Disclaimer: Este capitulo ni los personajes me pertenesen, los personajes le pertenecen a Laura Gallego Garicia y el capitulo le pertenece a Pandora Lover



Ya no era el idioma lo que le impedía hablar, con el extraño colgante que el famoso y heroico Jack le había prestado podía comunicarse sin problemas. Pero el colgante no había disminuido su respeto ni timidez hacia esas dos personas junto a las que caminaba. Aquellos eran los protagonistas de las míticas historias que le solían contar sus padres. Los héroes de Idhún, los elegidos de la profecía... Aquellas personas por las que Shail y Zaisei habían dado todo, incluso su vida.

Do-Yin se dejó guiar por ellos en silencio, sintiendo la tristeza, el desconcierto y la preocupación de Jack y Victoria como la suya propia. Inconvenientes de ser una medio celeste, inconvenientes que ellos no tenían por qué saber.

- Bienvenida a nuestra casa, Do-Yin – sonrió Victoria cuando abrió la puerta de su casa.

- Y cuando decimos nuestra – añadió Jack -, te incluimos a ti también en ella.

- Gracias.

- Te enseñaré la casa y la habitación donde dormirás – se ofreció Victoria.

Y así, Do-Yin siguió a la última unicornio por la casa, sintiéndose cohibida por la grandeza de las novedades que habían tenido lugar en tan poco tiempo. Victoria la guió por la casa hasta llegar a una pequeña habitación situada al fondo de un largo pasillo, modesta pero acogedora.

- Tómate tu tiempo para instalarte, hablaremos cuando te hayas acomodado – comentó Victoria con una triste sonrisa.

Do-Yin asintió mordiéndose el labio inferior al sentir la añoranza y tristeza de la que, a partir de aquel momento, sería lo más parecido a una madre que tendría. Victoria vaciló en la puerta antes de salir, suspiró y se acercó a Do-Yin para abrazarla y derramar un par de lágrimas silenciosas.

- Tienes la esencia de Zaisei y el físico de Shail... - sollozó contra el hueco de su cuello, aún abrazada a lo único que quedaba de aquellas bellísimas personas que había conocido en Idhún.

Do-Yin se separó de ella con cuidado y la sonrió con tristeza, a lo que Victoria respondió con otra sonrisa.

- Perdóname, Do-Yin. Es que... - suspiró Victoria – Me recuerdas tanto a tus padres... Tienes que contarme qué ocurrió, sé que será duro para ti... pero necesito saberlo.

- No te preocupes, te lo contaré – prometió Do-Yin.

- Tómatelo con calma, si necesitas cualquier cosa, la habitación de mi hijo Erik está aquí al lado, sino, búscame por la casa.

- Gracias – dijo la medio celeste antes de que Victoria abandonara la habitación.

Do-Yin se tumbó en la cama cuan larga era y resopló un par de veces antes de levantarse y ponerse a colocar sus escasas pertenencias por la estancia. Descubrió un espejo dentro del armario y se quedó observándolo, observándose.

Alta y delgada, levemente estilizada, de cabello negro liso algo encrespado gracias a su pequeña travesía en Idhún, hasta el claro del bosque donde convocó al Alma. Ojos violáceos, heredados indiscutiblemente de Zaisei, cuerpo esbelto, cara alargada... Sí, ahora comprendía la felicidad de sus padres cuando nació: ella pasaría por una humana completa. No tenía la piel azul, ni tenía pelo, a diferencia de su madre. Sí, iba a ser fácil hacerse pasar por una humana aquí en la Tierra, que era precisamente por lo que sus padres habían deseado que Do-Yin fuera así.

Y ella misma, en aquellos momentos, suspiró aliviada por su físico, porque gracias a él no tendría problemas para sobrevivir en la Tierra, para integrarse entre los humanos y vivir una vida "completamente normal".

Desempaquetó su escaso equipaje en el dormitorio y se sentó en la cama, hundiendo su rostro entre las manos, permitiendo por un instante que fuera su propio dolor y angustia el que recorriera su cuerpo, no el ajeno. Se restregó el rostro cansada y descubrió en su mano gotitas violáceas de sangre provenientes de la nariz. Aquel podía ser su único problema a la hora de vivir en la Tierra, el día en el que Do-Yin sangrara y derramara gotas de sangre violáceas, la gente sospecharía que no podía ser del todo humana.

Salió del cuarto con la mano cubriéndose la nariz e irrumpió en la habitación de al lado, creyendo que se dirigía al cuarto de baño. Se dio media vuelta y dio un respingo al observar a un humano frente a ella, con una guitarra eléctrica alrededor del cuerpo y un papel y un boli en la otra.

- Hola – saludó Erik sonriente.

Do-Yin permaneció estática observando la hermosura de aquel corriente humano. Jamás se había sentido atraída por ningún ser en Idhún, y no era precisamente porque no se le hubieran declarado, ni hubieran coqueteado con ella. Era simplemente que las sensaciones que Erik le transmitía la tranquilizaban, el aura de Erik la llenaba de buenos sentimientos, la hacía sentir bien y segura, como jamás nadie, en sus diecisiete años humanos de vida, le había hecho sentir.

- Hola – saludó la medio celeste con una sonrisa.

- ¿Te encuentras bien? - inquirió Erik acercándose.

- Sí, ¿por qué?

- Tienes... Algo aquí – murmuró sacándose un clinex y limpiándole dulcemente el rastro de sangre celeste.

- Es-estaba sangrando de la nariz – explicó aturdida por la cercanía y dulzura con la que Erik la trataba.

- Sangras violeta – sonrió curioso.

- Es que vengo de Id...

- Lo sé – la interrumpió sin dejar de sonreír -. Siempre he tenido curiosidad por todo lo relacionado con Idhún, tienes que contarme muchas cosas.

Do-Yin lo observaba con los ojos como platos, Erik no mostraba miedo, ni temor, ni rechazo hacia ella. La medio celeste podía sentir su total admiración, sus ganas de aprender de Idhún, su curiosidad por ella, y se sintió halagada por ello. Halagada y feliz por la perspectiva de pasar mucho tiempo con Erik, contándole todo lo que él quisiera oír.

- Te lo prometo.

- ¿Sabes que sangras del mismo color del que tiene los ojos? - inquirió él clavando sus marrones e intensos ojos en los de Do-Yin – Son preciosos.

Y es que, ¿cómo no iba Erik a sentirse atraído por la hermosura que tenía frente a él? Preciosa como ella sola, agradable y simpática, idhunita y, creía poseer una conexión especial con ella... No fue raro entonces que su rostro se acercara al de ella casi por inercia, que quedaran separados por escasos milímetros, que uno sintiera la respiración del otro, el aliento sobre sus rostros, los latidos de su corazón desbocados.

Do-Yin ya había tenido la oportunidad de sentir el amor en su cuerpo, aunque por factores externos. En aquel momento percibía de forma constante el amor infinito de Victoria por Kirtash y Jack, y allá en Idhún, había percibido el lazo que unía a sus abuelos, y hasta a sus tíos. Por eso no tenía claro si aquel hormigueo que sentía en el estómago era a causa de su propio amor por Erik (un amor algo precipitado, por cierto, ya que hacía dos escasos minutos que lo había conocido), el amor que sentía Erik hacia ella (otra opción bastante precipitada también) o del amor que habitaba en aquella casa.

Fue en el momento en el que Erik rozó sus labios con los suyos e introdujo su lengua en la boca de ella cuando sintió tal estremecimiento que quedó descartada aquella última opción. Increíble cómo sus lenguas se compenetraban hasta tal punto de que ambos sabían qué hacer en cada momento, cuándo finalizar un beso para comenzar con otro, cuándo escapar al ámbito de las caricias y miradas furtivas y cuándo simplemente respirar, uno al lado del otro, como si llevaran juntos años, y no minutos.

Erik aprisionaba tiernamente a Do-Yin contra la puerta mientras ésta acariciaba sus rosadas mejillas cuando Eva tocó la puerta, provocando que la pareja se separara.

- ¿Erik? ¿Estás ahí? - preguntó Eva desde el otro lado de la puerta.

- Sí – carraspeó su hermano mayor -. ¿Qué quieres?

- Mamá dice que vengas a cenar, he tocado la puerta de Do... de la idhunita – añadió al no recordar su nombre -, pero no me abre nadie.

- No pasa nada, ya la aviso yo – improvisó Erik.

- Ok, ahora te veo.

Un incómodo silencio se produjo en el dormitorio, Do-Yin y Erik mantenían una prudente distancia, ambos miraban al suelo visiblemente avergonzados. ¡Y pensar que hacía unos pocos segundos se agarraban el uno al otro como si fueran lo único real en aquel mundo incierto! ¡Y pensar que sus miradas derretían icebergs, que sus caricias llameaban en la piel del otro! Y ahora estaban así, sin saber qué decir, sin saber cómo actuar, sin mirar, sin tocar, sin sentir.

Do-Yin sólo supo que ella también se sentía avergonzada cuando un rubor rojizo oscuro tiñó sus mejillas, porque la vergüenza de Erik también la sentía, porque se confundía con la suya propia haciéndola sentir mareada.

- Se-será mejor que me vaya – murmuró gritando interiormente por salir de allí, sobrepasada por la intensidad de la vergüenza que la atormentaba.

- Do-Yin yo... - murmuró tan bajo que la medio celeste ni la escuchó – Está bien, te veo en la cena.

Y salió de allí, avergonzada como nunca antes, desconcertada hasta tal punto de no comprender qué era realmente lo que había ocurrido en el dormitorio de Erik.