VI

El Dragón Marino regresó de su viaje, el cual no había sido particularmente fructífero. Sabía que aún contaba con mucho tiempo antes de la llegada de Poseidón, pero pocas cosas le molestaban tanto como perder el tiempo. Entró a su estudio y se dejó caer en una silla de cuero, mientras exhalaba ruidosamente. Por algunos minutos repasó en su mente todas las razones que tenía para estar molesto, y no tardó mucho antes que su mente se detuviera en la sirena.

En perfecta sincronía con sus pensamientos, notó que había algo distinto en la habitación. Sin duda era obra de ella. Buscó con la vista la fuente del cambio, y darse cuenta de qué era lo hizo rabiar un poco más: Sobre una mesa, cerca de una de las pocas ventanas, que en algo cortaban la penumbra de la habitación, había un jarrón lleno de rosas blancas. La luz que caía sobre ellas las hacía brillar, y la habitación se iluminaba.

Las observó por un momento, buscando la traición que se escondería entre ellas. Pero no encontró más que perfección floral: cada pétalo satinado irradiando frescura, cada rosa emanando un sutil perfume, cada tallo exento del más mínimo aguijón.

¿Qué significaba esto? ¿Es que acaso ella trataba de envenenarlo? ¿Qué truco perverso se traía entre manos? De por sí estaba teniendo un mal día, y ahora esto… Sin duda esa mujer estaba decidida a terminar con la poca cordura que le quedaba. Con un solo movimiento agarró un ramillete de las rosas, haciendo que el resto de ellas cayera al suelo, junto con el jarrón. Recorrió el templo con la furia de una fiera acorralada, sus pasos resonaban por los pasillos desiertos mientras buscaba a su ofensora, llamándola por su nombre.

¡Thetis! ¡THETIS!

Como de la nada, la aludida apareció desde detrás de una columna. –Mi Señor, has vuelto.

El General de Marina se detuvo a dos pasos de la mujer, tirando contra ella las rosas que llevaba en la mano. –¿¡Qué demonios significa esto! –vociferó, esta vez no intentaba aparentar calma alguna.

Ella siguió con la vista las rosas que caían suavemente, como plumas blancas. Se agachó para recoger una de ellas, la cual observó inexpresivamente. Luego levanto la vista hacia él, su mirada inescrutable alimentaba la furia del hombre.

–Es una oferta de paz –dijo ella, haciéndolo sonar como si él no pudiera entender lo más evidente.

Él entrecerró los ojos y su boca se torció en una sonrisa sarcástica –sí, claro. Como si estuviéramos en guerra. Sólo alguien que estuviera a mi nivel sería digno de hacerme la guerra –dijo entre risas.

Pasó junto a ella y siguió de largo, caminando encima de las rosas que estaban en el suelo. La sirena contempló sus preciosas rosas, pisoteadas.

–Tienes razón –dijo ella. –Ya que tú eres el que mantiene la guerra en mi contra, eres el único que está en posición de hacer una oferta de paz.

–Hm, si valiera la pena ocupar mi tiempo en semejante idiotez. Te das demasiada importancia –respondió él, sin dejar de caminar.

-Si es así -dijo la sirena, alzando un poco la voz -¿por qué me tienes miedo?

El Dragón Marino se detuvo, se volvió hacia ella y en una fracción de segundo estaba de vuelta frente a la mujer. Sujetó violentamente la cara de Thetis, igual que la primera vez que la vio, pero esta vez con más rudeza. Sus ojos dos profundos pozos de ira.

-Cómo te atreves…

Y una vez más ella no le mostró miedo, pero tampoco había altanería en su mirada. Era más bien algo como nostalgia, casi tristeza. Levanto la mano que aún tenía la rosa hacia la cara del hombre, haciendo que los suaves pétalos rozaran su mandíbula. Luego la deslizó por su cuello y se detuvo en el pecho de él, justo sobre su corazón.

-Tú crees que tengo intenciones de controlar tu voluntad, pero estás equivocado. –Dijo ella, como mejor pudo en las circunstancias que se encontraba.

Él se mantuvo inmóvil, su vista fija sobre la mujer. –Eres una maldita sirena –dijo entre dientes– ¿acaso no son ustedes quienes hacen del engaño un arte? ¿Por qué habría de creer una sola palabra tuya?

Ella cerró los ojos y sonrió tristemente. –Tienes razón, no sería sabio de tu parte.

Él la dejó ir, pero antes que su mano se alejara de la cara de ella, una mano de la sirena se puso sobre la de él. Ella inclinó su rostro sobre la mano del hombre, sus ojos aún estaban cerrados.

–Sin embargo, las sirenas no rompemos nuestras promesas –dijo mientras abría los ojos y miraba directo a los de él. –Y yo te prometo no usar ningún arte de sirena, embrujo o ardid en tu contra. Esa es mi oferta de paz.

El Dragón Marino buscó con empeño la mentira en los ojos de la mujer, pero no encontró nada. Pero él no confiaba en nadie, y menos en alguien como ella.

–No te creo –dijo él, mientras recuperaba su mano.

–Lo sé, pero si me das la oportunidad podré demostrártelo.

– ¿Y cómo lo harías? – le respondió él, esta vez casi divertido.

–Déjame asistirte en tu trabajo. Déjame tomar parte en la preparación de la llegada del Emperador Poseidón. Déjame serte útil.

El General de Marina se detuvo a pensar por un momento. Si accedía, le estaría dando lugar a inmiscuirse en sus asuntos y quién sabe qué más. Si se negaba o no le respondía, podría verse como si en verdad le temiera… Estaría mostrando debilidad. Pero, al fin de cuentas, ¿por qué le importaba lo que ella pensara?

Maldición…

–No necesito ayuda –dijo al fin, dándole la espalda. Luego comenzó a alejarse, de vuelta a sus ocupaciones. –Sin embargo, –agregó antes de perderse de la vista de la sirena– si llegara a precisar algo, te lo haré saber.

Ella se quedó viendo hacia la dirección a donde él se marchó, quedando atónita ante sus palabras. Exhaló lentamente mientras se dejaba caer al suelo, frente a sus rosas maltratadas. Comenzó a recogerlas, evaluando cuáles eran salvables. Sus ojos se llenaron de agua, y pronto las rosas sobre su regazo estaban bañadas en sus lágrimas. Qué triste destino, el de una criatura del mar… Si tan sólo el Emperador Poseidón no la hubiera dotado de conciencia junto con el cuerpo de mujer… así no se vería obligada a sufrir tantas humillaciones.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, y se levantó. Poseidón la había favorecido entre todos los habitantes de los océanos, no se dejaría quebrar por la crueldad de un hombre del mundo continental.