Gracias Por los reviews, los adoro. Sentí la necesidad de subir este capítulo ya que lo tenía escrito y editado, así que ¿Por qué no subirlo? Y aquí esta espero que les agrade, aunque se le les gustara sin yo pedírselo. Sé que voy súper, extremadamente rápida, subiendo pero…
Hetalia no me pertenece, sino hubiera más Prusia bueno sigamos.
¿Alguien me pregunto de qué país era yo? ¿Por qué? :) Bueno una galleta de chocolate si adivinan
Advertencia: hehhehe
Ojos color caramelo miraban confundidos a su reflejo marcado en el espejo. Pestañeaba, inclinaba su cabeza y también sacudía sus manos pero, nada sucedía con su reflejo. Estaba tieso, el único movimiento que hacía era pestañear y clavar una mirada seria a él.
— ¿Ve? — fue lo único que pudo decir cuando dos brazos se balancearon encima. No pudo moverse porque el único movimiento espontáneo que su cuerpo pudo hacer fue temblar. Sintió que lo jalaban hacia el espejo, quiso gritar pero, una mano se poso en su boca. Eran tres las que, con toda fuerza lo atrajeron hacia el espejo donde en un abrir y cerrar de ojos desapareció.
Alemania se volteo y con los ojos medios abiertos miro al reloj, el cual marcaba las 7:30 am, hora de levantarse. Pero, con todo y eso no tenía ganas de levantarse. El cuarto estaba frio, muy frio para ser exacto. Un rayo de sol se filtraba por las cortinas, iluminando las pequeñas motitas de polvo que el mismo levantaba a según se movía.
Volvió a su posición original ya que era el lado donde estaba menos frio, involuntariamente volvió a cerrar los ojos pero, los abrió al sentir un aliento caliente muy cerca a él.
El alemán se sentó y al mirar a su lado estaba un chico de pelo color plateado, sin camisa, y al parecer en su cara se le veía la resaca de la noche anterior. Al alemán no le gusto para nada tenerlo tan cerca, además el tiene su propia cama, y el ya no es un niño pequeño que digamos.
—Gilbert levántate— dijo fríamente. Movió al albino de lado a lado pero, este solo hizo un pequeño gemido en protesta lo que molesto al alemán aun más. — ¡Gilbert! —
—…nnn…— dijo el albino moviéndose más cerca al cuerpo del rubio haciendo que sus mejillas se tornaran rosa pálido por el contacto de la piel. Ludwig por alguna razón, muy ajena a él porque él no lo haría, se quedo mirando al cuerpo del albino. Piel blanca, casi porcelana hacia juego perfecto con sus cabellos plateados y sus ojos rojo carmesí, aunque en ese instante estaban cerrados.
No tenía muchos músculos pero, tampoco quería decir que no los tenía, solo era que le quedaban perfecto a su figura liviana. Si solo el albino no fuera como es. Si tan solo fuera más considerado con los demás en vez de halagarse tanto. Si quizás tratara de ser más 'humano' todo sería tan distinto. No hubiera desaparecido, estuviera todavía su bandera ondeando junto a la de él en perfecta armonía pero, hay que ser realista…no fue así. El albino se cegó de una manera despiadada. Nunca escucho los consejos que todos le decían y gritaban.
— ¡Gilbert! Te daré hasta tres, así que vete— esta vez sintió gritar, ya no lo quería cerca, era mucho. Tenía que apartarlo de su vista.
Vio que unos ojos rojo carmesí se abrían a la luz de la habitación mirando confundido al alemán. Ludwig mantuvo silencio completamente mientras sus ojos azules no se despegaban ni un instante del mayor. —…West, baja la voz, me duele la cabeza…no muy bueno de tu parte molestarme de esa manera…—
— ¿Me puedes explicar porque demonios estas en mi cuarto, no, mejor dicho, en mi cama?— pregunto el alemán mientras que en albino tapaba sus oídos con la almohada, la cual rápidamente quito el rubio. —Una explicación—
—ummm…era la más cercana que me quedaba. ¿Qué? ¿No te agrada la compañía de tu asombroso hermano? — murmuro el albino. Ludwig pudo ver la sonrisa picara formada en los labios de Gilbert lo cual hizo que se molestara aun mas.
—Para tu información, la sala te queda más cercana que mi cama— dijo el alemán finalmente levantándose de su cama, no sabía porque no lo había hecho desde el principio. El, por los años que lleva de conocer al albino, sabe que el no es la mejor persona para razonar en este mundo y mucho menos llevar una conversación sana, siempre había un punto donde el albino siempre la dañaba.
Por eso salió de la habitación y se preparo para el ajetreado día que lleva como Alemania. Primero se baño pera luego vestirse para la junta que se iba llevar a cabo el mediodía, preparo su desayuno, les dio comida a sus perros, y cuando todo esto estaba listo llamo a Austria para corroborar algunos asuntos.
Luego de haber seguido su lista al pie de la letra lo único que ahora tenía que esperar era que fuera hora de partir para la reunión, el solo espera que Austria y los demás lleguen a tiempo.
—…no…Gilbert no tiene que pasar por esto…— se vio murmurando entre dientes cuando vio pasar al albino, ya vestido hacia la cocina. —Lo único que él hace es mortificar mi existencia y las de los demás—
Y al parecer, de alguna manera el albino escucho esas palabras porque salió rápidamente de la cocina y se paro entremedio del alemán y la puerta de salida. Salida que quería ver con todas la ganas del mundo el alemán, porque la simple presencia del albino le enfermaba.
Y lo hacía para mortificarlo y eso hacia molestar de una manera inexplicable a Ludwig que solo quería sentir un poco de aire fresco antes de entrar a la tortura como nación.
— ¿Gilbert, crees en Dios?— el alemán estaba harto. La última gota de paciencia se había ido, esfumado, evaporado con la simple presencia del albino frente a él. El albino, por su parte, tenía una ceja levantada mirando fijamente a su hermano. Estaba parado en la puerta impidiendo el paso a cualquiera que decidiera entrar o salir de la residencia. —Porque él será el único que te ayudara si no te sales—
El albino solo respondió con una sonrisa picara, nuevamente, pero, mantuvo el silencio en todo momento de la conversación, si se puede llamar así. —…Gilbert, por favor vete…no quiero verte—
Sin que la sonrisa desapareciera, el albino pasó su mano en sus cabellos plateados y se salió del camino, al fin. Dio los pasos lentos para fastidiar aun más la paciencia, que está en peligro de extinción, del alemán. Cuando quedo de espaldas a su hermano, aligero su paso y despareció.
Ludwig solo puso su mano en la frente y se trago unas cuantas palabras que quería decir pero, que fue mejor que no la hubiera dicho, para evitar la furia fastidiosa de Gilbert. En esos precisos momentos tocaron a la puerta, el alemán recobro su compostura y se dirigió a ella. Al abrirla se encontró con el austriaco.
—Si quieres vengo en otra ocasión— dijo el austriaco al ver la cara de ira del alemán pero, el solo sacudió la cabeza y hizo señal para que entrara. —Es el morón del Gilbert ¿Verdad? —
Ludwig solo asistió con la cabeza.
—Ummm…ya veo— respondió Roderich sin perder ni por un instante su compostura.
—A veces desearía que todavía fuera nación para que me deje en paz— pidió el alemán, el que luego sobresalto cuando el austriaco le dio un leve golpe a la mesa. Y fue algo extraño, porque la manera en que cambio la expresión de la cara de Roderich fue inmediata.
—No sabes lo que pides Ludwig— dijo el austriaco de inmediato. Ludwig pudo notar el tono molesto con el que se dirigió el austriaco.
—Es mejor así, no estaría aquí en mi casa y estaría bastante ocupado como para molestar— explico el alemán pero, Roderich seguía sacudiendo la cabeza. Para Ludwig era fácil explicarlo pero, para Roderich, el cual lleva la vida completa conociendo a Gilbert, no suena tan sencillo.
—…Ludwig, cuidado con lo que pides…acuérdate todo el territorio que Gilbert tenia— murmuro el austriaco. Pero, no importaba cuanto lo explicara Roderich, Ludwig al parecer no entendía ni comprendía lo que el austriaco trataba de explicar.
Al parecer Ludwig no recuerda que para que él fuera la nación que es hoy día tuvieron que sacarlo del medio. No recuerda que tuvieron que debilitar a Gilbert lo suficiente para que el alemán tuviera el tiempo necesario para subir al poder. Tuvieron que ayudar Polonia y los aliados para que Ludwig fuera Alemania. No, el no recuerda eso, la ira al parecer lo ha cegado y no lo deja ver todo el esfuerzo que tuvo que hacer. Que infantil está siendo el alemán.
—…mejor cambiemos de tema o vamos para la reunión…— dijo el alemán levantándose de la silla seguido por el austriaco.
Ya eran las doce del mediodía, la mitad de las naciones estaban presentes. Como era común entre ellos, estaba Francia sentado al lado de Inglaterra, Ludwig no entiende por qué siempre se sientan uno al lado de otro si siempre terminan peleando. China estaba conversando con Vietnam, Japón con Filipinas…pero, para Ludwig faltaba alguien.
— ¡Che palle! ¡Déjame! — No, no era Romano, ni España tampoco. ¿Alfred? No, ya lo vio huyendo de un oso polar.
Hungría ya había proporcionada por accidente el primer sartenazo del día; aspirina para esa desconocida nación. Austria ya se había sentado, Rusia estaba sonriente al lado de la ventana y a lo lejos estaba Finlandia y los demás.
¿Quién era?
En ese mismo instante se abrió la puerta y el alemán supo quién era el que faltaba. Y viendo que ya todos habían tomado su lugar en sus respectivos lugares era hora de comenzar la junta. Pero, antes de que el alto alemán pudiera hablar, el italiano levanto su mano llamando la atención de todos que miraban en confusión mientras que otros murmuraban entre dientes, ya sabiendo lo que iba a pedir Feliciano.
Alemania solo aclaro la garganta y con su mano hizo señal para que Feliciano se sentara pero, este movió la cabeza, negando la petición enviada. Romano se rio ligeramente y la expresión del alemán cambia a una de molestia.
—Grazie…— fue la única palabra que dijo pero, con el tono con el que la dijo hizo que los murmullos cesaran, dejando que en la habitación reinara en silencio.
— ¿Gracias porque Feliciano? — pregunto Alemania haciendo todo lo posible por mantener su compostura, por eso mantuvo todo en tiempo la mirada a los papeles que habían colocado desde el principio.
—Por darse una oportunidad— sonrió el joven, sintiéndose algo extraño ya que en su mundo esa sonrisa no aparecerá más. Trago en seco mientras sus ojos viajaban por toda la habitación, y la satisfacción de verlos a todos nuevamente era algo que lo dejaba sin aliento, si solo los otros estuvieran aquí pero, el sabe que solo uno de ellos puede estar ahí porque si no pueden romper el balance entre los dos mundo lo que sería peor. Por eso él y Inglaterra, el de su mundo, tuvieron que llevarse al Feliciano de aquí…para evitar eso mismo; dos iguales pueden estar en el mismo tiempo pero, no en la misma habitación.
— ¿Te diste un golpe o tu comida te cayó mal? Hazme el favor y siéntate, quiero volver a Londres lo más pronto posible — Se encontró sonriendo nuevamente, sonaba tan irónico que Inglaterra hablara de comida. Esto de seguro que lo va a contar a los demás, aunque sabe que quizás el británico no gozara la broma de la misma manera que los demás.
—No habrá Londres que visitar sino me hacen caso— dijo el chico, que luego se percato del pequeño error que hizo en decir esa oración de esa manera tan demandadora. —…Feliciano… ¿Qué hiciste? —
Todos intercambiaron miradas de asombro entre si mientras que Arthur cerro el libro que leía, se levanto y señalo al italiano de manera amenazadora. — ¿Me estas amenazando? ¿Tu? —
—¡No es…
— ¡Te metes con Iggy, te metes conmigo! — las palabras de Feliciano fueron repentinamente cortadas cuando el americano golpeo la mesa haciendo que algunas naciones cerca a él brincaran de sus asientos, no por miedo, sino por la fuerza que utilizó en el golpe.
— ¡Tu heroísmo es lo menos que necesito bastardo! ¡Por si no te has dado cuenta, soy bastante grandecito como para defenderme solo de este inútil! — señalo al americano pero, al ver el puchero que este hizo volteo su mirada a el italiano que movía su cabeza en frustración. Son tan difíciles de convencer, son tan cerrados de mente que no entienden que él los vino al ayudar, para evitar toda esa destrucción inútil pero, es tan difícil, todos siguen tan ignorantes como siempre lo fueron.
— ¡Escúchame! — grito el italiano pero, eran tan inútil mantener una conversación decente con ellos, estaban ciegos y sordos. Feliciano sabe que no queda mucho tiempo, porque sabe que por cada segundo que se desperdicia es un segundo que gana la destrucción.
— ¡NO! ¡Tú escúchame a mí, inútil! — devolvió el grito el británico haciendo que el francés se tapara los oídos. Alemania solo se sentó y empezó a mirar lo que para él era un circo.
Feliciano cerro sus ojos, apretó sus puños y trago una bocanada profunda de aire. Son tan estúpidos que ni siquiera se han dado cuenta en su manera de actuar. Su Feliciano no actuaria de la manera que él lo hace ¿Por qué son tan densos? Su Feliciano es inocente, y despistado, el no, el perdió su inocencia hace años y despistado no es. ¿Qué ni siquiera se han dado cuenta en la manera y el tono con que habla?
—Se les está acabando el tiempo…— pero, no le hicieron caso, seguían con sus murmullos y especulaciones falsas, tan falsas como la amistad que dicen tener entre sí. — ¡Cállate Arthur!—
Y el silencio nunca se escucho tan fuerte. El británico miro en total asombro mientras el italiano volvió a sentarse escondiendo su cara entre sus brazos posados sobre la mesa. No podía evitarlo, la rabia se salía por los poros era mucha, los sollozos y lagrimas que salían era de ira y de nada más. Ira, porque después que tuvo que convencer a su Arthur que lo trajera a este mundo, arriesgando hasta su vida, todo es tan difícil para que el solo lo pueda hacer. Era mejor que lo dejara así.
Siguió con su llanto silencioso donde solo el movimiento de su espalda decía que había lágrimas bajando por sus mejillas. Tuvo que admitir que se asombro de momento cuando una mano empezó a acariciar su cabeza. Levanto su mirada y vio los ojos preocupados de su hermano entre silencio buscaba la razón del porque su hermanito estaba actuando así.
—…Fratello…me rindo…— dijo volviendo a la posición donde estaba.
Gracias por leer, hasta aquí el segundo capítulo. Espero que les haya agradado. Gracias por los reviews, abrazos y besos a todos. Tengan un bonito día o una bonita noche.
Hasta aquí, y hasta la próxima
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