V

A partir de ese día no se esforzó más por evitarla, de hecho más bien se sentó a descansar cerca del jardín de inverosímiles rosas, como esperando que ella lo encontrara. La sirena no tardó en aparecer, acercándose a él con cierta reserva.

–¿Mi Señor? –preguntó con voz recatada y la mirada hacia el suelo.

–Thetis –respondió él, volviéndose hacia ella. El rostro de la joven se levantó y el Dragón Marino creyó verlo iluminarse cuando escuchó su nombre salir de los labios de él.

-Yo... –continuó la sirena, bajando una vez más la vista- quería disculparme por la imprudencia de mis acciones, el día de ayer. Fue presuntuoso de mi parte imaginar que querrías recibir un obsequio de mi parte.- Luego se dispuso a seguir su camino.

De todo lo que él esperaba que ella dijera, una disculpa estaba en el extremo más remoto de la lista. Según lo veía, hubiera sido más probable que exigiera que él se disculpara. Sonrió en su mente, la sirena era impredecible y eso sólo hacía que el juego fuera más entretenido.

Entendió la disculpa como un ofrecimiento de paz. De la sinceridad con que lo hacía, había mucho por donde dudar.

Pero ya había decidido que en este pasatiempo la sinceridad no sería un elemento a considerar, y no le preocupaba. Sus piezas estaban colocadas para responder sin dificultades a cualquier movimiento de de su encantadora antagonista.

-¿Por qué mentiste respecto a tu identidad? –Dijo sin intentar detenerla, pues sabía que con dirigirle la palabra sería suficiente.

-¡¿Qué dices? –respondió alarmada mientras se volvía hacia él. –En ningún momento te he mentido sobre quien soy…

-Mentir, ocultar la verdad… poca diferencia. Dijiste quién eres, pero no qué eres.

Thetis le dirigió una mirada de aparente alivio. El simple hecho de que de pronto el hombre hubiera decidido hablar con ella, no dejaba de atribularla en cierta medida. Sin embargo…

-Ah… ya veo –dijo ella, -honestamente no creí que te interesara.

Thetis se acercó a él, quedando al borde de invadir su espacio personal. No se atrevía a traspasar la barrera tácita, pero sin duda estaba coqueteando con el peligro. El cosmo del Dragón Marino creaba un aura de hostilidad que amenazaba con electrocutar a quien se acercara demasiado.

Era tan distinto al de ella… tan agresivo, tan… oscuro.

Él era un hombre peligroso, y ella lo sabía.

Ella no era una mujer común, y él lo sabía.

No había temor entre ellos, pero peligro…

Y si él no manejaba las cosas con cuidado, ella podía convertirse en un riesgo para sus planes.

-No me interesa… ba. –trató de enmendar, sin éxito de sonar sincero. -Pero ya que has decidido imponer tu compañía…

Entonces ella decidió excederse en su osadía, acercándose más para sentarse al lado del General de Marina. Él apartó su mirada, dejando clara su inconformidad. Reconocer la imposición era una cosa, pero aceptarla era otra muy diferente. Ella exhaló, derrotada, pero permaneció sentada en silencio.

Un momento después él se levantó y se puso en marcha sin dirigirle la mirada. Luego de alejarse unos pocos pasos, se detuvo.

-Si esperas que tus embrujos surjan efecto sobre mí, será mejor que esperes sentada–dijo sin voltear a verla.

Con estas palabras se alejó del templo submarino, para emprender un nuevo viaje en busca de los futuros soldados de Poseidón.