Ni la historia ni los personajes me pertenecen, son de Jaclyn Reding y S. Meyer respectivamente, sólo hago la adaptacion por diversión y sin fines de lucro. Espero la disfruten
Ningún pájaro se eleva demasiado alto
si lo hace con sus propias alas
William Blake
Capítulo 1
Es una verdad universalmente aceptable,
que un gran hombre soltero que posea una gran fortuna,
lo que debe buscar es una esposa.
Jane Austen
Londres 1820.
Lady Bella Swan estaba de pie en el centro del estudio de su tío, una sala tan poco usada que el periódico que había encima de la mesa era de hacía seis meses. Los sirvientes, como estaban mal pagados, ni siquiera se molestaban en sacar el polvo, incluso se habían acostumbrado a utilizar el estudio del señor como almacén, porque estaban seguros que no lo notaría. Sin embargo, para esta ocasión, se habían descorrido las cortinas que normalmente estaban cerradas y encendido un fuego bien vivo en la chimenea que, hasta entonces había servido de hogar a una familia de ratones.
Al fin y al cabo, el marqués de Dwyer vivía para las apariencias. Era su tío, y estaba sentado delante de ella, bastante cómodo en un lugar que no solía frecuentar, le habían cortado el pelo a lo Brutus, es decir, todo peinado hacia delante y rizado en la frente. Las botas estaban recién cepilladas y llevaba un chaleco que ella no había visto nunca hasta ese día. La había hecho llamar hacía un cuarto de hora, pero su atención no estaba centrada en su persona, sino en el hombre que se hallaba sentado a su lado.
El conocido duque de Cullen era un hombre que ya debía tener más de sesenta años, seguro. Tenía el pelo muy fino y lo llevaba recogido en una cola de caballo de color blanco, que contrastaba mucho con el abrigo oscuro. Tenía una mano apoyada suavemente encima del puño dorado del bastón de madera pulida, y en el dedo anular de la otra mano llevaba un anillo adornado con un rubí del tamaño de una nuez pequeña. Llevaba dos relojes de bolsillo de oro colgando de los pantalones de montar y la miraba sonriendo; bueno, estaba sonriendo hacia sus pechos como si, de repente, el vestido de seda oscuro en señal de luto se hubiera vuelto transparente.
-Dime, muchacha, ¿son naturales?
Estaba intentado incomodarla, ella lo sabía, y si le hubiera hecho esa misma pregunta hace seis meses, seguramente ahora estaría frente a una Bella con losojos abiertos y sin saber qué decir. Sin embargo, las circunstancias adversas a veces endurecen la sensibilidad.
Antes de venirse a vivir a la casa de Londres de su tío y tutor, Bella había disfrutado de una vida alegre y tranquila en Ledysthorpe, la residencia familiar en Durham. Allí se había criado desde pequeña bajo los atentos cuidados de su abuela, la marquesa viuda de Dwyer. Todo en la vida de Bella había sido luz y color. Todavía no había visto los grises chapiteles de las iglesias de Londres; nunca había percibido el ruido, el hedor y la mugre que se acumula en la capital de Inglaterra, donde vivían más de un millón de almas británicas. El camino más largo que había recorrido era el que separaba Ledysthorpe y el pueblo, un trayecto breve y con árboles a ambos lados a lo largo del cual todos la saludaban, sonreían y le preguntaban por su salud.
El día que llegó a Londres, un carruaje estuvo a punto de atropellarla pero ella se apartó a tiempo, aunque luego un vendedor de arena para fabricar ladrillos le salpicó toda la falda.
La voz del duque la devolvió a la realidad de la que ella hubiera querido escapar en ese mismo instante.
-¡Nome has oído, muchacha! Te he preguntado si llevas postizos en el pecho.
Bella miró fijamente al duque, firmemente decidida a no dejar que se saliera con la suya y, muy tranquila, con una voz fría como el hielo, dijo:
-¿Quiere que me desabroche el canesú para verlo con sus propios ojos, Excelencia?
Por un momento, el duque se quedó boquiabierto. Sin embargo, la voz del tío de Bella interrumpió para llamarle la atención a su sobrina.
-¡Bella!
Ella se giró hacia el marqués de Dwyer, que estaba sentado en la silla tallada que había al otro lado de la alfombra Axminster. El nudo irlandés de la corbata se le había desviado y tenía la boca tensa debajo del bigote. Sin embargo, en lugar de dirigir su hostilidad hacia el hombre que acababa de insultar a su única sobrina, a quien miraba ofendido era a ella.
Seguro que hasta el tío Phil reconoció la falta de decoro de la entrevista. Pero no hizo nada. No dijo nada. En realidad, estaba sonriendo, el muy desgraciado, sonreía y la miraba igual que la había mirado el estúpido empleado de la tienda de guantes cuando la intentó convencer de que comprara un par de guantes con los dedos rosados que le iban grandes. «Con el tiempo encogerán», le dijo, como si esperara que se lo creyera. Bella frunció el ceño, mirando primero a su tío y luego al duque; «encogido por el tiempo, seguro». De repente, las palabras del empleado le parecieron de lo más adecuadas.
-Le garantizo, Excelencia -dijo su tío, dirigiéndole una sonrisa tan fría que la hizo temblar-, que no hay ningún secreto. Todo lo que ve es lo que el Señor le dio a mi sobrina.
-Eso espero -dijo el duque mientras cambiaba el peso de una nalga a otra en la silla-. Aunque no sería la primera que se habría retocado el canesú con un fajo de relleno para embaucar a un hombre y conseguir que se casara con ella.
Con un resuello, se giró hacia Bella.
-Acércate, muchacha.
Ella le lanzó una última mirada desesperada a su tío, rogándole en silencio que detuviera aquella humillación sin ningún tipo de escrúpulos. Sin embargo, en lugar de decir algo y defenderla como era su obligación como tutor, se limitó a asentir con la cabeza, transmitiéndole con la mirada más de lo que podían expresar las palabras.
Quería conseguir, a costa de lo que fuera, que el duque hiciera una oferta por la mano de Bella y así poderse llenar los bolsillos de guineas.
¿Cómo es que nunca había visto la verdadera cara de su tío? Recordaba que, cuando era pequeña, su abuela sólo tenía que chasquear la lengua y menear la cabeza hacia su hijo menor. «Consentido», lo llamaba. «Sibarita.» Sin embargo, para Bella, desde que empezó a andar, su Tío Phil siempre había sido el hombre más guapo y más distinguido que había conocido; lo más cercano a su hermano mayor: el padre de Bella.
Hasta ahora.
Desde que vivía bajo sututela, ella había seguido viendo a Phil Swan, marqués de Dwyer, con los mismos ojos de adoración de cuando era pequeña. Aunque, en realidad, su tío era todo lo que siempre habían dicho de él. Había sido él y no otro el que la había puesto en la situación en la que se encontraba: de pie frente al duque de Cullen, sintiéndose como una yegua en una muestra de ganado.
-Date la vuelta, muchacha.
Bella levantó la barbilla y utilizó la misma mirada que había visto tantas veces en los ojos de su abuela, sobre todo cuando se había portado mal. Al parecer, funcionó, porque el duque, en un momento de confusión, levantó la ceja. Más confiada ante esa reacción, se dio la vuelta y luego se quedó recta como un palo delante de él.
Desde la corta distancia que los separaba, observó que el duque debía ser incluso mayor de lo que se había imaginado; se percató de que debía de estar más cerca de los setenta que de los sesenta. El duque, un palmo más bajo que Bella, estaba de pie delante de ella, cubierto por el fuerte olor a clavo del perfume. Ella cerró los ojos. «Dios mío, por favor, en nombre de todo lo sagrado que has creado, no dejes que el tío Phil me case con este hombre.»
-Tienes carácter -dijo el duque, con una media sonrisa que reveló algunos dientes picados-. Me gusta.
Bella tragó saliva y rezó para que cada ápice de fortaleza que pudiera tener la mantuviera calmada y no dejara que mostrara su repulsa por la sola idea de compartir cualquier tipo de intimidad marital con ese hombre. Tuvo que mentalizarse para contenerse hasta que el duque se marchara, y entonces le informaría al tío Phil su firme decisión de que no había dinero en el mundo que compensara tener que acostarse con el duque de Cullen.
-Gracias, Excelencia -dijo Bella, haciendo un esfuerzo para que su voz sonara fría e imperturbable.
El duque la cogió por la barbilla y le giró la cara para verla de perfil.
-Los dientes.
-¡Qué les pasa!
-Me gustaría verlos.
Bella frunció el ceño y lo miró de reojo.
- ¿Quiere que relinche, también, Excelencia?
Phil se aclaró la garganta detrás de ella.
-Ya puedes sentarte, Bella.
Su tío la miró enfadado mientras ella se dirigía a su sitio. Bella pensó que ya la regañaría más tarde, o quizá firmaría el contrato de matrimonio allí mismo, delante de ella, entregándola para el resto de su vida a ese horrible hombre.
«Maldito tío Phil», pensó Bella mientras se sentaba muy rígida entre los dos hombres; a su derecha su pasado y a su izquierda, Dios no lo quisiera, su futuro. ¿Por qué su tío había depositado completamente sobre sus espaldas la responsabilidad de volver a llenar las arcas de la familia? Su parte, claro está, había sido vaciarlas con cualquier estúpido pretexto, ya fuera el juego, la bebida o las aventuras amorosas, artes que con el tiempo había perfeccionado, dejando a la familia bajo la amenaza de la cárcel por deudores.
Había tardado seis meses en llegar a la situación crítica en la que se encontraba, el tiempo que hacía que su madre había fallecido y le había dejado al mando de las finanzas de los Dwayer. Mientras Esme estuvo viva, el tío Phil tuvo que vivir con una asignación mensual que siempre gastaba mucho antes de recibir la siguiente, y entonces iba a Durham a pedir más dinero. Bella recordaba las numerosas visitas de su tío, durante las cuales hacía una lista de los gastos durante la cena delante de su madre y se lamentaba de la escasez de recursos con la que debía mantenerse. A veces, Esme cedía y le daba más dinero. Sin embargo, cuando se mantenía firme, Bella recordaba haber visto una luz peligrosa en los ojos de Phil y cómo los músculos de alrededor de la mandíbula se le tensaban para evitar gritar lo que seguro se moría por decir. Tuvo que esperar a que la marquesa viuda de Dwyer no controlara las finanzas de la familia. Y eso no había tardado demasiado.
Después de la muerte de Esme, mientras Bella se había vestido de un luto riguroso y había evitado cualquier diversión excepto la lectura y el dibujo, Phil se había comportado como un animal enjaulado al que han dejado en libertad, despilfarrando el dinero de la herencia antes de saldar las deudas de la familia Dwyer, algo que no tenía ninguna intención de hacer. Pronto se fijó en ella o, mejor dicho, en su herencia, que estaría bajo fideicomiso hasta que se casara o cumpliera los veinticinco años, y a la cual tendría acceso como tutor. Allí, de pie frente al duque, Bella vio claro que los dieciocho meses que la separaban de los veinticinco años eran demasiados para los acreedores del tío Phil. Sin embargo, tenía que haber otra manera de conseguir el dinero que necesitaban. Ella estaba dispuesta a hacer todo lo posible para convencer a su tío en cuanto el duque se hubiera marchado.
Entonces, Phil habló:
-En nuestra familia no hay antecedentes de enfermedad, ni física ni mental, Excelencia. Los padres de mi sobrina, mi hermano y su mujer, murieron trágicamente en alta mar cuando ella todavía era un bebé, y quedó al cuidado de mi madre. La marquesa siempre se encargó de que Bella fuera instruida por los mejores maestros. Todavía no ha sido presentada en sociedad. Se crió en la casa familiar del norte sola, aunque tiene mucho carácter. Y supongo que estará de acuerdo conmigo en que es muy agradable a la vista.
-¿Cuántos años ha dicho que tiene? -preguntó el duque, volviéndola a mirar de arriba abajo-. ¿Veintitrés? Un poco mayor para no haber sido presentada en sociedad.
-Cumpliré los veinticuatro en otoño -añadió Bella, rápidamente.
Phil le lanzó una mirada fulminante antes de dirigirse al duque.
-Mi sobrina no ha querido acudir a fiestas hasta ahora porque prefirió pasar los últimos años de la vida de mi madre cuidando de ella. Ya debe saber que lady Dwyer nos dejó el invierno pasado, a los setenta años de edad.
El rostro inexpresivo del duque pareció que se suavizaba un poco.
-Ya había oído lo de la muerte de lady Dwyer -hizo una pausa, como si lo hiciera en honor a su recuerdo, y luego continuó, con la misma expresión dura de antes-. Sin embargo, sospecho que el retraso en la presentación en sociedad de su sobrina se debe más a su afición a jugarse más de lo que tiene, Dwyer -dijo, clavándole la mirada a Phil-. Sí, he hecho algunas averiguaciones sobre sus negocios. Al parecer, debe casi veinte mil libras.
«¡Veinte mil!»
Phil palideció. El duque lo estaba mirando, a la espera de recibir una negativa. Pero no llegó. Sólo se produjo un largo y revelador silencio.
Bella no podía moverse. ¿Cómo?¿Cómo había acumulado aquella deuda? Ella se imaginaba que serían mil, o quizá dos mil libras, pero ¿¡Veinte mil! Las posibilidades de que pudiera convencer a su tío para que no la casara con el duque se desvanecieron ante esa cifra. Sin embargo, el hecho que el duque conociera la situación suponía una pequeña esperanza. Estaba segura de que ahora ya no querría casarse con ella. Bella se levantó, pensando que se marcharía de inmediato.
-Lady Dwyer... -murmuró el duque, sin dirigirse a nadie en concreto-. Nos conocimos, ya hace muchos años. Era una dama en todos los sentidos de la palabra.
El cariño y el afecto con el que habló estaban fuera de toda duda, e hicieron que Grace volviera a sentarse. Al parecer, el duque no la había descartado del todo. Phil no desperdició la ocasión de usar cualquier afinidad del duque con su madre en su beneficio.
-Bella se llama así en honor a mi madre. Si las mira atentamente, verá que se parecen mucho -dijo, mientras se dirigía al famoso retrato que Gainsborough le había hecho a la duquesa y que estaba colgado encima del fuego-. ¿¡Le he dicho que estaban muy unidas!
Lady Dwyer, la abuela de Bella, había sido la viva imagen de una época en la que la elegancia reinaba, en la que se valoraba a las mujeres y en la que el honor lo era todo. Siempre con esa postura regia, con el pelo perfectamente peinado, rodeada de perros frente a la orilla en Ledysthorpe. Incluso en la situación que se encontraba, Bella no pudo evitar dibujar una sonrisa mientras miraba el retrato de su abuela, recordando los días en que estaban ellas dos, antes del tío Phil, antes de Londres, antes de que el duque de Cullen viniera a estudiarla como posible futura esposa.
El duque se giró y la observó; Bella sabía que la estaba comparando con su abuela, y luego se giró hacia su tío. Después de un instante de contemplación silenciosa, se levantó apoyándose en el bastón.
-Estudiaré la posibilidad de un matrimonio, Dwyer -dijo, y luego se dirigió hacia la puerta-. Mi secretario se pondrá en contacto con usted si es necesario.
Mientras observaba cómo el duque se alejaba, Bella repasó mentalmente las piezas de plata de los Dwyer para calcular cuánto le darían por ellas.
