II

Decidió que dejaría que la mujer hiciera como le diera la gana. Si en verdad era una espía, le seguiría el juego. Ten cerca a tus amigos, y más cerca a tus enemigos… No sabía en qué categoría clasificarla, sin embargo no se apuró en averiguarlo. No la buscó, ni solicitó nada de ella. Se mantenía encerrado en su estudio o se ausentaba durante días, inmerso en su búsqueda de los Generales.

A la vuelta de uno de sus viajes la encontró en un jardín cerca del Templo. Un jardín bajo el mar... quién lo diría. Sin duda un misterio, al igual que esa mujer.

Pensó evitarla antes que ella lo viera, pero era demasiado tarde.

–¡Mi Señor, has vuelto! –Dijo ella, con aparente entusiasmo. Se acercó a él llevando un ramo de rosas de distintos colores. –Mira –dijo, mostrándole las rosas. – ¿No son encantadoras? Cualquiera diría que es imposible que crezcan aquí, pero ya ves… Me gusta ponerlas en los aposentos de Su Majestad, para que luzcan agradables cuando él llegue.

–¿Estás loca, mujer? Pasarán años antes que Poseidón aparezca.

Ella lo miró con su particular expresión desvergonzada, mordiendo su labio inferior. –¿Qué ocurre? ¿Prefieres que las ponga en tus habitaciones?

–No he dicho eso.

Ella sonrió frívolamente, separando una rosa roja. –Aquí, mi Señor. –Dijo, presionando la rosa contra el pecho el él. –Esta será para ti, tal vez disfrutes de su compañía. Dicen que la soledad vuelve amargados a los hombres. ¿Es eso acaso lo que le ocurre a los Santos de Atenea?

El Dragón Marino sintió que la ira incendiaba sus entrañas. ¿Qué tanto sabía esta mujer de su pasado? Tan impertinente… intrusa, insolente… Sujetó bruscamente la mano de ella, apartándola y haciendo que cayera al suelo la rosa que ella tenía sujeta contra su cuerpo. Ella se miró la mano, las espinas le habían causado una cortada en el dedo índice. Él vio como la sangre brotaba del dedo de Thetis, roja como la rosa… como los labios de ella. Labios que segundos después recibían al apéndice herido, mientras los ojos de mar y cielo se clavaban en los suyos.

Maldición

Se dio la vuelta y siguió su camino, sin decir palabra. Siguió caminando, aun cuando hubiera querido regresar y hacerla callar, pues la escuchaba reírse a sus espaldas y hablarle aunque él no le atendiera.

–¿Es verdad entonces, lo que dicen? –Preguntó ella entre risas. –Los Santos de Atenea están obligados a permanecer en soledad, sin otro amor más que el de su Diosa… ¿No te da gusto estar al servicio de un Dios más generoso?

Él siguió caminando, sin volver la vista, pues sus ojos hubieran delatado la furia que lo sofocaba.

No le daría el gusto de verlo humillado.