Ni la historia ni los personajes me pertenecen, son de Jaclyn Reding y S. Meyer respectivamente
Capítulo 5
Bella inspiró ydespués contuvo el aliento mientras subió la mirada y vio unas largas piernas, una esbelta cintura y un torso ancho y... ¡Desnudo! No podía ser real. Ese hombre no podía ser de verdad. Parpadeó, pero él no desapareció. Dios Santo, era de verdad.
-Esto es lo que yo llamo una primera impresión.
Tenía una voz profunda y fuerte, y los ojos más maravillosos que había visto en su vida. Eran de color verde esmeralda y el modo tan puro en que la miraban hizo que sintiera como si fuera ella la que estaba desnuda, y no él. Nunca había visto a un hombre desnudo o semidesnudo y se horrorizó al darse cuenta de que estaba mirando fijamente los músculos del estómago mientras él cogía la camisa y se la ponía.
-¡Dios mío! -exclamó, ya que era lo único que se le ocurrió.
El próximo error fue preguntarse cómo podía empeorar más la situación. Pronto descubrió la respuesta.
-Supongo que, dadas las circunstancias, debería presentarme -dijo, mientras se abrochaba los botones de la pechera-. Soy lord Masen, el anfitrión del baile de esta noche. Y esto... -añadió con una sonrisa en la boca que era cualquier cosa menos agradable-, es mi vestidor. Aunque claro, usted ya lo sabía, ¿noes cierto?
Dios mío, de todos los vestidores de esa casa tan enorme, ¿cómo había podido ir a parar a ese en concreto? Con cualquier otra persona, podría haberse disculpado inmediatamente y marcharse, porque sabía que posiblemente no volvería a verla nunca más. Pero el hombre que tenía delante era con el que se suponía que tenía que casarse, el hombre que no sabía que la mujer que acababa de irrumpir en su vestidor era su futura esposa. ¿Podía albergar alguna esperanza de que el marqués se olvidara de aquel incidente en los próximos quince días?
El marqués se giro y se dobló el cuello de la camisa, con una facilidad que habría dejado boquiabierto al tío Phil, sin quitarle un ojo de encima, como si fuera perfectamente razonable que una mujer hubiera aparecido en el vestidor a través de un panel de la pared. Bella, en cambio, se sentía terriblemente humillada. No fue hasta que lord Masen se arrodilló delante de ella, con un brazo apoyado en el muslo mientras le ofrecía la otra mano, que no se dio cuenta de que seguía tendida en el suelo del vestidor.
-A menos que sienta un repentino cariño por mi alfombra, ¿puedo sugerirle que se ponga de pie?
Con las mejillas ardiendo, Bella coloco su mano en la de él y se levantó lo más deprisa que pudo. Abrió la boca para decir algo pero no pudo articular palabra. No estaba segura de si sería adecuado, en tal situación, darle las gracias a un hombre semidesnudo por ayudar a una dama a levantarse. Así que se quedó de pie, con el recogido del pelo torcido, y muda como un candelabro mientras lord Masen acababa de vestirse. De pronto recordó las palabras de Ángela, cuando le había relatado el descaro con el que las otras damas perseguían a su hermano. Ella había forzado una puerta y había ido a parar al vestidor de él, donde precisamente en ese instante se estaba vistiendo. De algún modo, no podía pensar en una manera menos digna para «lanzarse» sobre un hombre.
Aunque había algo que estaba claro: al verlo, Bella entendió por qué las damas se peleaban por estar cerca de él. Edward Cullen, marqués de Masen, era, en pocas palabras, el hombre más guapo que Bella había visto en su vida. Tenía el cabello de color cobrizo, rebelde, y le caía encima del cuello de la camisa. El rostro tenía las mismas facciones que los escultores solían modelar: limpias, fuertes y poderosas. Era alto y delgado, y su porte, indiscutiblemente noble. No había ninguna necesidad de saber que era el heredero del hombre más rico de Inglaterra. Todo en él lo delataba.
-Yo... ah... -balbuceó Bella, incapaz de repente de articular palabra. ¿Cómo iba a explicar su inesperada aparición allí?-. Estaba buscando a mi tío...
Él arqueó una ceja.
-¿Tu tío, no? Bueno, es una excusa tan buena como cualquiera. Me ocurre constantemente, aunque debo reconocer que usted es más imaginativa que las demás. Es la primera vez que alguien entra por ese panel así, de repente.
Bella observó cómo se ponía el abrigo, uno negro muy elegante, y se tomaba su tiempo para arreglarse los puños. «Está enfadado. Cree que he entrado aquí para tratar de casarme con él, como cualquiera de las "candidatas desesperadas" Si supiera la verdad», pensó Bella. Aunque era algo tan ridículo que posiblemente se echaría a reír.
La estaba mirando, obviamente esperando que se presentara, algo que Bella no tenía ninguna intención de hacer. Es más, lo que ella quería era salir de allí lo antes posible.
Se giró hacia la puerta.
-De verdad, estaba buscando a mi tío y me he perdido... –La sola idea de bailar con él ahora ya no tenía sentido-. Siento la intromisión. No debería haber entrado aquí.
Cuando empezó a caminar para irse, el marqués se interpuso en su camino, impidiéndole salir. Entonces ella lo miró a los ojos, y el corazón le dio un vuelco. El color verde esmeralda ahora era color ahumado y peligroso.
-Supongo que, después de tantos esfuerzos por llegar aquí, no querrá irse tan deprisa.
La sonrisa también había cambiado y en esos instantes se había vuelto mucho más depredadora. Bella notó que se le había hecho un nudo en la garganta y tragó saliva.
-Me temo que no lo entiendo, milord.
-A eso precisamente, señorita como se llame, es a lo que me refiero. ¿Es que su madre no le advirtió de los peligros de entrar en el dormitorio de un hombre?
Bella frunció el ceño ante tanto sarcasmo y sintió que algo en su interior se removía.
-Mi madre murió cuando yo era pequeña.
Por un momento, creyó ver que la rigidez del rostro desaparecía, pero no duró demasiado.
-En ese caso, permítame que la instruya en las normas básicas del decoro -dijo el marqués, dando un paso adelante.
Estaba tan cerca de ella, que tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo porque al menos le sacaba un palmo.
-Existe una razón por la que las damas de buena educación no curiosean en los dormitorios de los hombres. Una muy buena razón- dijo. La cogió por los brazos. Bella, de repente, sintió que le costaba respirar. Se preguntó si todavía tenía los pies tocando el suelo. No se los notaba-. Una dama nunca puede estar segura si el hombre que se encuentra en el dormitorio es un caballero o un canalla que no dejará pasar la oportunidad de abusar de ella.
-Pero usted es un caballero, señor. Su abuelo es el duque de Cullen.
Él apretó las manos y cualquier luz que pudiera haber en sus ojos desapareció.
-Un hecho, milady, que debería haber bastado para detenerla.
Antes de que Bella se diera cuenta de lo que estaba pasando, el marqués inclinó la cabeza, le llenó la boca con la suya y la atrajo hacia él estrechándola contra su cuerpo.
Edward notó que la muchacha se agarrotaba y le echó la cabeza hacia atrás para que el beso fuera más profundo, saboreó con la lengua y recorrió con un dedo la esbelta columna de la garganta de la chica hasta que notó que ella empezaba a temblar. Ya estaba harto de las artimañas y las maquinaciones de las mujeres. Al principio, esas gracias le habían resultado divertidas, pero esa invasión de su intimidad ya había llegado demasiado lejos. Si hubiera llegado cinco minutos antes, lo habría encontrado en la bañera y ahora él estaría envuelto en un lío del que habría tenido muchas dificultades para salir. Con su actitud, pretendía darle a la señorita una lección que tardaría en olvidar. Aunque había un problema: al parecer, ella no lo estaba percibiendo como un castigo. No se resistía. En lugar de eso, se derretía en sus brazos, aceptaba su beso e incluso gemía de placer dentro de su boca.
Maldito castigo.
Edward la volvió a besar, olvidándose de quién era, dónde estaban o cómo había llegado hasta allí. Se dejó llevar por el momento y por ella, la suave piel, la delicada esencia a hierbas de su pelo, la completa inocencia de un acto del que, obviamente, no sabía nada. Una llama de pasión se encendió en su interior, concretamente entre las piernas, algo que no sentía desde hacía mucho tiempo. Incluso mientras la abrazaba con fuerza, se preguntó por qué se sentía así con esa mujer, cuando ninguna otra había conseguido despertar sus instintos más íntimos. Quizás fuera el hecho de que en menos de quince días se casaría con alguien que nunca había visto. No debería estar haciendo eso, lo sabía, pero justo después ella apretó las caderas contra él. Edward casi enloqueció.
Se le pasó por la cabeza tenderla encima de la alfombra y tomar aquello que le ofrecía de una manera tan obvia. Cada centímetro de su cuerpo le pedía explorarla, comprobar la suavidad de la piel de la cintura. En lugar de eso, se separó de ella abruptamente, incluso retrocedió un paso. La miró; Bella tenía los ojos medio cerrados, la respiración entrecortada y esa boca tan endiabladamente deliciosa. Le caía un tirabuzón por la frente, justo encima de la ceja, como un hilo de miel de color ámbar. Lentamente, fue abriendo los ojos y Edward descubrió el color chocolate apasionado. Ella no dijo nada, sencillamente se quedó allí de pie, con los labios brillantes a causa de la humedad del beso y la manera cómo lo miraba sólo podía definirse con una palabra: peligrosa.
¿Era realmente tan inocente como transmitía su beso? ¿Osimplemente se estaba haciendo pasar por la señorita ignorante? Edward llegó a la conclusión de que debía ser una seductora empedernida. ¿Cómose atrevería una joven virgen a entrar en el dormitorio de un hombre?
La miró muy serio. ¿Quiénera esta criatura tan desconcertante? Era preciosa, sí. Tenía la nariz pequeña yrecta, los labios sonrosados, aunque ahora estaban colorados por la presión del beso. La seda del canesú era como una segunda piel encima de los pechos, que no eran demasiado pequeños ni demasiado grandes, sino perfectos. El pelo castaño rizado, y los ojos, grandes y penetrantes, del chocolate más hermoso que había visto. Sin embargo, cualquiera de las otras mujeres que habían intentado atraer su atención hasta entonces no tenían nada que envidiarle. También eran preciosas. ¿Cómo es que ella había conseguido excitarlo tanto y las demás no?
Entonces se dio cuenta de que había algo distinto en ella, algo único que no podía definir. ¿De qué otro modo podía explicar que pasara en un segundo de querer darle una lección a querer poseerla desesperadamente? ¿Cómohabía conseguido esa muchacha derribar el muro de autocontrol que él había perfeccionado durante años?
Se pregunto quién era, aunque luego se dijo que sería mejor que siguieran siendo unos extraños. Cuando fuera un hombre casado no habría ninguna posibilidad de volver a verse. No permitiría el adulterio en su matrimonio. Le exigiría fidelidad a su mujer, y él también la practicaría. No podía ser de otro modo. Así que era mejor sacarla cuanto antes del vestidor.
Edward dio dos zancadas, cruzó la habitación y abrió la puerta. Asomó la cabeza y gritó: "¡Jackson!" Se quedó allí, mirándola con recelo, como si no las tuviera todas consigo de que no se movería de allí. En realidad, de quien desconfiaba un poco era de sí mismo; no creía que fuera capaz de reprimirse una segunda vez si volvía a tenerla cerca.
Como no obtuvo respuestaalguna, salió al pasillo, y cuando estaba a punto de volver a gritar, un sirviente uniformado subió por la escalera; un hombre muy robusto que ya sehabía especializado en situaciones de ese tipo. Sólo el Señor sabía las experiencias que había vivido.
-Acepte mis disculpas por no haber venido antes, milord. Abajo tenía una «situación» que requería mis servicios.
Edward frunció el ceño.
-Pues aquí tengo otra «situación» que también requiere tus servicios.
El sirviente se quedó muy sorprendido.
-¿Otra?
Edward hizo un gesto hacia la puerta del vestidor.
-Por favor, acompaña a la señorita a la fiesta.Y después asegúrate de que todas las puertas de los pasillos del servicio están debidamente cerradas.
-Sí, milord -dijo Jackson, entrando en el vestidor-. Señorita, si quiere hacer el favor de...
Sin embargo, Jackson se giró hacia Edward muy confundido.
-¿Milord?
Edward se giró y fue hasta el vestidor, aunque antes de llegar ya sabía lo que se encontraría.
Se había ido, había desaparecido igual de rápido que había aparecido, dejando a Edward observando el panel abierto por el que había entrado momentos antes, mucho más aturdido de lo que reconocería jamás.
Lord Dwyer se quedó dormido en el carruaje de vuelta a casa mientras Bella miraba por la ventana las húmedas calles de Londres y las luces neblinosas de las farolas. Daba gracias por ese silencio porque así podía repasar mejor los hechos tan increíbles que habían ocurrido esa noche.
Todavía no sabía cómo había conseguido salir de esa casa después de lo que había pasado en el vestidor de lord Masen. Se había escabullido por el panel de la pared cuando él había salido al pasillo y bajado por la escalera trasera. Sin embargo, esta vez había encontrado el camino directo al vestíbulo a la primera, como si sus pies siempre lo hubieran conocido. Allí encontró a su tío y le pidió inmediatamente que la llevara a casa; le dijo que no se encontraba bien, «un asunto femenino». Era la excusa más vieja del mundo, lo sabía, pero fue lo único que se le ocurrió para evitar que su tío la interrogara. En vez de eso, se sonrojó y pidió que les trajeran las capas y que prepararan el carruaje.
Mientras cruzaban el vestíbulo para irse, Bella vio a lady Ángela al otro lado del salón de baile. Al verla no pudo evitar sentirse llena de arrepentimiento. Ángela había sido tan amable con ella, la había animado tanto, y sintió que le debía una explicación. Sin embargo, en ese momento no sabía si habría sido capaz de articular palabra. Todavía tenía el corazón acelerado después del profundo beso que lord Masen le había dado.
Durante toda su vida, había soñado que el primer beso sería tierno, dulce e infinitamente romántico. Sería en la orilla del río, rodeados de flores, o en la terraza de algún baile bajo la luz de la luna que se filtraría por los árboles. El hombre que le daría ese regalo tan inspirador sería generoso y guapo y sentiría verdadera adoración por ella. Sería el hombre de sus sueños.
Lord Masen era guapo, sin duda, pero no tenía nada más en común con su sueño. Cuando la había besado, ella había respondido agitada, mareada, sin respiración y completamente perdida. Su encuentro no había sido para nada como Esme lo había descrito. No había sentido las mariposas en el estómago ni el mágico descubrimiento de estar cara a cara con su futuro marido. Sólo había sentido el fuego, la brusquedad y el encuentro de dos personas, y algo que no acababa de entender, algo que le había hecho estremecerse hasta lo más profundo.
Lo peor era que se había humillado delante del hombre al que tendría que llamar marido. Jamás olvidaría la dureza de su rostro, el odio poco disimulado que se reflejaba en sus ojos mientras hablaba con ella, todo lo contrario a la luz y la suavidad que siempre había soñado. No la adoraba. Ni siquiera le gustaba. Y eso no era un preámbulo demasiado afortunado para el matrimonio.
Bella esperó hasta que llegaron a casa y a que su tío se fuera al estudio a servirse algo para decirle que no podía casarse con lord Masen.
La respuesta de Phil estuvo lejos de la comprensión familiar.
-Por supuesto que te casarás con él-dijo, sirviéndose un coñac-. No me importa si vas al altar gritando como una histérica. Sea como sea, te casarás con lord Masen.
-Tío, por favor, estoy segura de que debe haber otra manera de...
-Es demasiado tarde, Bella. Ya ha asumido la deuda.
Ella lo miró fijamente.
-¿Qué has dicho?
-El duque ha pagado a todos mis acreedores. Formaba parte del contrato de matrimonio. Cullen quería dejarlo todo bien ligado antes de la boda para evitar comentarios. Veinte mil libras es mucho dinero, Bella. Si no aceptas casarte con lord Masen habrá repercusiones. Repercusiones legales. Con el duque de Cullen no se juega. Ha prometido que, si no te casas con su nieto, nos denunciará por incumplimiento de contrato.
-¡Yo no he aceptado su dinero!
-Cierto, pero firmaste el contrato de matrimonio. Parecerá que lo firmaste para saldar mis deudas yluego rompiste el acuerdo. No creo que ningún jurado se crea que cambiaste de opinión sobre tu matrimonio con lord Masen sin ni siquiera verlo.
Pero sí que lo había visto, se dijo Bella. Y muy bien, de hecho. De repente, le vino a la cabeza la imagen de él medio desnudo delante de ella.
-El duque te presentará ante el público como una extorsionista -continuó Phil-. Y ganará el juicio. Y al final, la familia Dwyer se hundirá en la miseria. Se perderán años de honor y respeto, el mismo honor y respeto que mi madre preservó durante toda su vida.
«Y que tú has destruido en una sola vida.»
Bella miró el retrato de Esme y supo que su tío tenía razón, aunque dijera todo eso en beneficio propio. Esme habría cumplido su palabra a costa de lo que fuera, sin importarle las circunstancias; es más, incluso se habría casado con el mismísimo Mefisto si hubiera tenido que hacerlo.
Por lo tanto, como había criado a su nieta para que siguiera esa misma ética, Bella sabía que no tenía otra opción que hacer lo mismo que ella.
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