III
Para su alivio, pasaron días sin que ella se atravesara en su camino. Agradecía a los dioses no tener que verla, no tener que reconocer su presencia. Ojalá no existiera, ojalá no invadiera sus pensamientos (aun esporádicamente) de la misma forma en la que invadía su templo submarino. La detestaba. Detestaba tener que detestarla… si tan siquiera pudiera pretender que no existía.
Sin embargo su suerte no podía durar por siempre. Un día, mientras caminaba por uno de los pasillos del templo, ella apareció desde detrás de una columna. ¿Cómo era posible que ocultara su presencia, de modo que ni él podía prever sus engaños?… definitivamente había algo más que natural acerca de ella.
–Mi Señor, me alegra encontrarte –dijo la mujer.
–Claro, porque no me estabas tendiendo una emboscada –respondió él, con tono sardónico.
Ella ignoró el comentario y continuó hablándole con entusiasmo –¿me has extrañado?
–¿A qué te refieres?
–Qué hace semanas que no estoy en el templo, ¿a caso no lo habías notado? –preguntó Thetis, mostrando cierto agravio.
–Claro que no –respondió él. –En todo caso me he sentido muy tranquilo últimamente. Ya que te habías marchado, mejor te hubieras quedado en donde estabas. No veo por qué insistes en regresar. –Diciendo eso, siguió de largo sin volver a verla.
–Thetis apretó fuerte los dientes, pero se requería más que eso para hacerla desistir. –¿Ni siquiera te causa curiosidad saber dónde me encontraba?
El Dragón Marino la ignoró, siguiendo su marcha.
Thetis entrecerró los ojos, clavando su mirada en la espalda del General. –He ido a buscar un obsequio para ti– susurró.
Había algo en su voz que sonaba como el eco de las olas… algo inexplicablemente hipnótico que lo hizo titubear. Se detuvo y apretó los puños, luchando contra sí mismo, tratando inútilmente de evitar dar media vuelta y quedar frente a ella.
–Ya sabía que no podrías soportar la curiosidad– dijo ella con una sonrisa de satisfacción.
En ese instante el Dragón Marino comprendió que el problema no era quién era ella, sino qué era, y se dio cuenta del peligro que corría. No podía creer que no lo hubiera notado antes, seguramente el mantenerlo engañado era parte de su perverso proyecto. Maldijo su suerte, internamente temblando ante el prospecto de que todo su plan se viniera abajo. Debía mantener la calma, no mostrar nada de lo que pasaba por su mente. Necesitaba pensar bien las cosas, pero por el momento debía hacer lo necesario para comprarse algo de tiempo.
Bajó la vista y sonrió, –has encontrado mi punto débil– dijo con un tono casi amable.
Él esperaba que ella encontrara recelo en su respuesta, y con algo de suerte decidiría dejar pasar el asunto y retirarse. Sin embargo la reacción de la mujer logró sorprenderlo nuevamente cuando corrió hacia él, mostrando una dicha casi infantil. Se detuvo frente a él, manteniendo la vista en el suelo. Él notó por primera vez que ella mantenía un brazo oculto tras su espalda.
–Entonces, ¿quieres tu regalo? Preguntó ella, con la picardía de una niña que esconde una golosina.
–Él llevó su mano derecha a la cabeza de ella, deslizándola suavemente hacia la nuca. Luego sujetó fuertemente un mechón de cabello rubio y tiró hacia abajo, obligándola a levantar la cara y verlo a los ojos. –Mujer… –se inclinó un poco hacia ella– mi paciencia cuelga de un hilo muy delgado…
Una vez más, lejos de intimidarse ella sonrió imprudentemente. –Muy bien, mi Señor, será como tú quieras.
La voz enturbió su mente por un momento, su mano dejó ir los cabellos antes de caer de nuevo al lado de su cuerpo. Ella dio un paso atrás, antes de presentarle lo que guardaba en su mano oculta. –Está dentro– dijo, mostrándole un cofre lo suficientemente pequeño para sostenerlo sobre su palma.
–Ábrelo– ordenó el Dragón Marino.
Ella asintió, aun cuando esperaba que cuestionara sus motivos para no querer abrirlo él mismo, no lo hizo. Levantó la tapa de la pequeña caja, dejando ver que dentro había una concha de caracol. El Dragón Marino pensó que el caracol era igual que ella: inquietantemente extraño. No podía decir de qué color era, pues al reflejar la luz parecía refractarla en todo su espectro. Nunca antes vio algo como eso, sin embargo su asombro se quedaría sin ser manifestado.
–¿Eso es todo?– Preguntó con desdén. –Tanto alboroto por un caracol. No puedo creer que te hayas tardado semanas en buscarlo, ¿a caso no estamos rodeados de esos bichos? Se habrá visto semejante atrevimiento, pretender obsequiarme esa basura… ¡Pero qué mujer tan inútil! –se burló, a la vez que sedaba la vuelta y se alejaba de ella. Escuchó un rugido de frustración, y luego sintió como un objeto –presuntamente el cofre– golpeaba su espalda. Se detuvo y esperó hasta estar seguro de que ya no la encontraría, luego se dio la vuelta.
Efectivamente se encontraba solo.
Se inclinó lentamente para levantar la pequeña caja, luego la abrió y la acercó con cautela a su cabeza, de modo que la abertura del caracol quedaba muy cerca de su oído. Tal y como lo supuso, dentro de ese caracol no se encontraban los sonidos de la marea, sino las irresistibles voces de las sirenas. Cerró rápidamente la tapa, sonriendo con satisfacción. Sabía que si lo hubiera llegado a tocar frente a ella, estaría a la merced de esa mujer… o más bien dicho, de esa sirena.
