VII
El Dragón del Mar era de esos hombres que saben lo que hacen.
Cuando traicionó a Atenea y al Santuario, lo hizo sabiendo que sus acciones bien podrían causar su muerte. Cuando se puso al servicio de Poseidón (aunque fue buscando satisfacer sus propias ambiciones), sabía que era cuestión de tiempo antes de verse en el campo de batalla.
Él era de esos hombres que saben el por qué, el cómo y las consecuencias de todas sus acciones.
O eso creyó hasta aquel día, en el que una vez más volvía al Templo Submarino. Su viaje tuvo éxitos, pero eso no ocupaba su mente en el momento en que el antiguo edificio se dejó ver ante él. Bajó la vista hacia su mano empuñada, la cual abrió despacio para contemplar la prenda que en era entonces la fuente de su angustia. Se trataba de un zafiro delicadamente tallado en una sola pieza de contorno elíptico, y cuya única perforación servía para pasar una correa hecha de tiras de cuero muy delgadas y trenzadas. Levantó la mano más arriba de su cabeza, al frente, y dejó caer la piedra sin soltar la correa que la sostenía, de modo que el zafiro colgaba a la altura de su cara. Toda la intensidad de su mirada se clavó en el objeto, tratando de dilucidar las razones por las que no se había podido resistir a comprarlo.
No era del todo transparente ni translúcido, era como si hubiera sido hecho de un cielo levemente nublado, o tal vez de las olas del mar enturbiadas por un poco de espuma blanca. Extraño, pero no particularmente refinado. Parecía que el artesano había puesto un gran empeño en la pieza, tal vez para compensar su falta de experiencia. No era una pieza exquisita ni extravagante. Era simple… era ambiguo… era…
Como el mar y el cielo, como los ojos de una sirena.
Apretó la piedra dentro de su puño, estremeciéndose de rabia. Ella había prometido no usar brujerías en su contra, pero entonces ¿por qué no podía sacarla de su mente? ¿Por qué se descubría a sí mismo comprando baratijas que le hacían pensar en el más peligroso de los rasgos de la mujer?
En esos ojos que tan hábilmente ocultaban la mentira.
Entonces, por primera vez desde su llegada al templo submarino, sintió que la presencia de la sirena se acercaba, como anunciándose ante él. Se preguntó por qué hasta ahora, si era posible que realmente se estuviera absteniendo de usar trucos en su contra, incluyendo que ya no se valiera de artificios para ocultarle su presencia.
Sacudió esos pensamientos de su mente… No podía confiar, no podía darse el lujo de bajar la guardia.
–Thetis –la llamó, sin volverse hacia ella.
–Mi Señor –respondió, desde detrás de él, – ¿qué observas con tanto detenimiento?
El General de Marina se percató de su descuido, se apresuró a ocultar la piedra en uno de sus bolsillos. –Nada que te importe.
–Ya veo –comentó la sirena, aparentemente sin aludirse. Luego lo rodeó y se paró ante él. –¿Has tenido un buen viaje?
–He tenido mejores, pero no puedo quejarme –respondió antes de pensar lo que iba a decir. Se sintió turbado por su desliz, mejor se alejaba antes que terminara hablando mucho más de lo que quería. Se apresuró a sus habitaciones, ya adentro cerró la puerta y se dejó caer en una silla. Exhaló fuerte, frotándose las sienes. Estar tanto tiempo solo le estaba resultando contraproducente.
Tanto tiempo solo… con ella. La voz dentro de su cabeza le corrigió.
Sin embargo, hablarle de su viaje, por corto que hubiera sido el comentario, se sintió tan… ¿natural? Casi aliviado… casi tranquilo… por un breve instante.
En un momento de arrebato tomó la decisión de poner a prueba la hipótesis que sólo un segundo antes había brotado de su mente. Se puso de pie y se encaminó de regreso al lugar donde acababa de hablar con la sirena.
Como lo esperaba, no se había alejado. Ella no ocultó su preocupación al percatarse de la agitación en el semblante del hombre.
–¿Mi Señor, estás bien?
El asintió, sentándose en una escalinata. –Thetis, siéntate a mi lado.
Ella no ocultó la sorpresa, pero no tardó en hacer como él le ordenaba. No le dirigió la mirada hasta que el silencio comenzó a volverse incómodo, entonces le preguntó –¿Dime, a caso ha ocurrido algo terrible? –No se le ocurría otra razón por la que el hombre se comportara de esa forma.
–Nada terrible –respondió él, riendo un poco, con la mirada fija en un horizonte ficticio – sólo por un momento, se me antoja hablar contigo.
