CAPÍTULO I
Mansión Malfoy, Wilthire, 5 de junio de 1993
Hoy Draco Malfoy cumple trece años. Es una suerte que tal día haya caído en sábado porque su padre ha podido sacarle de Hogwarts sin que ello afecte a sus clases, y por ello con mucha más benevolencia por parte de su Director, Albus Dumbledore. El treceavo cumpleaños de un Malfoy nunca es alegre y jamás lo disfruta. Pero será incapaz de olvidarlo por lo que le reste de vida.
Lucius Malfoy se ha encerrado en la biblioteca hace apenas unos minutos para servirse un generoso vaso de whisky de fuego. Narcisa, su esposa, se ha quedo arriba, en la habitación de Draco, velando los breves minutos de sueño y descanso que le han sido concedidos al exhausto adolescente. Son las siete de la tarde y su hijo lleva padeciendo las consecuencias de su ignominiosa maldición desde las diez de la mañana. Lucius se siente impotente, no puede hacer nada. No puede detenerla. No puede aliviar a su hijo. No puede decirle que pasará pronto, porque no es verdad. Los gritos de Draco todavía resuenan en sus oídos y Lucius se pone enfermo al recordarlos. Porque sólo puede coger su mano húmeda y febril; sólo puede confortarlo con palabras de ánimo; sólo puede estar a su lado y desear que las entrañas de su heredero dejen de retorcerse; sólo puede contemplar su dolor y recordar vívidamente el suyo propio, veintiséis años atrás.
Por las venas de Draco corre más de un cuarto de sangre veela. Por las de Lucius algo más de la mitad, gracias a las sucesivas generaciones de Malfoy que han mezclado su torrente de vida con estas hermosas mujeres. Cada tres generaciones, para ser precisos. Draco, a pesar de la maldición, todavía podrá elegir a la esposa que él desee. No así el hijo que conciban, quien con poco más de un octavo de sangre veela se verá obligado a desposar a una de estas seductoras y juguetonas mujeres, si no quiere que el siguiente varón sea infértil, incapaz de preñar a su elegida, y ostentar el dudoso honor de ser el artífice de la extinción de su linaje.
Los Malfoy han aprendido mucho durante los tres siglos que la maldición ha estado actuando en su familia. Los países eslavos son su territorio de "caza" preferido a la hora de buscar esposa veela, wila, si se trata de Polonia o vila, como las conocen en Serbia. El guardapelo en el que Arcturus Malfoy guardó el mechón de pelo de Katarina ha pasado de generación en generación, y ahora atesora el de la abuela Angelina, viuda de Abraxas Malfoy, fallecida también hace apenas un par de años.
En contra de lo que pudiera pensarse, estos matrimonios forzados con mujeres veela no han sido siempre infelices. Los Malfoy que se han visto obligados a contraerlos, atraídos y seducidos por sus hermosas esposas, definitivamente, no han tenido ninguna queja. En la mayoría de las ocasiones, ellas también se han visto atraídas por unos hombres que, no hay que olvidarlo, poseen una parte de sangre veela corriendo por sus venas. Y han sido pocas las que se han comportado como esposas tristes y melancólicas, sólo retenidas por el guardapelo mágicamente adherido al cuello de su esposo, imposible de sustraer.
Con el vaso de whisky de fuego casi vacío, Lucius suspira. Cuando llegue el momento espera seguir gozando de buena salud para poder ayudar a su nieto a encontrar a la veela adecuada para él. Después de tres siglos, ningún Malfoy ha tenido las agallas suficientes para siquiera plantearse romper la maldición. El trauma que les deja el proceso por el que se ven obligados a pasar durante su adolescencia tiene mucho que ver en ello. Los hombres son débiles y egoístas, reconoce muy a su pesar. Y, seguramente, Jerisavlja era muy consciente de esta falta de fortaleza del género masculino en general, cuando lanzó su maldición.
La inesperada aparición de uno de los elfos domésticos al servicio de la familia, interrumpe el hilo de sus pensamientos.
—Amo Lucius, el ama Narcisa solicita su presencia en la habitación del amito Draco, amo.
Lucius termina con el sorbo de whisky que le queda. No cree que tampoco Draco vaya a ser el héroe de la dinastía Malfoy que se atreva a intentar romperla.
Cementerio de Little Hungleton, 24 de junio de 1995
Cuando la marca tenebrosa palpita dolorosamente en su antebrazo izquierdo, a Lucius no le coge por sorpresa. De un tiempo a esta parte es más fuerte y nítida. Hace meses que el rumor se ha extendido entre los antiguos seguidores del Señor Oscuro: el regreso de Lord Voldemort está cerca. Sin embargo, duda en acudir a la llamada. Una cosa es ponerse una máscara, armar un poco de alboroto jugando con unos cuantos muggles e iluminar el cielo con la marca tenebrosa. Una macabra diversión que le proporciona un buen subidón de adrenalina y afirma su autoestima como mago. Pero ahora, después de trece años, Lucius no sabe con qué puede encontrarse si acude a la convocatoria. Cuando su antiguo Señor desapareció, logró evitar acabar en Azkaban aduciendo que estaba bajo la maldición Imperius. No había sido el único que se había aferrado a ese argumento. Y le había salido bien. Puede que Lucius no esté muy de acuerdo con muchas de las cosas que suceden en la sociedad mágica hoy en día, pero su familia es poderosa y rica. La vida ha sido generosa con él. Y, además, ahora tiene un hijo. Su heredero. Debe pensar en Draco. Y es precisamente por él por quien toma finalmente su decisión. Lord Voldemort no es magnánimo. No perdona a los traidores. Y Lucius tiene una familia a la que proteger.
Cuando Lucius se aparece en el lugar indicado, le tranquiliza en parte comprobar que no es el único. Otros magos lo están haciendo también entre las lápidas, arropados por las sombras del cementerio. Uno por uno se van acercando, lentamente, con cautela, como si no acabaran de creerse lo que sus ojos les revelan. Lord Voldemort les espera en silencio. De pronto, uno de los mortífagos se deja caer de rodillas y se arrastra hasta los pies de su Señor y besa su túnica. Lucius pone los ojos en blanco tras su máscara, pero se arrastra junto con todos los demás, imitándolo. ¡Qué remedio le queda! Después se levantan y forman un círculo en el que todavía faltan algunos de sus compañeros.
—Bienvenidos, mis mortífagos —habla Voldemort—. Han pasado trece años desde la última vez que nos reunimos. Y a pesar de todo, habéis respondido a mi llamada. Todavía estamos unidos por la marca tenebrosa, ¿verdad?
Después alza el rostro y huele el aire.
—Huelo un sentimiento de culpabilidad —dice después—. El aire apesta a culpabilidad.
El círculo tiembla, como si todos sus integrantes desearan dar un paso atrás pero no se atrevieran. El discurso que sigue, no hace más que intranquilizar más a los mortífagos que han acudido al cementerio de Little Hungleton. Cuando Avery pierde los papeles y se lanza a los pies de su Señor suplicando perdón, lo único que recibe a cambio es un Crucio.
—¡Levántate! —exige el Señor Oscuro— Lord Voldemort no perdona. Lord Voldemort no olvida. Han sido trece años muy largos y me los vais a pagar antes de que pueda perdonaros.
Cuando el Señor Oscuro se acerca a Lucius, después de admitir que Colagusano, a pesar de todo, le ha servido bien, éste tiembla imperceptiblemente.
—Lucius, mi astuto amigo. Me han dicho que no has renunciado a las maneras de los viejos tiempos, aunque públicamente exhibes una fachada respetable. Todavía quieres dirigir las ráfagas de tortura a los muggles, ¿verdad? Sin embargo, nunca fuiste a buscarme… Tu gesta el día de la final del Mundial de Quidditch fue bastante graciosa… ¿Pero no deberías haber canalizado tus energías en encontrar y ayudar a tu Señor?
Un sudor frío y molesto pega la máscara al rostro de Lucius. Oye su propia respiración como un eco burbujeante que rebota contra su piel húmeda.
—Mi Señor, he estado siempre alerta —responde suavemente, tratando de que su voz suene firme—. Si hubiera percibido cualquier signo, si me hubiera llegado cualquier rumor sobre su paradero, habría volado inmediatamente a su lado. Nada me habría impedido…
—Pero escapaste de mi marca cuando un mortífago fiel a mí la lanzó al cielo el verano pasado…
Un escalofrío recorre a Lucius de arriba abajo y no se ve capaz de seguir hablando. La máscara le ahoga.
—Sí, sé perfectamente lo que pasó, Lucius… Me has decepcionado… Espero más lealtad en el futuro.
Lucius trata de que la lengua no se le enrede en la boca antes de responder.
—Confíe en ello, mi Señor. Agradezco vuestra misericordia…
—Después hablaré contigo, Lucius. En privado.
Si por unos segundos Lucius se ha sentido aliviado, un montón de pesadas piedras vuelven a caer en su estómago.
Cuando de madrugada Lucius llega a casa está drenado, física y mentalmente. Narcisa le espera, angustiada. Lucius le explica la gran puesta en escena del Señor Oscuro: sus recriminaciones, sus explicaciones sobre los años de ausencia, sus conclusiones sobre por qué sucedió, la presencia de Harry Potter en el cementerio y cómo éste había contribuido a su resurrección. Y también cómo, una vez más, el maldito chico se ha burlado de todos ellos, escapando de una muerte segura a manos de Lord Voldemort.
—Quería hablar conmigo en privado, pero finalmente no lo ha hecho —susurra Lucius, entre los acogedores brazos de Narcisa—. Estaba tan furioso después que Potter desapareciera, que ha sido un alivio que se olvidara de mí.
—¿Qué crees que quería? —hay temor en la voz de Narcisa.
—No lo sé —reconoce Lucius—. Pero, por desgracia, no creo que pase mucho tiempo sin que lo sepamos…
Ambos esposos confían en que "su secreto" siga siéndolo para su resurgido Señor.
Hogwarts Express, tercera semana de junio 1996
Draco ha estado toda la semana buscando una oportunidad para atacar a Potter sin la presencia de profesores. Quiere vengarse del estúpido Niño que Vivió por haber mandado a su padre a Azkaban. Junto con Crabbe y Goyle le tienden una emboscada en el tren, de vuelta a casa, cuando Potter regresa del aseo. Y seguramente habrían tenido éxito de no haber perpetrado el ataque precisamente delante de un compartimento lleno de miembros del ED. Cuando el grupo acaba con ellos, después de lanzarles un amplio repertorio de hechizos aprendidos del mismísimo Niño que Vivió, los tres parecen babosas gigantes vestidas con el uniforme de Hogwarts. El propio Potter, MacMillan y Finch-Fletchley les arrastran hasta el vagón de equipajes. Si en este momento Draco no se sintiera tan humillado y cabreado, seguramente notaría los continuos estremecimientos de Potter mientras barre con él el suelo del vagón. Pero ahora mismo sólo puede pensar en cómo matarle.
De vuelta a su compartimento, Harry se dedica a disfrutar con Ron de todo lo que le han comprado a la bruja del carrito de la comida, mientras Hermione lee El Profeta.
—Mira, Harry —dice de pronto Ron en voz baja, señalando el corredor.
Harry se da la vuelta. Al otro lado del cristal ve a Xo y a Marietta Edgecombe. Los ojos de Xo y los suyos coinciden un instante. La joven enrojece y continúa caminando.
—Esto… ¿cómo os va a ti y a Xo? —le pregunta Ron.
—No nos va —responde Harry con sinceridad.
—Me han dicho que sale con otro chico… —interviene Hermione, en un tono algo indeciso.
Entonces Harry se da cuenta de que aquella noticia no le afecta en lo más mínimo. Toda intención de impresionar a Xo le parece algo que pertenece a un pasado que ya no tiene nada que ver con él; hay otras muchas cosas que ahora le interesan. Algunas, las ha descubierto recientemente.
Hogwarts Express, 1 de setiembre de 1996
Mientras Goyle y Zabini discuten, a Draco no le pasa desapercibido el movimiento de una deportiva que flota unos segundos en el aire y desaparece en el estante del equipaje. Sonríe discretamente y después se tiende de través, ocupando dos asientos, con la cabeza en el regazo de Pansy Parkinson. Ella, con una sonrisa satisfecha en los labios, retira los rubios cabellos de su frente, y después los acaricia con embelesamiento. A veces tiene sus ventajas lo de tener sangre veela, piensa Draco, mientras se deja mimar por su entregada compañera.
—¿Qué, Zabini? —pregunta— ¿Qué quería Slughorn?
—Nada. Relacionarse con personas bien relacionadas —mira a Draco con indiferencia—. Pero no ha encontrado a muchas.
Al contrario de la veela hembra, que sólo atraen a los hombres y deja indiferentes a las mujeres, Draco cautiva irremisiblemente a toda fémina que se le acerque, dejando fríos a los miembros de su mismo sexo. Nadie sospecha de su condición. Piensan que simplemente es un chico atractivo, rico y con un padre bien relacionado al que cualquier chica desearía echarle el lazo al cuello. Aunque su padre, en este preciso momento, no goce de excesiva popularidad. Las siguientes palabras de Zabini no hacen más que confirmarlo.
—No cuentes con que te invite —le dice—. Cuando he llegado, me ha preguntado por el padre de Nott. Por lo visto habían sido buenos amigos. Pero cuando ha sabido que lo habían detenido, ha puesto mala cara. Y Nott no ha recibido ninguna invitación…
Draco se obliga a soltar una risa forzada.
—¡Como si me importara! No es más que un pobre profesor —bosteza deliberadamente—. Además, puede que el próximo curso ya no esté en Hogwarts, así que tanto me da que una vieja gloria panzuda se interese por mí o no.
Pansy se sobresalta, dejando de arrullar a Draco bruscamente.
—¿Qué quieres decir con qué puede que no estés en Hogwarts? —pregunta alarmada.
—Nunca se sabe… —responde él, con una misteriosa sonrisa asomando a sus labios— Puede… que me dedique a cosas más importantes.
Pansy retoma sus caricias, pero pregunta con voz trémula:
—¿Quieres decir… servirle a "él"? —aunque lo que la hace temblar realmente es la posibilidad de perder a Draco.
Él se encoge de hombros.
—Mi madre quiere que acabe los estudios. Pero tal como están las cosas, no creo que sea tan importante. Pensadlo: cuando el Señor Oscuro llegue al poder, ¿creéis que se preocupará por cuantos TIMOS o ÉXTASIS tenemos? Sólo tendrá en cuenta los servicios prestados y la lealtad que se le ha demostrado.
—¿Y tú crees que podrás hacer algo por él, sólo con dieciséis años y con los estudios por terminar? —le pregunta Zabini cáusticamente.
—¿Acaso no has escuchado lo que acabo de decir? Puede que no le importe si he acabado los estudios o no. Puede que la misión que me encomienda no sea nada que exija estudios —responde con voz melificada.
Crabbe y Goyle tenían la boca abierta como una gárgola. Pansy le contemplaba como si jamás hubiera tenido un objeto tan digno de veneración como él.
—Ya veo Hogwarts —dice a continuación Draco, que está disfrutando enormemente de la expectación que ha creado, señalando la oscura ventana—. Tendríamos que empezar a ponernos los uniformes.
Cuando el tren se para todos ya llevan el uniforme puesto. Goyle abre la puerta y empiezan a salir.
—Ves pasando —le dice Draco a Pansy, quien le espera con la mano levantada, como si contara con que se la cogiera—. Tengo que comprobar una cosa.
Cuando está solo, Draco se acerca a la puerta del compartimento y baja las persianas. Hecho esto, se inclina sobre el baúl y lo vuelve a abrir. Y de pronto, se alza y apunta con la varita hacia la estantería de equipaje.
—Petrificus totalus!
Harry Potter cae de la estantería a sus pies con la capa de invisibilidad bajo su cuerpo.
—¡Estaba seguro! —exclama Draco exultante— He oído el golpe que te ha dado Goyle con el baúl; y cuando Zabini ha regresado, me ha parecido ver una cosa blanca que pasaba volando…
Y entonces se queda mirando a Potter durante un buen rato. Sin saber por qué. El chico está absurdamente hecho un cuatro, paralizado en el suelo. Indefenso. Draco siente un calorcillo especial, muy parecido, por no decir idéntico, al que experimenta cuando una de esas tontas chicas se rinde a sus encantos. Y de pronto, todo ese calor torna en una rabia incontrolable, férvida. Tanto que le clava a Potter un puntapié en la cara. Cuando empieza a brotar sangre, Draco está seguro que le ha roto la nariz.
—¡Esto por mi padre! —pero no es su padre la razón de la patada.
Lleno de coraje, le da un tirón a la capa de invisibilidad para sacarla de debajo del cuerpo de Potter y después le cubre con ella.
—No creo que te encuentren hasta que el tren vuelva a Londres —intenta controlar su voz, el desasosiego que le invade—. Hasta otra, Potter… o no.
Y antes de salir del compartimento, pisa los dedos de la inmóvil mano con toda su mala fe.
Hogwarts, 7 de mayo de 1996
Con las manos temblorosamente agarradas a ambos lados del lavamanos, la cabeza gacha y su rubia melena cayendo hacia delante, Draco llora sin ningún tipo de vergüenza. Las lágrimas resbalan por sus mejillas sin color y caen sobre la sucia pila.
—Venga, venga —llega la voz de Myrtle desde uno de los cubículos—. Venga, va, explícame qué te pasa y te ayudaré.
—Nadie puede ayudarme —Draco tiembla convulsivamente—. No puedo hacerlo… No puedo… No saldrá bien… Y si no lo hago, me matará…
Respira profundamente y traga saliva. Levanta los ojos y con un estremecimiento los clava en el espejo roto. Por encima de su hombro ve como Harry Potter le observa con expresión aturdida. Otra vez esa rabia incontrolable se abre paso a través de sus lágrimas y de su desesperación. ¡Potter, siempre Potter! Lleva todo el curso persiguiéndole, acechándole, sintiendo sus ojos sobre él cada minuto del día. Draco ya no puede más. Se gira en redondo y saca la varita. Potter parece más sorprendido que asustado, pero reacciona instintivamente sacando la suya cuando Draco le lanza el primer hechizo, que no le alcanza por bien poco. En un abrir y cerrar de ojos el baño se convierte en un improvisado campo de batalla. Uno de los hechizos de Potter rebota en la puerta de uno de los cubículos, casi alcanzando a Draco, y destroza la cisterna del váter, mientras Myrtle chilla histérica, si es que un fantasma puede ponerse histérico. El agua se extiende por el suelo del recinto. Potter resbala en el momento en que Draco, con expresión crispada exclama:
—¡Cruci…!
—¡Sectusempra! —brama Potter desde el suelo blandiendo la varita con violencia.
Incrédulo, Draco siente como su carne se abre como si lo hubieran traspasado con una espada invisible. De su cara y de su pecho brotan chorros de sangre. Tambaleándose, da un par de pasos hacia atrás antes de desplomarse en el inundado suelo con un gran chof, mientras de su mano derecha, inerte, cae la varita.
—¡Dios mío!
Resbalando y tambaleándose, Harry logra ponerse en pie y corre hacia Draco, que tiene todo el rostro de un rojo brillante y se palpa el pecho empapado en sangre con sus blancas manos.
—Dios mío, yo no quería hacer esto…
Cae de rodillas junto a Draco, quien tiembla incontroladamente en medio de un charco carmesí.
—Yo no quería una pelea —balbucea Harry—. Sólo hablar contigo, que me dejaras…
La puerta se abre de forma intempestiva y Snape irrumpe en el lavabo, lívido. Aparta a Harry de un empujón y se arrodilla junto a Draco, saca su varita y la pasa por encima de sus heridas mientras murmura una fórmula mágica que casi parece una canción. El chorro de sangre aminora; Snape seca la sangre que Draco tiene en la cara y vuelve a murmurar el hechizo curativo. Las heridas cicatrizan.
—Tendrás que ir a la enfermería. Tal vez te queden algunas cicatrices, pero si tomas díctamo en seguida, podremos evitarlas… Ven…
Snape ayuda a Draco a salir del aseo y ya en la puerta se gira para decir con rabia contenida:
—Usted, Potter, espéreme aquí.
A Harry no se le pasa por la cabeza ni por un momento desobedecerle. Está aterrorizado, empapado de agua y de sangre. Se levanta poco a poco, temblando, con la mirada fija en el suelo mojado. Hay manchas de sangre que flotan en el agua como si fueran flores rojas. Siente ganas de vomitar. ¡Él sólo ha entrado en el lavabo para hablar con Malfoy! Harry no entiende qué le pasa desde que se ha iniciado este curso. En realidad, desde que junto a sus amigos siguieron a Malfoy y a su madre hasta Borgin & Burks, en el Callejón Knockturn. No sabría explicar lo que siente cada vez que Malfoy anda cerca. Es una sensación extraña, irrefrenable. Cuando le mira, es como si el tiempo se detuviera y una emoción relajada y cálida le envolviera, atontándolo. Le avergüenza confesarla a sus amigos. Es más fácil convencerlos de que sigue a Malfoy porque sospecha que éste planea algo turbio. Y no es que él mismo no esté convencido de que así sea. Pero se le ha metido en la cabeza la tonta idea de que si logra hablar con él, que si se lo explica bien y le convence, podrá apartarlo de cualquier asunto que pueda perjudicar al Slytherin. Que pueda señalarle como mortífago y le haga acabar con sus huesos en Azkaban. No quiere ni considerar esa posibilidad, porque entonces Harry se ahoga en su propia respiración, su cuerpo se empapa de un sudor helado y tiembla como si le hubieran arrancado su última esperanza.
Harry siente deseos de herirse a sí mismo por lo que le ha hecho hoy a Malfoy. Se siente tan perdido… tan solo… Todo lo que está sucediendo a su alrededor este curso le desorienta y le hace temer por su cordura. Y, extrañamente, piensa que sólo Malfoy puede ayudarle a sentirse mejor.
Mansión Malfoy, julio de 1997
La sala está llena de gente silenciosa sentada alrededor de una larga mesa. El resto del mobiliario de la estancia ha sido arrinconado contra las paredes de cualquier manera. La escasa luz procede de un fuego que arde bajo un fastuoso faldón de mármol rematado por un espejo de marco dorado. Alguna vez, esta había sido su casa, piensa Draco. Sentado a la derecha de su padre, trata de apartar la mirada de la figura humana, aparentemente inconsciente, suspendida cabeza abajo sobre la mesa, que gira poco a poco como si colgara de una cuerda invisible. Snape acaba de llegar y está explicando los planes de la Orden del Fénix para trasladar a Potter de casa de sus tíos a un lugar seguro, ya que el chico cumplirá diecisiete años dentro de pocos días y la protección que le proporcionaba la sangre de su madre ya no tendrá efecto.
Inmóvil, con la cabeza baja para no tener la tentación de volver a mirar a la pobre Charity Burbage, Profesora de Estudios Muggles en Hogwarts, Draco lamenta mentalmente la suerte de su familia. Está asustado. Mortalmente asustado. Su padre no pudo cumplir con la misión de hacerse con la profecía sobre el Señor Oscuro y Potter, y acabó detenido y encarcelado. Él no fue capaz de cumplir con la que Lord Voldemort le había encomendado personalmente, bajo amenaza de muerte para él y sus padres. Snape lo hizo por él. Los Malfoy han caído en desgracia y ya nadie les respeta. Draco ha acabado el curso con los nervios destrozados, huyendo de Hogwarts como un criminal. Pero como se siente realmente es como una víctima. Voldemort ha tomado posesión de su casa, como si siempre le hubiera pertenecido. Los mortífagos deambulan por ella como si fuera suya también. Ha visto tantos horrores en estos pocos días, que cree que jamás podrá recuperarse. Contando con que consiga salir con vida de este infierno.
—Como decía —oye que habla Voldemort en este momento—, ahora lo comprendo todo mucho mejor. Antes de ir a matar a Potter, por ejemplo, tendré que pedirle la varita a alguno de vosotros.
Draco nota la conmoción en los rostros de todos los que están sentados a la mesa; como si el Señor Oscuro hubiera anunciado que necesitaba un brazo.
—¿No hay ningún voluntario? —pregunta Voldemort— A ver… Lucius, no veo ningún motivo para que continúes teniendo varita.
Draco nota el brusco movimiento de su padre al levantar la cabeza. A la luz del fuego su piel se ve amarillenta, como si fuera de cera, y los ojos hundidos bañados en oscuras ojeras. Cuando habla su voz suena ronca.
—¿Perdón, mi Señor?
—La varita, Lucius. Quiero que me des tu varita.
—Pero…
Lucius mira a su mujer de reojo. Ella mira al frente, con la cara tan pálida como la de él. Pero por debajo de la mesa aprieta unos segundos el puño de su marido con sus delgados dedos. A continuación, Lucius saca la varita del interior de su túnica y se la tiende a su Señor, quien la examina detenidamente. Draco siente tanta rabia como temor.
—¿De qué es?
—De olmo, mi Señor.
—¿Y el núcleo?
—De fibra… de corazón de dragón.
—Bien… —Voldemort saca su propia varita per comparar el largo con la de Lucius.
Éste hace un movimiento involuntario, y durante una fracción de segundo, parece que espere recibir la varita de Voldemort a cambio de la suya. El gesto no pasa desapercibido para el Señor Oscuro.
—¿Acaso quieres mi varita, Lucius? ¿No tienes suficiente? Parece que a ti y a tu familia no se os ve muy contentos últimamente… ¿Acaso mi presencia en tu casa te molesta, Lucius?
—¡Por supuesto que no, mi Señor!
—Esas mentiras, Lucius…
La gran serpiente mascota de Voldemort se desliza por debajo de la mesa, provocando escalofríos en casi todos los presentes, y después sube por la silla del mago oscuro hasta situarse sobre sus hombros. Voldemort acaricia al animal sin dejar de mirar a Lucius fijamente.
—¿Por qué los Malfoy os mostráis tan descontentos con vuestra suerte? Mi retorno, mi ascenso al poder, ¿no es acaso lo que habéis proclamado desear a lo largo de todos estos años?
—Por supuesto, mi Señor —responde Lucius, secándose el sudor del labio superior con una mano temblorosa—. Y lo deseamos; lo deseamos verdaderamente.
Narcisa, hace un rígido y extraño movimiento de asentimiento, desviando la mirada de Voldemort y su serpiente. Draco, por su parte, que no ha podido evitar volver la mirada al cuerpo inerte que cuelga casi encima de él, le echa un vistazo a Voldemort y aparta los ojos de inmediato para no tener que sostenerle la mirada. Pero la exaltada y ansiosa manifestación de apoyo de Bellatrix da pie a que el Señor Oscuro encuentre un motivo más para la recriminación: la boda entre Remus Lupin y Nimphadora Tonks.
—Me refiero a tu sobrina, Bellatrix. Y vuestra también, Lucius y Narcisa. Acaba de casarse con ese hombre lobo. Debéis estar contentos.
A lo largo de la mesa estallan risas de mofa. Algunos intercambias miradas de burla; otros golpean la mesa con el puño. Están exultantes por la humillación infligida a Bellatrix y a los Malfoy.
—No la reconocemos como sobrina, mi Señor—exclama Bellatrix—. Ni Narcisa ni yo nos hemos visto con nuestra hermana desde que se casó con ese sangre sucia.
—¿Y tú qué dices, Draco? —preguntó Voldemort con voz placida y suave— ¿Harás de canguro de los cachorros?
La hilaridad se acrecienta. Draco mira aterrorizado a su padre, quien tiene la cabeza gacha, y se encuentra con los ojos de su madre. Ella mueve la cabeza imperceptiblemente y después vuelve a fijar su mirada inexpresiva en la pared de enfrente.
—Estoy seguro que no —continua hablando el Señor Oscuro—. Como también estoy seguro, Draco, que encontraremos una manera efectiva de que contribuyas a la causa y ayudes a limpiar tu árbol genealógico que, como muchos de los más antiguos de nuestra sociedad, con el tiempo ha enfermado. ¿Nos ayudarás a podar las ramas infectadas, Draco?
Sin atreverse a buscar nuevamente el apoyo de sus padres con la mirada y tampoco de dirigirla hacia Voldemort, con los ojos clavados en la mesa, Draco asiente.
—Buen chico —dice suavemente el Señor Oscuro, como si le hablara a una mascota bien adiestrada—, buen chico…
En ese preciso momento, Lucius tiene la seguridad que "su secreto" ha dejado de serlo para Lord Voldemort. Y dirige a su cuñada una mirada de resentimiento.
Continuará...
