Gold vio por fin la luz del sol. Extrañado, todos esos días sin luz natural le parecían ya meses.
«La cima del Monte plateado, he llegado por fin.»
La luz del sol le parecía ahora muy brillante, y además no podía ver muy bien, tenía el ojo derecho vendado.
Un momento después ya podía ver con más claridad, y vio que ante él se extendian metros de suelo blanco, que no hacían sino hacer llorar a su ojo izquierdo. Y con extremo cuidado, empezó a avanzar, ya que en su estado le costaba medir la profundidad, y tropezar añadiría un dolor más a su cuerpo.
Más adelante se encontró con lo que parecía ser un inmenso cubo de hielo, lo suficiente como para reflejarle totalmente. Y luego de un gemido de dolor, se encontró con su cuerpo demacrado.
Tenía ojeras en el ojo izquierdo(y en el derecho probablemente también, su vendaje no le permitía comprobarlo)varios raspones, sus ropas estaban rasgadas, y su vendaje en el ojo derecho estaba ensangrentado. Su cabello negro parecía ahora tener menos color, su ojo azul veía en blanco, fruto de noches en vela y la impresión de verse en ese estado.
A pesar de tener sólo 14 años parecía haber envejecido de golpe, como si hubiese dejado la juventud en esa maldita montaña, como el le llamaba cada vez que tropezaba en la oscuridad, o caía desde más de 2 metros. Su cuerpo con aspecto de atleta había soportado bien, tenía piernas fuertes de muchos viajes en bicicleta, y brazos débiles por falta de ejercisio, aunque eso no le importó mucho, pues sólo necesitó sus piernas para subir y saltar dentro de la montaña.
«Nada de esto ha sido en vano.»
Y buscó a los alredededores con la esperanza de encontrar lo que vino a buscar.
«Tiene que estar aquí.»
Gold sabía que ese cubo de hielo sólo pudo haber sido trabajo de algún Pokémon, y debido a lo escondido que estaba ese lugar, era obvio que ese Pokémon tenía dueño.
Caminó unos cuantos metros hacia el Oeste, y entonces lo vio, o las vio, 3 grandes sillas de Piedra que apuntaban en diferentes direcciones, justo debajo de cada silla había una plataforma también de piedra y unas pequeñas escaleras para subirlas. Las plataformas estaban puestas a cierta distancia del gran abismo que se encontraba justo a unos metros.
La silla del oeste miraba hacia Johto, la del este miraba hacia Kanto, y la del sur hacia la unión entre las dos regiones. Más que sillas parecían tres tronos en donde su dueño se sentaba en el que pareciese más cómodo para observar el esplendor del paisaje.
«El Campeón está sentado en una de esas sillas.»
Y se dispuso a revisar la que apuntaba hacia al oeste. Antes de llegar, vio Johto y su majestuocidad, en comparación con Kanto, Johto no sólo era mejor, sino mucho más grande. Objetivo principal de los Artesanos de Pokéballs, pues en Johto crecía un árbol cuyo fruto eran Bonguris, que es indispensable para la fabricación de PokéBalls. En Kanto, sin embargo, no crecían árboles de bonguris.
Se asomó por arriba de los brazos de la silla, pero no había nada. Por un momento se le antojó sentarse y dormir un momento, pero sus ansias no lo dejaban hacer tal cosa, necesitaba encontrarlo ahora, o nunca. Volvió la Cabeza de nuevo hacia el oeste, y pudo identificar fácilmente el parque nacional y su fuente en forma de PokéBall, la Torre Ecutreak se alzaba por lo que desde esa distancia parecía ser un bosque, y más abajo, vio su pueblo: el Pueblo Primavera. Parecía mucho más grande desde la última vez que lo vió, ahora contaba con un Centro Pokémon y una tienda, y cada vez más gente llegaba a poblarlo.
-No es momento para pensar en eso -Se dijo luego de volver la cabeza hacia la silla que apuntaba al sur.
Pero ignorar semejante paisaje le parecía una falta de respeto a la Naturaleza.
«Podré verlo otro día, con mis dos ojos.»
Y se dirigió a la del centro.
No le hizo falta revisar aquella silla, ya que, desde atrás, una voz le gritó.
