Capítulo 2
Edward Cullen, marqués de Masen, descendió por la escalera de la brillante carroza amarilla antes incluso de que el cochero acudiera a abrirle la puerta.
El cochero se llamaba Tyler, y tenía la peculiar costumbre de repetir las últimas palabras que le decían y una nariz que parecía un pico aguileño.
-Está bien, Tyler-dijo el marqués, con un movimiento de cabeza hacia el cochero mientras se dirigía hacia la puerta de la mansión georgiana protegida del sol por unos enormes álamos.
-Está bien-repitió Tyler, inclinándose hacia la espalda de su señor-Está bien, señor.
Tyler había empezado a trabajar para lord Masen hacía cinco años cuando su primo Mike dejó el puesto vacante porque se fue a América. Mike había recomendado a su primo Tyler para sustituirle antes de marcharse, un día que el cochero no olvidaría aunque viviera cien años.
El primer día que llevó a lord Masen por las calles de Londres estaba muy nervioso porque quería demostrarle sus habilidades con la conducción de caballos; además, se quedó muy sorprendido por el trato afable y sereno de su señor. En su empeño por impresionar al marqués, había estado a punto de atropellar a una bella matrona que estaba cruzando la calle. Al final consiguió hacer que los caballos giraran antes de arrollarla, pero no pudo evitar hacer que la mujer cayera de espaldas sobre la hierba. Alicaído, pensó que había echado al traste sus posibilidades de conseguir el puesto, pero lord Masen ni se inmutó; sólo se limitó a levantarseel sombrero de copa frente a la ofendida damamientras le felicitaba por haber encontrado un lugar tan blando para que la señora cayera.
Desde aquel instante, Tyler opinaba que el marqués era el hombre más agradable ygeneroso que jamás había conocido; un hombre capaz de superar cualquier obstáculo que surgiera en el camino. Un caballero, un héroe, un verdadero Dios.
Sin embargo, poco después de que le ofrecieran el puesto de cochero, lo que conllevaba pasar todo el día con lord Masen, descubrió que el marqués tenía dos caras muy distintas.
Para casi todos, Edward, lord Masen, era el caballero guapo, cortés, y seguro de sí mismo; un hombre que tenía el mundo a suspies. Tenía todo lo que deseaba. Ni siquiera las nubes se atrevían a aparecer cuando el estaba presente.
Pero Tyler se dio cuenta de que lord Masen únicamente mostraba su otra cara cuando estaba fuera del escrutinio del ojo público, la cara que nadie veía, la de alguien que parece que carga el peso del mundo sobre sus espaldas.
Y ésa era la cara que, últimamente, lord Maen solía llevar la mayor parte del tiempo.
Para el resto del mundo, el marqués era el heredero del hombre más rico del país, su abuelo, el gran duque de Cullen. Fuera donde fuera, la gente lo conocía. Se les veía en los ojos que se morían de ganas de conocer al marqués de Masen o que lo alababan descaradamente para conocer su opinión sobre algún tema, incluso había quien hacía que sus hijas solteras le salieran al paso, y eso sucedía muy a menudo. Cuando entraba en una habitación, todos se callaban. Cuando lo veían, todas las carrozas se paraban. No podía disfrutar del placer de un paseo en solitario por el parque porque, inevitablemente, alguna dama ponía en marcha algún plan para llamar su atención. La última que lo intentó hizoque su perro de compañía le llevara su zapato al marques para que éste tuviera que acercarse a devolvérselo, como Cenicienta y el zapato de cristal.
Durante el último año, las muchachas casaderas y sus madres se habían mostrado mucho más atrevidas, como si hubieran decidido que la soltería del marqués yahabía durado demasiado. Un día, Tylerhabía escuchado que una de ellas decía: "Ya casi tiene treinta años, de largo la edad en que debería estar ofreciéndole un heredero al viejo duque".
Lord Masen era lo que muchas damas llamarían "un hombre guapo". De rasgos fuertes y con el pelo cobrizo, corto y sin ningún artificio. Iba siempre perfectamente afeitado y parecía que la ropa le quedaba bien sin que tuviera que hacer ningún esfuerzo. Con todo esto, unido a hecho de que iba a heredar una fortuna, no era de extrañar que el pobre hombre no tuviera ni un momento de tranquilidad.
-¿Quiere que lo espere aquí en la puerta con la carroza, milord?-preguntó Tyler, inclinando la cabeza mientras el marqués llamaba a la puerta.
Edward asintió y se arregló las mangas del abrigo.
-Espero que ésta sea una visita parecida a las demás que siempre le he hecho a mi abuelo, Tyler. Cuanto antes termine, mejor.
-Cuanto antes, mejor. Muy bien, milord -dijo Tyler, y se movió sin ninguna prisa.
De todos los lugares a los que había llevado al marqués, Tyler observó que donde pasaba menos tiempo era en CullenHouse, que estaba en Grosvenor Square. Por fuera parecía un lugar bastante refinado, con ladrillos rojos erosionados, y relucientes ventanales detrás de una verja de hierro rematada por unas puntas de lanza que, en los días soleados como hoy, brillaban como el sol. Desde fuera, Tyler sólo podía intuir toda la belleza de los salones. Nunca había entrado y desde los establos de la parte trasera no se veía nada, aunque le habían dicho que el interior de mansión era igual de impresionante. Sin embargo, el joven marqués parecíano hacer caso de todo eso. Sólo venía aquí cuando su abuelo lo llamaba y salía lo antes posible, casi siempre de mucho peor humor que cuando había entrado. La relación entre el duque y el marqués no era buena. Nada buena.
-Lleva la carroza hasta esa esquina y espérame a la sombra de aquel roble, Tyler. Creo que cuando salga necesitaré hacer una visita al club.
-Al club. Sí, milord.
Edward observó desde la puerta cómo Tyler se alejaba, se subía a la carroza y chasqueaba la lengua para que los caballos se pusieran en marcha. Sintió un repentino deseo de volver sobre sus pasos y pasar por ato la cita con su abuelo, aunque era consciente de que no le serviría de nada. Al final tendría que volver a ese mismo lugar, frente a esa misma puerta, para ese mismo propósito. Estaba claro que esa visita era inevitable.
Se giró cuando oyó el ruido del pestillo. Se abrió la puerta y le hizo un gesto con la cabeza a mayordomo, Sam, un hombre que trabajaba en Westover House desde que él tenía uso de razón.
-Buenos días, lord Masen -dijo Sam, inclinándose frente al marqués, e inmediatamente se encargó de coger los guantes, el sombrero y el abrigo de Edward, limpiando unas hilas que habían caído sobre la delicada lana.
Edward farfulló una respuesta y se fue directamente hacia el estudio, que era el escenario habitual de esas reuniones. ¿Qué sería hoy? ¿Un sermón sobre sus responsabilidades en las propiedades del norte? ¿Una justificación de los gastos para el nuevo guardarropa de Ángela? Sin duda, el viejo habría olvidado que su nieta, la hermana de Edward, tenía que celebrar su tan esperada presentación en sociedad. O quizás el duque pretendía retrasarla otra vez y así arruinar todas las posibilidades que Ang tenía para conseguir un futuro seguro y feliz. Aunque, si ésa era su intención, Edward estaba preparado para enfrentarse a él.
Entonces, la voz del mayordomo lo hizo volver a la realidad.
-Le ruego que me disculpe, milord. Su Excelencia no está en el estudio esta mañana. Desea que le informe que lo está esperando en el jardín.
«¿El jardín?» Edward se preguntó si su abuelo sabía que en su casa había uno, porque comía, dormía e incluso se relajaba entre esas cuatro paredes forradas de paneles de nogal que enmarcaban el estudio ducal, un lugar igual de lúgubre que la persona que normalmente lo habitaba. De pequeño, solía asomarse por la noche para comprobar si, como le había dicho su padre, los bustos de varios personajes históricos cobraban vida.
-¿Eljardín? -preguntó Edward, que no se dio cuenta de la réplica propia de Tyler que acaba de dar.
Sam asintió, sin dar más explicaciones y Edward dio media vuelta y se dirigió hacia la parte posterior de la casa.Mientras avanzaba por los salones llenos de muebles y ornamentos que estaban allí más para impresionar que para hacer bonito, intentó olvidarse del presentimiento que había tenido de buena mañana. Por mucho que lo intentara, le era imposible dejar de pensar que estaba a punto de suceder algo terrible. Lo supo en el mismo momento que vio, en la bandeja del desayuno, la nota de su abuelo donde lo citaba de manera urgente. Aunque no era la primera, ni la segunda, ni la vigésima nota de ese tipo que recibía, algo le decía que esta vez sería distinto.
Edward sabía que, cualquiera que hubiera sido el motivo que había llevado a su abuelo a citarlo hoy, no podía ser por nada bueno. En sus veintinueve años de vida, jamás había sido por nada bueno. Al parecer, el duque invertía las primeras horas del día en idear nuevas e inventivas formas de fastidiar a su heredero, como si considerara una obligación mantener la tradicional enemistad que previamente había existido entre el rey y su sucesor, el rey actual, hasta que el rey murió a principios de ese año. Esta actitud no debería sorprender a nadie pues, al fin y al cabo, el duque había modelado su vida a imagen y semejanza de la del rey Jorge en muchos aspectos, entre los que se encontraba la locura transitoria.
Sin embargo, cuanto más se acercaba al jardín, más intensa era la sensación de que algo horrible iba a suceder. Odiaba sentirse así, que su abuelo tuviera esos efectos en él. Cuando llegó a la puerta de doble hoja que conducía al jardín, ya se había hecho a la idea de que la razón de la visita sería la presentación en sociedad de Ángela. Seguro que el duque la volvería a retrasar.
Lo encontró sentado en una silla de mimbre debajo de las ramas de un gran sauce. La cortina de hojas casi no le dejaba ver nada. Llevaba el pelo suelto, y los mechones blancos le caían encima de los hombros. Iba vestido con una camisa y unos bombachos, y encima llevaba una bata bordada; en los pies calzaba unas zapatillas de terciopelo rojas.
Todavía no había advertido la llegada de su nieto.
Edward se quedó un instante de pie en la puerta. No había pisado ese jardín desde hacía muchos años, desde la muerte de su padre, que le arrebató la inocencia y la libertad de la infancia y la sustituyó por la penitencia de ser el heredero del duque. A partir de ese momento, Edward tuvo que dejar los imaginativos juegos de piratas y aventureros con los que se había entretenido, incluso su interés por las guerras que tenían lugar en alta mar, porque eran actividades que un futuro duque no necesitaba. Después de todo, como heredero de la fortuna de los Cullen, jamás le darían el puesto de oficial con el que había soñado desde pequeño. Su abuelo ya se había encargado de eso y le había llenado los días con clases de latín y de filosofía.
Cuando avanzó un poco, vio que al lado de su abuelo había una mesa con un vaso de limonada y un libro, ¿una novela, quizás? Al parecer, la atención del duque estaba centrada en un pájaro que había un poco más allá. Edward se preguntó si estaba alucinando. ¿Una novela? ¿Observar a los pájaros? ¿Su abuelo, el distinguido duque de Cullen? Se puso un poco más nervioso. Ya no cabía ninguna duda: algo iba mal.
Edward se detuvo a unos pasos de la silla del duque, se quedó recto e inclinó la cabeza en señal de respeto como le habían enseñado de pequeño.
-Buenos días, Excelencia.
Carlisle, el cuarto duque de Cullen, se giró para mirar a la cara a su nieto y único heredero.
-Edward -dijo, en su habitual tono apático. Después de un momento, como él no dijo nada, el duque añadió-: Ya veo que has recibido mi mensaje.
Edward no dijo nada, lo que obligó al duque a añadir:
-Gracias por tomarte la molestia de venir.
El joven abandonó su silencio y se mostró a la defensiva.
-¿No he venido siempre que me lo ha pedido, señor? No sabía que tuviera elección.
Observó cómo la expresión de su abuelo se endurecía, como sucedía siempre que estaban juntos, y se preguntó cómo habían llegado a convertirse en adversarios. Su relación había sido así durante tanto tiempo que no recordaba que alguna vez hubiera sido distinta.
-Seré breve e iré directo al grano. Edward te he hecho venir para comunicarte que ha llegado la hora de que cumplas tu parte de nuestro acuerdo; la primera parte, claro. Lo he arreglado todo para que te cases.
Eran unas palabras que Edward sabía que algún día oiría de boca del duque y, aún así, no pudo evitar quedarse sin aliento cuando las escuchó. Durante diecinueve años había sido consciente de que ese día llegaría. Lo había esperado a los veinte años, incluso a los veinticinco. Sin embargo, como el tiempo había pasado y nadie había hablado de eso, empezó a pensar que el viejo duque se había olvidado del trato que había hecho con su nieto hacía mucho tiempo. Debería habérselo imaginado; el duque simplemente había estado esperando el momento oportuno, había esperado hasta que estuviera muy ocupado preparando la presentación en sociedad de Ángela para soltarle la noticia que tanto tiempo había esperado para darle.
Durante unos instantes, se quedó inmóvil con la mezcla de rabia e impotencia en el cuerpo que sentía siempre que estaba delante de ese hombre. No permitiría que su abuelo detectase ni el más mínimo ápice de disgusto. No le daría esa satisfacción.
-¿Casarme? ¿De verdad? -dijo, intentando esconder sus verdaderos sentimientos detrás de una máscara de despreocupación, algo que había perfeccionado durante los últimos veinte años.
Sí. Es de buena familia, hija de un noble, tiene buen carácter, impoluta. No habría aceptado menos para ti.
Edward tensó la mandíbula ante el comentario de su abuelo, que implicaba que le tenía que estar agradecido. Jamás se había considerado la opción de que él decidiera con quién quería casarse. Lo supo desde que nació, aunque todo fue mucho más evidente después de la muerte de su padre. Como no podía hacer nada para cambiar esa parte de su vida, el papel para el que había nacido, al menos se aseguraría de que el duque cumpliera su parte del trato.
-¿Y la presentación en sociedad de Ángela?
-¿Qué le pasa?
-Si cree que puede retrasarla...
-Se hará esta temporada, como acordamos. Tu hermana tendrá la oportunidad de casarse con quien elija bajo la protección del apellido Cullen, sin que la verdad salga nunca a la luz -añadió-: Eso sí, siempre que estés de acuerdo con la elección que he hecho para ti.
«Desgraciado», pensó Edward, lleno de odio hacia el duque por hablarle como si pudiera elegir, como si pudiera rechazar a la mujer que él había escogido. Quizá podría, si no hubiera decidido hace tiempo sacrificar su futuro por la felicidad de su hermana. Para proteger a Ángela, Edward habría sido capaz de hacer un pacto con el mismísimo diablo; en realidad, ya lo había hecho.
Respiró tranquilo. Mientras observaba los árboles en flor agitados por la brisa de la mañana, recordó cuando Ángela era pequeña y le traía flores y lo seguía a todas partes. «Por ti, Ángela, lo hago por ti aunque nunca llegues a saberlo.» La rabia empezó a desaparecer cuando pensó en su hermana, como siempre. Sin embargo, después recordó la conversación que estaba manteniendo con su abuelo.
-Supongo que se hará algún tipo de anuncio público.
-¡No! No se hará ningún anuncio hasta después de la boda. Quiero evitar cualquier tipo de problema.
El rostro del duque mostró, de repente, signos de preocupación, y Edward se preguntó si ya había recibido algún tipo de amenaza. «Dios mío, Ángela...»
El duque continuó:
-He arreglado una licencia especial y ya he acordado las condiciones del matrimonio con la familia de tu futura esposa. Solo tienes que firmar los contratos antes de la boda, el día veintinueve.
«El veintinueve de abril. Menos de quince días, -pensó Edward-, y en una fecha tan señalada».
El aniversario de la muerte de su padre.
Su abuelo lo debía tener todo planeado, debía haber supervisado cada detalle, tomado todas las precauciones. Seguro que hasta le había escogido la ropa que llevaría. El duque había esperado ese día los últimos veinte años, como colofón de la dominación que había ejercido sobre la vida de su nieto, por lo amargado que estaba desde la muerte de su único hijo, el padre de Edward. Incluso ahora, podía oír las palabras que el duque le dijo aquella fatídica mañana hace muchos años.
«Ahora tu vida me pertenece.»
Edward se quedó de pie, listo para marcharse antes de revelarle a suabuelo cuánta razón había en aquella profecía.-Supongo que me enviará algún tipo de misiva indicándome el lugar y la hora.
El duque asintió.
-Entonces, señor, me voy. Que uno de sus sirvientes me lleve todos los papeles a Masen House y los firmaré. Que pase un buen día.
Sin esperar la respuesta, se giró hacia la puerta. Sinceramente, si no se hubiera ido entonces, posiblemente hubiera clavado un puñetazo en una de esas puertas francesas.
-Edward.
Se detuvo en el umbral y esperó un instante antes de girarse para mirar el perfil de su abuelo. El duque estaba mirando hacia el jardín.
-¿Ni siquiera quieres saber cómo se llama la que se convertirá en tu esposa?
Edward no dudó ni un segundo en su respuesta.
-¿Qué importa eso, señor, cuando lleva años asegurándomeque una esposa es tan buena como otra cualquiera?
Y con eso se fue, de mucho peor humor que cuando había llegado.
