y menos si la víctima era su amigo. - ¿Qué diablos hacías con mi mujer?
- ¿Qué clase de hombre piensas que soy? Además, si tanto te llenas la boca diciendo que es tu mujer, ella debería saberlo.
- Ese es mi problema, y no me cambies el tema, el asunto aquí es que no me gusta nada las confianzas que tienes con ella.
- Estaba llorando y solo quise ayudarla.
- ¿Llorando?
- Así es, y aunque nunca me quiere decir nada imagino de qué se trata.
- Siento que no nos hemos visto en años a pesar de vivir en la misma casa.
- Quizá es eso, seguramente ella esperaba algo después de la noche que pasaron juntos.
- No comencemos con lo mismo.
- Eres un verdadero idiota, solo te diré que mientras paseaba con ella ningún hombre dejó de mirarla, alguien te la puede quitar en el momento menos esperado.
- Ella nunca me dejaría.
- ¿Dejarte? Entre tú y ella no hay nada y seguramente ella está pensando ahora mismo que solo la usaste para divertirte. Luce muy cansada, tú la tienes una noche y después le informas que una mujer importante vendrá… ¿Qué crees que estás haciendo?
- No es tu asunto.
- Al menos déjame consolarla.
André avanzó hacia él y lo sujetó por el cuello de la camisa.
- Tú no eres nadie para consolarla. - André casi rugió y la verdad era que David solo quería que entrara en razón, aunque tampoco quería ser hombre muerto. - ¿Qué pretendes? ¡Confiesa!
- Quizá pretenda tomarla para mí. - David lo miro con tal temple y seguridad que André se asustó y se apartó de él inmediatamente. ¿El imbécil de su amigo se había enamorado de Oscar?
- No te atrevas.
- Tú no te atrevas a lastimarla porque entonces seré yo quien aprovechará el momento.
- ¿Me estás declarando la guerra?
- Piensa lo que quieras. – Y se marchó.
Sentía pavor, era inevitable ver lo bien que se entendían y él no podía permitir que se la quitaran en sus propias narices.
Alguien abrió la puerta de la forma más impertinente y se abalanzó sobre André.
- ¡Querido! - Un corto beso fue depositado en sus labios. - ¿Cómo estás?
Era Claire.
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Todos estaban reunidos en una estancia de la casa para conocer a la recién llegada.
- Ella es la señorita Claire Douz.
- Encantada de conocerlos.
La mujer era delgada aunque no tan alta como la ex comandante, de ojos marrones y cabello oscuro, lo que hacía un magnífico contraste con su pálida piel. Era muy hermosa y Oscar solo podía morir de celos. No se cansaba de decirle "querido" a André y David parecía conocerla.
Simon se mostró algo irritado con la llegada de la mujer pero fue un niño educado, sencillamente la veía como una amenaza para su sueño de ver a sus padres juntos.
Las presentaciones fueron secas al ojo de Oscar, incluso su padre se mostró irritado, pero lo que más le llamó la atención fue lo maltratado que se veía.
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Más días pasaron y de pronto el pequeño pueblo de Arrás parecía inmenso. André salía todos los días con Claire para mostrárselo. Varias veces habían intentado llevarse a Simon pero éste se había negado rotundamente.
- Estás algo distraída.
- Lo siento David, pero creo que estoy llegando a mi límite. - Una lágrima cayó por su rostro.
Estaban sentados en una de las bancas de la plaza y David no podía creer lo que André estaba haciendo.
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Claire lo abrazó tratando de consolar al menos un poco la confusa situación de André. Estaban en un pasadizo de la casa cuando David y Oscar vieron la escena.
- Buenas tardes. - Dijo David rompiendo el momento y André no pudo evitar fijarse en la forma en que la rubia estaba colgada de su brazo.
- Oscar. - Casi fue un grito. - Ven conmigo, necesito que hablemos. - André se dirigió a su despacho y ella lo siguió.
Claire miró a David.
- ¿Qué tal su paseo? – Habló nerviosa, jugando con su cabello.
- Tranquilo. - Habló David de forma impersonal.
- No deberías ser tan seco con alguien que conoces tanto tiempo, y en cambio con ella pareces muy atento.
- Es lo que se merece.
- ¿Y yo no?
- Claro que sí. – Habló con tono irónico.
Los ojos de la mujer brillaron con incomodidad, como si estuviera a punto de llorar.
- ¿Qué hay entre ustedes? – Preguntó molesta.
- No sé de qué hablas. Me voy a descansar.
- No te atrevas a dejarme con la palabra en la boca.
David comenzó a alejarse y la mujer solo atinó a seguirlo.
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- ¿Pasa algo con Simon?
- Con él no pasa nada, hace un rato se fue con mi abuela a comprar unas cosas.
- Entonces, ¿de qué quieres hablar conmigo?
- Eres una descarada. - Le soltó sin preámbulos.
- ¿Disculpa?
- ¿Lo vas a negar?
- No estoy dispuesta a escuchar sandeces. - Oscar se estaba poniendo de pie cuando lo vio prácticamente correr hacia la puerta para poner el pestillo. - ¿Qué haces?
- Eres una desvergonzada, has estado saliendo con David como si nada.
Los hermosos ojos verdes estaban oscuros y con un brillo que le daba miedo. La rubia sintió un nudo en la garganta.
- David y yo…
- ¿Qué? - André comenzó a acercarse a Oscar como un animal salvaje apunto de comérsela. - Me dirás que no hay nada entre ustedes ¡si hasta se tutean!
Oscar retrocedía por inercia mientras se sentía cada vez más pequeña y muerta de miedo. De pronto chocó con el escritorio.
André estaba delante de ella.
- Tranquilízate, estás…
- ¿Estoy qué?
- No tengo nada con nadie. - Quería gritarle lo mucho que le dolía verla con esa mujer. - En cambio yo tengo que verte con esa mujer por todos lados, seguro tú y ella…
- Sí, somos amantes, igual que tú y David.
- Estás loco, no quiero escucharte… - Las lágrimas comenzaron a caer sin poder contenerlas más. - Déjame en paz, me lastimas, desde que has llegado me has lastimado, me siento humillada, y ya no puedo más, me siento sucia, no quiero esto, tú no eres el André que yo he amado todo este tiempo…
¿Me ama? Pero ¿por qué le hacía eso si tanto lo amaba?
Se acercó a ella y comenzó a besarla sin una pizca de delicadeza. Necesitaba demostrarle que ella solo podía ser de él aunque haya estado casada.
Oscar trató de quitárselo de encima. Lo empujó, lo abofeteó y golpeó pero nada de eso lo desanimaba.
André la cargó y la sentó en el escritorio, le abrió las piernas con un solo movimiento de sus brazos y se posicionó en medio de sus largas y suaves extremidades. Era delirante y comenzaba a volverse loco por sus besos que ya eran correspondidos. Estaba satisfecho de que finalmente se rindiera en sus brazos.
Sin pudor y como cosa natural comenzó a frotar su miembro ya erecto muy cerca de la intimidad de Oscar que ya comenzaba a jadear de forma muy estimulante para él.
- Te demostraré que solo puedes ser mía… - Era una bestia en celo que no cesaba de lamer y morder el cuello de su hembra.
- André… - Ella estaba casi temblando en sus brazos y solo atinaba a inclinar más su cuello brindándole un mayor acceso.
- No sabes cuánto odio siento, pero no puedo dejar de amarte…
Ella también estaba llena de amor y celos porque no quería compartirlo con nadie.
André se apartó de su cuello y dejó de abrazarla para ahora llevar sus manos al listón de la blusa de Oscar. Su escote se vio y él inmediatamente comenzó a besarlo con desesperación. Su lengua húmeda e incluso sus dientes participaban.
La mujer solo podía sostenerse con ambas manos apoyadas en el escritorio mientras él seguía rozando con frenesí su rosa.
Estaba húmeda, ansiosa, muerta de desesperación porque la carne grande y firme de él se introdujera en ella. Necesitaba de él tanto como él, necesitaba que ambos se unieran y se fundieran en la desesperación de una entrega sin límites.
Completamente hambrienta, Oscar solo puso escurrir una mano por el pantalón de André y tocar con sus suaves manos la punta de su miembro ya tembloroso por el orgasmo que se avecinaba.
- Te necesito adentro, André…
El susodicho no estaba seguro de poder hablar y con la poca conciencia que podía hallar en medio de esa excitante escena, abrió un poco más las piernas de su mujer y le subió la falda en su totalidad.
Oscar gimió con mayor fuerza, estaba segura de que alguien podía oírla pero no le importaba y al parecer a André tampoco porque podía jurar que salían rugidos de su garganta. La brusquedad del momento le hizo sentir un poco de dolor pero inmediatamente fue reemplazado por el placer que recorría todo su ser producto de las embestidas.
Oscar no pudo más y buscó sus labios, quería que sus gritos se perdieran en la garganta de él.
Se besaron con vehemencia, tratando de calmar la sed por el otro.
Por un momento en que André creyó estar a punto de explotar perdieron el equilibrio y aún con su unión cayeron sobre la alfombra, la que afortunadamente pudo amortiguar el golpe.
André explotó sin más y al abrir los ojos lo que vio fue para él algo celestial. Oscar; su hermoso y seductor ángel se balanceaba sobre él gimiendo, buscando su propio placer mientras sentía que la semilla del amor de su vida se derramaba. Estaba completamente ruborizada, completamente entregada y excitada.
André comenzó a ayudarla estimulando unos de sus senos con una de sus manos y sosteniéndola con la otra de la cadera.
El hombre sintió que la vista se le nublaba mientras su mujer vibraba por el orgasmo conseguido.
Cayó sobre su cuerpo completamente rendida mientras el miembro masculino seguía vibrando en su interior buscando vaciarse en su totalidad.
Se sentía más sensible que nunca, y moviendo un poco más sus caderas, frotándose con André manteniendo aún su preciosa unión, consiguió sentir un segundo orgasmo que no solo le arrancó un grito de placer a ella sino también al mismísimo André, que juraba que podía morir en los brazos de su mujer en cualquier momento.
Fue rápido y delicioso. Disfrutó de la entrega total de la mujer que amaría hasta el día de su muerte, porque finalmente lo comprendía y tenía que hacer algo porque no permitiría que nadie se la quitara.
Los latidos de André golpeaban fuerte contra su propio corazón.
- Fue delicioso pero hubiera sido perfecto si estuvieras completamente desnuda.
Oscar, que aún se mantenía apoyada de pecho de André, levantó la cabeza y lo que encontró la conmovió. Definitivamente André la miraba con amor.
Sus labios estaban por unirse nuevamente, pero alguien tocó la puerta desesperadamente.
- No puedo abrir, ¡André, Oscar! ¡Rápido! ¡Algo le pasó al señor Jarjayes, no reacciona!
Era la voz asustada de David.
