CAPÍTULO II

Algún lugar de Gran Bretaña, marzo de 1998

—Vamos, Hermione, ¿por qué te empeñas en no querer reconocerlo? ¡Vol…

—¡No lo digas, Harry!

—…demort busca la varita de sauco!

—Es un nombre tabú —chilla Ron, quien se pone de pie de un salto en el mismo instante en que se oye el sonido de apariciones en el exterior de la tienda— ¡Te lo había dicho, Harry! Te había dicho que no podíamos continuar pronunciando… Tenemos que protegernos, de prisa… Así es como nos encuentran…

Empiezan a oír voces, unas voces roncas y nerviosas, que se acercan cada vez más. Ron se saca el Apagador del bolsillo y extingue las luces de la tienda.

—¡Salid con las manos en alto! —grita una voz áspera— ¡Sabemos que estáis dentro! ¡Hay media docena de varitas apuntándoos y no nos importa a quien podamos malherir!


Mansión Malfoy, marzo de 1998

—¿Qué sucede? —pregunta una fría voz de mujer.

—¡Hemos venido a ver al Innombrable! —gruñe Fenrir.

—¿Quién eres?

—¿No me reconoces? —pregunta el hombre lobo con voz dolida— Soy Fenrir Greyback. ¡Hemos atrapado a Harry Potter!

Fenrir coger a Harry y le obliga a darse la vuelta para que la luz ilumine su rostro.

—¡Tiene una cara muy deformada, pero es él, señora! Si le mira un poco más de cerca, verá la cicatriz…

Narcisa examina la cara hinchada y deforme de Harry.

—Seguidme —ordena finalmente—. Draco, mi hijo, está en casa por las vacaciones de Semana Santa. Él sabrá si es Harry Potter.

Introducen a los prisioneros en una gran sala. Del techo cuelga una hermosa lámpara de cristal y en las paredes, de color morado, cuelgan gran cantidad de retratos. De las sillas que hay frente a una chimenea llena de molduras, se levantan dos personas.

—¿Qué pasa? —pregunta la voz impostada de Lucius.

—Dicen que tienen a Potter —responde fríamente Narcisa—. Ven, Draco.

Harry no se atreve a mirar a Draco a los ojos, pero le ve de reojo: una figura más alta que él, una cara pálida y alargada, borrosa, bajo unos cabellos como hilos de oro. Las piernas de Harry tiemblan y casi agradece estar atado a sus compañeros como si fueran un manojo de nabos.

—¿Qué, Draco? —pregunta Lucius en tono impaciente— ¿Es o no es Harry Potter?

—No sabría qué decirte… No lo sé seguro…

Draco trata de mantenerse a cierta distancia, como si temiera mirar a Harry tanto como acercarse a él.

—¡Pues mira con más atención, hombre! ¡Acércate más!

La voz de Lucius ahora suena apremiante, emocionada.

—Draco, si somos nosotros quienes entregamos a Potter al Señor Oscuro, nos lo perdonará todo…

Lucius se acerca para ver la deformada cara más de cerca. Examina especialmente la frente. Está tan ofuscado que no nota el estremecimiento del muchacho frente a él. Y si lo nota, piensa que es producto del terror que debe estar sintiendo.

—Aquí hay algo, donde la piel se ve más tirante, que podría ser la cicatriz. Draco, ven a ver, ¿qué te parece?

Harry puede ver por las rendijas que ahora son sus ojos el pálido rostro de Draco junto al de su padre. Son muy parecidos, con la diferencia que, mientras el padre parece fuera de sí de la emoción, la expresión de Draco es de reticencia, incluso de temor. Sin embargo, a pesar del miedo que sin duda también él siente, Harry experimenta un desasosiego que no tiene nada que ver con su captura. Una estúpida e irrefrenable ansia de que Malfoy le toque le hacer hormiguear la piel más que las cuerdas que le tienen atrapado junto a sus compañeros. No quiere encontrarse con sus ojos porque teme decir alguna tontería. Y, sin la menor duda, es lo crítico de la situación lo que mantiene a raya una libido que en otras circunstancias estaría por desbordarse.

Draco ha podido sentir perfectamente la reacción de Potter en cuanto se ha acercado. Y si su padre no lo ha hecho, es porque está demasiado obsesionado y excitado con la posibilidad de que sean ellos quienes entreguen a Voldemort el Indeseable Número Uno.

—No lo sé —concluye finalmente.

Y se aleja hasta la chimenea, donde está su madre. Tiene que hablar con ella de forma urgente. Y también con su padre. Pero con la llegada de su tía Bellatrix, ahora Lucius está en plena airada discusión con ella y con Fenrir, los tres intentando llevarse el mérito de la captura de los prisioneros. Y a Lucius no le hace ninguna gracia que su cuñada le diga que perdió la autoridad cuando perdió la varita.

—¡Draco, llévate a toda esta chusma fuera! —le grita su tía, señalando a los carroñeros que ha dejado inconscientes en el suelo durante la discusión— Y si no tienes huevos para liquidarlos, déjalos en el patio, que ya lo haré yo.

—¿Cómo te atreves a hablarle a Draco así? —reacciona Narcisa, furiosa.

—¡Cállate! —grita a su vez Bellatrix—. La situación es mucho más grave de lo que piensas, Cissy! ¡Tenemos un gran problema!

Draco casi no presta atención a las nuevas quejas de su padre sobre quien es la autoridad de la casa cuando su tía ordena a Fenrir llevarse a los prisioneros al sótano. Granger no tiene tanta suerte.

—Madre…—insiste Draco en voz baja, apremiándola.

Ella asiente y se acerca a su marido, a quien susurra discretamente unas palabras al oído. Segundos después, la familia abandona discretamente el salón, dejando tras de sí los aullidos de dolor de la sangre sucia. Bellatrix estará entretenida un buen rato. Los tres se dirigen hasta el único saloncito que han conseguido mantener como privado.

—Bien, ¿qué es eso tan importante? —pregunta Lucius en cuanto están a solas y seguros de que nadie puede escucharles.

El mago está nervioso, enfadado y, por qué no reconocerlo, también atemorizado por la situación en la que se encuentra su familia. El solo pensamiento de no ser capaz de defenderlos, le aterroriza.

—Es sobre Potter —dice tímidamente Draco—. Sé algo sobre él que seguramente nadie más conoce…

—¿Qué ahora mismo se encuentra en nuestro sótano? —pregunta Lucius con voz tensa.

—A parte de eso —reconoce Draco, temiéndose la reacción de su padre. Así que añade rápidamente—. A Potter le gustan los hombres.

La expresión en el rostro de Lucius es de indiferencia al principio. Pero después sus labios se curvan en una pequeña sonrisa.

—¿Estás seguro?

—¡Por favor! —se permite resoplar Draco— ¡Cómo si no hubiera estado haciendo esto desde que el Señor Oscuro descubrió lo que éramos! —no confiesa que lo sospecha desde hace mucho, muchísimo más tiempo.

El rostro de Lucius pierde su dureza y le da unos golpecitos a su hijo en el hombro. Voldemort ha estado utilizando a Draco para atraer hasta sus garras a algunas de sus víctimas, o para llegar a través de la persona seducida a la que realmente le interesa. El Señor Oscuro sabe que utilizar a su hijo le humilla y le duele mucho más que si le obligara a hacerlo a él mismo.

—Siéntate, Lucius —pide su esposa suavemente—. Hablemos.

Él obedece mansamente, como si la que tuviera sangre veela en sus venas fuera Narcisa.

—Consideremos todos los aspectos de este… —la bruja trata de buscar la palabra adecuada. Finalmente se decide por: —…descubrimiento.

Los dos varones asienten. Entonces ella mira a su hijo.

—¿Estás seguro de que puedes seducirlo? —Draco asiente— ¿Estás seguro de que quieres seducirlo, hijo?

Esta vez Draco se queda quieto, con la mirada fija en su madre, sin encontrar una respuesta adecuada. ¿Quiere realmente seducir a Potter? No, no quiere. Pero no es tan idiota como para no darse cuenta de que lo que recela prácticamente desde ese día que le rompió la nariz a ese idiota en el tren, tal vez pueda ayudarles de alguna forma.

—Si realmente Potter es el único que puede acabar con el Señor Oscuro, ¿sabes lo que significaría tenerle en nuestras manos, Draco, mejor dicho, comiendo de tu mano? —interviene Lucius, emocionado de nuevo.

Ya no puede soportar más humillaciones. Sabe que él y los suyos son un cero a la izquierda en la nueva jerarquía que ha establecido Voldemort, y que tarde o temprano prescindirá de ellos. Draco se sienta en un sillón, frente a sus padres, con la misma expresión que adoptaría un mártir.

—¿Estás dispuesto a hacerlo, Draco? ¿Esta vez por la familia? —pregunta Lucius.

Tras unos instantes, su hijo asiente.

Cuando la puerta se abre, Luna ya ha conseguido desatarles y Ron lleva un buen rato recorriendo el subterráneo como un loco, dando alaridos, llamando inútilmente a Hermione. Harry se entretiene palpando paredes a sabiendas de que no va a encontrar nada. Pero los gritos de su amiga le están volviendo loco también a él y en algo tiene que enfocar sus energías. Además, quiere olvidar lo que ha sentido hace apenas un rato frente a Malfoy. Draco Malfoy. Cuando se vuelve hacia la puerta, comprende que el intento es baldío.

Draco penetra apenas un paso en la lúgubre estancia, varita en mano. No quiere que el enajenado de Weasley se le eche encima. Con su entrada parece que el tiempo se haya detenido de repente y todos le miran en silencio. Sorprendidos. Como si los hubiera cogido in fraganti. Draco modula su voz, confiriéndole ese tono irresistible que no le dará ninguna oportunidad a Potter. Como no se la ha dado a ninguna de sus anteriores víctimas. Extiende la mano, la que no sostiene la varita, y dice:

—Ven, Harry.

Observa como el cuerpo de Potter se balancea hacia delante unos instantes, siguiendo el sonido de su voz. Después, sus ojos parpadean con una somnolencia recién adquirida que le otorga una expresión un poco ida, bobalicona.

—Ven, Harry —repite.

Y Potter da un par de pasos torpes hacia él. Casi al momento Weasley salta como una bestia sobre su amigo y le retiene.

—¿Qué coño haces, Malfoy? —le increpa. Después sacude a Harry, agarrándole por las solapas de la cazadora, como si pensara que Draco le ha lanzado algún tipo de hechizo sin que se dieran cuenta— ¡Harry, reacciona! —le grita sin dejar de zarandearle.

Potter parece salir por unos instantes de su atontamiento y mira al pelirrojo, parpadeando de forma algo convulsiva.

—Harry… —pero la voz de Draco es mucho más poderosa que cualquier grito desaforado que pueda berrear Weasley.

Y, por fin, Potter camina hacia Draco, deshaciéndose bruscamente de las manos de Weasley. Toma la mano que el rubio todavía tiene extendida y sus ojos se hunden sin salvavidas en los del veela. Antes de que Weasley pueda reaccionar al extraño comportamiento de su amigo, Draco tira apresuradamente de Potter hacia él.

—Estará a salvo, no os preocupéis —dice antes de cerrar rápidamente la puerta.

La mano del Gryffindor se siente pequeña y cálida en la suya, que últimamente siempre está fría. Potter asciende dócilmente tras él por la estrecha escalera. Draco no recuerda haberse sentido jamás tan extraño. Lucius les espera arriba, y simplemente inclina un poco la cabeza hacia su hijo, como si fuera una seña ya convenida. Draco sigue su camino. Tienen poco tiempo. Oye como su padre llama a Colagusano y le ordena que baje al sótano, que ha oído algo de barullo. El tipo es sacrificable. No le cae bien a nadie. Y servirá como excusa para la huída del resto de prisioneros, que una vez fuera de la casa podrán aparecerse donde quieran. Todo el mundo pensará que Potter se ha ido con ellos. Espera que su madre haya podido distraer a la loca de su tía el tiempo suficiente como para que se olvide de Granger durante unos minutos. Ardua tarea porque Bellatrix es muy difícil de distraer. Pero, como le ha recalcado Draco a su padre, Weasley no se irá sin ella, así que más vale dejársela a mano para que maldito pelirrojo no tenga muchos problemas para llevársela y no les enrede la situación más de lo que ya lo está.

—Vamos, Harry, de prisa.

Se le hace raro llamar a Potter por su nombre de pila.

—Te pondré a salvo, no te preocupes —dice sin necesidad.

Potter le sigue sin decir palabra, mirándole con ojos de borrego. Draco sabe que mientras oiga el sonido de su voz, el Gryffindor se dejará guiar sin hacer preguntas, sin cuestionarse si está a salvo o a punto de ser entregado a Voldemort en persona. En realidad hubiera sido muy fácil ofrecer a Potter al Señor Oscuro en este estado, alelado y sin oponer resistencia alguna. Pero los Malfoy han decidió tomar las riendas de la guerra en sus manos, con Potter en las de Draco.

Cuando Harry despierta, está en una cama grande, cómoda. Tiene la sensación de que ha dormido mucho y muy bien. Se incorpora y mira a su alrededor. No sabe dónde está, pero es evidente que sigue entero. En su cabeza persiste una especie de nebulosa que al principio le impide centrarse lo suficiente como para recordar. No tiene ni idea de cómo ha llegado hasta esta habitación tan elegante. Se levanta y se dirige hasta la puerta. Intenta abrirla, pero no puede. Parece estar sellada con magia y él no tiene su varita. Y de pronto piensa: Malfoy.

Aturdido, vuelve hasta la cama y se sienta. Encima de la mesilla acaba de aparecer una bandeja con un abundante desayuno. Pero Harry no tiene hambre. No acaba de entender qué le pasa con Malfoy. Cuando está cerca de él, especialmente cuando le habla, es como si le lanzara un Imperius al que no puede resistirse. Se pregunta qué habrá sido de Ron y Hermione, Dean, Luna, el señor Ollivander… y ese duende llamado Griphook. Sus pensamientos vuelven a Malfoy otra vez. Ahora recuerda que le siguió y que lo hizo voluntariamente. Y que el Slytherin fue gentil con él. Y que prometió que sus amigos estarían a salvo también. Harry se siente confuso. Tanto, que empieza a considerar si aquella no será una nueva estratagema del Señor Oscuro para volverle loco antes de matarle. Pero se encuentra deseando volver a ver a Malfoy con todas sus fuerzas. Sin embargo, toma la resolución de resistirse a lo que sea que el maldito rubio hace con él cada vez que se encuentran.

Al cabo de un rato, el pequeño eco de magia que proviene de la puerta hace que Harry se levante de un salto de la cama. Draco Malfoy entra en la habitación. Va totalmente vestido de negro y su rubio cabello cae inusualmente desordenado alrededor de su rostro, como una pequeña cascada de oro blanco. Harry traga saliva con dificultad.

—Bien, ya estás despierto.

Draco sonríe mientras cierra la puerta y vuelve a sellarla. Harry observa todos sus movimientos entre el recelo y la ansiedad.

—¿Por qué cierras la puerta con magia? —pregunta.

Draco camina hacia él hasta detenerse a pocos centímetros de dónde Harry se encuentra.

—¿No tienes hambre? —dice, señalando la bandeja todavía intacta.

Harry sólo atina a negar con la cabeza. Los ojos de Draco le parecen de plata en este instante. Siente como se derrite poco a poco bajo su mirada, envuelto en la misma sensación cálida que experimentó cuando tomó su mano y le siguió sin rechistar. La que ha sentido otras veces cuando Malfoy anda cerca. Pero nunca de forma tan intensa como en este momento. O antes, en el sótano de los Malfoy.

—Harry, te gusto, ¿verdad?

La mano de Draco, delgada y fría, acaricia la mejilla de Harry. Éste se queda sin respiración. Cierra los ojos y se concentra en sentir esos dedos largos delineando su mandíbula con lentitud, sus labios, su garganta. Una agradable laxitud invade el cuerpo de Harry. Cualquier idea de resistencia se ha extinguido. Ni siquiera recuerda haberla tenido.

—Tú también me gustas —miente Draco.

Esta vez por la familia, se repite. Los ojos de Potter le miran nublados de deseo, entregados. Dos profundidades verdes, hermosas, piensa Draco a pesar de todo, completamente subyugadas a él. Jamás ha sentido su poder sobre nadie con tanta fuerza como en este momento sobre Potter. Tal vez sea porque se trata del Elegido, precisamente, y entre ambos las cosas jamás han sido fáciles. Nunca ha podido doblegar a Potter en ningún sentido y ahora, tal como le ha aleccionado su padre, está punto de hacerle suyo para sellar su temporal unión. Una unión que no desea. A pesar de todo, cuando toma el manso rostro del Gryffindor entre sus manos y se inclina para besarle, Draco siente una insólita excitación. Un montón de mariposas agitándose en su estómago, como la primera vez que besó a una chica.

Los labios de Potter son tibios y dulces. Deliciosamente torpes. Draco los saborea despacio, alimentando con su aliento la ansiedad de su víctima. Sus manos recorren despacio el cuerpo que ha pegado al suyo. Jamás ha abrazado y tocado a otro chico de esta forma. La boca de Potter tiene poca diferencia con la de una chica; si acaso que su barbilla raspa un poco. Pero su cuerpo se siente firme y duro bajo sus manos. Líneas rectas y músculos marcados que nada tienen que ver con la curvilínea suavidad de un cuerpo femenino. Le sorprende que no le disguste tanto como esperaba. Se pregunta si ello tendrá que ver también con sus genes veela y con la maldición de su antepasada.

Lucius le ha confesado que en su juventud lo hizo en varias ocasiones con hombres. Y que lo había disfrutado a pesar de preferir a las mujeres. Draco no sabe si su padre se lo ha inventado sólo para animarle y hacerle sentir más seguro. Sin embargo, las instrucciones que le ha dado son bastante precisas. Cuando empieza a desabrochar la camisa azul de Potter, mientras besa su cuello y oye su respiración entrecortada, Draco decide no pensar; dejarse ir. Más besos, más caricias y la camiseta negra que Potter lleva bajo la camisa es arrancada del cuerpo del Gryffindor con una brusquedad que lo hace estremecer. La piel de Potter es más suave de lo que Draco hubiera imaginado. Y caliente. Agradablemente cálida bajo sus manos frías. Muy blanca, sombreada en su pecho por un suave vello negro, entre sus pezones, rosados y erectos.

Potter también busca su piel bajo el jersey negro de cuello cisne. La sensación de esas manos un poco ásperas recorriendo su espalda no es desagradable. Draco cree que podrá acostumbrarse a sentirlas durante el tiempo que sea necesario. Como ha acabado acostumbrándose a tantas cosas. Él mismo se quita el jersey y le da acceso al otro chico a un torso resplandeciente, que deja a Potter más embelesado de lo que ya lo estaba. Las manos del Gryffindor se mueven ahora sobre él con veneración, casi como si tocarle fuera un sacrilegio. Pero Draco se hunde en su boca de nuevo mientras busca sin pudor la entrepierna del otro y encuentra lo que espera. Potter pierde la cordura definitivamente.

Draco lo lanza sobre la cama de un empujón y mientras le baja los pantalones, sigue interesado la mata de vello negro, más abundante y espesa, que nace como una línea delgada en el estómago de Potter, casi cubre su ombligo y después se ensancha tupidamente hasta confundirse con su vello púbico. El pene del Gryffindor se pega firme y duro contra su estómago.

—No está mal, Harry… —sonríe—… nada mal.

Furiosamente sonrojado, Harry dirige su mirada ávida hasta la entrepierna de Draco, suplicando sin palabras. Éste puede permitirse sonreír con altivez mientras se baja los pantalones y deja su propia gloria al aire. Harry jadea y torpemente se da la vuelta cuando Draco se lo pide. El veela también está duro. Y la visión del culo de Potter le endurece todavía más. Su padre tiene razón. Hacerlo con un hombre también puede ser ardiente. Aunque te gusten más las chicas. Recupera su varita de encima de la mesilla, donde antes la ha dejado, y lanza los hechizos que Lucius le ha enseñado. Potter se agita sobre la cama al sentirlos y vuelve la cabeza para poder mirarle, un poco desconcertado, pero sus ojos son más verdes y brillantes que nunca. Draco sube también a la cama y se coloca de rodillas detrás de él, entre las fuertes y torneadas piernas y contempla la piel fruncida del apretado agujero a través del cual se abrirá paso en unos momentos.

Acaricia lentamente la espalda de Potter antes de llegar a sus nalgas y sobarlas con lujuria. Sabe que cada vez que le toca Potter enloquece un poco más. Le pertenece un poco más. El nudo que está cerrando alrededor de su garganta es cada vez más estrecho, imposible de deshacer cuando termine con él. Draco nota como el cuerpo del Gryffindor se estremece y el vello de su piel se eriza. Se ha cubierto enteramente de un rubor que proclama su intensa excitación. Draco empuja con firmeza y su pene se desliza lentamente dentro de una estrechez y un calor deliciosos. Potter jadea sobre la almohada, aferrándose a ella con las manos crispadas. Draco se queda sin aire de puro placer y tiene que darle la razón a su padre. Desconoce si es también la primera vez de Potter con un hombre, pero sabe que no le ha hecho excesivo daño. Cuando le toma firmemente de las caderas para iniciar las embestidas, el futuro asesino de Voldemort no es más que una masa gimiente y temblorosa, entregada completamente a él.

Finalmente, Draco concluye que un orgasmo es un orgasmo, ya sea en una vagina o en un culo. Y no puede negar que en el culo de Potter se ha sentido más cómodo y entusiasmado que en alguna de las vaginas que ha probado. Está tan relajado y satisfecho que se deja caer sobre el colchón con somnolienta pereza. No dice nada cuando Potter se acurruca junto a él, buscando su calor. Simplemente le acoge como un buen amante. No quiere pensar. Cierra los ojos y se duerme.

Un par de horas después, cuando despierta, la oscura cabellera de Potter está encastada bajo su barbilla. Las partes en las que sus cuerpos están unidos, piel con piel, se sienten agradablemente calientes. Potter tiene las gafas graciosamente torcidas sobre su nariz y las mejillas sonrosadas por el sueño. Durante unos breves instantes Draco siente una punzada de culpabilidad. Esta vez por la familia, se recuerda inmediatamente.

Seguramente es el pequeño movimiento que inicia con la intención de levantarse el que despierta a su compañero. Potter se coloca bien las gafas y le sonríe. Es una sonrisa luminosa, confiada. Tontamente enamorada. No es la primera vez que Draco se enfrenta a este tipo de sonrisa. Pero tal vez sí la primera vez que no puede evitar que le afecte más de lo necesario. Extrañamente, se siente mucho más cabrón que en las anteriores ocasiones, cuando seducía a sus víctimas bajo las órdenes del Señor Oscuro. Entonces, ni ellas ni él tenían ninguna oportunidad. Ahora el único que no la tiene es Potter.

—Hola —susurra el Gryffindor.

Draco corresponde a esa sonrisa con un beso. Con una pequeña caricia en la encendida mejilla.

—Tenemos que hablar —susurra después.

Su mano recorre la espalda de Potter, tranquilizándole, dando a entender que no va a abandonarle. No todavía, al menos.

—Necesito que me ayudes, Harry —pide suavemente—. Temo por mí y por mi familia. El Señor Oscuro cada día está más loco y hace tiempo que nos tiene en el punto de mira… Incluso le ha quitado la varita a mi padre. Cree que podrá matarte con ella.

Potter se incorpora, desasosegado.

—No dejaré que te haga daño… —asegura con vehemencia.

—Shhhhh… lo sé…

Besa suavemente sus labios y Harry se derrite.

—Escucha —dice después—, a pesar de todo, mi familia tiene acceso a algunos secretos —sigue acariciándole la espalda, las nalgas, el muslo que está enredado con el suyo—. También nosotros podemos ayudarte a ti…

Harry permanece encerrado en esa habitación sin tener ni idea del tiempo transcurrido ni de dónde se encuentra. Se le olvida preguntarlo cada vez que Draco le visita, porque entonces ya soóo tiene ojos para él. En realidad, todos sus sentidos se vuelcan en el veela sin que nada más importe. No come ni duerme cuando Draco está ausente, lo que obliga al heredero de los Malfoy a visitarlo con más frecuencia de la que puede sin levantar sospechas. Así que Harry come cuando Draco come y sólo duerme si está entre sus brazos, después de que le haya hecho el amor hasta dejarle exhausto.

Al cabo de un tiempo ni tan si quiera se plantea pregunta alguna. No recordaría que hay una guerra, si Draco no le hablara de ella continuamente. Incluso habría olvidado su nombre si Draco no lo pronunciara. Ya no piensa en sus amigos, y ha borrado de la memoria esa tienda de campaña en la que ha pasado tantos meses. Vive por y para Draco. No existe nada más.

Sin embargo, la situación empieza a preocupar a los Malfoy.

—No puedo seguir yendo y viniendo de Hogwarts a este ritmo —explica Draco, inquieto—. Temo que los Carrow acaben descubriéndome y llevándole el cuento al Señor Oscuro. Y Snape… —el joven niega con la cabeza—… no pregunta, de momento. Pero no me pierde de vista, lo sé.

Narcisa mira intranquila a su hijo. Está agotado. Lucius y ella también son conscientes de que Draco no podrá seguir manteniendo este ritmo de vida por mucho tiempo.

—No te preocupes por Severus —le serena Narcisa—. Alguien que ha hecho un Juramento Inquebrantable por ti, no nos traicionará.

Draco asiente, pero no está tan seguro. La experiencia le ha enseñado que no puede fiarse de nadie. Y ese juramento fue pronunciado hace ya mucho tiempo, por una causa hoy extinta.

—Hemos hecho averiguaciones —habla Lucius—. Tu madre ha sonsacado a la loca de tu tía —mira a su esposa con orgullo—. De momento sabemos que en la cámara de Bellatrix, en Gringotts, hay una copa que perteneció a Hufflepuff, que el mismo Señor Oscuro le ordenó guardar.

—Es un…

—Es bastante probable —asiente su padre.

Potter se lo ha contado todo, de pe a pa. Si pensaban que Voldemort ya no podía sorprenderles más, se han equivocado.

—Habrá que ir pensando en que nuestro otro invitado vuele solo —Narcisa mira fijamente a su hijo, que de pronto parece más nervioso— ¿Crees que está listo, Draco?

Potter está todo lo listo que puede estar, teniendo en cuenta el poco tiempo de que disponen y las circunstancias.

—No sé… —dice, sin embargo, a sabiendas de que Potter está más enganchado a él que un drogadicto a su droga.

Durante un mes se lo ha follado cada día. Conoce cada palmo de la piel de Potter como si fuera la propia. Sabe cómo besarle, cómo tocarle, lo que le hace enloquecer. Y lo peor de todo, cómo le enloquecen a él esos ojos verdes y su forma de pedirle que ame a su dueño una vez más. En ocasiones, Draco siente pena. Porque ha descubierto que Potter no es más que un pobre desgraciado profundamente necesitado de amor y de cariño. Otras, rabia. Rabia de ser precisamente él quien se los está dando. Y porque empieza a atisbar lo que está dejando de sí mismo en el camino.

—Supongo que sí. Lo está —reconoce después.

—¿Estas seguro, hijo? —Lucius comparte la inquietud de su esposa—. Potter tiene que querer salir de esa habitación por voluntad propia. Si sencillamente le obligamos, languidecerá hasta morir. Forma parte de nuestra herencia. La influencia que ejercemos sobre nuestros enamorados es nuestra gracia y nuestra maldición, Draco.

El joven asiente, pero mira a sus padres con la pregunta que no se atreve a pronunciar en los ojos. Lucius sonríe.

—Yo estoy enamorado de tu madre, Draco. Me casé con ella porque la amaba. Y sigo haciéndolo —enlaza su mano con la de Narcisa y la aprieta con cariño—. Difícilmente se puede controlar a una Black… —añade con un ligero toque de ironía.

Esta vez, Draco también sonríe.

—Centrémonos en Potter —les conmina Narcisa, un poco ruborizada—. El lazo que has creado con él le dará la seguridad que necesita. No dudará que le amas. Y será capaz de separarse de ti con el único fin de protegerte. Hará lo imposible por darte lo que necesitas. Y lo que todos necesitamos es que nos libre del Señor Oscuro —los dos hombres asienten a las palabras de la bruja—. Y una vez lo haya hecho, desapareceremos el tiempo suficiente. Hasta que suceda lo inevitable…

Draco asiente por tercera vez. Pero no puede sentirse cómodo con toda esta situación. Íntimamente, la futura muerte de Potter no le hace feliz.


Shell Cottage, finales de abril de 1998

Harry piensa que separarse de Draco es una de las cosas más difíciles que ha hecho en su vida. Ahora mismo es incapaz de recordar todas las otras que le ha costado sangre, sudor y lágrimas conseguir. El reencuentro con sus amigos, a pesar de todo, le llena de alegría. Le reciben Shell Cottage como al Lázaro del mundo mágico. Como si no esperaran volver a verle con vida, desconfiando de las palabras pronunciadas por Lucius Malfoy antes de facilitarles la huída.

Al principio, le someten a un interrogatorio exhaustivo y ejecutan un montón de hechizos sobre él, temerosos de que no sea realmente Harry Potter. Hermione es la primera en darse cuenta del anillo que luce su amigo en el dedo.

—¡Cómo que te has comprometido con el hurón!

El alarido de Ron Weasley amenaza con derrumbar las paredes del cottage. Sin embargo, la sonrisa de Harry es tan radiante que ilumina la habitación.

—Le amo, Ron —confiesa sin ninguna vergüenza—. Draco es lo mejor que me ha pasado en la vida.

—¡Tu estás loco, macho! —exclama su amigo, sin poder creer lo que oye. Y añade si pensar— Por decir algo.

No lo suelta a mala leche. Ron es así y Harry "casi" no se ofende. Comprende que la noticia ha causado cierta sorpresa. Que no puede esperar que la acepten fácilmente. De todas formas advierte a su amigo:

—Una sola palabra en contra de mi prometido, Ron, y no podrás ponerte calzoncillos en mucho tiempo…

Bill frena rápidamente la diatriba que su hermano está a punto de soltar.

—¿Por qué no cenamos? —sugiere—. Estoy seguro de que Harry nos contará cómo ha sido este enamoramiento tan… repentino.

Después añade en voz baja para su esposa, Fleur:

—Intenta localizar a Remus.

Todos reciben con suspicacia los nuevos sentimientos que Harry expresa por Malfoy. El joven está exaltado, emocionado. Lleno de una energía que no tenía hace apenas unas semanas en la tienda de campaña que compartía con sus amigos, antes de ser capturados. Remus llega a mitad de la cena y no tarda en compartir la inquietud de los demás. Sin embargo, intentan no contradecirle y sí obtener del enamorado Elegido toda la información posible para poder comprender qué ha sucedido.

Mucho rato después de haber terminado de cenar, le sugieren en varias ocasiones retirarse a dormir. Pero Harry pasea por la sala, sin quedarse quieto un momento. Se sienta, se levanta, vuelve a pasear.

—No creo que vaya a poder dormir —se excusa—. Le echo demasiado de menos. Pero acostaros vosotros, si queréis.

—No te preocupes por eso, compañero.

Ron le da unos golpecitos amistosos en la espalda con una mano y con la otra saca su varita y le manda a la cama de un desmaius.

—¡Ron! —exclama Hermione, escandalizada.

—¿Qué? Una palabra más sobre las excelencias del hurón y te juro que le crucio. Además, está agotado, ¿no te has dado cuenta?

La joven bruja asiente lentamente, preocupada.

—Malfoy le ha hechizado, Hermione, no hay otra explicación —sentencia el pelirrojo.

—La pregunta es por qué —interviene Remus.

—¿Algún nuevo y rocambolesco plan del Señor Oscuro? —sugiere Bill.

—Nada encaja —medita Hermione—. Nos tuvieron a todos en sus manos. El Señor Oscuro estaba a punto de llegar cuando escapamos. Bellatrix no dejaba de repetirlo —un pequeño estremecimiento recorre a la joven al mentar a la mortífaga—. ¿Por qué facilitarnos la huída? ¿Por qué han tenido escondido a Harry hasta ahora?

—Tal vez lo del noviazgo es sólo una paranoia que le han metido en la cabeza… —Ron desea creer en esa posibilidad con todas sus fuerzas.

—Sea lo que sea, será mejor no perder a Harry de vista ni un segundo a partir de ahora.

Todos están completamente de acuerdo con Remus.

No obstante, Harry ya ha sido advertido por Draco: Desconfiarán, Harry. Pero es normal, no les culpes. Ellos no pueden entender el amor que nos une. Debes convencerlos de que la información que tenemos es auténtica. La copa de Hufflepuff es un horrocrux y está en la cámara de mis tíos, en Gringotts. Tenéis que arreglároslas como sea para sacarla de allí. Ya sabes que de lograr matar al Señor Oscuro depende mi vida, amor mío. Y Harry está dispuesto a dar su propia vida por preservar la de su amado.

No es la falta de buenos argumentos, ni que la idea sea tan descabellada como parece lo que retrasa el momento de incursionar en Gringotts. Es la preocupación de todos por la salud de Harry. Apenas come, apenas duerme y esa inagotable energía que parece tener no borra las huellas del agotamiento en su rostro.


Hogwarts, 2 de mayo de 1998

Ninguno de ellos esperaba salir de Gringotts volando en un dragón. Pero tienen la copa de Hufflepuff en su poder y hay un horrocrux menos que encontrar. Harry se siente feliz porque también hay un motivo menos para que sus amigos duden de Draco. Sin embargo, la cicatriz empieza a dolerle de forma atroz al poco rato de haberse tirado al estanque desde el lomo del dragón. Voldemort ya sabe que la copa ha sido robada. Efectúa una buena escabechina entre los mortífagos que no han sido lo suficientemente espabilados como para huir de la sala a tiempo, empezando por el duende de Gringotts que le ha dado la noticia.

Por primera vez, Voldemort se pregunta cuánto sabe Harry sobre los horrocruxes y si, aparte del diario y ahora la copa, habrá logrado hacerse con alguno más y destruirlo. ¿No lo habría notado? Es cierto que no lo hizo cuando el diario fue dañado, pero siempre lo había atribuido a que en aquel momento no tenía cuerpo. Repasa mentalmente todos sus horrocruxes y sus escondites. Y Harry lo hace con él.

—Tenemos que ir a Hogwarts —dice a sus amigos una vez la conexión mental se ha roto—. Hay otro horrocrux escondido en la escuela.

Y también Draco está allí. La sola posibilidad de verle hace que Harry se estremezca de anhelo.

Ni mortífagos ni dementores son capaces de detener al Elegido en su ansia por llegar a Hogwarts. Tiene una misión vital que cumplir. Y ya no es liberar al mundo mágico de Voldemort, sino simplemente liberar a Draco del monstruo que amenaza su vida. La ayuda de Aberforth es providencial. Y el túnel que une su taberna con la Sala de los Menesteres todo un descubrimiento. El encuentro con los miembros del ED, escondidos en ella, les pone al día a él, a Ron y a Hermione de la situación que se vive en la escuela. Y gracias a la insistencia de sus amigos en ayudarles, finalmente confiesan que los tres han ido hasta allí en busca de algo muy importante que deben encontrar.

—Puede que sea un objeto perteneciente a Ravenclaw. ¿Alguien conoce un objeto así? ¿Alguien ha encontrado por casualidad algo que tenga un águila gravada, por ejemplo?

Harry dirige una mirada esperanzada al grupo de estudiantes de Ravenclaw. Es Luna la que responde.

—Hay una diadema perdida de Ravenclaw. ¿Te acuerdas, Harry, que te hablé de ella? Mi padre está intentando hacer una réplica.

Potter está en Hogwarts y algún maldito idiota, parece ser que Alecto Carrow, ha llamado al Señor Oscuro. La escuela entera está revolucionada. El Innombrable se dirige hacia allí. Draco se come los pasillos a zancadas, buscándole, perdido entre la marea de estudiantes que de pronto los inundan. No tiene ni idea de dónde pueden estar reteniendo a Potter en este preciso momento. Un sudor frío empapa su camisa y una conocida angustia le revuelve el estómago. Que capturaran a su "prometido" no entraba dentro de sus planes. ¡El muy idiota! Debe encontrarle y liberarle. Se pregunta si sus padres acompañan al Señor Oscuro en su camino hacia la escuela. Teme por ellos.

Llega al Gran Comedor confinado entre una riada de túnicas de viaje y murmullos nerviosos. Parece que la Profesora MacGonagall está preparando la evacuación de la escuela.

—Ya hemos puesto protecciones alrededor del castillo. Pero será difícil que resistan mucho tiempo si no las reforzamos. Tengo que pediros que os mováis de prisa y con calma y que hagáis caso de los prefectos…

Las últimas palabras de la Profesora quedan ahogadas por otra voz que Draco, por desgracia, conoce muy bien. Una voz fuerte, fría y clara resuena por todo el Gran Salón.

—Sé que os disponéis a combatir. Pero vuestros esfuerzos son inútiles. No podéis derrotarme. No quiero mataros. Siento un gran respeto por los Profesores de Hogwarts. No quiero derramar sangre de magos.

No le tienen, es en lo único que puede pensar Draco, ¡no le tienen! Las siguientes palabras del Señor Oscuro se lo confirman.

—Entregadme a Harry Potter y nadie sufrirá daño. Entregadme a Harry Potter y dejaré la escuela intacta. Entregadme a Harry Potter y os recompensaré. Tenéis de plazo hasta la media noche.

De pronto todas las cabezas y todas las miradas se concentran en un mismo punto.

—Pero si está allí. Potter está allí —grita Pansy Parkinson señalándole con un brazo trémulo—. ¡Que alguien le coja!

Antes de que Draco tenga tiempo de maldecir a Pansy primero y de lanzarse hacia Potter después, dispuesto a protegerle, los estudiantes de Gryffindor se levantan y se encaran a los de Slytherin. A continuación se levantan los de Hufflepuff y casi al mismo tiempo los de Ravenclaw, todos ellos de espaldas a Potter y encarando a Parkinson, enarbolan sus varitas. Draco deja escapar el aire despacio, su corazón todavía latiendo a cien por hora. Esconde disimuladamente su propia varita. No quiere un montón de estudiantes furiosos lanzándose sobre él. Ahora no puede ver a Harry, pero confía que con toda la Casa de Slytherin en el Gran Comedor estará intentando encontrarle. Draco tiene la boca seca y un extraño temblor en las manos. Cualquiera que le observe pensará que su nerviosismo se debe a la acérrima defensa de Potter que han hecho las demás Casas en contra de la de Slytherin. Pero no es así. Por un momento, ha creído que sería capaz de matar si alguien ponía una mano sobre Harry. Y tomar conciencia de ese sentimiento le hace estremecer de arriba abajo. Obligan a Slytherin a salir del Gran Comedor en primer lugar, con la estúpida de Pansy a la cabeza. No le queda más remedio que seguir a sus compañeros.

De repente, Draco ve a Harry salir corriendo del Gran Comedor, cruzar el vestíbulo lleno de estudiantes y subir las escalinatas de mármol. Ni Weasley ni Granger le acompañan y Daco se pregunta dónde estarán sus malditos amigos. ¿Por qué le han dejado solo? En cuanto logra abrirse paso a través de la alborotada masa de estudiantes, le sigue. Después de recorrer varios pasillos, finalmente le encuentra sentado en el pedestal de una estatua, con lo que parecer un mapa abierto sobre sus piernas.

—¡Harry!

Potter vuelve el rostro rápidamente hacia él. Jamás una sola mirada le ha dicho de forma tan intensa e inequívoca hasta que punto es importante para alguien. La sensación sacude a Draco de los pies a la cabeza, como si un rayo hubiera impactado en su pecho y le hubiera descompuesto el alma. Antes de que pueda darse cuenta Harry está agarrado a él con piernas y brazos, besándole con una devoción que raya el fanatismo. Draco no puede, no quiere desprenderse de él; sólo apretarle todavía más fuerte entre sus brazos.

—Draco… Draco…

Harry gime contra su boca, completamente entregado, y Draco responde agarrando suaves mechones de su pelo para mover su cabeza hacia atrás y morder con ganas su garganta.

—Te he echado de menos —jadea Draco— ¿Y tú? —las palabras salen de su boca sin pensar.

Harry asiente con fuerza. Sus labios, enrojecidos y húmedos, le sonríen con una adoración que vuelve a sacudir a Draco hasta la última fibra. La angustia que siente también es nueva; es otra muy distinta a la que ha sentido durante los últimos dos años.

—Escucha… —acaricia la rasposa mejilla de Harry—… ¿qué… qué vas a hacer ahora? El Señor Oscuro está afuera, esperando…

El Gryffindor asiente, sin dejar de acariciar su rostro con la mirada.

—Tengo que encontrar la diadema de Ravenclaw —responde Harry, con la respiración todavía entrecortada—. Es otro horrocrux.

—¿Tiene alguna idea de por dónde empezar a buscar?

—No. Hace siglos que se perdió, así que pensaba preguntar al fantasma de Ravenclaw…

—Buena idea —admite Draco—. Iré contigo.

—No…

Draco le ayuda a descender hasta el suelo.

—… prefiero saber que estás a salvo. Déjame esto a mí.

—¿Y tus amigos?

Potter se encoje de hombros.

—Por alguna parte, también los encontraré, no te preocupes.

—Busquemos por separado, entonces —propone Draco, en contra de lo que le dicta la razón, negándose a quedarse de brazos cruzados—. Cubriremos más pisos y pasillos… El tiempo apremia.

Harry sabe que los argumentos de Draco son válidos. Además, no tiene ni idea de dónde puedan estar Ron y Hermione y en este momento.

—De acuerdo —asiente—. Pero ve con cuidado. No podría soportar que…

Draco le calla con un beso.

—Tendré cuidado.

Es Harry quien encuentra el fantasma de Helena Ravenclaw y éste le cuenta la historia de la diadema. El joven llega a sus propias conclusiones y por fin sabe dónde se encuentra el horrocrux que busca: en la Sala de los Menesteres. El castillo tiembla y Harry sólo puede pensar en llegar a esa sala cuanto antes. Se cruza con grupos de estudiantes encabezados por algún profesor y finalmente, al volver una esquina, aparecen Ron y Hermione. Han destruido la copa de Hufflepuff utilizando uno de los colmillos del basilisco que yace en la Cámara Secreta. Los tres se dirigen hacia la Sala de los Menesteres sin perder tiempo…


Hogwarts, madrugada del 3 de mayo de 1998

Voldemort ha muerto a manos de Harry. Pero en la batalla han caído muchos más: Remus, Tonks, Fred Wealsey, Colin Creevey, y otros cincuenta magos que han dado su vida por la causa. Harry está agotado, pero en lo único que puede pensar es en encontrar a Draco. Necesita saber que está bien. Que él y los suyos están a salvo. Recorre el Gran Comedor, siendo detenido cada dos pasos por magos y brujas que le abrazan, le dan las gracias, le cuentan sus pérdidas… Finalmente, llega junto a sus amigos y la familia Weasley.

—No encuentro a Draco…

Hay tal desesperación en su voz que hasta Ron se conmueve.

—Hay mucho revuelo por aquí —trata de animarle su amigo—. Con tanta gente es difícil encontrar a nadie.

—Tal vez los aurores les han detenido —sugiere Hermione con tiento—. ¿Quieres que te ayudemos a buscar a Kingsley? Puede que él sepa algo…

Harry asiente rápidamente, mientras Ron y Hermione se miran, preocupados. Arthur Weasley les acompaña.

A medida que pasan las horas se hace más evidente que ni Draco ni sus padres, que según testigos han sido vistos en el Gran Comedor recién acabada la batalla, no están por ninguna parte. Frenético, Harry registra cada rincón del castillo donde se le ocurre que su amor puede haberse escondido junto a sus progenitores. Está al borde de la extenuación, pero nadie logra detenerle. Finalmente, temerosos de que Harry colapse de agotamiento y locura, le desmayan y se lo llevan a la Torre de Gryffindor para acostarlo y que disfrute de un merecido y necesario descanso.

Todos piensan que la explicación más plausible es que los Malfoy, seguramente creyendo que a pesar de todo serían detenidos, han preferido poner distancia entre ellos y los aurores.

Continuará...